JUEVES DE LA SEMANA 24ª DEL TIEMPO ORDINARIO
1.- 1Tm 4, 12-16
1-1.
Las estructuras de la Iglesia pueden evolucionar. En tiempo de Timoteo, es decir, hacia el año 65 se distingue todavía poco al Epíscope -el «supervisor», u obispo- del Presbítero -«el anciano» o sacerdote-. Pero, está claro que hay unas funciones precisas en la comunidad, alguien ha sido elegido para «presidir» la oración y «enseñar»... y esta función le ha sido conferida mediante un rito, la imposición de manos de los otros Ancianos.
-Hijo muy querido, que nadie menosprecie tu juventud.
De modo que el cargo de responsable no se da automáticamente a los «ancianos». La Iglesia no es una sociedad humana ordinaria.
El término «presbítero» en griego, significa «más anciano». De ahí proviene el término «preste». Pero vemos que la «ancianidad» de Timoteo era fruto de la gracia recibida y de sus cualidades de ponderación, mucho más que de su edad. San Pablo se lo recuerda.
Lo que cuenta no es la edad o la experiencia, es:
1. El estilo de vida.
-Procura, en cambio, ser para los creyentes un modelo por tu manera de hablar y de vivir, por tu amor y tu fe, por la pureza de tu vida.
Un sacerdote evangeliza, en primer lugar, por su vida.
¡Qué exigencia! Ser un hombre de fe, un hombre de amor, un hombre de pureza. Este texto nos invita a rogar por los obispos y los sacerdotes para que así sea.
2.° La competencia de su enseñanza.
-Dedícate a leer la Escritura a los fieles, a animarlos y a instruirlos.
HOY sobre todo que la competencia profesional tiene tanta importancia, es bueno oír esas palabras de San Pablo pidiendo a los sacerdotes que sean especialistas de la Biblia y del Evangelio. Menos que nunca se admite la superficialidad ni el trabajo de aficionado.
3.° La gracia otorgada por Dios.
-No descuides el carisma que hay en ti, ese don que se te comunicó por la intervención profética, cuando la asamblea de ancianos te impuso las manos.
Eso es algo así como una Ordenación sacerdotal. El ministerio no es sólo una delegación de la comunidad que propone a un responsable, es un «don que viene de lo alto», una iniciativa de Dios.
-Vela por ti mismo, por tu conducta y por tu enseñanza; persevera en estas disposiciones, pues obrando así, obtendrás la salvación para ti y para los que te escuchan.
De nuevo encontramos los dos polos de la vida del sacerdote: su «manera de vivir» y su «función doctrinal».
La alusión a la perseverancia necesaria nos muestra que ambas cosas no se adquieren de una vez para siempre: es preciso resistir, avanzar, progresar en santidad y en el conocimiento de Dios.
Será pues con el ejercicio de su ministerio que Timoteo se santificará a sí mismo y santificará a "aquellos que lo escuchan".
NOEL
QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 5
PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO
DE LOS AÑO IMPARES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág.
290 s.
1-2. /1Tm/04/01-16 /1Tm/05/01-02
Después de hablar de las exigencias de los ministerios en la Iglesia, Pablo avisa a Timoteo de los falsos doctores que en ella se van introduciendo. Y lo hace siguiendo una manera corriente de escribir, según la cual estas desviaciones doctrinales anuncian la llegada de la parusía o, como dice nuestro texto de los «últimos tiempos».
Más difícil es determinar a quiénes designa esta descripción de «falsos profetas». Hay notas que nos hacen pensar en judíos (p. ej., la interdicción del uso de ciertos alimentos); otros son completamente impensables en una mente judía (p. ej., Ia prohibición del uso del matrimonio). Sectarios judíos o gnósticos, Timoteo ha de predicar contra ellos el gran principio teológico que resuena desde las primeras páginas del Génesis: «Todo lo que Dios ha creado es bueno» (1 Tim 4,4). Este principio doctrinal es suficiente para salir al encuentro de las lucubraciones de los «falsos doctores». Con todo, Pablo insiste extrañamente en que la palabra de Dios y nuestra oración todo lo santifican (4,3.4.5). Es que Pablo no puede olvidar, ni quiere que nadie lo olvide, lo que él ha practicado desde la infancia como todo buen judío: la oración antes y después de las comidas.
Pablo no se deja obsesionar por los peligros de las doctrinas heterodoxas. Sabe que lo más importante es la formación de sus fieles. Pero ésta es imposible si el mismo Timoteo no cuida permanentemente de su propia formación. Por eso Pablo le manda: «preocúpate de la lectura» (4,13). Esto se relaciona con la lectura pública del AT en el culto cristiano. Y así es, porque con ello el culto cristiano no hacía sino continuar las costumbres sinagogales.
Pero, precisamente, los buenos lectores-traductores de la Biblia en el «culto» sinagogal preparaban en su casa su traducción (y, a veces, la alocución que seguía luego). Y esto lo hacían con la lectura repetida de los textos bíblicos adecuadamente anotados con la paráfrasis tradicional correspondiente. Por tanto, la «lectura» a la cual Pablo se refiere es pública y privada. El Apóstol sabía muy bien que el progreso de la comunidad depende no sólo de las virtudes morales de Timoteo, sino también de su progreso en la enseñanza (13-16). No progresar en el estudio de la palabra de Dios sería "descuidar el don que posees, que te fue concedido (por Dios), por indicación de una profecía, con la imposición de manos de los presbíteros" (4,14).
E.
CORTES
NOEL
QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 5
PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO
DE LOS AÑO IMPARES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág.
342 s.
2.- 1Co 15, 1-11
2-1. EV/MANIPULACION
-La «buena nueva»... El evangelio... Lo habéis recibido, y en el cual permanecéis firmes, por el cual también sois salvados si lo guardáis tal como os lo anuncié... Si no, habríais creído en vano...
En esta sola fórmula hay muchas puntualizaciones que son hoy muy actuales:
El evangelio es una alegría, un gozo, es algo «bueno».
El evangelio no se inventa: se «recibe».
El evangelio no se deforma, se lo toma «tal cual es».
El evangelio es «salvador», restaura al hombre, lo reconstruye. ¿Cuál es mi aprecio por el evangelio? ¿Hago selecciones en él? Retengo quizá lo que me place, corriendo el riesgo, como dice san Pablo, de no hallar ya «nada» en él porque ¡me encontraría sólo a mí!
Si, de vez en cuando, Dios no es como un intruso que nos desconcierta y nos choca, si Dios no es el «totalmente otro» es porque en el evangelio buscamos tan solo una justificación a nuestras propias tesis.
-Os he transmitido lo que yo mismo he recibido.
Profunda humildad del apóstol, es el primero en someterse al mensaje que ha de transmitir.
-Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras... Fue sepultado... Resucitó al tercer día según las Escrituras...
Tenemos aquí, sin duda uno de los primeros «credo» que recitaban las comunidades primitivas. Diríamos que es una formula mínima de profesión de Fe. Una fe extremadamente simple, toda ella concentrada en "tres acontecimientos históricos": la muerte, la sepultura, la resurrección. ¡Tres hechos! Que se produjeron de una vez.
Pero tres hechos «significativos» anunciados en todo tiempo por las «escrituras». La fórmula repetida, «conforme a las Escrituras» muestran que la muerte y la resurrección de Jesús eran unos hechos esenciales en el plan de Dios para la salvación del mundo, "por nuestros pecados"...
-Se apareció a Pedro, a los doce, luego a quinientos hermanos, y a mí el más pequeño de los apóstoles.
Pablo cita una lista no exhaustiva -ninguna aparición a Magdalena- de testigos que se beneficiaron de las apariciones del "resucitado". Es una lista muy jerarquizada.
-Mas por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. He trabajado penosamente... Pero no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo.
Así, los "tres acontecimientos" citados no son solamente hechos históricos "antiguos", son fuente de una vida nueva: Pablo "ha muerto a su pecado" y ha "resucitado", por así decir, con Cristo.
La fórmula algo embarazosa de Pablo es muy reveladora: ni yo solo, ni Dios solo, sino Dios y yo... en una unión indivisible. Admirable expresión de la «gracia» que no trabaja sin nosotros pero con la cual hacemos mucho más de lo que lograríamos con nuestras solas fuerzas.
¿Podría decir yo lo mismo? ¿Cómo es mi compañerismo con Dios? ¿Hay ósmosis entre Dios y yo, como en san Pablo?
NOEL
QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 4
PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO
DE LOS AÑOS PARES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1984.Pág.
290 s.
3.- Lc 7/36-50
3-1.
VER EVANGELIO DEL DOMINGO 11C
3-2.
-Un fariseo invitó a Jesús a comer con él...
Tres veces (Lc 7, 36; 11, 37; 14, 1) Lucas anota que algunos fariseos invitaban a Jesús a su propia mesa... ¡Y que Jesús aceptaba la invitación! Lucas es el único que nos cuenta estos hechos. Marcos y Mateo, por el contrario, han descrito sistemáticamente a los fariseos como adversarios de Jesús. El juicio más matizado de Lucas está sin duda más cercano a la verdad histórica: Jesús no tenía exclusivas a priori, y hubo algunos fariseos que así lo reconocieron.
-En esto una mujer, conocida como pecadora en la ciudad... llegó con un frasco lleno de perfume... se colocó detrás de Jesús junto a sus pies, llorando, y empezó a regarle los pies con sus lágrimas; se los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con perfume...
El fariseo era un "puro". La escena le choca profundamente: "Si este hombre fuera un profeta sabría quién es esa mujer que lo toca: ¡una pecadora!" Efectivamente, se trataba de una pecadora, y todo induce a creer que era una prostituta. Pecados, los que había acumulado... hasta el hastío de sí misma y de los demás. ¡Ah! ¡no se envanecía por ello!
Era capaz de humillarse públicamente.
De otra parte, todo el mundo la conocía.
"¡Si solamente él, el profeta Jesús, pudiera salvarme!" Y allí está, abatida en el suelo, a los pies de Jesús. Sollozos ruidosos agitan todo su cuerpo. Cubre de besos los pies de Jesús y su perfume embriagador llena la sala del banquete.
¿Por qué los evangelistas relataron una escena tan ambigua? Porque a propósito de esto, Jesús tiene un mensaje importante a transmitirnos.
Pienso en mis propios pecados, y en la sucia marea de todos los pecados del mundo: Tú debes estar habituado, Señor, desde que hay hombres sobre la tierra.
-"Simón, tengo algo que decirte: Un acreedor tenía dos deudores... Uno le debía una gran suma, la deuda del otro era muy pequeña... Se las perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le amará más?" Los acreedores humanos no se comportan de ese modo, habitualmente.
¡Pero Dios sí! Es El quien lo dice. Y nos pide que nos portemos también así: "perdónanos nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores".
Si te colocas sobre ese terreno, Señor, entonces es mejor ser Magdalena que Simón...
-Ves a esta mujer...?
Y Jesús hace su elogio. Habla de ella con respeto, la valora.
Subraya todo lo que ha hecho bien. Había sufrido mucho.
Señor, ayúdame a ver a los pecadores con tu propia mirada llena de bondad y misericordia. Dame el don de saberlos rehabilitar a sus propios ojos. Que todas mis palabras y mis actitudes digan ¡cuán bueno eres, Señor!
-Quedan perdonados sus muchos pecados porque muestra un gran amor... A quien poco se le perdona poco amor muestra...
Esas dos frases contienen una de las mayores revelaciones sobre el "pecado":
- el amor provoca el perdón: Tú le perdonas sus pecados porque ama...
- el perdón provoca el amor: cuanto más perdonado se ha sido, tanto más se siente uno llevado a amar.
¡Gracias, Señor! El amor es la causa y la consecuencia del perdón.
Quizá es por esto que, después de todo, Tú permites, Señor, nuestros pecados... ¡para que un día se transformen en amor! Cada uno de mis pecados, ¡qué misterio! podría llegar a ser una ocasión de amar más a Dios: instante este maravilloso en el que tomo conciencia de la misericordia... en el que adivino "hasta dónde" me ama Dios... Es el instante del perdón, el instante del mayor amor. ¿No vale la pena de celebrarlo en el sacramento de penitencia o reconciliación?
NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 2
EVANG. DE PENTECOSTES A ADVIENTO
EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág.
182 s.
3-3.
1. (Año I) 1 Timoteo 4,12-16
a) Después de los dos motivos teológicos de ayer -la dignidad de la comunidad y la riqueza del misterio de Cristo, hoy propone Pablo unos criterios de actuación a Timoteo, que se ve que todavía es muy joven para su cargo.
El responsable en la comunidad debe ser "un modelo para los fieles en el hablar y en la conducta, en el amor, la fe y la honradez". De nuevo las cualidades humanas que ya había enumerado en la lectura del martes. Lo que no tiene de madurez de años lo deberá tener Timoteo de virtudes.
Pero esta vez entra en otro terreno: el de la evangelización y la gracia sacramental.
Timoteo tiene que "animar y enseñar", "cuidar la enseñanza" y hacer fructificar la gracia de su ordenación: "no descuides el don que posees, que se te concedió con la imposición de manos de los presbíteros".
b) Son consejos a un "epíscopo", pero nos vienen bien a todos: a los padres en su relación con los hijos, a los educadores en su misión formativa, a los animadores de cualquier aspecto de una comunidad.
De alguna manera todos debemos ser evangelizadores, y cuidar que también las generaciones jóvenes o los que se han alejado de la fe por mil razones, vayan conociendo la Buena Noticia del amor de Dios y de la salvación que nos ofrece Jesús: "cuida la enseñanza".
Pero el mejor testimonio que damos no son nuestras palabras, sino nuestra conducta, nuestra honradez, fe y amor. La vida divina que hemos recibido todos en el Bautismo, y algunos también en la ordenación ministerial o en la profesión religiosa, la debemos cuidar para que crezca, para que se trasparente en nuestras obras y así podamos colaborar a la construcción de una Iglesia mejor.
En realidad, los hijos y los educandos y los destinatarios de nuestra evangelización, no "obedecen", sino que "imitan".
1. (Año II) 1 Corintios 15,1-11
a) El capítulo 15 de esta Carta de Pablo es largo y trata de uno de los temas que se ve que preocupaban más a los griegos: la resurrección. Les resultaba difícil creer que vayamos a resucitar corporalmente. Su filosofía afirmaba que el alma es inmortal, pero no llegaba a concebir la resurrección del cuerpo: era una concepción dualista del ser humano, al contrario de la judía, que afirmaba una unidad mucho mayor en la persona humana.
Recordemos el fracaso de Pablo en su predicación de Atenas: le escucharon amablemente hasta el momento en que les empezó a hablar de la resurrección.
En la página de hoy el apóstol da testimonio de la verdad básica de la fe cristiana: que Cristo Jesús resucitó. Y la expone a modo de un credo breve, "el evangelio que os proclamé y en el que estáis fundados y que os está salvando", el que los Corintios acogieron: "que Cristo murió, que fue sepultado, que resucitó al tercer día, que se apareció...". Enumera una serie de apariciones del Resucitado, algunas narradas también por los evangelios y otras, no. Como la de los "quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía". También a él, "como a un aborto", se le apareció en el camino de Damasco.
Esto es lo que predica la Iglesia. Tanto él, que es también apóstol, aunque de distinta manera que los otros, como los demás. Unos y otros, lo que anuncian es la resurrección de Jesús. Y ya entonces, la base en la que se apoya esta fe es la tradición: lo que le han transmitido a él a partir de Cristo es también lo que él y los demás van proclamando en todas las comunidades.
b) Cuando hablamos de "evangelización" queremos decir lo mismo que Pablo: la comunidad cristiana va anunciando que Jesús ha resucitado y sigue vivo, y que nosotros también estamos destinados a la vida, como nuestro Cabeza y Guía Jesús.
El salmo ya se alegraba en el AT: "dad gracias al Señor, porque es bueno. No he de morir, viviré, para contar las hazañas del Señor".
Ésta es la base de nuestra fe. Cristo ha vencido a la muerte. No se trata de un milagro más: es el acontecimiento por excelencia, en que Dios ha mostrado cuál es su programa de salvación, que empieza en Cristo y seguirá en nosotros. Tal vez también al hombre de hoy le siga costando entender esto, como a los griegos de entonces, llenos de otras sabidurías humanas. Pero los planes de Dios son distintos de los nuestros y su Espíritu sigue actuando, el Espíritu que es "dador de vida".
Eso creemos nosotros. Eso tenemos que predicar. ¿O nos entretenemos en otras verdades secundarias, preparatorias, sin llegar nunca a comunicar el meollo de nuestro credo cristiano, la glorificación de Cristo y nuestro destino de vida plena con él?
2. Lucas 7,36-50
a) La escena la cuenta Lucas con elegancia y detalles muy significativos. ¡Qué contraste entre el fariseo Simón, que ha invitado a Jesús a comer, y aquella mujer pecadora que nadie sabe cómo ha logrado entrar en la fiesta y colma a Jesús de signos de afecto!
Desde luego, perdonar a una mujer pecadora precisamente en casa de un fariseo que le ha invitado, es un poco provocativo. No es raro que se escandalizaran los presentes, o porque Jesús no conocía qué clase de mujer era aquélla, o que no reaccionaba ante sus gestos, que resultaban cuando menos un poco ambiguos.
Pero Jesús quería transmitir un mensaje básico en su predicación: la importancia del amor y del perdón. El argumento parece fluctuar en dos direcciones. Tanto se puede decir que se le perdona porque ha amado ("sus pecados están perdonados, porque tiene mucho amor"), como que ha amado porque se le ha perdonado ("amará más aquél a quien se le perdonó más"). Probablemente aquella mujer ya había experimentado el perdón de Jesús en otro momento, y por ello le manifestaba su gratitud de esa manera tan efusiva.
b) La escena nos hace repensar nuestra conducta con los que consideramos "pecadores". ¿Cómo los tratamos: dándoles ánimos o hundiéndoles más?
Podemos actuar con corazón mezquino, como los fariseos que juzgan y condenan a todos, o como el hermano mayor del hijo pródigo que le recrimina de una manera intransigente lo que ha hecho, o como Simón y los otros convidados, que no deben ser malas personas (han invitado a Jesús a comer), pero no saben ser benévolos y amar. O podemos portarnos como el padre del hijo pródigo, y sobre todo como el mismo Jesús, que perdona a la mujer adúltera que le presentan, y a Zaqueo el publicano, y tiene palabras de ánimo para esta mujer que ha entrado en la sala del banquete y le unge los pies.
¿Dónde quedamos retratados, en los fariseos o en Jesús? No se trata de que lo aprobemos todo. Como Jesús no aprobaba el pecado y el mal. Sino de imitar su actitud de respeto y tolerancia. Con nuestra acogida humana, podemos ayudar a tantas personas -drogadictos, delincuentes, marginados de toda especie- a rehabilitarse, haciéndoles fácil el camino de la esperanza. Con nuestro rechazo justiciero les podemos quitar los pocos ánimos que tengan.
Claro que, para ser benévolos en nuestros juicios con los demás, antes tendremos que ser conscientes de que Dios ha empleado misericordia con nosotros. Se nos ha perdonado mucho a nosotros y por tanto deberíamos ser más tolerantes con los demás, sin constituirnos en jueces prestos siempre a criticar y a condenar.
Dios es rico en misericordia. Lo ha demostrado en Cristo Jesús. Y lo quiere seguir mostrando también a través de nosotros.
"No descuides el don que posees" (1ª lectura I)
"Cristo murió y resucitó al tercer día: esto es lo que predicamos, esto es lo que habéis creído" (1ª lectura II)
"Sus muchos pecados están perdonados porque tiene mucho amor" (evangelio)
J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 6
Tiempo Ordinario. Semanas 22-34
Barcelona 1997.
Págs. 78-82
3-4.
1 Cor 15, 1-11: El menor de los apóstoles
Lc 7, 36-50: El amor tiene un valor superior
Muchos de los contemporáneos de Jesús querían alcanzar la salvación por medio del estricto cumplimiento de la ley. Por eso, evitaban todo contacto con las personas que eran consideradas impuras: extranjeros, enfermos y pecadores; llevaban rigurosamente el descanso del sábado: no cocinaban, no comerciaban, no caminaban. Esta manera de actuar les creaba la falsa seguridad de que ya estaban salvados.
Jesús permanentemente cuestionaba esta forma de vivir la experiencia de Dios. Para él, lo más importante era el amor al hermano, al pecador e, incluso, al enemigo. Las verdaderas personas de Dios eran aquellas personas capaces de convertirse en fuente de vida para los demás.
En la casa del fariseo «Simón» se le presentó una ocasión propicia para mostrar el modo de actuar de Dios. Simón menosprecia a Jesús porque lo considera incapaz de rechazar a la mujer impura que le acaricia los pies. Jesús, descubriendo sus pensamientos le propone una parábola.
La parábola describe la generosidad de un hombre que perdona a sus deudores. El que le debía más es quién debe manifestar mayor agradecimiento. Con esto pone en evidencia el engreimiento en que había caído Simón. Los radicales se consideraban a sí mismos los hombres justos y negaban con su actitud el perdón de Dios a los demás.
Jesús lo llama a la conversión, al cambio de mentalidad. Le señala cómo lo más importante no es la rígida disciplina religiosa, sino el amor y el agradecimiento. Por esto, Jesús anuncia el perdón de Dios a la mujer. Ella no había escogido el camino de la autojustificación, sino el camino de la humildad y el reconocimiento del propio pecado.
SERVICIO BIBLICO LATINOAMERICANO
3-5. CLARETIANOS 2002
No sabemos el nombre de aquella mujer "pecadora". Se suele confundir con María Magdalena, de la cual -se dice- Jesús había expulsado "siete demonios" (Lc 8, 2); pero de la mujer "pecadora pública" se se habla unos versículos antes (Lc 7, 37-50). La "mujer anónima" de la que nos habla el evangelio de hoy se dedica a la prostitución. De María Magdalena se dice que Jesús expulsó de ella "siete demonios"; esto no se confunde con la prostitución. Una mujer "con siete demonios" está poseída por el mal, de manera total, es una mujer que vive sin sentido de la vida, que ha tocado fondo. Sus problemas no tienen que ver únicamente con la sexualidad, sino con todo.
La mujer que se acerca a Jesús, cuando está en la casa del fariseo, lleva mucho amor en su corazón. Descubre en Jesús el amor de su vida y está dispuesta a dejarlo todo ante su nuevo amor. Se desprende su cabello. Cubre de besos los pies de Jesús. Derrama sobre sus pies un frasco de perfume… Es una escena de un profundísimo y sorprendente amor. Jesús, acogido por esta mujer con un amor, que no había sido capaz de mostrarle su anfitrión, se hace hospitalidad que perdona, acoge y transforma.
La experiencia del vacío de la vida es -frecuentemente- la mejor condición para encontrar el sentido de la vida. Profundicemos en nuestro interior. Veamos cuántas cosas nos llenan de verdad, y cuántas nos defraudan, nos dejan insatisfechos.
Busquemos el sentido y lo encontraremos. Jesús está resucitado. Sigue en medio de nosotros. Es posible encontrarlo. Mejor todavía, ¡nos sale al encuentro! ¿Porqué no estar atentos para acoger su llegada, en la primera ocasión que esta acontezca?
Ahora mismo, ¡en esta eucaristía!
Pepe (cmfxr@planalfa.es)
3-6.
COMENTARIO 1
DOS FORMAS DE ACOGIDA SEGÚN LA CAPACIDAD DE AMAR
Al término del primer tramo de la estructura paralela que estamos examinando,
encontramos una perícopa (unidad bien delimitada que tiene sentido por sí misma)
donde se ejemplifican dos actitudes contrastadas, actitudes que de hecho se dan
ya entre los diversos componentes del grupo de discípulos de Jesús, a fin de que
los miembros de las diversas comunidades que van a leerlo y comentarlo examinen
sus propias actitudes y disciernan por sí mismos con cuál de los dos personajes
se identifican.
Tratándose de la última perícopa del primer tramo de la estructura, podríamos
decir que Lucas resume en ella las diversas actitudes con que Jesús se ha topado
hasta ahora en Israel, y a la vez se sirve de ella, a manera de puente, para
introducir el segundo tramo. Puesto que ya hemos identificado una serie de
marcas y de rasgos característicos del «lenguaje» de Lucas, trataremos de
relacionarlos y de contrastarlos, a fin de sacarles el meollo. Los cuatro
evangelistas describen una escena análoga, pero con rasgos muy discordes,
indicativos de situaciones completamente diversas (véanse Mc 14,3-9; Mt 26,6-13;
Jn 12,1-8).
LOS OBSERVANTES Y LOS MARGINADOS DE ISRAEL EN UN PUÑO
Empecemos por el escenario: la «casa del fariseo» Simón (7,36b), como lugar de
reunión de todos los que participan de su mentalidad, la comunidad (vv. 37b.44b,
subrayada por la repetición) constituida por Simón y los «comensales» (v. 49a).
El escenario queda calificado a continuación por la intencionalidad mostrada por
el fariseo: «Un fariseo lo invitó a comer con él» (7,36a). Se pone de relieve la
función de «comer», siendo el «alimento» sinónimo de enseñanza: participar de
una misma mesa comporta, en la mente de un semita, compartir una misma
mentalidad. Jesús entra en casa del fariseo y se recuesta a la mesa (vv.
36b.37b.44b, nuevamente muy subrayado).
Los personajes. El primero que aparece en escena es un individuo masculino,
descrito con los rasgos típicos de los personajes representativos («cierto»,
indefinido), perteneciente a una colectividad («de entre los fariseos», v. 36a).
Representa, por tanto, una parte o facción de esta colectividad, no todo el
partido fariseo. De momento no lleva nombre. Además del partitivo «cierto
(individuo) de entre los fariseos», es identificado como «el fariseo» tres veces
(vv. 36b.37b.39a). En el preciso momento en que pone en duda que Jesús sea un
profeta, éste lo pone en evidencia designándolo por su nombre, «Simón», nombre
que se repetirá a partir de ahora también tres veces. Es el único fariseo que
lleva nombre en los evangelios sinópticos (de «fariseos» con nombre, sólo
encontramos, en Jn 3,1, Nicodemo; en Hch 5,34, Gamaliel, y 23,6, Pablo: «Yo soy
fariseo, hijo de fariseos»).
En contrapartida, el segundo personaje es femenino, una «mujer pública» (vv.
37a.39b.47-48; además, «mujer» aparece también en los vv. 44a.44b.50a: es el
modo de subrayar al máximo, dentro de un género literario arcaico, la calidad de
un personaje), sin nombre, introducido con una locución que los evangelistas
emplean con frecuencia para centrar la atención en el personaje en torno al cual
gira el relato («y, mirad, una mujer...», v. 37a: se corresponde con el foco de
los escenarios; véase 2,25; 5,12; 7,12, etc.). Representa («cierta mujer») el
estamento de los marginados por motivos religiosos y sociales por parte de la
sociedad teocrática judía.
La descripción detallada que Lucas hace de la mujer, que todos tienen en la
ciudad por una «pecadora», deja ya entrever que en ella se ha verificado un giro
de ciento ochenta grados: «Y, mirad, una mujer conocida en la ciudad como
pecadora, al enterarse de que estaba recostado en la mesa en casa del fariseo,
llegó con un frasco de perfume, se colocó detrás de él, junto a sus pies,
llorando, y empezó a regarle los pies con sus lágrimas; se los secaba con el
pelo, se los besaba y se los ungía con perfume» (7,37-38). Con tres acciones
–"regar/secar, besar, ungir" describe de forma tridimensional el sentimiento de
profunda gratitud de esta mujer. Volveremos a ello en seguida.
¿QUE PINTA UNA PECADORA PUBLICA EN CASA DE UN FARISEO?
En la escena que examinamos descubrimos una serie de rasgos sorprendentes: un
individuo perteneciente al partido fariseo (los observantes y defensores por
antonomasia de la Ley) invita a Jesús (vv. 36a.39a.45b, triple repetición tipos
en negrilla actuales) «a comer con él», convencido que comparte las mismas ideas
y convicciones religiosas, pese a que los dirigentes religiosos (los fariseos y
los letrados juristas) hayan rechazado a Jesús (6,11) y que éste les haya
reprobado haber frustrado el plan que Dios tenía previsto para ellos (7,30). El
fariseo Simón, además, no está sólo, sino que ha invitado también a sus colegas
que piensan como él, «los otros comensales» (v. 49a). Jesús, por el contrario,
no va acompañado de nadie cuando entra en la casa (vv. 36b.44c).
Un segundo rasgo chocante lo constituye el hecho de que una mujer pública ponga
los pies en casa de un fariseo. Simón, por lo que se ve, no es fariseo
intransigente, ya que muestra cierta tolerancia hacia los individuos
representados por la pecadora, por lo menos mientras Jesús está en su casa.
Tampoco los comensales hacen aspavientos, al menos en principio.
Ni el fariseo ni los comensales se atreven a reprochar a Jesús su comportamiento
hacia la pecadora, sino que lo formulan en su fuero interno (vv. 39a. 49a). El
primero se escandaliza porque Jesús se ha dejado «tocar» por una «mujer
pecadora» (7,39b), pues quien toca a un impuro queda él mismo impuro. Como buen
fariseo, pese al afecto que profesa a Jesús, continúa creyendo en la validez de
la Ley de lo puro e impuro, continúa dividiendo la humanidad entre buenos y
malos, entre justos y pecadores, ufano de su condición privilegiada de hombre
justo y observante. Los comensales se escandalizan también, pero en un segundo
momento: «empezaron a decirse: "¿Quién es éste, que hasta perdona pecados"»
(7,49), es decir, no repiten el reproche, sino que, complementándose con aquél,
formulan uno más grave. El primero ponía en duda la aureola de «profeta» que
rodeaba a Jesús; los segundos en la misma línea que los fariseos y los maestros
de la Ley en el caso del paralítico (cf. 5,17.21-22)- se resisten a aceptar que
un hombre pueda «perdonar pecados», cosa que ellos reservaban en exclusiva a
Dios coronando así la pirámide del poder (Dios - dirigentes - pueblo), pirámide
que les permitía excluir y marginar a todos los que no pensaban como ellos.
EL AGRADECIMIENTO, DISTINTIVO DE LA PERSONA LIBERADA
La parábola que encontramos en el centro de la perícopa ilumina y desenmascara
dos actitudes contrapuestas, invirtiendo la escala de valores que todos tenían
como válida: «"Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos
denarios de plata y el otro cincuenta. Como ellos no tenían con qué pagar, hizo
gracia (de la deuda) a los dos. ¿Cuál de ellos le estará más agradecido?"
Contestó Simón: "Supongo que aquel a quien hizo mayor gracia." Jesús le dijo:
"Has juzgado con acierto"» (7,41-43). El número «cinco», factor común a
«quinientos» y a «cincuenta», pone en íntima relación los dos deudores y su
deuda. El término «hizo gracia» indica que no solamente se les ha perdonado la
deuda (aspecto negativo), sino que los ha «agraciado» con un don, el don del
Espíritu (aspecto positivo). La experiencia del Espíritu se manifiesta en la
capacidad de agradecimiento de uno y otro.
Teniendo en cuenta la descripción que acaba de hacer de los dos personajes, nos
damos cuenta de que el observante, el fariseo, tiene una exigua capacidad de
agradecimiento, pues está convencido de que se ha ganado a pulso la salvación, a
excepción de la pequeña deuda que había contraído. La seguridad personal que le
da el cumplimiento de la Ley le impide experimentar plenamente la gratuidad de
la salvación. La liberación que experimenta es relativa, pues está condicionada
por el lastre de sus prácticas religiosas. La mujer pecadora, en cambio, que ha
tocado fondo, tiene mucha más capacidad que el otro de percatarse de la novedad
que comporta el mensaje de Jesús y de la nueva e incomparable libertad que ha
experimentado al acogerlo.
QUE CADA COFRADE TOME SU VELA
En la aplicación de la parábola, Jesús recalca los rasgos con que Lucas había
descrito la actitud de acogida de la persona de Jesús por parte de la pecadora y
los contrasta con las omisiones del fariseo: éste no ha sido capaz siquiera de
ofrecerle las tradicionales muestras de hospitalidad típicas del mundo oriental:
«¿Ves esta mujer? (¡la que él tanto ha despreciado!). Cuando entré en tu casa no
me diste agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies con sus
lágrimas y me los ha secado con su pelo. Tú no me besaste, ella, en cambio,
desde que entró no ha dejado de besarme los pies. Tú no me echaste ungüento en
la cabeza; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume» (7,44-46).
El contraste palmario entre «el fariseo» y la mujer «pecadora», personajes que
ejemplarizan dos tipos de «deudores» a quienes «se ha hecho gracia» de deuda
(500/50 denarios) que nunca hubieran podido saldar (vv. 41-43) y que, no
obstante haberse sentido atraídos uno y otro por la persona de Jesús y su
mensaje liberador, dan muestras muy diversas de «agradecimiento», sirve para
elevar a nivel de paradigma dos actitudes contrapuestas que con toda
probabilidad se dan ya entre los mismos discípulos: la del grupo que representa
a Israel, compuesto de judíos observantes y religiosos (su única preocupación es
la Ley de la pureza / impureza ritual), tipificado por Simón, Santiago y Juan (cf.
5, 1-11), así como por los Doce (cf. 6,12-16) y, ahora, por el fariseo Simón
(¿es pura coincidencia la homonimia entre Simón «Pedro» y el «fariseo» Simón?),
y la del grupo que representa a los marginados de Israel, descreídos y ateos,
tipificado por el recaudador de impuestos, Leví (cf. 5,27-32), y, ahora, por la
mujer pecadora.
LA CONCIENCIA DEL PERDÓN
ACRECIENTA LA CAPACIDAD DE AMAR
La acogida que uno y otro han brindado a Jesús es diametralmente opuesta. Ambos
han sido descritos mediante una terna -agua, beso, ungüento- de acciones /
omisiones (vv. 38 / 44-46) que son interpretadas como muestras de agradecimiento
/ de falta de afecto: «Por eso te digo (forma solemne de introducir una
aseveración importante): "Sus pecados, que eran muchos, se le han perdonado, por
eso muestra tanto agradecimiento; en cambio, al que poco se le perdona, poco
tiene que agradecer"» (7,47). Tanto a Simón como a la mujer les ha sido
perdonada una deuda personal con anterioridad a la presente escena: la
invitación hecha a Jesús para que comiese con él quería ser una muestra de
gratitud, pero como el cambio de vida que había experimentado no ha sido
profundo, se ha mostrado poco agradecido; la mujer, en cambio, todo lo
contrario, ha dado grandes muestras de agradecimiento por la liberación plena
que había experimentado.
El hilo conductor de la secuencia es la actitud agradecida de la mujer por la
salvación que ha experimentado gracias a su adhesión a Jesús; por contraste,
queda en evidencia la actitud fría y desagradecida del fariseo Simón. En el
fondo, la temática es la sólita de Lucas: «justos / pecadores». Aquí se nos
explica por qué los justos no son capaces de amar y, por tanto, de dar una
adhesión plena y confiada a Jesús: porque se les ha perdonado poco y no han
tomado conciencia de que la deuda, por pequeña que les pareciese, nunca la
habrían podido enjugar; no están capacitados para valorar la gracia del perdón,
ya que son unos autosuficientes. Los pecadores, en cambio, tienen conciencia
clara de la absoluta gratuidad del perdón y se adhieren plenamente y sin
reservas a Jesús, gracias al cual se han sentido liberados.
Hemos visto la última secuencia del primer tramo de la estructura paralela. Por
cuarta vez se formula en el marco de esta estructura la cuestión sobre la
identidad de Jesús: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado
a su pueblo», en boca de Israel; «¿Eres tú el que tenía que llegar o esperamos a
otro?», en boca del Precursor; «Este, si fuera profeta, sabría quién es la mujer
que lo está tocando: una pecadora», en boca de Simón; «¿Quién es éste, que hasta
perdona pecados?», en boca de los comensales. Jesús ha ido mostrando toda su
capacidad liberadora: curando al esclavo del centurión romano, representante del
paganismo; resucitando al hijo único de la viuda de Naín, representante del
pueblo de Israel; respondiendo a la interpelación de Juan con toda clase de
signos liberadores y dejando constancia una vez más de que el Hombre tiene
autoridad en la tierra para perdonar pecados (cf. 5,24). La liberación es
condición previa para que el mensaje pueda ser proclamado.
COMENTARIO 2
La presente unidad narrativa es característica y exclusiva de Lucas. Las
principales articulaciones son: en primer lugar, un hecho (7,36-38); en segundo
término, la reacción silenciosa del fariseo y la discusión abierta con Jesús
(7,39-46); después, una conclusión (v. 47) cuya importancia es decisiva en orden
a la interpretación del texto; finalmente, el perdón y la despedida de Jesús a
la pecadora.
El contexto de esta escena es un banquete en el que Jesús es invitado y dos
personajes muy distintos (un fariseo y una prostituta) se acercan a ofrecerle
sus dones.
La actitud del fariseo, quien invita a Jesús a un banquete material, es de
juicio y dominio, por eso se pronuncia con autoridad ante la actitud de Jesús.
Se trata de la actitud típica farisaica. Tiene hecha su verdad, no necesita que
nadie le enseñe.
La pecadora, por el contrario, que no ha sido invitada, se acerca a Jesús, ha
descubierto quién es él, y le ofrece sencillamente lo que tiene: el perfume que
utiliza para su trabajo, sus lágrimas y sus besos. Ante estos dos personajes
Jesús hace una comparación. Interpreta la actitud de la mujer como un efecto de
su amor y gratuidad por haber sido comprendida y perdonada.
Esta visión de Jesús se ilumina a partir de la parábola (7,41-43): de los dos
deudores insolventes: amará más al Señor aquél a quien le ha sido perdonada la
mayor de las deudas. De este modo queda evidenciada la actitud del fariseo y de
la prostituta. Lucas nos viene a mostrar cómo Jesús ha venido a ofrecer el
perdón de Dios a todos los insolventes de la tierra. La actitud típica farisaica
es no aceptar el perdón; piensa que sus cuentas están claras, se siente
plenamente en paz y, por lo tanto le resbalan las palabras de Jesús que aluden
al don de Dios que borra los pecados. Este Evangelio nos lleva a comprender cómo
la mirada de Jesús penetra las actitudes profundas. No se queda en las
apariencias, sino que mira el corazón. Así es el Dios de los cristianos, y así
en buena lógica deberíamos ser también los cristianos. Ante un mundo donde se le
da tanta importancia a la imagen, a las apariencias, al caparazón, a la
superficie, los cristianos están llamados a ser hombres y mujeres del corazón,
de la interioridad, del ser.
1. Josep Rius-Camps, El Éxodo del Hombre libre. Catequesis sobre el Evangelio de Lucas, Ediciones El Almendro, Córdoba 1991
2. Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)
3-7. Jueves 18 de septiembre de 2003
1 Tim 4, 12-16:El cristiano un modelo de vida
Salmo responsorial: 110, 7-10
Lc 7, 36-50: El perdón a la mujer pecadora
Jesús es invitado a cenar a casa de un fariseo llamado “Simón”. Invitar a comer
en la propia casa a alguien importante es un signo de que se quiere honrar a esa
persona, por tanto, se hará lo mejor para que se sienta bien. Sin embargo, Simón
el fariseo, el anfitrión, no guarda las reglas de cortesía con las que se solía
atender a un huésped importante. No recibe a Jesús en la puerta, no coloca las
manos en el hombro de Jesús ni lo saluda con un beso. No le ordena a un siervo
que le lave los pies, ni le ofrece agua para lavarse la cara y las manos antes
de comer; tampoco lo unge con perfume para que tenga un olor agradable.
Mientras Jesús cenaba, se presentó una mujer conocida en el pueblo como una
pecadora y enjugó con perfume y con sus lagrimas los pies de Jesús, los secó con
su cabello y los besó. Los invitados y el mismo Simón quedaron sorprendidos, no
por lo que estaba haciendo la mujer, sino porque Jesús se dejara tocar por una
prostituta. ¿Qué clase de profeta era Jesús?, pensaba Simón. Jesús se adelantó
al pensamiento de Simón y le contó un breve relato en el que subraya un aspecto
muy importante de su mensaje salvífico: la misericordia de Dios para con los
pecadores.
Hay que entender el texto de hoy desde el contenido de la parábola que cuenta
Jesús. El amor de los deudores es la respuesta al perdón de la deuda del
prestamista, es decir que, al que mucho se le ha perdonado, demuestra mucho
amor, en cambio, al que se le perdona poco, demuestra poco amor. El perdón de
Jesús para con la pecadora es la respuesta al gran amor manifestado por la misma
mujer para con Él. Con estas palabras el evangelista nos quiere expresar la
íntima relación que hay entre el amor agradecido y el perdón de los pecados. Un
perdón que se hace presente en Jesús, que nos presenta el rostro misericordioso
del Padre.
Simón, el fariseo y todos sus invitados, parecen incapaces de comprender lo que
significa la misericordia de Dios, no pueden abrirse a la dimensión de la
salvación porque se encuentran entre aquellos a los que se les ha perdonado
poco, son autosuficientes, se creen buenos, no necesitan del perdón de Dios. No
pueden entender lo que significa la gracia, el don gratuito y generoso que
ofrece Jesús como hijo del Padre misericordioso. No entienden, ni comprenden, ni
aceptan que el perdón no se da a cambio de amor, sino que se da simplemente sin
esperar nada a cambio. El perdón es un regalo gratuito, esto es lo que la fe de
la pecadora ha entendido; por eso Jesús le dice: “Tu fe te ha salvado, vete en
paz”.
A veces nosotros somos como Simón, el fariseo y sus invitados. ¿Con cuánta
frecuencia somos incapaces de descubrir la presencia misericordiosa de Dios y de
su mano amorosa en los acontecimientos ordinarios de nuestra vida?
SERVICIO BÍBLICO LATINOAMERICANO
3-8. ACI DIGITAL 2003
37 s. Tan grande como el arrepentimiento era el
perdón, y el amor que de éste procedía según el v. 47. Como observa San Jerónimo
y muchos otros intérpretes, esta cena no es la de Betania.
46. Cuando se trata de honrar a Dios no debemos ser avaros, y sólo hemos de
cuidar que sea según Él quiere y que el amor sea el único móvil y no la vanidad
o el amor propio.
47. Ama poco: Esta conclusión del Señor muestra que si la pecadora amó mucho es
porque se le había perdonado mucho, y no a la inversa, como parecería deducirse
de la primera parte del v. La iniciativa no parte del hombre, sino de Dios que
obra misericordia (léase en Salmo 58, 11: "Se alegrará el justo de haber visto
la venganza, sus pies bañará en la sangre del impío" y 78, 8:" para que no
fueran, lo mismo que sus padres, una generación rebelde y revoltosa. generación
de corazón voluble y de espíritu desleala a Dios").
San Agustín confirma esto diciendo que al fariseo no se le podía perdonar mucho porque él, creyéndose justo, a la inversa de Magdalena, pensaba deber poco. Y entonces, claro está que nunca podría llegar a amar mucho según lo enseñado por Jesús.
3-9. DOMINICOS 2003
“En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora..., vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás, junto a sus pies, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume.
Al ver esto, el fariseo que le invitó se decía: Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora... Pero Jesús le dijo:... Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor. Al que poco se le perdona es que ama poco. Y a ella le añadió: Tus pecados están perdonados... Tu fe te ha salvado. Vete en paz”.
Amar y ser perdonado. Confesar la propia debilidad y agradecer la grandeza del Señor. ¡Pobre corazón humano cuando, en vez de ser generoso, como el de la Magdalena, se carcome de hipocresía y egoísmo!
Por las palabras de Pablo, nos enteramos hoy de que su discípulo y amigo Timoteo fue consagrado obispo, por la imposición de manos de los presbíteros, en plena juventud. ¡Qué atrevimiento! Timoteo tenía ya experiencia pastoral, pues había compartido con Pablo sus andanzas misionales; pero era presumible que no faltarían quienes estimaran precipitada esa elección para jefe de la Iglesia. Necesitaba, pues, de la fortaleza de Pablo para llevar a buen puerto su obra.
Por eso, Pablo se anticipa a los hechos: quiere ir a visitarle y darle autoridad ante el pueblo, con su apoyo; y se permite recordarle que, olvidándose de su edad, asuma la doble responsabilidad de cuidar de la comunidad e instruirla en la fe más y más.
He ahí dos valores que se exigen a todo dirigente eclesial: firme profesión firme de fe en servicio y caridad, y enseñanza a los demás para que sean conscientes de su compromiso.
¡Qué consuelo! ¡Si amo, se me perdona! Sin embargo, en nuestras experiencias de amor y de perdón, quizá hubiéramos de modificar esas palabras del Maestro, pues a veces Dios, nuestro Padre, nos ama tantísimo, que parece perdonarnos, aun amándolo nosotros muy poco. Dios es siempre quien comienza la obra en la que desea vernos implicados con amor creciente.
¡Qué lección de la pecadora!. Amaba mucho, y amaba desde su conciencia lacerada por las infidelidades que cometía; era infiel. Pero luchaba consigo misma, y un día llegó la oportunidad de quitarse todos los velos y dejar al descubierto su admiración y reconocimiento a Jesús de Nazaret. Desde ese día ya no le importaron las habladurías de los hombres y mujeres. Amaba a Jesús.
3-10.
LECTURAS: 1TIM 4, 12-16; SAL 110; LC 7, 36-50
1Tim. 4, 12-16. Puesto que somos colaboradores de Cristo tratemos de no recibir
en vano la Gracia de Dios. El Señor nos ha consagrado para que, siendo suyos,
seamos un signo vivo de su presencia en el mundo. Por eso hemos de cuidar el
Carisma que hay en nosotros: el de servir a todos como Cristo lo ha hecho con
todos. Para lograr esto necesitamos dedicarnos a la lectura de la Palabra de
Dios, a la exhortación, a la enseñanza. Pero esto debe ir respaldado con una
vida intachable que nos convierta en modelo en la palabra, en el comportamiento,
en la caridad, en la fe, en la pureza. No podemos pensar que, puestos al
servicio de los demás por nuestra unión con Cristo desde el Bautismo y
Confirmación, o como Ministros Ordenados, no hemos de poner algo de nuestra
parte para que día a día maduremos en nuestra respuesta al Señor. Nuestro sí
inicial debe ser renovado todos los días, de tal forma que en verdad vivamos,
con mayor lealtad, nuestra entrega a Cristo y al anuncio de su Evangelio. Esto
debe llevarnos a profundizar, también todos los días, la Palabra de Dios
mediante la Lectio Divina para que, así, antes que exhortar y enseñar a los
demás, la Palabra de Dios sea aceptada y vivida por nosotros. Entonces podremos
ser modelo que pueden imitar los demás, pues encontrarán en nosotros un punto de
referencia a Cristo. Obrando, de modo perseverante en el bien, no sólo
lograremos salvarnos, sino que salvaremos a aquellos a quienes hemos sido
enviados.
Sal. 110. En verdad que las obras de Dios son grandiosas
y dignas de confianza. Contemplemos la bondad y la misericordia del Señor para
con los suyos, pues Él no sólo creó todo para que estuviese a nuestra
disposición; sino que se formó un Pueblo, con quien pactó una Alianza en el
Sinaí, y le dio como herencia la tierra prometida. De ese Pueblo nació para
todos un Salvador, Cristo Jesús, quien llevó a cabo la obra grandiosa de la
Redención y nos hizo partícipes de su Vida y de su Espíritu, formando así un
Nuevo Pueblo de elegidos para gloria del Padre. Por eso Dios, nuestro Dios,
merece no sólo nuestra alabanza y nuestra acción de gracias, sino el reconocerlo
como Señor de nuestra vida, como Aquel que ha de ser amado por encima de todo y
a quien le entregamos todo nuestro ser; Él ha de ser respetado, y su Palabra
debe ser fielmente cumplida por quienes decimos creer en Él. Así manifestaremos
que en verdad, también nosotros, hemos entrado en Alianza con Él y hemos hecho
nuestra su obra de salvación.
Lc. 7, 36-50. Amar al Señor, pues Él nos ha perdonado mucho. A Él no le importa
nuestro pasado, por muy tenebroso que sea; a Él sólo le importa el que nos
dejemos encontrar y que recibamos su perdón. Esto indicará que en verdad Él
significa no sólo algo, sino todo en nuestra vida. Si Él se junta con pecadores;
si Él acude a banquetes no es porque quiera dejarse dominar por el pecado, o
porque quiera pasarse la vida embriagándose; Él, por todos los medios, y
acudiendo a todos los ambientes, busca al pecador para salvarle. La Iglesia,
santa porque su Cabeza es santa, pero compuesta por pecadores, es una Comunidad
que necesita estar en una actitud de continua conversión, abierta al perdón de
Dios. Sólo así podrá convertirse en un signo del poder salvador del Señor, que
vino a salvar todo lo que se había perdido. Por eso no ha de tener miedo de ir a
todos los ambientes del mundo, por muy cargados de maldad que se encuentren,
para llamar a todos a la conversión y a la unión plena con Dios.
En esta Eucaristía Aquel que es la Palabra se hace presente entre nosotros con
todo su poder salvador. Él es la Palabra que el Padre Dios pronuncia a favor
nuestro para que nuestros pecados sean perdonados, y para que, santificados en
la verdad, podamos manifestarnos como hijos suyos. Por eso, hemos de abrir
nuestra vida para que el Señor habite en ella. No podemos sólo estar en, sino
vivir la Eucaristía. Si en verdad creemos que es el Señor quien preside esta
Eucaristía, que es el Señor quien nos habla, que es el Señor quien actualiza su
Misterio Pascual, que es el Señor quien se encarna en su Iglesia, signo de su
amor para el mundo, vivamos en una auténtica comunión de vida con Él, de tal
forma que en verdad manifestemos con las obras que el Señor camina con su
Iglesia, en su Iglesia, y que, desde su Iglesia, sigue preocupándose de ofrecer
su perdón y su vida a todos los pueblos y a las personas de todos los tiempos.
¿Hasta dónde somos capaces de salir al encuentro del pecador, no para
condenarle, no para señalarle como a un maldito, no para dejarnos dominar por su
pecado, sino para ayudarle a encontrarse con Cristo y a recibir su perdón, de
tal forma que se inicie, en su propia vida, un nuevo caminar en el amor a Dios y
en el amor fraterno? Dios no nos envió a destruir a los demás, por muy malvados
que parezcan; nuestra lucha no es una lucha fratricida, es una lucha en contra
del pecado; y el pecado no se expulsa acabando con los pecadores, sino amándoles
de tal forma que puedan recuperar su dignidad de hijos de Dios. Saber amar,
saber perdonar como Dios nos ha amado y perdonado, es la luz que fortalecerá a
quienes se apartaron del camino del bien para que vuelvan a encontrarse con el
Señor y vivan comprometidos con Él. Seamos, pues, portadores de Cristo y no
generadores de dolor y de muerte a causa de querer revivir las guerras santas,
pensando que sólo nosotros somos santos, y los demás unos malvados que han de
ser exterminados, para que sólo los puros habiten este mundo y sean los únicos
que disfruten la salvación. Sin embargo recordemos que Jesús, nuestro Señor y
Maestro, nos ha enseñado que Él vino a salvar a los culpables y a dar la vida
por ellos. Esta es la misma misión que tiene la Iglesia, enviada como signo de
salvación para todos los hombres.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra
Madre, la gracia de saber amar y hacer el bien, no según nuestras imaginaciones,
sino conforme al ejemplo que Cristo nos ha mostrado, para que, así, todos, aún
los más grandes pecadores, habiendo recibido el perdón y la Vida que procede de
Dios, podamos alcanzar la Salvación que el Señor nos ofrece a todos. Amén.
www.homiliacatolica.com
3-11. Recibir bien a Jesús
Un fariseo rico, Simón, invita a Jesús a comer, y olvida darle las atenciones
tradicionales de hospitalidad (Lucas 7, 36-50). El Señor sí es consciente de
esos olvidos de Simón, las echa de menos, como echó en falta el agradecimiento
de aquellos leprosos que después de curados ya no volvieron más. La tosquedad
del anfitrión se pone particularmente de manifiesto en contraste con las
delicadezas de una pecadora pública que irrumpe en el banquete para expresarle
al Señor su arrepentimiento y amor: llevó un vaso de alabastro con perfume, se
situó detrás, a los pies de Jesús, se puso a bañarlos con sus lágrimas y los
ungía con perfume. Ante los juicios negativos de los comensales para con la
mujer, Jesús le da la recompensa más grande que puede recibir un alma: Por eso
te digo: le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho.
Cuando se trata de padecer por la salvación de las almas, el Señor no pone
límites a sus sufrimientos; sin embargo, extraña la cortesía en el trato y las
manifestaciones de cariño de parte de Simón, y le dice: entré en tu casa y no me
has dado agua con que lavar mis pies. ¿No tendrá que reprocharnos hoy algo por
el modo como le recibimos? Te adoro con devoción, Dios escondido (Himno Adoro te
devote), le diremos cuando viene a nuestro corazón y procuraremos hacerle un
recibimiento lleno de delicadezas de manera que nunca tenga qué reprocharnos
nuestra falta de amor. "Hemos de recibir al Señor, en la Eucaristía, como a los
grandes de la tierra, ¡mejor! : con adornos, luces, trajes nuevos... Limpieza en
tus sentidos, uno por uno; adorno en tus potencias, una por una; luz en toda tu
alma" (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Forja)
"El rey ha de venir mañana a mi casa, ¿cómo le aparejaré posada?" Exclama San
Juan de Ávila en un sermón sobre la preparación para recibir al Señor en la
Eucaristía. "Con amor viene, recíbelo con amor" (Ídem) El amor supone deseos de
purificación -acudiendo a la Confesión sacramental-, y aspirando a estar el
mayor tiempo con Él, sin precipitaciones. Junto a las disposiciones del alma,
las del cuerpo: el ayuno que la Iglesia ha dispuesto, las posturas, el vestir,
que nos llevan a presentarnos como dignos hijos al banquete que el Padre ha
preparado con tanto amor. ¡Es el acontecimiento más grande del día y de la vida
misma! Nuestra Señora nos enseñará a recibir a su Hijo. Ninguna criatura ha
sabido tratarle mejor.
Fuente: Colección "Hablar con Dios" por Francisco Fernández Carvajal, Ediciones
Palabra.
Resumido por Tere Correa de Valdés Chabre
3-12. La mujer pecadora y la misericordia de Dios
Autor: P. Juan J. Ferrán
Es un relato maravilloso en todo su desarrollo. Comienza la historia con la
invitación de un fariseo a comer en su casa. En la misma ciudad había una mujer
pecadora pública. Al saber que Jesús estaba allí, cogió un frasco de alabastro
de perfume, entró en la casa, se puso a los pies de Jesús a llorar, mojando sus
pies con sus lágrimas y secándoselos con sus cabellos, ungió los pies de Cristo
con el perfume y los besó. El fariseo, entretanto, ponía en duda a Cristo. Pero
Jesús, que leía su pensamiento, le propuso una parábola sobre un acreedor que
tenía dos deudores y a ambos perdonó. Se aprovechó de aquella parábola para
salir en defensa de aquella mujer comparando su actitud con la de él: la de ella
llena de amor y arrepentimiento; la de él llena de soberbia y vanidad. Tras
ello, hace una afirmación que parece la absolución tras una excelente confesión:
“Le quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor”, dice
dirigiéndose al fariseo, llamado Simón. Y a la mujer: “Tus pecados quedan
perdonados. Tu fe te ha salvado. Vete en paz”. Los comensales volvieron a juzgar
a Jesús: “Quién es éste que hasta perdona los pecados?”.
Siempre que se mete uno a fondo en la propia vida y comprueba lo lejos de Dios
que se encuentra y ve cómo el pecado grave o menos grave nos domina, se puede
sentir la tentación del desaliento y de la desesperación. Del desaliento en
cuanto a sentirse uno incapaz de superar las propias limitaciones. De
desesperación en cuanto a pensar que no se es digno del perdón misericordioso de
Dios. En estos momentos de los ejercicios, tras haber reflexionado sobre el
pecado, podemos sentirnos desalentados o desesperados. Por ello, es muy
importante sin frivolidad y sin infantilismos, -porque a veces se toma a Dios
así-, echarnos en brazos de la misericordia divina.
Dios siempre está dispuesto a perdonar, a olvidar, a renovar. Ahí tenemos la
parábola del hijo pródigo en la que un padre espera con ansia la vuelta de su
hijo que se ha ido voluntariamente de su casa. Dios siempre nos espera; siempre
aguarda nuestro retorno; nada es demasiado grande para su misericordia. Nunca
debemos permitir que la desconfianza en Dios tome prisionero nuestro corazón,
pues entonces habríamos matado en nosotros toda esperanza de conversión y de
salvación. La misericordia del Señor es eterna. En el libro del Profeta Oseas
leemos frases que nos descubren esa ternura de Dios hacia nosotros: “Cuando
Israel era niño, yo le amé... Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí...
Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor, y era para ellos como los que
alzan a un niño contra su mejilla...” (11, 1-4).
Frecuentemente una de las acciones más específicas del demonio es desalentarnos
y desesperarnos. “Ya no tienes remedio. Ya es demasiado lo que has hecho”. Y
muchos de nosotros nos dejamos llevar por esos sentimientos que nos quitan no
sólo la paz, sino la fuerza para luchar por ser mejores. Dios, en cambio,
siempre nos espera, porque nos ama, porque no se resigna a perder lo que su Amor
ha creado. “Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en
justicia y en derecho, en amor y en compasión” (Os 2,21). Qué nunca el temor al
perdón de Dios nos aparte de volver a El una y otra vez! Hasta el último día de
nuestra vida nos estará esperando.
La misericordia de Dios, sin embargo, no se puede tomar a broma. Ella nace en el
conocimiento que Dios tiene de nuestra fragilidad, de nuestra pequeñez, de
nuestra condición humana, y, sobre todo, del amor que nos profesa, pues “El
quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. La
misericordia divina no puede, en cambio, ser el tópico al que recurrimos
frecuentemente para justificar sin más una conducta poco acorde con nuestra
realidad de cristianos y de seres humanos, o para permitirnos atentar contra la
paciencia divina por medio de nuestra presunción.
A espaldas de la pecadora sólo hay una realidad: el pecado. En su horizonte sólo
una promesa: la tristeza, la desesperación, el vacío. Pero en su presente se
hace realidad Cristo, el rostro humano de Dios. Ella nos va enseñar cómo actúa
Dios cuando el ser humano se le presta.
La mujer reconoce ante todo que es una pecadora. Esas lágrimas que derrama son
realmente sinceras y demuestran todo el dolor que aquella mujer experimentaba
tras una vida de pecado, alejada de Dios, vacía. Hay lágrimas físicas y también
morales. Todas valen para reconocer que nos duele ofender a Dios, vivir alejados
de Él. A ella no le importaba el comentario de los demás. Quería resarcir su
vida, y había encontrado en aquel hombre la posibilidad de la vuelta a un Dios
de amor, de perdón, de misericordia. Por eso está ahí, haciendo lo más difícil:
reconocerse infeliz y necesitada de perdón.
Cristo, que lee el pensamiento, como lo demostró al hablar con Simón el fariseo,
toca en el corazón de aquella mujer todo el dolor de sus pecados por un lado, y
todo el amor que quiere salir de ella, por otro. Todo está así preparado para el
re-encuentro con Dios. Se pone decididamente de su parte. Reconoce que ella ha
pecado mucho (debía quinientos denarios). Pero también afirma que el amor es
mucho mayor el mismo pecado. “Le quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha
mostrado mucho amor”. Se realiza así aquella promesa divina: “Dónde abundó el
pecado, sobreabundó la misericordia”. El corazón de aquella mujer queda
trasformado por el amor de Dios. Es una criatura nueva, salvada, limpia, pura.
La misericordia divina le impone un camino: “Vete en paz”. Es algo así como:
“Abandona ese camino de desesperación, de tristeza, de sufrimiento”. Coge ese
otro derrotero de la alegría, de la ilusión, de la paz que sólo encontrarás en
la casa de tu Padre Dios. No sabemos nada de esta pecadora anónima. No sabemos
si siguió a Cristo dentro del grupo de las mujeres o qué fue de ella. Pero
estamos seguros de que a partir de aquel día su vida cambio definitivamente.
También a ella la salvó aquella misericordia que salvó a la adúltera, a Pedro, a
Zaqueo, y a tantos más.
En nuestra vida de cristianos, y muy especialmente en la vida de la mujer, tan
sensible a la falta de amor, tan proclive al desaliento, tan inclinada a sufrir
la ingratitud de los demás, es muy fácil comprender lo que le dolemos a Dios
cuando nos apartamos de su amor y de su bondad. Por ello, abrámonos a la
Misericordia divina para reforzar nuestra decisión de nunca pecar, de nunca
abandonar la casa del Padre, de nunca intentar probar ese camino de tristeza y
de dolor que es el pecado.
La constatación de nuestras miserias, a veces reiteradas, nunca deben
convertirse en desconfianza hacia Dios. Más aún, nuestras miserias deben
convencernos de que la victoria sobre las mismas no es obra fundamentalmente
nuestra sino de la gracia divina. Sólo no podemos. Es a Dios a quien debemos
pedirle que nos salve, que nos cure, que nos redima. Si Dios no hace crecer la
planta es inútil todo esfuerzo humano. Somos hijos del pecado desde nuestra
juventud. Sólo Dios pude salvarnos.
Junto a esta esperanza de salvación de parte de Dios, la Misericordia divina
exige nuestro esfuerzo para no ser fáciles en este alejarnos con frecuencia de
la casa del Padre. Hay que luchar incansablemente para vivir siempre ahí, para
estar siempre con Él, para defender por todos los medios la amistad con Dios. El
pecado habitual o el vivir habitualmente en pecado no puede ser algo normal en
nosotros, y menos el pensar que al fin y al cabo como Dios es tan bueno...
Estaremos siempre en condiciones o en posibilidades de invocar el perdón y la
misericordia divina?
No olvidemos que como la pecadora siempre tenemos la gran baza y ayuda de la
confesión. Ella hizo una confesión pública de sus pecados, manifestó su profundo
arrepentimiento, demostró su propósito de enmienda. Al final Cristo la absolvió.
La confesión es fundamental para el perdón de los pecados. Más aún, es necesaria
la confesión frecuente, humilde, confiada. Como otras muchas cosas, sólo a Dios
se le ha podido ocurrir este sacramento de la misericordia y del perdón. No
acercarse a la confesión con frecuencia es una temeridad. Tenemos demasiado
fácil el regreso a Dios.