MIÉRCOLES DE LA SEMANA 32ª DEL TIEMPO ORDINARIO
1.- Sb 6, 2-12
1-1.
El autor del Libro de la Sabiduría se adjudica ficticiamente la personalidad del Rey Salomón. Al poner sus reflexiones en labios de ese Rey se permite dar buenos consejos a las «autoridades» de su tiempo. Lo que es siempre válido para todos los que tienen «responsabilidades».
-Oíd, oh reyes, y entended; aprended, soberanos de la tierra. Estad atentos los que gobernáis multitudes y estáis orgullosos de mandar...
Guardada toda proporción, lo que se dirá aquí es verdad para todo hombre o mujer: cada uno de nosotros tiene una parte de responsabilidad sobre uno u otro punto.
En primer lugar, una actitud de humildad: aceptar «instruirse», «oír», "atender". No considerarse perfecto.
Preocuparse de ir adquiriendo siempre una nueva competencia.
-El Señor es quien os ha dado el poder...
Las antiguas tradiciones judías veían en los reyes davídicos a los representantes de Dios... pero nunca se habían atrevido a afirmar que ¡los reyes paganos detentaban también el poder de Dios! Ya algunos profetas habían presentado a algunos jefes paganos como «instrumentos» de los que Dios podía servirse accidentalmente -Ciro, por ejemplo, en Isaías-. Aquí el autor de «La Sabiduría» va mucho mas lejos.
Toda responsabilidad viene de Dios, el cual ¡«pedirá cuentas»!
-Dios examinará vuestra conducta y escrutará vuestras intenciones.
En lugar de aplicar esto a los demás, procuro considerar mis propias responsabilidades desde este ángulo.
Ayuda, Señor, a todo hombre a responder de lo que Tú esperas. Ayúdame a «aceptar mis responsabilidades» bajo tu mirada, pensando que las decisiones que tomaré te interesan, que las examinas y que me pedirás cuenta de ellas.
Te ruego, Señor, especialmente, por todos aquellos que, en la ciudad temporal tienen responsabilidades más graves: jefes de estado, responsables económicos, jefes de partidos políticos, responsables sindicales, responsables municipales, responsables de barrio, jefes de equipo de todas clases.
Te ruego, Señor, muy especialmente por aquellos que en la Iglesia tienen responsabilidades más graves: el Papa, los Obispos, los presidentes de conferencias episcopales, los sacerdotes, los responsables de movimientos y servicios de Iglesia.
Te ruego por los responsables de ese nuevo «poder» que es la opinión pública: los periodistas, los organizadores de emisiones de radio y televisión...
-Si no habéis gobernado rectamente, ni observado la ley, ni caminado siguiendo la voluntad de Dios, terrible y repentino se presentará ante vosotros. Porque para los «dominadores» habrá un juicio implacable. Los "humildes", en efecto, merecen excusa y compasión, pero los «poderosos» serán juzgados «poderosamente» .
El autor usa aquí de la sabiduría popular que, de instinto, lo siente así.
-El Señor de todos, ante nadie retrocede; no hay grandeza que se le imponga.
Es verdad que la gran tentación de los jefes es creer que son amos absolutos y ¡que no tienen a nadie por encima de ellos!
De hecho, saben muy bien que su poder no viene ni de su «genealogía», ni de su audacia personal, ni de su «grandeza».
Dios, concebido como garantía absoluta de la rectitud de las relaciones humanas en la ciudad: todos estamos sometidos al mismo dueño imparcial y justo.
NOEL
QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 5
PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO
DE LOS AÑO IMPARES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág. 384 s.
2.- Tt 3, 1-7
2-1.
A través de las Epístolas Pastorales -a Timoteo y a Tito- vemos como Pablo instituye una jerarquía en la Iglesia: unos «episcopes», unos «presbyteros», y unos «diakonos». Son los encargados de administrar las «iglesias locales» y cuya misión esencial es la de enseñar: deben enseñar la «buena doctrina», una doctrina que lleve a unas actitudes prácticas. Escuchemos a san Pablo.
-Hijo muy querido, recuerda a los fieles que deben vivir sumisos a los dirigentes, a las autoridades, obedecerles...
Sucede a veces que se ha presentado a los primeros cristianos como a unos revolucionarios empeñados en socavar las instituciones del Imperio romano. De hecho, una verdadera revolución interior está en marcha, una renovación de la sociedad antigua...; pero esto se hará por la renovación de las mentalidades y no por la «toma del poder», o por actuaciones de carácter político.
Pablo, y ninguno de los demás apóstoles no cayeron nunca en la trampa que el mundo tiende a la Iglesia... de todo tiempo... para conducirla a un terreno estrictamente humano -una sociedad como tantas otras, un grupo de presión como los otros «partidos» de la sociedad-. Jesús había ya resistido a esa misma tentación: «dad al César lo que es del César.»
Pablo, en una fórmula equivalente, dice que hay que respetar los poderes de la sociedad civil.
-Estar disponibles para cualquier buena acción...
Para Pablo, el Estado es el encargado del «bien común».
Y los cristianos han de ser, en el mundo, unos ciudadanos ejemplares: estar dispuestos a toda buena acción.
Fórmula admirable.
¿Cómo podríamos ser testigos del "amor de Dios a los hombres" a la vez que les despreciamos o nos distanciamos, rehusando participar en los actos colectivos que nuestros hermanos organizan? En nuestros barrios, en nuestras empresas, en las escuelas, en las asociaciones de toda clase... ¿están los cristianos "disponibles"?
-No injuriar a nadie, no ser discutidores, sino benévolos, mostrándonos amables con todos los hombres...
Pablo invita a Tito a recordar continuamente esas cosas a los fieles: que los cristianos sean y se muestren buenos y conciliadores respecto de los no cristianos... -y también entre ellos, ¿por qué no?- ¡Señor, si esto fuera verdad! ¡Señor, concédenos esta gracia!
Los cristianos: seres «bienhechores»... seres «benévolos»...
¿Cómo traduciríamos, HOY, esos términos? Por... Serviciales. Generosos. Atentos. Afables. Obligados. Comprometidos en el servicio de los demás. Complacientes, amables.
Según nuestro temperamento y nuestro medio social estas palabras son «atrayentes» o «repelentes». Lo que cuenta es la actitud que suponen. Y, en cualquier grupo humano, nadie se engaña.
-Pues también nosotros fuimos, en algún tiempo, insensatos, desobedientes, aborrecibles... Pero, cuando se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador y su amor a los hombres, El nos salvó. No por actos meritorios nuestros, sino según su misericordia. Por el agua del bautismo nos regeneró, y nos renovó en el Espíritu Santo.
La gracia -la acción de Dios-, significada y otorgada en particular por el bautismo, se halla en el origen de nuestra regeneración interior, el cristiano, que era un hombre como todos, viene a ser un «ser nuevo»... El compromiso del cristiano en el mundo es una exigencia de su bautismo.
NOEL
QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 4
PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO
DE LOS AÑOS PARES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1984.Pág. 384 s.
3.- Lc 17, 11-19
3-1.
3-2.
-Yendo camino de Jerusalén, atravesó Jesús Samaría...
No olvidemos jamás ese contexto.
Jesús está en camino. Va caminando.
Es su último viaje. Va «hacia Jerusalén» donde matan a los profetas. «No conviene que un profeta muera fuera de Jerusalén» (Lucas 13, 33)
El camino de cruz, el camino de Jesús, ha comenzado desde hace ya mucho tiempo.
Contemplo a Jesús subiendo hacia Jerusalén, libremente, conscientemente, voluntariamente, sabiendo donde va.
-Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron hacia El diez leprosos. Le pararon a distancia y le gritaron...
La legislación de Moisés era rigurosa: «El leproso debe desgarrar sus vestidos, dejar los cabellos desgreñados, flotar al viento, cubrir su barba y gritar: «¡impuro!, ¡impuro!» (Levítico 13, 45)
Esos pobres entre los más pobres respetan pues la Ley: gritan a distancia. Evoco la escena.
-«¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!»
Uno de los grandes clamores de toda humanidad sufriente .
Una plegaria que repetimos, con frecuencia en la misa.
«¡Señor, piedad!»
Que no tenga yo jamás miedo de clamar al Señor, de apelar a su misericordia.
En la Biblia, la lepra es a menudo el símbolo del pecado, el mal que desfigura. No es inútil apelar a esa imagen que afecta nuestra sensibilidad, para mejor comprender lo que es el pecado, para Dios.
-Al verlos, Jesús les dijo: «Id a presentaros a los sacerdotes.» Era también la Ley (Levítico 14, 2)
De paso, es un hermoso ejemplo de sumisión de Jesús a las autoridades de su país.
Mientras iban de camino quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a voces.
Se echó, el rostro contra el suelo, a los pies de Jesús, dándole las gracias.
«Alabar a Dios a voces» «Darle gracias»
Actitud esencial del que ha sido «salvado». Actitud principal del que participa en la «eucaristía», en griego «acción de gracias»
Ayúdame, Señor, a saber reconocer tus beneficios... Ayúdame a orar con mis alegrías, mis horas felices, con las gracias que recibo de ti.
Cada noche, examinar cómo he pasado el día para darte las gracias. Ir a la eucaristía con el corazón rebosante de gozo por las maravillas de Dios. Y estar dispuesto, durante el acto litúrgico, a glorificar a Dios «de viva voz».
Me imagino al leproso curado, sus gritos de alegría, sus gestos...
-Ahora bien, era un «Samaritano»...
Un nuevo detalle a inscribir en el dossier del racismo. El hombre despreciado, la raza desdeñada... está más cerca de la verdadera Fe que el que cree estar en la buena religión.
Una vez más -según la parábola de buen samaritano, (Lucas 10, 30) Jesús pone como ejemplo a los que eran mal vistos por los judíos fieles. Algunos paganos, por sus cualidades humanas auténticas, pueden estar más cerca de Dios que algunos fieles. A través de esos hechos evangélicos, adivinamos la apertura del evangelio a naciones y países hasta aquí apartadas del pueblo de Dios.
-¿Y los otros nueve? ¿Sólo este extranjero ha vuelto para dar gracias a Dios?
Ruego por todos los «samaritanos», los extraños a nuestra fe... y también por todos los fieles que no saben alabar a Dios.
NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 2
EVANG. DE PENTECOSTES A ADVIENTO
EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág. 276 s.
3-3
1. (Año I) Sabiduría 6,2-12
a) Ya desde el principio, el libro de la Sabiduría iba dirigido sobre todo a los gobernantes: "amad la justicia, los que regís la tierra", leíamos el lunes; y hoy les dice: "oíd, reyes y entended; aprended, soberanos de los confines de la tierra". Son los que más necesitan sabiduría para tomar decisiones justas.
Se les dan unas advertencias muy claras: que "han recibido el poder del Señor" y que el juicio sobre su actuación será más exigente que para los demás: "él examinará vuestras obras y sondeará vuestras intenciones... un juicio implacable espera a los que mandan".
El salmo les encarga a los gobernantes que "protejan al desvalido y al huérfano, que hagan justicia al humilde y al necesitado". Si no lo hacen, si cometen o consienten injusticias, no escaparán del juicio de Dios: "aunque seáis dioses, moriréis como cualquier hombre; caeréis, príncipes, como uno de tantos".
b) Ante Dios, origen de todo poder, no hay autoridad ni grandeza que valga, todos somos pequeños.
También en el ambiente de una familia, de una comunidad o de la Iglesia, el que tiene autoridad debe recordar que se juzgarán sus acciones con mayor rigor. Es lo que también enseñaba Jesús, en sus parábolas sobre los criados y los administradores que esperan la vuelta de su señor: a los criados se les juzgará, pero sobre todo recibirán mayor castigo los que tienen responsabilidad, si es que se dejan llevar por sus caprichos y cometen injusticias o se emborrachan de poder y de tiranía.
A los gobernantes políticos y a los eclesiásticos, además de otros criterios de sabia administración, les va bien que les recuerden que su autoridad deriva de Dios, como dijo Jesús a Pilato: "no tendrías ninguna autoridad ni no la hubieras recibido de Dios". Y que tendrán que dar cuenta a Dios. Esto les urgirá a que vayan actuando según la sabiduría de Dios, y no por propio interés.
1. (Año II) Tito 3,1-7
a) Esta vez las recomendaciones que hace Pablo a Tito y a la comunidad de Creta se refieren a los deberes sociales.
Se tiene que notar la distinción entre el "antes" y el "después" de la conversión a la fe de Cristo. Antes, el panorama que pinta tan vivamente Pablo no es muy recomendable: éramos insensatos y obstinados, "íbamos fuera de camino", porque éramos "esclavos de pasiones y placeres de todo género" y "nos pasábamos la vida fastidiando y comidos de envidia y nos odiábamos unos a otros".
Pero ahora que creemos en Cristo Jesús debe cambiar nuestra imagen en medio de la sociedad. Por eso Tito les debe recomendar a los suyos: "que se sometan al gobierno y a las autoridades", que se dediquen "a toda forma de trabajo honrado", "sin insultar ni buscar riñas", y que sean "condescendientes y amables con todo el mundo".
b) ¿Cómo tenemos que actuar los cristianos en medio de la sociedad? Para que sea creíble nuestro testimonio, tenemos que empezar por ser intachables ciudadanos de este mundo.
Sigue siendo útil que se nos recuerde lo que tenemos que evitar: pasarnos la vida fastidiando a los demás, en medio de riñas e insultos, o comidos de envida, insoportables para nuestra familia o comunidad, odiándonos unos a otros. Todo eso es vivir según criterios de egoísmo personal, sin ninguna clase de solidaridad con los demás ni sensibilidad social, "esclavos de pasiones y placeres de todo género".
Se nos proponen metas muy concretas de convivencia humana: que nos dediquemos honradamente al trabajo, que obedezcamos las leyes sociales y a las autoridades, que seamos amables con todos, serviciales con la familia de al lado, con las personas que conviven con nosotros. Así imitaremos a Jesús, el que se entregó por todos, y será válido nuestro testimonio, porque ese lenguaje de la servicialidad lo entienden todos.
El motivo del cambio es que ha venido Jesús. Ayer decía Pablo que "ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos". Hoy lo expresa así: "ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre", y "según su misericordia nos ha salvado, con el baño del segundo nacimiento y la renovación por el Espíritu Santo". El sacramento de la iniciación cristiana baño y donación del Espíritu- es la razón profunda de nuestro cambio de estilo. Pero detrás del cambio moral está la gracia, la salvación, la bondad, el amor de Dios. No tanto unas normas impuestas bajo penas de castigo.
El salmo nos hace cantar: "tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida". Por eso debemos también nosotros repartir bondad en torno nuestro.
2. Lucas 17,11-19
a) De los diez leprosos curados, sólo uno, y extranjero, vuelve a dar gracias a Jesús.
La breve oración de los diez había sido modélica: "Jesús, maestro, ten compasión de nosotros". Pero luego nueve de ellos, se supone que judíos, no regresan. Sólo un samaritano, que era mal visto por los judíos: "los otros nueve ¿dónde están? ¿no ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?".
La lección que da Jesús va dirigida a sus paisanos: los del pueblo elegido son, a veces, los que menos saben agradecer los favores de Dios, mientras que hay extranjeros que tienen un corazón más abierto a la fe.
b) Nosotros empezamos nuestra celebración eucarística con una súplica parecida a la de los leprosos: "Señor, ten piedad". Y hacemos bien, porque somos débiles y pecadores, y sufrimos diversas clases de lepra. La oración de súplica nos sale bastante espontánea.
Pero ¿sabemos también rezar y cantar dando gracias? Los varios himnos de alabanza en la misa -el Gloria, el Santo- y tantos salmos de alegría y acción de gracias, ¿nos salen desde dentro, reconociendo los signos de amor con que Dios nos ha enriquecido? ¿sólo sabemos pedir, o también admirar y agradecer?
Hay personas que nos parecen alejadas y que nos dan lecciones, porque saben reconocer la cercanía de Dios, mientras que nosotros, tal vez por la familiaridad y la rutina de los sacramentos -por ejemplo del perdón que Dios nos concede en la Reconciliación- no sabemos asombrarnos y alegrarnos de la curación que Jesús nos concede.
Debemos cultivar en nosotros un corazón que sepa agradecer, a las personas que nos rodean y que seguramente nos llenan de sus favores, y sobre todo a Dios.
"Desead mis palabras, ansiadlas, que ellas os instruirán" (1ª lectura I)
"Sin insultar ni buscar riñas, sean amables con todo el mundo" (1ª lectura II)
"¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?" (evangelio)
J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 6
Tiempo Ordinario. Semanas 22-34
Barcelona 1997. Págs. 274-277
3-4.
Tit 3, 1-7: Dios nos salva por pura misericordia
Lc 17, 11-19: El hombre agradecido retorna a su Señor
Los leprosos eran en la época de Jesús los seres más despreciables. Estaban proscritos y permanecían completamente aislados. Vivían en cavernas a las orillas de los camino y comían lo que los peregrinos le arrojaban. Eran considerados impuros y no aptos para vivir en sociedad. No se podían acercar a nadie, bajo riesgo de morir si incumplían las prescripciones. Prácticamente, no eran considerados seres humanos.
Jesús permite que un grupo de leprosos se le acerque. Rompe con este gesto la mentalidad segregacionista que divide el mundo en puros e impuros, sacros y profanos. Jesús afronta solo la escena. Los discípulos se ausentan ante tamaño grupo de leprosos proscritos. La petición de los leprosos es simple: haz algo por nosotros. Jesús los remite a los sacerdotes, que era la institución encargada de decidir quién es puro y quién impuro. De camino, todos quedan curados, pero únicamente uno se regresa.
El leproso que retorna a Jesús sabe que quien le ha dado la sanación vale más que la institución a la que ha sido remitido. Reconoce a Jesús por encima de otras instancias de Israel. El leproso entiende que Jesús lo ha reintegrado a la comunidad humano, no importando que como leproso y extranjero fuera un doble marginado. Frente a Jesús se postra y reconoce al hombre de Galilea que ha sido su redentor.
Jesús en seguida encara a la aldea por su actitud: solamente el leproso extranjero ha mostrado tener una fe verdadera. Unicamente el que ha regresado reconoce que en medio del pueblo, Dios ha puesto una instancia superior. La fe del hombre enfermo y marginado es la que le permite ser completamente redimido. Los otros nueve han corrido detrás de sus opresores, sólo el extranjero se ha puesto a los pies de su Liberador.
SERVICIO BIBLICO LATINOAMERICANO
3-5. CLARETIANOS 2002
El autor de la carta a Tito está obsesionado con el centro de la fe. En el fragmento de hoy repite casi literalmente la frase cumbre de ayer: "Ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre, no por las obras de justicia que hayamos hecho nosotros, sino que según su propia misericordia nos ha salvado". Desde esta novedad podemos encontrar pistas para orientar nuestra vida presente, incluyendo la relación que debemos mantener con las autoridades. El criterio que aquí se nos ofrece es de respeto y acatamiento: "Recuérdales que se sometan al gobierno y a las autoridades". Al principio, los cristianos procuraron presentar la fe como compatible con la lealtad a la autoridad imperial romana. Esta es la postura que domina en las cartas de Pablo y en el evangelio de Marcos. Incluso se piden oraciones por las autoridades civiles "para que llevemos una vida feliz y sosegada" (1 Tim 2,1-2).
El tono se endurece, sin embargo, cuando comienzan las persecuciones. La primera carta de Pedro y el Apocalipsis representan una postura más crítica. Para 1 Pe, el estado es una institución humana, algo creado (1 Pe 2,13). La obediencia civil no debe ser servidumbre sino servicio a Dios en libertad (2,16). Mucho más duro es el tono del Apocalipsis. Llama al imperio romano y al emperador "monstruo", "bestia" (capítulo 13). Roma es la gran prostituta de Babilonia (17,18).
Lucas nos pinta hoy un cuadro lleno de contrastes. La historia tiene lugar en un territorio herético (entre Samaría y Galilea). Los personajes son gente proscrita (un grupo de leprosos). El protagonista es doblemente maldito (por ser samaritano y por ser leproso). Sobre este telón de fondo destaca mucho más la actitud del leproso samaritano que "vuelve" para dar gracias a Jesús por su curación. Jesús alaba esta actitud ("Tu fe te ha salvado"), que es una actitud de "vuelta".
¿Habéis caído en la cuenta de que a Lucas le
encanta subrayar la "vuelta" de sus personajes (el hijo pródigo, los discípulos
de Emaús, el leproso curado)? En estas "vueltas" veo representadas las
experiencias de muchos amigos y conocidos. De niños recibieron la fe en el seno
de sus familias. Durante la juventud, muchos se alejaron de lo que consideraban
un residuo infantil. Es probable que hayan vivido en tierra de nadie durante
diez, veinte, treinta años. A veces, la vida los ha colocado de nuevo en
situaciones extremas en las que han proferido una súplica rescatada del baúl de
la infancia: "Jesús, maestro, ten compasión de mí". Volver a creer al cabo de
muchos años de duda o de increencia es recorrer el camino que va de la
autosuficiencia a la gratitud. Estas "vueltas" no tienen quizá el ímpetu de las
primeras experiencias de fe, pero están enriquecidas por la profundidad y la
humildad.
Gonzalo (gonzalo@claret.org)
3-6. 2001
COMENTARIO 1
JESÚS INICIA LA TRAVESÍA QUE CULMINARÁ EN EL CALVARIO
«Sucedió que, yendo camino de Jerusalén, también él, Jesús, se puso a atravesar
por entre Samaria y Galilea» (17,11). Nuevo escenario: la tierra de nadie, como
quien dice, que discurre 'por entre Samaria' (región intermedia, heterodoxa) 'y
Galilea' (región del Norte), camino de 'Jerusalén' (capital de la Judea, región
del Sur, designada con el nombre sacro, en representación de la institución
judía política y religiosa). La expresión 'también él' es anafórica, es decir,
hace referencia a otro personaje que, como Jesús, inició una 'travesía' que ha
quedado grabada en la memoria de los oyentes. Lucas emplea con frecuencia esta
expresión. Recordad la escena de Marta y María: «Sucedió que, mientras ellos
(los discípulos) hacían camino, también él, Jesús, entró en una aldea» (10,38).
Jesús inicia, pues, una nueva travesía histórica en dirección a 'Jerusalén', la
capital y punto neurálgico de la tierra prometida. (De hecho, la 'travesía'
culminará en el templo, con la denuncia de la institución religiosa del
judaísmo: 19,45-46.) Es probable que Lucas haga referencia ya sea al paso del
mar Rojo, por obra de Moisés (Ex 14), ya sea a la travesía del Jordán, antes de
entrar en la tierra prometida, por obra de Josué (= Jesús, en griego: Jos 3): en
una y otra travesía se subraya un 'atravesar por entre' dos cosas. Según eso,
Jesús emprendería ahora la última 'travesía' en el marco del 'camino' que lo
llevará al futuro de la tierra prometida, 'Jerusalén'/el templo. Según se ha
dicho al comienzo de este 'camino', Jesús se encamina hacia allí con el fin de
encararse con la institución judía y denunciar la mentalidad idólatra de Israel.
LA «ALDEA», FIGURA DE LA MENTALIDAD CERRADA
Y NACIONALISTA
La travesía, por lo que dice el texto, la inicia Jesús solo: «Yendo camino de
Jerusalén, también él se puso a atravesar... » (17,11). Evidentemente, se trata
de un artificio literario. Lo menos que se puede decir es que Lucas quiere
centrar la atención sobre la persona de Jesús. (Una función semejante a la de
los focos en un escenario.) Pero hay más. En el versículo siguiente se insiste
en este singular: «Y al entrar él en una aldea, le salieron al encuentro diez
individuos leprosos» (17, la). Por lo que se ve, los discípulos, que hasta ahora
lo acompañaban durante el viaje, se han escabullido.
Lo bueno del caso es que, en la secuencia siguiente, serán mencionados al lado
de los fariseos, encontrándose ambos grupos en la misma 'aldea' que los
'leprosos', pues no hay nueva composición de lugar y, por tanto, no hay cambio
de escenario. Sorprende que los 'leprosos', figura de los marginados por la
teocracia de Israel, no vivan fuera de la 'aldea'; al contrario, desde allí
'salieron al encuentro' de Jesús y «se pararon a lo lejos», delimitando
escrupulosamente la esfera de la vida, en que se mueve Jesús, de la suya, llena
de impureza y de muerte. Como habitantes que son de esta 'aldea', participan de
su mentalidad: en oposición a la 'ciudad', la 'aldea' es en el lenguaje figurado
de los evangelistas el reducto de la ideología nacionalista y fanática de
Israel.
Por otro lado, a pesar de habitar en la 'aldea', propiamente no son considerados
ciudadanos, sino que se les mantiene marginados en el ghetto de los 'leprosos',
por alguna razón que tiene que ver con la mentalidad allí imperante. Finalmente,
el término 'aldea' está precedido de un indefinido, «cierta aldea», típica forma
de dar representatividad a un personaje individual o colectivo. La «lepra» está
íntimamente relacionada con esta 'aldea' indeterminada en la que 'entra' Jesús
(v. 12a) y de la que los invita a salir (v. 14a) y, al volver el samaritano (v.
15), a irse de allí definitivamente (v. 19b).
SAMARITANO Y LEPROSO, DOBLEMENTE MARGINADO
Más adelante Lucas nos dará a conocer la diversa condición de los diez
'leprosos' (un nuevo artificio literario, destinado a crear 'suspense'). Así,
del único de los diez que regresa, puntualizará: «y éste era samaritano»
(17,16b); y más adelante: «¿No ha habido quien vuelva para agradecérselo a Dios,
excepto este extranjero?» (17,18). Esto quiere decir que los otros nueve eran
'galileos' (¡la 'aldea' se encuentra 'entre Samaria y Galilea'!) y 'auctóctonos',
de raza judía. El grito que lanzan a Jesús es muy revelador: «¡Jesús, jefe, ten
compasión de nosotros!» (17,13). Lucas es el único evangelista que emplea el
término «jefe/caudillo» (seis veces: 5,5; 8,24.45; 9,33.49 y aquí); hasta ahora
siempre lo ha puesto en boca de los discípulos, quienes, por otro lado, evitan
llamarlo «maestro» cuando se dirigen a Jesús. Nótese que los 'diez leprosos'
quedan 'limpios' (lit. 'libres de impureza') al salir precisamente de la aldea.
(Jesús no los toca, ni los libra directamente del yugo de la impureza: cf.
5,13). Eso corrobora que la impureza les afecta porque comparten la mentalidad
que allí impera, mientras que al salir se ven libres de ella. Decir de un
'samaritano' que es un 'leproso' no tendría nada de extraño: lo es, por su
condición de heterodoxo, a los ojos de los judíos. Decirlo de un 'galileo'
significa que, por su mal comportamiento, ha quedado moralmente manchado e
impuro a los ojos de los judíos ortodoxos.
Por otro lado, el grupo constituido por los diez leprosos es un grupo mixto (9
galileos + 1 samaritano), unidos todos ellos por una misma 'suerte': ser
'leprosos' a los ojos de la institución religiosa. A partir del momento en que
todos ellos aceptan someterse a las reglas del juego de la institución judía («Id
a presentaros a los sacerdotes», 17,14a, tal como prescribía la Ley), dejan de
ser marginados («Mientras iban de camino, quedaron limpios», 17,14b). Los nueve
'galileos' continúan haciendo camino hacia Jerusalén, con el fin de 'presentarse
a los sacerdotes': la institución judía les abrirá de nuevo las puertas y los
reintegrará al pueblo de Israel. El 'samaritano', en cambio, se ha quitado de
encima una marginación, la moral, pero le queda la étnica. Por esto es capaz de
darse cuenta de que Jesús es el único que lo puede liberar definitivamente de
toda mancha o impureza legal, ya que simplemente no cree en nada de todo esto:
«Uno de ellos, dándose cuenta de que había quedado curado, se volvió alabando a
Dios a grandes voces y se echó a sus pies rostro a tierra, dándole las gracias:
éste era samaritano» (17,15-16).
«LEPROSO» DISCIPULO QUE SIGUE CREYENDO
EN LA VALIDEZ DE LA LEY
Todos esos trazos que hemos aducido sólo tienen una explicación plausible: los
'diez leprosos' que, a pesar de comulgar con la mentalidad de la 'aldea', son
considerados 'impuros', representan el grupo de los discípulos de Jesús. Estos,
por más que le hayan prestado su adhesión personal, siguen creyendo en la
validez de la Ley de lo puro e impuro y, en el fondo, en las prerrogativas de
Israel, apoyadas por la Ley, a manera de Constitución de un pueblo teocrático.
El hecho de sentirse 'leprosos' hace que puedan convivir juntos en la
marginación judíos y samaritanos. Tienen una Ley común (el Pentateuco), si bien
no la observan al pie de la letra, a diferencia de los judíos ortodoxos. La
mayoría («nueve») seguirá aferrada a la mentalidad nacionalista de Israel; pero
una pequeña parte («uno», «samaritano», «extranjero») se ha distanciado
definitivamente de ella y ha comprendido cuál era el alcance de su compromiso
con Jesús al saltarse olímpicamente la Ley a la que hasta ahora se sentía
obligado, pero que, al no poder observarla, lo declaraba impuro, «leproso».
Los discípulos israelitas han quedado puros por el mero hecho de haberse
reintegrado a la institución, convencidos de que Jesús compartía aún los
principios constitutivos de Israel (lo han visto entrar en la 'aldea' y les ha
ordenado 'presentarse a los sacerdotes') Como quiera que suspiraban por ser
reconocidos, lo han interpretado como mejor les convenía. Jesús pretendía que
se liberasen ellos mismos de las ataduras que los retenían, como 'leprosos',
dentro de la 'aldea'; que no viviesen divididos, dándole la adhesión a él y
compartiendo al mismo tiempo la mentalidad de la institución que él iba a
denunciar. Pero en vano. No pudieron seguir en el camino que lo conducía al
fracaso en Jerusalén y se quedaron atrapados en la aldea. Ahora bien: los judíos
ortodoxos les pasaron factura y los marginaron. Momentáneamente han quedado
limpios, pero volverán a las andadas. Hasta que no se den cuenta, como el
samaritano, de que la única forma de evitar toda clase de 'lepra' es dejar de
creer en la Ley que divide el mundo en sagrado y profano, puro e impuro, buenos
y malos, observantes y pecadores, no se zafarán de la poderosa y omnipresente
influencia de la institución judía.
EL «LEPROSO» SE HA CURADO EL SOLO
La última frase de la pequeña secuencia no hace sino remachar el clavo. Esta
secuencia tiene dos partes: en la primera (vv. 12- 14a) son presentados los diez
leprosos como un conjunto; en la segunda (vv. 14b- 19) se centra la atención en
el de origen samaritano. Este representa, dentro del grupo de discípulos, la
fracción de creyentes que, por su pasado, no ha comulgado nunca del todo con la
institución y que, por tanto, a pesar de las presiones ambientales, conseguirá
distanciarse de ella: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado» (17,19). Estaba
postrado en la 'aldea', por haber creído por unos momentos en la validez de la
Ley: Jesús lo invita a levantarse; permanecía allí inmovilizado, incapaz de
seguir a Jesús hacia Jerusalén: Jesús lo invita a salir, a hacer también él su
éxodo personal; estaba enfermo, con el corazón dividido por su doble adhesión, a
Jesús y a su pasado nacional: su adhesión total a Jesús lo ha salvado ahora
definitivamente.
COMENTARIO 2
De nuevo nos encontramos aquí con una escena en que hombres aparentemente
religiosos están más alejados de la verdadera piedad que otros que, a simple
vista y en la consideración general, parecen ser adversarios del plan de Dios.
Los diez leprosos han experimentado por igual en su vida el paso salvador de
Dios. Pero nueve de ellos, y precisamente aquellos que pertenecen a la realidad
salvífica de Israel, poseedores de su Ley y partícipes de su culto, han sido
conducidos por la preocupación de realizar los pasos legales prescritos. Y se
han olvidado de la obligación religiosa principal: dar gloria a Dios en voz
alta.
Por el contrario, alguien que no pertenecía a esa realidad salvífica se
convierte en pregonero de las maravillas de Dios realizadas en su propia vida.
Él no está atrapado en las prescripciones legales respecto a Templo y
sacerdotes, y esta aparente falta de piedad lo conduce a la piedad auténtica de
quienes saben descubrir la presencia de Dios como una gracia y un don.
Atrapados en reglamentos, leyes y convicciones que determinan el ámbito
religioso, también nosotros estamos expuestos al riesgo de olvidar que la única
actitud exigida ante el Dios de la gracia es aquella que brota de un corazón
agradecido.
El leproso samaritano curado nos señala el auténtico camino del acercamiento a
Dios. La fe que lo ha salvado debe hacerse presente en toda vida cristiana que
siempre debe estar pronta a correr a los pies de Jesús para dar gracias y
glorificar a Dios.
1. Josep Rius-Camps, El Éxodo del Hombre libre. Catequesis sobre el Evangelio de Lucas, Ediciones El Almendro, Córdoba 1991
2. Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)
3-7. 2002
En una sencilla narración evangélica encontramos
las claves de lo que debe ser la vida del cristiano. Las podemos definir en tres
sencillas palabras: misericordia, fe y agradecimiento. La misericordia es una de
las actitudes que los evangelistas nos presentan más habitualmente en Jesús.
¡Cuántas veces sintió piedad ante los necesitados y enfermos! Hoy a veces parece
que sentir piedad ante otra persona significa rebajarla. No es eso lo que hace
Jesús. Su piedad no rebaja sino que libera, levanta a las personas. Jesús siente
piedad porque siente como suyo el dolor o el sufrimiento de la persona que tiene
ante sí.
La fe hay que entenderla como la capacidad de acoger la presencia de Dios cerca
de nosotros. Varias veces a lo largo del Evangelio dice Jesús que a los que
acaba de curar que ha sido su fe, la de ellos, la que les ha curado. Es como si
la fe lograse unificar la persona y unirla de tal modo a Dios que le diese el
poder de hacer verdaderos milagros. Y el agradecimiento como respuesta de
corazón a lo que se ha recibido gratis. Fruto de ese agradecimiento ante el don
de Dios es la misericordia, la compasión, que experimenta el cristiano ante el
hermano o la hermana pobre o necesitado. Y la cadena vuelve a empezar, porque el
cristiano que se deja llevar por esa misericordia se hace testigo de la
presencia de Dios para sus hermanos y hermanas.
Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)
3-8. ACI DIGITAL 2003
18. Gloria a Dios: Una vez más hace resaltar Jesús que la gloria de Dios consiste en el reconocimiento de sus beneficios. La alabanza más repetida en toda la Escritura dice: "Alabad al Señor porque es bueno, porque su misericordia permanece para siempre" (S. 135, 1 ss., etc.). Sobre el "extranjero", véase 9, 53 y nota: "Mas no lo recibieron, porque iba camino de Jerusalén". Los samaritanos y los judíos se odiaban mutuamente. Jesús, cuya mansedumbre contrasta con la cólera de los discípulos, les muestra en 10, 25 ss.; 17, 18 y Juan 4, 1 ss. cómo hay muchos samaritanos mejores que los judíos.
3-9. SERVICIO BÍBLICO LATINOAMERICANO
Miércoles 12 de noviembre de 2003
Josafat, Millán de la Cogolla
Sab 6, 2-12: La Sabiduría la encuentran los que la buscan
Salmo responsorial: 81, 3-4.6-7
Lc 17, 11-19: Los 10 leprosos
Empieza una nueva etapa en el camino a Jerusalén,
por eso Lucas da noticias sobre el viaje (como lo hizo al comienzo de cada etapa
en 9, 51 /13, 22 y más adelante en 18, 31): 'Y sucedió que, de camino a
Jerusalén'. No se trata de una historia en el aire: 'érase un una vez…', Aquí
tenemos 'un camino'. Lucas gusta de presentar la vida cristiana y el movimiento
de Jesús como un camino. Y no es un camino cualquiera, sino un camino hacia
Jerusalén, donde Jesús enfrentará su Pascua.
Estamos entrando en territorio de samaritanos. Samaría para los judíos es tierra
extranjera e impura. Para Lucas es territorio de misión. La situación es todavía
más terrible, porque salen al encuentro de Jesús 10 leprosos. Los leprosos no
podían entrar en ningún pueblo ni acercarse a ninguna persona. Un leproso
sanado, tenía que presentarse a los sacerdotes, para que certificaran su
curación y hacer sacrificios de acción de agracias y purificación. Jesús por eso
envía a los 10 leprosos a los sacerdotes como si ya fuera un hecho su sanación.
Mientras iban de camino quedaron limpios de la lepra. Uno sólo volvió donde
Jesús, glorificando a Dios en alta voz. Los otros 9 quedaron enredados con los
sacerdotes. Sólo uno se encuentra con Jesús, los otros 9 quedan presos de la
institución. Cumplen la ley, pero no dan gracias a Dios y no se encuentran con
Jesús.
El que vuelve donde Jesús era un samaritano, que Lucas llama además
'extranjero'. Al comienzo del viaje, cuando Jesús afirmó su voluntad de ir a
Jerusalén, envió mensajeros delante, que entraron en un pueblo de samaritanos.
Pero en dicha ocasión, no lo recibieron, porque tenía intención de ir a
Jerusalén. Jesús reprende a los discípulos que quieren destruir con fuego a los
samaritanos (Lc 9, 51-56). En 10, 29 -37 tenemos la conocida parábola del Buen
Samaritano. En Hch 8 tenemos la misión de Felipe a los samaritanos, y
posteriormente la visita de Pedro y Juan donde ellos. En la obra de Lucas, por
lo tanto, Samaría y los samaritanos son valorados positivamente.
Al samaritano que vuelve a dar gloria a Dios, Jesús le dice 'tu fe te ha
salvado'. No lo salvó los ritos que cumplió con los sacerdotes, sino la fe. No
lo salvó la ley, sino la fe. El samaritano no sólo es sanado, sino que también
recibe el Evangelio de la Gracia. Posiblemente también se hizo discípulo de
Jesús y misionero, pues le dice: 'levántate y vete'.
3-10. DOMINICOS 2003
“Oíd, reyes, y entended... Estad atentos los que gobernáis multitudes y estáis orgullosos...El poder lo habéis recibido del Altísimo, y él examinará vuestras obras y sondeará vuestras intenciones...
Si no habéis gobernado rectamente, si no habéis guardado la ley ni caminado siguiendo la voluntad de Dios, Él caerá sobre vosotros con dureza y con sorpresa...
A vosotros, gobernantes, se dirigen mis palabras para que aprendáis sabiduría y no caigáis en el error, porque sólo los que guardaren santamente las cosas santas serán reconocidos santos...”
La Sabiduría es maestra de vida y lo mismo habla a sabios que ignorantes, a señores que a esclavos, a poderosos que a necesitados de ayuda. Quien no sabe conducirse como hijo de Dios tiene ante sí un horizonte terrible.
“En aquel tiempo, yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba por entre Samaria y Galilea... Vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos, y a gritos le decían: Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.
Jesús, al verlos, les dijo: Id a presentaros a los sacerdotes. Mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos..., era un samaritano. [Los otros siguieron su camino].
Jesús, al recibirlo, tomó la palabra y dijo: ¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están?...”
Esos otros nueve podemos ser nosotros. Lo somos cuando nos hacemos olvidadizos de los dones de gracia y naturaleza, cuando somos perdonados y volvemos a pecar, cuando nos ayudan los hermanos y luego no les correspondemos, cuando tenemos palabras buenas no llegamos a las obras.
Nos encarece la Sabiduría al decir que los gobernantes, cuando asumen responsabilidades, han de saberse llamados a actuar con el poder de Dios y en fidelidad a Él; sin atribuirse a sí mismos el dominio sobre los demás, como si éstos fueran inferiores o esclavos. Lo contrario sería indigno. Por eso, han de prever que ante Dios serán juzgados y premiados, o castigados, por el grado de fidelidad a la verdad y a los hombres, no por sus caprichos.
Esa idea socio-religiosa de que el ‘poder del gobernante’ sea don de Dios más bien que otorgamiento de los hombres, no es hoy bien recibida. Hoy vemos a los gobernantes como unos más del pueblo, de la nación. Es el pueblo quien les confiere poderes especiales para que tomen la dirección del mismo, con discernimiento, y siempre sujetos a revisión.
En su ejercicio, por tanto, han de considerarse responsables ante Dios, ante los ciudadanos, ante la verdad, sin rehuir ninguna de esas facetas de responsabilidad. Tarea delicada y difícil, pero buen servicio a los demás.
Todos, como los diez, somos personas colmadas de debilidades, enfermedades y miserias, pero también poseemos dones que compartir. Por ambos lados, estamos obligados a ayudarnos mutuamente en las necesidades, y también a ser agradecidos por cada gracia, mano amiga, alivio o consuelo, luz y esperanza, pan y apoyo que recibimos.
3-11. CLARETIANOS 2003
Queridos amigos y amigas:
El episodio que narra el evangelio de los leprosos no puede menos de evocar esa
escena tan común del niño que, habiendo recibido un regalo, queda tan fascinado
por él que tienen que intervenir su padre o su madre para indicarle: “¿Qué se
dice?”, para que agradezca el don. A nosotros nos suele pasar lo mismo. Estamos
acostumbrados a elevar nuestras peticiones a Dios cuando nos encontramos en
situación de necesidad, pero, con frecuencia, nos cuesta actuar con igual
rapidez y consciencia, a la hora de dar gracias a Dios por los dones que nos
confía. Nos cuesta reconocer el don de Dios como tal don. Jesús lo pudo
comprobar en los signos que hacía, que buscaban no sólo liberar de sus males a
la persona en cuestión, sino también suscitar la fe pero que, probablemente, en
bastantes casos, ni siquiera se dio la oportunidad como en este episodio.
Y es que, para ser agradecidos, es preciso que tengamos una relación con Dios previa, que nos permita apreciar el carácter de búsqueda de encuentro, de establecer o de estrechar una relación que siempre se da escondido tras el regalo. De hecho, resulta muy significativa la respuesta de Jesús al samaritano: “Tu fe te ha salvado”, pues comprueba esta intencionalidad en el milagro de Jesús.
Más aún. Los dones de Dios no suelen ser inocuos. Todo don comporta una responsabilidad. Lo pone de relieve la lectura de la Sabiduría, donde se recuerda a los grandes de la tierra que el don recibido del gobierno, de la autoridad, incluye toda una responsabilidad, una exigencia mayor. Un pensamiento como éste nos debería llevar a tomar conciencia de los talentos que el Señor nos ha dado, de los dones que hemos recibido y que, quizá entendemos sólo como cualidades nuestras, sin percibir su destino de ponerlos al servicio de los demás. Si este es nuestro horizonte, entenderemos nuestros éxitos sólo como obra nuestra, quizá hasta nos envaneceremos y no percibiremos que nuestra misma existencia es pura gracia.
Cuando S. Pablo decía “El que se gloría, que se
gloríe en el Señor” no estaba proponiendo un mero principio ascético de
humildad. Buscaba que todo en nuestra vida, sea ocasión para crecer en la
relación con Dios y nada nos aparte de él. Como reza el refrán popular: “Sólo
nos acordamos de Sta. Bárbara cuando truena”.
Vuestro hermano en la fe.
Carlos García Andrade cmf. (garciaandr@tiscali.it)
3-12. 2003
LECTURAS: SAB 6, 1-11; SAL 81; LC 17, 11-19
Sab. 6, 1-11. San Agustín, en su Sermón sobre los pastores, nos dice: Por una
parte soy cristiano y por otra soy obispo. El ser cristiano se me ha dado como
un don propio; el ser obispo, en cambio, lo he recibido para vuestro bien.
Consiguientemente, por mi condición de cristiano debo pensar en mi salvación, en
cambio, por mi condición de obispo debo ocuparme de la vuestra. Hoy el Señor en
su Palabra se dirige a quienes se les ha confiado el poder en cualquier nivel
para que lo ejerzan escuchando la Palabra de aquel que los escogió para ese
ministerio. Entonces, en el día del juicio no serán condenados, pues realizaron
el bien y condujeron a los demás, no conforme a los propios criterios, sino
conforme a los criterios de Dios. El nivel más cercano del ejercicio de la
autoridad es el de los padres respecto a sus hijos en la familia. Ojalá y no se
les descuide sino se les oriente y eduque para que, desde la familia, pueda
surgir un mundo más integrado, más fraterno y más justo.
Sal. 81. El ejercicio de la autoridad pública no es para
echarse sobre los bienes de los gobernados, sino para defender sus derechos y
esforzarse para que todos gocen de una vida digna. Por eso las autoridades están
obligadas a proteger al pobre y al huérfano; a hacer justicia al humilde y al
necesitado; a defender al desvalido y al pobre, y a librarlos de la mano del
malvado. Al final, al que mucho se le dio, mucho se le pedirá; y a quien mucho
se le confió, se le exigirá mucho más. Por eso, si alguien aspira al poder, debe
meditar sobre la madurez y la capacidad que tiene para servir a los demás y para
procurar el bien de los más desprotegidos.
Lc. 17, 11-19. Muchos, nosotros mismos, hemos sido objeto de la misericordia y
de los dones Divinos. De un modo especial hemos recibido el perdón gratuito y
total de nuestros pecados. Así Dios nos ha manifestado, hasta el extremo, su
amor y su misericordia. Sin importarle nuestras grandes miserias y pecados que
nos mantenían al margen del Reino de Dios y lejos de la presencia del Señor, Él
ha tenido misericordia de nosotros, y ha salido a nuestro encuentro como el
pastor busca a la oveja descarriada. Él nos ha perdonado y nos ha recibido como
a hijos suyos, revistiéndonos de la dignidad de su Hijo Jesucristo. Pero ¿hemos
sido agradecidos con Dios? Sólo lo seremos cuando mediante nuestra vida y
nuestras obras nos convirtamos en una continua glorificación de su Santo Nombre.
¡Cómo no ofrecerle a Dios un corazón lleno de gratitud por el amor, por la
misericordia y por el perdón que, a manos llenas, nos ha ofrecido por medio de
su Hijo Jesús! El Poderoso no se hizo presente entre nosotros para destruirnos,
sino para socorrer a los pobres, levantar a los decaídos y perdonar a los
culpables. Así, el más grande entre nosotros se hizo el último de todos y el
servidor de todos. ¡Mirad, pues, qué amor tan grande nos ha tenido el Señor! Él
se acercó a nosotros como el Buen Samaritano; y no sólo sanó nuestras heridas,
sino que pagó con su sangre para que la Vida que Él ha recibido de su Padre
Dios, sea también vida nuestra. Por eso celebremos con amor y gratitud esta
Acción de Gracias, pues el Señor no sólo nos ha dado la salud corporal, sino la
salvación y la Vida eterna.
Quienes creemos en Cristo no sólo debemos ser conscientes de que nuestra fe en
Él nos ha salvado, sino que, estando Él en nosotros y nosotros en Él,
continuamos en la historia su obra de salvación hasta el final de los tiempos. A
nosotros corresponde acercarnos a quienes han sido marginados a causa de sus
enfermedades, pobrezas, edad o cultura. A ellos hemos de llegar con el mismo
amor de Cristo, para ayudarles a vivir con mayor dignidad en el aspecto humano y
en su vida de fe. Nuestra mejor forma de manifestarle al Señor nuestra gratitud
por todo lo que ha hecho por nosotros, es trabajando por su Reino. Y ese
trabajo, convertido especialmente en testimonio de vida, nos ha de manifestar
ante todos como personas que viven y caminan haciendo el bien a todos en todo
tiempo y lugar. Por lo cual no puede limitarse a unas horas de apostolado al día
o a la semana, sino que debe ser un continuo testimonio del Señor que se ha de
dar en los diversos ambientes en que se desarrolle nuestra vida, de tal forma
que nos convirtamos en motivo de paz, de alegría y de amor fraterno para cuantos
nos traten.
Que el Señor nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra
Madre, la gracia de vivir comprometidos en el amor a Dios, protegiendo al pobre
y al huérfano, haciendo justicia al humilde y al necesitado, y defendiendo al
desvalido y al pobre. Así manifestaremos que en verdad somos hombres con una fe
firmemente asentada en Cristo Jesús, Señor nuestro. Amén.
www.homiliacatolica.com
3-13. Curación de diez leprosos
Fuente: Catholic.net
Autor: P. Juan Gralla
Lucas 17, 11-19
En aquel tiempo, yendo Jesús de camino a Jerusalén, pasaba por los confines
entre Samaría y Galilea, y, al entrar en un pueblo, salieron a su encuentro diez
hombres leprosos, que se pararon a distancia y, levantando la voz, dijeron:
¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros! Al verlos, les dijo: Id y presentaos
a los sacerdotes. Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios.
Uno de ellos, viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz; y
postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias; y éste era un
samaritano. Tomó la palabra Jesús y dijo: ¿No quedaron limpios los diez? Los
otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino
este extranjero? Y le dijo: Levántate y vete; tu fe te ha salvado.
Reflexión:
¡Cuánto se agradece cuando una persona se detiene en la carretera para ayudarnos
cuando nuestro coche se ha averiado! “Jamás me había visto antes, sabía que muy
probablemente no nos volveríamos a encontrar para que yo le agradeciera este
favor... y sin embargo, tuvo el detalle de detenerse para hacerlo.” Parece
obligado que ante este hecho, brote del corazón la gratitud.
Pero suele suceder que las personas que saben agradecer las cosas grandes, son
las que también lo hacen ante pequeños detalles, que podrían pasar inadvertidos.
A quien le cede el paso en medio del tráfico, al que sabe sonreír en el trabajo
los lunes por la mañana, a la persona que atiende en la farmacia o en el
banco... Son felices porque les sobran motivos para decir esa palabra que para
otros es extraña y humillante.
Quien la pronuncia con sinceridad, al mismo tiempo llena de alegría a los demás,
y crea “el círculo virtuoso” de la gratitud, en el que cada uno cumple su deber
con mayor gusto y perfección.
Y si estas personas agradecen a los hombres los pequeños favores y detalles,
¡cuánto más a Dios que es quien a través de canales tan variados nos hace llegar
todo lo bueno que hay en nuestra vida! ¡Gracias!