SÁBADO DE LA SEMANA 28ª DEL TIEMPO ORDINARIO

 

1.- Rm 4, 13.16-18

1-1.

Ver SAN JOSE


1-2. FE/PROMESA DE D

Pablo continúa aquí estableciendo los lazos que existen entre la fe y la justificación a partir del ejemplo de Abraham. En un primer argumento el apóstol ha demostrado que el patriarca era impío y pecador cuando Dios lo justificó. Ahora desarrolla otros dos argumentos.

a) La cuestión está en saber por qué la fe justifica y no las obras. Pablo responde que la fe justifica mejor que las obras de la ley porque la fe arranca de ese proceso en el cual Dios sale al encuentro del hombre. No se trata de elegir entre una u otra: el secreto de la justificación se encuentra en Dios. Si Dios se acercara al hombre con un contrato, entonces serían las obras la respuesta humana más adecuada. Pero El viene al hombre con una promesa, es decir, con un don gratuito, cuya iniciativa quiere conservar; por esa razón las obras de la ley son inútiles, al menos en el proceso de realización de esta promesa.

El hombre cree que puede conseguir mediante las obras lo que es objeto de la promesa (v. 14), pero intenta conseguir por sus propios medios lo que es un don. De esta manera, desvirtúa la marcha de Dios y provoca automáticamente la ruptura (v. 15), como el heredero que quisiera apropiarse de su herencia antes de tiempo.

b) El tercer argumento está apenas esbozado (vv. 16-17). Abraham recibió la promesa en una época en que todavía no estaba circuncidado y en que Dios preveía para él una paternidad universal (Gén 17, 5). Por tanto, es contrario a la voluntad de Dios el limitar la posteridad de Abraham a aquellos que se circuncidan. Todo creyente es descendiente de Abraham y, además, Dios es bastante poderoso como para hacer beneficiarios de la promesa hasta a los mismos muertos, o a aquellos que todavía no han nacido (v. 17).

Una religión de la promesa está bastante lejos de la manera espontánea de proceder del hombre, que, al ir detrás de su salvación, busca seguridad. Es necesario haber encontrado al Dios vivo y haberse apoyado en su fidelidad para presentir que la salvación esperada pertenece al orden de la promesa, es decir, al orden del amor. Pero, ¿cómo encontrar a Dios y su promesa? Se necesita tiempo para profundizar en las relaciones recíprocas del amor y de la fidelidad.

Sin embargo, el camino está marcado. El hombre que reflexiona sobre sí mismo y sobre su existencia llega a veces a distinguir en él dos niveles de su personalidad: el "yo" solo puede experimentar sus limitaciones porque existe otro "yo" más profundo que participa del absoluto y de lo transcendente.

El camino hacia Dios pasa por esta conciencia de los dos "yo". Es verdad que el hombre solo llega rara vez a vivir el nivel de su "yo" profundo y vivir su vida en función de él. Una especie de fisura separa esos dos niveles de manera casi "original".

Aun cuando el hombre llega a alcanzar su "yo" profundo, aun llegando a participar del absoluto o al menos con sed de transcendencia, puede, sin embargo, fracasar al volverse sobre sí mismo. Se hace a sí mismo absoluto y no alcanza a ver más allá de sí mismo. Por el contrario, si él experimenta este "yo" transcendente como algo inesperado dentro de su ser, verá que se trata de un don gratuito de "alguien". No lo considerará como un poseedor, sino como el que encuentra una dádiva y una promesa, una persona divina y una gracia. Jesucristo es el primer hombre en quien Dios ha podido revelarse totalmente en el "yo" profundo y el primero que ha podido responder perfectamente a esta iniciativa de Dios.

MAERTENS-FRISQUE
NUEVA GUIA DE LA ASAMBLEA CRISTIANA VIII
MAROVA MADRID 1969.Pág 159


1-3.

-La promesa de Dios... Dios prometió a Abraham y a su descendencia ser herederos del mundo.

La historia de Abraham está llena de promesas de Dios cuyo cumplimiento no depende del hombre, sino de la fidelidad de Dios a sus promesas.

También Abraham era un pecador, pero creyó en esas promesa. Creyó en lo imposible.

¡Era anciano y sin hijos y Dios le prometió «el mundo en herencia» ! Y él creyó esto, y esto se realizó: cristianos, judíos, árabes... multitudes inmensas se llaman «hijos de Abraham».

«Recibir el mundo en herencia». La fe da la posesión del mundo.

-Por la fe se pasa a ser heredero. Por esto es un don gratuito.

Y la promesa permanece válida.

Quisiera, Señor, llegar a ser «total acogida» de Ti.

Quisiera encontrarte más y no apoyarme sino en Ti. Ahora sé -tu apóstol me lo ha repetido- que mi salvación depende de tu promesa, más que de mis obras y que Tú haces lo que prometes.

Señor, tengo confianza en Ti. Estoy seguro de Ti.

Yo, que sufro tanto de mis limitaciones, de mis pobrezas, quisiera, de una vez, aceptarlas y luego olvidarlas para no sufrir más por ellas y contar sólo contigo y no en mis propias fuerzas.

¡ «Don gratuito»! ¡«Don gratuito»!

-Te hice padre de muchos pueblos. Abraham es nuestro padre ante Dios «en quien creyó».

FE/FECUNDIDAD: La fe da una fecundidad extraordinaria.

Porque creyó en Dios, Abraham es el "padre" de todos los hombres. Por su fe, verdaderamente, "dio la vida". No pueden saberse todas las ramificaciones vitales de un acto de Fe. Un hombre que cree en Dios desencadena en la humanidad una onda de «vida». Todo hombre que se eleva, eleva el mundo.

-Dios que da la «vida" a los muertos y llama a la existencia a lo que no existía.

ABRAHAN/FE: Abraham y Sara cuyo seno estaba muerto, hicieron de ello la experiencia. Dios es aquel que llama «de la nada al ser»... aquel que da «vida».

¡Tal fue la experiencia de Abraham!

Tal fue sobre todo la experiencia de Jesús. La resurrección ocupa el centro del pensamiento de san Pablo. La fuerza de Dios que devuelve la vida a los muertos. Esta fuerza actúa todavía en el mundo. Es ella la que nos eleva en todos nuestros desalientos.

Ella nos saca del pecado.

Ella nos resucitará un día.

-Esperando contra toda esperanza, creyó... FE/FUERZA

La vida de Abraham, la fe de Abraham no fue cosa fácil.

Todo parecía contrario a las promesas de Dios. Todo parecía ir en el sentido opuesto... pero creyó, a pesar de todo, contra toda esperanza.

La fe «para transportar las montañas», decía Jesús. La Fe, fuerza de lo imposible. Se comprende que Pablo diga que esa «Fe da posesión del mundo». En efecto, nada puede ir en contra de ello. No se apoya sobre nada humano: toda su fuerza está en Dios. ¡Danos esta Fe, Señor!

NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 5
PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO
DE LOS AÑO IMPARES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág. 342 s.


2.- Ef 1, 15-23

2-1.

Ver ASCENSIÓN


2-2.

Acomodándose a las leyes tradicionales de la acción de gracias judía, Pablo pasa, al final de su himno de bendición (Ef 1, 1-10; 11-14), a una oración epiclética en la que pide a Dios la gracia del conocimiento de su designio, para los destinatarios de su carta.

a) La sabiduría que Pablo pide a Dios para los efesios (versículo 17) es ese don sobrenatural ya conocido por los sabios del Antiguo Testamento (cf. Prov 3, 13-18), pero considerablemente ampliado en su definición cristiana, pues no es ya solamente la práctica de la ley, el conocimiento de la voluntad divina sobre el mundo, ni tampoco una explicación del mundo, sino la revelación del destino de un hombre (v. 17) y de la herencia de gloria que resulta de ello (Ef 1, 14), en total contraste con la miseria de la resistencia humana (Rom 8, 20); es por último el descubrimiento del poder de Dios, manifestado ya en la resurrección de Cristo (v. 20), que garantiza nuestra propia transfiguración.

b) Pablo se detiene un instante en la contemplación de este poder divino. Y lo describe mediante tres términos sinónimos: poder, vigor y fuerza (v. 19).

Este poder no es ya solo el que Dios ha desplegado para crear la tierra e imponerle su voluntad (Job 38), sino que incluso cambia estas leyes, puesto que es capaz de cambiar a un crucificado en Señor resucitado (v. 21a) y de poner a punto desde ahora las estructuras del mundo futuro (v. 21b). Por eso la sabiduría es una esperanza (v. 18), porque es confianza en la acción en el mundo del Dios de Jesucristo.

c) Pero el poder de Dios no reserva solo para el futuro la manifestación de su vigor, sino que desde ahora todo es realizado por El: El ha puesto a Cristo como cabeza de todos los seres en el misterio mismo de la Iglesia, su plenitud (vv. 22-23). Pablo ha pedido para los efesios el don de la sabiduría para que comprendan ante todo cómo la Iglesia es signo del poder de Dios manifestado en Jesucristo. En efecto, es un privilegio inaudito para la iglesia tener como jefe al Señor del universo, así como ser su Cuerpo. Por tanto, la Iglesia no está solamente sometida al Señor de la misma manera que el universo, porque le está ya indisolublemente unida, como un cuerpo a su cabeza. La Iglesia es pléroma de Cristo como receptáculo de las gracias y de los dones que El reserva para toda la humanidad. La expresión "todo en todos" sugiere que este receptáculo no tiene limites. Por otra parte, estas gracias no están reservadas solo a la Iglesia, sino a la humanidad, con vistas a su crecimiento (Ef 4, 11-13) hasta el estado de "hombre perfecto" que es el de la humanidad reunida en Cristo y gozando de la plenitud de la vida divina.

MAERTENS-FRISQUE
NUEVA GUIA DE LA ASAMBLEA CRISTIANA VIII
MAROVA MADRID 1969.Pág 161


2-3.

-He tenido noticia de vuestra fe... y no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mis oraciones.

Una buena manera de orar: recordar a los que amamos... dar gracias a Dios por ellos... pronunciar sus nombres... Juan, Ignacio, María Teresa, Eulalia... etc.

-Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda el espíritu de sabiduría para conocerle perfectamente.

Detenerse para descubrir y conocer a Cristo.

¡Dame esa «sabiduría», Señor!

¡Concédela a todos los que amo! A todos los hombres.

¡Que sepa yo trabajar para que te descubran y conozcan!

-La soberana grandeza de su poder para con nosotros los creyentes es la misma fuerza, el poder y el vigor que desplegó en Cristo, resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos.

He ahí una de esas frases humanamente inverosímiles y que hay que ser san Pablo para inventarla.

Hay que dejarse captar por esa fórmula audaz.

¡La «fuerza divina» que trabaja en mi corazón de creyente, es, ni más ni menos, la misma que resucitó a Jesús y lo elevó a los cielos!

¡Y me atreveré a desesperar de mis pecados y de mis debilidades! Pero, ¿lo creo de veras, firmemente? ¿Qué hago de hecho, para conectar con esa «corriente de fuerza» con este voltaje divino? En lugar de gemir en mis momentos bajos, ¿busco la comunión con Cristo, me aferro a la fuerza de resurrección que trabaja en el fondo de mi mismo?

-Dios estableció a Cristo por encima de todas las potestades y seres que nos dominan, sea cual fuere su nombre, no sólo en este mundo sino también en el venidero. Pablo se complace en contemplar a Cristo elevado por encima de todas las potencias angélicas.

Los efesios vivían en el temor de los «espíritus»: se trata de una tendencia supersticiosa, todavía hoy, lejos de desaparecer completamente. El cristiano es un hombre liberado de esos miedos. Jesucristo es vencedor.

-Dios sometió bajo sus pies todas las cosas... Le constituyó «Cabeza suprema de la Iglesia» que es su Cuerpo, la Plenitud total del que lo llena todo en todo.

I/CUERPO-DE-CRISTO

Esta es también una frase intraducible que hay que saber saborear en silencio. ¡La Iglesia es el «cuerpo» de Cristo! ¡El lugar de su presencia activa, el cumplimiento total de Cristo!

Entre Cristo y la Iglesia rigen las relaciones de la cabeza con el resto del organismo. Un influjo vital pasa de Cristo a la Iglesia.

La Iglesia es también «el pueblo que todos nosotros formamos», un pobre grupo humano, lleno de debilidad y de pecado y que a menudo hace de pantalla que oculta a Cristo, en lugar de ser su «cumplimiento».

Ruego, Señor, por la Iglesia.. . para que sea de veras lo que Tú quieras que sea.

NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 4
PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO
DE LOS AÑOS PARES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1984.Pág. 342 s.


2-4. /Ef/01/15-23

Lo que certifica a Pablo que los fieles viven como cristianos es, a la vez, la fe en Cristo Jesús y la adhesión hacia todos los consagrados (v 15). Y sigue diciendo que les tiene presentes en sus oraciones, «a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, Padre de la gloria, os dé un saber y una revelación interior con profundo conocimiento de él» (17), iluminándoles el corazón y haciéndoles conocer aquello a lo que están llamados.

Respecto al conocimiento de Cristo, hay cosas que el hombre no puede conseguir por sí mismo: le llegan como don y regalo. El solo no puede cambiar su interior para comprender qué es lo que Cristo significa. La lucha por la vida, que nos arrastra, puede hacernos perder el sentido del "don" que es la vida, los sentidos, la inteligencia, Cristo mismo. Es innegable el peligro de caer en la trampa de pensar que conocemos ya de verdad a Dios y a Cristo por el hecho de que nos parece comprender la Escritura, la doctrina de la Iglesia o la teología. Pablo, en cambio, no habla apoyándose en tal comprensión, sino más bien arrancando de la propia experiencia vivida. Sabe muy bien que el conocimiento de Cristo no es el mismo en todos. Hay una manera de conocerlo que no depende del hombre, sino del don de Dios, del regalo de un espíritu de sabiduría y de revelación que, iluminando los ojos del corazón, hace comprender la esperanza a la que somos llamados, las riquezas de su herencia y la grandeza sin medida de su poder para con nosotros, los creyentes.

Todo eso es puro don de Dios. Sólo cabe pedirlo, como hace Pablo. Ahora bien, para vivir como cristiano basta con la fe y la caridad. Aunque sea un regalo deseable, el creyente puede ser que tenga que vivir su vida cristiana en la ignorancia de lo que realmente es, de aquello que Dios ha hecho por él y en él mediante Jesucristo, y en la incomprensión de aquello a lo que es llamado. De hecho, sólo el que ha recibido este conocimiento como don de Dios sabe en qué consiste.

Hay que evitar las asechanzas de la insatisfacción y la desilusión. Con relación a este conocimiento de Cristo, Pablo no se propone a sí mismo como ejemplo. Más bien, consciente de la bondad del don recibido, lo desea y lo pide para todos. Lo que importa son la fe y la caridad.

M. GALLART
LA BIBLIA DIA A DIA
Comentario exegético a las lecturas de la Liturgia de las Horas
Ediciones CRISTIANDAD.MADRID-1981.Pág. 716 s.


3.- Lc 12, 8-12

3-1.

La opción del hombre en favor o en contra de Jesús decide su auténtica existencia y su suerte definitiva, escatológica. En el juicio, constante, implacable, del mundo contra Jesús, quien tenga el valor de declarar en su favor, tendrá a su favor el testimonio de Jesús en el juicio de Dios contra el mundo. (cf. 9. 26; Mc 8. 38; Jn 16. 6-11).

Hay un pecado contra el Espíritu, que es el pecado de la apostasía, el pecado de renegar de Cristo después de haberle prestado fe. Sólo en el Espíritu Santo se puede confesar que Jesús es el Señor. Quien reniega de esta fe, peca contra el Espíritu, ya no tiene salvación, porque la fe salva al hombre.

El discípulo de Jesús vive constantemente al abrigo del Dios vivo, bajo su cuidado. Cuando suene la hora de la persecución, el Espíritu se encargará de la defensa. El juicio llevado por el mundo en contra de Cristo, se convertirá, por la acción del Espíritu, en testimonio dado en su favor.

COMENTARIOS BIBLICOS-5.Pág. 541


3-2.

1. (Año 1) Romanos 4,13.16-18

a) Cuando Pablo, de nuevo con el ejemplo de Abrahán, contrapone "fe y obras", no está queriendo decir que no tenemos que actuar y obrar el bien. Jesús dijo que "no el que dice: Señor, Señor, sino el que hace la voluntad de mi Padre", ése entrará en el Reino.

Lo que contrapone es la fe en Cristo con el aferramiento espiritual a la observancia de la ley de Moisés como causa de la salvación. Una vez más resume su doctrina: "no fue la observancia de la ley, sino la fe, la que obtuvo para Abrahán y su descendencia la promesa de heredar el mundo". "Al encontrarse con el Dios que da vida, Abrahán creyó". Eso fue lo decisivo.

b) Nosotros nos esforzamos por vivir según el evangelio de Jesús. Imitamos a Abrahán, que creyó en Dios y creyó a Dios, y actuó en consecuencia.

Pero caeríamos en la tentación de los judíos si diéramos a la "observancia" demasiado valor, de modo que caigamos en la autosuficiencia porque "somos buenos" y nos "ganamos" la salvación.

La ley es buena. Pero no es la ley la que salva. "Todo es gracia", don de Dios, para Abrahán y para nosotros. Haremos bien en imitar a este gran hombre que se abrió totalmente a Dios, que nos dio un ejemplo admirable de fe, contra toda esperanza y contra toda apariencia. Las dos promesas de Dios -que tendría un hijo y que le pertenecería toda la tierra de Canaán-. parecían imposibles de conseguir, y sin embargo, Abrahán creyó. Y fueron posibles.

Tanto en nuestra vida espiritual como en nuestro trabajo apostólico, no tendríamos que apoyarnos tanto en nuestros propios talentos y recursos, sino en la gracia y la fuerza salvadora de Dios. Nosotros tenemos un doble motivo para fiarnos de Dios: la promesa hecha a Abrahán y la Alianza Nueva que ha concedido a la humanidad en la Pascua de su Hijo. Lo que dice el salmo podemos repetirlo con mayor alegría: "se acuerda de la palabra que había dado a su siervo Abrahán, sacó a su pueblo con alegría, a sus escogidos con gritos de triunfo". Si creemos en Dios y no nos basamos en cálculos comerciales humanos, también nosotros seremos padres de numerosa descendencia. Y lo imposible será posible.

1. (Año II) Efesios 1,15-23

a) Después del himno al plan salvador de Dios, Pablo dirige su saludo a la comunidad, con los deseos que suele incluir en sus varias cartas.

La comunidad de Éfeso es famosa por su fe y su amor a todos, lo que a Pablo le llena de satisfacción. Pero en su oración pide que progresen más: que Dios les conceda sabiduría para conocerle mejor, que ilumine sus ojos, que les llene de esperanza, en vistas a la riqueza de gloria que Dios concederá en herencia a los suyos.

Centra el tema en Cristo, con una cristología llena de vigor. Dios ha "desplegado una fuerza poderosa en Cristo, resucitándolo, sentándolo a su derecha, poniendo todo bajo sus pies, constituyéndolo Cabeza de la Iglesia". El salmo nos hace aplicar hoy a Cristo lo que en principio se decía del hombre: "lo hiciste (en apariencia) poco inferior a los ángeles, (pero) lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos".

A la Iglesia se la puede llamar rebaño de Cristo, pueblo de Dios, familia santa, reino de Dios, esposa de Cristo, templo del Espiritu, nuevo Israel. Todos son nombres complementarios que ayudan a entender su rica identidad. Aquí Pablo la llama "Cuerpo de Cristo", y a Cristo, "Cabeza de la Iglesia". Es una de las imágenes más profundas de todo el N.T. para entender la estrecha relación que existe entre Cristo Jesús y su comunidad.

b) Si tuviéramos una visión de Cristo y de la Iglesia como la que tenía Pablo, no necesitaríamos muchas más motivaciones para intentar vivir como cristianos y ser sus testigos en el mundo.

Nosotros ya conocemos a Cristo, y le seguimos. Pero podemos profundizar mucho más en esta fe, hasta que llegue a ser motor de nuestro amor y fuente de esperanza que ilumine nuestra vida, hasta el punto de poderla comunicar a los que entren en contacto con nosotros. Como Pablo.

En torno al Jubileo del año 2000 hemos centrado nuestra vida más claramente en torno a Cristo Jesús, puestos nuestros ojos en él, razón de ser de nuestra existencia. La lectura de hoy habla, en griego, de "epignosis", "superconocimiento": no sólo "conocerlo", sino conocerlo más profundamente, llegando a la convicción de quién es Cristo, de cómo lo ha glorificado Dios, "con la fuerza poderosa que desplegó en él", y de cómo es Cabeza de todo y de todos. Nunca conoceremos suficientemente a Cristo. Y cuanto más lo conozcamos, más nos impulsará a vivir en él y como él.

2. Lucas 12,8-12

a) Ayer nos animaba Jesús a ser valientes a la hora de dar testimonio de él, porque Dios nunca se olvida de nosotros: si lo hace con los pajarillos y los cabellos de nuestra cabeza, ¡cuánto más con cada uno de nosotros, que somos sus hijos!

Hoy nos da otro motivo para ser intrépidos en la vida cristiana: él mismo, Jesús, dará testimonio a favor nuestro ante la presencia de Dios, el día del juicio.

Y todavía otro protagonista en estos nuestros ánimos: el Espíritu de Dios. Así se completa la cercanía del Dios Trino. El Padre que no nos olvida, Jesús que "se pondrá de nuestra parte" el día del juicio, y el Espíritu que nos inspirará cuando nos presentemos ante los magistrados y autoridades para dar razón de nuestra fe.

Sólo hay una clase de personas sin remedio, los que "blasfeman contra el Espíritu Santo", o sea, los que, viendo la luz, la niegan, los que no quieren ser salvados. Son ellos mismos los que se excluyen del perdón y la salvación.

b) Nosotros ya estamos empeñados, hace tiempo, en este camino de vida cristiana que no sólo sucede en nuestro ámbito interior, sino que tiene una influencia testimonial en el contexto en que vivimos.

Para este camino necesitamos ánimos, porque no es fácil. Jesús nos asegura el amor de Dios y la ayuda eficaz de su Espíritu. Y además, nos promete que él mismo saldrá fiador a nuestro favor en el momento decisivo. No se dejará ganar en generosidad, si nosotros hemos sido valientes en nuestro testimonio, si no hemos sentido vergüenza en mostrarnos cristianos en nuestro ambiente.

En los momentos en que sentimos miedo por algo -y a todos nos pasa, porque la vida es dura- será bueno que recordemos estas palabras de Jesús, afirmando el amor concreto que nos tiene el Dios Trino para ayudarnos en todo momento. Jesús calmó tempestades y curó enfermedades y resucitó muertos. Era el signo de ese amor de Dios que ya está actuando en nuestro mundo. También nos alcanza a nosotros. No tenemos motivos para dejarnos llevar del miedo o de la angustia.

"Todo depende de la fe, todo es gracia" (1ª lectura I)

"He oído hablar de vuestra fe en Cristo y de vuestro amor a todo el pueblo santo" (1ª lectura II)

"Si uno se pone de mi parte ante los hombres, también yo me pondré de su parte ante los ángeles de Dios" (evangelio)

J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 6
Tiempo Ordinario. Semanas 22-34
Barcelona 1997. Págs. 187-190


3-3.

Ef 4, 7-16: Un pueblo al servicio del universo

Lc 12, 8-12: La fe de Jesús y la fe en Jesús

Jesús ha llamado a la comunidad de discípulos para que sean sus testigos y no sus abogados. Jesús no necesita que lo defiendan. Por eso, la labor de los discípulos no es luchar contra los que no creen en él, sino dar un testimonio creíble de su presencia entre hombres y mujeres.

Para creer en Jesús de Nazaret, no basta con pensar que él es el Hijo del Padre, que él es presencia de Dios entre los humanos. Es necesario además, creer en lo que él creyó y amar como él amó. Jesús creía profundamente en el valor y la dignidad de la persona humana. En la posibilidad de que el Reinado de Dios se manifestara entre los seres humanos por medio de la justicia y la igualdad. El creía en que todos debíamos participar de la misma mesa, por lo que no debería haber excluidos ni marginados. Esta fe de Jesús en una nueva humanidad era la expresión de su fe en Dios Padre. Fe que se manifestó en un inmenso amor por los necesitados, oprimidos y marginados. Amor sin medida por sus amigos y discípulos. Amor por todos aquellos que carecían de afecto y comprensión. Por eso, hoy creer en Jesús no puede ser sólo un acto de aceptación verbal. Sino, ante todo, un acto de solidaridad y adhesión a su propuesta: creyendo en lo que él creyó y amando a quienes él amó.

SERVICIO BIBLICO LATINOAMERICANO


3-4. CLARETIANOS 2002

No es lo mismo seguir a Jesús en espacios y tiempos tranquilos que seguirlo en condiciones de amenaza y persecución. Algunas palabras de Jesús sólo comienzan a ser inteligibles cuando experimentamos dificultades a causa de su nombre; por ejemplo, las que leemos en el evangelio de hoy. ¿Qué significa ponerse de parte de Cristo delante de los hombres? ¿Cómo dar testimonio de él sin arrogancia pero también sin temor al ridículo, sin falsos pudores, sin vergüenza?

A veces los creyentes podemos dar la sensación de que, en el fondo, no creemos lo que decimos creer. Cuando se presentan las ocasiones de decir una palabra clara, o de realizar un gesto oportuno, nos retiramos por temor a ser tildados de ... ¿de qué? Esto les sucede a menudo a muchos cristianos famosos que se mueven en el terreno de la política, de la economía, de la ciencia, de las artes, del deporte. No es que vivan su fe con discreción: es que la viven de manera vergonzante, a escondidas, como si temieran perder relieve social por manifestarse humildemente seguidores de Cristo.

Pero no sólo los famosos. Este temor puede asaltarnos a todos nosotros. Si así fuera, significaría que estimamos en muy poco nuestra fe. O que preferimos la aceptación social a la autenticidad de manifestar lo que somos.

Cuando nos dejamos llevar por el temor no dejamos espacio al Espíritu Santo. Cuando hablamos nosotros, no permitimos que el Espíritu nos enseñe "lo que tenemos que decir". El resultado es una tranquilidad personal aparente y una ocasión perdida para el evangelio.

Hoy recordamos que hubo hombres como San Pedro de Alcántara o San Pablo de la Cruz que no fueron esclavos del qué dirán, que no fueron tan prisioneros de su imagen como para ocupar el puesto reservado al Espíritu. No es que ellos hicieran cosas llamativas para ponerse de parte de Cristo: es que permitieron que el Espíritu Santo mostrara a través de sus vidas hasta dónde puede llegar la fuerza transformadora de la fe.

Mañana celebraremos la Jornada del Domund. Es un buen momento para espabilar nuestra vocación misionera. Buen fin de semana a todos.

Gonzalo (gonzalo@claret.org)


3-5. 2001

COMENTARIO 1

No hay disociación entre cielo y tierra. El plan de Dios es el plan del hombre, que él encarna: «Y os digo que si uno, quienquiera que sea, se pronuncia por mí ante los hombres, también el Hombre se pronunciará por él ante los ángeles de Dios» (12,8). No dice: 'en los periódicos' o 'por la televisión'. Dios tiene otro canal: el hombre. A quien comete una injusticia contra el hombre, se le puede perdonar, pero quien se sirve de la fuerza del nombre de Dios para ir contra el hombre, no tiene perdón. Ha malgastado la energía del Espíritu, y ya no tiene recambio. No se trata de una 'blasfemia' de palabra, sino de hecho (12,10).

Cierra esta serie de avisos con una nueva advertencia: «No os preocupéis de cómo o de qué os vais a defender o de lo que vais a decir» (12,11). No hagáis apologías personales o del grupo o estamento ante las autoridades civiles o religiosas. (Lucas está pensando en la retahíla de apologías a que Pablo se verá abocado: cf. Hch 22,1; 24,10; 26,1-2.24.) Quien se defiende es porque tiene miedo de perder las propias seguridades, porque se siente identificado con una determinada estructura. Es el punto flaco por donde os pueden atrapar y reconducir al redil de las falsas seguridades. «Porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir» (Lc 12,12). La profecía es diametralmente opuesta a la apología. La apología se basa en medios humanos, y se puede contradecir; la profecía es irrebati-ble. La única 'solución' es eliminar al profeta. Jesús es el Profeta por excelencia: a pesar de que lo eliminaron, él sigue presente en la comunidad que celebra su memorial en la eucaristía y continúa moviendo hombres y mujeres y hablando a través de ellos. Son los 'profetas' modernos. Los que en vez de 'preocuparse' por defender su posición social, se ponen sin más al servicio del hombre y lo liberan.

COMENTARIO 2

La realización de la tarea misionera presenta inmensas dificultades que pueden hacer germinar en nosotros actitudes de desconfianza y desaliento. Por ello se hace necesario renovar continuamente los sentimientos de confianza volviendo constantemente a las palabras de promesa ofrecidas por Jesús a sus seguidores.

En primer lugar, es necesario tener presente el compromiso asumido por Jesús de ser nuestro testigo en el Juicio de Dios si perseveramos con coraje en la tarea emprendida. La consideración de su actuación en el futuro Juicio de Dios que espera a todos los hombres es la primera fuente en que podemos encontrar el ánimo necesario para seguir adelante sin desfallecer.

En segundo lugar, tenemos a disposición una segunda fuente para renovar la confianza. La certeza de la presencia del Espíritu Santo en la tarea misionera nos da la seguridad necesaria para enfrentar los desafíos y dificultades que encontramos en su concreción. Dicha presencia llega hasta su identificación con los portadores del mensaje y con cada una de sus acciones encaminadas a concretarlo.

Sobre todo, en las dificultades que pueden llegar a poner en peligro la propia vida, esa presencia confortante encontrará el modo de manifestarse claramente. Aún cuando seamos acusados y estemos en peligro de muerte a causa de los poderosos que se oponen al mensaje de Jesús, sabemos que el Espíritu actuará en nuestro favor, inspirando la forma de defensa.

Esa actuación, hecha ya realidad durante el tiempo apostólico en Pedro (Hch 4,8; 5,32) y Esteban (Hch 7,55) sigue activa a lo largo del tiempo suscitando el testimonio eclesial.

1. Josep Rius-Camps, El Éxodo del Hombre libre. Catequesis sobre el Evangelio de Lucas, Ediciones El Almendro, Córdoba 1991

2. Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)


3-6. 2002

Cristo es de todos y la fe en él sobrepasa completamente las fronteras aún de la misma Iglesia (así lo entiende Nostra Aetate 2, del Vaticano II). Al principio está el ser humano en su absoluta desnudez y sobre él irrumpe la "manifestación " de Dios sin ningún criterio de preselección discriminatoria. Esto no impide que se cumpla el proceso de evangelización, pero exige que se cumpla sin el absurdo complejo de superioridad del evangelizador que presume ofrecer un modelo que tiene el monopolio de Dios y de Cristo, cuando muchas veces es una mera colonización sociocultural y etno-religiosa.
Pablo ve en Abraham un "tipo" de cristiano, que sabe que "está muerto", pero cree a Dios. que ha resucitado a Cristo, Señor de todos; el vivir y el morir del cristiano no le pertenecen ya, "se vive y se muere para el Señor"(2Cor 5,14-15; Rom 14,7-9). Pues bien, Cristo que asume misteriosamente la condición indigente del ser humano (Flp 2,7-8; 2Cor5,21; Rom 8,3; Gál 3,13; 4,4) "murió" a causa de esa indigencia ("ex astheneías" 2Cor 13,4), fruto del fracaso existencial: la muerte!
Pero Cristo no se encarnó en la indigencia humana por un simple gesto romántico sino para que en él se iniciase solidariamente la acción salvífica de la "fuerza de Dios": "vive por la fuerza de Dios"(v. 21). Por tanto la muerte de Cristo está en relación "con nuestros pecados" y su resurrección es "nuestra rehabilitación" ("dikaíosis" o proclamación del juicio favorable de Dios que orienta eficazmente la existencia humana hacia la vida, más allá de la muerte). Por lo cual, la fe, que es un reconocimiento de la propia pobreza e indigencia y una aceptación libre de la salvación ofrecida por la 'fuerza de Dios', se refiere esencialmente al gran acontecimiento de dicha 'fuerza': la resurrección de Cristo.
Ahora Jesús asegura la salida final al testimonio de los discípulos, llamados a reconocer públicamente a Jesús como Señor y Mesías: él mismo será el abogado defensor. En la imagen del proceso, retomada del mundo bíblico (cfr. Is 50,8-9; Rom 8,33 etc) el pensamiento recurre al Señor resucitado que vive junto a Dios (Jn 1,2; Flp 2,10), pero está presente de modo eficaz, mediante su Espíritu, en la confrontación pública de los discípulos con los poderosos y opresores de este mundo.
Lucas piensa en las experiencias de la primitiva Iglesia de los Hechos, en el coraje de los testimonios apostólicos (cfr. Hch 4,8; 5,32) pero también en sus comunidades cristianas, expuestas al riesgo de la apostasía o desconfianza frente a las amenazas y represiones del ambiente circundante. A este propósito cita un dicho de Jesús :"toda persona que critique al Hijo del hombre podrá ser perdonada pero el que calumnie al Espíritu Santo no tendrá perdón" (v. 10). El rechazo del Jesús histórico, en su estado kenótico, esto es de humillación y sufrimiento, de indigencia humana, tiene aún posibilidad de conversión y perdón; baste recordar el ejemplo de Pablo y de numerosos convertidos judíos. Pero el rechazo consciente -después del don y del testimonio- del Espíritu 'fuerza de Dios', es blasfemia y cierra toda posibilidad de conversión y perdón. Y también en este caso ve Lucas una confirmación de la experiencia del enceguecimiento y dureza de aquellos judíos que rechazan el testimonio de los apóstoles (cfr. Hch 28,25-28). Para fortuna de todos, es Dios quien concede o niega el perdón; los seres humanos, sean cristianos piadosos o con autoridad, no pueden establecer para los otros a su propio arbitrio dónde comienza y dónde termina el perdón de Dios, antes bien ellos mismos deben interrogarse con franqueza si son fieles al testimonio del Espíritu que hace siempre disponible el perdón de Dios (cfr. Gal 6,1-5).

Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)


3-7. ACI DIGITAL 2003

3. Léase San Mateo 10, 16 y nota: "Mirad que Yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas". Como ovejas en medio de lobos: He aquí el sello que nos permite en todos los tiempos reconocer a los discípulos. Un humilde predicador, atacado por un poderoso que defendía el brillo mundano de sus posiciones sacudidas por la elocuencia del Evangelio, se limitó a dar esta respuesta: "Una sola cosa me interesa en este caso, y es que Jesús no vea en mí al lobo sino al cordero". Como las serpientes: Entre los pueblos de Oriente la serpiente era símbolo de la prudencia y de las ciencias ocultas. Nótese, con S. Gregorio Magno, que el Señor recomienda la unión de la prudencia con la sencillez. Esta para con Dios y aquélla para con los hombres.

4. Ni saludéis: Los orientales son muy ceremoniosos y para ellos saludar equivale a detenerse y perder tiempo. Véase Mat. 10, 9 s. y nota: "No tengáis ni oro, ni plata, ni cobre en vuestros cinto". En estas palabras se contiene una exhortación a amar y practicar la pobreza, un llamado especial que Dios hace a los religiosos y sacerdotes que se dedican al sagrado ministerio. Jesús manda, tanto a los apóstoles, como a los discípulos que no lleven bolsa, ni alforja, ni dinero, confiando en la eficacia propia de la divina Palabra, cuya predicación es el objeto por excelencia del apostolado, según se nos muestra en la despedida de Jesús; en la conducta de los Doce después de Pentecostés y en las declaraciones de S. Pablo.

5. Hijo de paz es aquel que está dispuesto a aceptar la palabra de Dios. Hermosa fórmula de saludo (v. 5), que debiéramos usar en la vida, como se la usa en la Liturgia.
Cf. 1, 28; Mat. 10, 12 y notas.