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Y
algunos se preguntan, ¿es mejor el ateísmo?.
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Autor:
Vittorio MESSORI
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Fuente:
La Razón
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17/10/01
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A
partir del 11 de septiembre un impresionante goteo de palabras
ha rezumado y rezuma desde los periódicos y canales de televisión.
Entre los infinitos comentarios no han faltado los de los ateos,
que muy complacidos han vuelto a lanzar la propuesta de su
negación: «Os lo habíamos dicho, ¿habéis visto a lo que
llevan las religiones, todas, y no sólo la islámica?»
Particularmente virulenta fue la intervención del Premio Nobel
portugués, José Saramago y explícita la conclusión de su artículo-invectiva:
«al espíritu humano no le faltan enemigos, pero la creencia en
Dios, en cualquier Dios, es uno de los más corrosivos».
A decir verdad, buena parte del razonamiento de Saramago se
basaba en un lapsus clamoroso para tratarse de un señor
distinguido con el más prestigioso reconocimiento cultural del
mundo: ni más ni menos que una frase famosísima («si Dios no
existiese, todo estaría permitido») en vez de a un cristiano
por los cuatro costados como Dostoievsky, se la atribuía al
profeta de la muerte de Dios, Nietzsche. El premio Nobel
lusitano aparecía así un poco grotesco, totalmente levantado
sobre un presupuesto equivocado.
Un error significativo. Pero sería despiadado tomarlo como
pretexto para aconsejar al escritor octogenario, todavía
tercamente marxista, un mejor dominio de sus fuentes, o para
ignorar el resto de su arenga donde encontramos expresiones como
ésta: «Las religiones todas, sin excepción nunca servirán
para reconciliar a los hombres. Al contrario, han sido y serán
causa de inenarrables sufrimientos, de matanzas, de monstruosas
violencias físicas y espirituales. Son uno de los más
tenebrosos capítulos de la historia humana». A partir de esto
lanza la propuesta de su «ateismo liberador».
Las religiones no son iguales
Palabras fuertes, pero que pueden tener una cierta justificación,
reconozcámoslo. Naturalmente, pero siempre que se precise en
seguida que las «religiones» no son todas iguales, y que hay
cierta diferencia entre la liturgia del degüello en masa de jóvenes
sobre los altares-pirámides de los Aztecas y la liturgia eucarística
de un altar católico; entre Ben Laden y el Papa Juan. Esto
admitido, será oportuno un enfrentamiento, más que sobre
disquisiciones teóricas, sobre las lecciones de la historia: ¿qué
es lo que pasó cuando se trató de extirpar la «religión» de
la sociedad y del corazón de los hombres? ¿Se desplegó
entonces el reino de la paz, de la humildad, de la fraternidad,
de la convivencia justa y armoniosa? La verdad es que los hechos
muestran que, en las dos principales ocasiones en las que, por
limitarnos a Europa, se ha tratado de imponer la perspectiva
atea que todavía alguno hoy propone como panacea, sucedió
exactamente lo contrario. Pasaron más de 14 siglos desde
Constantino antes de que un Estado entero el más rico y
prestigioso entonces de todo Occidente se propusiera como
objetivo la desaparición misma de la fe en Jesús como Cristo,
como Mesías. Como ha demostrado Jean Dumont, el gran
historiador recientemente desaparecido, en ese libro implacable
que es «Les prodiges du sacrilège», la campaña de
descristianización conducida con el Terror de la Revolución
Francesa no fue un episodio más entre otros muchos, sino la
revelación de su intención profunda y primaria. Precisamente,
la de dar el finiquito sobre todo al catolicismo, pero también
a cualquier religión «revelada» (junto al culto católico se
prohibieron, bajo pena de muerte, también el protestante y el
judío) para pasar a un culto totalmente humano, en nombre de la
Razón. Un historiador americano, Donald Greer, hizo las cuentas
de dicho intento: en solo dos años, entre 1792 y 1793, las víctimas
de la Revolución fueron muchas veces superiores a las de todas
las inquisiciones durante cinco siglos. Los guillotinados con
sentencia regular fueron casi 20.000, y otros tantos los
liquidados sin proceso, linchados, o liquidados por las penurias
de las cárceles. Se desilusionaría quien quisiera justificar
ese frenesí sangriento, atribuyéndolo a una comprensible cólera
popular reprimida por mucho tiempo. Entre aquellas 40.000 víctimas,
nada menos que el 84 por ciento pertenecía al Tercer Estado:
pequeños burgueses, obreros, y campesinos.
Desollados
Otro historiador, Reynald Sécher ha hecho las trágicas cuentas
de la Vandea, surgida en nombre de la fe de sus padres: sobre un
territorio de nada más que 10.000 kilómetros cuadrados,
120.000 masacrados (el 35 por ciento de la población), 30.000
casas de 50.000, derruidas sistemáticamente, las fuentes
envenenadas y toda la vegetación arrancada para quitar a los
supervivientes toda posibilidad de recuperación. Y también en
este caso, no nos conformemos apelando a los horrores
desgraciadamente habituales en toda guerra: la orden explícita
de los jacobinos de París (ateos, ni siquiera deístas como
algunos pretenden) no era sólo vencer en batalla, sino
proceder, en frío, al genocidio, masacrando en primer lugar a
las mujeres fértiles, para que no engendraran «más malditos
creyentes en las supersticiones religiosas». Con la piel de
aquellas mujeres, muy suave, se confeccionaron guantes para los
oficiales, mientras que la de los hombres se destinó a fabricar
botas. Los cadáveres desollados fueron hervidos para obtener
grasa para las armas y jabón para el ejército. Y en ausencia
de cámaras de gas, todas las noches, durante meses, se procedió
sistemáticamente a las noyades: los sacerdotes, con sus
parroquianos sobrevivientes, eran encerrados en grandes cajones
y hundidos en medio del Loira.
Pero, en el fondo, un fruto todavía más venenoso de aquel
primer intento (europeo, pero si lo pensamos bien, mundial) de
arrancar toda trascendencia, fue lo que sintetizó el teólogo
protestante Karl Barth con su famosa constatación: «cuando el
Cielo se vacía de Dios, la tierra se llena de ídolos». Uno de
aquellos ídolos, el nacionalismo desconocido en la tradición
cristiana devastará todo el diecinueve y terminará explotando
con toda su virulencia en la llamada, por antonomasia, la Gran
Guerra, que no fue más que el prólogo de la otra. Entre los ídolos
ideológicos desencadenados en el vacío religioso, despuntará
ese marxismo que, llegado en 1917 al poder, retoma, amplía, y
en la medida de lo posible, radicaliza la obra atea del
jacobinismo a la francesa. Nunca en la historia se ha visto un
intento tan sanguinario y sistemático por transferir las
huellas anacrónicas de toda «religión» a las salas del Museo
del Ateismo de Leningrado. Desde 1989, los resultados están
ante los ojos de todos, y se corre el riesgo de lo banal y de lo
ya sabido cuando se recuerda una vez más el desastroso balance.
Como se ha señalado, el intento de proclamar la muerte de Dios
provocó en el Este la muerte del hombre: y no sólo la muerte física
del alucinante montón de 100 millones de víctimas. Sino también
la muerte moral, al quitar a las masas el gusto del trabajo, el
sentido de la dignidad, el respeto por la ética, la tensión
hacia el futuro, la práctica de la solidaridad. Por citar sólo
un caso: la Albania «democrática» fue el primer y único
ejemplo en la historia de un Estado que proclamase la
inexistencia de Dios desde la Constitución. A nuestro, quizá
retórico, pero desde luego inocuo «Italia es una república
fundada sobre el trabajo», correspondía su primer artículo:
«Albania es una república popular fundada sobre el ateismo».
Los carromatos oxidados que atraviesan el estrecho de Otranto
nos dicen con elocuencia a lo que han llevado esos «fundamentos».
Lo repetimos, hay religión y religión. No toda concepción de
lo divino es siempre y de cualquier manera aceptable. Hay una
religiosidad inquietante, hay fes oscuras. No nos contamos,
desde luego, entre los ecumenistas del abrazo fácil, aquéllos
para los que cualquier escritura sagrada o cualquier Dios valen
lo que otro. Es más, respondemos sólo por la nuestra, hablamos
de «religión». Al menos de ésta, la Historia habla claro:
los intentos de erradicarla iniciados en 1789 en París y en
1917 en San Petersburgo han llevado a lo contrario de cuanto en
este momento cree, o finge que cree, cierto apóstol del ateismo
como solución a los males del hombre.
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