5. ¡SAL DE TU TIERRA!

 

La vocación de Abraham

Lo normal es que busquemos la COMODIDAD. Sí: buscamos seguridad, protección. Nos instalamos en nuestra tierra, en nuestra casa. Nos acomodamos a nuestras costumbres y tradiciones. Nos dedicamos a repetir y a conservar lo conseguido. Pero un joven sin ideales es un joven muerto, y un adulto sin utopías se pudre en su propia mezquindad. La mediocridad es siempre un pecado.

Por esto, cuando Dios se acerca al hombre, lo DES-INSTALA. "¡Sal de tu tierra y de tu casa!". Hay otros horizontes que descubrir. Otras tierras que recorrer. Otros ideales que conquistar. Dios no quiere a los buenos: los quiere siempre "mejores". Dios quiere al hombre peregrino, en éxodo, siempre en búsqueda, siempre con afán de superación. No me refiero a la superación económica o social, sino a la superación personal, a la propia realización como persona...

Todos estamos llamados a la SANTIDAD. ¡Sal de tu tierra, sal de tí mismo!.. No te contentes con caminar por la playa con el agua hasta los tobillos: métete mar adentro. No te contentes con pasear por la falda de la montaña: atrévete a escalar la cumbre. ¡Felices los que tienen hambre y sed de perfección!

Si no escuchas, si no sigues la llamada, quedarás quizás más tranquilo, pero no serás feliz. Te quedarás triste y cabizbajo como aquel joven del Evangelio que dio la espalda a Jesús. Harás lo de siempre, como siempre... Pero, si te arriesgas, si das el paso de la fe, si das el salto al riesgo, entonces Dios te bendecirá como a Abraham: "Haré de ti un gran pueblo. Te bendeciré. Haré famoso tu nombre. Serás una bendición. Bendeciré a los que te bendigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo".

Abraham marchó, como le había dicho el Señor...

· Abraham creyó y siguió su vocación. Creyó de verdad que era el Señor quien le hablaba. Salió de sí mismo. Lo dejó todo. Comenzó a caminar por el desierto... Sin más horizontes que la fe... sin más letreros que la esperanza... Y avanzó hacia el monte...

· Abraham quedará transformado. Transfigurado. Su rostro se iluminará. Su persona crecerá hasta agigantarse. "No te llamarás más Abram, sino que tu nombre será Abraham, pues yo te he constituido padre de una muchedumbre de pueblos... Mira la estrellas del cielo. ¿Puedes, acaso, contarlas?..." (Gn 17,5). Un hombre cambiado. Un hombre transformado. Sus ojos se iluminan contando más y más estrellas. De ser un viejo sin hijos, pasará a ser padre de innumerables estrellas... Y será --como dice la Biblia-- "el amigo de Dios", el confidente de Dios.

 

Nuestro Tabor

Abraham es un ejemplo. Si seguimos de verdad a Cristo, si queremos responder a su llamada, si somos coherentes con nuestra propia vocación, es preciso:

· "salir de nosotros mismos" = dejar nuestros egoísmos, nuestros apegos, pecados...

· y ponernos en camino hacia el monte TABOR y, allí, dejarnos transformar:

Por la PALABRA. "Este es mi HIJO. Escuchadlo". Cada domingo oímos la Palabra de Dios en Misa: ¿nos dejamos transformar por ella? ¿La escuchamos de verdad? ¿No nos resbala, acaso? ¿No nos la acomodamos a nuestro capricho?

Por el AMOR. "Este es mi Hijo, el AMADO, el predilecto" . Cristo será testigo de este gran amor del Padre: ?Como el Padre me ha amado, así os he amado yo..." Y nos encomendará: "Amad como yo os he amado..."

Por el DOLOR. San Lucas (Lc 9,31) dice que, en el Tabor, "hablaban de su muerte". Tabor y Calvario no están tan lejos. Son dos caras de la misma moneda. El Tabor prepara para el Calvario. El Calvario termina convirtiéndose en Tabor. "El que quiera conservarse a sí mismo, se perderá. El que no tenga miedo a perderse, éste se encontrará"

"Cuando os dimos a conocer el poder... de nuestro Señor Jesucristo no nos fundábamos en invenciones fantásticas, sino que habíamos sido testigos oculares de su grandeza"

 

Habla Pedro, un hombre también "transfigurado", cambiado

Rudo pescador

Apóstol que niega al Maestro

Ahora testigo de la resurrección (tansfiguración) de Cristo

Testigo de una manera nueva de vivir, de amar, de ser pobre, de darse...

También nosotros podemos llegar a ser "testigos"

No somos testigos "oculares". Pedro vio y oyó. Nosotros ni vimos ni oímos.

Pero nuestra vivencia de fe nos hace experimentar que seguir a Jesús vale la pena.

Seguir a Jesús, camino de Jerusalén, subiendo a veces a la montaña del Tabor y bajando continuamente al valle de la lucha y el esfuerzo.

La Palabra de Dios que leemos "no son fábulas" ni invenciones fantásticas. "Hacéis muy bien en prestarle atención", aunque a veces parezca que no damos fruto...

Hay que tener paciencia...

La Palabra "es como una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día y el lucero nazca en vuestros corazones"

 

No sabía lo que decía

Nuestro lugar no es la montaña, sino el valle. No es el templo, sino la calle, el hogar, el trabajo...

Dios nos recoge un rato en la montaña
(la Eucaristía, la Oración, el Desierto)
nos transforma
y vuelve a enviarnos al mundo.

¡El mundo!

El mundo es el lugar donde se quiere hacer presente Dios.
Y lo llevamos nosotros.
Quienes hemos estado orando con Él,
y, ahora, con el rostro transformado,
brillando los ojos de gozo,
blancos los vestidos de amor,
descendemos al valle
para caminar junto al hermano que sufre,
que se divierte,
que busca,
que ignora...

Y llevamos a Dios con nosotros.
Y le situamos en las entrañas de la vida,
allí donde se juega el futuro de la humanidad.

 

Por Sebastián Fuster Perelló, o.p.