¿Qué
significa afirmar que Dios habla?
Andrés
TORRES QUEIRUGA
La concepción «vulgar» de la revelación
Cada
domingo millones de cristianos en todo el mundo escuchan la lectura de unos
textos. Al final, el lector o lectora dice: «Palabra de Dios». Son textos
sagrados que se remontan a unos dos o tres mil años. Dios, allá lejos en el
tiempo, ha hablado. La teología enseña que ese hablar de Dios «ha quedado
completo con los Apóstoles» y ha dado como resultado lo que conocemos como
Biblia.
Cuando
la Biblia se estudia más de cerca, se aprende que Dios ha hablado en ocasiones
concretas, de modos extraordinarios, a quienes ha elegido y diciendo lo que ha
querido. Dios es libre de revelar cuando, cuanto y como quiere.
Además,
hasta ayer se daba por supuesto que eso sucedía sólo en Israel. Los demás vivían
en un estado de «religión natural», producto de su razón, búsqueda a
tientas del Dios que había hablado en otro tiempo y en otra parte, con la
esperanza de que un día su revelación les llegaría también a ellos.
No
vamos a decir que todo eso sea falso, o que no haya verdad en lo que quiere
decir. Pero es evidente que dicho así, de manera esquemática pero no
deformada, a nosotros hoy se nos antoja chocante e inaceptable.
Urgencia de un cambio desde la idea de Dios
Inaceptable
por Dios mismo. Si hemos purificado su imagen, resulta incomprensible ese Dios
extrañamente particularista, por no decir arbitrario. Crear a todos los hombres
pero revelar su amor a sólo una pequeñísima minoría se parece demasiado a un
hombre que tuviese muchos hijos pero sólo cuidase de uno y mandase los otros a
la inclusa. ¿Por qué a unos sí y a otros no? Por otra parte, ¿por qué no
decirlo todo de una vez o cuanto antes?, ¿cómo es posible que, más o menos
hasta el siglo III a.C., mantuviese a su pueblo en la ignorancia sobre la vida
eterna, provocando crisis tan terribles como la relatada en el libro de Job? Más
grave aún, ¿cómo pudo decir en algunas ocasiones que había que pasar a
cuchillo a ciudades enteras -el herem o anatema- o que iba a mandar una
peste sobre el pueblo (2S 24), porque el rey había pecado (¡instigado por Él!
[véase 2S 24,1]) o que castiga la culpa de los padres en los hijos hasta la
cuarta generación (Ex 34,7; Nm 14,18)?,
Resulta doloroso y casi irritante escuchar estas cosas. Pero cualquier diccionario bíblico permite aumentar la lista. Quizás sea bueno dejar fluir la irritación orientándola en la dirección justa, como llamada a la reflexión honesta y radical sobre un problema que hay que afrontar con urgencia.
Es
obvio que si se mantiene la concepción «tradicional», no puede negarse la
verdad de esas consecuencias. Vista así la Biblia, los cardenales romanos no
podían, en conciencia, dejar que Galileo afirmase que la tierra se movía,
cuando resulta claro que el libro de Josué dice literalmente que el sol
«se detuvo» (Jos 10,13) y, por consiguiente, era el que giraba. El único
camino practicable es revisar nuestra concepción de la revelación y
preguntarnos qué queremos decir cuando proclamamos que un texto determinado es
«palabra de Dios».
Necesidad
de coherencia radical
No
es sólo la idea de Dios la que exige el cambio, sino que la vivencia de la fe
lo está pidiendo y presuponiendo a cada instante. Porque la experiencia
religiosa implica que Dios se nos comunica aquí y ahora a todos y a cada uno,
de modos siempre nuevos.
Siempre
que oramos damos por supuesto que «hablamos» con Dios y que Él nos responde.
Y por eso tratamos dé determinar los movimientos de su gracia en nuestro ser.
Todos deseamos saber qué nos dice Dios, qué caminos desea para nuestra
realización, qué quiere que hagamos para ayudar a los demás.
No
estamos acostumbrados a llamar a esto «revelación». Pero lo es. No verlo así
es fruto de una visión deformada que hace de la «palabra de Dios» algo
lejano, acontecido in illo tempore. Entonces se da un dualismo en la vida
humana: por un lado eso que llaman «la palabra de Dios», y por otro la vida de
oración, la experiencia de la gracia. Todo ello reforzado por la mentalidad deísta:
división entre lo natural y lo sobrenatural.
El
resultado es una «mala conciencia», que dice unas cosas mientras implica
otras, que vive dividida entre la teoría y la práctica: la revelación ha
terminado (teoría), pero Dios está presente en nuestra vida (práctica); Dios
habló sólo a unos pocos (teoría), pero cuida de todos (práctica); Dios habla
sólo en la Escritura (teoría), pero se nos comunica en la oración (práctica),
etc.
Se
trata de un conflicto muy grave, que afecta mucho a nuestras vidas y que forma
parte de ese síndrome que en tantos ha hecho incompatible fe y cultura moderna.
Hegel fijó ahí la culminación de la «conciencia desgraciada», dividida
entre la fe en Dios y la afirmación de lo humano. E indicó las falsas salidas:
fideísmo («ilustración insatisfecha»), que no quiere pensar la fe en
la nueva situación, y racionalismo ilustrado, que abandona la fe quedándose
con el pensamiento.
Un nuevo paradigma
Lo
nuevo desconcierta. La secularización y el ateísmo son los signos mayores de
una crisis que lo ha afectado todo. Pero de ordinario lo nuevo trae también su
pan debajo del brazo. Los cambios profundos responden a una necesidad del
tiempo, y eso significa que debajo de ellos hay fuerzas que trabajan la
historia, tratando de reorganizarla de una manera nueva, más acorde con el
estado actual de la humanidad. Cuando esa organización afecta al conjunto,
constituye un «cambio de paradigma».
No
se trata de reajustes puntuales, sino que es la totalidad la que se mueve y
estructura, buscando una nueva comprensión global. Ese cambio no anula lo
anterior, sino que exige comprenderlo y vivirlo de otra manera. En el caso de
experiencias profundas que afectan a las raíces permanentes de lo humano,
exigen retraducirse a las nuevas circunstancias. Eso es obvio tratándose de la
fe.
Existe
la tentación de la inercia: o negarse al cambio o defenderse de él con meras
acomodaciones. Como demostró Th. S. Kuhn en lo científico, esto sucede incluso
donde, por su «positividad aséptica», cabría no esperarlo. En lo religioso
resulta prácticamente inevitable. Los tradicionalismos, fideísmos y
fundamentalismos son la reacción extrema y, por lo mismo, más visible y fácil
de superan. Más sutil es la simple acomodación que, lampedusianamente, cambia
algo para que todo permanezca.
No
por malicia o estrategia, sino por instinto defensivo y por el mismo peso de la
dificultad, creo que éste es hoy el gran peligro del cristianismo. Comprendida
la necesidad de una renovación, se hace a medias. Se acepta la crítica bíblica,
pero se hacen lecturas fundamentalistas (es el caso del Nuevo Catecismo). Se
acepta la necesidad de reformar la Iglesia, pero se refuerza su juridicismo
centralista (es el caso del Nuevo Código). Se acepta la existencia de un cambio
radical en la concepción de la revelación, pero se siguen manteniendo los
antiguos esquemas.
Conviene
mirar este peligro de frente. Al caracterizarse por una historicidad radical, la
fe bíblica está especialmente preparada para ello. Es ella la que ha
introducido la idea de historia en la cultura, rompiendo la concepción circular
del eterno retorno, como lo sabía muy bien Nietzsche. Ejemplos como el de la
teología de la liberación muestran que, cuando algo así se lleva a cabo
consecuentemente, se generan problemas, pero se logra lo decisivo: la presencia
de una fe viva y operante en el mundo.
La revelación como categoría fundamental, en cuanto implicada en todas las demás, acaba influyendo en todas, colaborando así a la retraducción global.
Dios
habla siempre y a todos
Para intentar situarse en el nuevo paradigma, lo más eficaz es partir de lo más elemental, de lo más simple y seguro que hemos sabido de Dios, gracias al proceso real de la revelación. «Dios es amor», por amor nos ha creado y por amor vive como un «Padre» volcado sobre nuestra historia para salvarnos a todos con un amor universal, incondicional e irrestricto.
Al
poner en crisis la concepción tradicional, la nueva situación cultural aporta
que es posible tomar en serio esa verdad fundamental. Si Dios crea a todos por
amor, resulta obvio que quiere darse a todos siempre y totalmente. Es lo que nos
enseña la experiencia humana: ningún padre o madre normales escatiman el amor
por sus hijos primando a unos y discriminando a los demás, ni aman a unos desde
el principio esperando largo tiempo para mostrar su cariño a los otros.
Si viésemos algo así en la vida real, una de dos: o se trata de padres desnaturalizados o algo les impide mostrar y ejercer su amor. En el caso de Dios, la primera hipótesis queda descartada. Sobre la segunda, algo hace imposible que Dios pueda revelarse plenamente a todos y siempre. Lo que a muchos les impide aceptarlo es que les parece que, de ese modo, negarían la grandeza y omnipotencia divinas. Pero puede suceder -y es lo que sucede- que una revelación universal y ubicua desde el comienzo de la humanidad resulte imposible por parte del hombre. A priori sería extraño lo contrario: Dios es muy grande, es trascendencia absoluta, nosotros somos muy pequeños y mundanidad relativa. Si aun la comunicación entre iguales es muy difícil y expuesta a equívocos, ¿cómo no va a serlo entre Dios y los hombres? Lo asombroso no es que la revelación sea tan difícil, sino que sea posible.
A
nadie se le ocurre pensar que Dios deje de ser omnipotente porque «no pueda»
hacer un círculo cuadrado: es que un círculo cuadrado es imposible y, por
tanto, la suposición carece de sentido.
Por
muy inteligente que sea una madre y por mucho que quiera a su hijo de un año,
¿podrá enseñarle el teorema de Pitágoras? Y, si «no puede», ¿implica esto
que ella no sabe o que es tonta? Así, ¿tiene sentido decir que Dios no es
omnipotente porque «no puede» revelársela a un embrión de seis meses ni a un
niño de once semanas?, ¿,tiene sentido preguntar por qué Dios no revela los más
altos misterios de su trascendencia a una horda primitiva del paleolítico
inferior, acosada por el hambre, los animales y la intemperie? Es imposible que
estos hombres puedan entender -o simplemente interesarse- por determinadas
verdades.
No
estamos ante un Dios tacaño o caprichoso, que, porque quiere, restringe
su revelación a un solo pueblo y, encima, empieza tarde (por la paleontología
sabemos que tardísimo: no seis mil años, sino más de un millón) y lo hace a
cuentagotas y diciendo oscuro lo que podría decir claro. Sucede todo lo
contrario: Dios, con todo su amor por toda la humanidad, lucha con nuestra
ignorancia y pequeñez, con nuestros malentendidos, para ir abriéndonos su
corazón, para manifestarnos la profundidad de nuestro ser y la esperanza de
nuestro destino.
Desde
esta nueva perspectiva, la Biblia cobra una luz nueva. Es la lucha amorosa de
Dios por hacer comprender su designio salvador, de acuerdo con las distintas
circunstancias y valiéndose de todos los medios. Aunque a veces se diga en la letra
de la Biblia, nunca es Él el que se niega, sino los hombres, que aún no
saben o no pueden o no quieren oír y dejarse guiar.
También
se aprende a ver que, «mientras tanto», Dios no había abandonado a los demás
pueblos, sino que desde el comienzo de la humanidad está con todos manifestándoseles
en cuanto es posible, es decir, en cuanto las circunstancias y las posibilidades
culturales lo permiten. Las religiones representan el resultado de esa
presencia. Por eso, según la fenomenología de la religión, todas se
consideran reveladas. Y lo son, como por fin ha reconocido el Vaticano II.
En
este preciso sentido, hemos de decir que todas las religiones son verdaderas,
aunque de manera provisional y limitada, a través a menudo de deformaciones
o perversiones. Pero esto sucede en todas, también en la bíblica, que
ni siquiera después de su culminación en Cristo se libra de abusos,
deformaciones e inquisiciones. Que unas avancen más que otras no depende de un
«favoritismo» divino, sino de la necesidad de la historia finita.
Dios,
padre con sus hijos, piensa en todos y se entrega totalmente a todos. La
desigualdad viene de la acogida humana. Su amor busca la igualdad y cualquier
avance es, en definitiva, una ventaja para los demás. Por esencia, toda
revelación, en el mismo momento de ser captada por alguien, pertenece por
derecho a la humanidad. Por esto, cuando culmina en Cristo, la revelación se
hace universal. De ahí la enorme importancia del diálogo entre las religiones.
Resumiendo:
Dios, como amor infinito y siempre activo, se entrega y trata de
manifestarse a todos desde el comienzo y en la máxima medida posible; las
restricciones vienen sólo de la limitación humana, que o no puede o se resiste
a su revelación.
Por
eso hay que recelar de expresiones como el «silencio de Dios». Eso puede
parecemos a nosotros en algún momento, pero objetivamente hieren el amor de un
Dios que sólo desea manifestársenos. Dios no nos abandona, aunque las
circunstancias parezcan decir lo contrario.
Soy
consciente de que mi propuesta puede sonar a optimismo leibniziano y puede
parecer como si dictase a Dios su conducta. Hay optimismo, cierto; pero sólo
respecto a Dios. No hay soberbia, sino profunda humildad. No le dictamos a Dios
su conducta, sino que reconocemos su amor y nos esforzamos por creer en Él. De
quien no nos fiamos es de nosotros. Basta abrir los ojos para ver que el hombre
puede fallar y falla, sometido como está al lento progreso de la historia, en
lucha con la ignorancia y el instinto. Un pesimismo exacerbado también sería
falso, porque la limitación se ve siempre en relación con el amor de Dios. Esa
relación es la esencia misma de la revelación y de su historia.
Qué significa «palabra de Dios»
Negativamente,
algo muy decisivo se ha roto. Y es justamente lo que provocó la crisis y la
renovación. Según la crítica bíblica, ya no es posible seguir considerando
la revelación como un «dictado». Dios no pudo dictar órdenes como la de
exterminar ciudades enteras ni copiar el relato del diluvio del poema de Gilgamesh
ni equivocarse afirmando que el sol gira en tomo a la tierra.
Estas
afirmaciones pueden resultar provocativas: nos obligan a afrontar el problema.
Pero la dificultad radica en la determinación positiva: ¿qué es, entonces, la
revelación?, ¿qué significa afirmar que la Biblia es palabra de Dios? En
realidad, la creación misma es ya la primera y fundamental revelación de Dios,
su manifestarse hacia fuera. «Silabeas el alba igual que una palabra; Tú
pronuncias el mar como sentencia» dice un himno de Laudes. La maravilla de la
creación consiste en que tiene tal capacidad expresiva: «los cielos cantan la
gloria de Dios», y el espíritu humano puede «escuchar» su voz.
El secreto, casi el milagro de la experiencia religiosa es que, en el modo de ser del mundo -en su contingencia, en su belleza, en sus enigmas- descubre ella que el mundo no es la razón última de sí mismo, sino que remite a un fundamento creador. El hombre lo ha hecho siempre, como lo demuestra la presencia universal de la religión.
Hagamos dos observaciones. La primera, que en la revelación no se trata de alguien que intenta ocultarse, sino que la experiencia religiosa es consciente de que, si descubre, es porque alguien estaba ya tratando de manifestársele y de que ella «cae en la cuenta». Sabe que es Dios quien toma la iniciativa, y, por eso, toda religión se considera a sí misma como revelada.
La
segunda observación es que la manifestación se acomoda a la realidad: la
realidad es la manifestación. En el mundo natural Dios se manifiesta en
las leyes físicas: la persona religiosa comprende que el mundo funciona así
porque Dios así lo ha creado y lo sostiene. En el mundo humano se manifiesta en
los dinamismos de la libertad, en las llamadas al bien y a la justicia. Nosotros
mismos somos una palabra de Dios, pronunciada en su impulsarnos a realizarnos,
siempre respetando nuestra libertad.
La Biblia como palabra de Dios
Solemos
limitarnos a pensar en la revelación sólo cuando se trata de la Biblia, relegándola
al pasado, como algo lejano y ajeno, sin damos cuenta de su conexión con
nuestra vida. Pero, en realidad, la Biblia nació precisamente del
descubrimiento de Dios en la vida de un pueblo y de la sucesiva comprensión de
su modo de relacionarse con los seres humanos y de las actitudes que en ellos
suscita. Sólo de eso habla la Biblia. Todo lo demás es vehículo
expresivo.
¿En
qué sentido cabe hablar de la Biblia como «palabra de Dios»? Lo es en
cuanto en ella se expresa lo que Él quiere manifestarnos. Lo es en y a través
de las palabras humanas en que toma cuerpo, las cuales llevan la marca de su
tiempo y lugar. Lo cual explica que la revelación sea un proceso humanísimo,
que avanza a base de recuerdos y nuevas experiencias, con tanteos y
contradicciones, vacilaciones y retrocesos.
Fuera de contexto, las afirmaciones bíblicas pueden aun escandalizar. Pero en él, suponen casi siempre un avance y merecen todo respeto. Una Biblia sin las heridas del tiempo sería la mejor prueba de que es un libro «amañado». Y resultaría igualmente desenfocado pretender que todo lo que en la Biblia se dice es, sin más y a la letra, válido para hoy en día.
Es
posible que, llegados a este punto, el lector se sienta perplejo. Puede que vea
la coherencia de lo dicho, que confirma muchas de sus ideas. Pero puede también
que se le rompan demasiado los esquemas y se pregunte: ¿entonces la Biblia no
es libro inspirado? ¿Cuál es el papel de los profetas y de los hagiógrafos?
He señalado la dificultad intrínseca de la revelación por la distancia infinita entre Dios y el hombre. Contábamos con el hecho de la revelación constituida en la Biblia. Pero la dificultad más radical está precisamente en esta constitución, es decir, en el nacimiento de los grandes descubrimientos originales.
En
el origen de cualquier intuición religiosa se encuentra un fundador, un santo,
un profeta, que descubren la presencia divina allí donde los demás no ven
nada. Moisés, David, Isaías, Ezequiel para el A.T. Lucas, Pablo, Juan, por no
decir Jesús, para el N.T. Ese rol excepcional de algunos es lo que más tarde
los demás reconocieron como el don divino de la «inspiración». Y lo era, porque
todo lo que descubrieron fue gracias a Dios. El profeta es el primero en
saber que no es en él sino en Dios donde se origina aquello que descubre y su
capacidad para descubrirlo.
Pues
bien, en eso consiste la inspiración de la Biblia. Lo que ocurre es que
nuestros hábitos mentales tienden al exclusivismo y a lo extraordinario: a una
especie de milagro mediante el cual Dios «dictaría» verdades ocultas a los
hagiógrafos. Pero ¿qué decir de los relatos de sueños, raptos o experiencias
extáticas? Si analizamos relatos, queda claro que, aun en las ocasiones más
excepcionales, se trata de una actividad espiritual humana, a veces espontánea,
a veces tras un esfuerzo reflexivo o a costa de tremendas crisis. Y es en esa
actividad donde Dios logra hacer sentir su presencia.
La Biblia como «partera»
Esta visión puede parecer pobre. Pero acaba mostrándose muy rica, como algo real, que nos afecta. Eso hace posible que la Biblia, lejos de ser algo aparte, pueda vivificar nuestra experiencia y mantener actual la vivencia de la revelación.
El profeta no capta algo para sí, sino algo destinado a la comunidad: descubre al Dios cuya presencia está afectando a todos. Es un mediador, que logra poner voz al mensaje dirigido a todos.
Moisés
reconoció la llamada de Dios contra la injusticia, pero ésta les afectaba a todos.
La inspiración de Moisés consistió en advertirlo.
En
una fe responsable uno descubre lo que está afectando al conjunto. Si los
israelitas siguen a Moisés o creen a Ezequiel, es porque se reconocen en
lo que oyen. Sus paisanos le dicen a la Samaritana: «Ya no creemos por lo que tú
cuentas; nosotros mismos lo hemos oído» (Jn 4,42). Algo que ocurre en todos
los órdenes profundos de la existencia: si una obra literaria nos conmueve de
verdad, es porque el genio del autor descubre una dimensión en la que nos
reconocemos. Sócrates comparó su propio rol con el oficio de su madre, que era
partera. La palabra auténtica ayuda a «dar a luz» lo que ya estaba dentro y
que por eso puede ser reconocido como propio.
Está
demasiado extendida la idea de que hay que aceptar la revelación porque «lo
dice la Iglesia» y porque a ella se lo dijeron algunos que «dijeron que Dios
se lo había dicho». Es cierto que, si no nos lo dijera la Iglesia, muchos no
llegaríamos a la fe, y que sin los grandes profetas y, sobre todo, sin Jesús
tampoco lo sabría la Iglesia. Pero, una vez que se nos dice, no somos como niños
que tienen que obedecer a la mamá. La palabra reveladora solicita nuestra
inteligencia y libertad. Aceptamos la Biblia como partera de nuestra
autenticidad en su relación con el mundo, los demás y Dios. Es lo que yo llamo
la revelación como mayéutica histórica.
La vida religiosa auténtica no consiste en «vivir de memoria» de una revelación pasada, sino un vivir actual desde un Dios que se revela ahora. La revelación como descubrimiento culminó en Cristo, pero eso no significa que la revelación haya acabado. Nunca como a partir de entonces pudo ser tan actual. Un amor no acaba cuando culmina en la entrega total, sino que entonces es cuando empieza a ser vivido en plenitud.
La actualidad de la revelación no es una metáfora, sino lo que da realidad a nuestra vida religiosa. Si yo creo que Dios es Padre tal vez puedo hacerlo gracias a que Cristo lo descubrió; pero esto constituiría una mera aceptación sociológica, si sólo creyese porque él lo ha dicho. Sólo hay fe viva cuando verifico en mi vida que efectivamente Dios me ama como Padre. Lo que explica la necesaria «vuelta a la Biblia» es que, dada la irreductible ambigüedad de nuestra vida, se nos oscurecen esas verdades y debemos esforzarnos por recordar que alguien nos lo ha dicho. Sin la Biblia es muy probable que el cristianismo se hubiera extraviado en el marasmo de la crisis histórica. Nuestra misma experiencia individual nos enseña que la Palabra representa un medio indispensable para avivar el rescoldo de esta presencia divina que tantas cosas tienden a ocultar y deformar.
Lo decisivo es que no se trata de un recuerdo externo y lejano, sino de una relación viva, en la que, aquí y ahora, yo reconozco a Dios presente, acogiéndome, guiándome, «hablándome».
“Selecciones
de Teología” 134 (1995)102-108
Extractó: Teodoro de Balle
Publicación original en:
¿Qué significa afirmar que Dios habla?
Hacia un concepto actual de
revelación.
“Sal Terrae” 82 (1994) 331-347