MARÍA EN LAS BODAS DE CANÁ
/Jn/02/01-12


Juan escribe su evangelio en torno al 90-100 d.C. Es, por tanto, 
el autor más tardío del NT, como tal, transmite a la iglesia una de las 
reflexiones más maduras sobre la persona y la obra del Salvador. 
Alude a la madre de Jesús en el prólogo (1,13), con tal que se 
acepte la lectura de este versículo en singular. Luego, en el c. 6, v. 
42, recoge este comentario de los judíos: "¿No es éste Jesús, el hijo 
de José, cuyo padre y cuya madre nosotros conocemos? ¿Cómo 
dice ahora: He bajado del cielo?" Pero los dos pasajes Marianos 
clásicos del cuarto evangelio son las bodas de Caná (2,1-12) y la 
escena del Calvario (19,25-27): dos episodios estrechamente 
relacionados, ya que se apelan mutuamente como si fueran una 
gran inclusión. Dedicaremos unas notas explicativas a cada uno de 
ellos. 

* * * * *

Caná es una aldea de Galilea, mencionada tres veces en el 
evangelio de Juan (2,1; 4,46; 21,2). Flavio Josefo (s. I d.C.) la 
recuerda en su autobiografía. En cuanto a su ubicación los 
pareceres no van de acuerdo. Los autores medievales con algunos 
modernos, opinan que se trata de Kirbet Qana, localidad en ruinas 
situada en el límite septentrional de la llanura de Battôf al abrigo de 
una montaña. Está bastante cerca de Séforis, una ciudad 
importante de Galilea, a unos 14 kms. al norte de Nazaret. Pero de 
ordinario se localiza a Caná en la alegre aldea de Kefar-Kana, a 
unos 8 kms. al nordeste de Nazaret, en el camino que lleva a 
Tiberíades. 
Un día, en aquella aldea, se celebraban unas bodas (Jn 2,1a). 
María estaba entre los invitados a su celebración, quizá por motivos 
de parentesco. En efecto, una tradición cristiana del s. XII (referida, 
por ej., por Juan de Würzburgo en 1165) dice que Séforis era la 
patria de Ana de la que —como atestigua el Protoevangelio de 
Santiago (s. II)— nació la Virgen. Y Séforis se encontraba cerca de 
Caná. La invitación se extendió también a Jesús y a sus discípulos 
(v. 2). En el origen de este gesto de cortesía había probablemente 
motivos de amistad. En efecto, Juan nos informa que Natanael uno 
de los apóstoles escogidos por Jesús (Jn 1,43-51), era 
precisamente natural de Caná (21,2). 
Según las costumbres del AT, las fiestas de la boda duraban 
normalmente siete días (Gén 29 27, Jue 14,12; Tob 11,20), pero 
podían prolongarse durante dos semanas (Tob 8,20; 10,8). Y eran 
lógicamente la ocasión de un alegre banquete (Gén 29,22; Jue 
14,10, Tob 7,14), servido de ordinario en casa del esposo (cf Mt 
22,2). Por tanto, se necesitaba —como es fácil comprender— tener 
una buena provisión de vino. Y esto fue lo que falló en Caná (v. 3a). 

El malestar de la situación no se le pasó de largo a la atención 
femenina de María, que puso al corriente de ello a su Hijo (v. 3b). 
Después de una respuesta un tanto enigmática (v. 4), Jesús 
escuchó la petición de la madre. En efecto, convirtió en vino copioso 
el agua contenida en las seis tinajas, puestas allí para las 
abluciones rituales que los judíos realizaban antes de sentarse a la 
mesa (vv. 6-10). De esta forma Jesús dio comienzo a sus prodigios 
y fue aquél el signo que suscitó la fe incipiente de los discípulos en 
él como mesías (v. 11). Todo esto —podemos pensarlo así— 
constituye el núcleo de lo que ocurrió en Caná, durante aquel 
banquete de bodas que estuvo a punto de terminar con una amarga 
desilusión.
Juan, que era probablemente uno de los comensales, registra 
este episodio en su evangelio. Cuando él escribe (entre el 90 y el 
100), recuerda e interpreta al mismo tiempo. El Espíritu Santo, 
derramado por Jesús resucitado, guiaba a la iglesia hacia la 
comprensión más plena de las palabras y de los gestos de Jesús (cf 
Jn 14,25-26, 16,13-15). "Lo que yo hago —decia el Señor a Pedro 
durante el lavatorio de los pies en la última cena— ahora tú no lo 
entiendes; lo entenderás más tarde"(Jn 13,7). Gracias al don 
clarificador del Espíritu Juan está en disposición de penetrar en el 
sentido arcano que se escondía en aquel episodio de las bodas de 
Caná. Justamente él lo define como un signo (v. 11), es decir, como 
un hecho que en sus apariencias exteriores remite a una realidad 
más intima, más oculta, inherente en definitiva al misterio mismo de 
la persona de Jesús. 
En las siguientes lineas nos limitaremos a algunas reflexiones 
sobre la presencia y la función que tuvo María en aquella epifanía 
incipiente de su Hijo. 

a) "El tercer-día" (v. 1a). De esta forma introduce Juan el signo 
de Caná. Esta indicación cronológica tiene la finalidad de poner en 
relación el primer milagro de Jesús con el Sinaí y con la 
resurrección.
El Sinaí. El tercer día de Caná forma parte a su vez de los días 
dentro de los cuales subdivide Juan los primeros hechos del 
ministerio profético de Jesús. De este modo obtiene una secuencia 
de jornadas (una hemerología), articulada de la siguiente manera. 
Primer día: testimonio de Juan Bautista ante los sacerdotes y levitas 
enviados de Jerusalén (1,19-28), segundo día: el Bautista señala a 
Jesús como el Cordero de Dios (1,29-34); tercer día: vocación de 
dos discípulos de Juan (uno es Andrés) y de Simón Pedro ( I ,3542), 
cuarto día: vocación de Felipe y de Natanael (1,43-51 ); el tercer 
día: bodas de Caná (2,1-1 1); no muchos días: permanencia de 
Jesús en Cafarnaún con su madre, sus hermanos y los discípulos 
(v. 12). Por tanto, éste es el orden de la mencionada secuencia de 
días: I, II, lIl, IV, el tercer día (el de Caná), no muchos días. 
La fuente en la que se inspira Juan para este esquema 
cronológico es, con una discreta probabilidad, una antigua tradición 
judía. Partiendo de Ex 19,1.10-11.16, esta tradición solía distribuir 
en varios días los hechos que acompañaron la revelación del monte 
Sinaí, cuando Yavé hizo su alianza con Israel y le dio la ley por 
medio de Moisés (Éx 19-24). A partir de estas indicaciones bíblicas, 
la literatura judía narra la célebre teofanía del Sinaí enmarcándolo 
en un esquema cronológico de días, que se suceden en el orden 
siguiente: I, II lll, IV, el tercer día (corresponde al Vl, ya que se 
computa desde el IV día incluido). Hasta aquí el esquema es 
idéntico en casi todas las fuentes que lo recogen. Luego varía en 
cuanto que algunos añaden un día séptimo o (al parecer) un día 
octavo. 
Hay que notar en particular que el tercer día (= el sexto) es aquel 
en que se le dio la ley a Moisés. Es indudablemente el más 
importante. 
La mencionada tradición judía —que parece remontarse por lo 
menos al s. I-II d.C.— presenta notables afinidades con la serie de 
los días iniciales del ministerio de Jesús, según Jn 1,19-2,12. Por 
eso se vislumbra una posible emergencia: con la adopción de este 
cliché literario, ¿no querrá Juan encuadrar quizá el primer signo de 
Jesús en la perspectiva de lo que sucedió en el Sinaí? 
Efectivamente, pienso que esta relación ideal (Caná-Sinaí) tiene 
buenas razones en su favor. Un indicio de ello son los diversos 
contactos de argumentos y de términos que aparecen por diversas 
partes entre las tradiciones de la teofanía sinaítica y Jn 1,19-2,12. 
Los iremos poniendo de manifiesto en nuestra exposición. Uno de 
los resultados fundamentales será éste: lo mismo que en el Sinaí 
Yavé reveló su gloria dando su ley a Moisés, así en Caná Jesús 
revela su gloria dando el vino mejor, símbolo de la nueva ley que es 
su evangelio. 

La resurrección. Además de al tercer día del Sinaí, el tercer día 
de Caná hace referencia al tercer día del misterio pascual, 
entendido como pasión-muerte-resurrección de Cristo. 
Por lo que se refiere al cuarto evangelio, la conexión entre el 
tercer día y la resurrección se basa sobre todo en Jn 2,19-21: 
"Destruid este templo [= muerte] y en tres días lo reedificaré [= 
resurrección]... Pero (Jesús) hablaba del templo que es su cuerpo". 
Lo que ocurrió "en tres días" tiene lógicamente su término "al tercer 
día". Por consiguiente, también para Juan —como para los 
sinópticos y para Pablo— el tercer día es el de la resurrección de 
Cristo. Es un elemento que pertenece al núcleo de la predicación 
primitiva, atestiguada, por ejemplo, en ICor 15,3-4. 
Siempre en el ámbito de la doctrina de Juan, la fórmula el tercer 
día se relaciona además con la hora de Jesús, como se verá en la 
respuesta del mismo Jesús a su madre (v. 4). Pues bien, Ia hora de 
Cristo, según el cuarto evangelio, designa como una sola realidad la 
pasión-muerte-resurrección del Salvador. Es el momento supremo 
en que Jesús pasa de este mundo al Padre; momento que Juan 
define como su hora (2,4; 7,30; 8,20; 13,1), "la hora", con el articulo 
determinado en posición enfática (12,23; 17,1), o "esta hora" 
(12,27). Desde el principio hasta el fin de la actividad de Cristo (2,4: 
13,1; 19,27) esta hora confiere una marcha dramática al evangelio 
de Juan. Es la cumbre de la misión de Jesús: él ha venido para esta 
hora ( 12,27). Su cumplimiento está fijado por la voluntad del Padre 
y no puede ser anticipado ni por las exigencias de su madre (2,4) ni 
mucho menos por el poder violento de los enemigos de Cristo (7,30; 
8,28). 
En esta hora el Padre revela la gloria del Hijo, es decir, la verdad 
plena de su persona. Esta revelación comprende dos aspectos: la 
igualdad de Jesús con el Padre en la divinidad y su comunión con 
los hombres. Lo afirma claramente el mismo Jesús: 'Aquel día (es 
decir, en el misterio pascual) sabréis que yo estoy en el Padre, y 
vosotros en mí y yo en vosotros" /Jn/14/20. 
Para terminar estas reflexiones introductorias sobre el tercer día 
de Caná, podemos decir por tanto que en la trama teológica del 
cuarto evangelio corre un hilo entre "el tercer día" del Sinaí, "el 
tercer día" de Caná y el "tercer día" de la pasión glorificante de 
Cristo: tres piedras miliarias del único itinerario de salvación. Los 
diversos momentos del primer signo de Jesús tienen que leerse en 
referencia con esta doble polaridad, sintetizada en el siguiente 
esquema: 

SINAÍ CANÁ PASCUA
El tercer día El tercer día El tercer día
Yavé reveló su gloria Jesús reveló su gloria Jesús reveló su gloria
a Moisés 
y el pueblo
y sus discípulos y sus discípulos
creyó también en él creyeron en él  creyeron en él 
(Ex 19.11.9) (Jn 2, 1.11) (Jn  2, 19-20; 20-21)


b) Caná "de Galilea'' (v. 1 b). En los vv. 1b y 11a Juan especifica 
que se trata de Caná de Galilea. El motivo de esta precisión podría 
ser de índole geográfica; en efecto, además de Caná de Galilea, la 
Escritura recuerda también a Caná de Aser (Jos 19,28), que 
corresponde a la actual Wadi Kana. 
Pero no hay por qué excluir una razón teológica, relacionada con 
el desprecio en que era tenida la región galilea. Tenemos también 
en Juan un ejemplo de este hecho. En efecto, los fariseos le 
responden a Nicodemo: "¿También tú eres de Galilea? Investiga y 
verás que de Galilea no sale ningún profeta" (Jn 7,52). En otras 
palabras, tendríamos aquí una prueba más de la llamada "ironía 
teológica del cuarto evangelio": según la opinión corriente, de 
Galilea no puede venir un profeta; pues bien precisamente en Caná 
de Galilea tiene lugar la primera manifestación del profeta por 
excelencia, Jesús de Nazaret, aquel de quien escribieron Moisés y 
los profetas (Jn 1,45). El profeta escatológico (cf Jn 6,14) es oriundo 
de Nazaret, la aldea de la que no era posible (pensaba la gente) 
que pudiera salir nada bueno (Jn 1,46). 
Diría el profeta: "Mis pensamientos no son vuestros 
pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos: dice Yavé" (ls 
55,8). 

c) "No tienen vino" (v. 3c). ¿Cómo entender estas palabras de la 
Virgen? ¿Son una simple indicación de la preocupación que 
empezaba a sentirse en la despensa? ¿O suenan más bien como 
una auténtica petición de una intervención milagrosa por parte de 
Jesús? En su tenor inmediato, el texto no ofrece evidencias seguras 
para concluir que María estuviera pidiendo un prodigio. 
Quizá haya que vislumbrar una vía de solución en la manera con 
que Juan acostumbra narrar los milagros. Por lo menos en dos 
ocasiones el evangelista presenta la petición del orante en función 
directa del prodigio mismo; es una súplica y una esperanza de que 
el prodigio se realizará. Así el funcionario real de Cafarnaún y las 
hermanas de Lázaro recurren a Jesús porque saben que él podía 
escucharles (Jn 4,47; 11, 3.21-22). 
Situadas en este contexto las palabras de María -inspiradas sin 
duda por un profundo sentimiento de misericordia-, parecen señalar 
la esperanza en el milagro. Ella sabe que Jesús puede hacerlo. Por 
lo demás, pertenecía a la espera común del judaísmo de entonces 
el que el mesías realizase prodigios para comprobar su misión (Jn 
7,31; ICor 1,22). 
Considerando además el rico simbolismo del vino nuevo ofrecido 
por Jesús (como diremos en seguida), la petición de María puede 
leerse en un nivel más profundo. En aquella súplica el evangelista 
pudo volcar el deseo que albergaba todo el pueblo de Israel 
respecto a su propia redención: las antiguas instituciones mosaicas 
(¡el vino que empezaba a faltar!) ya no eran suficientes. Comentó 
más tarde san Cirilo de Alejandría (+ 444): "La ley (de Moisés) no 
tiene la plenitud de los bienes; pero las divinas enseñanzas de la 
doctrina evangélica son portadoras de abundantísimas bendiciones" 
(In Johannis evangelium, II, 11-13: PG 73, 230). Y también la iglesia 
puede valerse de la súplica de María en Caná para dar voz a los 
gemidos de la humanidad: cada cultura consciente o 
inconscientemente, suspira por la luz de Cristo a fin de edificar 
cumplidamente la civilización del amor. Tal era ya la intuición de san 
Gaudencio de Brescia (+ 410/411) cuando escribía: "La madre del 
Señor... intercedió por nosotros los gentiles ante su Hijo... para que 
ofreciese a nuestra pobreza el gozo del vino celestial" (Tractatus IX, 
3: CSEL 68,79). 
M/INTERCESION: En nuestros días, M. Thurian se une a la voz 
de los padres con las siguientes frases: "En su acto de fe y en su 
plegaria, María aparece como representante de la humanidad en 
apuros y del judaísmo en su esperanza mesiánica; ella es la figura 
de la humanidad y de Israel que aguardan una liberación, misteriosa 
para la humanidad, mesiánica pero demasiado humana todavía 
para Israel" (María, madre del Señor, figura de la Iglesia, 150). 

d) El vino nuevo de Caná y su simbolismo VINO/SIGNIFICADO 
(vv. 3.9.10). El elemento vino tiene un acento singular en el episodio 
de Caná. Se le menciona cinco veces (vv. 3.9.10). Es mejor que el 
que empezó a faltar (v. 10). Y es extraordinariamente abundante. 
En efecto, las seis tinajas colocadas allí para las abluciones de los 
comensales tenían una capacidad de dos o tres metretas cada una 
(v. 6); puesto que la metreta equivalía a 38-40 litros, cada tinaja 
podía contener entre 80 y 120 litros; en total, entre cinco y siete 
hectolitros. 
Además, Juan se encarga de indicar que las tinajas estaban 
llenas "hasta los bordes" (v. 7): una nueva señal de la cantidad tan 
abundante del vino regalado por Jesús. Efectivamente, es ésta una 
característica que Juan reconoce en los dones de Cristo, como la 
plenitud de gracia (Jn I,16), el agua de que habla Jesús a la 
samaritana (4,13-14), los panes de la multiplicación (6,10-13), la 
vida (10,10). 
Pero Juan no declara expresamente cuál era el significado 
simbólico del vino de Caná (cf, por el contrario, Jn 2,21: "Pero él 
hablaba del templo que es su cuerpo"; 7,39: "Eso lo dijo refiriéndose 
al Espíritu que habrían de recibir los que creyeran en él"). No 
obstante si nos fijamos en las tradiciones del AT, recogidas y 
actualizadas por el judaísmo, podremos señalar con razones válidas 
el simbolismo probable de este vino. 

1) El AT biblico-judío. En el AT los profetas enseñaban que los 
tiempos de la restauración postexilica se verían alegrados por un 
vino sumamente copioso (Am 9,13; Jer 31,12; J1 2,19.24), de 
finísima calidad (Os 14,8; 1s 25,6; Zac 9,17) y dado gratuitamente 
(Is 55,1). Además, algunas veces este tema se combina con el de 
las bodas (Os 2,21-24; Is 62,59). Y también la Sabiduría prepara su 
mesa con su vino (Prov 9,2.4); ese vino es prácticamente la ley de 
Moisés. 
Para completar el cuadro, citemos otros dos textos mesiánicos: la 
bendición de Isaac a Jacob (Gén 27,2829) y sobre todo la de Jacob 
a Judá (Gén 49,10-12). Con lenguaje hiperbólico, la suerte feliz del 
esperado reino mesiánico está también figurada por la abundancia 
de mosto (Gén 27,28). Si el mesías, descendiente de Judá, quiere 
alguna vez atar su asno, no encontrará más que plantas valiosas, 
como la vid; si se quiere lavar sus vestidos, sólo dispondrá de vino; 
su misma mirada será resplandeciente, debido a este precioso 
producto de la vid (Gén 49,11-12). 
La tradición judía continúa y desarrolla este mismo género de 
simbolismo. El targum de Gén 49,12 (recensión del pseudo-Jonatán, 
Neophyti y Onkelos) elabora una paráfrasis muy interesante sobre 
las relaciones entre la era mesiánica y la vid o el vino, y el targum 
del Cantar de los cantares ve en el monte Sinaí (en el que se le 
entregó la ley a Moisés) la "cantina" de la Torá. La doctrina 
rabínica, por su parte, declara que el vino del siglo presente no es 
más que una pregustación del vino del siglo futuro. Esta misma 
literatura abunda además en pasajes en los que se toma al vino 
como uno de los símbolos preferidos de la Torá, sobre la base 
especialmente de Prov 9,5: "Bebed el vino que he preparado". 

2) La relectura de Juan. Podemos creer que también Juan se 
une a los precedentes del AT y del judaísmo que no hemos hecho 
más que sintetizar. Efectivamente, Juan sugiere que ve en el vino de 
Caná un símbolo de la nueva ley de Cristo, de su palabra 
reveladora, que sustituye a la de Moisés y los profetas (Jn 1,45). 
Son muchas las alusiones que convergen en este sentido. 

- Caná se contrapone idealmente al Sinaí, el monte de la ley 
antigua. 

- El verbo guardar —utilizado en el v. 10 ("Tú has guardado el 
buen vino hasta ahora")— es típico del vocabulario de Juan en 
relación con la palabra-mandamiento de Jesús, que es a su vez la 
palabra del Padre. Aparece hasta veinticinco veces con este sentido 
1. 

- PD/PERDON-P: El vino suministrado por Jesús sale del agua 
que se había echado en las seis tinajas que servían para la 
"purificación de los judíos" (v. 6). Esa agua no era un agua profana, 
sino ritual, esto es, destinada a las abluciones prescritas por la ley 
de Moisés (Lev 11-16; 20,25-26; Dt 14,3-21...). Al lavarse las manos 
antes de comer, uno quedaba limpio de la impureza contraída por 
tocar elementos declarados inmundos por dicha legislación (cf Mc 
7,3-4; Mt 15,2; Lc 11,38). Pues bien, precisamente ésta es el agua 
transformada en vino por Jesús. Esto quiere significar que ahora la 
purificación no viene ya de la observancia de la ley mosaica 
(simbolizada por el agua de las seis tinajas), sino del evangelio de 
Cristo, de su palabra, cuya figura es el vino mejor. Esta es 
realmente la doctrina de Juan sobre la purificación. Durante la 
última cena dirá Jesús a los discípulos: "Vosotros estáis ya limpios 
por la palabra que os he dicho" (/Jn/15/03). El mensaje revelador 
de Cristo es la verdad, capaz de liberar a los discípulos de la 
esclavitud del pecado (Jn 8,32.34-36). La palabra de Jesús es como 
una semilla (IJn 3,9; cf Lc 8,11; IPe 1,23); obrando activamente en el 
discípulo, le permite vencer al maligno (IJn 2,14) y lo hace cada vez 
menos inclinado al pecado (IJn 3,9). 

- No sólo el vino de Caná es figura de la palabra reveladora de 
Jesús. Representa también su dimensión escatológica, es decir, la 
última y definitiva. El adverbio hasta ahora del v. 10 indica todas las 
etapas de la historia salvífica que han precedido y preparado la 
acción de Jesús (cf también Jn 5,17, 16,24, IJn 2 8-9). Con Cristo, el 
designio divino brilla con luz meridiana. Por eso Jesús manda que 
llenen las tinajas "hasta los bordes" (v. 7). Esto significa no 
solamente abundancia, sino sobre todo plenitud, perfección. 
Después de Cristo ya no hay un luego, un todavía no, un más allá. 
Su palabra colma la medida de la revelación: "De su plenitud todos 
hemos recibido, y gracia sobre gracia. Porque la ley fue dada por 
Moisés, pero la gracia y la fidelidad vinieron por Cristo Jesús" (Jn 
1,16-17). 
En conclusión, el vino de Caná es figura principalmente de la 
nueva ley que tiene como revelador a Jesús. Esa ley se manifiesta 
en plenitud el tercer día, cuando llega su hora. La cruz es la cumbre 
de la revelación. Entonces los hombres conocerán totalmente la 
gloria del Unigénito del Padre, en el que quedó sellada la alianza 
definitiva de Dios con nosotros(Jn 14,20; 17,1.7-8;20,29;3,1314; 
8,28). La sucesiva tradición de la iglesia producirá comentarios 
maravillosos sobre esta página de Caná. Entre los padres y 
escritores eclesiásticos muchos ven en el agua de las tinajas un 
símbolo de la ley y de la profecía, que Jesús transforma en la gracia 
de su evangelio. Por todos ellos, escuchemos a san Agustín: "Cristo 
ha conservado hasta ahora el vino bueno, es decir, su evangelio" 
(In Johannem 9,2: CCL V111, 91). 

e) "¿A ti y a mi, qué?" (v. 4b). J/HORA: Esta frase es más bien 
familiar en el lenguaje bíblico: la encontramos quince veces en el AT 
2 y cinco en el NT 3. Habitualmente indica una divergencia de 
puntos de vista entre dos o más interlocutores, divergencia que 
puede ser leve o radical. Tan sólo el contexto permite captar los 
matices en cada caso. También en la literatura apócrifa y en la 
griega esta expresión se utiliza en sentido más bien repulsivo, es 
decir, señalando un desacuerdo entre las personas que entran en 
el coloquio. 
En Jn 2,4b la acepción de esta frase parece ser del mismo 
género. La diversidad de intenciones entre Jesús y su madre resulta 
mas evidente si tenemos en cuenta dos cosas. Primero: la hora de 
Jesús ("Mi hora aún no ha llegado": v. 4)85 —como hemos visto 
anteriormente— es la de la pasión-resurrección (Jn 7,30; 8,20; 
12,23; 13,1...). Segundo: el vino de Caná -como también hemos 
dicho- está tomado por el evangelista como símbolo de la palabra 
reveladora de Cristo, de su evangelio; es una palabra que alcanza 
su plenitud precisamente cuando llega para Jesús la hora de pasar 
de este mundo al Padre. Entonces se hará manifiesto quién es él; 
entonces brillará sobre la iglesia y sobre el mundo su identidad 
humano-divina de mesías-Hijo de Dios (cf Jn 20,31). 
Dejando en claro estas dos nociones resulta más fácil 
comprender en qué consiste la disparidad de opiniones entre Jesús 
y su madre. Es la siguiente: María se preocupa del vino material, 
que les falta a los comensales; por el contrario, Jesús eleva su 
discurso a otro nivel, o sea, el que se refiere a su hora, entendida 
como muerte y resurrección. En otras palabras, en la dinámica del 
diálogo de Caná, Jesús pasa del plano de las realidades materiales 
al de las realidades espirituales, de las que son figura las primeras. 
Es ésta una nota peculiar de la predicación de Jesús, tal como nos 
la documenta sobre todo el cuarto evangelio. aunque también los 
sinópticos (ct Jn 4,31 -34, 6,26-27; 11.11-14; Mc 3.31-35 [Mt 
12,46-50; Lc 8, 19-21]; Lc 2,48-29). Y cuando Jesús habla de este 
modo, en parábolas (cf Jn 16,25.29), da origen a cierto 
malentendido, que él aclara inmediatamente después (Jn 3,3-6: 
4,31-34; 6,26-27; 11,11-14; Mc 3,31-35 y paralelos); o bien será el 
acontecimiento pascual el que revele lo que de momento queda 
oscuro (Jn 2,22; 4,13- 15; [cf 7,37-39]; Lc 2,50). 
En esta serie de pasajes hay que recordar también Jn 2,3-4. Es 
decir, mientras que María hace presente la carencia de vino 
material, Jesús eleva el asunto al plano de las realidades 
espirituales, las que se refieren a su hora. Y puesto que la falta de 
comprensión es habitual cuando Jesús habla de este modo, hay 
que creer que lo mismo ocurrió también con María en Caná, como 
ya antes en el templo (cf Lc 2,48-50). Solamente después de la 
resurrección se descubrirá el sentido arcano de lo que se había 
verificado en Caná. Es decir, Jesús daba ciertamente el vino nuevo, 
pero como signo, como figura-símbolo del otro vino que era su 
evangelio: evangelio del cual él diría la última palabra, cuando 
hubiese llegado su hora, la del tránsito de este mundo al Padre: 
"Cuando hayáis elevado al Hijo del hombre, conoceréis que yo soy" 
(Jn 8,28). 

f) "Haced lo que él os diga" (v. 5). Pero hay algo muy importante. 
María, aunque no comprendiera cuáles eran exactamente las 
intenciones del Hijo, se entrega a su voluntad. Es aquí donde María, 
de madre de Jesús, pasa a ser sierva suya en la fe, antes de que 
intervenga la evidencia del signo. En efecto, les dice a los criados: 
"Haced lo que él os diga" (v. 5). 
Este aviso suyo se relaciona de nuevo con las tradiciones del 
Sinaí. Efectivamente, cuando está a punto de establecer el pacto 
con Yavé a los pies de la montaña sagrada, toda la asamblea de 
Israel prorrumpe por tres veces en una respuesta coral y unánime: 
'Haremos todo lo que el Señor nos ha dicho" (Éx 19,8; 24,3.7). Esta 
profesión de fidelidad era el sí esponsal de la nación escogida a su 
esposo Yavé. Por eso se convierte en objeto de mediación 
fervorosa e ininterrumpida por parte del judaísmo de ayer y de hoy. 

M/MUJER/PUEBLO-DE-D PUEBLO-DE-D/MUJER: Es 
sintomático el hecho de que Juan ponga en labios de la Virgen el 
mismo contenido de las palabras que el pueblo de Israel pronunció 
en el Sinaí: 'Haremos todo lo que el Señor nos ha dicho" (Éx 19,8; 
24,3.7) "Haced lo que él os diga" (Jn 2,5b). Tenemos aquí una 
identificación, aunque sea indirecta y alusiva, entre la comunidad de 
Israel y la madre de Jesús. Y como en el lenguaje bíblico-judio el 
pueblo elegido está representado muchas veces por la imagen de 
una mujer, podemos intuir por qué Jesús utiliza el término mujer, 
insólito en un diálogo entre la madre y el hijo, para dirigirse a su 
madre. En términos más claros: Jesús ve en su madre la 
personificación del antiguo Israel, que ha llegado a los umbrales de 
la redención mesiánica. Y así como el don de la antigua ley mosaica 
estuvo precedido de una pronta declaración de fe por parte de 
Israel, así el don del vino de Caná —símbolo profético de la nueva 
ley de Cristo— va precedido del total abandono de María a la 
voluntad del Hijo: "Haced lo que él os diga". 
Son éstas las últimas palabras que los evangelios nos han 
transmitido de María. Y es evidente la orientación cristológica de 
esta invitación suya. María se define por completo en relación con 
su Hijo. La Virgen no es la que abre las ventanas cuando Cristo 
parece cerrar las puertas. ¡Ay si la devoción mariana se entendiese 
como rebaja barata frente al rigor de las enseñanzas del evangelio! 
No es así, ni mucho menos. María dispone nuestros corazones para 
acoger las palabras graves, aunque liberadoras, del Señor Jesús. 
Ésta es seguramente una dimensión importantísima de su función 
maternal en la iglesia 4.

g) Los sirvientes de la boda (vv. 5a.7-9). Los criados tienen un 
papel considerable. Nótese en primer lugar cómo obedecen al 
mandato de Cristo, por consejo de María: "Jesús les dijo: 'Llenad de 
agua las tinajas'. Y las llenaron hasta los bordes. Añadió: 'Sacad 
ahora y llevad al maestresala'. Y lo llevaron" (vv. 7-9). Este 
contrapunto entre palabra-mandato de Jesús y su cumplimiento por 
parte de los criados hace recordar la palabra del mismo Jesús 
cuando dijo: "El que conoce mis mandatos y los guarda, ése me 
ama, y al que me ama lo amará mi Padre y yo lo amaré y me 
manifestaré a él" (/Jn/14/21). Así pues, Jesús se revela a todo el 
que le da pruebas de su amor, observando su palabra. Él y el Padre 
vendrán a poner su morada en esa persona (Jn 14,23). Éste es el 
verdadero siervo de Cristo, a quien honrará el Padre (Jn 12,26). 
CR/SIRVIENTES-CANA: He aquí, por tanto, el trinomio: servicio 
de Cristo-obediencia a su palabra-manifestación de Cristo. Un 
trinomio que encierra la siguiente doctrina: todo el que sirve a Jesús 
obedece a su mandamiento, y entonces Jesús se le manifiesta. Ésta 
es la experiencia que parecen significar ejemplarmente los 
sirvientes de Caná. A ellos se les concede "saber de dónde viene" 
el vino mejor (y, por tanto, un aspecto de la realidad de Cristo), 
precisamente porque "fueron a buscar agua" y "la llevaron" al 
maestresala, es decir, en cuanto que obedecieron a la 
palabra-mandato de Jesús. Dirá también Juan: "Sabemos que le 
conocemos en que guardamos sus mandamientos " ( /1Jn/02/03). 
Una exégesis de este género no ignora la doble perspectiva 
(histórico-teológica) que tiene tanto juego en el cuarto evangelio. En 
el plano de la crónica, los siervos de Caná eran simples servidores 
de mesa; pero en el nivel de la relectura realizada por el evangelista 
se convierten en el prototipo del servicio-obediencia que hay que 
prestar a Cristo para entrar en la nueva alianza, es decir, en la 
comunión con él y con el Padre: "Os doy un mandamiento nuevo: 
que os améis unos a otros. Que como yo os amé, así también 
vosotros os améis mutuamente... Vosotros sois mis amigos si hacéis 
lo que os mando" (Jn 13,34; 15,14). 

h) Jesús, el verdadero esposo de las bodas (v. 10). J/ESPOSO: 
Después de que el maestresala probó el agua convertida en vino, 
llamó al esposo y le dijo: "Tú has guardado el buen vino hasta 
ahora" (v. 10). De estas palabras del maestresala se deduce que 
hay otro esposo —el verdadero— que preside las bodas: ¡Jesús! 
Efectivamente, es él el que ha conservado el vino bueno hasta 
ahora. San Agustín comentaba: "El esposo de aquellas bodas era 
figura del Señor" (In Johannem 9,2: CCL V111, 91). 
En Caná, si Cristo es el esposo, ¿quién será la esposa? Es, en 
primer lugar, María. Como mujer (v. 4), ella sintetiza al antiguo Israel 
que ha llegado ya a los tiempos de su redención definitiva; y en 
cuanto madre de Jesús (vv. 1.3.5.12), representa el comienzo de la 
iglesia, que cuenta ya con sus primeros miembros en los discípulos 
presentes en el banquete. Escribía así Gerhoh de Reichesberg (t 
1169): "La virgen María es el cumplimiento de la sinagoga, es la hija 
más elegido de los patriarcas; después del Hijo, es el comienzo de 
la iglesia, la madre de los apóstoles" (De gloria et honore Filii 
hominis X, 1: PL 194,1105). Y en nuestros días observa J.-P. 
Charlier: "En sus gestos y en su diálogo, la Virgen y Cristo, 
superando ampliamente el plan humano y material de los festejos 
locales, sustituían a los jóvenes esposos de Caná para convertirse 
en el esposo y la esposa espírituales del banquete mesiánico" (Le 
signe de Cana..., 77). 
Siempre según el cuarto evangelio (Jn 3,25-30), el Bautista 
señala a Jesús como el esposo esperado y declara que su función 
respecto a Cristo es simplemente la de ser el "amigo del esposo" (v. 
29). Juan es el paraninfo, es decir, el que se encarga de los 
preparativos de la boda. Y realmente el Bautista es enviado delante 
de Jesús (v. 28), da testimonio de él (v. 26), para "darlo a conocer a 
Israel" (Jn 1,31). Ahora que el esposo ha llegado y tiene a su 
esposa (3,29) en los discípulos, Juan se alegra de oír su voz y su 
gozo se ve colmado (v. 29), por lo que se retira a la sombra: "EI 
tiene que crecer y yo he de disminuir" (cf v. 30). 
También el Apocalipsis (cuya tradición es semejante a la de 
Juan) celebra las bodas del Cordero (Cristo) con la nueva 
Jerusalén: "Con alegría y regocijo demos gloria a Dios, porque han 
llegado las bodas del Cordero, su esposa está ya preparada y a él 
le ha sido dado vestirse de lino fino, limpio y puro" (19,7-8); 'iY vi la 
ciudad santa, la nueva Jerusalém, que descendía del cielo, enviada 
por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo" 
(21,2). 

i) El "primero " y el "prototipo" de los signos (v. 11 a). Varios 
comentaristas ponen de relieve el hecho de que Juan llama al 
milagro de Caná el arjê de los prodigios realizados por Jesús (v. 
11a). Por tanto, no era solamente el primero, sino también el 
arquetipo de todos los demás que habrían de seguir. 
La palabra arjê (= comienzo) parece puntualizar en Juan el 
momento en que Jesús comenzó a revelarse a los discípulos (cf Jn 
15,27; 16,4; IJn 1,1-3). Pues bien, este comienzo de revelación 
progresiva tuvo su primer paso en Caná de Galilea y se prolongará 
a lo largo de todo el evangelio. 
Si valen estas observaciones, el vino nuevo de Caná, además de 
ser el primer signo, es también el prototipo, el arquetipo de los 
demás signos. A semejanza del de Caná, también los prodigios 
sucesivos están ordenados a manifestar la gloria de Jesús, a 
suscitar la fe en él, y preludian el signo máximo del tercer día, el de 
la hora de Cristo, es decir, el de la muerte-resurrección, sello y 
cumbre de toda su acción redentora. 
MIGRO/SIGNO: Por tanto, los milagros (que Juan llama signos) 
son gestos visibles que remiten a una realidad invisible, ya que 
impulsan a leer en profundidad el misterio del "hombre que se llama 
Jesús" (Jn 9,11). Todo lo que ocurre en Jesús de Nazaret, 
principalmente con el acontecimiento pascual, revela la gloria del 
Verbo, que puso su tienda entre nosotros (Jn 1,14). 

j) La fe de los discípulos (v. 11b). "Y creyeron en él sus 
discípulos" (v. 11b). Más concretamente: ¿qué es lo que 
comprendieron los discípulos después de aquel prodigio? Quizá 
haya que distinguir dos tiempos: el prepascual y el pospascual. 
Antes de pascua, más exactamente el mismo día en que los 
discípulos fueron testigos del prodigio de Caná, ellos no pudieron, 
lógicamente, penetrar en el secreto profundo de la identidad de 
Cristo; es decir, no estaban en disposición de comprender su 
dimensión trascendente. Habiendo creído por causa del 
milagro-signo, es razonable pensar que su fe se refería a la 
mesianidad de Jesús como ya había sucedido con Natanael (cf Jn 
1,47-50; luego 7,31; 10,41-42; 12,37.42). 
Después de la resurrección, la iglesia queda totalmente 
iluminada sobre el misterio de Cristo. Por eso, al recordar lo que 
sucedió en Caná Juan (y con él la comunidad cristiana) comprendió 
que ya en aquel signo inicial Jesús comenzaba a revelarse como el 
esposo "divino " de las bodas mesiánicas, de aquellas bodas 
figurativas de la nueva alianza que habrían de sancionarse al tercer 
día de la pascua, cuando llegara la hora de Jesús: "En aquel día [= 
la pascua] vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre y vosotros 
en mi y yo en vosotros" (Jn 14,20). 

k) La nueva comunidad mesiánica (v. 12). La revelación del signo 
de Caná tiene una consecuencia que el evangelista sintetiza en el 
versículo que termina el episodio: "Después de esto (Jesús) bajó a 
Cafarnaún con su madre, sus hermanos y sus discípulos, y allí 
estuvieron sólo unos días" (v. 12). 
En el estilo de Juan, Ia fórmula después de esto aparece cuatro 
veces, siempre en relación con Jesús (Jn 2,12; 1 1,7.1 1; 19,28); su 
función parece ser la de establecer una conexión lógica entre lo que 
precede y lo que sigue, como si el trozo siguiente fuera una 
consecuencia o una nueva ilustración de lo anterior. 
En nuestro caso, la conexión entre los vv. 1-11 y el v. 12 podría 
ser ésta: el comienzo del relato presentaba a la Virgen por un lado, 
a Jesús y a sus discípulos por otro, como dos grupos, que parecían 
llegar cada uno por su parte a la fiesta de la boda. Al final del 
episodio la Virgen, los hermanos y los discípulos de Jesús aparecen 
como un solo grupo, apretado en torno a él. Con mucha 
probabilidad el evangelista quiere decir que el motivo de esta fusión 
es la fe en Jesús, que han demostrado tanto la Virgen (v. 5) como 
los discípulos (v. 11). Más aún, en el plano de la fe no hay 
diferencias entre los parientes (la madre y los hermanos) y los 
discípulos 9h 
Comenta M. Thurian: "Al final del relato, María y los discípulos 
forman la comunidad mesiánica, unida en la fe al Hijo de Dios que 
ha manifestado allí precisamente su gloria; allí está el núcleo de la 
iglesia en torno a su Señor..." (María, madre del Señor, figura de la 
Iglesia, 158). 

CONCLUSIÓN. Para decir la última palabra sobre la presencia de 
María en Caná, volvamos al principio del episodio, que Juan 
introduce con la indicación al tercer día (v. 1). Este inciso, como 
hemos explicado, tiene la finalidad de encuadrar el primer signo de 
Jesús también en el tercer día de la pascua. Así pues, si el 
evangelista establece una relación entre la revelación de Caná y la 
pascua, se abre camino una conclusión. Lo que ocurre en Caná es 
una anticipación figurativa de lo que habrá de suceder de forma 
duradera y permanente cuando Jesús, al resucitar el tercer día de 
entre los muertos, inaugure la era pascual. Con la resurrección 
llega la hora de la nueva y eterna alianza de Dios con los hombres 
(Jn 14 20, 20,19). Es una hora cuya duración se extiende durante 
todo el tiempo de la historia. 
En la economía de este tercer día que estamos viviendo también 
nosotros como criados y discípulos del Señor en el banquete de las 
bodas mesiánicas, María sigue siendo lo que fue en Caná. Como 
madre de Jesús, se muestra atenta en insinuarle las múltiples 
carencias que puede sufrir la mesa mística, que es nuestra vida de 
comunión con el Cristo-esposo (cf Jn 3,29; Ap 19,7.9; 21,2). Queda 
aquí un espacio muy amplio para toda forma de pobreza, tanto de 
cuerpo como de Espíritu: la falta de fe, el hambre del ejército 
inmenso de pobres, las injusticias sociales, las guerras, la 
prostitución del dinero, del sexo, de la droga... 
Sugiriendo una vez más, sin descanso, su invitación saludable: 
"Haced lo que él os diga", María orienta la aventura de la fe hacia 
un éxito feliz. Sus palabras tienen que unirse con aquellas en las 
que Jesús declara: "Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os 
mando" (Jn 15.14). 

(·SERRA-A.. _DICC-DE-MARIOLOGIA. Págs. 347-358)
...................
1. Esta acompañado de los siguientes complementos directos: "mi palabra" (Jn 
8,5.52: 14,23: 15,20; 17,6: Ap 3,8): "la palabra de mi paciencia" (Ap 3,10); mis 
palabras" (Jn 14,24) "su palabra" (lJn 2,5): "su (= del Padre) palabra" (Jn 8,55): 
"las palabras de la profecía" (Ap 1,3 cf 22,7.9): "mis obras" (Ap 2,26): "mis 
mandamientos"(Jn 14,15 21; 15.10): "sus mandamientos" (lJn 2,3: 3,22.24: 
5.3): "los mandamientos de Dios' '(Ap 12.17); "los mandamientos de Dios y la 
fe de Jesús" (Ap 14,12). Sólo en Ap 3,3 el verbo mencionado está construido 
así: "Recuerda, pues, como has escuchado la palabra obsérvala y 
arrepientete..."
2. Jos 22, 24; Jc 11, 12;2S16, 10; 19,23; 1R 17,18; 2R 3, 13; 9,18.19; Jr 2,18; Jl 
4,4.
3. Mc 1, 24; 5, 7; Mt 8, 29; Lc 4, 34; 8, 28.
4. La consigna de María a los criados de las bodas de Caná muestra una 
singular afinidad con la tarea que Jesús decide confiar a los apóstoles 
respecto a todas las naciones: "... Enseñándoles a observar todo lo que os he 
mandado" (Mt 28,20a). Con una leve acomodación de términos, que no afecta 
a su esencia, podemos decir que la iglesia debe repetir al mundo este 
consejo: "Cuanto (el Señor) ha mandado, observadlo". Se puede descubrir 
entonces la consonancia profunda que hay entre estas palabras y la 
exhortación de María en Caná: "Cuanto él os d¡ga, hacedlo" (Jn 2,5). De lo que 
se deduce que tanto María como la iglesia se encuentran conduciendo a los 
hombres por el camino que lleva hacia el evangelio de Cristo. La relación entre 
Jn 2,5 y Mt 28,20a aparece más creíble por el hecho de que la aparición de 
Jesús a los discípulos (narrada por Mt 28,16-20) está modelada en diversos 
puntos según la teofanía de Yavé en el monte Sinaí. En la óptica mateana, el 
monte de Galilea donde aparece Jesús resucitado es el Sinaí de la nueva 
alianza.