VIERNES DE LA SEMANA 29ª DEL TIEMPO ORDINARIO

 

1.- Rm 7, 18-25a

1-1. H/DIVIDIDO P-O:

En la página que vamos a meditar hallaremos la más dramática descripción de la «condición humana»: el hombre es un ser dividido, que aspira al bien y que hace el mal.

-Bien sé yo que nada bueno habita en mí, es decir, en mi naturaleza carnal. En efecto, soy capaz de querer el bien, pero no soy capaz de cumplirlo.

El mal está pegado a nuestro ser, «habita» en nosotros.

Así, incluso antes de que el hombre tome una decisión, el mal está ya en él. Más que una simple solicitación «exterior» la tentación es interior, está «en el corazón» de mí mismo. Es siempre un error y es superficial, acusar a los demás, al mundo, para justificar o excusar las propias caídas: el mal es mucho más radical que todo esto, «habita» en el hondón de nuestra conciencia que está falseada. Es un mal anterior a nuestra decisión, un mal «original».

-No hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero.

¡Cuán verdadero es este análisis de la debilidad humana! ¿Quién de nosotros no ha hecho esta experiencia?

Es la impotencia radical de toda voluntad sin la ayuda de la gracia. Sé muy bien lo que «tendría que hacer»... ¡Bien quisiera hacerlo!... Y no lo logro.

-Simpatizo con la Ley de Dios, en tanto que hombre razonable, pero advierto otra ley en mis miembros, que lucha contra la ley de mi inteligencia y me encadena a la ley del pecado.

El pecado es la verdadera «alienación del hombre»: el mal aliena al hombre comprometiéndolo a un destino que contradice sus aspiraciones profundas y la vocación a la que Dios le llama.

El pecado es destructor del hombre.

Y lo más sorprendente es que nos damos perfecta cuenta de ello.

Nuestra inteligencia, nuestra razón están de acuerdo con Dios. Y esto es lo mejor de nosotros mismos. Este es nuestro verdadero ser. Señor, mira en mí esta parte de mí mismo que simpatiza contigo, y que está de acuerdo con tu ley.

Pero hay otro lado de mi ser que está «encadenado» al pecado, dice san Pablo. Y san Pablo no se coloca fuera de esta constatación. Por el contrario, habla en primera persona: «Yo simpatizo... pero yo advierto... que me encadena...» ¡Qué confesión personal más conmovedora! ¿Por qué hemos sido hechos así, Señor?

¿Por qué esa «lucha» en el fondo de nuestro ser? ¿Por que hay en nosotros lo mejor y lo peor?

-¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?

Hay que repetir esta oración. Porque es en verdad una oración. Podemos repetirla con san Pablo. Y darle todo el contenido de nuestras debilidades y de nuestra indigencia.

-Por esta liberación, gracias sean dadas a Dios por Jesucristo, nuestro Señor.

Acción de gracias. Alegría. ¡Que mi debilidad termine siempre con ese grito de confianza!

El optimismo fundamental de san Pablo no es ingenuo, irreal. Es la conclusión de un análisis riguroso de la impotencia del hombre para salvarse.

En el momento mismo en que corremos peligro de salvarnos, «la mano de Dios viene a asirnos y nos salva».

NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 5
PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO
DE LOS AÑO IMPARES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág. 352 s.


2.- Ef 4, 1-6

2-1.

-Yo, preso por Cristo, os exhorto a que viváis de una manera digna de la vocación a la que habéis sido llamados...

Pablo está "en la cárcel" ¡Los judaizantes han logrado atraparle! Le hicieron prender por la policía del Imperio, como un perturbador del orden establecido que suscitaba motines y tumultos. (Hch 22, 22-29) Pero no está abatido sino que orgulloso de ser «cautivo de una causa divina», anima a sus fieles a mantenerse firmes.

-Todo con mucha humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros por amor... Reunidos en la paz, poniendo empeño en conservar la unidad en un mismo Espíritu.

Pablo no tardará en elevarse a las altas esferas teologales lo que para él no es quedarse en abstracciones. Su fe no es sólo una idea hermosa y justa, es una convicción que compromete todo su ser, y que le obliga a adoptar unos comportamientos muy concretos, muy prácticos en la vida corriente... en particular en el ámbito de las relaciones humanas elementales.

Humildad, Dulzura, Paciencia, Ayuda mutua.

Cuidado de conservar la unidad.

Señor, ayúdame a mirar mi vida cotidiana desde este ángulo.

-Un solo Cuerpo... Un solo Espíritu... Un solo Dios y Padre...

Fórmula Trinitaria: la exigencia de la unidad de todos los hombres es absoluta, esencial... el secreto de la «unidad» del género humano procede de la vida común de las Tres divinas personas. En el esquema sobre la Iglesia, el Concilio (_VAT-II) ha revalorizado esta convicción: «La Iglesia es el sacramento, es decir, el «signo» e «instrumento» de la intima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano... Las condiciones de estos tiempos añaden a este deber de la Iglesia una nueva urgencia. Es preciso que todos los hombres, unidos hoy más íntimamente entre ellos por toda clase de relaciones sociales, técnicas y culturales, consigan también la plena unidad en Cristo» (Lumen Gentium 1) TRI/UNIDAD-I: «La Iglesia se manifiesta como una muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Lumen Gentium 4) Quiero contemplar, Señor, tu Dinamismo Trinitario obrando en el mundo: el progreso de toda solidaridad, de todo trabajo en equipo, de todo acuerdo entre gentes que no se entendían, de todo compromiso al servicio de los demás, de todo servicio prestado... etc. Dios está allí donde «varios forman uno solo».

Quisiera, Señor, que toda mi vida concreta, humilde, modesta, pequeña, cotidiana, marchase en el sentido de tu Dinamismo Trinitario.

-Cristo... El Espíritu... El Padre...

Tal es el orden -no habitual- en el que les coloca Pablo.

El Padre ocupa el tercer lugar, en lugar del primero... porque Pablo quiere precisamente indicar una «unidad» dinámica que se está construyendo, que está llegando a ser, y no una unidad estática, terminada: en una unidad que se va haciendo progresivamente por la labor de Cristo, en el Espíritu, hasta el Padre. La humanidad parte de la división... y se remonta hacia la unidad.

-Una sola esperanza... Una sola fe... Un solo bautismo...

Dios es la oportunidad de la humanidad. El es el único «porvenir» del hombre.

NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 4
PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO
DE LOS AÑOS PARES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1984.Pág. 352 s.


3.- Lc 12, 54-59

3-1. SIGNO-TIEMPOS/INTERPRETACION:

-Cuando véis subir una nube por el poniente decís enseguida: "Tendremos lluvia", y así sucede. Cuando sopla el viento sur decís: "Hará calor", y así sucede.

Por medio de esas palabras, Jesús reprocha a sus conciudadanos no saber interpretar los "signos de los tiempos", cuando son perfectamente capaces de interpretar los signos metereológicos.

La Iglesia contemporánea cuida especialmente de ser fiel a esa invitación de Jesús. En el Concilio Vaticano II decía: "Es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y futura... Es necesario, por ello, conocer y comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el rasgo dramático que con frecuencia le caracteriza (_VAT-II:G.S.4).

-¡Hipócritas! si sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo es que no sabéis interpretar el "momento presente"? Analizando el estado actual del mundo, "el momento presente", el Concilio ha reconocido algunos "signos de los tiempos" esenciales.

He ahí algunos:

- la solidaridad creciente de los pueblos (A.S.,14)

- el ecumenismo (D: Ecum. 4)

- la preocupación por la libertad religiosa (L.R.15)

- la necesidad del apostolado de los laicos (A.L.I).

"Movido por la fe que le impulsa a creer que quien le conduce es el Espíritu del Señor, que llena el universo, el pueblo de Dios se esfuerza en discernir en los acontecimientos, las exigencias y los deseos que le son comunes con los demás hombres de nuestro tiempo y cuáles son en ellos las señales de la presencia o de los designios de Dios". (G.S. 11).

"¡Darnos cuenta" del momento en que nos encontramos! Dios conduce la historia, Dios sigue actuando HOY.

Más que dolernos añorando la Iglesia del pasado...

Más que evadirnos soñando la Iglesia de mañana...

Es preciso, según la invitación de Jesús, "darnos cuenta del momento en que nos encontramos". Sus contemporáneos en la Palestina de aquella época no supieron aprovechar la actualidad prodigiosa del tiempo excepcional que estaban viviendo. ¿Y nosotros? La finalidad de la "revisión de vida" es tratar, humildemente de "reconocer" la acción de Dios en los acontecimientos, en nuestras vidas... para "encontrarlo" y participar en esa acción de Dios... a fin de "revelarlo", en cuanto fuere posible, a los que lo ignoran. Señor, ayúdanos a vivir los menores acontecimientos de nuestras vidas, como los mayores, a ese nivel. Reconocer participar, revelar tu obra actual.

-Y ¿por qué no juzgáis vosotros mismos lo que se debe hacer? El tiempo en el que "yo" estoy viviendo es el único verdaderamente decisivo para mí.

"Juzgad vosotros mismos"... Nadie, nadie más que yo puede ponerse en mi lugar para la opción fundamental. No puedo apoyarme en el juicio de los demás... si bien no es inútil que el suyo me dé alguna luz.

La breve parábola siguiente nos repetirá la urgencia de esa toma de posición.

-"Cuando vas con tu contrincante a ver al magistrado, haz lo posible para librarte de él mientras vais de camino; no sea que te arrastre ante el juez, y el juez te entregue al alguacil, y el alguacil te meta en la cárcel..."

En Mateo, esa misma parábola (Maten 5, 25) servía para insistir sobre el deber de la caridad fraterna. Lucas coloca esa parábola en una serie de consejos de Jesús sobre la urgencia de la conversión: no hay que dejar para mañana la "toma de posición", el discernimiento de los "signos de los tiempos".

NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 2
EVANG. DE PENTECOSTES A ADVIENTO
EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág. 244 s.


3-2.

1. (Año I) Romanos 7,18-25

a) La teoría es muy hermosa, y Pablo la había expuesto con entusiasmo: por el Bautismo hemos sido introducidos en la esfera de Cristo, lo cual supone ser libres del pecado. Pero la práctica es distinta. La lucha continúa, y Pablo la describe dramáticamente en sí mismo: "el bien que quiero hacer no lo hago, y el mal que no quiero hacer, eso es lo que hago". Es como un análisis psiquiátrico de su propia existencia.

Al final, a modo de grito muy sincero, exclama: "¿quién me librará de este ser mío presa de la muerte?". La respuesta viene tajante: "Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, y le doy gracias". La tesis que ha repetido en toda la carta -y en la de los Gálatas- aparece ahora aplicada a sí mismo: no podrá liberarse del pecado por sus solas fuerzas, sino por la gracia de Dios.

b) Es también nuestra historia. Todos sabemos lo que nos cuesta hacer, a lo largo del día, el bien que la cabeza y el corazón nos dicen que tenemos que hacer: situar a Dios en el centro de la vida, amar a los hermanos, incluso a los enemigos, vivir en esperanza, dominar nuestros bajos instintos...

Solemos saber muy bien qué tenemos que hacer. Pero, cuando nos encontramos en la encrucijada, tendemos a elegir el camino más fácil, no necesariamente el más conforme a la voluntad de Dios. Sentimos en nosotros esa doble fuerza de que habla Pablo: la ley del pecado, que contrarresta la atracción de la ley de la gracia.

Hagamos nuestro el grito de confianza: nosotros somos débiles y el "mal habita en nosotros", pero Dios nos concede su gracia por medio de Cristo Jesús. La Eucaristía, entre otros medios de su gracia, nos ofrece en comunión al que "quita el pecado del mundo".

1. (Año II) Efesios 4,1-6

a) Los primeros capítulos de la carta habían sido más teológicos. Pablo, "prisionero por Cristo" -está detenido en Roma-, nos ha presentado con entusiasmo el misterio de Cristo y de su Iglesia. Ahora, a partir del capítulo cuarto, entra en una sección más exhortativa y práctica.

La aplicación del misterio a la vida pide que "andemos como pide la vocación a la que hemos sido convocados". Pablo concreta en seguida: la primera consecuencia es que vivamos la unidad dentro de la Iglesia.

La raíz última de esta unidad es que todos tenemos un solo Espíritu, un solo Señor, un solo Dios y Padre. También todos tenemos una misma fe y una única esperanza, un solo Bautismo. Pero en concreto todo eso no se verá si no se cumplen las otras recomendaciones suyas: "sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor".

b) Se ve que todos los argumentos en favor de la unidad, por profundos y teológicos que sean -la fe y la esperanza comunes, la vocación compartida, nuestra alegría por tener un solo Dios Padre, Hijo y Espíritu-, si no existe la caridad y el amor en nuestras comunidades, no valen mucho en la práctica.

Ahí tenemos el retrato ideal de una comunidad cristiana, según la intuición y la experiencia de Pablo. La tarea sigue siendo difícil también hoy, porque nuestras debilidades hacen que la Iglesia no esté tan radiante de fe y de amor como debería estar, y que no presente una imagen de unidad como la que Pablo quisiera. Tenemos una lista estupenda de motivos por los que deberíamos estar unidos, pero no lo estamos del todo, ni con los otros cristianos ni entre nosotros mismos. La unidad eclesial no es una mera coexistencia pacífica y civilizada: debe basarse en estas raíces de fe y concretarse en una mutua tolerancia y amor, que es lo que crea un ambiente de fraternidad y también de credibilidad apostólica.

Las últimas líneas de la lectura de hoy se han convertido -por obra por ejemplo de L. Deiss, buen biblista y músico- en un himno que cantamos con gusto: "Un solo Señor, una sola fe". El texto de nuestros cantos tiene particular eficacia cuando se inspira en la Palabra revelada.

En uno de los prefacios dominicales le damos gracias a Dios porque ha querido que su Iglesia esté "unificada por virtud y a imagen de la Trinidad" y que aparezca "ante el mundo como cuerpo de Cristo y templo del Espíritu". Y como en la práctica no es así siempre, en otras Plegarias pedimos a Dios: "danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana, inspíranos el gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desamparado" (Plegaria V b), y también que "crezcamos en la fidelidad al evangelio, que nos preocupemos de compartir en la caridad las angustias y las tristezas, las alegrías y las esperanzas de los hombres" (Plegaria V c).

2. Lucas 12,54-59

a) Con un ejemplo tomado de la naturaleza y de la sabiduría popular, Cristo se queja de la poca vista de sus contemporáneos: no ven o no quieren ver que han llegado ya los tiempos mesiánicos.

Los hombres del campo y del mar, mirando el color y la forma de las nubes y la dirección del viento, tienen un arte especial, a veces mejor que los meteorólogos de profesión, para conocer el tiempo que va a hacer.

Pero los judíos no tenían vista para "interpretar el tiempo presente" y reconocer en Jesús al Enviado de Dios, a pesar de los signos milagrosos que les hacía. Jesús les llama "hipócritas": porque sí que han visto, pero no quieren creer.

Otra recomendación se refiere a los dos adversarios que se ponen de acuerdo entre ellos, antes de ir a los tribunales, que se ve que sería peor para los dos. También eso es tener buena vista y ser previsores.

b) La ofuscación no era exclusiva de los contemporáneos de Jesús. Hay algunos -¿nosotros mismos?- muy hábiles en algunas cosas y necios y ciegos para las importantes. Espabilados para lo humano y obtusos para lo espiritual. Cuando Jesús se queja de esta ceguera voluntaria, emplea la palabra "kairós" para designar "el tiempo presente". "Kairós" significa tiempo oportuno, ocasión de gracia, momento privilegiado que, si se deja escapar, ya no vuelve.

Nosotros ya reconocemos en Jesús al Mesías. Pero seguimos, tal vez, sin reconocer su presencia en tantos "signos de los tiempos" y en tantas personas y acontecimientos que nos rodean, y que, si tuviéramos bien la vista de la fe, serían para nosotros otras tantas voces de Dios.

El Concilio invitó a la iglesia a que supiera interpretar los signos de los tiempos (GS 4). Nos daría más ánimos y nos interpelaría saludablemente si supiéramos ver como "voces de Dios" y signos de su presencia en este mundo, por ejemplo, las ansias de libertad que tienen los pueblos, la solidaridad con los más injustamente tratados, la defensa de los valores ecológicos de la naturaleza, el respeto a los derechos humanos, la revalorización de la mujer en la sociedad y de los laicos en la Iglesia...

Podríamos preguntarnos hoy si tenemos una "visión cristiana" de la historia, de los tiempos, de los grandes hechos de la humanidad y de la Iglesia, viendo en todo un "kairós", una ocasión de crecimiento en nuestra fe. Por ejemplo en el acontecimiento, sencillo, pero profundo y transformador, del Jubileo del año 2000.

"¿Quién me librará de este ser mio presa de la muerte? Dios, por medio de nuestro Señor Jesús" (1ª lectura I)

"Sed siempre humildes y amables, sobrellevaos mutuamente con amor" (1ª lectura ll)

"¿Cómo no sabéis interpretar el tiempo presente?" (evangelio)

J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 6
Tiempo Ordinario. Semanas 22-34
Barcelona 1997. Págs. 207-210


3-3.

Ef 4, 1-6: Mantener la unidad del Espíritu

Lc 12, 54-59: Los augurios del tiempo presente

Esta sección, a diferencia de la anterior, está dirigida a toda la multitud. Jesús apela a la experiencia popular que ya tiene unos esquemas con los que interpretar el clima. Estos esquemas le permiten anticipar el tiempo venidero y prever las aciones necesarias por si hace calor o por si llueve. Sin embargo, este conocimiento no se extiende más allá al conocimiento de la realidad.

Jesús exhorta a la multitud a que interprete los signos de los tiempos, a que analice la realidad y a que no se contente con vivir el día. Pues, el pueblo no puede conformarse con ver cómo los hechos ocurren y los cambios se producen. El pueblo se debe preocupar por descifrar y anticipar las señales del tiempo presente. Pues, de otra manera sólo seguirá siendo la eterna víctima de circunstancias que otros previeron y decidieron.

De igual modo, Jesús exhorta a la multitud a que desarrolle un criterio de justicia, a que forme juicios de valor. Pues la multitud, era muy propensa a dejar la decisión sobre lo justo y lo injusto en manos ajenas, de escribas y fariseos. Desarrollar un criterio propio es una necesidad imperiosa y un síntoma de madurez humana. Mientras el pueblo se atenga ciegamente a lo que las voces autorizadas le dicen, a escuchar únicamente la "opinión pública" de ciertos grupos de poder, seguirá siendo un menor de edad dependiente e impulsivo.

Las palabras que Jesús dirige a la multitud en esta primera sección son duras e hirientes, sin embargo, no buscan apesadumbrar a la multitud sino despertarla a una nueva conciencia.

SERVICIO BIBLICO LATINOAMERICANO


3-4. CLARETIANOS 2002

Hace años no me gustaba mucho la carta a los efesios. Me parecía muy "especulativa". Hoy encuentro en ella mucha luz para iluminar nuestro camino de fe en un contexto que guarda bastantes parecidos con el que se vivía en las regiones de Asia Menor a finales del siglo I. El fragmento de hoy podría titularse así: "Llamados a la unidad". ¿Por qué tenemos que vivir unidos? Porque compartimos la fe en un solo Dios, Padre de todo, en un solo Señor, porque tenemos una sola fe, un solo bautismo, porque formamos un solo cuerpo, porque nuestra meta es la esperanza en la vocación recibida. ¿A alguien se le ocurre algún otro motivo de más envergadura?

Ahora bien, ¿cómo se pone en marcha la unidad? El autor de la carta nos recuerda que se trata de la "unidad del Espíritu", que es como decir que la verdadera unidad sólo la puede crear un experto en unidad. Debemos acoger el don. Todo empeño obsesivo por superar las diferencias acaba consiguiendo el resultado contrario: refuerza nuestra autoafirmación, agota nuestro sistema nervioso, hace que nos sintamos más responsables de la cuenta. Es más fácil unirse con gente humilde que con gente superpreocupada por la unidad. La preocupación cierra la apertura al don del Espíritu. La humildad la dilata. Por eso, en la carta se nos recuerdan las actitudes que favorecen la auténtica unidad. Son de andar por casa: la humildad, la amabilidad, la comprensión. ¿Tienen algo que ver con nuestra experiencia? ¿Son aplicables a nuestros problemas de desunión familiar, comunitaria, social? ¿Podrían indicarnos en qué dirección debe caminar el diálogo ecuménico?

Del evangelio me sorprende lo chusco de la traducción litúrgica. ¿Os imagináis a Jesús diciendo eso de "Chaparrón tenemos"? Este curioso hipérbaton me recuerda a los juegos verbales que hacíamos en mis tiempos de adolescente. Había la moda de alterar el orden de las palabras. Uno podía decir, por ejemplo, "Liado la hemos". Bromas aparte, la llamada de Jesús a interpretar el momento presente sigue conservando su vigor..

Gonzalo (gonzalo@claret.org)


3-5. 2001

COMENTARIO 1

ES NECESARIO INTERPRETAR CORRECTAMENTE
LOS SIGNOS DEL TIEMPO PRESENTE

El comienzo de este texto es una invitación al discerni-miento: «Cuando veis subir una nube por el poniente, decís en seguida: 'Chaparrón tenemos', y así sucede. Cuando sopla el viento del sur, decís: 'Hará bochorno', y lo hace. ¡Hipócritas!, si sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo es que no sabéis interpretar el momento presente?» (12,54b-56). El lenguaje de Jesús no tiene nada de religioso; todos los motivos que emplea son profanos, sacados de la vida.

Las multitudes esperaban un caudillo poderoso, rodeado de atributos divinos. Esperaban de él señales eficaces, una interven-ción masiva por parte de Dios y de su Mesías en la historia del pueblo. Jesús los tilda de hipócritas. La hipocresía era el fermento o levadura de los dirigentes religiosos (cf. 12,1). Las multitudes oprimidas habían oído decir que Jesús hacía frente al sistema teocrático de Israel y habían ido en su busca para convertirlo en su líder. Esto les impedía interpretar correctamente los signos claros y transparentes que les iba dando: el Mesías no ha venido a hacer la revolución, para que otros se aprovechen de la subver-sión de la sociedad. El ha invertido, en efecto, la escala de valores de la sociedad, pero ha condicionado su plena realización al cambio profundo de la mentalidad de cada uno: «Y ¿por qué no juzgáis vosotros mismos lo que se debe hacer?» (12,57). Es necesario hacer las paces con el contrincante, eliminando todo lo que te enemista con el hermano. Y no esperar que te lo haga el magistrado, y éste te arrastre ante el juez, que te entregue al alguacil y te meta en la cárcel. Entonces tendrás que pagar hasta el último céntimo (cf vv.. 58-59). No se puede jugar con dos barajas: Dios tiene siempre las cartas boca arriba.


COMENTARIO 2

Las previsiones sobre diversos ámbitos de la existencia humana ocupan un lugar importante en la vida humana de nuestros contemporáneos. Ellas se multiplican con mayor o menor fundamento, según los casos. Su utilidad reside en el hecho de que nos brindan la información necesaria para no convertirnos en seres pasivos conducidos al margen de nuestro querer por los acontecimientos, y la posibilidad de encuadrar dichos acontecimientos en el marco de nuestros objetivos y fines.

La preocupación por las múltiples previsiones (sobre el tiempo, las tendencias económicas etc,) no tiene su correspondencia en el ámbito más importante de la historia humana, es decir, en el ámbito de la relación de las personas con su Creador. Las señales de la presencia de Dios en Jesús, aunque fácilmente reconocibles, no suscitan ningún interés.

De este modo, las señales de Dios pasan desapercibidas para hombres y mujeres ocupados en descubrir otras señales. De ahí la necesidad de retornar sobre lo más importante, de juzgar "nosotros mismos sobre lo que es justo" (v.57).

Esta vuelta a las preocupaciones esenciales de la existencia se nos presenta hoy cargada de la urgencia en que son colocadas por el cercano juicio de Dios. Esta cercanía, mayor o menor según los casos, fundamenta la exhortación a un cambio de vida en la que "lo justo" ocupe el lugar central que debe ocupar en toda vida humana.

En este cambio de vida, se juega la realización personal de cada integrante de la familia humana llamado a realizar la reconciliación con Dios y con sus hermanos.

1. Josep Rius-Camps, El Éxodo del Hombre libre. Catequesis sobre el Evangelio de Lucas, Ediciones El Almendro, Córdoba 1991

2. Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)


3-6. 2002

No hay mejor lugar para aprender a orar que cuando uno va en un barco y éste, sacudido por las olas y azotado por los vientos, está en peligro de naufragar. Cuando los problemas nos caen encima, cuando nos encontramos con lo que ya es inevitable, entonces nos acordamos de que había que haber puesto las soluciones. Son muchas cosas las que dejamos pasar en nuestra vida. Las dejamos para el día siguiente, pensando que siempre habrá tiempo disponible para...
A los que hacemos esto Jesús nos llama desde el más fuerte "hipócritas" hasta el más suave "gente superficial", según las diferentes traducciones. Nos sucede demasiadas veces que tenemos una visión excelente de lo que sucede a otros o de cómo hay que arreglar las cosas, pero no tenemos valor para aceptar y poner en práctica lo que tenemos que hacer con nuestras propias vidas. Jesús nos recuerda que ser libres y responsables no es un distintivo que podemos usar para hacer más solemnes los días de fiesta. Ser libres y responsables significa tomar aquí y ahora las riendas de nuestra vida, tomar las decisiones oportunas y asumir sus consecuencias. ¿Para cuándo vamos a dejar el tomarnos nuestra vida en serio? ¿Cuándo vamos a leer el Evangelio sin miedo? ¿Cuándo nos vamos a reconciliar de verdad con Dios y con nuestros hermanos? ¿Cuándo vamos a salir de nuestro cómodo cascarón y mirar los nubarrones que se ciernen en nuestro horizonte?

Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)


3-7. DOMINICOS 2003

Palabra de verdad sincera

Carta de san Pablo a los romanos 7, 18-25:

“Hermanos: Sé muy bien que no es bueno eso que habita en mí, es decir, en mis bajos instintos: porque el querer lo bueno lo tengo a mano, pero el hacerlo, no. El bien que quiero hacer no lo hago; el mal que no quiero hacer, eso es lo que hago...

Cuando quiero hacer lo bueno, me encuentro inevitablemente con lo malo en las manos. En mi interior me complazco en la ley de Dios, pero percibo en mi cuerpo un principio diferente que guerrea contra la ley que aprueba mi razón...

¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este ser mío, presa de la muerte? Dios, por medio de nuestro Señor Jsucristo, y le doy gracias”.

El realismo de estas palabras nos hace a san Pablo muy próximo a nuestros problemas y debilidades. Él, como nosotros, pensaba una cosa y la deseaba, pero la carne exigía su parte, y le frenaba sus impulsos de bondad. Gracias, Pablo, por mostrarnos que es en la debilidad donde se hace presente y actuante el poder de Dios misericordioso y fiel.

Evangelio según san Lucas 12, 54-59:

“Jesús decía a la gente: Cuando veis subir una nube por el poniente, ¿no decís en seguida: “chaparrón tenemos”...? Cuando sopla el sur ¿no decís “Va a hacer bochorno”...?¡Hipócritas! Si sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo es que no sabéis interpretar el tiempo presente? ¿Cómo es que no sabéis vosotros mismos lo que se debe hacer?...”

Jesús pide un lenguaje y unas actitudes de coherencia. Si trabajamos a partir de la razón natural y de sus conocimientos, es obligado ser coherentes. ¿Y cómo no vamos a serlo si trabajamos a partir de una actitud de fe?

 

Momento de reflexión

¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?

El pensamiento paulino, en el texto que hemos copiado, es tan hermoso, tan sugestivo, tan propio de nuestra condición humana, que no conviene desvirtuarlo con comentarios.

Leámoslo muchas veces y pongámonos en la piel del Apóstol.

El santo verdadero, hombre/mujer, es siempre de carne y hueso; y si eso no se nota en la biografía de cada uno es que la hemos tergiversado. Pablo se nos presenta, ante todo espiritualmente, tal cual es: discípulo de Cristo, incondicional en su seguimiento, dispuesto a cualquier sacrificio por el Evangelio que se le ha confiado.

Pero, afortunadamente, es hombre y siente su propia debilidad en el reclamo de la carne, de las pasiones, de los honores, que pide satisfacciones. Eso no es innoble sino más bien signo de nobleza: hay que saber y querer triunfar desde la debilidad.

¿Cómo se alcanza esa meta?  Contando con la propia voluntad positiva y con el río de gracia que el señor nos envía. No hay más caminos de éxito.

Sepamos cada uno interpretar el tiempo presente.

¿Por qué será, sugiere Jesús,  que personas bien adiestradas en el conocimiento de las tierras, vientos, nubes, leyes, aconteceres de interés más o menos material,  no se muestran también expertas en discernir los signos del tiempo presente, que es tiempo de Cristo y del Espíritu?

Nos encontramos ante el misterio de Dios, de la Libertad y del Hombre. Sólo quien vive abierto al Espíritu percibe su voz, su llamada, su presencia. Por eso hay que estar alerta siempre y en disposición de convertirse a la Verdad.

Nuestro tiempo es único, el que nos ha tocado en suerte, y en él hemos de fructificar espiritual, cultural, socialmente.


3-8. 2003

LECTURAS: ROM 7, 18-25; SAL 118; LC 12, 54-59

Rom. 7, 18-25. Por pura gracia de Dios hemos sido perdonados por la muerte de Cristo, y justificados por su gloriosa Resurrección. Así hemos sido liberados de la esclavitud del pecado y de la muerte. Sin embargo no podemos negar que el pecado y la muerte siguen presentes en nuestro mundo. ¿Acaso nosotros mismos no tenemos la experiencia del pecado? ¿Acaso no hemos sufrido las consecuencias del pecado en una múltiple manifestación de signos de muerte? Ya el Señor había manifestado en tiempos pasados: El corazón del hombre está inclinado al mal desde muy temprana edad. Nuestro cuerpo, dominado muchas veces por la ley del pecado, hace que realicemos el mal que no queremos y evitemos el mal que deseamos. Pero, puesto que el cuerpo no es algo distinto a nosotros, por eso somos responsables de nuestros pecados y maldades. ¿Acaso podremos nosotros liberarnos de nuestras malas inclinaciones y dejar de pecar? Gracias a Dios, y no a nosotros mismos, la Redención de Cristo alcanza a nuestro cuerpo, esclavo de la muerte, y lo libera de esa esclavitud. Así, más que volver a aquella inocencia del paraíso terrenal, entramos en la perfección del mismo Hijo de Dios con el corazón inclinado al bien, dispuestos en todo a obedecer y a hacer la voluntad de Dios. Creamos realmente en Dios y dejemos que su Vida invada todo nuestro ser, y que su Espíritu nos guíe, libres de todo mal y de toda inclinación al pecado, hasta la posesión definitiva de la Vida eterna.

Sal. 118. La Ley del Señor es perfecta y reconforta el alma. Dios no nos dio en la Ley una trampa para que pecáramos y nos condenáramos. Quien ama al Señor cumple con amor sus mandamientos. Así, la Ley nos conduce hacia Dios para que, uniéndonos a Él, en Él tengamos la salvación. En el corazón del creyente, que es fiel a la voluntad del Señor, habita la Trinidad Santísima, pues lo ve como al Hijo amado en quien el Padre se complace. Que Dios nos conceda vivir intensamente, de un modo especial, el precepto del amor, en el que se resumen la Ley y los profetas.

Lc. 12, 54-59. Si conociendo las Escrituras percibimos que en Jesús se están cumpliendo lo que del Mesías anunció Dios por medio de la Ley y los Profetas, ¿Habrá razón para rechazarlo? ¿Habrá razón para seguir esperando otro Mesías? Nosotros decimos creer en Él, ¿Somos sinceros en nuestra fe? o ¿Actuamos con hipocresía de tal forma que, a pesar de nuestros rezos, vivimos como si no conociéramos a Dios y a su Hijo, enviado a nosotros como Salvador? No podemos llamarnos realmente hombres de fe en Cristo cuando, según nosotros, vivimos en paz con el Señor, pero vivimos como enemigos con nuestro prójimo. Si al final llegamos ante el Señor divididos por discordias y egoísmos, en lugar de Vida encontraremos muerte; en lugar de una vida libre de toda atadura de pecado y de muerte, estaremos encarcelados y sin esperanzas de la salvación, que Dios concede a quienes aman a su prójimo como Cristo nos ha amado a nosotros.

En esta Eucaristía el Señor nos reúne para hacernos partícipes de su perdón y de su paz; para hacernos partícipes de su vida y de su amor. Él se convierte en fortaleza nuestra para que el pecado no vuelva a dominarnos. Viviendo en comunión de vida con Él, su victoria será eficaz en nosotros; entonces nos convertiremos en una continua alabanza del Nombre de Dios y en un signo real y concreto del amor para nuestro prójimo. Por eso la participación en la Eucaristía es un compromiso de fidelidad al Señor que nos libra de la esclavitud de la muerte y nos hace caminar a impulsos no ya de nuestras inclinaciones pecaminosas, sino a impulsos de la Vida de Dios y de su Espíritu en nosotros. Abramos, pues, nuestro corazón y todo nuestro ser, a la comunicación de la Gracia que el Señor nos ofrece.

Vayamos a nuestra vida diaria con el corazón renovado y la mirada limpia; vayamos con un corazón capaz de amar a nuestro prójimo y de hacerle el bien. Seamos un signo de Cristo en nuestro mundo. Que todos alcancen a percibir que la Salvación, que Dios ofrece a la humanidad, se ha cumplido en nosotros. No vivamos pecando, no vivamos destruyéndonos, no vivamos divididos. Quien vive esclavo del pecado, aun cuando con los labios confiese a Jesús como Señor, con sus obras estará denigrando su Santo Nombre. Seamos, pues, constructores de un mundo más fraterno, más libre de signos de muerte. Entonces, realmente, podremos decir que el Reino de Dios no sólo se ha acercado a nosotros, sino que ya está dentro de nosotros.

Que Dios nuestro Padre nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, vivir en fidelidad a su Voluntad; de tal forma que por medio de la eficacia de su Palabra y la acción del Espíritu Santo en nosotros, seamos, ya desde ahora, santos como Dios es Santo. Entonces la Iglesia será en el mundo un signo creíble de Cristo, el cual, por medio de ella, conducirá a todos los hombres a la eterna Salvación. Amén.

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3-9. Los signos de los tiempos

Desde siempre los hombres se han interesado por el tiempo y por el clima, especialmente los agricultores y los marinos, para tener un pronóstico en razón de sus tareas. En el Evangelio de la Misa (Lucas 12, 54-59), Jesús advierte a los hombres que saben prever el clima, pero no saben discernir las señales abundantes y claras que Dios envía para que conozcan que ha llegado el Mesías. El Señor sigue pasando cerca de nuestra vida, con suficientes referencias, y cabe el peligro de que en alguna ocasión no lo reconozcamos. Se hace presente en la enfermedad o en la tribulación, en las personas con las que trabajamos o en las que forman nuestra familia, en las buenas noticias esperando que le demos las gracias. Nuestra vida sería bien distinta si fuéramos más conscientes de la presencia divina y desaparecería la rutina, el malhumor, las penas y las tristezas porque viviríamos más confiados de la Providencia divina.

La fe se hace más penetrante cuanto mejores son las disposiciones de la voluntad. Cuando no se está dispuesto a cortar con una mala situación, cuando no se busca con rectitud de intención sólo la gloria de Dios, la conciencia se puede oscurecer y quedarse sin luz para entender incluso lo que parece evidente. Si la voluntad no se orienta a Dios, la inteligencia encontrará muchas dificultades en el camino de la fe, de la obediencia o de la entrega al Señor (J. PIEPER, La fe, hoy). La limpieza de corazón, la humildad y la rectitud de intención son importantes para ver a Jesús que nos visita con frecuencia. Rectifiquemos muchas veces la intención: ¡para Dios toda la gloria!

Todos vamos por el camino de la vida hacia el juicio. Aprovechemos ahora para olvidar agravios y rencores, por pequeños que sean, mientras queda algo de trayecto por recorrer. Descubramos los signos que nos señalan la presencia de Dios en nuestra vida. Luego, cuando llegue la hora del juicio, será ya demasiado tarde para poner remedio. Este es el tiempo oportuno de rectificar, de merecer, de amar, de reparar, de pagar deudas de gratitud, de perdón, incluso de justicia. A la vez, hemos de ayudar a otros que nos acompañan en el camino de la vida a interpretar esas huellas que señalan el paso del Señor cerca de su familia, de su trabajo... Hemos de saber descubrir a Jesús, Señor de la historia, presente en el mundo, en medio de los grandes acontecimientos de la humanidad, y en los pequeños sucesos de los días sin relieve. Entonces sabremos darlo a conocer a los demás.

Fuente: Colección "Hablar con Dios" por Francisco Fernández Carvajal, Ediciones Palabra.
Resumido por Tere Correa de Valdés Chabre