SÁBADO DE LA SEMANA 24ª DEL TIEMPO ORDINARIO
1.- 1Tm 6, 13-16
1-1.
-Hijo muy querido, en presencia de Dios que da vida a todas las cosas...
¡Es un Dios vivo aquel frente al cual estoy!
¡Qué emoción, que profunda paz y alegría exultante nos embargaría y cuál sería nuestra respuesta de amor... si pensáramos que, efectivamente, vivimos en «presencia de Dios que nos da la vida»!
-Y en presencia de Cristo Jesús que ante Poncio Pilato rindió tan solemne testimonio...
¡Admirable perspectiva! Nuestra modesta profesión de fe tiene como ejemplo la que Jesús mismo profirió ante Pilato: Contemplo ese «hermoso testimonio» de Jesús de pie, delante de los que le juzgan: «Mi realeza no es de este mundo... Sin embargo sí soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad... Todo el que es de la verdad, escucha mi voz...» (Jn 18, 36.)
Toda búsqueda de la verdad, toda recta búsqueda doctrinal o moral, es una búsqueda de Jesús. Cada vez que cumplo mi deber con rectitud de vida, cada vez que afirmo mis convicciones, me asemejo a Jesús y estoy «ante Jesús». El me mira y ve que soy, a mi vez, un testigo de la verdad.
-Mira lo que te ordeno: conserva el mandato del Señor, permanece irreprochable y recto hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo.
Ya conocemos el mandato del Señor: «Amarás». Toda la vida cristiana, y podría decirse, toda la vida humana, está aquí.
«Quien ama, conoce a Dios.» «Dios es amor.» Una jornada resulta llena si está llena de amor. Una jornada resulta vacía si no ha habido amor en ella. A pesar de todas las bellas palabras, una vida «sin amor» es una vida sin Dios.
Amar es manifestar a Dios, porque Dios es amor.
No amar es negar a Dios, incluso si la boca habla de El.
San Pablo invita a Timoteo a vivir en el amor, en el «mandato de Jesús» mientras espera la plena manifestación de Cristo, ¡cuando el amor será por fin manifiesto y perfecto!
-Manifestación que, a su debido tiempo, hará ostensible el bienaventurado y único Soberano, el Rey de los reyes y el Señor de los señores...
Este es otro himno litúrgico que estalla como un grito de alegría. Constantemente el alma de san Pablo exulta y arde cuando piensa en Dios, lo que se convierte en una exclamación, un cántico, una «doxología», ¡una alabanza de gloria!
En el mundo del tiempo de san Pablo, a los emperadores, a los reyes, se les divinizaba y ellos, por su parte, aceptaban esos títulos superlativos: «¡rey de reyes!» Oponiéndose valientemente a esos títulos paganos, Pablo nos enseña a poner nuestra absoluta confianza sólo en Dios: ningún poder humano, ninguna ideología merece nuestra sumisión incondicional. Sólo Dios es Dios.
-El único que posee lnmortalidad...
El que habita en una luz inaccesible, a quien no ha visto ningún ser humano ni le puede ver. A El el honor y el poder por siempre. Amén.
¡Tan evidente es que los reyes como los demás hombres son mortales! ¡Tan claro es que las civilizaciones son mortales! El único porvenir absoluto es Dios. La inmortalidad de Dios, la inaccesibilidad de Dios, la eternidad de Dios... ofrecidas en Cristo al hombre. ¿Nos damos perfecta cuenta de que en esto consiste nuestra Fe? Gracias, Señor. A Ti honor y poder eternos. Amén.
NOEL
QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 5
PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO
DE LOS AÑO IMPARES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág. 294 s.
2-1.
La oposición entre los corintios y Pablo, venía, en gran parte, de dos esquemas mentales diferentes, de dos concepciones del hombre:
--Los griegos y los occidentales en general tienen una concepción dualista, que separa el cuerpo del alma, hasta llegar a dar a ésta una cierta autonomía.
--Los judíos, por el contrario tienen una concepción unitaria del hombre: cuerpo y alma juntos constituyen la "persona".
Dios salva a todo el hombre.
Pablo inicia la controversia: «¿Cómo resucitarán los muertos?» No se trata tanto del "hecho" de la resurrección, como de la manera, el como. Para contestar a sus objetores
Pablo usará tres tipos de argumentos:
1º Comparación con la «semilla».
-¡Insensato! Lo que siembras no revive sin morir primero. No siembras la planta, sino un simple grano.
En efecto, el universo visible, si sabemos «mirarlo», nos ofrece cada día un «signo» del poder divino, y un anuncio de la resurrección: millones de granos vivos se pudren en la tierra y parecen morir en el frío húmedo del invierno... pero la primavera y el verano se preparan en ellos. Jesús utilizo esa imagen del «grano que muere» para expresar el conocimiento que El tenía de su muerte y de su supervivencia. Decía también «ved que ya salen los brotes, la primavera y el verano están viniendo». Sí, ¡lo creo!, ¡lo espero! ¡Ven!
2º Reflexión sobre la «calidad» del cuerpo resucitado.
-Se siembra un ser perecedero... Lo que crece es imperecedero. Se siembra un ser despreciable... Lo que crece es vigoroso. Se siembra un cuerpo humano... y crece un cuerpo espiritual.
La comparación de la simiente prosigue: lo que crece es diferente de lo sembrado. No crece otro grano de trigo sino un tallo verde... No una bellota sino un roble.
Comparación muy simple, pero elocuente.
Todas nuestras objeciones vienen en el fondo de allí: no llegamos a imaginar lo que es un cuerpo resucitado. Pues bien, renunciemos, como san Pablo a representaciones extravagantes: contemplemos la naturaleza; tratemos de contemplar en ella el poder maravilloso de Dios, y ¡confiemos en El!
Resucitados seremos "otros" y mejores que hoy. Lo feo será hermoso; lo débil, fuerte; el «pecado» en nosotros será por fin (!) santificado, como deseamos. Pero, de hecho, ¿deseamos todo esto? ¿Nos basta quizá la vida terrestre? ¿Somos hombres de deseo? ¿Cuál es nuestra ambición? ¿Vamos trabajando para esta resurrección que viene? ¿en nosotros y a nuestro alrededor?
3º Argumento de tipo filosófico sobre el «principio vital» del hombre.
-Hecho de barro, Adán, el primer hombre, viene de la tierra, tiene un cuerpo humano.
El segundo hombre, Cristo, venido del cielo, tiene un cuerpo espiritual. («Psíquico» en griego... psyjé significa «alma»). («Neumático» en griego... neuma significa «espíritu»), son unos matices casi intraducibles.
Decimos que Adán recibió un principio de animación que es simplemente «humano» un «espíritu» en minúscula.
Mientras que Cristo posee un principio de animación que es «divino», un «Espíritu» en mayúscula... y san Pablo, siguiendo a Jesús, dice que este «Hombre viene del cielo» y no de la tierra.
La resurrección no es debida al hombre, no es exigida por la naturaleza humana. Naturalmente el hombre es mortal. Pero ha recibido el Espíritu, que lo hace participar de lo "divino".
NOEL
QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 4
PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO
DE LOS AÑOS PARES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1984.Pág. 294 s.
3-1.
VER DOMINGO 15A
3-2.
-Salió el sembrador a sembrar. Una parte del grano cayó:
- en la vereda, lo pisaron y los pájaros se lo comieron...
- en la roca y al brotar se secó por falta de humedad...
- entre zarzas y éstas, brotando al mismo tiempo lo ahogaron...
Una siembra lamentable, laboriosa.
Todos los mesianismos judíos esperaban una manifestación brillante y rápida de Dios.
Jesús parece querer rebajar su entusiasmo: el "Reino de Dios" está sujeto a los fracasos... va progresando penosamente en medio de un montón de dificultades... ¡Mucha paciencia es necesaria! Como Jesús, ¿me atrevo yo a mirar de cara las dificultades de mi vida personal... de mi medio familiar o profesional... de la vida de la Iglesia?...
-Otra parte cayó en tierra buena, brotó y dio el ciento por uno.
Mateo y Marcos hablaban de rendimientos diferenciados según la calidad de la tierra: treinta por uno... sesenta por uno... ciento por uno...
Lucas se contenta con un sólo rendimiento: ¡el más elevado! ¡Cada grano de trigo produce otros cien! Un buen ejemplo, una vez más, de la adaptación del evangelio: La preocupación de Lucas no ha sido solamente reproducir, palabra por palabra, los menores detalles de sus predecesores. El evangelio es viviente. Quedando a salvo lo esencial del mensaje, cada predicador le da una vida nueva. Lucas se beneficiaba de una más larga experiencia de la vida de la Iglesia y podía ya poner el acento sobre tal o cual punto, según las necesidades de la comunidad a la que se dirigía.
Aquí, por ejemplo, en el crecimiento del Reino de Dios pasa del "nada" al "todo"... del fracaso total de la semilla, a su éxito total. Porque, a diferencia de Mateo y de Marcos, quiere insistir solamente sobre la perseverancia en el fracaso.
-Quien tenga oídos para oír, ¡que oiga! Jesús invita a estar atentos.
Lo sabemos muy bien: se puede soslayar... no oírle.
Señor, agudiza nuestras facultades de atención, de recogimiento, para poder oír.
-A vosotros, os ha sido dado el poder comprender los misterios del reino de Dios. A los demás, en cambio, se les habla en parábolas, así, viendo no ven y oyendo no entienden. Dios no es injusto; sino que respeta la libertad.
"La propuesta" divina no es tan evidente que llegue a forzar nuestro asentimiento. Es uno de los Pensamientos de ·Pascal-B: "Hay claridad suficiente para alumbrar a los elegidos, y bastante oscuridad para humillarlos. Hay suficiente oscuridad para cegar a los réprobos, y bastante claridad para condenarlos y hacerlos inexcusables." (443) "Si hay un Dios, es infinitamente incomprensible... Somos pues incapaces de conocer quién es El, ni si El es".
"¿Quién censurará a los cristianos no poder dar razón de su creencia, ellos que profesan una religión de la que no pueden dar razón? Si la dieran, no serían consecuentes; y es siendo faltados de prueba que no son faltados de sentido" (343).
¡El mismo Jesús no ha querido convencer "a la fuerza"!
-Lo que cae en buena tierra, son los que, después de haber oído la Palabra, la conservan con corazón bueno y recto, y dan fruto con su perseverancia.
¡Perseverancia! ¡Uno de los más hermosos valores del hombre! ¡Ah, no! El Reino de Dios no es un "destello" estrepitoso y súbito: viene a través de la humilde banalidad de cada día, en el aguante tenaz de las pruebas y de los fracasos. Para mejor descubrir a Dios, para entrar en sus misterios, es necesario, cada día, con perseverancia, tratar de llevar a la práctica lo que ya se ha descubierto de El: ésta es condición para entrar y adelantar en su intimidad.
NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 2
EVANG. DE PENTECOSTES A ADVIENTO
EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág. 186 s.
3-3.
1. (Año I) 1 Timoteo 6,13-16
a) Concluimos hoy la lectura de esta carta de Pablo a Timoteo con una "doxología", alabanza final, y un marcado tono escatológico, de mirada hacia la venida última del Señor.
Con solemnidad, apelando a la presencia de Dios Creador y de Jesús, le pide Pablo a Timoteo que "guarde el mandamiento sin mancha ni reproche, hasta la venida del Señor".
También el salmo nos invita a esta mirada de profunda adoración y alabanza del Señor: "aclama al Señor, tierra entera... entrad por sus puertas con acción de gracias".
b) Empezar no es difícil. Ser fieles durante un cierto tiempo, tampoco. Lo costoso es perseverar en el camino hasta el final.
La solemne invitación va hoy para nosotros: convencidos de la cercanía de ese Dios que nos ha dado la vida y de ese Cristo que nos la comunica continuamente -de un modo particular en la Eucaristía- debemos esforzarnos por responder con nuestra fidelidad "hasta la venida del Señor".
Sea cual sea ese "mandamiento" que Timoteo tiene que guardar (¿la sana doctrina? ¿la "verdad" de la que dio testimonio Jesús ante Pilato: Jn 18,36? ¿la gracia que ha recibido? ¿el mandamiento concreto del amor?), todos somos conscientes de que nuestra fe cristiana es un tesoro que tenemos que conservar y hacer fructificar. Y que, además, lo llevamos en frágiles vasijas de barro. Haremos muy bien en no fiarnos demasiado, para esa perseverancia, de nuestras propias fuerzas en medio de un mundo que, como en tiempo de Pablo, tampoco ahora nos ayuda mucho en nuestra fidelidad a Cristo.
Nos ayudará el tener nuestros ojos fijos en ese Cristo del que Pablo gozosamente afirma que es "bienaventurado y único soberano, rey de los reyes y señor de los señores, el único poseedor de la inmortalidad...". En ese Cristo creemos. A ese Cristo seguimos. Y esperamos que, con su gracia, logremos serle fieles hasta el final y compartir luego para siempre su alegría y su gloria.
1. (Año II) 1 Corintios 15,35-37.42-49
a) "¿Y cómo resucitan los muertos?". Para responder a la objeción de los Corintios sobre la resurrección de los muertos, Pablo se ha basado sobre todo en la íntima conexión entre la de Cristo y la nuestra. Es lo que escuchamos en los dos días anteriores. Ahora quiere ayudar a entender de alguna manera el "cómo" de este hecho.
Para él es evidente que el modo de existir de nuestro cuerpo resucitado no será como el anterior. Pensar en esto le parece "tonto". Y recurre a una comparación muy gráfica: la semilla que se siembra en la tierra luego se convertirá en una espiga de trigo o una planta, distintas, evidentemente, de lo que era la semilla, pero que brotan de una misma realidad. Así el cuerpo humano: "se siembra corruptible (cuando muera y es enterrado), pero resucita incorruptible". Hay de por medio una transformación: era miserable y ahora glorioso, era débil y ahora fuerte. Antes se podía llamar "cuerpo animal" y ahora, "cuerpo espiritual". Es lo que ha pasado entre el primer Adán y el segundo y definitivo. El primero era terreno, hecho de tierra. El segundo, celestial, un espíritu que da vida. Nosotros pasaremos de ser "imagen del hombre terreno", del primer Adán, a ser "imagen del hombre celestial", Cristo Jesús.
b) Es un buen modelo de una catequesis que, sin pretender resolver el misterio, lo quiere acercar a una relativa y gozosa comprensión.
Dios nos tiene destinados a la vida, como al mismo Cristo. Ya el salmo lo decía: "libraste mi alma de la muerte, mis pies, de la caída, para que camine en presencia de Dios a la luz de la vida". No sabemos "cómo". Eso lo dejamos en sus manos. Pero nos ayuda a entender algo del misterio la comparación de la semilla y la planta, del primer Adán y del segundo. En nuestra resurrección seremos los mismos, pero transformados. Como Jesús, que en su Pascua no volvió a la existencia de antes, sino a una nueva y definitiva vida, en la que está. Como el niño que nace pasa del ambiente del seno materno a una vida fuera de este seno: es el mismo, pero ha llegado a la existencia para la que estaba destinado. Así nosotros, al morir, al atravesar como Cristo la puerta de la Pascua, pasaremos a una existencia nueva, transformada, definitiva, para la que estamos destinados. La semilla habrá muerto, pero era para dar origen a la espiga o a la planta nueva, porque "lo que tú siembras no recibe vida si antes no muere".
El prefacio de la misa de difuntos expresa esta convicción con otras comparaciones: "la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo".
2. Lucas 8,4-15
a) La parábola del sembrador la explica luego el mismo Jesús: la homilía la hace, por tanto, él.
Lo que parecía empezar como una llamada de atención sobre la fuerza intrínseca que tiene la Palabra de Dios -una semilla que al final, y a pesar de las dificultades, "dio fruto al ciento por uno"-, se convierte en un repaso de las diversas reacciones que se pueden dar en las personas respecto a la palabra que oyen. Las situaciones son las de la semilla que cae en el camino o en terreno pedregoso o entre zarzas o en tierra buena, con suerte distinta en cada caso.
Jesús es consciente de que sus parábolas pueden ser entendidas o no, según el ánimo de sus oyentes. Estas parábolas tienen siempre la suficiente claridad para que el que quiera las entienda y se dé por aludido. O para que no se sienta interpelado: "a vosotros se os ha concedido conocer los secretos del Reino; a los demás, sólo en parábolas, para que viendo no vean y oyendo no entiendan". Depende de si están o no dispuestos a dejarse adoctrinar en los caminos de Dios, que son distintos de los nuestros. Siempre será verdad lo de que "el que tenga oídos para oír, que oiga".
b) La Palabra de Dios es poderosa, tiene fuerza interior. Pero su fruto depende también de nosotros, porque Dios respeta nuestra libertad, no actúa violentando voluntades y quemando etapas.
¿Dónde estoy retratado yo? Cuando, por ejemplo en la Eucaristía, escucho la palabra, o sea, cuando el Sembrador, Cristo, siembra su palabra en mi campo, ¿puedo decir que cae en buen terreno, que me dejo interpelar por ella? ¿o "viene el diablo" o "los afanes y riquezas y placeres de la vida" y la ahogan, y así no llega nunca a madurar, porque no tiene raíces? ¿Qué tanto por ciento de fruto produce en nosotros la Palabra que escucho: el ciento por uno?
Acoger la Palabra "con un corazón noble y generoso" y perseverar luego en su meditación y en su obediencia: ésa es la actitud que Jesús espera de nosotros, y que es la que nos conducirá a una maduración progresiva de nuestra vida cristiana y a la construcción de un edificio espiritual que resistirá a los embates que vengan.
"Guarda el mandamiento sin mancha ni reproche, hasta la venida de Nuestro Señor Jesús" (1ª lectura I)
"Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial" (1ª lectura II)
"La tierra buena son los que con un corazón noble y generoso escuchan la Palabra, la guardan y dan fruto perseverando" (evangelio)
J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 6
Tiempo Ordinario. Semanas 22-34
Barcelona 1997.
Págs. 87-90
3-4.
1 Cor 15, 35-37.42-49: La resurrección, una transformación definitiva
Lc 8, 4-15: Sembrar en muchos terrenos
Muchas veces nos preguntamos por qué la Palabra de Dios no ha prendido lo suficiente entre nosotros. Nos preocupamos por anunciar el mensaje, por hacer homilías y cursos, por comprar algunos libros que nos ayuden a profundizar. Pero nada. Podemos seguir ignorando la Palabra y, muchas veces, la cambiamos por cualquier otra cosa. Esto puede tener varias causas que se pueden comprender por medio de la parábola.
La semilla es buena, pero el terreno no está suficientemente preparado. Muchas veces tenemos sincero interés en lo que Dios nos comunica en la Biblia y en la vida. Pero, las preocupaciones nos cubren como una maraña insalvable. Y que son estas preocupaciones sino afanes, muchas veces desmedidos, por alguna de las cosas que la sociedad nos ha impuesto como ideal de vida.
Por esto, la recepción de la Palabra no ocurre de cualquier modo. Hace falta un ejercicio de limpieza interior, de desbloqueo mental. Mientras permanezcamos atrapados por interminables preocupaciones nunca podremos ocuparnos de la Palabra. Es necesario crear un espacio vital donde la buena semilla del evangelio germine.
También ocurre que la semilla es buena, pero el terreno carece de profundidad. En otras ocasiones somos presa de un entusiasmo inicial que no tiene continuidad. Recibimos con gozo la semilla, pero somos incapaces de seguirla cultivando para que desarrolle toda su potencialidad. Esto es fruto de la superficialidad. Somos superficiales en nuestra formación cristiana y nos contentamos con lo poco que aprendimos en la catequesis. Maduramos nuestros conocimientos profesionales, técnicos, pero no profundizamos en el conocimiento de la Palabra de Dios en la Biblia y en la vida.
La parábola de hoy nos lanza un profundo cuestionamiento que debe ser madurado. Si no somos capaces de dar respuesta a esta interpelación, es muy probable que no tengamos preparado el terreno para que crezca la Buena Semilla en nuestra vida.
SERVICIO BIBLICO LATINOAMERICANO
3-5.
COMENTARIO 1
LAS CUATRO POSIBLES ACTITUDES DEL OYENTE
La parábola (a) va dirigida a la multitud: es una invitación a preparar el
terreno donde se siembra la semilla. Todo depende de la clase de terreno, es
decir, de la disposición de los oyentes. Por eso termina con una máxima: «
¡Quien tenga oídos para oír, que escuche! » (8,8b).
Hay tres clases de terreno donde la semilla se pierde. Sólo si cae en tierra
fértil (8,8a), la nueva tierra prometida, llegará a dar fruto. Los cuatro
terrenos se hallan en un mismo lugar, donde hay un camino, rocas, márgenes
húmedos repletos de zarzas, la tierra fértil. El sembrador siembra a voleo, sin
preocuparse de si una parte de la semilla se pierde.
La máxima, colocada al final, nos descubre ya hacia dónde irá la explicación de
la parábola. ¡No depende de cómo se siembre, sino de cómo se escuche el mensaje!
De manera casi imperceptible hemos pasado de una cultura donde predominaba el
escuchar a otra donde -según se piensa- predomina la letra impresa o
visualizada. Afortunadamente, mientras no se demuestre lo contrario, el hombre
continuará teniendo oídos. Y eso explica que las cosas leídas, donde sólo
interviene la vista, no hacen el mismo efecto que las proclamadas, donde
interviene la voz, el clima del auditorio, los tonos de voz de quien está
hablando, el calor vital que lo acompaña, el testimonio de la persona. La fe
viene por el oído, por la transmisión de la palabra que transporta unida a ella
vivencias de la persona que la proclama. Tendríamos que revisar seriamente la
praxis de dar a leer libros como un médico que se limita a recetar medicamentos.
¡Es todo tan impersonal...!
LA REFLEXION DE LA COMUNIDAD
La explicación de la parábola (b) responde a una pregunta formulada por los
discípulos. Todo lo que vendrá después irá dirigido exclusivamente a los
discípulos. La adhesión a Jesús se ha traducido en ellos en una fuente de
experiencias: «A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reinado de
Dios» (8, 10a). La expresión «se os ha concedido», apunta a Jesús como agente de
los conocimientos ya adquiridos por los discípulos. Lucas reduce al mínimo la
cita de Is 6,9-10, reservando la cita in extenso para el final del libro de los
Hechos (Hch 28,26-27), cuando Pablo tomará conciencia de la obstrucción
sistemática de Israel al mensaje. Los discípulos, el nuevo Israel, han sido
iniciados en los secretos del reinado de Dios. Poseen la clave para interpretar
la enseñanza y la actividad de Jesús. El tema dominante es la manera de escuchar
el mensaje (vv. 10. 12.13.14.15) y de hacerlo fructificar (v. 15).
Los del «camino» (8,12) son los que escuchan, pero no asimilan nada, porque
están imbuidos de otras ideologías contrarias al designio de Dios. «El diablo»
personifica la ideología del poder en todas sus facetas y concreciones.
«Los del pedregal» (8,13) son los que aceptan el mensaje con alegría, pero que
no asumen a fondo ningún compromiso. Solamente han asimilado del mensaje aquello
que se avenía con su ideología y expectaciones. Cuando llega la prueba, en
tiempos difíciles, desertan.
La parte que cayó «entre las zarzas» (8,14) son los oyentes que no han hecho la
ruptura. Siguen aferrados a las riquezas, a los placeres de la vida, a las
exigencias de la sociedad de consumo, atenazados por las preocupaciones de la
vida.
«La parte de la tierra fértil» son los oyentes que, «al escuchar el mensaje, lo
van guardando en un corazón noble y bueno» (8,15). El fruto del reino no es
instantáneo, sino que requiere constancia. Ni se trata de un fruto estacional,
sino que «van dando fruto con su firmeza». Es toda una vida al servicio de los
demás. Todos tenemos una parcela de 'tierra fértil/buena'.
COMENTARIO 2
La existencia cristiana, desde su comienzo, tiene adversarios que acechan a
todos los que quieren asumirla. Algunos ya desde ese momento inicial se dejan
arrebatar la Palabra sembrada en ellos y destinada a fructificar en su corazón y
en el de todos los hombres.
Pero las amenazas no se reducen a este momento inicial sino que acompañan al
creyente a lo largo de toda su existencia. Cada uno de ellos debe enfrentarse
durante toda su vida a "pruebas", amenazas desde el exterior que llevan a
considerar una pérdida el seguimiento de Jesús. Este aparece, en ciertos
momentos, como amenaza para la estructura social existente que, por un
sentimiento de autodefensa, puede asumir formas agresivas persiguiendo a los
portadores del mensaje.
Un peligro mayor que impide la producción de los frutos reside en la adopción
por parte de los cristianos de un estilo de vida en contradicción con la
propuesta aceptada. La actitud de desconfianza frente a Dios y la primacía de la
búsqueda de posesión y del placer están presentes en el entorno en que el
cristiano debe realizar su existencia.
Este entorno no es totalmente exterior a la existencia del creyente. El contagio
de estos valores predominantes en la sociedad es una posibilidad real que
amenaza nuestra existencia, que puede impedir la obtención de la finalidad
propuesta y llenar de frustración nuestra existencia.
Sólo una audición y recepción de "un corazón noble y generoso" junto a una
fidelidad constante y sin límites en la duración puede asegurar la llegada a la
meta de la existencia.
1. Josep Rius-Camps, El Éxodo del Hombre libre. Catequesis sobre el Evangelio de Lucas, Ediciones El Almendro, Córdoba 1991
2. Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)
3-6. Sábado 20 de septiembre de 2003
1 Tim 6, 13-16: Conservar el testimonio
Salmo responsorial: 99, 2-5
Lc 8, 4-15: Parábola del sembrador
Esta parábola nos habla de la suerte que pueden correr los que escuchan la
Palabra de Dios, es decir, los que están oyendo el mensaje que Jesús está
proclamando por aldeas y pueblos.
Lo que nos presenta la parábola, el arrojar indiscriminadamente las semillas por
todas partes, de manera que algunas caigan sobre un camino o entre piedras o
entre abrojos, corresponde al método en el que el labrador esparce la semilla
sobre todo el campo, sobre los caminos, las plantas, las piedras y todo lo
demás. Después ara el campo, enterrando las semillas en el suelo y en el proceso
también entierra las malas hierbas, destruye el camino y entierra las piedras
que estaban en la superficie. Esta forma de sembrar es la que presupone la
parábola de Jesús.
Jesús habla a la gente de esta manera porque las parábolas, como las alegorías,
las fábulas, las leyendas y los proverbios, hacen parte de la forma de hablar de
la gente sencilla, son características comunes de nuestra vida diaria, además
reflejan fielmente las condiciones de vida de la gente. Jesús le habla al pueblo
utilizando su propias palabras, por eso para entender el mensaje de esta
parábola, debemos estar familiarizados con los métodos palestinos de siembra en
tiempos de Jesús.
Los discípulos piden a Jesús que les explique el sentido de la parábola.
Entonces Jesús les dice: “A ustedes les ha sido concedido como regalo conocer lo
secreto del Reino de Dios; en cambio a los de fuera todo se les presenta en
parábolas, de forma que mirando, miren y no vean, oyendo, oigan y no entiendan”.
Esta frase hay que entenderla en su sentido fuerte: Jesús hablaba de esta manera
para que no cualquiera captara lo que quería decir. Simplemente buscaba provocar
una inquietud de búsqueda de sentidos más profundos en los que lo oían; pero
también quería hacer una advertencia a sus discípulos: Pónganse más atentos
porque si no entienden esta parábola, no podrán entender ninguna otra. Y les
explica por qué la respuesta que se daba a su enseñanza dependía del lugar
social en el que se estuviera y de los intereses que se defendieran.
El sembrador siembra la Palabra. Hay unos (los sembrados en la tierra dura del
camino) en los que se siembra la palabra y, en cuanto la oyen, viene el Tentador
y arrebata la palabra sembrada en ellos. Hay otros que se parecen a éstos: son
los sembrados en terreno pedregoso; en cuanto oyen la palabra reaccionan con
gran alegría, pero no tienen raíz en sí mismos, son inconstantes y oportunistas
y en cuanto les llega un conflicto o una persecución por causa de la palabra que
escucharon, sucumben. Otros son diferentes: los sembrados entre las espinas; son
los que oyen la Palabra pero las preocupaciones por el presente, la trampa de
las riquezas, y todos los tipos de codicias que les entran ahogan la palabra y
le impiden dar fruto. Y hay también los sembrados en tierra buena, los que oyen
la palabra y la acogen y dan un fruto sobreabundante.
Siguiendo con la explicación alegórica de la parábola nos podríamos preguntar:
¿qué clase de terreno somos?, mejor dicho, ¿cómo estamos asumiendo en nuestra
vida la Palabra de Dios?, y ¿cuál es nuestro compromiso con el mensaje del Reino
que Jesús nos anunció?
SERVICIO BÍBLICO LATINOAMERICANO
3-7. DOMINICOS 2003
“Querido hermano:
En presencia de Dios, que da la vida al universo, y de Cristo Jesús, que dio testimonio ante Poncio Pilato, te insisto en que guardes el mandamiento sin mancha ni reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo.
A él, en tiempo oportuno, se mostrará el bienaventurado y único Soberano, Rey de reyes y Señor de los señores, el único poseedor de la inmortalidad, que habita una luz inasequible, que niongún hombre ha visto ni puede ver. A él honor e imperio eterno”
Junto al encarecimiento de la fidelidad a la palabra y al mensaje salvífico está el canto a la grandeza de Cristo, a quien el Padre, Señor, Soberano, Rey, mostrará en trono de eternidad. ¡Bendito sea el Señor Jesús, nuestro Salvador!
“En cierta ocasión, Jesús dijo esta parábola a la gente que se le juntaba al pasar por los pueblos: Salió el sembrador a sembrar su semilla.
Al sembrarla, algo cayó al borde del camino; lo pisaron, y los pájaros se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, y, al crecer, se secó por falta de humedad. Otro poco cayó entre zarzas, y las zarzas... lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y, al crecer, dio fruto al ciento por uno...”
Parábola de todos conocida, y por todos valorada como expresión de lo que debe ser nuestra respuesta a la gracia, a la fe, dando frutos de buenas obras. Que nuestro corazón sea tierra fecunda, regada por el Espíritu.
San Pablo ha insistido a Timoteo en el misterio de Dios y en el mensaje salvífico de Cristo. Ahora, en este párrafo del capítulo sexto subraya con energía que toda enseñanza y recomendación pastoral ha de hacerse con la mirada puesta en Jesús.
Si alguien introdujera otro corazón para sentir u otro cerebro para pensar, fuera de Jesús, no sería digno de llamarse cristiano.
Retengamos este cuadro de vida virtuosa:
“Tu, hombre de Dios –dice a Timoteo- , practica la justicia, la religión, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza. Combate el buen combate de la fe. Conquista la vida eterna a la que has sido llamado, y de la que hiciste noble profesión ante muchos testigos” (6,10-12).
Si asumimos esa vida con heroísmo, estaremos anunciando en todo momento cuán grande ha sido con nosotros la generosidad de nuestro Dios, creador y padre.
El texto de la parábola de la semilla -que cae en campos fértiles, áridos, entre espinas, al borde los caminos- no precisa de comentario. Solo requiere lectura meditativa:
- ¿Soy camino trillado por todo tipo de tentaciones, corazón que pisotea a nobles sentimientos de amor, justicia, paz, solidaridad, oblación por los demás?
- ¿Soy vida complicada y amarga, indiferente, egoísta, que no retiene sentimientos de piedad, compasión, altruismo?
- ¿Soy persona enredada en la maleza y espinas y no logro despegarme de los intereses mezquinos que me encadenan?
- ¿Cuánto tengo en mi alma de tierra fecunda, con hambre de Dios, sed de justicia, espíritu de servicio, de entrega a la misión evangélica a que he sido llamado?
3-8.
LECTURAS: 1TIM 6, 13-16; SAL 99; LC 8, 4-15
1Tim. 6, 13-16. Cumplir fiel e irreprochablemente todo lo mandado. Esto no es
otra cosa sino dar un testimonio de la fe y de la verdad que profesamos en
Cristo Jesús. Él, ante Poncio Pilato al declararse Rey, Rey Mesías y testigo de
la verdad a pesar de llegar a ser considerado un loco soñador, se convirtió para
nosotros en modelo de cómo hemos de dar testimonio de nuestra fe y de la
aceptación de Aquel que es la Verdad. El perseverar en ese testimonio a pesar de
las burlas, persecuciones y peligros, debe brotar en nosotros al saber que en la
venida de nuestro Señor Jesucristo nosotros participaremos de la luz inaccesible
del mismo Dios, no sólo para contemplarlo, sino para gozarnos en Él eternamente.
Por eso, ya desde ahora nuestra vida se ha de convertir en un reconocimiento
constante del honor que merece y de su poder salvador, de tal forma que toda
nuestra vida sea una continua glorificación de su santo Nombre.
Sal. 99. Dios, creador de todo, se ha dignado escogernos
como pueblo y rebaño suyo. Él no se ha quedado en promesas, sino que las ha
cumplido manifestándonos así que su misericordia es eterna y que su fidelidad
nunca se acaba. En Cristo estas promesas han llegado a su plenitud. En Él no
sólo se ofrece la salvación al pueblo de la Primera Alianza, sino a toda la
humanidad. Por eso nos dirigimos hacia su santuario cruzando por sus atrios
entre himnos, alabándolo y bendiciéndolo. Nuestra existencia no puede
convertirse en una ofensa al Señor, sino en una continua alabanza de su santo
Nombre. Así, guiados por Cristo, que nos ama, podremos llegar al Santuario
Eterno para alabar a nuestro Dios y Padre eternamente, disfrutando de la Gloria
que nos ha reservado en Cristo.
Lc. 8, 4-15. Dios espera de nosotros un corazón bueno y bien dispuesto, que nos
haga dar fruto por nuestra constancia. Ya en una ocasión el Señor nos había
anunciado: Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá,
sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé
simiente al sembrador y pan para comer, así será mi palabra, la que salga de mi
boca, que no tornará a mí de vacío, sin que haya realizado lo que me plugo y
haya cumplido aquello a que la envié. Dios no quiere que seamos terrenos
estériles, ni que sólo nos conformemos con aceptar por momentos sus Palabra; Él
nos quiere totalmente comprometidos con su Evangelio, de tal forma que, sin
importar las persecuciones, manifestemos que esa Palabra es la única capaz de
salvarnos y de darle un nuevo rumbo a la historia. Siempre estará el maligno
acechando a la puerta de la vida de los creyentes para hacerlos tropezar, pues
no quiere que creamos ni nos salvemos; al igual podrá entrar en nosotros el
desaliento cuando ante las persecuciones perdamos el ánimo para no
comprometernos y evitar el riesgo de ser señalados, perseguidos e incluso
asesinados por el Nombre de Dios; finalmente los afanes, las riquezas y placeres
de la vida nos pueden embotar de tal forma que, tal vez seamos personas que
acuden constantemente a la celebración litúrgica, pero sin el compromiso, sin
renovar la alianza que nos hace entrar en comunión con el Señor y nos hace
fecundos en buenas obras. Permanezcamos firmemente anclados en el Señor, de tal
forma que, no nosotros, sino su Espíritu en nosotros, nos haga tener la misma
fecundidad salvífica que procede de Dios y que hace de su Iglesia una comunidad
donde abunda la Justicia, la verdad, el amor fraterno, la paz y la alegría,
fruto del Espíritu de Dios que actúa en nosotros.
Quienes nos consideramos discípulos de Cristo, nos hemos reunido en esta
Eucaristía para que el Señor nos dé a conocer los secretos del Reino de Dios,
pues Él sabe que somos un terreno fértil capaz de esforzarnos por hacer que su
Palabra vaya poco a poco produciendo el fruto deseado. La Palabra de Dios no
produce fruto de un modo violento. Hay que armarse de paciencia de ánimo para
trabajar constantemente por el Señor, a pesar de que, al paso del tiempo
pareciera que el cambio en el corazón de los hombres se genera con demasiada
lentitud. No debemos desesperar, sabiendo que, incluso en el campo el sembrador
siembra la semilla y tendrá que esperar las lluvias tempranas y tardías y,
después de mucha paciencia y cuidado, finalmente podrá recoger el fruto,
esfuerzo de sus desvelos. El Señor nos comunica, en esta Eucaristía, su misma
Vida y su mismo Espíritu. Permitámosle crecer en nosotros. No vengamos como
sordos de los oídos y del corazón; vengamos como discípulos que en verdad creen
en el Señor y se dejan instruir y conducir por Él.
Quienes hemos acudido a esta celebración Eucarística hemos de examinarnos a
nosotros mismos para darnos cuenta si en verdad no sólo escuchamos, sino hacemos
nuestra la Palabra de Dios, de tal forma que produzca en nosotros el fruto
deseado. Tal vez han pasado muchos años en nuestra vida de fe en la que se ha
pronunciando continuamente la Palabra de Dios sobre nosotros, donde el Señor nos
ha manifestado su voluntad, pero ¿Hemos vivido más comprometidos con esa Palabra
del Señor, o sólo nos presentamos a las acciones litúrgicas por costumbre, con
el corazón lleno de preocupaciones por los afanes, riquezas y placeres de la
vida, embotados de tal forma que la Palabra de Dios llegue a nosotros
inútilmente? El Señor quiere de nosotros personas capaces de dejarse guiar por
su Espíritu, santificar por su Palabra, de tal manera que seamos constructores
de un mundo que día a día se va renovando en el amor, en la verdad, en la
justicia, en la solidaridad, en la misericordia. Si sólo venimos a la Eucaristía
de un modo piadoso, pero faltos de deseos de trabajar para que las cosas vayan
mejor en la familia y en la sociedad, tenemos que cuestionarnos si en verdad
creemos en Dios y confiamos en Él, o si sólo queremos tranquilizar inútilmente
nuestra conciencia. Si nuestra fe nos lleva a un verdadero compromiso con el
Reino de Dios que Jesús nos anunció, debemos convertirnos en sembradores de su
Palabra en todos los ambientes en que se desarrolle nuestra vida. El mundo no va
a cambiar mientras no se preparen los corazones como un buen terreno para
sembrar en ellos la Palabra del Señor. Quienes creemos en Cristo no podemos
pasarnos la vida sentados y quejándonos porque nuestro mundo se va deteriorando
cada vez más y los auténticos valores se nos pulverizan entre las manos. Tenemos
que hacer nuestra la Palabra de Dios y comenzar a sembrarla con la valentía que
nos viene del Espíritu, y armarnos de paciencia y constancia para que, a pesar
de que el proceso de que la vida nueva brote sea demasiado lento, no confiemos
en nuestros esfuerzos, sino en el Poder de Dios que es el único que hará que
nuestros desvelos logren el fruto deseado.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra
Madre, la gracia de poder trabajar, con sinceridad, por construir el Reino de
Dios, de tal forma que la salvación llegue cada día a más y más personas; y así,
produciendo todos abundantes frutos de salvación hagamos de nuestro mundo un
reflejo de la paz, de la alegría y del amor que se nos ha prometido en la vida
eterna. Amén.
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