MIÉRCOLES DE LA SEMANA 28ª DEL TIEMPO ORDINARIO

 

1.- Rm 2, 1-11

1-1. JUICIO/CRITICA 

-No tienes excusa, hombre quienquiera que seas, tú que juzgas. Pues juzgando a otros a ti mismo te condenas, puesto que obras como ellos, tú que juzgas.

Después de describir la decadencia pagana, Pablo describe ahora el extravío judío. El «panorama» de la degradación a que llegó la existencia atea es tan sombrío -«¡se degradaron a sí mismos !»- que muchos hombres, en particular los fieles judíos o cristianos de HOY, están tentados de decir: «Yo no soy como éstos». Ahora bien, san Pablo quiere que todo hombre, quienquiera que sea, tome conciencia de su condición radicalmente pecadora. El hombre seguro de sí mismo, el hombre que se cree perfecto tiende a «juzgar a los demás» desde su superioridad. Pues bien, al hacer esto, se juzga a sí mismo porque hay en él las raíces mismas del mismo mal. Solidaridad profunda: todos somos pecadores.

-¿Crees que escaparás al juicio de Dios? ¿O desprecias, tal vez, sus riquezas de bondad, de paciencia, de generosidad, sin reconocer que esa bondad de Dios te impulsa a la conversión?

La demora que Dios nos otorga antes del juicio final debe permitir «convertirnos». La «conversión» -metanoia- es la inversión del corazón, es el cambio de vida. Se trata de apartarse del mal para volverse hacia Dios. Gracias. Señor, de darnos esta demora. Gracias de tu paciencia para conmigo.

-Por la dureza y la impenitencia de tu corazón, vas atesorando contra ti cólera para el día de la cólera y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual dará a cada uno según sus obras...

Estas palabras violentas repiten las imágenes mismas de Jesús y de todos los escritos del judaísmo contemporáneo de Cristo: las calamidades reservadas a los impíos en los últimos días. Ahora bien esas calamidades se prometen aquí también a los mismos judíos... en la medida en que tampoco ellos se conviertan.

Es preciso atreverse a meditar estas Palabras.

Dios, pasado su tiempo de «paciencia», después de haberlo «hecho todo» para salvarnos... no podrá «pactar con el mal», ¡si nos endurecemos el corazón! No es Dios el que condena, es el hombre que «se endurece el corazón» y que cosechará «según sus obras». Tenemos aquí motivo de reflexión sobre la importancia de nuestra libertad y de nuestro destino.

«Tú que quitas el pecado del mundo, ¡ten piedad de nosotros!»

-La vida eterna... a los que buscan gloria, honor, inmortalidad. Cólera e indignación... a los rebeldes, los indóciles a la verdad. Tribulación y angustia... a todo el que obre el mal, ¡judío o griego! Porque en Dios no hay acepción de personas.

En Dios no hay ningún favoritismo. No hay pueblo favorito. No hay hombre favorito. Todo hombre será juzgado por lo que él es. Por lo que él vive. Cuando un judío pensaba en el juicio, veía a todos los judíos salvados, y todos los paganos condenados. San Pablo se atreve a decir lo contrario. El pagano puede salvarse. Y en el pasaje siguiente (Rm 2, 14 y 15), Pablo indica el modo de salvarse el pagano: «seguir su conciencia», «la ley inscrita en su corazón». 

¿Tengo yo tendencia a considerarme como un privilegiado? ¿A creer que mi salvación está asegurada? ¿A juzgar con demasiada dureza a los demás? ¿A ver el mal que hay en ellos, sin ver el mal que también hay en mí?

Señor, haz que vea mi pobreza. Que sea más lúcido. Reconozco mis pecados. Me remito a tu misericordia.

NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 5
PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO
DE LOS AÑO IMPARES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág. 336 s.


1-2. /Rm/02/01-16 

Pablo se niega a contemplar el pecado de los paganos como una fatalidad. El pecado de los judíos es mucho más inexcusable; por eso Pablo se escandaliza de él de una forma más viva: «No tienes disculpa» (v 1). Porque el judío no sólo conoce la existencia de Dios, sino también los sentimientos más íntimos de su Señor: sólo un mal corazón se puede negar a la llamada de un Dios que no se deja vencer en misericordia y fidelidad.

El judío ha visto la elección como privilegio y no como vocación para una tarea, como si Dios fuera un padre que ama a unos hijos y repudia a otros. Y eso no es verdad: Dios da a cada hombre una función diversa, pero, en la hora definitiva los hombres no son recompensados por la «categoría» de la función asignada, sino por la fidelidad con que han cumplido su papel.

Ni siquiera el conocimiento más o menos perfecto de Dios será decisivo en aquella hora. Lo decisivo no es el conocimiento, sino la búsqueda: «A los que perseveraron en hacer el bien buscando gloria y honor que no decaen...». El conocimiento puede servir para buscar mejor, pero también puede desembocar en un castigo más severo.

Tampoco el conocimiento de la ley será decisivo en aquella hora. Porque los que no conocen la ley escrita tienen una ley interior, escrita por Dios en su corazón, que les guía con sus dictámenes.

De esta forma, Pablo habla de las posibilidades de salvación que tienen los unos y los otros (así como de la capacidad de infidelidad que tenemos todos). Pero no se trata de posibilidades que permitan prescindir de esa «fuerza de salvación» que es el evangelio. Porque si los hombres pueden eludir leyes claramente escritas, mucho más podrán eludir una ley escondida en el fondo del corazón.

J. SANCHEZ BOSCH
LA BIBLIA DIA A DIA
Comentario exegético a las lecturas de la Liturgia de las Horas
Ediciones CRISTIANDAD.MADRID-1981.Pág. 484 s.


2.- Ga 5, 18-25

2-1.

Aunque Cristo haya liberado al hombre del peso de la Ley, ¿no es libre el hombre para hacer lo que la Ley prohíbe? Esta cuestión se suscitará con frecuencia, y Pablo responde pidiendo que no se confunda libertad con libertinaje. En efecto, una mala comprensión de la noción de libertad podría conducir a otra esclavitud: la de la carne.

En Pablo, la palabra "carne" designa la naturaleza frágil del hombre, especialmente los deseos egoístas que se oponen a su verdadera vocación. De hecho, la cuestión principal es saber para qué, con qué finalidad, ha sido liberado el hombre. A esta pregunta no hay más que una respuesta: el hombre ha sido liberado para amar más. La Ley entera encuentra su cumplimiento en esta única palabra: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (v. 14).

Pero sólo el hombre que vive del Espíritu de Jesús puede realizar esto: "Si vivís según el Espíritu, no daréis satisfacción a las apetencias de la carne" (v. 16). En efecto, la carne se opone al amor auténtico, como demuestra la lista de sus obras, una lista que aparecerá también en otras epístolas. Comprende los desórdenes del amor humano, que son otros tantos aspectos de la lujuria, tan extendida en el mundo pagano. Los perversiones del culto, las faltas de amor y los excesos de la mesa traducen la degradación de la persona humana.

En cambio, el fruto del Espíritu es único: el amor, considerado sucesivamente en sus signos (el gozo y la paz), en sus manifestaciones (la paciencia, la bondad, la benevolencia) y en sus condiciones de existencia (la fe y la humildad, que permiten la acogida de la gracia y el autodominio).

DIOS CADA DIA
SIGUIENDO EL LECCIONARIO FERIAL
SEMANAS XXII-XXXIV T.O. EVANG.DE LUCAS
SAL TERRAE/SANTANDER 1990.Pág. 317


2-2.

Esta libertad dada por Cristo, concedida y no merecida ¿de qué servirá? De ningún modo para permitir una falsa libertad... ¡Lejos de esto!

-Si os dejáis conducir por el Espíritu, no estáis sujetos a la ley.

«Dejarse conducir»...

En estas palabras está toda la paradoja de una libertad y de una coacción-obligación, amada e interiorizada. No hago cualquier cosa: me dejo conducir.

-Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordias, celos, iras, rencillas, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes.

No, la libertad de Jesús no es una permisividad.

Es preciso releer una a una ese conjunto de palabras y preguntarnos como podemos, a nuestra manera, incurrir en algunos de esos defectos.

-Os prevengo: Que quienes hacen tales cosas, no heredarán el Reino de Dios.

«Herencia».

Esto es: un beneficio que se recibe sin ningún mérito propio, casi por azar, simplemente porque se es «hijo».

-En cambio el fruto del espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, bondad, afabilidad, fe, humildad, dominio de sí...

¡Tales son los «frutos del Espíritu»!

Releer también aquí cada una de estas palabras.

Y orar y rogar muy sencillamente:

«Señor, concédeme el amor, haz que brote en mí el amor...

«Señor, concédeme la alegría, haz que surja en mí la alegría...

«Señor, concédeme ser afable y comprensivo... etc.

En concreto, considero mi jornada tal como se desarrollará precisamente hoy; y trato de prever las ocasiones que seguramente se me presentarán de «dejarme conducir por el Espíritu» que está en mí deseoso de «producir» la alegría, la paz, la humildad, el dominio de sí mismo.

Los cristianos, impulsados por el Espíritu y liberados por Cristo tendrían que ser una especie de vanguardia de la humanidad, una especie de levadura en el corazón del mundo.

La liberación de la servidumbre tendría que manifestarse por un estilo de vida impregnado de alegría, de paz y de servicio a los hermanos: ¡que debería ser visible y atrayente! Por desgracia, ¡estamos muy lejos todavía de esto!: ¡perdón, Señor!

Contra tales cosas no hay ley.

-Los que pertenecen a Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y sus apetencias egoístas. Puesto que el Espíritu nos vivifica, dejémonos conducir por el Espíritu.

«Los que pertenecen a Cristo». otra definición original de los cristianos. Esta simple expresión, por sí sola, repite una vez más que la vida cristiana no es ante todo el cumplimiento legalista de unas obligaciones... sino una vida «con alguien», un compañerismo con Jesús.

No es un abandonarse perezoso, sino un «dejarse conducir», que tiene aspectos de crucifixión.

«Crucificar en uno mismo su egoísmo.»

Señor Jesús, concédeme la gracia de imitarte.

NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 4
PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO
DE LOS AÑOS PARES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1984.Pág. 336 s.


3.- Lc 11, 42-46

3-1.

Jesús echa en cara a fariseos y escribas su pecado, para moverlos a conversión. El pecado de los fariseos está en poner empeño escrupuloso en las normas insignificantes mientras desprecian lo esencial; en querer aparecer como irreprochables para ser honrados y estimados como piadosos (cf. Mt 23. 6-7; Mc 12.38-39). El discípulo de Jesús, en cambio, debe valorar las cosas según su importancia. No debe despreciar lo pequeño por ser pequeño, pero debe centrar su esfuerzo en lo fundamental: la justicia, el amor a Dios, el amor al hermano.

El pecado del escriba, del especialista en la ley, está en escrutar la ley día y noche para descubrir a los hombres lo que deben hacer, pero no cumplirlo él ni ayudar a cumplirlo a los débiles. La salvación no está en saber mucho, sino en cumplir lo que se sabe, no en echar cargas sobre los hombros de los demás, sino en ayudar a los "pobres" a llevar su propia carga.

COMENTARIOS BIBLICOS-5.Pág. 538


3-2.

Las maldiciones contra los fariseos, que meditaremos hoy y mañana, las hemos ya encontrado en Mateo 23, 23 -martes de la 21ª semana del tiempo ordinario-. La Iglesia las pone una segunda vez ante nuestra vista para que las interioricemos más, aplicándolas a nosotros mismos y no aplicándolas a los demás.

-¡Ay de vosotros, fariseos...

¿En qué lugar dijo esto Jesús? ¿Lo dijo una sola vez o varias veces? Mateo dice explícitamente que Jesús pronunció esas invectivas en público, delante de las multitudes. (Mateo 23, 1) Lucas, por el contrario, parece sugerir que Jesús dijo esto en casa de un fariseo que lo había invitado a comer a su mesa.

Sabemos que los autores antiguos cuando escribían, usaban con gran libertad de los datos y de los materiales históricos. Y los evangelistas en particular usaron ampliamente de ese procedimiento de "reagrupación". Lucas pudo agrupar aquí, durante la comida en casa de un fariseo, temas que fueron de hecho tratados en otra parte. Sin embargo nos será conveniente seguir la sugerencia de Lucas y contemplar, por un instante a Jesús en plan de hacer, también El, un apostolado individual.

Jesús amaba a los fariseos...

Jesús podía pensar que un día curarían de su hipocresía...

Jesús, invitado por uno de ellos, se mantiene en su actitud y repite a "este hombre" en su propia mesa lo que sin duda había proclamado otras veces en público.

Señor, otórganos el amor a todos los hombres.

Señor, te damos gracias porque nos amas tal como somos... incluso con esa parte de fariseísmo que hay en nosotros... ¡en mi!

-Vosotros pagáis el diezmo de la menta, de la ruda y de toda legumbre, y dejáis a un lado la justicia y el amor a Dios.

Señor, es cierto que a menudo doy demasiada importancia a algunos detalles, y soy negligente en deberes mucho más importantes:

1º "La justicia"... es decir ¡los "derechos" que mis hermanos tienen sobre mi!

2º "El amor de Dios"... es decir, lo que da valor a los gestos exteriores.

Ciertamente, en lugar de prestar tanta atención a pequeñeces, se tendría que ser más exigente respecto a esos dos puntos esenciales.

-Esto había que practicar, y aquello... no omitirlo.

Señor, ayúdame a cumplir mis "pequeños" y mis "grandes" deberes.

-¡Ay de vosotros, los fariseos, que os gusta estar en el primer banco en la sinagogas... y que se os salude en las plazas!...

¿Apetezco también yo los honores, la consideración? ¿Qué forma tiene en mí ese orgullo universal? ¿esta seguridad de tener la razón? ¿ese querer llevar a los otros a pensar como yo? Hay mil maneras sutiles de querer el "primer puesto".

-Entonces un Doctor de la Ley intervino y le dijo: "Maestro, diciendo eso, nos ofendes también a nosotros". Pero Jesús replicó: "¡Ay de vosotros también, doctores de la Ley, que abrumáis a la gente con cargas insoportables, mientras vosotros ni las rozáis con el dedo!"

¿Hay quizá ciertas cargas que yo coloco sobre los hombros de los demás? Una vez más Jesús defiende a los pequeños, a los pobres, a los que no pueden cumplir toda la "Ley", de los doctores de la Ley, de los que son expertos en la materia y que lo saben todo. ¿Soy misericordioso con los pecadores? ¿con tantos hombres que no saben bien las exigencias de Dios?

NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 2
EVANG. DE PENTECOSTES A ADVIENTO
EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág. 228 s.


3-3.

1. (Año I) Romanos 2,1-11

a) Ayer desautorizaba Pablo a los paganos por no haber llegado al conocimiento de Dios, a pesar de que sus huellas están claras en la creación de este mundo. Hoy se dirige a los judíos. También ellos están fuera de juego: no han sabido estar a la altura de su elección y misión en el mundo. De esto parece escandalizarse Pablo más que del pecado de los paganos.

Los judíos tampoco tienen excusa y no pueden juzgar despectivamente a los paganos: "al dar sentencia contra el otro, te condenas tú mismo, porque tú, el juez, te portas igual".

Al igual que el don de Dios es para todos, su juicio también lo será, "pagando a cada uno según sus obras". Será juicio de "gloria, honor y paz", de "vida eterna" para todos, judíos y paganos, si han sabido responder al don de Dios. Pero será "de castigo implacable" también para judíos y paganos, si se han rebelado contra la verdad.

b) No hay trato de privilegio ante Dios. A los judíos se les recuerda que no basta pertenecer al pueblo de Abrahán, aunque sea el pueblo elegido de Dios, para serle agradable. Hay que responder a ese don con una conducta coherente con la Alianza.

Precisamente por ser el pueblo elegido, el juicio será más exigente.

Lo mismo se puede aplicar a nosotros, los que estamos tan ufanos de pertenecer a la Iglesia de Jesús, el nuevo Israel. Por desgracia también nosotros podemos tener "un corazón impenitente" o "rebelarnos contra la verdad y rendirnos a la injusticia". Existe el pecado en nuestra vida y podemos caer en la mediocridad y en el descuido, no respondiendo con coherencia al don de Dios.

Las advertencias de Pablo a los cristianos judíos siguen la misma línea que las de Jesús a los fariseos de su época, llenos de sus propios méritos. Pero pensemos en nosotros mismos. No tenemos muchos motivos para sentirnos orgullosos ni meternos a jueces de los demás. "Tú, el que seas, que te eriges en juez, no tienes defensa". Somos propensos a mirar por encima del hombro a los que consideramos alejados o equivocados, y no nos damos cuenta de que "tú, el juez, te portas igual".

Al que más se le da, más se le exige. El juicio no será de cuánto hemos recibido. Puede ser que el que ha recibido sólo un talento lo haya administrado mejor que nosotros, si hemos recibido diez. El juicio está en manos de Dios. Como dice el salmo de hoy: "tú, Señor, pagas a cada uno según sus obras". Más vale que, a medida que vamos escuchando día tras día su Palabra, adelantemos nosotros mismos la evaluación final, para ir corrigiendo las desviaciones posibles en nuestro camino. Con la confianza puesta en Dios, en cuyo nombre vamos construyendo nuestro destino final: "sólo en Dios descansa mi alma, porque de él viene mi salvación, sólo él es mi roca y mi salvación... él es mi esperanza".

1. (Año II) Gálatas 5,18-25

a) Terminamos hoy nuestra lectura de la carta a los Gálatas. Y lo hacemos con una doble lista: las "obras de la carne" y los "frutos del Espíritu".

Parecería que, con tanto hablar de "libertad" y de relativizar "las obras de la ley", Pablo estuviera invitando a una espiritualidad más permisiva. Pero no. La fe en Cristo, y la apertura a su gracia, son muy exigentes.

Cuando él habla de "la carne", se refiere a nuestras solas fuerzas, a la mentalidad meramente humana, que nos lleva a esa lista impresionante de tendencias pecaminosas en el terreno de la impureza y de la idolatría, la falta de control de nosotros mismos y los fallos en la relación con los demás.

Lo contrario son los "frutos del Espíritu", que son los que deberían trasparentarse en nuestra conducta, con dominio de sí, paz y alegría, y sobre todo entrega amable a los demás.

b) Tenemos un buen examen delante. Un espejo donde mirarnos hoy con sinceridad.

Cada uno sabrá si en verdad "los que son de Cristo Jesús han crucificado su carne con sus pasiones y sus deseos" (es buena imagen la de "crucificar" lo que es anticristiano). Tal vez no tengamos que acusarnos de borracheras, orgías, libertinaje o idolatría. Pero sí puede ser que sigamos a "la carne", a los criterios humanos, cuando caemos en envidias, rencores y contiendas. Si nos dejamos llevar por los celos y las enemistades, no estamos viviendo según Cristo, sino según la carne.

Al contrario: como cristianos que vamos madurando en nuestra vida de fe, debemos "marchar tras el Espíritu", porque "vivimos por el Espíritu", ya desde el Bautismo, y se tienen que ver en nuestra vida sus "frutos", desde "el dominio de sí" hasta la "alegría y la paz" y "la comprensión, servicialidad y bondad" con los demás. ¿En qué se conoce que caminamos según el Espíritu?: en que vivimos con alegría, con amabilidad, con dominio de sí...

El salmo 1, que suena repetidamente en nuestra misa, nos sigue invitando, desde hace siglos, a elegir los caminos de Dios, y no los del mundo: "dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, sino que su gozo es la ley del Señor y medita su ley día y noche". No es, ciertamente, el apego a la ley que Pablo criticaba, como contabilidad de méritos, sino la ley que cumplimos movidos por la fe y el amor, movidos por el Espíritu de Cristo.

2. Lucas 11,42-46

a) Hoy escuchamos tres acusaciones muy duras de Jesús contra los fariseos, y una contra los juristas o doctores de la ley (que se lo buscaron metiéndose en la conversación):

- pagan los diezmos hasta de las verduras más baratas (lo de pagar la décima parte de las ganancias era muy común en las varias culturas), pero luego descuidan lo principal: "el derecho y el amor de Dios";

- "os encantan los asientos de honor",

- "sois como tumbas sin señal": por fuera, todo parece limpio, y por dentro sólo hay la corrupción de la muerte;

- y los intérpretes de la ley "abruman a la gente con cargas insoportables, y ellos no las tocan ni con un dedo".

b) Algunos ejemplos pertenecen a la cultura de entonces. Pero Jesús sigue interpelándonos: ¿merecemos algunos de estos ataques? ¿en qué medida somos "fariseos"?

Ahora no pagamos diezmos de cosas tan menudas. Pero igualmente podemos caer en el escrúpulo de cuidar hasta los más mínimos detalles exteriores mientras descuidamos los valores fundamentales, como el amor a Dios y al prójimo.

Por cierto, recojamos la consigna de Jesús: no se trata de no prestar atención a las cosas pequeñas, con la excusa de que son pequeñas. Lo que nos dice él es: "esto habría que practicar (lo importante, lo fundamental), sin descuidar aquello (las normas pequeñas)".

No invita a no atender a los detalles, sino a asegurar con mayor interés todavía las cosas que merecen más la pena.

¿Se puede decir que no andamos buscando los puestos de honor, ansiosos de la buena fama y del aplauso de todos, aunque sepamos interiormente que no lo merecemos?

Podemos ser tan jactanciosos y presumidos como los fariseos. ¿Somos sepulcros blanqueados? Cada uno sabrá cómo está por dentro, a pesar de la apariencia que quiere presentar hacia fuera. Los demás no nos ven la corrupción interior que podamos tener, pero Dios sí, y nosotros mismos también, si somos sinceros.

Si de alguna manera somos "doctores de la ley", porque enseñamos catequesis o educamos o predicamos, pensemos un momento si merecemos la queja de Jesús: ¿imponemos interpretaciones del evangelio que son demasiado exigentes, cargas insoportables? Ya es exigente de por sí la fe cristiana, pero no tenemos por qué añadirle nosotros cargas todavía más pesadas. Jesús se puso como modelo de lo contrario: "venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, porque mi yugo es suave y mi carga ligera" (Mt 11,29-30). Además, podemos caer en el fallo de ser exigentes con los demás y permisivos con nosotros mismos.

"Tú, el juez, te portas igual" (1ª lectura I)

"Los que son de Cristo Jesús han crucificado su carne con sus pasiones y sus deseos" (1ª lectura II)

"Ay de vosotros, fariseos, que os encantan los asientos de honor en las sinagogas" (evangelio)

J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 6
Tiempo Ordinario. Semanas 22-34
Barcelona 1997. Págs. 175-179


3-4.

Gal 5, 18-25: Guiados por el Espíritu de Jesús

Lc 11, 42-46: No poner cargas inútiles

Tomar la ley, el canon, la norma como excusa para encubrir las propias deficiencias fue lo que llevó a fariseos y escribas a convertirse en verdugos del pueblo. Ellos tenían que hacer esto para acomodar la Escritura a sus intereses. Y esta manera de proceder condujo el pueblo a la ruina.

La Ley estaba hecha para permitir la convivencia social, para evitar que crecieran incontrolablemente las barreras que separan a los ricos de los pobres, a los ignorantes de los instruidos. Pero la ley, en malas manos, se convirtió en un yugo inútil y pesado. Yugo utilizado para oprimir al pueblo en nombre de Dios. Jesús se alzó contra este procedimiento y llamó al orden desde lo central de la palabra de Dios: la justicia y la misericordia. Pues, no se puede pretender ser un cumplidor de la ley siendo injusto. Y no se puede pretender ser una persona perfecta siendo inmisericorde con el humilde.

Jesús denunció las contradicciones que anidaban en el seno de las prácticas opresoras de fariseos y escribas. Esas contradicciones eran las que permitían que el pueblo sufriera un doble yugo: el de las autoridades religiosas judías y el de las autoridades romanas.

Esas contradicciones se mantenían gracias a que los partidarios del poder mantenían el conocimiento de la Ley y la manipulaban a su favor.

Hoy nuestra sociedad vive de unas contradicciones que la mantienen en pie: la explotación como forma de producción, el lucro como forma de intercambio y la manipulación como la ideología vigente. Como Jesús necesitamos denunciar estos mecanismos de opresión y permitir que el pueblo acceda al verdadero conocimiento. De esta forma recuperaremos lo central de la revelación divina: la justicia y la misericordia como los fundamentos del proyecto de humanización.

SERVICIO BIBLICO LATINOAMERICANO


3-5. CLARETIANOS 2002

No tiene ningún sentido dividir a la gente en buenos y malos como suelen hacer las películas mediocres. Primero, porque ningún ser humano puede juzgar a su hermano. Segundo, porque el bien y el mal nos atraviesan a todos por dentro. Jesús es implacable contra los fariseos y maestros de todos los tiempos que se preocupan por dar una "buena imagen electoral" y pasan por alto el derecho y el amor de Dios, o que abruman a la gente con cargas insoportables mientras ellos (¿o nosotros?) no mueven ni un dedo. Son palabras enérgicas, de las más contundentes transmitidas por los evangelios, y, sin embargo, no parece que tengan demasiado efecto en nosotros. A veces, en nuestra iglesia, hay personas que se sienten con la obligación moral de señalar lo que se debe hacer y lo que no se debe hacer, de marcar una línea nítida entre lo permitido y lo prohibido, de censurar conductas "escandalosas", de llamar a cada cosa por su nombre. ¿Cómo podemos saber si estas actitudes "proféticas" son genuinamente evangélicas o no? La carta a los gálatas nos ofrece una pista. Donde hay Espíritu surgen frutos espirituales: amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, amabilidad, autocontrol, etc. Donde hay "carne" (hoy diríamos "ser humano que se deja llevar por lo suyo") surgen otros frutos: fornicación, impureza, contiendas, celos, rencores, sectarismo etc.
Esto puede parecer demasiado simple. Y, sin embargo, a esta simplicidad suelen llegar después de muchas vueltas, los hombres y mujeres espirituales. Hace tiempo que me he desenganchado de los maestros que presumen de decir las cosas claras y que van dejando un rastro de rencor, enemistades, sectarismo.

Os recuerdo que hoy, 16 de octubre, se cumplen 24 años del comienzo del ministerio pastoral de Juan Pablo II. Unámonos en una oración confiada para agradecer a Dios este largo tiempo de entrega a la Iglesia y pedirle que fortalezca con su Espíritu a quien es por vocación "siervo de los siervos de Dios".

Gonzalo (gonzalo@claret.org)


3-6. 2001

COMENTARIO 1

¡AY, AY, AY...!

Tres «ayes»: la cosa es muy grave. Primero denuncia a los fariseos (vv. 42-44), después a los juristas. Estos, representados por «cierto jurista», se sienten ofendidos por las palabras que Jesús acaba de dirigir a sus colegas de religión y de observancia («jurista», griego nomikos, casa con «ley», griego nomos). Juntamos las denuncias: «pasáis por alto la justicia y el amor de Dios» (11,42); «os gustan los asientos de honor y las reverencias» (11,43); «abrumáis a la gente con cargas insoporta-bles» (11,46).


COMENTARIO 2

Los ayes de Jesús describen las formas de la ausencia del Dios de la vida en el ámbito de los dirigentes religiosos. Y esos ayes se prolongan a lo largo del tiempo como una seria advertencia a todo hombre que se precie de religioso.

Desde ellos se exige, en primer lugar, una jerarquización de los preceptos que rigen la relación con Dios. Ésta se concibe esencialmente como una práctica de amor y justicia sin cuya existencia el cumplimiento de las demás obligaciones son prácticas vacías de sentido. Lo que acontece con el diezmo de los escribas, en el primer ay pronunciado por Jesús, puede acontecer con toda práctica de piedad al margen de aquellos pilares fundamentales del amor y la justicia.

Dichas exigencias principales de toda religiosidad auténtica son incompatibles con una práctica religiosa centrada en la búsqueda de los aplausos y de la aprobación de los semejantes.

Por lo mismo, se exige del hombre religioso una constante purificación de sus motivaciones para mantener la posibilidad del encuentro con Dios en una vida realizada en la autenticidad de una existencia vivida conforme al querer de Dios.

Toda actitud que enmascara intereses y egoísmos personales bajo el manto de la religiosidad vicia la raíz de la propia vida y coloca en una senda que, en lugar de acercar a Dios, aleja de Él,

Por consiguiente, las acciones que se esperan de los demás deben ser asumidas previamente como compromiso y exigencia en la propia vida como el fundamento necesario para el encuentro con el Señor de todos.

1. Josep Rius-Camps, El Éxodo del Hombre libre. Catequesis sobre el Evangelio de Lucas, Ediciones El Almendro, Córdoba 1991

2. Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)


3-7. 2002

Sigue Pablo dirigiéndose al "hombre normal". No intenta un falso ecumenismo o una 'captatio benevolentiae'. Pablo conoce la realidad de la buena teología pagana pero tacha a los teólogos de incongruencia: ciertamente condenaban las aberraciones morales, pero no daban testimonio con su conducta. Deducimos que para Pablo sí hay posibilidad de salvación aún fuera del ámbito estrecho de las iglesias. De hecho "Dios pagará a cada uno según sus obras": vida eterna o pena y angustia. Esto pone en cintura aquel tipo de pastoral que trata de desconocer o, peor aún, aplastar, cualquier grado de religiosidad o bondad de las personas, a quienes se ofrece el mensaje evangélico. Antes de que llegaran los predicadores, Dios ya los había interpelado. Un verdadero evangelizador debe reconocer primero este hecho y luego llevar a replantear su posición y adquirir coherencia de su fe y su conducta. Cuando la evangelización se presenta como punto inicial del encuentro de Dios con el ser humano, se corre el grave riesgo de identificar el mensaje evangélico con una determinada cultura y hasta con cierto tipo de religiosidad de los evangelizadores, como nos aconteció en América o África. El mensaje de Jesús es tan católico, es decir universal, que ¡puede inculturarse en cualquier parte!
Es ésta la condena expresa de Jesús contra estos dos grupos dirigentes de Israel. Los fariseos, con su rigor externo exagerado, dirigen la vida religiosa del judaísmo. Los juristas interpretan la antigua ley de Moisés y coleccionan las nuevas tradiciones morales y rituales del pueblo. Unos y otros parecen más preocupados de la observancia de los otros más que de su propio compromiso. No maravilla, entonces, la continua y violenta confrontación de Jesús y sus discípulos con estos grupos, que se resume en estos seis "¡ay de ustedes!" (11, 42-53).
Los fariseos son condenados principalmente por su hipocresía, por su corrupción interna (v. 44). Han transformado la religión en una especie de espectáculo y como los exclusivos representantes de lo divino en el mundo (v. 43) se preocupan de las minucias, perdiendo de vista lo más importante, el amor y la justicia (v. 42). En ese momento las relaciones aún no se han roto, y tanto Jesús como sus discípulos viven bajo la estructura legal del judaísmo. En nuestro contexto, "justicia y amor" son conceptos equivalentes y usados en sentido veterotestamentario y refiérense al misterio del amor de Dios, ligado a la vida de su pueblo; e igualmente a la existencia concreta de Israel que debe aceptar el don de Dios y transformarlo en norma de ser y de conducta. Dios es "justo" amando o perdonando al pueblo, y el pueblo es "justo" traduciéndolo en su propia vida de interrelaciones humanas.
El fariseísmo lo había olvidado y Jesús sintió la necesidad de recordárselo. En este sentido su mensaje no era una ruptura radical sino una búsqueda más profunda y auténtica de la vida religiosa del AT. La primera razón por la cual Jesús condena a los juristas es por la incoherencia entre su enseñanza y su vida (v. 46). Los intérpretes de la Ley han deshumanizado los mandamientos de Dios, transformándolos en un peso insoportable, volviendo odiosa la religión, han hecho de Dios un policía y fiscal, siendo infieles a la antigua tradición israelita del amor a Dios, de su providencia, del perdón y de la alianza. Por otra parte, su vida personal es ajena a la misma legalidad que imponen a los otros. La falta de la justicia y del amor divinos los hace culpables de rigidez y de hipocresía.

Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)


3-8. Miércoles 15 de octubre de 2003

Rom 2,1-11: A los que han perseverado en hacer el bien, les dará vida eterna
Salmo responsorial 61,2-3; 6-7: Tu Señor pagas a cada uno según sus obras
Lc 11,42-46:Como las tumbas que no se ven, que la gente pisa sin saberlo

No es que Jesús rechace las leyes. De hecho, él y sus discípulos se mantienen dentro de la estructura legal del judaísmo y por lo tanto, no descuidan sus ritos. Lo que Jesús denuncia es la hipocresía de un cumplimiento externo, rigorista, que no nace de la auténtica relación de justicia ni de amor a Dios ni a los demás.

Los fariseos pretenden mostrarse como perfectos cumplidores de las prescripciones legales y por eso buscan los primeros puestos y el aplauso de los otros. Su religión es insincera porque su motivación interior es la búsqueda de sí mismos; es la autosuficiencia del que se cree perfecto y superior a los demás.

El fariseo ha olvidado que no se trata del frío cumplimiento de leyes lo que nos identifica con la santidad de Dios, sino que la verdadera relación y alianza divina, consiste en recibir ese don de Dios para traducirlo en la autenticidad de la justicia, de la solidaridad y del reconocimiento igualitario de los otros.

La imagen del dios legalista, rigorista, inhumano, vigilante, retributivo que los maestros de la Ley han creado con su conducta y enseñanza, está lejos del Dios del Reino, del Dios revelado, del Dios de la alianza, que es amor, perdón misericordia y ternura infinitas para con hombres y mujeres.

SERVICIO BÍBLICO LATINOAMERICANO


3-9. CLARETIANOS 2003

Queridos amigos y amigas:

“Hay que hacer esto, aunque sin omitir aquello”.
Parece tan sencillo y, sin embargo, la tentación de quedarnos sólo en “esto” o sólo con “aquello” es frecuentísima. Hay que cumplir el precepto de dar el diezmo, pero sin descuidar la pasión por la justicia.

Fastidia escuchar tantas veces el “pero” cuando en su lugar debería estar el “y”.¿Por qué colocar tantas contradicciones entre cosas y personas que pueden muy bien ir unidas? Ejemplifiquemos. Se puede arrancar de lo tradicional y estar muy al día; no son cosas contrarias ser una señora emprendedora y, a la vez, una mujer tierna y maternal; hay esclavos del detalle litúrgico que parten, sin embargo, de una comprensión profunda del misterio.

Y es que la vida es sencilla y también rica en matices, no es complicada y sí compleja. Decir esto no es nadar en la ambigüedad, no es pasteleo, no es quedarse en un estado híbrido infecundo.

Qué bien coinciden en Jesús elementos y circunstancias que a los humanos nos encanta contraponer. Come con los pecadores sin tener que ceder a componendas con su pecado; se hace huésped de Zaqueo y florece la justicia en aquella casa; es la santidad y toca el barro de la debilidad. En definitiva, es Dios y es hombre. (Fueron las herejías la empeñadas en poner “esto” o “aquello”, nunca en juntarlos).

Si nos hubiera entrado en la cabeza este consejo del Maestro nos hubiéramos evitado tantas peloteras en la Iglesia. La Eucaristía, por ejemplo, es “esto” de la fiesta y “aquello” del misterio profundo; es sacrificio sin olvidar que también es comida fraterna. Lo mismo digamos de la Penitencia: aquí se junta el dolor y el arrepentimiento con el gozo, la vida y la alegría. ¿Por qué instalarnos, con cabezonería y estrechez de miras, sólo en una orilla?

Mantengamos el ideal. Hay que unir muchas cosas que sólo una mirada superficial o interesada pone en divorcio. En todo caso –y como mal menor-, vamos a respetar a las personas que subrayan uno u otro polo, para que, “en el conjunto”, resulte la armonía de todos los colores.

Es bueno mirar ejemplos que nos estimulan y nos dicen que es posible unir y armonizar. Juan XXIII sufría porque le quitaban las tres avemarías al acabar la Misa y, a la vez, fue el huracán que desplegó todas las velas de la Iglesia. El Papa Pablo VI admiraba la Basílica de la Anunciación de Nazaret. Sobre las viejas piedras que guardan la tradición se eleva, moderna y graciosa, la arquitectura nueva de la Basílica.

Conrado Bueno Bueno
(ciudadredonda@ciudadredonda.org)


3-10. 2003 

LECTURAS: ROM 2, 1-11; SAL 61; LC 11, 42-46

Rom. 2, 1-11. ¿De qué sirve poseer tesoros tan enormes de riqueza como son la Ley Santa de Dios para los Judíos, y la Gracia que Dios nos ha ofrecido en Cristo a quienes creemos en Él? No basta ser herederos de la Ley de Dios y condenar a quienes no la cumplen; hay que amoldar, uno mismo, su vida a ella. No basta ser herederos de la Gracia de Cristo y proclamar el Evangelio con los labios para que muchos más crean en el Señor; hay que vivir aquello que se anuncia. No sea que estando a la mesa de un banquete substancioso al final quedemos con el estómago vacío por no haber querido hacer nuestros esos alimentos. No vaya a suceder que al final quedemos con el corazón vacío por haber anunciado el Evangelio de la Gracia, pero no haberlo hecho parte de nuestra propia existencia. Hagamos el bien amoldando nuestra vida al Evangelio que es Cristo; más aún, revistámonos de Cristo para que perseverando en la práctica del bien busquemos gloria, honor e inmortalidad y recibamos, finalmente, Vida Eterna de manos de Dios, nuestro Padre.

Sal.61. En Dios está mi salvación y mi gloria. Él siempre está a nuestro lado como poderoso defensor. Él es nuestro refugio, por eso en Él confía nuestro corazón. El Señor no sólo se ha hecho cercano a nosotros, sino que ha querido hacer su morada en nuestros corazones. Por eso, teniendo a Dios, nuestro corazón no tiembla, ni vacila nuestra alma. Si en verdad aceptamos en nosotros su presencia, si en verdad nos dejamos llenar de su vida, si en verdad dejamos que su Espíritu se posesione de todo nuestro ser, vivamos de un modo intachable, dando así testimonio de que la Gracia de Dios no ha caído en nosotros como en saco roto. Manifestemos, pues, nuestra fe en Cristo no sólo con palabras, sino con obras nacidas de nuestra unión sincera a Él.

Lc. 11, 42-46. Qué fácil es decirle a alguien que es hombre de Iglesia porque desembolsa grandes cantidades de dinero a favor de la misma, o porque paga puntualmente sus contribuciones a la Iglesia, o porque imparte pláticas y cursos como un gran experto en la fe. Mientras todos estos actos sólo sean una especie de paliativos a la conciencia para tratar de redimir con eso una vida desordenada o degenerada que no quiere abandonarse, las alabanzas y sonrisas y agradecimientos que se reciban no servirán realmente de nada en la presencia de Dios. El Señor, además de las obras de caridad nos pide que no nos olvidemos de la justicia y del amor de Dios. Que no sólo hablemos hermosa e ilustradamente acerca de la fe para hacer comprender a los demás sus compromisos de fe y de amor e invitarlos (obligarlos) (?) a amoldar su vida a ellos, sino que seamos nosotros los primeros en asumir nuestras responsabilidades en la fidelidad a la fe y al amor que proclamamos; de lo contrario seríamos cristianos de fachada, hipócritas, sepulcros blanqueados, aparentemente bellos, pero sólo por fuera, pues nuestro interior estaría lleno de carroña y podredumbre. Vivamos con lealtad nuestra fe en Cristo haciendo nuestros su Vida y su Espíritu, y no conformarnos pensando que ya estamos salvados por haber ayudado a nuestro prójimo, o por haber anunciado el Nombre del Señor.

El Señor nos ha convocado para estar con Él en esta Celebración de su Pascua. Venimos con la intención de ser los primeros en escuchar su Palabra para ponerla en práctica. El Señor nos quiere en Comunión de Vida con Él. Él nos quiere como un signo mucho muy claro de su amor salvador en medio de nuestros hermanos. Por eso no podemos sólo cumplirle al Señor participando en la Eucaristía, tal vez diariamente, sino que lo haremos realmente cuando dejemos que su Espíritu haga suya nuestra vida y nos conduzca de tal forma que por medio nuestro el Señor se convierta en cercanía amorosa para todos para salvarlos, fortalecerlos, socorrerlos y manifestárseles como Padre Misericordioso.

Hagamos el bien. Como Cristo, pasemos haciendo el bien a nuestro prójimo. Pero para esto, antes que nada hemos de reconocer nuestra propia realidad, lo que realmente somos internamente. No podemos dar una cara ante los demás mientras nuestro interior, mientras nuestras intenciones sean pecaminosas. Por eso hemos de vivir en una continua conversión para ser más leales ante Dios, ante nuestro prójimo y ante nosotros mismos. Sabiendo que nosotros mismos somos pecadores no queramos juzgar ni rechazar a los demás a causa de sus pecados y miserias; ni queramos proyectar en ellos la realización del bien, con cargas pesadas, que nosotros no estamos dispuestos a cumplir o a llevar con amor. Preocupémonos por construir un mundo más fraterno, más justo, más en paz. Pero que esto brote de nuestra sincera unión con Cristo y no por el afán de brillar ni de ser tenidos en cuenta. Cuando seamos sinceros en hacer el bien a los demás sin que medien intenciones torcidas estaremos, realmente, construyendo un mundo cada día mejor por haber actuado no conforme a nuestros criterios, sino conforme a los criterios de Cristo.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir con lealtad nuestra fe, de tal forma que, a partir de ella, podamos esforzarnos en continuar construyendo el Reino de Dios entre nosotros. Amén.

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