MARTES DE LA SEMANA 33ª DEL TIEMPO ORDINARIO

 

1.- 2M 6, 18-31

1-1.

El martirio de Eleazar es el primero que la Escritura cuenta con precisión. «Eleazar era uno de los más eminentes escribas, hombre ya anciano y de hermoso rostro. Abriéndole la boca por la fuerza, se le quiso obligar a comer cerdo...", lo que estaba prohibido por la ley de Moisés. Contemplemos ante todo la actitud «interior» de este hombre.

-Los que presidían esa comida ritual le aconsejaron que llevara manjares "permitidos" y que simulara comer carne de la víctima sacrificada...

Toda la belleza, la autenticidad universal de esa escena reside aquí. Ya no se trata solamente de una observación formalista, legal... se trata de una conformidad de todo el ser a la voluntad de Dios...

"Hacer como si..." Hacer el gesto ritual sin creer en él... una hipocresía.

Cumplir materialmente la Ley, estar en regla exteriormente con ella. Lo hubiera estado, en el fondo, de haber aceptado la propuesta. Pero precisamente la Ley no puede vivirse de un modo formal. Ayúdanos, Señor, a descubrir el sentido profundo de todas las leyes que nos incumben.

Repaso en mi memoria las reglas de conducta o las reglas de la Iglesia que más me pesan. ¡Cuán difícil es, Señor, no «hacer como si"... no contentarse con estar en regla, exteriormente! No debo ser fiel a una «Ley» sino a Ti, Señor.

Y no te puedo engañar... es imposible "hacer como si..." ante Ti.

-Incluso si de momento evito el castigo que proviene de los hombres, no escaparé, vivo o muerto, de las manos del Todopoderoso.

He ahí todo lo contrario al fariseísmo, al legalismo, al formalismo. Es ésta la actitud auténtica del hombre de Fe, situado «ante Dios». Un hombre, cuya referencia no es la «opinión pública», el juicio de los hombres, que -así hemos de reconocerlo- podemos soslayar fácilmente. Un hombre, en fin, cuya referencia es absoluta, Dios.

En nuestro siglo de «subjetivismo», es bueno encontrar hombres rectos, como ese Eleazar, que nos repiten que no podemos huir de Dios... que, bien pensado, es ridículo imaginar que se puede engañar a Dios con trampas o disimulo. El pagano puede, sin duda, arreglárselas así con su ídolo, y ése es el objetivo de los ritos mágicos. En cuanto al verdadero Dios, uno no puede «metérselo en el bolsillo», «hacerlo partidario suyo»; se le respeta, se le escucha, se está «en su mano»... y no se puede huir de él.

Evoco algunos «problemas de conciencia» que se me presentan: en mi vida profesional, familiar, personal... Trato de referirlos a la «manera de ver» de Dios.

-Soporto, flagelado en mi cuerpo, recios dolores; pero en mi alma los sufro con gusto por temor de Dios.

Seguir la propia conciencia.

Seguir la voluntad de Dios.

No todos los días son alegres. ¡Las dos actitudes pueden hacer «sufrir» el cuerpo, el corazón y la voluntad! Pero la «alegría» se encuentra al fin de este esfuerzo doloroso.

Paradoja de la vida cristiana. Es ya el clima de las «bienaventuranzas»: «Dichosos los que lloran... Dichosos los que son perseguidos por la justicia...»

Ayúdanos, Señor, a no arrastrar nuestra vida como una cadena de esclavo. A no cumplir tu ley en la tristeza y el tedio. ¡Oh, danos la alegría! Danos, a la vez, el rigor y la intransigencia de la conciencia... y la alegría de seguirla.

San Eleazar, rogad por nosotros. Todos los santos del cielo, que habéis vivido vuestro duro deber en la tierra, rogad por nosotros.

NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 5
PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO
DE LOS AÑO IMPARES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág. 394 s.


1-2. /2M/06/12-31

El autor del segundo libro de los Macabeos se propone fortalecer la fe de sus hermanos presentándoles el ejemplo de quienes han resistido heroicamente la persecución. Y lo hace sirviéndose del estilo de la historia patética o retórica, es decir exagerando las cifras, inventando el diálogo e introduciendo milagros. En este género literario, el autor se interesa por la reacción emotiva del lector tanto o más que por la historicidad objetiva de los detalles del acontecimiento. El nombre de este libro puede inducir a pensar que se trata de una continuación del primero, de una segunda parte del mismo libro. En realidad es una obra independiente, una especie de meditación teológico-parenética sobre algunos acontecimientos narrados también en el primero. Tal como ha llegado a nosotros, es un compendio de la obra en cinco volúmenes de Jasón de Cirene (2,23).

El autor del resumen eligió entre los mártires judíos un caso típico de fidelidad a las leyes sobre alimentos impuros, concretamente el cerdo (Lv 11,7). Eleazar, venerable por su sabiduría y su ancianidad, lo será más aún por la valentía y la integridad de costumbres.

Primero se afirma que el alimento prohibido es de carne de cerdo; después se dice que se trata de carnes sacrificadas a los dioses. Es posible que nos encontremos ante dos intentos distintos de vencer la constancia del anciano escriba; también es posible que la víctima fuera un cerdo, ya que los griegos lo ofrecían a Deméter y a Dióniso. Es curioso que, siendo el cerdo un animal impuro también para los sirios, los fenicios y los árabes, sólo los judíos fueron obligados a comerlo; al menos no tenemos noticia de ningún decreto real destinado a los otros pueblos. Tal diferencia puede obedecer a que la prohibición del cerdo era considerada como una característica de las costumbres judías y de su fanatismo religioso.

Hay que resaltar la afirmación de la fe en la retribución después de la muerte. Se ha pasado de la responsabilidad colectiva a la personal. Al interés por la suerte de la nación se ha unido el interés por el individuo. La línea de pensamiento iniciada por Ezequiel ha llegado a término. Eleazar continúa siendo un ejemplo, pues todos los tiempos tienen ídolos a que no podemos sacrificar y cerdos a que debemos renunciar.

J. ARAGONES LLEBARIA
LA BIBLIA DIA A DIA
Comentario exegético a las lecturas de la Liturgia de las Horas
Ediciones CRISTIANDAD.MADRID-1981.Pág. 415


2.- Ap 3, 1-6.14-22

2-1.

De las siete cartas que Juan envía en nombre de Cristo-juez a las diferentes comunidades de Asia, la lectura de hoy abarca las que fueron dirigidas a Sardes (vv. 1-6) y a Laodicea (vv. 14-22).

El tono de estas dos cartas es bastante pesimista. El ardor del principio se ha debilitado considerablemente: la caída de Jerusalén tuvo lugar sin que se terminara el mundo; se presiente la caída de Roma, pero tampoco de ella dependerá el fin del mundo. Esto significa que los cristianos perdieron la clave que les permitía dar un sentido religioso a las catástrofes y persecuciones. Era fácil vivir de fe y de esperanza cuando se unían las persecuciones, la caída de las ciudades y el fin del mundo. Es menos fácil (pero tal vez más purificador) vivir su fe aún a pesar de los acontecimientos de los que no se ve su significación escatológica. No importa morir en la persecución cuando se espera que ella va a llevar a la ciudad nueva: uno se hace más indiferente cuando la persecución se convierte en algo ordinario y no aparece ya como un signo del Reino que viene.

Bajo este aspecto, la situación religiosa de las primeras comunidades es bastante semejante a la de nuestras Iglesias contemporáneas: los fundamentos habituales de la esperanza vacilan, y aquello que antes era interpretado bajo un punto de vista religioso toma a menudo un valor y una significación puramente profanos que inquietan los espíritus religiosos.

La fe palidece, Dios parece que está muerto. El libro del Apocalipsis tiene por objeto desvelar el sentido religioso y misterioso de los acontecimientos escatológicos. El cristiano moderno escuchará las enseñanzas de Juan para oír la revelación y habituarse a la presencia de Cristo resucitado en el corazón de todo ser y en el sentido de los acontecimientos.

MAERTENS-FRISQUE
NUEVA GUÍA DE LA ASAMBLEA CRISTIANA VIII
MAROVA MADRID 1969.Pág 256


2-2.

-Tienes nombre como de quien vive, pero estás muerto.

Despierta... Si no estás en vela, vendré como un ladrón sin que sepas la hora, te sorprenderé.

Los cristianos del siglo I, como nosotros, se veían tentados por la esclerosis, la falta de vitalidad y de dinamismo... la muerte, el sueño, la tibieza espiritual.

Juan repite los acentos de Jesús: «Velad... despertaos... vengo... os sorprenderé como un ladrón que viene de improviso» .

El tema de la «venida» de Jesús es esencial. Este tema importante ocupa ahora un lugar destacado en las nuevas aclamaciones eucarísticas: «esperamos tu venida gloriosa, esperamos tu retorno... Ven, Señor, Jesús...» Inmediatamente después de la consagración, en cada misa, reafirmamos esta fe, que estaba ya presente en el credo, aunque poco valorada: «Volverá glorioso a juzgar a vivos y muertos.»

-No eres ni frío ni caliente... Puesto que eres tibio, te vomitaré de mi boca.

Ningún texto condena con tal fuerza la «mediocridad espiritual».

Cuidado con juzgar a «los demás». Es cierto que, en nuestro mundo contemporáneo son muchos los despreocupados, los indiferentes. Pero importa que este severo diagnóstico nos lo apliquemos primero a nosotros mismos. De hecho ¿no es quizá la tibieza, la mediocridad lo que caracteriza muchos de mis días? Señor Jesús, enviado por el Padre para sanar y salvar, ¡ten piedad de mí!

Escucha mi consejo... Cúrate... A los que amo los reprendo y corrijo. ¡Vamos, sé pues ferviente y arrepiéntete!

Es exactamente el mismo Jesús del evangelio, que curaba a los enfermos y devolvía la vista a los ciegos.

«A los que amó». ¡Qué ternura en estas palabras!

«¡Vamos, anímate!» Escucho estas palabras de aliento que Jesús me dirige. También en este momento me repites las mismas palabras: «¡vamos, ánimo, arrepiéntete!»

-Mira que estoy a la puerta y llamo...

Una hermosa imagen de la Biblia, es un símbolo, muy comprensible, para todos los tiempos. Dios es «el que espera a nuestra puerta y solicita entrar en nosotros».

Humildad de Dios. Discreción de Dios. Proximidad escondida. «El Señor ha llamado a tu ventana, amigo, amigo, amigo... Pero tú dormías.» (Padre Duval)

-Si alguien oye mi voz y abre la puerta...

Inmenso y misterioso respeto a la libertad de cada uno.

Dios no fuerza la puerta. Incluso la «fe», a pesar de la gracia que solicita a todo hombre, sigue siendo un acto libre.

Cuando pienso, Señor, como te hemos obligado, a «¡esperarte fuera!» Y, aun más, sin cansarte, continúas llamando discretamente... para que te abramos. Quiero meditar detenidamente esta imagen.

Concédeme, Señor, una mayor atención a tu Presencia.

Ayúdame a interpretar los signos de tu «venida» cotidiana. Pues, en realidad, es así como «Tú vienes» cada día.

-Entraré en su casa y cenaré con él y El conmigo.

Otra imagen muy simple: la cena, símbolo de intimidad, de felicidad.

La «comunidad cristiana» de Laodicea, a la que escribía san Juan, no podía dejar de aplicar todas esas imágenes a la eucaristía, sacramento de la presencia de Jesús, anuncio del «festín mesiánico» del fin de los tiempos.

Cenar con un amigo, un invitado. Tal es el ofrecimiento de Dios. He ahí un «apocalipsis», una «revelación» importante, toda ella dulzura y esperanza: tal es una de las imágenes del «fin de los tiempos». ¡Gracias, Señor!

NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 4
PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO
DE LOS AÑOS PARES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1984.Pág. 394 s.


2-3. /Ap/03/01-22

Este fragmento completa las cartas a las siete Iglesias. Con un esquema semejante al de las cuatro primeras circulares se nos presentan ahora las palabras que "el Santo" dirige a las comunidades de Sardes, Filadelfia y Laodicea. Lo mismo que antes, a través de lo que estas cartas manifiestan podemos hacernos una idea de la situación de las Iglesias.

La visita inesperada del Señor -«como un ladrón» (v 3)- exige vigilar constantemente, es decir, estar pronto para acogerlo. Es la exigencia que encontramos en Mt 24,44: «Pues estad también vosotros preparados, que cuando menos lo penséis vendrá el Hijo del hombre». La conversión es particularmente urgente en Sardes, donde, aunque unos pocos se han mantenido sin mancha, muchos están muertos, porque han olvidado lo que les fue anunciado con obras y palabras.

El caso de Filadelfia es muy distinto. Aquí los cristianos, que han permanecido firmes durante la persecución judía, reciben ahora el reconocimiento por su actitud valiente. El Señor los ha amado y ha correspondido a su fidelidad. Por haber guardado su palabra durante la tribulación, también él los protegerá en el momento de la prueba definitiva. ¡Qué hermoso contraste entre la poca fuerza actual de los cristianos de Filadelfia y su estatuto futuro de «columnas» sólidas y estables!

La última carta, la más dura de las siete, contiene el mensaje a los de Laodicea. Las riquezas son su gran obstáculo. Seguros de sí mismos y de sus bienes, son exponentes visibles de una fe vivida a medias, de una fe tibia que intenta soslayar el conflicto planteado por Jesús: «Os aseguro que difícilmente entrará un rico en el reino de Dios» (Mt 19,23). Por el amor que el Señor les tiene, el ángel los exhorta a enriquecerse con oro auténtico y a adornarse con buenas obras.

Como ya veíamos en textos precedentes, hay que abrir al Señor que viene pronto y llama. Vivir en vela constante. Es la única manera de poder vestir luego la vestidura blanca, de comer con Jesús y de sentarse a su lado, es decir, de convertirse en ciudadano de la nueva Jerusalén.

Notemos que los diferentes títulos cristológicos que aparecen en el Apocalipsis sirven para describirnos una única realidad polifacética: Jesucristo, testigo del Padre, el amén, el sí firme y verdadero a Dios. Buena parte de los textos que siguen desglosarán y explicitarán esta única realidad.

A. PUIG
LA BIBLIA DIA A DIA
Comentario exegético a las lecturas de la Liturgia de las Horas
Ediciones CRISTIANDAD.MADRID-1981.Pág. 588 s.


3.- Lc 19, 1-10

3-1.

VER DOMINGO 31C


3-2.

1. (Año I) 2 Macabeos 6,18-31

a) El ejemplo del anciano Eleazar, que se mantiene firme en su fe a pesar de las promesas y de las amenazas de los enemigos de Israel, es en verdad admirable y aleccionador para sus contemporáneos y para nosotros.

No sólo no quiere claudicar, comiendo carne prohibida, sino que rechaza también la propuesta que se le hacía de comer carne permitida, simulando que comía la del sacrificio de los dioses: "no es digno de mi edad ese engaño: van a creer los jóvenes que Eleazar a los noventa años ha apostatado".

El buen anciano quiere dar a todos un ejemplo de fidelidad a la Alianza: "si muero ahora como un valiente, me mostraré digno de mis años y legaré a los jóvenes un noble ejemplo". "De esta manera terminó su vida, dejando no sólo a los jóvenes, sino a toda la nación, un ejemplo memorable de heroísmo y de virtud".

b) Eleazar es uno de los primeros en la larga dan testimonio de su fe en Dios incluso con su vida.

Su actitud nos recuerda la entereza de Jesús ante su muerte: "mi alma está triste hasta el punto de morir... Abbá, Padre, aparta de mí este cáliz, pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú" (Mc 14,34-36).

Y la de tantos cristianos que, imitando estos ejemplos, han sido y siguen siendo fieles a su conciencia, en medio de tentaciones, halagos y amenazas. Mártires de todos los tiempos, ejemplo y estímulo para nosotros, que a veces tan fácilmente nos asustamos del esfuerzo y aceptamos cambiar de camino.

Comer o no una carne prohibida no tenía en sí demasiada importancia. Pero era un símbolo: si claudicaban ante esa norma, no fundamental pero sí visible y concreta, era señal de que también claudicaban en otras más graves, que llevaban a la idolatría y a un estilo pagano de vida. Lo mismo pasa con nuestras normas cristianas de ahora: cada una de ellas puede no tener importancia capital, pero sí ser símbolo de coherente fidelidad o de dejadez en las actitudes importantes.

Eleazar también alienta a los ancianos, que tal vez no pueden ya realizar trabajos muy creativos, pero siguen teniendo una misión interesante: dar ejemplo a los más jóvenes, transmitir fidelidad, enriquecer con su sabiduría a los demás. ¡Lo que pueden hacer los abuelos en una familia, o los religiosos ancianos en su comunidad, aunque estén en silla de ruedas, dando a todos un testimonio creíble de fe, de amabilidad, de esperanza, de visión cristiana de las cosas!

1. (Año II) Apocalipsis 3,1-6.14-22

a) De las cartas a las siete Iglesias del Asia -todas en la actual Turquía-, leemos tres en la selección que hace el Leccionario de la misa: ayer, la dirigida a los Efesios, y hoy otras dos.

Una va para "el ángel de la Iglesia de Sardes", lo que puede significar al pastor responsable o a la comunidad entera. Sardes era una ciudad comercial muy viva. La carta echa en cara a la comunidad cristiana: "tienes nombre como de quien vive, pero estás muerto". Y les exhorta a convertirse: "ponte en vela, reanima lo que te queda y está a punto de morir... arrepiéntete, porque si no estás en vela, vendré como ladrón". Eso sí, en esa comunidad hay algunos "que no han manchado su ropa" y han vencido a las tentaciones del mundo. Ésos participarán en la victoria de Cristo: "ante mi Padre y ante sus ángeles reconoceré su nombre".

La otra carta va dirigida a la comunidad de Laodicea, ciudad cercana a Colosas, con fuentes termales, rica en industria textil y famosa por una escuela de medicina ocular. Las palabras de la carta son muy duras: "no eres ni frío ni caliente, voy a escupirte de mi boca".

Si los de Laodicea estaban orgullosos de su riqueza, aquí les tacha de pobres y miserables; si tenían telares, les acusa de que están desnudos; si eran famosos sus médicos oculistas, pero en lo fundamental están ciegos. Irónicamente les aconseja que compren oro refinado y un vestido blanco y colirio para los ojos.

b) No hace falta mucho esfuerzo para verse reflejado en estas cartas. Son una buena ocasión para que nos examinemos, ahora que estamos a finales del Año Litúrgico.

¿Cómo va nuestra vida cristiana? ¿llena de vitalidad o tibia y mediocre? ¿somos de los que el autor de las cartas alaba porque "no se han manchado la ropa" por la corrupción de este mundo y han vencido? ¿o bien tendríamos que incluirnos en las quejas de Jesús, porque "tenemos nombre como de quien vive, pero estamos muertos", porque "no somos fríos ni calientes" y, creyéndonos ricos y bien vestidos, andamos por la vida pobres y desnudos a los ojos de Dios?

Es la actitud que Jesús más fustigaba en los fariseos: a las apariencias brillantes no correspondía dentro nada sustancioso, eran sepulcros muy adornados por fuera y por dentro llenos de corrupción. Tomemos en serio, en vísperas del Adviento, las recomendaciones del Apocalipsis: "acuérdate de cómo recibiste y oíste mi palabra, y guárdala y arrepiéntete", "sé ferviente y conviértete".

En el momento de participar en la Eucaristía, reconozcamos la voz de Jesús: "estoy a la puerta llamando; si alguien oye y me abre, entraré y comeremos juntos". Si lo hacemos así, nos incorporará al cortejo de los que participan de su victoria: "a los vencedores los sentaré en mi trono, junto a mí".

2. Lucas 19,1-10

a) Lucas es el único evangelista que nos cuenta la famosa escena de la conversión de Zaqueo. Es, en verdad, el evangelista de la misericordia y del perdón.

Como publicano -recaudador de impuestos, y además para la potencia ocupante, los romanos-, Zaqueo era despreciado y sus negocios debieron ser un tanto dudosos ("si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más"). Pero Jesús, con elegancia, se hace invitar a su casa y consigue lo que quería, lo que había venido a hacer a este mundo: "hoy ha sido la salvación de esta casa, porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido". Los demás excomulgan a Zaqueo. Jesús va a comer con él.

La de cosas que sucedieron en aquella sobremesa. Si ayer Jesús devolvió la vista a un ciego, hoy devuelve la paz a una persona de vida complicada.

b) ¿Cómo actuamos nosotros en casos semejantes? ¿como Jesús, que no tiene inconveniente en ir a comer a casa de Zaqueo, o como los fariseos, que murmuraban porque "ha entrado en casa de un pecador"?

Deberíamos ser capaces de conceder un margen de confianza a todos, como hacía Jesús. Deberíamos hacer fácil la rehabilitación de las personas que han tenido momentos malos en su vida, sabiendo descubrir que, por debajo de una posible mala fama, tienen muchas veces valores interesantes. Pueden ser "pequeños de estatura", como Zaqueo, pero en su interior -¡quién lo diría!- hay el deseo de "ver a Jesús", y pueden llegar a ser auténticos "hijos de Abrahán".

¿Nos alegramos del acercamiento de los alejados? ¿tenemos corazón de buen pastor, que celebra la vuelta de la oveja o del hijo pródigo? ¿o nos encastillamos en la justicia, como el hermano mayor o como los fariseos, intransigentes ante las faltas de los demás? Si Jesús, nuestro Maestro, vino "a buscar y a salvar lo que estaba perdido", ¿quiénes somos nosotros para desesperar de nadie?

"Hoy voy a comer en tu casa". "Hoy ha sido la salvación de esta casa". Cada vez que celebramos la Eucaristía, que es algo más que recibir la visita del Señor, debería notarse que ha entrado la alegría en nuestra vida y que cambia nuestra actitud con los demás.

"Terminó su vida, dejando a todos un ejemplo memorable de heroísmo y de virtud" (1ª lectura I)

"Si alguien oye y me abre, entraré y comeremos juntos" (1ª lectura II)

"El Hijo ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido" (evangelio)

J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 6
Tiempo Ordinario. Semanas 22-34
Barcelona 1997. Págs. 295-298


3-3. ZAQUEO

Ap 3, 1-6.14-22: Recuerda la enseñanza que has recibido: síguela y vuelve a Dios

/Lc/19/01-10: Dar los bienes a los pobres

Jericó era el primer bastión de la tierra prometida. Era el símbolo de las luchas de Israel. Allí, se encuentra Jesús a Zaqueo. Este hombre estaba encogido por los prejuicios de la gente que lo marginaba y lo minusvaloraba. Dirigía el grupo de cobradores de impuestos de la comarca. Oficio que era sumamente despreciado en medio del pueblo, debido a los malos manejos y la corrupción de los cobradores de impuestos. Oficio que era criticado por los fariseos porque los publicanos estaban en permanente contacto con los extranjeros (impuros) y con monedas profanas.

La multitud que lo desprecia le impide a Zaqueo ver a Jesús. No tiene otra opción que treparse en una higuera, pero de todos modos queda alejado del Maestro. Ya sea por el menosprecio de la gente o por el lugar que ha escalado (riqueza), Zaqueo no puede romper el cerco que lo sujeta. Jesús se percata de la situación y lo llama para que lo hospede.

La decisión de quedarse en la casa del Jefe de los publicanos provocó las más agrias reacciones. Todos los que se creen Israelitas santos y puros no dieron crédito a su ojos: ¡un profeta y maestro duerme en la casa del mayor de los pecadores!.

Zaqueo toma nuevamente la iniciativa y ante las críticas de los demás no trata de justificarse, sino que se compromete a enmendar su praxis. Reconoce que se ha enriquecido con la pobreza ajena, por eso decide devolver lo que ha conseguido legal pero injustamente. Sus bienes irán a parar a las manos de los pobres, de donde originalmente salieron.

El desapego que Jesús ha motivado en Zaqueo respecto a las riquezas no es un asunto puramente psicológico: Zaqueo ha decidido liberarse de sus riquezas entregándolas a quien no se las puede devolver. El publicano ha realizado por iniciativa propia aquello que no pudo realizar el joven piadoso: entregar todos sus bienes y seguir a Jesús con alegría.

SERVICIO BIBLICO LATINOAMERICANO


3-4. CLARETIANOS 2002

Continuamos escuchando al Espíritu que habla a las Iglesias, a la Iglesia. Un Espíritu exigente. Un Espíritu que invita a andar en verdad. A vivir en vela. A vivir preparados. A vivir del lado de la victoria. Pero un Espíritu exigente que respeta y no impone su presencia: "Estoy a la puerta llamando: si alguien oye y me abre, entraré..." ¡Qué difícil es quedarse a la puerta llamando! ¿Verdad? ¡Cómo nos gusta entrar sin llamar, irrumpir con fuerza para que los otros descubran la verdad! ¿O "mi" verdad? ¡Qué difícil es oír al Espíritu que llama suavemente! ¡Ojalá gritara con más vehemencia...!

Sin embargo, el Espíritu es de otra naturaleza. Sabio, prudente, paciente, se queda a la puerta, llamando. Si alguien percibe su susurro, abrirá la puerta y el Espíritu entrará y comerán juntos.

Jesús llamó a la puerta de Zaqueo y él oyó-subió-abrió, con el esfuerzo que supone querer oír, alzarse y abrir. Jesús entró y comieron juntos. Y la salvación iluminó la casa de un pecador que deseaba oír-ver, quería levantarse y anhelaba abrir la puerta. La salvación entró en casa de alguien que, sabiéndose necesitado de ella, aguzó el oído.

La necesidad siempre espabila el sentido de aquello que más se necesita. Por eso creo que es bueno que nos reconozcamos necesitados, de cuando en cuando. Que repasemos nuestra lista de carencias. Que nos demos cuenta de ellas. Que las coloquemos por orden de importancia. Que descubramos si nos sentimos pecadores con oído fino, para abrir la puerta al Espíritu, dejar que Jesús coma con nosotros y recibir la salvación en nuestra casa.

Amigos, amigas, que no seamos consumidores inconscientes de salvación, como si fuera un bien perecedero de fácil almacenaje.

Él sigue a la puerta llamando... ¿O ya está dentro?

Luis Ángel de las Heras, cmf (luisangelcmf@yahoo.es)


3-5. 2001

COMENTARIO 1

ZAQUEO, EL ARCHIRRECAUDADOR DE IMPUESTOS,
BLANCO DE TODOS LOS DESPRECIOS

En el marco de una sociedad teocrática como la de Israel, invadida por una nación extranjera y obligada a pagar pesadísi­mos impuestos de guerra, la figura del «recaudador», aunque fuese de nacionalidad judía, era el símbolo del renegado y mer­cenario al servicio del poder despótico de Roma. Zaqueo, nom­bre propio, señal de realismo histórico, presentado como «jefe de recaudadores de impuestos» y «rico» (19,2), polariza en su persona todas las iras de la sociedad israelita, puesto que se había enriquecido a costa de la miseria del pueblo sometido. Por eso se recalca que «era bajo de estatura»: no tenía la altura adecuada para poder ver a Jesús. Con todo, «quería ver quién era Jesús, pero no podía hacerlo a causa de la multitud» (19,3). Un «ver» parecido se había constatado a propósito de Herodes (9,9, cf. 23,8). Pero, a diferencia de Herodes, no espera a que se lo traigan, sino que «se adelantó corriendo (forma semítica de ex­presar las ganas de realizar algo), se subió a una higuera (símbolo de Israel, del que había sido excomulgado), para verlo (la repe­tición del tema subraya el interés y la finalidad), porque Jesús iba a pasar por allí» (19,4). Con una serie de rasgos, Lucas nos ha descrito la calidad del personaje y sus intenciones.



LA «TRAICION» DE RAAB, LA PROSTITUTA /

DE ZAQUEO, EL ARCHIRRECAUDADOR

Para interpretar esta escena nos hemos de guiar por el pasaje de Josué 6, según la versión griega de los Setenta. Raab, la prostituta, y Zaqueo, el archirrecaudador, son figura (femenina y masculina) del hombre marginado por una determinada socie­dad. Josué (en griego, «Jesús») / Jesús, al entrar en Jericó, «sal­van» respectivamente a Raab y su familia (Jos 6,17.23.25) / y a Zaqueo, en representación de todos los marginados israelitas (Lc 19,9-10). Las marcas que relacionan estos dos pasajes son muy indicativas, pero difíciles de traducir a nuestras categorías. Raab dio alojamiento a los emisarios/espías de Josué, y salvó así su vida y la de toda su familia; Zaqueo dará acogida a Jesús. Uno y otro son considerados traidores por sus respectivas sociedades. La «traición» de Zaqueo recaerá sobre Jesús, como veremos en seguida, y se volverá contra él en la traición de Judas, «uno de los Doce», que encarna - como indica su nombre: «Judas/ju­daísmo» - los valores nacionales del pueblo judío (22,3s).



ZAQUEO, QUE SE ENCARAMA AL TEMPLO, ENCUENTRA LA SALVACION EN SU CASA

Lucas es un maestro en el arte de relacionar escenas. El texto prosigue: «Cuando (Jesús) llegó a aquel lugar...» (19,5a). «El lugar», con artículo (aquí lo lleva), siempre dice relación en los evangelios con el templo, el Lugar por excelencia. (Los lugares altos son siempre los emplazamientos escogidos para edificar ermitas, iglesias o templos.) Zaqueo, el excomulga­do, se ha encaramado al punto más alto de la institución religiosa, convencido de que desde allí podrá ver a Jesús, a quien él todavía identifica con lo bueno y mejor de la sociedad religiosa, de la cual se ha automarginado por intereses personales y crematísti­cos. En el libro de Josué hay una expresión que puede iluminar la presente: «El general del ejército (lit. "el archiestratega", a comparar con el "archirrecaudador") del Señor dijo a Josué: "Desátate las sandalias de tus pies, porque el lugar sobre el que te encuentras es santo" » (Jos 5,15). Pero, para Jesús, «el lugar» ya ha dejado de ser «santo». (De hecho, está subiendo a Jerusalén para enfrentarse con él.) Por eso le dice: «Zaqueo, baja en seguida (no fuera que equivocadamente se afianzase en la institución religiosa a la que se había encaramado), porque hoy (el presente salvífico) tengo que (la forma griega impersonal connota el desig­nio divino) alojarme en tu casa» (19,5). Jesús contrapone «el lugar» a «la casa»: empieza a vislumbrarse la futura «casa» de la comunidad de salvados provenientes del paganismo, de quie­nes el «archirrecaudador» es figura representativa en el Evange­lio. «El bajó en seguida (obedece puntualmente: la repetición subraya la presteza con que se aleja de la institución) y lo recibió muy contento» (19,6). La alegría es señal aquí de estar en línea con el proyecto de Dios sobre el hombre. Las caras tristes son reveladoras. La presencia de Jesús conlleva siempre alegría en la comunidad que lo acoge.



CRÍTICA DE LOS INSTALADOS AL PROYECTO LIBERADOR DE JESUS

La historia -por lo visto- se repite. «Al ver aquello, todos se pusieron a criticarlo diciendo: "¡Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador!"» (19,7). El hombre no les importa; lo que les importa es que sea un descreído (hoy diríamos un ateo) y que Jesús haya entrado en contacto con él: se ha convertido en impuro porque, en el diálogo con él, se ha imbuido de sus categorías y manera de pensar. No es la primera vez que se lo echan en cara, sino la tercera (cf. 5,30, caso de Leví, y 15,2, cuando «se le iban acercando todos los recaudadores y descreí­dos»). Y a la tercera... Lo que es muy indicativo es que aquí se diga con énfasis que sean «todos» los que se ponen a censurar a Jesús: la primera vez los criticadores eran los fariseos y sus letrados/teólogos del sistema, y el reproche lo dirigían a los discípulos de Jesús con idénticas censuras (5,30); la segunda eran «tanto los fariseos como los letrados» los que censuraban, y el reproche iba dirigido indirectamente a Jesús: «Este (despec­tivo) acoge a los pecadores (descreídos) y come con ellos» (15,2); la tercera, en cambio, son «todos», sin más precisiones.

¿Quiénes son esos «todos»? Evidentemente que detrás se ocultan los defensores acérrimos del sistema. Pero ¿y los discípu­los? ¿Acaso también éstos se habrían dejado imbuir por el siste­ma, haciendo frente común con ellos contra el archienemigo de la patria? Es muy posible, ya que Lucas, en realidad, ha hecho entrar en Jericó solamente a Jesús. (Los demás, por lo que se ve, ya estaban allí.) La crítica que les dirigieron al principio (5,30) habría hecho mella en ellos finalmente. Dentro de ese tríptico imaginario, los relatos de Leví y Zaqueo constituirían las tablillas laterales, mientras que en el centro se encontrarían «todos los recaudadores y descreídos», que habrían dado pie a la parábola central (véase 15,3: «Entonces les expuso esta pará­bola», en singular, a saber: las analogías de la oveja perdida y de la moneda o dracma perdida y la parábola propiamente dicha de los dos hijos, el joven/pródigo y el mayor/esquivo). Así todo quedaba atado y bien atado.



LA RAZON DE SER DE LA QUINTA COLUMNA

Ya hemos visto antes que Raab y Zaqueo son personajes paralelos: la mujer representaba la quinta columna dentro del territorio del enemigo, puesto que ayudó a Israel a conquistar la ciudad; aquí es Zaqueo. Ahora veremos cuál es la contribución que presta a Jesús, el nuevo Josué, en la «conquista» de la socie­dad: «Zaqueo se puso en pie y, dirigiéndose al Señor, le dijo: "He aquí que la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres, y si he estafado algo a alguien, se lo restituiré cuatro veces"» (19,8). La decisión de Zaqueo sobrepasa con mucho lo que estaba prescrito en el Levítico (véase Lv 5,20-26) para repa­rar un fraude. Cumple de sobra lo que Juan Bautista exigía a los recaudadores que se le acercaban para bautizarse: «No exijáis más de lo que tenéis establecido» (Lc 3,12-13). Zaqueo está dispuesto a luchar por una sociedad más justa, él que era el símbolo personificado de toda injusticia. En el fondo, esto no gusta a los teólogos del sistema judío, porque, a la larga, si no a rascarse el bolsillo, a lo que no están dispuestos, se verán obligados a recoger velas, en la medida en que se les escape el poder de las manos, cifrado como siempre en el dinero. La quinta columna es, pues, el super-rico que, en lugar de venderse por dinero, como había hecho hasta entonces (se entiende que se le compare con la prostituta), está dispuesto a servirse del injusto dinero para ganarse a los pobres. Dentro de la fortaleza de los ricos, que tienen sus bancos a manera de torre de home­naje... al dios Dinero, y su apartheid amurallado, a fin de no oír el clamor de los miserables, bien aconsejados por sus propios predicadores moralizantes, se ha abierto una brecha, que a la larga destruirá el sistema. Entre tanto, demos vueltas y más vuel­tas y toquemos trompetas, pues, desde el sistema, hay quienes promueven la justicia y están a punto de entregarnos la ciudad.



TODOS LOS QUE PROMUEVEN LA JUSTICIA ESTAN SALVADOS

Jesús le contestó: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también él es hijo de Abrahán» (19,9). Jesús no le propone renunciar a todos sus bienes ni lo invita a seguirlo para hacerse discípulo suyo, como había hecho con el recaudador Leví (5,27) y con el magistrado rico (18,22). Por un lado, se subraya nueva­mente (repetición de la palabra «hoy») que la salvación ya es un hecho en esta comunidad humana representada por Zaqueo; por otro, es restituido al linaje universal de Abrahán, del cual había sido excluido. Una nueva paradoja: ahora resulta que los exclui­dos/sometidos a la institución (Zaqueo/la mujer encorvada) son «hijo»/«hija de Abrahán» (19,9/13,16), mientras que los que alardeaban de «tener por padre a Abrahán» (3,8a), tuvieron que escuchar de boca de Juan Bautista: «Os digo que de estas piedras Dios es capaz de sacarle hijos a Abrahán» (3,8b). Las «piedras» deben ser aquellos a quienes ellos, los seguros y observantes, tienen por pecadores/descreídos, encorvados/sometidos a su al­bedrío. La reintegración de Zaqueo a la casa de Israel recuerda de cerca la conclusión de la escena de Raab: «Josué perdonó la vida a Raab, la prostituta, y a toda su familia paterna, y vivió en medio de Israel hasta el día de hoy» (Jos 6,25).

La última frase: «Porque el Hombre ha venido a buscar lo que estaba perdido y a salvarlo» (19,10), es la clave que traba el tríptico imaginario antes citado. De hecho, en términos equi­valentes, la encontramos en las tres tablillas (Leví: 5,32; centro: 15,7.10.24.32; Zaqueo: 19,10). Ahora bien: mientras que Leví fue invitado por Jesús a integrarse en su comunidad, la comuni­dad del reino, y Zaqueo ha sido reintegrado a la casa de Israel, de los recaudadores y descreídos que se acercaban en masa a Jesús en el centro de ese tríptico no se dice explícitamente ni una cosa ni otra. Es cierto que la parábola y las dos analogías que la preceden hablan de un encuentro/retorno de lo que estaba muerto/perdido, pero Lucas deja abierto, intencionadamente, el relato. Será en el libro de los Hechos donde retomará la temática de ese relato central, con el fin de ejemplarizar con nombres y apellidos la entrada /encuentro/retorno de los paganos a la comu­nidad cristiana, lo que provocará -como era de esperar y, des­graciadamente, habrá que seguir esperando- la reacción fanáti­ca de los que se tienen por justos/puros/observantes (cf. Hch 11,2s; 15,1.5).

Jesús, el Hombre, viene a buscar al hombre con el fin de salvarlo de la situación de autodestrucción en que él mismo se había sumergido, después de que haya experimentado en su propia carne la marginación a que lo ha conducido la falsa escala de valores de la sociedad.


COMENTARIO 2

El encuentro de Jesús y Zaqueo ponen de manifiesto dos comportamientos diversos, pero complementarios. En las acciones de Jesús se pone de manifiesto el carácter universal de la misericordia divina, en las acciones de Zaqueo se revela el camino de una sincera voluntad de conversión y sus consecuencias.

Las búsquedas de Zaqueo lo conducen a Jesús, superando todos los obstáculos que se le presentan en su camino. Soluciona su falta de estatura encaramándose a un sicomoro, y posteriormente lleno de alegría responde con prontitud al pedido de hospitalidad que le hace Jesús y, sobre todo, demuestra la sinceridad de aquellas búsquedas dando muestras de una generosidad que supera las formas corrientes.

Esta generosidad que le lleva a compartir sus bienes muestra hasta que punto está él decidido a participar en el misterio de comunión. Zaqueo ha comprendido que la integración a ese misterio debe transparentarse en todos los ordenes de la existencia, incluso en el económico. Su fe toma la forma concreta de acciones solidararias en este último campo.

Las acciones de Jesús se dirigen a poner de manifiesto el carácter ilimitado de la misericordia. Superando los prejuicios de impureza, comparte la vida con un jefe de los recaudadores de impuestos. La crítica dirigida a su actitud se convierte en ocasión para subrayar el significado del "Hoy" salvífico de Dios.

Los que se creía que estaban en una situación al margen de la realidad salvífica encuentran en Jesús la posibilidad de la participación en la gracia divina y de ese modo pueden integrarse plenamente en las promesas hechas a Abraham, el padre de todos los creyentes.

1. Josep Rius-Camps, El Éxodo del Hombre libre. Catequesis sobre el Evangelio de Lucas, Ediciones El Almendro, Córdoba 1991

2. Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)


3-6. 2002

El caso de Zaqueo ofrece la belleza de una conversión radical, consecuente, llevada hasta sus consecuencias materiales y sociales. Con frecuencia se dice que el evangelio es "para todos", y se dice eso a veces para desvirtuar la opción por los pobres. El evangelio, efectivamente, es para todos, pero desde los pobres, y por ello, "no de igual forma para todos". La actitud de Jesús hacia Zaqueo muestra, efectivamente, que Jesús busca a todos y que a todos les predica una Noticia, pero que esa noticia resulta para unos es buena y para otros "mala" (en un primer sentido). La Noticia es la misma, y es para todos. La significación de la Noticia es distinta para unos y otros, dependiendo del "lugar social" en que esté el receptor.
La conversión de Zaqueo en el evangelio ejemplifica el camino de la conversión del rico: comienza con el deseo de conocer a Jesús de cerca; continúa cuando el rico se junta al pueblo que busca a Jesús y luego lo acoge en su casa. Y se completa cuando Zaqueo comparte sus bienes devolviendo con creces lo que robó: "doy la mitad de mis bienes a los pobres" y "restituiré cuatro veces más lo que he robado". Resultó una cena muy cara, pero realmente liberadora.

Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)


3-7. SERVICIO BÍBLICO LATINOAMERICANO

Martes 18 de noviembre de 2003
Elsa

2 Mac 6, 18-31: Martirio de Eleazar
Salmo responsorial: 3, 2-7
Lc 19, 1-10: Encuentro de Jesús con Zaqueo el publicano

El encuentro de Jesús con Zaqueo, viene después de la curación del ciego que vimos ayer (18, 41-43). El ciego limosnero no tiene nombre, el rico se llama Zaqueo. Sólo los ricos tienen un nombre propio. Zaqueo, además de rico, era jefe de publicanos. El publicano era un funcionario de aduanas y normalmente era ladrón y por eso rico. Zaqueo quiere VER a Jesús. Esto se dice dos veces. En este ver, no hay sólo curiosidad, sino ya una búsqueda incipiente de fe. Jesús sin embargo es el que toma la iniciativa en este encuentro con Zaqueo: él levanta la vista para ver a Zaqueo y luego él le anuncia que se hospedará su casa, lo que es un escándalo para los que siguen a Jesús. Un profeta, un Mesías, un hombre santo como Jesús no puede entrar en casa de un ladrón-pecador. Pero Jesús rompe las leyes y costumbres dominantes, cuando se trata de encontrar a alguien. El encuentro es mas importante que la ley. En la búsqueda del pecador, es 'lícito' transgredir la ley. La vida es más importante que la ley.

Tres veces se menciona la 'casa' de Zaqueo (vv. 5. 7 Y 9). La salvación llega a la 'casa', no sólo a una persona individual. En los Hechos de los Apóstoles siempre se dice que la salvación llega a tal persona 'y toda su casa'. La casa (oikos) es la estructura básica de la ciudad. El Evangelio se encarna en estructuras y en las personas que allí habitan.

Zaqueo, como funcionario que es, expresa su conversión de una manera pragmática: dará la mitad de sus bienes a los pobres y devolverá el cuádruplo a aquellos a quienes defraudó. Zaqueo cumple lo que exige la ley, pero con creces. En Lc 5, 27-28 tenemos otro publicano, llamado Leví, a quien Jesús le dice "sígueme". En ese caso: "El, dejándolo todo, se levantó y le siguió". Zaqueo no es tan generoso como Leví. Pero Leví se transforma en el acto en discípulo de Jesús y Zaqueo no. Al joven rico, a quien Jesús llama para ser discípulo, también la exigencia es total: "Todo cuanto tienes véndelo y repártelo entre los pobres… luego ven y sígueme" (18, 22). A Zaqueo Jesús sólo le dice: "Hoy la salvación ha llegado a esta casa". Jesús responde a aquellos que se escandalizan porque ha entrado en casa de un publicano pecador, argumentando que también Zaqueo es hijo de Abraham y que Jesús ha venido a salvar lo que estaba perdido.


3-8. DOMINICOS 2003

El Señor me sostiene en el peligro

Señor, ¡cuántos son mis enemigos, cuántos se levantan contra mí, diciendo“ya no lo protege Dios”!
Pero tú, Señor, eres mi escudo y mi gloria (Sal 3)

Hoy en la liturgia pasamos del primero al segundo libro de los Macabeos. La escena que se nos ofrece, impresionante, se mueve en el contexto de la fidelidad a Dios por parte de Eleazar, un maestro de la ley en Israel.

En un contexto general de impiedad, desolación, ruina espiritual del templo, la conciencia y la ley exigían a Eleazar, verdadero israelita, que no comiera carnes impuras, como la del cerdo (según tradición). Obrar de otra forma suponía infidelidad, y él estaba dispuesto a ofrendar su vida antes que prevaricar.

Pensemos lo que pensemos de esa u otras tradiciones sobre carnes puras e impuras, la lección del libro y de la liturgia es encarecer la fidelidad, según la conciencia del creyente. Desde ese ángulo de visión, Eleazar bien merece nuestro respeto y admiración.


Palabra en boca de maestros
Segundo libro de los Macabeos 6, 18-31:
“En aquellos días, Eleazar era uno de los principales maestros de la ley, hombre de edad avanzada y semblante muy digno.

Le abrían la boca a la fuerza para que comiera carne de cerdo. Pero él, prefiriendo una muerte honrosa a una vida de infamia, escupió la carne y avanzó voluntariamente al suplicio, como deben hacer los que son constantes en rechazar manjares prohibidos, aun a costa de la vida...

Algunos de los encargados, viejos amigos, movidos a compasión, le llevaron aparte y le propusieron que hiciera traer carne permitida... y que la comiera como si fuera carne del sacrificio... Pero él respondió: ¡Enviadme al sepulcro! No es digno de mi edad ese engaño... Dicho eso, se fue en seguida al suplicio...”

El valor religioso que Eleazar da a los alimentos puede leerse de formas distintas por nosotros; pero la enseñanza que se contiene en la narración es una lección de fidelidad impresionante, según su conciencia.

Evangelio según san Lucas 19, 1-10 :
“Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía... Subió a una higuera para verlo pasar... Jesús, al llegar a aquel lugar, levantó los ojos y le dijo: Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa... Zaqueo lo recibió muy contento.... Estando a la mesa, durante la cena, se puso en pie, y dijo: Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituyo cuatro veces más. Jesús le contestó: hoy ha sido la salvación de esta casa...”

Nuevamente el relato evangélico es bálsamo que da aroma, y cura. Jesús busca a espíritus que se le abran para poder llenarlos de gracia, de amor y de perdón. Hoy su corazón se alegra en la alegría de la conversión de Zaqueo.


Momento de reflexión
Aguanto en mi cuerpo los dolores de la flagelación.
Estas palabras corresponden a Eleazar, el testigo fiel de Yhavé y firme seguidor de la Ley. Es inútil que ataquen a su fortaleza los amigos más íntimos, diciéndole: come, sacrifica a los dioses...

“No es digno de mi edad ese engaño, –les dice–. ¡Enviadme al sepulcro! Van a creer los jóvenes que Eleazar a los noventa años ha apostatado”.

Vista su entereza de ánimo, los jueces y acusadores cambian la violencia por la suavidad y le ofrecen compasión y ayuda.

Pero él no cede: “Bien sabe el Señor, dueño de la ciencia santa, que, pudiendo librarme de la muerte, aguanto en mi cuerpo los crueles dolores de la flagelación, y que en mi alma sufro con gusto por temor de él”.

Zaqueo, baja; he de comer en tu casa.
La escena evangélica de Jericó es admirable, es de otro mundo, desde cualquier ángulo en que se la quiera mirar. Veamos algunos aspectos de la misma:

Es admirable en cuanto que describe un momento de la itinerancia de Jesús, con su público numeroso , y admirable en cuanto que descubre que la conciencia de Zaqueo está viva, inquieta, tocada por lo que ha oído contar -sin conocerle- de la vida y obras de Jesús.

Es admirable en la intensidad -quizá de admiración, inicio de amor- con que Zaqueo se empeña en ver el rostro de Jesús.

Es admirable en la delicadeza de Jesús: no le importa pronunciar públicamente el nombre del jefe de publicados-pecadores-impostores, aunque le tachen de infiel, porque ha percibido la herida de su corazón abierto.

Es admirable en los gestos de Zaqueo, arrepintiéndose y abriendo la bolsa de sus caudales; admirable en el gesto de Jesús, diciendo que a Zaqueo llegó la salvación; y admirable en los adversarios que se duelen de todo lo que ven.

¡Cuán diferentes son los sentimientos y la actitud de cada uno ante la Verdad!


3-9. CLARETIANOS 2003

Queridos amigos y amigas:

La palabra de Dios es viva y eficaz en las palabras humanas de la Escritura. Es fuente de vida y alimento de nuestro espíritu. Nos llama a prestarle toda nuestra atención y escucha.

El encuentro de Jesús con Zaqueo constituye un relato de conversión. Jesús toma la iniciativa. Es el que alza la vista y le pide a Zaqueo que baje del árbol porque “debe” hospedarse en su casa. Resulta una iniciativa escandalosa, provocadora. Entre tanta gente se va a fijar precisamente en él. Y Jesús se hospeda en casa de un superpecador, rechazado y odiado por el pueblo, colaborador de los romanos. Jesús declara que su presencia trae la salvación a la casa del publicano. Afirma: Hoy ha llegado la salvación a esta casa.

Zaqueo viene presentado como un hombre de baja estatura, jefe de publicanos, rico. Pero tiene curiosidad por ver y conocer al profeta que pasa. Y no se queda quieto. Busca la forma de conocerlo. Lo hace con ingenuidad: se encarama a un árbol. Ante la palabra de Jesús, Zaqueo se apresura a bajar. Y lo recibe con alegría. Y se convierte. Y restituye.

El encuentro con Jesús es encuentro de conversión. La práctica de Jesús rompe la separación social y cultual entre justos y pecadores; recrea la comunión entre las personas sobre otras bases. El amor liberador y salvador del Padre es para todos.

Vuestro hermano en la fe.

Bonifacio Fernández cmf. (boni@planalfa.es)


3-10. 2003

LECTURAS: 2MAC 6, 18-31; SAL 3; LC 19, 1-10

2Mac. 6, 18-31. Un auténtico maestro de la Ley, si es sincero y congruente con lo que enseña, no puede actuar en contra de aquello que trata de infundir en quienes está formando; mucho menos puede simular hacer algo ni bueno ni malo, pues al ser descubierto será ocasión de descrédito y de burla de los demás. Eleazar, conducido al sacrificio por su fidelidad a Dios, se convierte en ejemplo para quienes aceptan seguir al Señor con todas las consecuencias que le vengan por ello. Jesucristo, nuestro Maestro, nos ha enseñado lo que es el compromiso de fidelidad a la Voluntad del Padre Dios; fidelidad que brota del amor, el cual lleva a su plenitud nuestra respuesta a Dios y nuestro compromiso con el prójimo. Quienes creemos en Él no podemos torcer sus caminos, ni podemos enseñar cosas que nos beneficien a costa de mal utilizar nuestra fe y el anuncio del Evangelio. Jamás podemos hacer acomodos o relecturas de la Palabra de Dios que nos dejen bien parados con los hombres, pero traicionando la raíz del Evangelio que nos ha sido confiado. Si en verdad queremos ser testigos de Cristo debemos aceptar todo, incluso la muerte, que tengamos que arrostrar por ir tras las huellas del Señor hasta donde Él vive y Reina sentado a la derecha del Padre Dios.

Sal. 3. No caminamos hacia la muerte, sino hacia la vida, y Vida Eterna. Ese es nuestro destino, la vocación que de Dios hemos recibido. Dios, para quienes creemos en Él y le somos fieles y sinceros, se convierte en nuestro escudo, nuestra gloria y nuestra victoria. Él siempre está con nosotros; y con Él a nuestro lado ¿a quién tendremos miedo? Aun cuando al terminar nuestra peregrinación por este mundo tengamos que acostarnos, dormiremos en paz hasta que el Señor nos despierte para estar eternamente con Él. Por eso, no sólo oremos, sino que también trabajemos con amor fiel, construyendo su Reino entre nosotros. Y no sólo construyamos su Reino; también oremos para que el Señor sea quien guíe nuestros pensamientos, palabras y obras. Entonces podremos decir que en verdad somos esos siervos buenos y fieles, que no trabajan conforme a sus propios planes e imaginaciones, sino conforme a la voluntad que Dios tiene sobre la humanidad.

Lc. 19, 1-10. En una humanidad deteriorada por el pecado, el hombre empequeñecido por su propia miseria, busca incluso superarse a sí mismo y llegar hasta donde Dios habita. Tal vez nos pase lo mismo que a aquellos hombres que trataron de construir una torre tan alta que tocara al mismo cielo para ver a Dios. Zaqueo, hombre de baja estatura, se sube a un árbol para ver a Jesús cuando pasara por ahí. Pero Dios sabe que le buscamos; y cuando está junto a nosotros nos mira siempre con gran amor, pues Él es nuestro Padre y no enemigo a la puerta. Y a Zaqueo se le concederá no sólo ver y conocer a Jesús, sino la salvación que nos viene del Enviado del Padre Misericordioso. Y la salvación es iniciativa de Dios hacia nosotros: Baja en seguida, pues hoy tengo que hospedarme en tu casa. Sólo cuando Dios hace su morada en nosotros llegará su Luz, y a la luz de su encuentro con nosotros podremos reconocer que nuestros criterios de acción están muy lejos de Él. Entonces, si en verdad queremos que Él habite en nosotros y se quede para siempre, iniciaremos un proceso de amor servicial hacia nuestro prójimo, amándole como Cristo nos ha amado a nosotros.

A esta Eucaristía el Señor nos ha convocado para sentarnos a su Mesa. Veamos de qué manjares nos alimenta, pues tendremos que preparar algo semejante para Él. Él nos manifiesta su amor hasta el extremo de entregar su vida por nosotros, tanto para que nuestros pecados sean perdonados, como para que recibamos su Vida y su Espíritu. Él espera de nosotros un amor de totalidad; amor que nos lleve a venderlo todo y a repartir nuestros bienes entre los pobres para ir, desembarazados de todo lo que nos impide caminar, tras las huellas de Cristo, hasta la posesión de su Gloria junto al Padre. El Señor quiere entrar en comunión de vida con nosotros. Nos pide bajarnos de nuestras seguridades pasajeras; nos pide que no sólo lo veamos pasar, sino que lo hospedemos en nuestro corazón. Él quiere que, así como el Padre y Él son uno, así, nosotros y Él, seamos uno. Entonces, quien contemple nuestra vida, estará viendo a Dios como en un espejo, no por obra nuestra, sino por la obra de salvación que el Señor realiza en nosotros.

Quienes participamos de esta Eucaristía tenemos la vocación de manifestar la presencia amorosa y misericordiosa de Dios, para cuantos nos traten. No podemos pasar de largo ante las pobrezas de quienes viven con menos oportunidades que nosotros a causa de su raza, de su condición social, de su edad, o por haber sido desplazados de sus fuentes de trabajo. Si somos en verdad hombres de fe debemos poner los pies sobre la tierra y no quedarnos contemplando a quienes pasan junto a nosotros reclamando un poco de alimento, de vestido o de justicia social. Les hemos de hospedar no tanto en nuestra cabeza en un sin fin de estadísticas acerca de la pobreza, de la injusticia y del dolor causado por la violencia. Les hemos de hospedar en nuestro corazón, dispuestos a regalarles lo que poseemos para que vivan con mayor dignidad. Entonces no nos quedaremos en una fe intimista, sino en una fe que se traduce en obras. Sin embargo no podemos decir que hemos cumplido con nuestra misión de fe en Cristo, cuando nos hemos desprendido de lo nuestro a favor de los demás. Más allá del socorrer a los pobres, hemos de llegar hasta la comunicación a, todos los hombres, de la salvación que procede de Dios. Pues la Iglesia no sólo se preocupa de tener un amor preferencial por los pobres, sino de conducir a todos los hombres a un encuentro personal con Cristo, para alcanzar en Él el perdón de los pecados y la salvación eterna, iniciada ya desde esta vida.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir con fidelidad nuestro amor a Cristo, manifestándolo en el amor fraterno, que nos haga ser misericordiosos con todos, como el Señor lo ha sido para con nosotros; así no perderemos de vista la posesión definitiva de los bienes eternos que Dios ofrece a quienes viven como hijos suyos. Amén.

www.homiliacatolica.com


3-11. Conversión de Zaqueo

Fuente: Catholic.net
Autor: Ignacio Sarre

Reflexión:
La escena que el Evangelio nos presenta es una evocación del misterio que ha cambiado nuestras vidas: la Encarnación. Dios que quiso venir a visitar la casa de los hombres, el mundo que Él mismo creó. Le necesitábamos, y no dudó en venir para traernos la salvación.

La historia de Zaqueo se repite cada día. Es nuestra misma historia. Somos hombres que buscamos a Dios porque somos débiles. Una multitud que quiere ver en su vida a Cristo cerca y alberga ese profundo deseo en el corazón. Personas que, a pesar de nuestra baja estatura en el espíritu, nos atrevemos a subir a un árbol, porque a toda costa queremos encontrarnos con Él.

Y Cristo no se hace rogar. Sale al encuentro, pasa por el camino, fija su honda mirada en nuestros ojos, que brillan de ilusión. Y nos dice: “Hoy quiero quedarme en tu casa”. ¡Y nuestra alma se inunda de gozo! Hemos encontrado lo que buscábamos, la fuerza para nuestra debilidad, la paz y la felicidad para nuestras vidas.

El Señor cambia nuestras vidas. Zaqueo dio a los pobres la mitad de sus bienes. Nosotros, que también buscamos con anhelo a Cristo, saldremos transformados de ese encuentro y le daremos la totalidad de nuestro ser.


3-12.

Jesús, una muchedumbre te rodea al entrar en la ciudad de Jericó. No es para menos, pues acabas de curar a un ciego que muchos debían conocer, y ahora te sigue, alabando a Dios [Cfr. Lc 18, 43]. ¿Qué otros prodigios ibas a realizar? No se habían visto cosas tan espectaculares desde los tiempos de los grandes profetas, pensarían muchos de los que se agolpaban a tu alrededor. Tú, sin embargo, a ninguno de éstos diriges tu atención.

Mientras, ha llegado la noticia del milagro a Zaqueo, jefe de publicanos y rico. Zaqueo no se lanza a la calle a ver al profeta. Se queda unos momentos pensando y confuso: ¿quién soy yo para ver a Jesús? Mi corazón está manchado de injusticia y avaricia. Si sólo pudiera hablarle un instante y pedirle perdón... Y sale a la calle. Jesús, está a punto de pasar, pero es tal la muchedumbre que es imposible ver nada.

Y, adelantándose corriendo, subió a un sicómoro para verle. Zaqueo no se queda parado ante las dificultades, ni le importa hacer algo poco propio de una persona de su posición social: correr y subirse a un árbol para ver al Maestro. Jesús, Tú que conoces el interior de las almas no te haces esperar; y una vez más, pagas con creces insospechadas la generosidad del corazón humano: él buscaba verte, y Tú vas a hospedarte en su casa. Zaqueo bajó rápido y lo recibió con gozo.

No puede ser de otra manera. Si acudimos continuamente a ponernos en la presencia del Señor, se acrecentará nuestra confianza, al comprobar que su Amor y su llamada permanecen actuales: Dios no se cansa de amarnos. La esperanza nos demuestra que, sin Él, no logramos realizar ni el más pequeño deber; y con El, con su gracia, cicatrizarán nuestras heridas; nos revestiremos con su fortaleza para resistir los ataques del enemigo, y mejoraremos. En resumen: la conciencia de que estamos hechos de barro de botijo nos ha de servir, sobre todo, para afirmar nuestra esperanza en Cristo Jesús [Amigos de Dios, 215].

Jesús, tu presencia remueve a Zaqueo y le lleva a la conversión. Hoy ha llegado la salvación a esta casa. Todo empezó por aquel deseo de conocerte que le llevó a poner los medios que hiciera falta para verte pasar. Señor, yo también necesito que vengas a mi casa: a mi vida, a mi alma. Tengo tantas heridas que necesitan cicatrizar, tantas flaquezas que necesitan de tu fortaleza divina, tantos egoísmos que me impiden ser feliz. A veces pienso que no puedo...

¡No desesperéis nunca! Os lo diré en todos mis discursos, en todas mis conversaciones; y si me hacéis caso, sanaréis. Nuestra salvación tiene dos enemigos mortales: la presunción cuando las cosas van bien y la desesperación después de la caída; este segundo es con mucho el más terrible [San Juan Crisóstomo, Homilía sobre la penitencia].

Jesús, que la conciencia de mi poquedad y mi fragilidad no me lleve a la desconfianza ni a la desesperación. La conciencia de que estamos hechos de barro de botijo nos ha de servir, sobre todo, para afirmar nuestra esperanza en Cristo Jesús. Y si alguna vez me rompo en mil pedazos, que siempre sepa volver a Ti, especialmente a través del Sacramento de la Penitencia, dándome cuenta de que el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.

Comentario realizado por Pablo Cardona.
Fuente: Una Cita con Dios, Tomo VI, EUNSA