Hablan tres seminaristas españoles: de Sevilla, Barcelona y Alcalá de Henares
La vocación, nuestra felicidad

El Señor me regala cada mañana la vocación, que se va desvelando en lo cotidiano y tiene como referencias fundamentales la oración y el contacto con los hermanos. Dios nos llama a todos a vivir con Él una historia de amor radical. A sus hijos nos ofrece todo lo que Él es, y nos impulsa a una felicidad tan verdadera, plena y plenificadora que no nos deja indiferentes y nos hace criaturas nuevas. Su Espíritu nos cambia la existencia. Este ideal al que nos invita la Gracia amorosa de Dios necesita ser refrendado, requiere nuestra correspondencia. Nosotros, que vivimos inmersos en la limitación, tenemos una palabra decisiva para aceptar dar entrada en nuestra vida a la eterna novedad del proyecto de humanidad nueva de Dios.

 

 

 

 

 

 

 

 

El Dios de la vida nos llama a todos a la vida. Así lo experimenté yo, cuando en mi adolescencia sentía cómo había una manera distinta de afrontar la vida, a contracorriente, que no nos hace ser personas extrañas. Es una conexión con la vida en felicidad. La oración para mí es un verdadero diálogo de amor, con el Dios Creador, que me conoce, porque, antes de tejerme en el vientre materno, ya lo sabía todo de mí; que me llama por mi nombre, que me ha mirado…
En la llamada de Dios a mi vida, está la llamada entre los hombres, para ponerme a servir a los hombres, sobre todo a los más pobres: una entrega por entero a mis hermanos. La vocación no es individualista, sino personal. Dios no me ha llamado a regocijarme en una felicidad que se mira el ombligo, sino que su proyecto de alegría alcanza a toda su familia, a todos sus hijos. El que siente en su vida la felicidad de Dios no puede guardársela, sino que es una fuerza que salta hacia los demás –ésta puede ser la piedra de toque para discernir si la llamada es de Dios–.
Integrado en la comunidad de los cristianos, el Señor me llama a ser servidor del pueblo suyo, de entre donde me ha llamado a la entrega en la vocación al sacerdocio diocesano secular. He ido descubriendo esta vocación específica a través del trabajo en mi parroquia, a través de experiencias vocacionales y juveniles, a través de campos de trabajo, donde he tenido el entusiasmo de compartir con otros jóvenes la experiencia de la entrega cristiana a favor de los necesitados, abiertos a la universalidad de la Iglesia de Dios, con un talante de misión… Ahí he sentido la llamada del Señor a ser cura: es una invitación al seguimiento (Venid y lo veréis); a abrirme de continuo a la voluntad del que me llama olvidando mis proyectos; a ir ligero de equipaje en el camino de búsqueda del Reino de Dios y el advenimiento de su justicia (viviendo la pobreza); y al celibato, a imagen de Jesucristo Buen Pastor, que se ofrece de modo tal que da su vida para que vivamos en abundancia.
En el Seminario compartimos con los otros compañeros la oración al Dueño de la mies. La Eucaristía es el momento central del día, encuentro con el Señor y con los hermanos, donde vivimos en unidad el camino de maduración personal, resaltando necesariamente en este punto la persona de aquellos que son maestros. En el Seminario nos acercamos en el estudio a la Filosofía y a la Teología, medios para comprender la revelación de Dios a los hombres a lo largo de la Historia, a la vez que son horizontes desde los que entender el modo actual de contemplar el rostro de Dios, sufriente en tantas realidades de cruz y marginalidad como se nos imponen hoy, y darles una respuesta que se desprende del compromiso de nuestra fe.
En el ritmo del Seminario –ahora estoy en el tercer curso–, por encima de momentos de dificultad, de duda, siempre encuentro la novedad del rostro de Dios (Mirad que todo lo hago nuevo), que me llama a huir de la tentación de las mediocridades, de las tibiezas, y me llama a la radicalidad creativa del que se sabe hijo amado de Dios. Esta radicalidad es la que posibilita el amor: Amamos porque Él nos amó primero, la que hace posible el servicio y la que permite renovar y abrirme cada día de forma distinta a la llamada que procede de Dios.
Manolo Palma, seminarista de Sevilla

- Ya desde pequeño, me llamaba la atención la figura del sacerdote. Estudié con los Escolapios y no puedo olvidar cuando íbamos a rezar, y me preguntaba: Y ser cura, ¿por qué no? La adolescencia fue un tiempo de descubrimiento mayor de la fe, y creía tener claro que Dios me llamaba al sacerdocio. Al pasar los años, crecía el miedo al compromiso. Intentaba convencerme de que no tenía vocación, que eran simplemente ilusiones infantiles. No dejé el contacto con la parroquia, donde participaba en la catequesis. Fue una gracia de Dios, ya que a través de ésta, y con el contacto con otros seminaristas, fui experimentando más intensamente la llamada del Señor a consagrar mi vida para anunciar el Evangelio. Así pues, una vez acabados los estudios universitarios, después de trabajar un par de años y con un poco de indecisión, no pude resistirme a la invitación de Dios de dar el paso y entrar en el Seminario. Con 25 años y casi después de dos años de seminario, puedo decir que es algo sorprendente. Tanto la formación humana y espiritual, como la vida comunitaria, han sido una novedad para mí, y me continúan enriqueciendo enormemente. Es un camino de crecimiento en la fe y en el amor dentro de la gran familia de la Iglesia, donde intentamos imitar al Buen Pastor. Creo firmemente que la vocación a la que somos llamados y nuestra felicidad es una misma cosa. Dios va trabajando en nosotros pacientemente, incluso cuando no queremos escucharle, para esperar de nosotros nuestro sí, una respuesta de confianza que nos hará plenamente felices.
Carlos Cahuana, seminarista de Barcelona

- Tengo 21 años y ¡quiero ser sacerdote! No está de moda, pero éste ha sido el deseo de toda mi vida. Desde siempre, me ha acompañado fuertemente de un modo inexplicable, pero certero. Todos sabían de mi intención, porque siempre me sentí orgulloso de contar a todos algo que era inseparable de mí mismo. Me acuerdo de la cara de mis profesores, cuando les decía: Yo... cura.
Con doce años, les dije a mis padres que ya no podía esperar más, y que quería irme al Seminario. Viendo que era un bien para mí, y no queriendo ser obstáculo en mi vocación, hicieron todo lo posible para que el nuevo curso lo comenzara en el Seminario.¡Cuántas gracias le doy a Dios por mis padres! Si alguno de sus hijos tuviera esta inquietud, nunca piensen que se trata de un fracaso: confíen y anímenle. ¿Hay algo mejor por lo que dar la vida entera? Es un don, algo de lo que nunca se arrepentirán.
En el Seminario Menor encontré chavales con las mismas inquietudes que yo, estaba como pez en el agua. Sólo Dios sabe el bien que han supuesto para mí los años del Seminario Menor. Allí recibí el apoyo y el cuidado necesario para que mi vocación siguiera adelante. Allí supe que no era un bicho raro y que lo que estaba viviendo era un don de Dios, algo grande, muy grande, aunque lo contuviera un frasco pequeño. Dios contaba ya conmigo, a pesar de mi corta edad, para continuar su obra entre los hombres.
Éste es mi cuarto año en el Mayor. Dentro de pocos días seré ordenado diácono, y, a la vuelta de la esquina, sacerdote. La meta es el cielo, esto es sólo el comienzo. Aunque mi testimonio vocacional sea el más impresionante del mundo, los seminaristas no somos lo importante. El protagonista es Él, Jesús. Éste es el nombre que se puede leer entre líneas en mi historia, en la de todo ser humano. Nadie, en su sano juicio, da la vida por una idea, por un sentimiento, por una cosa. Nosotros lo hemos dejado todo por Él, y cada día nos damos más cuenta de que ha merecido la pena. ¡Ánimo!, la barca de Pedro sigue mar adentro, pero necesita de brazos que muevan los remos. ¿Quién lo hará?, ¿yo?, ¿tú? ¿Quién sabe? Dios sigue llamando.
David Calahorra, seminarista de Alcalá