¿Hay condenados en el infierno?
Fuente: www.iveargentina.org
Autor: P. Carlos M. Buela, IVE
El infierno "vacío"
Hoy día algunos pretenden que el infierno está deshabitado. Piensan que no hay
condenados de hecho. Los textos que hablan del infierno no serían más que
amenazas que nunca se realizarán. Orígenes admitía condenados temporales,
ahora se niega la existencia misma de condenados.
En el Concilio Vaticano II un Padre pidió que se declarase que había, de
hecho, condenados en el infierno, porque si no, el infierno sería una mera
hipótesis (67). La Comisión teológica juzgó que no era necesario introducir
esa declaración porque los textos neotestamentarios citados en el documento
conciliar tienen forma gramatical futura (68); no son verbos en forma
hipotética o condicional, sino en forma futura. “Irán” supone, como cae de
maduro, que alguien irá (69).
Las explicaciones de la Comisión teológica son el presupuesto de las
votaciones y constituyen la interpretación oficial del texto. Si algún Padre
no hubiese estado de acuerdo con la interpretación hubiese votado “non placet”.
De modo tal que estamos frente a la interpretación oficial de cómo entiende el
Concilio Vaticano II esos pasajes bíblicos y lo entiende en el sentido de que
hay y habrá condenados de hecho, excluyendo la interpretación meramente
hipotética del infierno.
Una vez más comprobamos que algunos que se creen los adalides del Concilio
Vaticano II son los que más ignoran sus textos y la interpretación correcta de
los mismos.
La fe católica afirma sin ambages que hay condenados en el infierno y que no
fue destruido por Jesucristo. Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica,
citando enseñanzas anteriores del Magisterio de la Iglesia: “Jesús no bajó a
los infiernos para liberar de allí a los condenados (70) ni para destruir el
infierno de la condenación (71), sino para liberar a los justos que le habían
precedido” (72). Por eso enseña Mons. José Capmany Casamitjana, Obispo
Director Nacional de las Obras Pontificias Misionales de España: “Lo cierto es
que el infierno existe y que allí hay y habrá condenados” (73),y los que
tienen un mínimo de sentido común deducen: “Y yo puedo ser uno de ellos.
Pondré todos los medios para evitarlo”.
Ciertamente que la Iglesia no tiene poder para declarar quienes son los que se
han condenado. No existe una suerte de canonización al revés. Más aún, la
incapacidad que tiene la Iglesia para señalar quien está en el infierno, es
salvífica. En la Iglesia, nadie tiene poder para destruir, sino sólo para
construir: “...conforme al poder que me dio el Señor para edificación nuestra
y no para destruir” (cf. 2 Cor. 13,10).
Se cuenta de San Vicente Pallotti que un día el santo sacerdote acompañaba al
suplicio a un asesino del peor género, que rehusaba obstinadamente
arrepentirse, se mofaba de Dios y blasfemaba hasta en el cadalso. El P.
Palotti había agotado ya todos lo medios de conversión: estaba en el tablado
al lado de aquel miserable; bañado de lágrimas el rostro, se había echado a
sus pies, suplicándole que aceptase el perdón de sus crímenes, mostrándole el
anchuroso abismo en que iba a caer. A todo esto, el criminal había respondido
con un insulto y una blasfemia, y su cabeza acababa de caer al golpe de la
fatal cuchilla. En la exaltación de su fe, de su dolor e indignación, y
también para que aquel horrible escándalo se trocase para la muchedumbre de
los asistentes en saludable lección, el piadoso eclesiástico se levanta, toma
por los cabellos la ensangrentada cabeza del ajusticiado y presentándola a la
multitud: “¡Mirad!, exclamó con voz atronadora; ¡mirad bien!; ¡he aquí la cara
de un condenado!” Se dice que este sólo hecho basto para retardar el proceso
de beatificación. ¡Hasta tal punto la Iglesia es misericordiosa! (74).
Del Santo Cura de Ars solamente se cita un caso en el cual pareció temer por
la suerte eterna de un difunto. “Una persona recién llegada de París o de sus
alrededores -refiere Hipólito Pagés- le preguntó donde estaba el alma de uno
de sus parientes recientemente fallecido. Recibió esta respuesta, sin
comentario alguno: ‘No quiso confesarse a la hora de la muerte’.
Desgraciadamente, era muy cierto: el moribundo había rechazado al sacerdote.
El Cura de Ars no podía saberlo de antemano” (75).
Ni del mismo Judas se puede afirmar con seguridad, a pesar de que hay varios
textos bíblicos que parecieran abonar la hipótesis de su condenación. De
hecho, San Vicente Ferrer afirmaba que se había salvado (76).
En nombre de la misericordia divina
Hacia el 420 San Agustín (77) indica distintas teorías sobre el infierno,
actuales en aquel entonces:
1- Algunos creían que todos los pecados eran expiados en vida o después de
morir;
2- Otros sostenían que Dios no condenaría a nadie por la intercesión de los
santos;
3- Otros sostenían que ningún bautizado, ni aún los herejes, se condenarían;
4- Había quienes limitaban la salvación a todos los bautizados en la Iglesia
católica, que aunque cayesen en idolatría y ateísmo no se condenarían para
siempre;
5- Otros decían que los que perseveraran en la fe, aunque cayesen en pecados
graves, se salvarían;
6- Algunos afirmaban que sólo se condenarían los despiadados.
Ideas todas que fueron defendidas en nombre de la misericordia divina, como
pasa ahora también. Todos los hombres y mujeres estarían confirmados en
gracia.
San Agustín refutó todas esas teorías: “Después del juicio final unos no
querrán y otros no podrán pecar... Los unos viven en la vida eterna una vida
verdaderamente feliz, los otros seguirán siendo desventurados en la muerte
eterna, sin poder morir: ni unos ni otros tendrán fin... La muerte eterna de
los condenados no tendrá fin y el castigo común a todos consistirá en que no
podrán pensar ni en el fin, ni en la tregua, ni en la disminución de sus
penas” (78).
Ya hemos visto cómo en nombre de la misericordia divina Schillebeeckx niega el
infierno. Pero hay otros teólogos católicos, no “infernalistas” como dice uno
de ellos, que pareciera que, de hecho, creen que el infierno está vacío, como
Teilhard de Chardin, Rahner y von Balthasar (79), que consideran el infierno
como una posibilidad real de desastre final pero, al mismo tiempo, insisten en
el deber de “esperar para todos”, según R. Gibelli (80). A primera vista
pareciera que la postura de Schillebeeckx es más grave, sin embargo, este
último es más peligroso engaño.
Una eternidad sin nadie que, de hecho, se haya condenado ni se vaya a
condenar, es una eternidad frívola, no seria, es un infierno “light”. No vale
la pena luchar por evitarlo, si de hecho se evita; por tanto tampoco vale la
pena esforzarse por ganar la otra eternidad, que nos es dada sin esfuerzo. La
propuesta del infierno progresista es una propuesta autoritaria y demagógica.
Autoritaria, porque todos, aunque no quieran, se salvan; demagógica, porque
como los políticos actuales hacen promesas fáciles de eterna salvación, que
luego no cumplirán, muchos se enterarán cuando ya sea tarde, y ¿a quién
reclamarán?
Un infierno vacío no es un infierno salvífico; por el contrario, un infierno
habitado, sí, es salvífico. Por eso está revelado: “...irán...”, y como toda
revelación sobrenatural, es una revelación salvífica.
Negar el infierno -en alguno o en todos sus elementos- es una forma de
univocar el ser, de homogeneizarlo, lo cual es típico de todo sistema
gnóstico. El infierno “light” es, en el fondo, un infierno hegeliano, es
decir, una idea del infierno, no un infierno real, concreto, de hecho; es un
“flatus vocis”, no un acontecimiento. Digamos que a la pastoral del “flatus
vocis”, corresponde un infierno que es un “flatus vocis”. Los que afirman que
no hay condenados en el infierno, se inscriben en la misma línea ideológica de
los que niegan la transmisión por generación del pecado original, o niegan la
Encarnación verdadera y real de nuestro Señor, o su resurrección corporal
(81), o la integridad biológica de la Virgen María, o la presencia física de
Cristo en la Eucaristía. Algunos no niegan descaradamente el infierno, ni el
pecado original, ni la Encarnación del Verbo, ni la resurrección, ni la
virginidad de María, ni la Eucaristía; pero sí niegan aquello que verifica,
sustenta, a modo de preambula fidei la realidad del infierno, del pecado
original, de la Encarnación, de la resurrección, de la virginidad, de la
presencia real en la Eucaristía. Es decir, imitan la actitud inconsciente de
quien serrucha la rama donde está sentado. Este infierno de ficción es una
pamplinada más del progresismo. Es un infierno vano y nimio, como repulgo de
empanada.
¡Qué diferencia! Antes se decía que había un cartel en la entrada del
infierno: “Los que entráis aquí abandonad toda esperanza”; ahora cambiaron la
leyenda del cartel por: “Prohibido entrar”. Antes: “Aquí no hay salvación”;
ahora: “Se alquila. Desocupado”. Antes los malos iban al infierno; ahora si
hay infierno Dios es malo.
Mucho tiempo atrás ya advertía San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la
Iglesia, sobre los misericordiosistas: “Pero ¡Dios es tan misericordioso! Sí;
es misericordioso, pero no es tan estúpido que vaya a obrar irracionalmente;
ser misericordioso con quienes quieren continuar ofendiéndole no sería bondad,
sino estupidez de Dios. Dice el Señor: ¿Ha de ser malo tu ojo porque yo soy
bueno? (Mt 20,15) Y porque yo soy bueno, ¿tú quieres ser malo? Dios es bueno,
pero también es justo, y, por tanto, nos exhorta a observar su santa ley si
queremos salvarnos: Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos (Mt
19,17). Si Dios fuera misericordioso con todos los hombres, buenos y malos; si
concediera a todos la gracia de convertirse antes de morir, sería ocasión de
pecado hasta para los buenos; pero no, que cuando llega el término de sus
misericordias castiga y no perdona más. Y mis ojos no se compadecerán de ti ni
me apiadaré (Ez 7,4); por lo que nos avisa: Rogad que vuestra fuga no sea en
invierno ni en sábado (Mt 14,20). En el invierno no se puede actuar por el
frío ni en el sábado por la ley; lo que significa que para los pecadores
impenitentes vendrá tiempo en que quisieran darse a Dios y se verán impedidos
de hacerlo por sus malos hábitos” (82).
Sabias palabras que hay que sopesar atentamente:
- Dios es misericordioso, pero no estúpido;
- Dios es misericordioso, pero su misericordia es regulada por su sabiduría
(83);
- Dios es Amor, pero no obra irracionalmente;
- Dios es bueno, pero no para que nosotros seamos malos; si Dios fuese bueno
para que nosotros seamos malos, Dios no sería bueno;
- Dios es bueno, pero es justo (84);
- Si Dios salvase a todos, si quisiese con voluntad eficaz la salvación de
todos los hombres, sean buenos o sean malos, Dios sería ocasión de pecado aún
para los buenos, o sea, que si no castigase a los malos induciría a los buenos
a que se hiciesen malos, ya que sería lo mismo. Ese absurdo, que en Dios no se
da, sí se da en predicadores, catequistas o formadores que niegan el infierno
por el motivo que fuese -niegan la pena de daño, o la de sentido, o la
eternidad, o lo vacían-: ellos sí, de hecho, son ocasión de pecado aún para
los buenos. Dios quiere con voluntad antecedente la salvación de todos los
hombres, pero con voluntad consecuente, luego del pecado no retractado, quiere
castigar a algunos. Sugiero que en nuestras Congregaciones religiosas se
invite, tempestivamente, a quienes nieguen cualquier aspecto del infierno, a
que salgan de nuestra familia religiosa. Que no nos pase, lo que ha pasado con
tantos otros. Tápense los oídos cuando alguien hable negando la terrible
realidad del infierno, esos son retoños del Maligno que trabajan para él. Son
lobos con piel de oveja.
Si Dios quisiese con voluntad eficaz la salvación de todos los hombres, ¿para
qué la Encarnación de su Hijo?, ¿para qué la muerte en cruz?, ¿para qué la
Iglesia?, ¿para qué el Papa, los obispos, los sacerdotes y diáconos?, ¿para
qué la nueva evangelización?, ¿para qué las Conferencias Episcopales, las
Curias, el CELAM y todos los demás organismos?, ¿para qué los sacramentos?,
¿para qué la liturgia?, ¿para qué la Palabra de Dios, la Biblia?, ¿para que la
predicación?, ¿para qué evangelizar la cultura?, ¿para qué la misión ad
gentes?, ¿para qué tratar “sobre la Iglesia en el mundo actual”?, ¿para qué el
diálogo, con los otros cristianos, con los que creen en Dios, con los que no
creen en nada?, ¿para qué trabajar en el areópago de los medios de
comunicación?, ¿para qué...?
El infierno se puebla más con la “misericordia” que con la justicia. El
progresismo es antifrástico -como al gordo que le dicen flaco-: quieren un
infierno vacío y lo único que logran es poblarlo más. Son los colonizadores
del infierno. Un infierno deshabitado es un infierno fatal para los hombres.
Es también San Alfonso el que enseña: “Cierto autor indicaba que el infierno
se puebla más por la misericordia que no por la justicia divina; y así es,
porque, contando temerariamente con la misericordia, prosiguen pecando y se
condenan. Dios es misericordioso. ¿Pero, quién lo niega? Y, a pesar de ello,
¡a cuántos manda hoy día la misericordia al infierno! Dios es misericordioso,
pero también justo, y por eso está obligado a castigar a quien lo ofende. Él
usa de misericordia con los pecadores, pero sólo con quienes luego de
ofenderle lo lamentan y temen ofenderlo otra vez: Su misericordia por
generaciones y generaciones para con aquellos que le temen (85), cantó la
Madre de Dios. Con los que abusan de su misericordia para despreciarlo, usa de
justicia. El Señor perdona los pecados, pero no puede perdonar la voluntad de
pecar. Escribe San Agustín que quien peca con esperanza de arrepentirse
después de pecar, no es penitente, sino que se burla de Dios (86). El Apóstol
nos advierte que de Dios no se burla uno en vano: De Dios nadie se burla (87).
Sería burlarse de Dios ofenderlo como y cuanto uno quiere y después ir al
cielo” (88).
Leí un artículo muy ambiguo: “Díme cómo es tu infierno y te diré quién es tu
Dios” (89), lo cual vale también para saber cómo es la persona que opina sobre
el infierno. Si tu infierno está vacío, tu dios es estúpido y vos lo mismo. Si
tu infierno es “light”, tu dios es “light”, y vos sos un hombre “light”.
Los infernovacantistas lo único que han dejado vacíos son los conventos, los
seminarios y los noviciados. Muchos se quejan de que no tienen vocaciones,
pero si no creen en la eternidad, ¿cómo podrán convencer a los jóvenes que
vale la pena entregarlo todo por Cristo? En toda decisión vocacional a la vida
consagrada está presente la dimensión escatológica. Cuando ésta falta, falta
la motivación para hacer algo que valga la pena. Sin eternidad es imposible
que haya vocaciones a la vida consagrada: “...es constante la doctrina que la
presenta como anticipación del Reino futuro. El Concilio Vaticano II vuelve a
proponer esta enseñanza cuando afirma que la consagración ‘anuncia ya la
resurrección futura y la gloria del reino de los cielos’ (90). Esto lo realiza
sobre todo la opción por la virginidad, entendida siempre por la tradición
como una anticipación del mundo definitivo, que ya desde ahora actúa y
transforma al hombre en su totalidad” (91).
Los infernovacantistas disminuyen la grandeza del misterio pascual y
transforman la necesidad y urgencia de la nueva evangelización en una suerte
de nuevo proselitismo. Son los agoreros de “los cielos nuevos y la tierra
nueva” profetizados y prometidos (Is 65, 17 y cf. 66, 22; 2Pe 3, 13).
Notas:
67 “Unus Pater vult aliquam sententiam introduci ex
que appareat reprobos de facto haberi (ne damnatio ut mera hypotesis maneat”.
Schema Constitutionis dogmaticae de Ecclesia, Modi VI, cap. 7, nº 40, p. 10.
68 “Ceterum in n. 48 Schematis citantur verba evangélica quibus Dominus ipse
in forma grammaticaliter futura de reprobis loquitur” (ibid., nota anterior).
69 Prescindimos en este trabajo de la cuestión si son muchos o pocos los que
se salvan. No entra dentro de nuestro intento ocuparnos de esa cuestión.
70 Cf. Concilio de Roma, año 745: DS, 587: “...Clemens, qui per suam
stultitiam sanctorum Patrum statuta [scripta] respuit vel omnia synodalia acta
[parvipendit], /.../ insuper et dominum Iesum Christum descendentem ad inferos
omnes [!] pios et impios exinde praedicat [simul inde] abstraxisse...”
(“...Clemente, quien por su estulticia rechazó los escritos de los Santos
Padres o (tuvo en poco) las actas sinodales, /.../ dijo también que el Señor
Jesucristo descendiendo a los infiernos extrajo a todos los píos y a los
ímpios”).
71 Cf. Benedicto XII, libelo Cum dudum: DS, 1011: (“ ...sed dicunt, quod
Christus propter salutem hominum est incarnatus et passus, quia per suam
passionem filii Adam, qui dictam passionem praecesserunt, fuerunt liberati ab
inferno, in quo erant non ratione originalis peccati quod in eis esset, sed
ratione gravitatis peccati personalis primerum parentum. Credunt etiam, quod
Christus propter salutem puerorum qui nati fuerunt post eius passionem,
incarnatus fuit et passus, quia per suam passionem destruxit totaliter
infernum...”. (“Pero ([los armenios] dicen que Cristo se encarnó y padeció por
la salvación de los hombres, porque por su pasión los hijos de Adán que a
dicha pasión precedieron fueron liberados del infierno, en el cual estaban no
en razón del pecado original que en ellos había sino en razón de la gravedad
del pecado personal de los primeros padres. Creen también que Cristo se
encarnó y padeció por la salud de los niños que nacieron después de su pasión,
porque por su pasión destruyó totalmente el infierno”.); Clemente VI, c. Super
quibusdam: DS, 1077: “Quod Christus non destruxit descendendo ad inferos
inferiorem infernum” (“Cristo descendiendo a los infiernos no destruyó el
infierno inferior”).
72 Nº 633.
73 Gran Enciclopedia Rialp (GER), t. 12, p. 710.
74 Cf. Mons. de Segur, El Infierno, Iction, Buenos Aires, 1980, pp. 150-151
75 La declaración consta en el Proceso del Ordinario, p. 449.
76 Cf. Henri Gheón, Vicente Ferrer y su tiempo.
77 La Ciudad de Dios, cap. 21, sec. 17, 22.
78 Enchiridion, cap. 29, sec. 111 y 113.
79 Por ejemplo, afirma: “Il Crocifisso non soffre semplicemente l’inferno
meritato dai peccatori; egli soffre qualcosa che é al di lá e al di sotto de
essi: un abbandono da parte di Dio in pura obbedienza de amore, cui egli
soltanto é capace in quanto é il Figlio, e che abbraccia da sotto
qualitativamente ogni possibile inferno. Ció elimina in un modo ancora piú
radicale la simmetria giudiziaria veterotestamentaria” (TeoDrammatica.
L’Ultimo Atto, V. 5, ed. Jaca Book, 1986, p. 237 ).
“Previamente si deve avvertire che tutte le parole del Signore indicanti la
possibilitá di una eterna dannazione sono prepasquali” (idem, p.238).
“Il Signore non é morto soltanto per i buoni che subito si aprono a lui, ma
anche por i cattivi e gli si negano. Egli ha tempo di aspettare fino a che
anche i dispersi figli de Dio siano raggiunti dalla sua luce. Giacché anche il
cattivo non é fuori dalla zona del suo potere, e la dispersione del Signore
abbraccia e supera anche la dispersione dei peccatori” (idem, p. 239).
“Nella passione egli deve soffrire per tutti coloro che senza di lui avrebbero
meritato l’inferno. Cosí la tenebra dei peccati rimane recinta dalla tenebra
dell’ amore, come la patisce il Figlio nell’abbandono di Dio” (idem, p. 241).
“Nell’inferno rimarrebbe, come realtá dannata difinitiva il peccato staccato
dal peccatore mediante l’opera della croce, una realtá non assolutamente nulla
a causa della forza in essa investita dall’uomo. I peccati vengono rimessi,
divisi da noi, da noi distolti. Vengono rinciati lá dove é tutto ció che Dio
non vuole a che condanna: nell’inferno. Questo é il loro luogo. Che un luogo
simile ci sia é, nella storia che va dal peccato originale alla redenzione,
molto piú importante che se non ci fosse, perché é la permanente testimonianza
della remissione dei peccati. In questo censo l’inferno é addirittura un
regalo della grazia divina” (idem, p.269).
80 La teología de XX secolo, Queriniana, Brescia 1992, p. 368: “...lo stesso
Von Balthasar, che prospettano l’inferno come una reale possibilita del
fallimento finale, ma insieme insistono sul dovere di ‘sperare per tutti’”.
81 Cf. mi artículo La resurrección, ¿mito o realidad?, Mikael, año 2, nº 6.
82 Obras Ascéticas, Sermón 34, De la impenitencia, t. II, B.A.C., 1954, p.
749.
83 Cf. S. Th., Suppl., 99, 2, ad 1.
84 Que Dios sea bueno nos da esperanza, que evita la desesperación; que Dios
sea justo nos infunde temor, que evita la presunción (cf. SantoTomás, Ad Rom.
11, 22).
85 Lc 1, 50.
86 “Irrisor est, non poenitens” (Ad. Fr. in er., s. ), cit. en San Alfonso,
ver nota 87.
87 Gal 6, 7.
88 Sermón 32, Ilusiones del pecador, op. cit., pp. 731-732.
89 Boletín salesiano, agosto 1993, nº 510, p.10 y ss.
90 Constitución dogmática Lumen gentium, 42.
91 Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata, nº 26.