VIERNES DE LA SEMANA 23ª DEL TIEMPO ORDINARIO

 

1.- 1Tm 1, 1-2.12-14

1-1.

Las epístolas a Timoteo y a Tito, llamadas epístolas pastorales, tienen un carácter distinto al resto de las epístolas de san Pablo. Las preocupaciones y el estilo son diferentes.

Un discípulo próximo a san Pablo pudo haber intervenido en la redacción. O bien Pablo mismo al final de su vida pudo encontrarse en una fase verdaderamente nueva de la evolución de las comunidades cristianas: en aquel tiempo, como hoy, ocurrían cambios rápidos. El caso es que Pablo insiste más sobre las estructuras jerárquicas y la refutación de los errores, para salvaguardar la unidad de la fe y su tradición auténtica a las generaciones futuras.

-A Timoteo, verdadero hijo mío en la fe, te deseo...

De hecho era Pablo quien había convertido a Timoteo, pagano de Listra en Liconia, de padre griego y madre judía (Hch 16, 1). Era Pablo también quien le había confiado un ministerio al imponerle las manos (1 Timoteo 4, 14).

Timoteo estaba con Pablo cuando escribió siete de sus cartas (1 Ts 1, 1; 1 Ts 1, 1; 2 Co 1, 1; Rm 16, 21; Flp 1, 1; Col 1, 1; Flm l). Y sobre todo Pablo confió misiones importantes a su discípulo preferido, al que llama aquí «su hijo en la fe». (1 Ts 3, 2-6; 1 Co 4,17.). Nos agrada pensar que Pablo tuvo, también, amigos que le permanecieron fieles, cuando tantos otros le abandonaban (2 Tm 1, 10-16).

-Te deseo... gracia, misericordia y paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro.

Pablo no deja de tener presente al Padre de Jesús.

Todo deseo salido de sus labios o de su pluma ¡viene "de parte" de Dios! Doy gracias a aquel que me da la fuerza, a Cristo Jesús.

Decididamente, a Pablo le acompañan siempre esos sentimientos: la alegría, el agradecimiento. ¡Si también fuese eso verdad para nosotros!

-Ya que me consideró digno de confianza al encargarme del ministerio, a mí, que antes fui un blasfemo, un perseguidor y un insolente.

Pablo se acuerda de su propia conversión: viene de muy lejos. . .

Era perseguidor, ferozmente opuesto al cristianismo.

Ahora bien lo que emociona a Pablo no son los esfuerzos que pudo haber hecho para cambiar de rumbo, sino la «confianza que Dios le ha manifestado».

-Cristo me perdonó, porque obré por ignorancia, porque no tenía fe.

Pablo propone como «buena nueva» su propia experiencia: ¡soy un pecador perdonado!

¡He experimentado la misericordia de Dios ! Sé lo que el Amor de Dios es. Tratad de saberlo también vosotros.

Y Pablo llegará a decir: soy un incrédulo que ha pasado a ser creyente. No tenía fe, estaba en la ignorancia. De ese modo, para nosotros también nuestras preguntas y nuestras dudas sobre la fe pueden llegar a ser una misteriosa comunión con los no-creyentes que nos ayude a encontrar las palabras oportunas para una verdadera comunicación.

-Pero la gracia de nuestro Señor sobreabundó en mí, juntamente con la fe y el amor en Cristo Jesús.

Es una de las grandes y constantes afirmaciones de san Pablo: la primacía de la gracia, la gratuidad del don de Dios... la justificación por la fe y no por las obras... la salvación considerada como una obra de amor divino.

Señor Jesús, ¡sé de veras el más fuerte! en mi vida de cada día, en mis combates cotidianos.

NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 5
PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO
DE LOS AÑO IMPARES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág. 280 s.


1-2. /1Tm 1, 1-20

Tanto la carta a Tito como las dirigidas a Timoteo son llamadas «pastorales». Se hace difícil hallar un título mejor. Con él quiere indicarse que Pablo, en la segunda y definitiva cautividad (h. el año 67), se dirige no sólo a los jefes jerárquicos de Creta y Efeso, que son allí sus delegados personales y plenipotenciarios, sino también a las respectivas comunidades..., y por ellas a toda la Iglesia universal.

Esto explica por qué Pablo, a pesar de ser tan bien conocido y amado por Timoteo, empieza presentando sus credenciales de apóstol (v 1). Esta presentación oficial no impide que Pablo demuestre a continuación su afecto paternal por Timoteo. Muchos y variados son los adjetivos afectuosos que Pablo dedica a Timoteo, fruto de su apostolado en Listra y de su fiel colaboración. No existen dos iguales: «mi hijo muy amado y cristiano fiel» (1 Cor 4,17), «a ningún otro tengo tan unido a mí» (Flp 2,2O), "amado hijo" (2 Tim 1,2) Ahora le llama «hijo legítimo en la fe» (1 Tim 1,2). Es como una madre que siempre halla nuevas gracias en su hijo. El celibato de Pablo no esterilizó su corazón.

Después de darles algunas directrices sobre la enseñanza de la fe (1,3-11), Pablo recuerda ante el discípulo (=hijo espiritual) la prehistoria de su propio apostolado. En ella aparecen las persecuciones, los insultos y las blasfemias de Pablo. Es lógico que en ella Pablo se confiese pecador..., pero lo más admirable es el tiempo en que el verbo está redactado, un presente: «Yo soy el primero (pecador)» (1,15). Pablo no se detiene aquí. No quiere darnos lecciones de humildad. Generosamente piensa en los que le seguirán a él y a Timoteo. No quiere que admiremos su comportamiento ni sus virtudes, sino la manifestación de la misericordia de Dios en él. (Ciertamente distinto de la hiperbólica y alienante descripción de méritos y milagros en tantas biografías de santos). La misericordia de Dios conmigo, nos dice Pablo, es una simple muestra de lo que hará también con vosotros: «Dios tuvo misericordia de mí, para que Cristo Jesús mostrase en mí el primero hasta dónde llega su paciencia, proponiendo un ejemplo típico a los que en el futuro creyesen en él para obtener la vida eterna» ( 16).

E. CORTES
LA BIBLIA DIA A DIA
Comentario exegético a las lecturas de la Liturgia de las Horas
Ediciones CRISTIANDAD.MADRID-1981.Pág. 340 s.


2.- 1Co 9, 16-19.22-27

2-1.

Ver 1Co 9, 16-19.22-23


2-2.

A los problemas suscitados por los corintios, Pablo dio respuestas ágiles y relativas.

"Valorizó" el celibato y la continencia, pero sin que las personas casadas se sintieran inquietas o condenadas... Valorizó la actitud amplia del que es libre frente a los tabúes alimenticios, pero pidiendo tener en cuenta las conciencias débiles. Este comportamiento ágil y favorable tanto a los «Paganos», como a los »Judíos», le valió muchas enemistades.

Se acusaba a Pablo de ser oportunista. Todo ello le llevó a precisar el «sentido profundo» que da a su misión de apóstol.

-Predicar el evangelio no es para mí ningún motivo de gloria, es más bien ¡un deber que me incumbe!

Humildad extraordinaria, cuando se sabe históricamente el papel irremplazable que tuvo Pablo en la primera extensión del evangelio.

Esto no es para Pablo ningún privilegio ni gloria.

Estima que Cristo tuvo en ello la iniciativa, sin ningún mérito de su parte. ¡Se considera como un «esclavo» que cumple su tarea porque no puede dejar de cumplirla!

-¡Ay de mí, si no predicara el evangelio!

¡Qué vehemencia, qué grito!

¡Cuán irrisoriamente mediocres son nuestras vidas, al lado de tales exigencias! Y del mismo modo, el «buen cristianismo pequeño y tranquilo» de ciertos consumidores del evangelio, ¡resulta también irrisorio frente a esta exigencia.

El evangelio no es un objeto de consumo o de conserva... es una «buena nueva» que ha de ser difundida, «anunciada».

¿Soy yo un «cristiano-para-mí»? ¿Qué hago del evangelio?

-No predico por propia iniciativa; es una misión que me ha sido confiada. ¿Por qué he de recibir yo una recompensa?

Es un servicio encomendado. Pablo no eligió su vocación de apóstol. ¡Es una "misión, un cargo", confiado por Dios!

-Efectivamente, siendo libre con relación a todos, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más que pueda.

El griego usa el término «esclavo», es decir, servidor de todos. El cargo apostólico de Pablo es una réplica de la misión de Jesús concebida como la del «Servidor paciente» de Isaías. El apostolado concebido como un «servicio» -ministerio significa «servicio».

¿De quién soy servidor?

-Los atletas se privan de todo por una corona corruptible. Yo golpeo duramente mi cuerpo... y lo esclavizo, no sea que habiendo proclamado el mensaje a los demás, resulte yo mismo descalificado.

La ascesis, el dominio de sí mismo.

Útil en muchos deportes... ¡y también en muchos oficios! Indispensable en la vida cristiana. Necesario en la vida apostólica.

¿Cómo pretender "evangelizar" sin imitar a Jesucristo? La evangelización no es un «dulce o una golosina», en Jesús, tomó el recio rostro de la crucifixión.

Y Pablo, para evangelizar, trataba «duramente su cuerpo» y se «imponía toda clase de privaciones».

¿Continuó siendo un cristiano mediano, comodón?

NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 4
PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO
DE LOS AÑOS PARES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1984.Pág. 280 s.


2-3. /1Co/09/19-27

La parábola del atleta que corre en el estadio se emplea pocas veces para explicar la actitud del que predica el evangelio por vocación. Quizá no sean muchos los que la conocen, pero no es halagadora para los «profesionales». De ordinario, el atleta es una persona admirada durante la competición. Pero su vida no consiste sólo en este momento.

Hay muchos otros momentos, los más importantes, que no son brillantes y que están hechos de silencio, de esfuerzo, de soledad, de constantes sacrificios.

La parábola de Pablo, referida a su propio apostolado -pero aplicable a todos los apóstoles-, acentúa precisamente esos momentos que hacen que un atleta auténtico, a diferencia de un aficionado, "se mantenga en forma" (v 27).

En la perícopa de hoy expone Pablo un principio general de su trabajo misionero y, al mismo tiempo, nos permite comprender por qué puede repetir que es «un hombre libre» (vv 1 y 19) El principio es claro: renunciar a las libertades personales con el fin de ganar a todos para la causa de Cristo (23) Parece sencillo, pero no lo es. Y no lo es porque para poder renunciar a una cosa hay que ser dueño de ella y tener libertad para hacer de ella lo que se quiera. Para desvincularse de la ley es preciso haber estado sometido a la ley y sentirse libre de ella. De otro modo, tal desvinculación no pasa de ser una transgresión que produce angustia.

El texto de hoy es importante, porque la confesión de Pablo nos lleva hasta el umbral de una situación personal en la que no sólo se ha superado la cuestión de los derechos y deberes -como en el caso de la renuncia a vivir a costa del evangelio-, sino también otros condicionamientos más profundos, como el étnico. Pero también es evidente que las renuncias de Pablo tienen una finalidad, ya apuntada al explicar su opción por el celibato (7,32) y confirmada ahora: «Todo lo hago por el evangelio, para que la buena noticia me aproveche también a mí» (v 23) La Iglesia, y especialmente quien ha recibido la misión de predicar el evangelio, debe ejercitarse en la libertad para dar credibilidad a su anuncio.

Mientras esté aferrada a cualquiera de sus seguridades -viejas o nuevas-, su carrera sólo puede obtener la categoría de «aficionado».

A. R. SASTRE
LA BIBLIA DIA A DIA
Comentario exegético a las lecturas de la Liturgia de las Horas
Ediciones CRISTIANDAD.MADRID-1981.Pág. 516 s.


3.- Lc 6, 39-42

3-1.

Ver DOMINGO 08C: Lc 6, 39-45


3-2. BENEVOLENCIA BONDAD/BUENO

El evangelio de hoy nos invita a mirar el mundo y a los otros con la misma mirada de Jesús: una mirada de benevolencia.

Los ojos son como un espejo en el que se refleja el mundo. Hay personas para las que toda la realidad es triste y está sujeta a lamentaciones. Todo va mal; y los "sí, pero..." minan toda razón de esperar. El mundo, como por una especie de mimetismo, toma el color de nuestra mirada. Sed benévolos. Con los demás: son menos malos de lo que os imagináis. Amad en ellos la parte mejor de ellos mismos; en el peor de los incrédulos hay una chispa, aunque sea oculta, de ese fuego que Dios ha inscrito en el corazón de cada uno. Tenéis vocación de esperanza: esperad en el hombre. El cristiano, pase lo que pase, no puede encerrar al que siempre es su hermano dentro del calabozo de las sospechas o en la argolla de las condenaciones. Creed en el hombre y sed hombres consagrados a la misericordia. Y sed benévolos con vosotros mismos, mirándoos con menos severidad. Si tenéis algún sentimiento de antipatía ante tal o cual acto, que vuestra antipatía se cambie en humor: ¡tampoco vosotros habéis dicho aún la última palabra! Y sed benévolos con el mundo: no seáis eternos insatisfechos. Vivid, vivid bien, gozad de la vida. Dios fue el primero que se admiró de la obra salida de sus manos en los primeros días del universo.

Ser benévolo ¿significa acaso encontrar excusas, o ser indiferente, o ser ingenuo? Eso sería olvidar que esa palabra -¡y las palabras tienen un sentido!- comprende dos términos: bien y querer. Ser benévolo significa también: descubríos como responsables, sed buenos, vigilantes, denunciad las ilusiones, los valores falsos, las dichas engañosas. La benevolencia es una responsabilidad y la asunción de un deber.

Hace algunos años, un periódico francés centró su campaña de promoción en un "eslogan" extraordinario: "Los demás ven la vida en negro, nosotros vemos razones para esperar". Eso es la benevolencia cristiana: el amor tiene paciencia, lo excusa todo, lo perdona todo, porque toma como modelo la misericordia de Dios.

Nuestra benevolencia no es "ver las cosas de color rosa"; es teologal. Nuestras razones para esperar se arraigan en el ser mismo de Dios, que tiene paciencia, y en su gracia, que no fallará jamás.

Dios de paciencia infinita,
sé nuestro maestro:
enséñanos a amar como Tú solo puedes amar.
Danos un corazón misericordioso
y razones para esperar
que nuestro tiempo desembocará en la felicidad eterna.

DIOS CADA DIA
SIGUIENDO EL LECCIONARIO FERIAL
SEMANAS XXII-XXXIV T.O. EVANG.DE LUCAS
SAL TERRAE/SANTANDER 1990.Pág. 47 s.


3-3.

Las comparaciones y sentencias de la presente perícopa se sitúan en un contexto en que se exige la superación de una actitud de juicio (de dominio) respecto de los otros. Ese contexto viene dado por los vínculos precedentes (6, 37-38) donde se condena todo juicio interhumano y se presenta el ideal de una existencia convertida en regalo hacia los otros.

Sobre ese fondo se comprenden las tres pequeñas unidades que componen nuestro texto.

La primera unidad, que en su origen parece un refrán de aquel tiempo, se refiere al ciego que pretende conducir a otro ciego en el camino. En el fondo de ese gesto se esconde la tendencia de dominio. Lo que parece amor (ayuda a un necesitado) se identifica con un rasgo de egoísmo: guiando al ciego me comporto como dueño de su destino y mi propia personalidad. El viejo refrán ha señalado ya la ridiculez de la pretensión del ciego: los dos terminarán cayendo dentro del hoyo.

También la segunda unidad (6, 40) nos transmite una sentencia conocida: el discípulo se mantiene en la línea del maestro. Pues bien, formulada en un contexto de revelación del amor cristiano, esta sentencia se nos manifiesta extraordinariamente rica. Jesús, el maestro verdadero, no ha querido arrogarse el derecho de guiar en el camino al ciego y dominarlo.

No se ha permitido juzgar a los demás, sino que les ayuda; no ha intentado sacar provecho de ellos, les ofrece lo que tiene.

Este ejemplo del maestro se debe convertir en norma de conducta para todos los creyentes. Nuestro texto lo presupone así, pero no han sentido la necesidad de ampliar o desarrollar esta idea, prefiriendo volver a un tipo de comparación más cercana, la del ojo (6, 41-42).

En el fondo, el sentido de esta comparación se mantiene en el mismo plano que la del ciego. Por más ciegos que estén (aunque tengan una vida que nuble sus ojos) los hombres se encuentran siempre dispuestos a marcar el camino a los demás: son incapaces de ver su gran ceguera y, sin embargo, descubren el más mínimo rasgo de imperfección en el prójimo (mota en el ojo ajeno). La solución de Jesús remite a las sentencias sobre el juicio (6, 37-38): nunca podemos dominar a los demás ni condenarlos por aquéllo que a nosotros nos parezcan sus defectos. Resulta que ningún hombre es dueño de los otros; nadie tiene, por lo tanto, el derecho de imponer su criterio sobre los restantes hombres.

Esta exigencia de Jesús resulta impresionantemente dura. Los imperios de este mundo se arrogan el derecho de dictaminar sobre lo bueno y lo malo de los hombres; los gobiernos ejercen su poder juzgando a los súbditos; los que tienen autoridad la imponen sobre aquéllos que se encuentran sometidos. Todos piensan que pueden dominar de alguna forma sobre aquéllos que se encuentran a su lado. Vivimos en un mundo dividido en dos mitades: los que mandan (o quieren mandar) y aquéllos que están obligados a obedecer o someterse. ¿Cómo romper esta cadena? ¿Cómo lograr una comunión interhumana en la que nadie juzgue ni domine a nadie? El único camino es el amor, tal como se precisa en la perícopa precedente (6, 27-36).

COMENTARIOS A LA BIBLIA LITURGICA NT
EDIC MAROVA/MADRID 1976.Pág. 1280 s.


3-4. 

En los dos pasajes de hoy y de mañana, encontraremos una serie de sentencias de Jesús bastante heteróclitas enlazadas unas a otras por palabra enlace -la "medida", el "ojo", el "árbol" la "boca", la "casa"-: esta repetición de palabras que se suscitan unas a otras es un procedimiento usado por las civilizaciones orales, que no tienen escritura, para memorizar algunas palabras. Tenemos con ello un buen testimonio del cuidado con el que las primeras generaciones cristianas conservaron, no en "libros" sino en su "memoria y en su corazón", las palabras de Jesús. ¿No podría yo también aprender de memoria ciertas sentencias de Jesús?

-¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en el hoyo? Sed lúcidos, decía Jesús, a través de esa imagen concreta.

No os dejéis arrastrar sin verificar antes dónde vais y a quién seguís.

Hay falsos conductores, falsos profetas que engañan al pueblo... Tened los ojos muy abiertos.

-¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo, y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? (palabra enlace: el ciego, el ojo) Sed lúcidos, primero, para vosotros mismos, decía Jesús a través de esa otra imagen concreta. Vosotros que desconfiáis tanto de los falsos-conductores, de los falsos-profetas, que criticáis tan fácilmente a vuestros responsables, o a vuestros hermanos... mirad pues en el fondo de vuestra propia vida...

¡Abrid los ojos sobre vosotros mismos! Criticaos; sed vosotros objeto de vuestra propia crítica.

Vosotros que percibís tan fácilmente los defectos de la Iglesia, de los sacerdotes, de los cristianos que no piensan como vosotros sobre ciertos puntos... Procurad también tener en cuenta vuestros propios defectos.

-¿Cómo te permites decirle a tu hermano: "Hermano, déjame que te saque la mota del ojo", sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo...? ¡Te equivocas! Sácate primero la viga de tu ojo." El traductor, aquí, ha estado muy amable y ha suavizado el apóstrofe de Jesús. El texto griego auténtico es mucho más fuerte: "¡Hipócrita! sácate primero la viga de tu ojo". Y nosotros, ¿no tratamos también a veces de suavizar el evangelio? ¡No nos gustan las palabras fuertes! Sobre todo si nos van dirigidas.

De nuevo hay que hacer notar, que no se trata sólo de los demás... Ciertamente es a mí a quien Jesús dice que soy hipócrita cuando critico a los demás.

¡Cuánto más agradable sería la vida a nuestro alrededor si fuéramos más exigentes con nosotros que con los demás; si nos aplicáramos todos los buenos consejos que prodigamos a los demás; si tuviéramos el mismo afán en mejorarnos a nosotros mismos, que el que tenemos en mejorar a los demás! ¿No habéis notado que, cuando algo va mal, siempre echamos la culpa a "los otros"?: si los gobiernos hicieran esto... si los sindicatos no hicieran tal cosa... si los patronos se portaran de ese modo... si los obreros fueran de esa otra manera... si los sacerdotes hicieran mejor su trabajo... si mi esposo, si mi esposa... si mis vecinos...

-Sácate primero la viga de tu ojo, entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano.

La "revisión de vida" es un ejercicio espiritual eminentemente evangélico: se trata de reconsiderarse a sí mismo, de revisar, de repasar la propia vía y los propios compromisos.

¡Sería una horrenda caricatura de la revisión de vida si la transformáramos en una empresa de crítica de los demás! Señor, haznos lúcidos y clarividentes; así podremos intentar ayudar a nuestros hermanos a ver también más claro.

NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 2
EVANG. DE PENTECOSTES A ADVIENTO
EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág. 172 s.


3-5.

1. (Año I) 1 Timoteo 1,1-2.12-14

Durante ocho días (lo que queda de esta semana y toda la siguiente) leeremos la primera Carta de Pablo a su discípulo Timoteo, a quien dedica siempre palabras muy afectuosas.

Timoteo había nacido en Listra de Licaonia (cf. Hch 16), de padre griego y madre judía. Fue uno de los compañeros más fieles de Pablo en sus viajes y luego nombrado responsable de la comunidad cristiana de Efeso.

Las dos cartas de Pablo a Timoteo y la dirigida a Tito (responsable de la comunidad de Creta) se llaman "cartas pastorales"

a) La primera página es un afectuoso saludo de Pablo a Timoteo, "verdadero hijo en la fe", a quien desea la gracia y la paz de Dios y de Cristo Jesús.

Pero en seguida pasa a una especie de una confesión general, llena de humildad y gratitud para con Dios, recordando su vocación para apóstol. Pablo agradece a Dios que le haya llamado a ser ministro en la comunidad, a pesar de su pasado nada recomendable.

El salmo expresa sentimientos de alegría y confianza en Dios, como poniéndolos en labios de Pablo: "yo digo al Señor: tu eres mi bien... tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré".

b) Es interesante que Pablo, una autoridad en la Iglesia, reconozca humildemente los fallos de su "prehistoria" y que recuerde que había sido "blasfemo", "perseguidor" y "violento". Las vidas de santos suelen estar llenas de virtudes y milagros, y pocas veces se atreven sus autores a recordar sus sombras, como hace aquí Pablo de sí mismo.

La humildad en la presencia de Dios nos hace a todos también más amables en la presencia del prójimo. Nos relativiza a nosotros mismos, nos hace recordar nuestros fallos, y así estamos más dispuestos a ser tolerantes con los de los demás.

Aunque nosotros tal vez no hayamos sido "blasfemos, perseguidores y violentos", seguro que tenemos muchas cosas que agradecer a Dios, y podemos decir: "se fió de mí, me confió este ministerio, derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor cristiano".

Tenemos que reconocer que "Dios tuvo compasión de mí". Si él usó de misericordia para con nosotros, eso nos prepara para una actitud mucho más abierta y humilde para con los demás. Porque nos recuerda que no somos lo que somos por méritos propios, sino por la bondad de Dios.

1. (Año II) 1 Corintios 9,16-19.22-27

a) Sigue el mismo tema de ayer: ¿puedo comer carne inmolada a dioses falsos?

Ayer Pablo decía que el conocimiento que tenemos los cristianos nos permitiría hacer eso, porque no hay tales dioses. Pero en algunas ocasiones la caridad con el hermano que no ha llegado todavía a esa conciencia más "liberada" nos impide hacerlo: la caridad es prioritaria.

Hoy razona en la misma dirección a partir de la renuncia que uno debe saber hacer de sus derechos en vistas a un bien superior. En este capítulo 9 que no leemos entero- se refiere a dos de esos derechos a los que él, Pablo, ha renunciado por amor a los hermanos: el casarse, como lo había hecho, por ejemplo, Pedro, y el poder vivir a costa de la comunidad, ya que trabaja por ella.

Es este segundo aspecto el que leemos: "dar a conocer el evangelio, anunciándolo de balde, sin usar el derecho que me da la predicación de esta Buena Noticia". Varias veces alude Pablo en sus cartas (por ejemplo en las dos dirigidas a los de Tesalónica, que leíamos en la semana 21) a que no ha querido vivir a costa de la comunidad, sino trabajando con sus propias manos, en el oficio que tenía de fabricante de tiendas de lona.

Así funciona su argumento: yo podría exigir manutención por parte de la comunidad, pero renuncio a ella, pues ya me siento bien pagado por el hecho mismo de evangelizar, de anunciar a Cristo. Por tanto, también vosotros, en este asunto de comer o no carne, renunciad a comerla, aunque en rigor podríais hacerlo, por amor a los hermanos más débiles.

b) ¡Qué imagen más noble la de este apóstol que se hace "débil con los débiles", que se hace "todo para todos, para ganar, sea como sea, a algunos"!

Lo principal para él no son los derechos adquiridos, sino la misión que ha recibido de evangelizar, y para poder cumplirla bien, es capaz de renunciar a cosas que le apetecerían.

Como hacen los atletas en el estadio, que "se imponen toda clase de privaciones, para ganar una corona que se marchita: nosotros, en cambio, una que no se marchita". Los Corintios entenderían bien esta comparación, porque cada dos años se celebraban allí los famosos "juegos ístmicos", sólo superados en importancia por los olímpicos.

No se nos está invitando al masoquismo, a sufrir por sufrir. Sino a sufrir, si hace falta, por ayudar a los demás, por cumplir la tarea de evangelizar a los que encontramos por el camino. Los religiosos, por ejemplo, renunciamos a formar una familia, pero no es para no amar, sino precisamente para amar más, y dedicarnos totalmente a la evangelización de la Buena Noticia. Del mismo modo los casados o los solteros, que saben renunciar a muchas cosas para bien de los suyos o para ser fieles a su fe cristiana o para dedicar su tiempo libre a la catequesis o a otros ministerios en la comunidad, haciendo el bien a los demás.

Como decía Pablo: "hago todo esto por el Evangelio".

¿Somos tan generosos en el planteamiento de nuestra vida de cristianos? ¿buscamos el bien de los demás, o siempre estamos dispuestos a defender nuestros derechos y gustos? ¿estamos convencidos de que como cristianos debemos hacer el bien a nuestro alrededor hasta el punto de poder decir como Pablo: "ay de mí si no anuncio el Evangelio", o sea, "ay de mí si no hago el bien a los demás, además de no hacerles ningún mal?".

2. Lucas 6,39-42

a) Continúa "el sermón de la llanura", con recomendaciones varias, a modo de comparaciones:

- un ciego no puede guiar a otro ciego: los dos caerán en el hoyo,

- un discípulo no será más que su maestro,

- no tenemos que fijarnos tanto en los defectos de los demás (una mota o brizna en el ojo ajeno), sino en los nuestros (una viga): si no, seríamos hipócritas.

Son recomendaciones relacionadas con la ley del amor que ayer nos daba Jesús. El que se tiene por guía debe "ver" bien. El que quiere pasar de discípulo a maestro, lo mismo.

Uno y otro, si lo único que ven son los defectos de los demás, y no los propios, mal irá la cosa. Lo de ver la mota en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio era un dicho muy común entre los judíos.

b) Qué fácilmente vemos los defectos de nuestros hermanos, y qué capacidad tenemos de disimular los nuestros! Eso se llama ser hipócritas.

Por eso se nos ocurre hacer de guías de otros, cuando los que necesitamos orientación somos nosotros. Y queremos hacer de maestros, cuando no hemos acabado de aprender.

Y nos metemos a dar consejos y a corregir a otros, cuando no somos capaces de enfrentarnos sinceramente con nuestros propios fallos.

Hagamos hoy un poco de examen de conciencia: ¿no tendemos a ignorar nuestros defectos, mientras que estamos siempre alerta para descubrir los ajenos? Cada vez que nos acordamos de los fallos de los demás -con un deseo inmediato de comentarlos con otros-, deberíamos razonar así: "y yo seguramente tengo fallos mayores y los demás no me los echan en cara continuamente, sino que disimulan: ¿por qué tengo tantas ganas de ser juez y fiscal de mis hermanos?". Eso se llama hipocresía, uno de los defectos que más criticó Jesús. Nos iría bien un espejo limpio donde mirarnos: este espejo es la Palabra de Dios, que nos va orientando día tras día. Para ejercitar una saludable autocrítica en nuestra vida.

"Dios tuvo compasión de mí, derrochó su gracia en mí,' (1ª lectura I)

"Me enseñarás el sendero de la vida" (salmo I)

"Me he hecho todo para todos" (1ª lectura II)

"Sácate primero la viga de tu ojo y entonces podrás sacar la mota del ojo de tu hermano" (evangelio)

J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 6
Tiempo Ordinario. Semanas 22-34
Barcelona 1997. Págs. 56-60


3-6.

1 Cor 9, 16-19.22b-27: Pobre de mí si no anuncio el evangelio

Lc 6, 39-42: La pelusa y la viga

Sólo un ser humano libre y consciente es capaz de guiar a los demás. Pues, mientras la persona siga envuelta por ambiciones, egoísmos y violencias vivirá con la cabeza metida entre un hueco y no será capaz de ver. Jesús, precisamente, formó a sus discípulos en una actitud crítica, serena y responsable que les permitiera ver y amar la realidad.

Mientras las personas no adquieran una mirada misericordiosa y sobria consigo mismos, con sus semejantes y con toda la realidad no estarán en condiciones de cambiar nada.

Mucho menos de orientar a los demás hacia la luz y la verdad. Y Jesús era consciente de esta simple y terrible evidencia. Por esto, sus dos parábolas ponen en juego el símbolo de los ojos, para indicar cuál es la actitud de quienes aún no se han abierto a la acción de Dios y se ponen delante de la comunidad como jefes, maestros y guías.

Hoy, el evangelio nos llama a hacer un balance de nuestras prácticas, actitudes y mentalidades. No sea que creyendo ser visionarios no atinemos a ver ni el precipicio que queda a un metro. Pues, ¿qué saca de provecho el hombre acumulando ciencia, dinero y posesiones si malogra su vida? ¿De qué le sirve un prestigio y un reconocimiento que no mejoran la vida personal ni la ajena? Mientras el ser humano no gane en conciencia, misericordia, amor y solidaridad... todas las demás ganancias sólo serán un estorbo ante los ojos que le impedirán ver la realidad, la vida misma.

SERVICIO BIBLICO LATINOAMERICANO


3-7. CLARETIANOS 2002

Somos tan fáciles para juzgar a los demás y tan esquivos para mirar nuestra propia casa que me atrevo a haceros hoy algunas sugerencias al hilo de las palabras de Jesús. Esta actitud de resaltar los errores y defectos de los demás olvidando u ocultando los propios es el gran riego de todos los grupos colectivos e instituciones -partidos políticos, congregaciones, la misma Iglesia- que desean hacer presente su mensaje en la sociedad. Y nosotros, empujados por ellos también podemos actuar como esos grupos a los que Jesús critica en sus parábolas porque teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás. Se sanaría mucho nuestra convivencia y confianza en los otros si empezásemos por no hacerle a nadie la vida más difícil de lo que ya es, empezando por los más cercanos, pero sin olvidar también a los que vienen de lejos y son distintos a nosotros sobre quienes vertimos con frecuencia juicios nada bondadosos. Por ello me atrevo a hacerte hoy esta invitación. No envenenar el ambiente con nuestro pesimismo, con nuestras descalificaciones, nuestra amargura y agresividad. Crear en nuestro entorno unas relaciones hechas de confianza, bondad y cordialidad. Es un modo sencillo de poner luz en medio de la ceguera, de prestar atención a nuestras "vigas" que nos impiden dar pasos hacia los demás.

Si no queremos seguir empobreciéndonos hemos de mirar nuestra existencia y la de todo lo que nos rodea de manera diferente. La mirada de muchos se va haciendo cada vez más pragmática y corta, preocupados por su imagen y en permanente comparación con los otros. Las preguntas más habituales ante la realidad que nos rodea son casi siempre las mismas: ¿para qué sirve? ¿cuánto cuesta? ¿qué ventajas me puede traer? Ciegos, incapaces de guiar a otros. Por eso hay que empezar por mirar a nuestro interior y desde nuestro interior. Sólo así se puede captar la vida con cierta hondura. Hay algo más que fútbol y televisión, dinero o eficacia. Está también la belleza, la emoción, el amor, la amistad, el gozo de lo gratuito, pero nuestras "vigas" nos impiden disfrutar de ello. Y están los otros, no como enemigos sobre quien lanzar mis dardos, sino como ineludible camino para mi felicidad. Todo se ve y saborea de manera diferente cuando se ama, sin resentimiento, en actitud amistosa, mirando hacia el propio interior. Entonces y sólo entonces, como nos dice Jesús "verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano".

Teodoro Bahillo (tbahillo@teleline.es)


3-8. Viernes 12 de septiembre de 2003
GUIDO, DULCE NOMBRE DE MARÍA

1 Tim 1, 1-2.12-14: Gracia y perdón en el Señor
Salmo responsorial: 15, 1-2.5.7-8.11
Lc 6, 39-42: ¿Quién te nombró juez de los demás?

Dos elementos significativos en la vida del cristiano resalta el contenido del texto de hoy: Por un lado, hace un llamado a la coherencia y a la autoridad moral: “¿puede un ciego guiar a otro ciego?”, y por otro a no juzgar o condenar al otro: “hermano, deja que te saque la pelusa que hay en tu ojo”. Si Dios nos ha perdonado y nos ha regalado su amor y su misericordia, con mayor razón nosotros debemos ser benévolos en nuestros juicios hacia los demás. Jesús insiste en este aspecto porque los seres humanos estamos propensos a juzgar y a condenar y muchas veces a creernos “más santos” o mejores que los demás. Recordemos que sólo Dios es el juez último y que “al final de nuestros días nos juzgaran en el amor”.

En el texto, lo que Jesús quiere decir es que no nos condenemos los unos a los otros, que tratemos de ser más indulgentes, que seamos compasivos y misericordiosos como nuestro Padre Dios es compasivo y misericordioso. Después de todo, también nosotros somos humanos. Las palabras de Jesús son un llamado a que descubramos nuestro propio pecado, “la viga que hay en nuestro ojo”, a que nos pongamos en guardia para que sepamos reconocer nuestras debilidades antes de intentar corregir los defectos de los otros. Estas palabras llaman a la coherencia y a la autoridad moral que debemos tener en la corrección fraterna. Si así obramos, nuestra intervención correctora será comprendida y respetada.

En definitiva lo que Jesús nos ofrece es un proceso educativo ético. Según él, lo más urgente es tomar conciencia de la propia hipocresía y trabajar sobre uno mismo. Pero para lograrlo, necesitamos tener una relación sana con los demás, ya que solos no podríamos salir de nuestra ceguera. La originalidad de los consejos de Jesús está en que él mismo toma la iniciativa de esta relación, sin la cual no podríamos superar nuestra falsedad. Las cinco etapas de esta pedagogía, que para Lucas es una pedagogía eclesial, son las siguientes: 1. renuncia a ser juez de los demás; 2. apertura a las palabras de Jesús que me interpela con amor y esperanza; 3. reconocimiento de mi propio pecado; 4. compromiso de ser un ser humano nuevo; 5. sólo entonces, la imitación posible de Jesús y el permiso para ser maestro del otro. Es preciso que yo sea un ser humano nuevo para tener derecho de proponer a los demás un cambio en su vida

SERVICIO BÍBLICO LATINOAMERICANO


3-9. ACI DIGITAL 2003

41 s. Jesucristo nos muestra aquí que, en cuanto pretendemos juzgar a nuestro prójimo, caemos, no sólo en la falta de caridad, sino también en la ceguera, porque una viga cubre entonces nuestros ojos, impidiéndonos juzgar rectamente. "¿Quién eres tú para juzgar al que es siervo de otro?", es señalado en la Carta a los Romanos, capítulo 14, versículo 4.

Así, cuando nos vemos en conflicto con el prójimo, sentimos una fuerte inclinación a formarnos un juicio sobre él: sea para condenarlo, satisfaciendo nuestro amor propio, o para justificarlo benévolamente. La verdad no está ni en una cosa ni en la otra. Está en el abstenerse de ese juicio. No es necesario que sepamos a qué atenernos con respecto a una persona, sino con respecto a su doctrina. En esto último sí que hemos de proceder con libertad de espíritu para aceptar o rechazar la que nos proponen. Pero esa tendencia a juzgar al prójimo debe abandonarse y dejarse el caso para que Dios lo resuelva, sin pretender justificarse uno mismo con las fallas del otro. No juzgar al siervo de otro es, pues, prescindir de la opinión propia resignarse a ignorar, sin condenar ni absolver.


3-10. DOMINICOS 2003

Ve y mírate a ti mismo
Los ojos se nos dieron para ver; la mente y la voluntad, para querer ver la verdad.

En la liturgia de hoy será Jesús quien nos llame a hacer revisión de nuestra conducta, pues no pocas veces vemos y no queremos saber que vemos, entendemos y no queremos saber que entendemos, está ante nosotros la verdad y retiramos la mirada para no sentir heridos y fustigados por ella.

Decía un filósofo que en la vida humana el ‘vivir para los demás’, respetando y aprobando la verdad, no es sólo un ‘deber’ sino incluso ‘una gran felicidad’.

Si así fuere para nosotros, es seguro que nuestros ojos y nuestra mente estarán más atentos a la bondad y fidelidad de los otros que a sus debilidades y miserias morales.

Y un maestro, Confucio, solía dar este consejo a sus discípulos: ‘Cuando veas a un hombre bueno, proponte imitarlo; y cuando veas a otro malo, antes de condenarlo mírate a ti mismo’

Jesús nos va a decir hoy en el Evangelio algo similar: ¿por qué ves la mota en el ojo del otro, y lo denuncias, y no ves la viga en el tuyo, porque no quieres verla?

ORACIÓN:

Danos , Señor, la gracia de ser sinceros, de reconocer nuestras propias miserias y debilidades antes de descubrir la parte oscura de la vida de nuestros hermanos, y de rectificar nuestra conducta, conforme a la verdad, justicia y caridad. Amén.



Palabra de sinceridad
Primera carta a Timoteo 1, 1-2. 12-14:
“Querido hermano: ... Gracia, misericordia y paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro... Doy gracias a Cristo Jesús Señor nuestro, el cual, siendo yo antes blasfemo y perseguidor e insolente, me fortaleció, se fió de mí y me tomó a su servicio; me tuvo compasión porque yo actuaba por ignorancia y falta de fe. Pero el Señor nuestro me dio gracia abundante, con la fe y el amor a Cristo Jesús”

Timoteo, engendrado a la fe por Pablo, recibo la luz, fuerza y consuelo de su Maestro, y éste le abre su corazón para dar juntos gracias a Dios, providente y padre.

Evangelio según san Lucas 6,39-42:
“En aquel tiempo, Jesús ponía a sus discípulos esta comparación: ¿Acaso un ciego puede guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? Un discípulo no es más que su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: ‘Hermano, déjame que te saque la mota del ojo’, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la vida de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano”.

Hermosa comparación. El mensaje que en ella se contiene no puede ser más interesante y espiritualmente eficaz. Los defectos del vecino los descubrimos pronto, aunque sean pequeños; en cambio, ocultamos la verdad de nuestra propia vida, engañándonos.



Momento de reflexión
El Señor se fió de mí.
Detengámonos a meditar sobre estas palabras confidenciales de Pablo.

¿En cuántas ocasiones no hemos vivido una experiencia similar a la del apóstol, viéndonos a nosotros mismos como objetos de predilección divina?

Eso nos ha podido acontecer al menos de dos formas:

Primera, considerando la desproporción que existe entre el cúmulo de ‘dones’ que se nos otorgan y la escasa fidelidad de nuestro espíritu. Dios nos ha dotado suficientemente para poder vivir con dignidad, pero hemos sido ingratos. Él ha vuelto a comunicarnos gracia tras gracia, y nosotros, en vez de admirarnos de cuánto y cómo nos ama, hemos devuelto desprecios. Hagamos hoy una reflexión profunda: si Él ha contado y cuenta con nosotros, ¿cómo podremos seguir viviendo en infidelidad, tibieza, pecado?

Segunda, considerando que esa predilección divina nos ha convocado, como a Pablo, para una ‘misión’ que es prolongación del ministerio salvífico de Cristo, de la proclamación de su mensaje, de la lucha por el Reino. ¡Tanto se fía de nosotros! Agradezcámoslo de corazón.


Aprendamos a mirar con buenos ojos.
Si el Señor se ha fiado de nosotros y nos ha colmado de dones; si su mirada sobre nosotros ha sido de amor misericordioso que sabe de perdones; ¿cómo seremos tan imbéciles que en vez de mirar a Él nos detenemos a mirar las flaquezas de quienes son pobres como nosotros?

¿Qué nuestros hermanos tienen motas oscuras en sus ojos? Bien lo sabemos, pero ¿eso es motivo de denuncia, de condena, de recriminación?

Antes de hacerlo, mirémonos hacia dentro, y descubramos los motivos por los cuales deberíamos callar, y, en el silencio, reconocer que somos como ellos, peores que ellos, y obligados a orar y trabajar por ellos.

Tratemos de vivir la felicidad que proviene de preocuparnos de los demás. Por cada mota o fealdad que descubramos en los demás, hagamos una oración. Cada vez que sepamos comprender, disculpar y animar a los demás en el camino de la vida, estaremos labrando nuestra propia perfección.


3-11.

LECTURAS: TIM 1, 1-2. 12-14; SAL 15; LC 6, 39-42

Tim. 1, 1-2. 12-14. A Timoteo, cristiano de origen judeo pagano; muy amigo y compañero de viaje del Apóstol de los gentiles y ahora al frente de una comunidad cristiana, Pablo le escribe una carta llena de afecto llamándole su verdadero hijo en la fe. Lo invita a la fidelidad y Pablo mismo, desde su experiencia personal de la misericordia divina, invita a Timoteo a vivir en la fe, en la gracia, en la misericordia y en la paz, que provienen de Dios. A pesar de nuestras miserias pasadas, Dios jamás nos abandonará. Él quiere, no sólo que todos los hombres se salven, sino que se conviertan en testigos suyos, sabiendo que quien en verdad ha experimentado el amor de Dios podrá convertirse en un fidedigno testigo que, con la fuerza del Espíritu Santo, podrá ayudar a los demás a ir por el mismo camino que ya han andado sus propios pies. Seamos, pues, portadores del amor de Dios, proclamando ante los demás lo misericordioso que ha sido el Señor para con cada uno de nosotros.

Sal 15. En el reparto de herencias, a nosotros nos ha tocado el Señor. Muchos han recibido riquezas, naciones enteras. Nosotros tenemos al Señor como nuestro refugio, como nuestro consejero, como nuestro protector, como nuestro gozo y nuestra alegría perpetua. Por eso, sintamos en nosotros la paz, la confianza de saber que el Señor vela por nosotros. Nosotros, por nuestra parte, dejémonos instruir y conducir por Él, pues Él no sólo quiere estar con nosotros en nuestro camino por esta vida, sino que nos quiere junto a Él en la vida eterna; pero esto sólo está reservado para quienes le viven fieles.

Lc. 6, 39-42. Quien quiera conducir a su prójimo por el camino del amor, de la fidelidad, de la rectitud, antes debe dejarse conducir por Cristo por el mismo camino. El camino de perfección no es algo inventado por el hombre; Jesús va delante de nosotros. Él nos dijo que era necesario que el Hijo del hombre padeciera todo lo que tuvo que padecer para entrar así en su Gloria. El Señor nos invita a tomar nuestra cruz de cada día y seguirlo. No podemos caminar al margen de su ejemplo y de sus palabras. Querer hacer fácil el camino del hombre que llega a la perfección en Dios es tanto como dar palos de ciego. Por eso, nosotros mismos hemos de ser los primeros en vivir en el amor de Dios, aceptando el ser renovados por Él, pues sólo así Él hará que resplandezcamos con la misma perfección que nos manifestó en Cristo Jesús. Permitámosle al Señor quitar de nosotros la paja o la viga de nuestras maldades, para que, por ningún motivo, nos convirtamos en jueces, sino en hermanos, llenos de bondad y de misericordia para con todos, pues así nosotros hemos sido amados y comprendidos por Dios.

Dios nos ha convocado en esta Eucaristía considerándonos dignos de confianza para ponernos a su servicio. A pesar de que pudiéramos haber estado en una fosa profunda y cenagosa, el Señor se ha inclinado hacia nosotros y nos ha tendido la mano, por medio de Jesús, su Hijo hecho uno de nosotros por obra del Espíritu Santo, en el Seno Virginal de María de Nazaret; asentó nuestros pies sobre roca firme y ha consolidado nuestros pasos para que, sin tropiezos, caminemos haciendo el bien a todos. Por eso, en esta reunión Eucarística le entonamos un cántico nuevo, que procede de la presencia del Espíritu en nosotros. No sólo venimos a alabarlo con los labios, sino que traemos nuestras obras; aquello bueno que, en su Nombre hemos hecho a favor de los demás, pues no somos siervos inútiles y mudos, sino que, elevados a la dignidad de hijos de Dios, nos hemos de esforzar día a día por dar a conocer su Nombre a todos, especialmente mediante nuestro testimonio de vida. Sabiendo, sin embargo, que somos frágiles, en esta Eucaristía nosotros mismos nos ponemos sobre el Altar como ofrenda, que el Señor mismo ha de santificar para que le sea grata no sólo en esta celebración, sino en toda nuestra existencia convertida en una ofrenda agradable a su Santo Nombre.

Es verdad que el Señor es nuestra herencia. Nosotros le pertenecemos y Él, por pura gracia y dignación suya hacia nosotros, nos pertenece. Esa nuestra herencia, que es el Señor, no es para que la guardemos egoístamente, sino para que la pongamos a la disposición de los demás. Jamás nos quedaremos con las manos vacías por hacer partícipes a todos de la salvación, del amor, de la misericordia que nosotros disfrutamos en Cristo. Por eso, estando nuestra vida en manos de Dios, esforcémonos por darlo llevarlo a los demás, para que, conociéndolo lo amen; amándolo den testimonio de Él; y, dando testimonio de Él, se conviertan, junto con nosotros, en constructores del Reino de Dios ya desde este mundo. Así como Moisés respondía al joven Josué: ¡Ojalá y todo el pueblo profetizara y el Señor infundiera en todos su Espíritu! cómo quisiéramos que esto se hiciera realidad. Entonces nuestro mundo sería más justo, más recto, más solidario de quienes viven con menos oportunidades en la vida. Sin embargo muchos han cerrado su corazón al Espíritu Santo, y lo han rechazado para evitar el verse comprometidos a fondo con la realización del bien a favor de todos. ¿No será acaso esto un pecado en contra del Espíritu Santo en nuestros días?

Roguémosle a nuestro Dios y Padre, por intercesión de María, nuestra Madre, que nos conceda docilidad a su Espíritu para que, siendo transformados por Él, seamos cada día más conforme a la imagen de su Hijo Jesús, y, en comunión de vida con Él, pasemos haciendo el bien a todos. Amén.

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