Génesis de la intención reveladora

 

RV/CONCEPTO
3. 5. Mitos, sueños y misterios 
Intentemos ya reconstruir de algún modo la génesis de la 
intención reveladora.
Ser creado no remite a algo acabado, acontecido en un pasado 
remoto; implica, por el contrario, estar siendo sostenido por Dios 
en el ser, siempre dinamizado e impulsado por él hacia la propia 
realización. Esa realidad y ese dinamismo son así la expresión de 
la intención viva de Dios: reconocerlos en esa perspectiva es 
reconocer su presencia activa y su proyecto sobre nosotros. Es 
decir, que lo que Dios quiere es manifestado por el ser mismo 
de la creatura: ella misma es su «palabra».
Y como tal «palabra», es decir, como manifestación querida por 
parte de Dios, la capta el espíritu humano, pues en el mismo acto 
de descubrirla, cae en la cuenta de que eso es posible porque 
Dios estaba intentando decírselo. Eso pertenece a la estructura 
misma de toda experiencia religiosa: Dios aparece siempre como el 
que toma la iniciativa, como «trascendencia activa» 18. Por eso, al 
revés, se comprende también que, si Dios no quisiera revelarse, el 
hombre nada podría captar (empezando porque Dios ya no habría 
creado...).
Al mismo tiempo, aparece que se trata de un proceso difícil, 
necesariamente ambiguo, incierto y tanteante: si Dios es 
descubierto en la realidad, dado que esta realidad tiene su 
consistencia propia y está incluida en muchos tipos de relaciones, 
puede ser interpretada de muchas maneras. De hecho, son 
muchos -todos los no religiosos- los que no «ven» a Dios en la 
realidad. Algo parecido en su orden sucede, por lo demás, con 
toda toma de conciencia abierta a las profundidades de lo 
personal: siempre cabe la interpretación diferente, o aun el 
desconocimiento total de la verdadera intencionalidad (Otelo no 
«vio» la fidelidad de Desdémona).
A esta luz se comprende que, como muestra la historia, en la 
interpretación religiosa de la realidad entra en juego toda la 
subjetividad humana. La diversidad de las religiones, así como las 
oscilaciones, tanteos, descubrimientos y retrocesos dentro de cada 
una, responden a esa oscura búsqueda, constituyen los avatares 
de esa exploración en la que se va constituyendo el espíritu 
religioso. De ahí que el proceso esté marcado por todos los 
condicionamientos del tiempo y la cultura, y que el espíritu humano 
eche mano de todos sus recursos.
RV/MITOS MITOS/RV: Así, por ejemplo, superada la estrechez 
racionalista, hoy se reconoce en los mitos y en todo el mundo 
simbólico en ellos implicado un modo -y muy profundo de esa 
exploración. Schelling lo había estudiado ya en su Filosofía de la 
mitología, insistiendo en que ésta representa una etapa real en la 
manifestación de lo divino en la historia humana. Y todos los 
fenómenos que hoy nos resultan extraños, como el recurso a los 
sueños, a los oráculos y a los distintos modos de adivinación, 
las prácticas rituales o los procedimientos chamánicos, fueron en 
su momento modos de cercioramiento o expresión de esta 
captación de lo trascendente por el espíritu humano 19. En la 
misma Biblia quedan numerosos restos de tales prácticas que 
fueron superadas gracias sobre todo a la predicación profética.
La fenomenología de la religión analiza con detalle estos 
procesos, mostrando su estructura y distinguiendo sus elementos y 
modalidades. No podemos entrar en el detalle. Sólo indicar que de 
ese modo se van formando tradiciones, al principio orales, pero 
que en muchas religiones se ponen por escrito, dando origen a los 
libros sagrados, que son vistos como conteniendo la revelación. 
Lo cual supone, sin duda, una ganancia, pues favorece el 
enriquecimiento progresivo y sirve de base a la teología. Tiene 
también inconvenientes por su tendencia al formalismo y 
extrinsecismo en la concepción de la revelación, como veíamos al 
principio.
Huelga decir que en esta perspectiva resulta obvio que todas 
las religiones son reveladas, pues ellas son justamente los 
lugares donde la humanidad cae en la cuenta de lo divino, es 
decir, lo descubre dirigiéndose a ella: revelándosele. Lo cual no 
equivale a una patente de corso para afirmar que todo lo que 
dicen las religiones sea revelación divina. Justo porque toda 
religión es traducción humana de esa revelación, caben en ella 
limitaciones, errores y aun aberraciones. Cosa por lo demás obvia 
-demasiado obvia- para quien contemple la historia. También la 
bíblica y la cristiana, por supuesto. Esa es justamente la razón de 
que haya un pluralismo real de las religiones y una historia dentro 
de cada una de ellas.

4. El concepto de revelación 
Era del todo conveniente recordar estas cosas, porque ahora 
vamos a centrar nuestro estudio en la tradición bíblica, y sería una 
deformación fatal -aunque todavía demasiado corriente- convertir 
su singularidad real en un caso totalmente aparte, 3 sin contacto ni 
comunidad alguna con las otras. Ni la Biblia, como hemos visto a 
partir de los estudios histórico-críticos, nació aislada y sin 
profundos influjos de las demás religiones, ni cabe pretender que 
sólo en ella se manifestó Dios a los hombres y mujeres de un solo 
y pequeño pueblo, quedando todos los demás literalmente 
«dejados de su mano».
Pero la Biblia es la tradición más estudiada en si misma, y con 
mayor sentido crítico. Sobre todo, es la que nosotros mejor 
conocemos, y fue en ella donde de hecho se afinó la problemática 
que estudiamos. Dado que ahora vamos a intentar comprender de 
un modo más formal y sistemático la revelación en sus diversos 
aspectos, centraremos la atención en ella. No la tomamos, pues, 
como el único caso, sino como un caso específico, que luego 
intentaremos poner también en diálogo y contacto con las demás 
religiones.
De algún modo está ya dicho lo fundamental. Ahora se trata de 
elevarlo en lo posible a la claridad del concepto. No lograremos 
evitar algunas repeticiones. Pero también podremos ser más 
escuetos y sintéticos.

4.1. La revelación como mayéutica histórica 
Volvamos una vez más al prejuicio denunciado al principio: la 
revelación como algo que hay que aceptar porque alguien dice 
que Dios le dijo; y que, por lo mismo, es extrínseca al hombre y 
escapa a toda posible verificación en sí misma. ¿Responde eso a 
la realidad? 

a) La revelación habla de la vida real 
Si se examina cualquier religión, y muy en concreto la bíblica, se 
ve enseguida que, contra todo tópico, lo fundamental en ella habla 
de lo más cercano a nosotros. Ya la misma idea de salvación, que 
le es esencial, si no idéntica, lo indica: toda religión intenta ayudar 
en los problemas y dificultades de la existencia. Su predicación y 
sus escritos, lo mismo que sus mitos y sus llamadas a la santidad o 
la conversión, hablan por definición de la vida real y concreta. Lo 
que dice de Dios se refiere a su relación con el hombre y a la 
actitud o conducta de éste para con él. Incluso cuanto las 
religiones, a veces de maneras extrañas, narran acerca de los 
comienzos del mundo y de sus postrimerías, busca iluminar las 
grandes preguntas del sentido de la existencia humana: esto es 
hoy un tópico reconocido acerca de todos los mitos-protológicos 
(comienzo del mundo) y escatológicos (fin del mundo).
En realidad, basta con abrir la Biblia para sentir en cada página 
la vida individual y colectiva en toda su concretez. La historia se 
cuenta justamente para iluminar el presente a la luz de lo que 
sucedió con «los padres». Los profetas no hablan -como algunos 
siguen pensando todavía- de futuros misteriosos, sino de los 
problemas morales, éticos y aun políticos más acuciantes. Los 
salmos son oraciones cargadas con las preocupaciones, las ansias 
y los problemas más agudos. La literatura sapiencial constituye 
una reflexión sobre la vida, desde sus problemas más universales 
hasta las mismas cuestiones de etiqueta. Los escritos 
apocalípticos hablan de cosas raras y adoptan el estilo 
(convencional) de revelaciones misteriosas, pero sabemos que 
enraízan en las angustias y esperanzas de una historia muy 
concreta. Y entrando en los evangelios, lo que impresiona en la 
predicación y la conducta de Jesús es justamente su adherencia a 
la vida, su centración en los problemas más inmediatos de la 
marginación, la pobreza y el dolor, su oferta de sentido no desde 
un Dios abstracto, sino desde un Dios «padre» que se preocupa 
incluso de «los cabellos de nuestra cabeza».
Es que, en definitiva, lo que ahí se nos ofrece es una 
interpretación de la realidad y la existencia, una respuesta a 
nuestras grandes preguntas y a nuestros problemas decisivos. No 
es indiferente lo que se nos dice, ni da igual que se nos «revele» a 
que x o b que z. Y por eso, fuera de casos rutinarios no se acepta 
una religión porque sí, sino porque en definitiva convence. Y si 
convence, es porque su oferta se puede examinar, se puede 
controlar y verificar midiéndola con la propia experiencia, con los 
propios saberes e intuiciones, para ver si se ajusta a ellos y si de 
verdad responde a la gran pregunta que a estos niveles plantea la 
existencia humana.
Cuando se examina en detalle la «génesis» de una religión, los 
momentos originarios en los que se muestra como revelación 
nueva, se aprecia esto con claridad. Cuando Moisés llama a aquel 
puñado de israelitas a escapar de la opresión injusta del Faraón, 
diciéndoles -«revelándoles»- que eso es lo que quiere Dios, no les 
habla de algo extraño, sino de su propia realidad. De la de Moisés 
y de la de ellos. Porque Moisés no «trae» a Dios desde fuera sino 
que lo descubre ya presente en él y en sus paisanos: como 
creador de su ser y como interesado en su dignidad y en su 
realización, está empujándolos hacia la rebelión y la libertad.
Lo que él hace es descubrirlo el primero, «caer en la cuenta» de 
lo que Dios estaba intentando «decirles» a todos; y lo descubre no 
en una palabra rara o en una voz venida del cielo -del modo de las 
narraciones bíblicas hablaremos más adelante-, sino en su misma 
rebeldía, en su sentimiento de protesta contra la injusticia. Su ser 
mismo en aquellas circunstancias -recuérdese- es la «palabra» 
real de Dios, el medio de que Dios dispone para comunicar su 
intención, para revelar su apoyo salvador.

b) La mayéutica-histórica: MAYEUTICA-HISTORICA 
RV/MAYEUTICA Con todo, fijémonos: Moisés es quien lo 
descubre, pero descubre él lo que Dios, que estaba con todos, 
trataba de decirles a todos. No les habla, pues, a sus paisanos de 
algo extraño o externo: les habla de lo que son y les está pasando 
a ellos mismos; y por eso pueden reconocerlo. Con su palabra, 
Moisés les ha ayudado a que también ellos caigan en la cuenta: 
les ha hecho de «partera» para que den a luz lo que llevaban en 
su interior. Es lo que decía Sócrates, cuando afirmaba que él tenía 
el mismo oficio de su madre (maia, partera; de ahí «mayéutica»): 
no «engendraba» las ideas en sus interlocutores, no se las metía 
dentro, sino que con sus preguntas les hacía «dar a luz» las que 
llevaban ya en su espíritu.
La mayéutica se convierte así en categoría muy significativa 
para comprender la revelación. Ya como condición de posibilidad 
para entender lo que ésta dice: si lo que se anuncia no tiene 
afinidad o no resuena en el interior de los oyentes, carecerá de 
todo significado. En frase aguda del joven Hegel, sería como 
«predicar a los peces» (tan milagroso como inútil) 20, y sobre todo, 
de ese modo el oyente no queda entregado, sin recurso ni control 
alguno, a lo que diga el «testigo»: el juez o el simple oyente tienen 
que fiarse sin más de la narración del hecho, sin posibilidad de 
acceso al hecho mismo. Aquí radica justamente, como había 
indicado K. Rahner, la deficiencia de la categoría de testimonio, 
tan útil en otros aspectos, e incluso tan bíblica 21.
Pero nótese que la mayéutica, por un lado, recoge lo positivo del 
testimonio, puesto que hay también el que habla y garantiza la 
verdad; y además, por otro, lo libera de su limitación, puesto que 
por sí misma remite a la evidencia misma del objeto: el mayeutes 
no se interpone entre el oyente y la verdad anunciada, sino que 
ayuda a reconocerla con los propios ojos. Y también es bíblica, 
pues aunque en la Biblia no aparece la palabra, sí aparece la 
estructura. Recuérdese a los samaritanos: vienen porque se lo 
dice su paisana, pero acaban diciéndole a su vez: «Ya no creemos 
por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que 
éste es verdaderamente el salvador del mundo» (Jn 4,42).
En realidad, a esta luz se comprende que toda la Escritura en su 
intención más profunda apunta a esto: el testimonio interior del 
Espíritu es siempre el apoyo indispensable para que la palabra 
externa tenga significado y sea aceptada. Y sería posible recorrer 
la historia entera de la teología -piénsese simplemente en la teoría 
agustiniana de la iluminación, en la apologética de la inmanencia 
o en la revelación trascendental de Rahner- para ver la 
conciencia inexpresa, pero real y permanente, de esta estructura. 
Un filósofo judío, F. Rosenzweig, lo expresó magníficamente: «La 
Biblia y el corazón dicen lo mismo. Por eso (y sólo por eso) la 
Biblia es 'revelación'» 22. 
Como no podemos alargarnos en un análisis y fundamentación 
más detallados, hagamos simplemente cuatro observaciones:
La primera: el calificativo de histórica aplicado a la mayéutica 
bíblica tiene como objeto marcar la distancia indispensable frente a 
la socrática. Esta, apoyada en la «reminiscencia», tiende al 
esencialismo griego del eterno retorno de lo mismo; la bíblica está 
metida en la historia, remite a la presencia libre de Dios y, sin 
excluir la memoria, es anuncio que abre el futuro.
En segundo lugar, la mayéutica, justo porque permite el 
examen de la cosa misma, explica la aceptación de lo anunciado 
(«nosotros mismos lo hemos oído»), pero también el rechazo, o 
porque no convence («rechazáis a los profetas»), o porque se 
ofrecen interpretaciones alternativas («arroja los demonios en 
nombre de Belcebú»). Es, por lo demás, lo que le sucede siempre 
a la libertad humana ante sus opciones profundas.
En tercer lugar, todo lo dicho en este apartado lleva a insistir en 
algo que puede quedar oculto. Al hablar de «descubrimiento», 
«reconocimiento»..., la reflexión tiene que insistir en el aspecto 
teórico; pero, justo porque es aspecto, ya está indicando que lo 
es necesariamente de una vida real. Revelación es tomar 
conciencia de la salvación. Y por lo mismo, sólo es verdadera si 
incluye la práctica y el ejercicio: la praxis: «la fe sin obras es 
muerta» (Sant 2,20). Vale a nivel individual: captamos a Dios en la 
medida en que nos dejamos transformar por su dinamismo; como 
desde la misma filosofía dijo admirablemente K. Jaspers: «Dios es 
para mí en la medida en la que yo existo auténticamente» 23, y 
vale sobre todo a nivel comunitario: por eso la Teología de la 
liberación insiste con tanta razón en que sólo desde el 
compromiso con los pobres se puede conocer a Dios o, lo que es 
lo mismo, puede haber revelación (y su enorme impacto en la 
conciencia actual -su fuerza mayéutica- confirma su acierto).
Finalmente, la estructura mayéutica permite comprender la 
necesidad de la vuelta permanente a la Escritura. Lo que se 
desvela mayéuticamente se refiere a lo más profundo de la 
existencia y del mundo en su relación fundante con Dios; una vez 
desvelado, lo «vemos», pero por su profundidad y por su 
implicación en los condicionamientos de la libertad, tiende a 
oscurecerse, deformarse y aun borrarse. La Escritura hace 
justamente de recordatorio constante y de «norma» interpretativa 
a la que todos pueden remitirse. (Aun así, sabemos cuán difícil 
resulta, pero piénsese en lo que hubiera pasado si no existiese el 
recuerdo escrito de lo anunciado...).

4.2. La revelación en su experiencia originaria 
La interpretación de la revelación como mayéutica muestra, 
pues, que está destinada a todos, y que por todos puede ser 
comprendida y, de algún modo, verificada. Pero la reflexión ha 
estado dando por supuesto algo fundamental: que para ser 
comprendida, la revelación tenía que estar ya ahí. Lo cual supone 
que alguien tenía que haberla descubierto el primero, para poder 
hacer de «mayeuta» a los demás. Pero, ¿y él? ¿Quién les hizo de 
«partera» a Moisés o «Jeremías? En otras palabras, estamos 
preguntándonos por el problema más agudo y difícil: el del 
nacimiento mismo de la experiencia reveladora en un espíritu 
humano.

a) Dios se revela a todos, lo más posible 
En una concepción sobrenaturalista, todo parece claro: alguien 
experimenta una revelación cuando Dios se le aparece o le 
«habla». Pero ya hemos visto que eso es mera apariencia 
imaginativa. Dada nuestra finitud, para que pudiésemos «verlo» u 
«oírlo» directamente tendría que dejar de ser Dios, haciéndose 
algo finito y mundano. Recordemos sintéticamente lo ya dicho al 
principio: su «palabra» es la realidad misma -la del mundo y la de 
nuestro ser-, que, sustentada, habitada y dinamizada por él, nos 
remite a su misterio, nos da a conocer su presencia y su ayuda, 
nos permite intuir de algún modo su voluntad y su amor para 
nosotros.
Esto permite ya una primera y muy importante aclaración. La 
revelación no ha de concebirse bajo el modo de Dios «que viene» 
a decir algo. Dios está ya siempre ahí: somos nosotros los que no 
lo advertimos. Por eso la revelación es siempre «caer en la 
cuenta». Y cuando caemos en la cuenta -aunque eso pueda 
suponer mucho esfuerzo-, somos conscientes de que es gracias a 
que él está queriendo revelársenos (análogamente a cuando 
comprendemos una explicación: la «actividad» de comprender, por 
mucho esfuerzo que suponga, implica por sí misma que sólo existe 
gracias a que alguien está explicando). Toda percepción de Dios 
-aunque no se la interprete así- es siempre revelación activa y libre 
por su parte.
D/SILENCIO: Por eso, tampoco existe «silencio de Dios», en el 
sentido de que él quiera callar, reservarse u ocultarse. Existe sólo 
«sordera» por nuestra parte: siempre, la sordera constitutiva de la 
dificultad fundamental; y muchas veces, la culpable de la «dureza» 
de oído o de corazón. No puede negarse el hecho, frecuente y 
doloroso, de la sensación subjetiva de ese silencio -Cristo mismo 
la padeció en la cruz-, pero ha de tenerse sumo cuidado con cierta 
retórica muy tradicional, que atribuye de mil maneras a una 
decisión de Dios (para probarnos, para castigarnos...) el duro 
hecho de que muchas veces nos resulta difícil «oírle» o advertir su 
presencia. Ya es hora de que seamos «honestos para con Dios» 
-creador, salvador y padre que «no descansa»- proclamando con 
decisión que él está revelándose desde siempre, a todos y en 
la máxima medida posible. El amor, que le constituye en acto 
siempre entregado, no tiene límites por su parte: las limitaciones 
-que son reales y dolorosas- no vienen de su reserva o tacañería, 
sino exclusivamente de nuestra incapacidad o nuestro pecado.
Digámoslo de un modo imaginativo: Dios es como un sol que 
estuviese presionando permanente y amorosamente la conciencia 
de la humanidad, intentando iluminar su opacidad y romper su 
impotencia; muchas veces, no se le ve, oculto por las nubes 
externas o la incapacidad interna; cuando en algún punto logra 
que su luz y su calor rasguen el velo, se produce una experiencia 
de revelación. Y, una vez captada y expresada en ese punto, se 
hace -por influjo mayéutico- más fácilmente perceptlble para los 
demás, al tiempo que está posibilitando nuevas y más amplias 
rupturas y percepciones: así avanza, en tanteo y claroscuro, toda 
tradición religiosa.

b) Revelación, elección, inspiración 
Pero sigue en pie la pregunta: ¿cómo y por qué es alguien el 
primero? Lo dicho no la ha resuelto seguramente, pero puede 
ayudar.
Ante todo, ayuda a situarla. Porque ahora tal vez se comprenda 
por fin que, estructuralmente esta pregunta es idéntica a muchas 
otras de la vida ordinaria. No apunta, como generalmente se cree 
a un «favoritismo» divino -pues Dios quiere revelarse a todos-, 
sino a la inevitable facticidad de las diferencias humanas. De 
todas, no sólo de ésta: ¿por qué éste -y no el otro- ha nacido en 
un país cristiano, por qué es hombre y no mujer, negro y no 
blanco, alto y no bajo, enfermo y no sano...? 
La pregunta de por qué Moisés, Amós, Isaías o Pablo, y no 
cualquiera de sus contemporáneos, es idéntica -repitámoslo: en su 
estructura profunda- a la de por qué Dante o Cervantes o Rosalía, 
y no cualquier italiano, español o gallego, escribieron las obras 
geniales, en las que, sin embargo, éstos se reconocen. En 
cualquier ámbito de la realidad existe la persona especialmente 
sensible y dotada. Concretándonos al nuestro, el descubridor 
primero de la revelación, el profeta o el hagiógrafo, aparece 
entonces como el «genio» religioso. Eso sí, con la cautela 
obligada de eliminar todo elitismo en la denominación y teniendo 
en cuenta que ser genio religioso no implica necesariamente ni 
una especial cultura: «lo has revelado a los pequeños» (Mt 11,25 = 
Lc 10,21), ni serlo en los demás ámbitos: «ha escogido Dios más 
bien lo necio del mundo» (I Cor 1,27).
Cuando se examina la Biblia a esta luz, se ve que así suceden 
efectivamente las cosas. Son siempre individuos que, por su 
sensibilidad y su pasión religiosa, por su oración y su fidelidad, y 
también por las circunstancias en que les ha tocado vivir, logran 
renovar su tradición, interpretarla correctamente, corregirla o 
profundizarla en algún punto. Ellos, con toda razón, perciben sus 
descubrimientos como don de Dios, como algo que él quiere 
manifestar: como su «palabra». Palabra que captan ellos los 
primeros, pero que perciben como destinada a todos. Por eso la 
anuncian, y los demás, por su parte, pueden reconocerla.
Aclarado esto, cabe responder a dos preguntas que 
seguramente se habrá hecho ya el lector.
La primera: ¿sigue, de ese modo, habiendo elección? Es claro 
que sí. Sólo que concebida con las categorías adecuadas, 
tomadas del ámbito de la gratuidad personal, y por tanto de una 
manera más íntima y realista. No hay, repitámoslo, «favoritismo» o 
«capricho» divino de escoger porque sí (¡cuánto daño han hecho 
en todo esto las teorías de la «predestinación»!). Pero tampoco se 
trata de que Dios obre «como si», o utilizando a las personas como 
mero instrumento: cuando por los condicionamientos fácticos 
-circunstancias externas y cualidades externas- alguien ha podido 
captar el primero lo que Dios quiere decir a todos, se ha producido 
un encuentro real y peculiar, que genera una relación única 
entre Dios y esa persona. (Así sucede también en la vida normal y, 
además, toda persona tiene aspectos en los que es también única 
ante Dios).
Tal encuentro marca de modo decisivo el rumbo de una vida y la 
capacita para una misión. En este sentido, puede hablarse de 
«elección»: la persona percibe su descubrimiento como don, que 
viene entero de Dios y no de ella, y se siente llamada a anunciarlo 
a los demás: sabe -con gozo, pero también muchas veces con 
dolor- que es «elegida». Pero la Biblia critica duramente todo 
intento, individual o colectivo, de traducir la elección como 
privilegio y no como misión 24.
La segunda pregunta: ¿qué es entonces la inspiración? En 
esta perspectiva, no se la puede ver ya como una intervención 
puntual y externa de Dios (como si antes estuviese callado y sólo 
en un momento dado empezase a hablar). Ha de verse el proceso 
«desde dentro» y a posteriori.
Aquel que descubre -acabamos de repetirlo-, sabe que, en 
definitiva, no lo logra por sus propias fuerzas, sino gracias a Dios, 
que así lo quiere y lo hace posible. Normalmente, él ni siquiera lo 
tematiza como «inspiración»: ¿se le ocurriría a san Pablo o a la 
mayor parte de los autores bíblicos pensar que estaban 
«inspirados» cuando hablaban en una asamblea o escribían sus 
cartas, sus reflexiones y sus narraciones históricas? Pudo haber 
casos, sobre todo en la tradición profética o apocalíptica, en que 
alguien se considerase inspirado; y aun aquí conviene tener en 
cuenta tanto el modo de expresión convencional o género literario, 
como el esfuerzo, las crisis e incluso -caso de la discusión con los 
«falsos profetas»- la incertidumbre de estar acertando, por la que 
normalmente pasaban incluso las grandes figuras 25, En definitiva, 
sólo después, afirmada por su propia evidencia la doctrina de un 
profeta o de un libro, confirmada por la tradición y la experiencia, 
se reconoce por los demás como venida de Dios e inspirada.
Así se forma justamente el canon de los libros sagrados. 

c) Las escrituras sagradas como canon 
Es muy probable que, para muchos, durante todo este tiempo la 
lectura haya ido acompañada de una aguda incomodidad. Si las 
cosas son así, ¿por qué se narran de modo tan distinto en la 
Escritura? ¿Por qué tantas visiones, tantas palabras misteriosas y 
tantas revelaciones espectaculares? Lo que hemos dicho acerca 
de Moisés no se parece mucho a lo que cuenta la Biblia, con el 
bastón que se transforma en serpiente, las plagas impresionantes 
y el paso grandioso del mar Rojo. Lo que decimos de los profetas 
parece no casar exactamente con su continua proclamación de 
que «vino a mí la palabra de Yahvé», «esto dice el Señor», 
«palabra del Señor»...
Sin embargo, no es difícil de comprender. Hágase ya la prueba a 
contrario, es decir, intente el lector tomar de verdad a la letra 
todas esas expresiones, y verá cómo le resulta absolutamente 
imposible: por todas partes saltarían inverosimilitudes religiosas, 
contradicciones históricas e imposibilidades narrativas. Son relatos 
especiales, proyectados en el pasado sin pretensión de exactitud, 
engrandecidos por el tiempo y la imaginación. No son -ni lo 
pretenden- relatos literales o históricos en el sentido actual de 
estas palabras: apuntan simbólicamente a significados profundos, 
hablan de salvación y no de «historia» ni de «ciencia» ni siquiera 
propiamente de «teología».
Y tampoco lo disimulan: todo lector sabe, por ejemplo, que hay 
entremezclados tres relatos distintos y discordantes de la creación, 
sin que se note un esfuerzo especial por armonizarlos (luego no 
quieren ser entendidos a la letra). Y en el paso del mar Rojo es 
posible detectar nada menos que cuatro versiones diferentes, 
unificadas pero no limadas: acostumbrados desde pequeños a 
leerlas como un todo seguido, las soldamos sin advertir que se 
trata de cuatro modos muy distintos -por tanto no literales- de 
contar cómo los hebreos lograron escapar 1) Moisés abre 
espectacularmente el mar; 2) Yahvé lo seca de noche con un 
fuerte viento; 3) Yahvé infunde el pánico en el campamento egipcio 
y lo desbarata; 4) el ángel y la columna se interponen impidiendo 
el contacto entre los ejércitos. Y un profeta puede repetir el mismo 
oráculo para situaciones distintas, cambiarlo e incluso hacerle 
decir lo contrario de lo que decía al principio 26. 
Esto puede sorprender de entrada y muchas veces resulta difícil 
o molesto. Pero, en definitiva ha sido una gran suerte. Porque 
cuando la lectura crítica se sitúa en la justa perspectiva, estas 
«incoherencias» literales y la adherencia de los textos a sus 
circunstancias se demuestran como una ayuda excelente para 
acercarse a los caminos humanos de la revelación. El peligro de 
idolatría en el Reino del Norte explica las diferencias del 
documento elohísta con el yahvista; y la situación de destierro, las 
que con ambos guarda el sacerdotal: el entrelace de los tres 
constituye la riqueza de los primeros libros de la Biblia y permite 
comprender mucho mejor el avance de la revelación. En la crisis 
matrimonial de Oseas, incapaz de no perdonar a su mujer que una 
y otra vez se entrega a la prostitución (sagrada), intuimos el 
momento magnífico en que un profeta descubre, el primero, que 
Dios perdona incondicionalmente: «¿Cómo podré dejarte, Efraín; 
entregarte a ti, Israel? (...). Se me revuelve el corazón y se me 
conmueven las entrañas. No ejecutaré mi condena, no volveré a 
destruir a Efraín, que yo soy Dios y no hombre...» (/Os/11/08-09).
Por otro lado, como hecho cultural, la Escritura ha sido un medio 
prácticamente insustituible para un avance creativo de la 
tradición y, desde luego, para su universalización 27. Y como 
hecho religioso, en una cultura que ya ha alcanzado la expresión 
escrita, la Biblia se convierte en «un constitutivo de la comunidad 
originaria» 28. Ella es algo así como la cristalización o 
formalización de la conciencia religiosa, que permite a ésta tomar 
plena conciencia de sí misma -en cuanto obliga a perfilar lo 
adquirido y posibilita nuevos avances- y le ofrece un recurso para 
llegar a todos y permanecer actual o, mejor, actualizable en el 
tiempo. Por eso, con muy pocas excepciones, toda gran religión 
acaba poniendo por escrito sus experiencias fundantes 29.
El libro o conjunto de libros sagrados que se consideran como 
expresión de esa experiencia se llama canon, es decir, la regla o 
norma para la justa apreciación y confesión de la fe 
correspondiente. El Corán para los musulmanes, el AT para los 
judíos y la Biblia para los cristianos constituyen su canon y, de 
hecho, les ha ayudado a mantener su coherencia a través de la 
historia.
BI/FUNDAMENTALISMO FMO/BI: El peligro está, como ya 
vieron los primeros cristianos -«la letra mata» (2 Cor 3,6)-, en que 
el texto se solidifique y sacralice, identificándose sin más con la 
revelación o «palabra» de Dios. Justamente, la crisis de la 
modernidad fue debida a eso, y nuestra reflexión se ha dirigido en 
gran medida a romper tal solidificación. Pero también es cierto que 
cuando la Biblia se lee desde su intención viva, viendo la letra 
como transparencia y llamada mayéutica a la experiencia actual y 
personalizada, se convierte en palanca fundamental de 
renovación. Se ha visto en el cristianismo, que ha sabido asumir la 
crítica bíblica (¡y queda todavía mucho camino por andar!), y es 
seguramente la gran renovación pendiente que tiene el islam 30.

5. La revelación cristiana y las religiones 
En el apartado anterior hemos atendido de un modo preferente 
a la revelación bíblica. Pero en conjunto el discurso hubiese 
funcionado de un modo similar apoyado en ejemplos de otra 
religión, acaso con la salvedad de la carencia de una tradición 
crítica paralela a la ejercida sobre la Biblia a partir de la Ilustración. 
Ahora vamos a concentrarnos todavía más expresamente sobre 
ella, para comprenderla en sí misma y en su relación con las 
demás. Más en concreto, nos ocuparemos de la revelación bíblica 
en su específica figura cristiana.

5.1. Cristo como plenitud de la revelación J/PLENITUD-RV
Y vamos a empezar por la cuestión crucial: la asunción, ya muy 
temprana en los escritos cristianos, de que en Cristo culminó la 
historia bíblica de la revelación, y aun de la revelación en general. 
Ya en su simple enunciado aparece la enormidad de la pretensión: 
en un punto remoto, dos mil años en el tiempo; en un pequeño 
país muy concretamente ubicado en el espacio y en un individuo 
de características bien definidas (hasta en su talante y acento 
galileos), habría culminado la historia del darse a conocer Dios a 
toda la humanidad y del caer en la cuenta de ello por parte de 
ésta.
Es claro que una proposición de este tipo no puede hacerse 
arbitrariamente, ni menos imponerse a nadie, ni siquiera 
demostrarse rigurosamente. Respecto de los demás, el 
dogmatismo sería una tontería y la imposición una monstruosidad. 
Sólo cabe la oferta gratuita, el «estar siempre dispuestos a dar 
respuesta a todo el que pida razón de vuestra esperanza» (1 Pe 
3,15), el diálogo abierto y cordial. Dar razón, en el sentido de 
exponer los motivos en que se apoya quien la asume y también 
-acaso sobre todo- en el de aclarar su significado.

a) Significado auténtico de la plenitud J/CULMINACION-RV De 
entrada, tal asunción puede tomarse o bien como un 
imperialismo -y así se ha hecho y se hace demasiadas veces-, 
pero puede tomarse también como una profunda desposesión: 
esa revelación, una vez descubierta como dirigida a todos, no 
pertenece más a los cristianos que a los demás. Se ha descubierto 
en una tradición, pero no como posesión suya, sino como don 
idénticamente destinado a todos.
En segundo lugar, eso no significa hacer tabla rasa de las 
demás revelaciones. Hablar de «culminación» implica, por el 
contrario, que se supone una continuidad: lo que a su modo está 
aconteciendo en todos alcanza en un punto -y no en todos los 
aspectos, sino en lo fundamental- una claridad e intensidad 
mayores. Y ni siquiera tiene por qué alcanzarlas sin los otros: de 
hecho sabemos que de Egipto y Mesopotamia llegaron influjos 
profundos a la Biblia, tanto en los mitos cosmogónicos como en los 
escatológicos, en la profecía lo mismo que en los salmos y, hacia 
el final, en todo el mundo de la sabiduría y el universalismo de la 
época helenística.
Jesús de Nazaret se presenta como heredero de todo eso, y sin 
ello sería impensable. Lo que creemos -los que lo creemos- que él 
ha hecho, es haberlo llevado, en un duro proceso que culmina en 
la grande y oscura entrega de la cruz, a una culminación que se 
muestra insuperable. Insuperable no por su especulación teórica ni 
siquiera por un cúmulo de ideas totalmente nuevas: tomadas una a 
una y de fuentes diversas, es posible que, como ya hicieron notar 
K. Rahner y el mismo U. von Balthasar, no se encuentre en su 
predicación ninguna idea verdaderamente desconocida 31, sino 
insuperable en el sentido de haber logrado, desde la hondura de 
su intimidad original, sacar las consecuencias de la tradición 
anterior y de hacerla avanzar hacia adelante en una síntesis 
vivida, practicada y formulada, que dice todo lo fundamental en la 
relación de Dios con el hombre. En reconocer que esto había 
acontecido en su vida, consistió justamente, por parte de los 
primeros cristianos su confesión de la mesianidad de Cristo y del 
misterio de su filiación divina.
Culminación o plenitud no significa, pues, que Jesús lo haya 
sabido o dicho todo en detalle, sino en haber descubierto todas 
las claves fundamentales que permiten al hombre, en cualquier 
circunstancia fundamental de la vida y de la historia, estar 
orientado ante Dios, ante sí mismo y ante los demás. Palabras 
mayores, ciertamente. Pero que no están dichas en el aire.
En primer lugar, Jesús asumió una tradición revelatoria definida 
por lo histórico y personal. De ese modo, al revés de las 
revelaciones centradas en la naturaleza -que tienen sus ventajas y 
que la tradición bíblica no rechaza sin más-, se abría hacia el 
espacio infinito de la intimidad espiritual, del compromiso ético y del 
amor y la fraternidad universales. Y dentro de ella, la ruptura con 
lo mágico, literal y legalista, le permitió acceder al misterio de Dios 
en sí mismo y en su relación con el hombre de un modo que, en 
principio, no tropieza con límites en su proceso de 
descubrimiento; y, de hecho, en la misma evidencia de su 
presentación, se muestra insuperable.
Al menos así nos lo parece a muchos, no por una opción ciega o 
por una decisión arbitraria, sino porque no vemos cómo sea 
posible ir más allá de lo que, en este ámbito, él ha descubierto: 
que Dios es Padre y es amor, hasta el punto de amarnos mucho 
más de lo que puedan amarnos un padre o una madre; que ama 
sin condiciones y perdona siempre; y que lo hace con todos sin 
excepción (empezando por los despreciados e incluso por los 
pecadores); que la confianza absoluta en él y el amor a los demás 
es la única ley más allá de toda ley; que el servicio, y no el dominio 
o la explotación, es la norma de toda conducta social... 
Verdaderamente no resulta fácil ver cómo se pueda ir más allá.
Lo cual, claro está, no significa que sea imposible concretar 
cosas, actualizar aspectos o perfeccionar matices. Y si se dice que 
mucho de eso está también en otras religiones, o incluso en 
tradiciones filosóficas, tanto mejor. No se trata de exclusivismos, 
sino de culminación, de caer en la cuenta de lo que es Dios para 
todos. En definitiva, de lo que se trata es de comprender que por 
fin en Jesús Dios ha podido culminar -no empezarlo ni realizarlo 
sólo en él- el proceso de írselo entregando todo a la humanidad 
en el orden religioso, de suerte que ya no es preciso salirse del 
espacio abierto por Jesús para estar últimamente orientados en la 
relación con Dios y con todo lo demás desde Dios.
Y hay todavía un último aspecto importante. Los primeros 
cristianos en su llegar -desde las convicciones adquiridas en su 
trato con Jesús y desde los acontecimientos de pascua- a la 
convicción de que Jesús no había quedado presa de la muerte, 
sino que vivía resucitado en Dios, vieron en ello una confirmación 
divina, y por tanto definitiva e irreversible, de la verdad de su vida 
y su doctrina. En una reflexión de gran profundidad y vigor 
sistemático, W. Pannenberg 32 lo ha interpretado diciendo que en 
Jesús resucitado ha acontecido ya la «anticipación» (prolepsis) 
de la plenitud final en Dios. A partir de él, «sabemos» ya cómo 
será la situación definitiva, y por eso tenemos la seguridad de que 
lo anunciado en Jesús no puede ser desmentido por ningún tipo de 
evolución histórica o cultural: ya no es posible, ni preciso, ni 
deseable descubrir ninguna otra clave fundamental que anule, 
desmienta o dé un giro a lo por él dicho y vivido.

b) La culminación como actualidad, apertura y dinamismo 
No sólo hacia fuera se ha interpretado mal muchas veces el 
sentido de la plenitud de la revelación en Cristo. También hacia 
adentro ha habido -y hay- sospechas entre muchos fieles y 
teólogos ¿No se paraliza de ese modo la historia? ¿No se confina 
la revelación en un pasado muerto que sólo cabe ya evocar «de 
memoria», como repetición sin vida de lo una vez dicho para 
siempre? De hecho, en muchos manuales teológicos -sobre todo a 
partir de la dura y estrecha época de la condenación del 
modernismo- se habla de «clausura» de la revelación. Tan 
patentemente clausurado se veía todo, que un autor entonces 
famoso en este campo pudo escribir la siguiente enormidad: «La 
teología tradicional reconoce en los apóstoles el privilegio 
especial de haber recibido por luz infusa un conocimiento explícito 
[subrayado en el texto] de la revelación divina mayor que el de 
todos los teólogos o la Iglesia entera tienen o tendrán hasta la 
consumación de los siglos» 33.
Conviene ver esto en toda su crudeza, para apreciar qué tipo de 
tenaces prejuicios pueblan el concepto de revelación. El lector que 
haya seguido hasta aquí los razonamientos anteriores, descubrirá 
seguramente la falsedad de los mismos. Si la revelación es un 
proceso de descubrimiento en vistas a una relación viva con Dios, 
la culminación no equivale a su muerte, sino justo a todo lo 
contrario: por primera vez, a partir de ese punto será posible vivir 
esa relación en toda su plenitud. Sucede lo mismo que en el orden 
biológico: la evolución culmina en el hombre, pero eso no significa 
que en él se «clausure» o «muera» la vida, sino que, por el 
contrario, se abre en la expansión inconmensurable de la 
conciencia, la sociedad y la cultura. Lo mismo en el orden histórico: 
la culminación del lento y difícil proceso del descubrimiento de la 
igualdad humana frente a la injusticia de la esclavitud, por ejemplo, 
no relega la igualdad al pasado, sino que hace posible vivirla 
ahora mejor que nunca. Y en el orden individual, la maduración de 
un amor hasta la entrega total no significa su fin, sino, si es 
auténtico, su verdadero comienzo.
RV/HOY:Lo mismo la revelación. Y ahora se comprenderá mejor 
el verdadero sentido de la mayéutica. Las palabras en que se nos 
recuerda la culminación sólo tienen sentido si hacen de «parteras» 
para que nosotros hoy repitamos el descubrimiento. Es la 
actualidad de la revelación. No se trata de una metáfora: no 
existe, por ejemplo, fe viva y verdadera en Dios como «padre», si 
-iluminados ciertamente por la palabra evangélica- no lo 
vivenciamos como tal en nuestra propia vida. Y lo mismo vale de 
todo aquello que de verdad se cree. Contando desde luego 
realísticamente con las dificultades inherentes a las limitaciones 
subjetivas y a la profundidad insondable del objeto, así se ha de 
creer el credo: no repetición de memoria o simple aceptación 
porque se nos ha dicho que Dios ha dicho, sino, como diría Zubiri, 
«probación de realidad», comprobación en la propia vida de la 
oscura pero vitalizante verdad de lo profesado.
La revelación tiene, pues, una historia pasada de génesis y 
constitución, que se nos regala y sin la cual estaríamos siempre 
empezando de nuevo, sin avance real, lejos de la riqueza y 
plenitud que se nos entregan gratuitamente mediante la tradición 
(«la fe viene por el oído»: Rom 10,17). Pero ese anuncio de su 
pasado sólo lo recibimos de verdad cuando la revelación se nos 
convierte también en presente vivo, presencia promoviente y 
fuente inagotable de futuro.
De ahí dos aspectos importantes. Uno, ya indicado al principio, 
su verificabilidad, en cuanto que todo aquel a quien se le ofrece 
puede y debe verificarla en la confrontación con su experiencia 
profunda, con su búsqueda del sentido, con su visión global de la 
vida. El otro se refiere a la inagotable fecundidad de su 
interpretación: al proceso, siempre abierto y fecundo, de ir 
desarrollando sus implicaciones noéticas, vivenciales y práxicas.
Porque la revelación está por definición entregada a la historia: 
todo lo «implicado» en la situación concreta de su primer anuncio 
tiene que ser «ex-plicado» al atravesar las distintas épocas, 
culturas, circunstancias, preguntas y posibilidades del caminar de 
la humanidad en el tiempo. Por eso, aunque costó mucho 
reconocerlo teóricamente -a pesar de que, por la fuerza ineluctable 
de la vida, se había practicado siempre- existe una evolución del 
dogma 34 y, desde luego, una riquísima y compleja historia de la 
teología 35.

5.2. El diálogo de las religiones 
Esta constitutiva historicidad de la revelación aporta un nuevo 
dato a los ya sembrados a lo largo del trabajo -sobre todo a 
propósito de la «elección»- para una justa comprensión de la 
pluralidad de las religiones. Porque la asunción de una religión 
determinada -que en nuestro caso ha sido la cristiana- no puede 
significar un cerrarse a las demás. Cumple por ello, llegados al 
final, abrir hacia ellas la consideración, tratando de indicar lo 
fundamental.

a) Eliminar prejuicios 
Ante todo deshaciendo prejuicios que, en realidad, tras las 
consideraciones anteriores, se disuelven espontáneamente.
El primero consiste en la asunción acrítica y puramente 
imaginativa de que la revelación sólo ha tenido lugar en la tradición 
bíblica, como si entretanto Dios hubiese abandonado a los demás 
pueblos. Es obvio que no. Toda religión es revelación: Dios 
trabaja con todos los pueblos y culturas, con cada uno según sus 
circunstancias y posibilidades, pero siempre tratando de que se 
consiga la máxima revelación posible.
De ahí que -segundo prejuicio- no se trata jamás del «todo o 
nada»: o verdadera o falsa, o salvación o condenación. El 
tristemente famoso axioma «fuera de la iglesia no hay salvación» 
no decía exactamente eso, pero se le acercaba y, sobre todo, 
fomentaba el prejuicio. En cuanto que una religión es el modo en 
que una determinada cultura o un concreto grupo humano capta y 
encarna históricamente su descubrimiento de Dios, hay que 
afirmar que toda religión es verdadera y que en ella los que 
honestamente la siguen encuentran su camino de salvación. Sólo 
que ninguna verdad concreta y verdaderamente personal se 
realiza en bloque, sino que constituye un proceso de 
descubrimiento y profundización, necesariamente limitado frente al 
misterio inabarcable de Dios. Existe entonces una dialéctica de 
«más y menos», de «bueno y mejor», que pide discernimiento e 
impone la comparación, justamente para optar responsablemente 
por aquella que en conjunto -no precisamente en todos los 
aspectos- a uno le parece la mejor.
Esto no puede extrañar. De hecho está implicado lógicamente en 
toda adscripción a una religión determinada. Y también lo está en 
el reconocimiento de ciertos fenómenos como claramente 
deformados o aberrantes: por mucha comprensión histórica que se 
tenga -y siempre será poca-, nadie en su sano juicio dará hoy por 
buenos los sacrificios humanos o las hogueras de la Inquisición.

b) La lógica de la gratuidad 
La cuestión se hace más sutil cuando se llega a las grandes 
religiones, que han eliminado, al menos en principio, las 
deformaciones más obvias y notorias, y que se ofrecen como 
caminos coherentes e integrales de salvación. Esta es hoy la 
situación. Las grandes religiones han entrado en contacto real, y 
se impone el diálogo entre ellas. En realidad, constituye una de las 
tareas más importantes de la actual reflexión religiosa 36, Aquí 
vamos a indicar tan sólo unas pautas.
Ante todo es preciso cultivar la conciencia de la propia finitud y, 
por consiguiente, de la indigencia constitutiva de toda comprensión 
humana del misterio de Dios. Incluso la religión que se experimenta 
como culminación de la revelación divina -y, en realidad, todas lo 
hacen- ha de ser consciente de que ella la porta en «vasijas de 
barro» (2 Cor 4,7), las cuales dejan fuera de sí un océano de 
plenitud, y están expuestas a las deformaciones y a las rupturas de 
la historia. A priori, cualquiera puede afirmar que toda religión tiene 
aspectos que ella capta mejor que otras, igual que tiene sus 
peculiares escotomas y sus zonas de sombra. En esa misma 
medida, todas pueden aprender de todas, pudiendo -y 
debiendo- instaurar por ello un diálogo honesto y real, en el que 
cada una aporta y recibe.
De hecho, más allá de todas las teorías, por la fuerza misma del 
contacto real, está en curso un diálogo en acción, que marca a 
todas las religiones mucho más de lo que acaso ellas mismas 
creen: ¿quién puede medir el influjo de la espiritualidad oriental en 
el cristianismo de hoy, y viceversa? Y parece evidente que, incluso 
más allá de los propósitos de las diversas instituciones, este 
inter-influjo va a multiplicarse en el futuro.
Acaso todavía más importante sea el comprender la lógica que 
ha de presidir el diálogo. Establecer en este terreno rivalidades de 
prestigio o competencias de poder equivale a deformar la esencia 
más íntima de la experiencia religiosa como tal. Ella -repitámoslo- 
descubre siempre a Dios como Dios de todos, de manera que 
jamás descubre algo suyo, sino algo de aquel que todos buscan y 
que a todos está intentando darse. Lo que interesa es lo 
descubierto y, en definitiva, resulta indiferente quién haya sido el 
primero. No sólo porque, como magníficamente dijo K. Jaspers: 
«Dios es tanto mío como de mi enemigo» 37, sino porque estamos 
en la maravillosa «lógica del don», en la que todo suma y nada 
resta: quien de verdad busca a Dios, siente como suyo lo que 
descubre el otro, y sabe que cuanto mas tiene el otro más tiene 
también él; del mismo modo que «gratis ofrece lo que gratis ha 
recibido» (cf. Mt 10,8).
Por eso tenemos que desenmascarar como aberrante todo 
intento de prepotencia o acaparamiento en este campo por parte 
de cualquier religión: sería estricta idolatría, puesto que esa 
religión se pondría en lugar de Dios al apropiarse para sí misma lo 
que pertenece a la gratuidad infinita de Dios que se destina a 
todos los hombres y mujeres. La rivalidad entre las religiones es 
tan ridícula, como humanísimo y necesario es el diálogo en el que 
cada una, atenta sólo al misterio de Dios y a la salvación del 
hombre, ofrece lo que cree haber alcanzado y aprende lo que en 
las otras le ayuda mejor a «caer en la cuenta» de lo que todavía 
no ha visto o no ha visto bien: un nuevo matiz, una dimensión 
complementaria o una profundidad no sospechada de aquello que 
Dios está intentando descubrirnos a todos.
Para una humanidad más plena. Que eso es la revelación.

A. TORRES QUEIRUGA
10 PALABRAS CLAVE EN RELIGION
EVD.NAVARRA-1992.Págs. 196-224

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18 «Por eso [el sujeto religioso] experimenta su acto como respuesta a 
una previa llamada, y por eso interpreta su búsqueda de Dios como 
suscitada por un previo encuentro con él y en el que Dios mismo ha tomado 
la iniciativa» (Martín Velasco, Fenomenología de la Religión. Madrid 2 1983, 
124-125), cf. G. van der Leeuw, o. c., 442-445; y recuérdese a Pascal: «No me 
buscarías si no me hubieses encontrado».
19 Cf., entre otros suyos, el libro de M. Eliade que da titulo a este apartado, 
Buenos Aires 1961; una buena síntesis en D. A. Aune, Oracles, en The 
Encyclopaedia of Religions (dir. por M. Eliade), 11. 81-87.
20 La positividad del cristianismo, en Escritos de juventud. México 1978, 
78-80. Alude, claro está, al milagro de san Antonio de Padua. El contexto es 
justamente el de superar la (mala) positividad de la revelación: aunque la 
postura de Hegel pueda ser exagerada, la intención es justa.
21 Cf. L. Coenen, Testimonio, en Dicaonario teológico del NT, IV. 
Salamanca 1984, 254-261.
22 Brief an Benno Jacob, 25-5-1921, en F. Rosenzweig, Der Mensch und 
sein Werk, 2. La Haya 1984, 709. 
23 Einführung in die Philosophie. Munich 1969, 64. 
24 Cf., aparte de los diccionarios bíblicos, J. Guillén Torralba, La fuerza 
oculta de Dios. La elección en el Antiguo Testamento. Valencia 1983. 
25 Cf. a Miqueas impotente y derrotado ante los falsos profetas (1 R 22), o 
al mismo Jeremías indefenso ante el profeta (nosotros hoy decimos «falso») 
Jananías, que le rompe el yugo que simbólicamente llevaba, desmintiéndolo: 
«Y se fue el profeta Jeremías por su camino» (Jr 28,10-11); cf. A. González - 
N. Lohfink - G. von Rad, Profetas verdaderos, profetas falsos. Salamanca 
1976; J. L. Crenshaw, Los falsos profetas Bilbao 1986.
26 Cf. L. Alonso-Schökel - J. L. Sicre, Profetas I. Madrid 1980, 17-80, para 
una visión actual de la profunda «humanidad» de la palabra profética.
27 Cf. las magníficas reflexiones de H. G. Gadamer, Verdad y método. 
Salamanca 1977,212-217,468-475.
28 Cf. K. Rahner, La inspiración de la Sagrada Escritura Barcelona 1970, 
70; cf. una exposición sintética en su Curso fundamental sobre la fe. 
Barcelona 1984,427-436.
29 Cf. G. van der Leeuw, o. c., 421-426; G. Widengren, o. c.,503-544.
30 Cf. las observaciones de H. Kung, en H. Kung - J. van Ess..., 
Christentum und Weltreligionen. Munich / Zurich 1984, 49-72.
31 K. Rahner, Curso fundamental sobre la fe. Barcelona 197s, 299, H. U. 
von Balthasar, Católico. Aspectos del misterio. Madrid 1988, 27.
32 Cf., por ejemplo, la síntesis que hace en Fundamentos de Cristología. 
Salamanca 1974. 
33 F. Marín-Sola, La evolución homogénea del dogma católico. Madrid / 
Valencia 2 1963, 157. 
34 Cf. A. Torres Queiruga, Constitución y evolución del Dogma. La teoría 
de Amor Ruibal y su aportación. Madrid 1977, con la información y la 
bibliografía fundamental.
35 Cf. E. Vilanova, Historia de la teologia cristiana, 3 vols. Barcelona 
1986-1989 (trad. cast. en curso).
36 Cf. una discusión e información fundamental en A. Torres Queiruga, El 
diálogo de las religiones. Fe y Secularidad, Madrid 1992.
37 Philosophie III. Berlín / Heidelberg / Nueva York 4 1973, 122. Sería muy 
importante tener en cuenta todo lo que dice acerca de la verdadera 
comunicación (Philosophie, II. 50-118).
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Bibliografía 
Alfaro, J., Revelación cristiana, fe y teología. Salamanca 1985.
Latourelle, R., Teologia de la revelación. Salamanca 1967.
Légaut, M., Meditación de un cristiano del siglo XX. Salamanca 1989.
Morán, G., Teología de la revelación. Santander 1968.
Rovira Belloso, J. M., Revelación de Dios. Salvación del hombre. 
Salamanca 2 1983.
Schillebeeckx, E., Cristo y los cristianos. Gracia y liberación. Madrid 1982.
Segundo, J. L., El dogma que libera. Fe, revelación y magisterio 
dogmático. Santander 1989.
Shorter, La revelación y su interpretación. Madrid 1986.
Torres Queiruga, A., La revelación de Dios en la realización del 
hombre. Madrid 1987.