El
Dios de la vida nos llama a todos a la vida. Así lo experimenté
yo, cuando en mi adolescencia sentía cómo había una manera
distinta de afrontar la vida, a contracorriente, que no nos hace ser
personas extrañas. Es una conexión con la vida en felicidad. La
oración para mí es un verdadero diálogo de amor, con el Dios
Creador, que me conoce, porque, antes de tejerme en el vientre
materno, ya lo sabía todo de mí; que me llama por mi nombre, que
me ha mirado…
En la llamada de Dios a mi vida, está la llamada entre los hombres,
para ponerme a servir a los hombres, sobre todo a los más pobres:
una entrega por entero a mis hermanos. La vocación no es
individualista, sino personal. Dios no me ha llamado a regocijarme
en una felicidad que se mira el ombligo, sino que su proyecto de
alegría alcanza a toda su familia, a todos sus hijos. El que siente
en su vida la felicidad de Dios no puede guardársela, sino que es
una fuerza que salta hacia los demás –ésta puede ser la piedra
de toque para discernir si la llamada es de Dios–.
Integrado en la comunidad de los cristianos, el Señor me llama a
ser servidor del pueblo suyo, de entre donde me ha llamado a la
entrega en la vocación al sacerdocio diocesano secular. He ido
descubriendo esta vocación específica a través del trabajo en mi
parroquia, a través de experiencias vocacionales y juveniles, a
través de campos de trabajo, donde he tenido el entusiasmo de
compartir con otros jóvenes la experiencia de la entrega cristiana
a favor de los necesitados, abiertos a la universalidad de la
Iglesia de Dios, con un talante de misión… Ahí he sentido la
llamada del Señor a ser cura: es una invitación al seguimiento
(Venid y lo veréis); a abrirme de continuo a la voluntad del que me
llama olvidando mis proyectos; a ir ligero de equipaje en el camino
de búsqueda del Reino de Dios y el advenimiento de su justicia
(viviendo la pobreza); y al celibato, a imagen de Jesucristo Buen
Pastor, que se ofrece de modo tal que da su vida para que vivamos en
abundancia.
En el Seminario compartimos con los otros compañeros la oración al
Dueño de la mies. La Eucaristía es el momento central del día,
encuentro con el Señor y con los hermanos, donde vivimos en unidad
el camino de maduración personal, resaltando necesariamente en este
punto la persona de aquellos que son maestros. En el Seminario nos
acercamos en el estudio a la Filosofía y a la Teología, medios
para comprender la revelación de Dios a los hombres a lo largo de
la Historia, a la vez que son horizontes desde los que entender el
modo actual de contemplar el rostro de Dios, sufriente en tantas
realidades de cruz y marginalidad como se nos imponen hoy, y darles
una respuesta que se desprende del compromiso de nuestra fe.
En el ritmo del Seminario –ahora estoy en el tercer curso–, por
encima de momentos de dificultad, de duda, siempre encuentro la
novedad del rostro de Dios (Mirad que todo lo hago nuevo), que me
llama a huir de la tentación de las mediocridades, de las tibiezas,
y me llama a la radicalidad creativa del que se sabe hijo amado de
Dios. Esta radicalidad es la que posibilita el amor: Amamos porque
Él nos amó primero, la que hace posible el servicio y la que
permite renovar y abrirme cada día de forma distinta a la llamada
que procede de Dios.
Manolo Palma, seminarista de Sevilla
- Ya desde pequeño, me llamaba la atención la figura del
sacerdote. Estudié con los Escolapios y no puedo olvidar cuando íbamos
a rezar, y me preguntaba: Y ser cura, ¿por qué no? La adolescencia
fue un tiempo de descubrimiento mayor de la fe, y creía tener claro
que Dios me llamaba al sacerdocio. Al pasar los años, crecía el
miedo al compromiso. Intentaba convencerme de que no tenía vocación,
que eran simplemente ilusiones infantiles. No dejé el contacto con
la parroquia, donde participaba en la catequesis. Fue una gracia de
Dios, ya que a través de ésta, y con el contacto con otros
seminaristas, fui experimentando más intensamente la llamada del Señor
a consagrar mi vida para anunciar el Evangelio. Así pues, una vez
acabados los estudios universitarios, después de trabajar un par de
años y con un poco de indecisión, no pude resistirme a la invitación
de Dios de dar el paso y entrar en el Seminario. Con 25 años y casi
después de dos años de seminario, puedo decir que es algo
sorprendente. Tanto la formación humana y espiritual, como la vida
comunitaria, han sido una novedad para mí, y me continúan
enriqueciendo enormemente. Es un camino de crecimiento en la fe y en
el amor dentro de la gran familia de la Iglesia, donde intentamos
imitar al Buen Pastor. Creo firmemente que la vocación a la que
somos llamados y nuestra felicidad es una misma cosa. Dios va
trabajando en nosotros pacientemente, incluso cuando no queremos
escucharle, para esperar de nosotros nuestro sí, una respuesta de
confianza que nos hará plenamente felices.
Carlos Cahuana, seminarista de Barcelona
-
Tengo 21 años y ¡quiero ser sacerdote! No está de moda, pero éste
ha sido el deseo de toda mi vida. Desde siempre, me ha acompañado
fuertemente de un modo inexplicable, pero certero. Todos sabían de
mi intención, porque siempre me sentí orgulloso de contar a todos
algo que era inseparable de mí mismo. Me acuerdo de la cara de mis
profesores, cuando les decía: Yo... cura.
Con doce años, les dije a mis padres que ya no podía esperar más,
y que quería irme al Seminario. Viendo que era un bien para mí, y
no queriendo ser obstáculo en mi vocación, hicieron todo lo
posible para que el nuevo curso lo comenzara en el Seminario.¡Cuántas
gracias le doy a Dios por mis padres! Si alguno de sus hijos tuviera
esta inquietud, nunca piensen que se trata de un fracaso: confíen y
anímenle. ¿Hay algo mejor por lo que dar la vida entera? Es un
don, algo de lo que nunca se arrepentirán.
En el Seminario Menor encontré chavales con las mismas inquietudes
que yo, estaba como pez en el agua. Sólo Dios sabe el bien que han
supuesto para mí los años del Seminario Menor. Allí recibí el
apoyo y el cuidado necesario para que mi vocación siguiera
adelante. Allí supe que no era un bicho raro y que lo que estaba
viviendo era un don de Dios, algo grande, muy grande, aunque lo
contuviera un frasco pequeño. Dios contaba ya conmigo, a pesar de
mi corta edad, para continuar su obra entre los hombres.
Éste es mi cuarto año en el Mayor. Dentro de pocos días seré
ordenado diácono, y, a la vuelta de la esquina, sacerdote. La meta
es el cielo, esto es sólo el comienzo. Aunque mi testimonio
vocacional sea el más impresionante del mundo, los seminaristas no
somos lo importante. El protagonista es Él, Jesús. Éste es el
nombre que se puede leer entre líneas en mi historia, en la de todo
ser humano. Nadie, en su sano juicio, da la vida por una idea, por
un sentimiento, por una cosa. Nosotros lo hemos dejado todo por Él,
y cada día nos damos más cuenta de que ha merecido la pena. ¡Ánimo!,
la barca de Pedro sigue mar adentro, pero necesita de brazos que
muevan los remos. ¿Quién lo hará?, ¿yo?, ¿tú? ¿Quién sabe?
Dios sigue llamando.
David Calahorra, seminarista de Alcalá