VIERNES DE LA SEMANA 22ª DEL TIEMPO ORDINARIO
PRIMERA LECTURA
Todo fue creado por él y para él
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 1, 15-20
Cristo Jesús es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque
por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles
e invisibles,
Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por él y para él.
Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.
Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.
Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en
todo.
Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud.
Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la
tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.
Palabra de Dios.
Salmo responsorial Sal 99, 2. 3. 4. 5
R. Entrad en la presencia del Señor con vítores.
Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su
presencia con vítores. R.
Sabed que el Señor es Dios: que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de
su rebaño. R.
Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con himnos, dándole
gracias y bendiciendo su nombre. R.
«El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las
edades.» R
EVANGELIO
Llegará el día en que se lleven al novio, y entonces ayunarán
Lectura del santo evangelio según san Lucas 5, 33-39
En aquel tiempo, dijeron a Jesús los fariseos y los escribas:
-«Los discípulos de Juan ayunan a menudo y oran, y los de los fariseos también;
en cambio, los tuyos, a comer y a beber.»
Jesús les contestó:
-«¿Queréis que ayunen los amigos del novio mientras el novio está con ellos?
Llegará el día en que se lo lleven, y entonces ayunarán. »
Y añadió esta parábola:
-«Nadie recorta una pieza de un manto nuevo para ponérsela a un manto viejo;
porque se estropea el nuevo, y la pieza no le pega al viejo.
Nadie echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino nuevo revienta los odres,
se derrama, y los odres se estropean.
A vino nuevo, odres nuevos.
Nadie que cate vino añejo quiere del nuevo, pues dirá: "Está bueno el añejo."»
Palabra del Señor.
1.- Col 1, 15-20
1-1.
Ver DOMINGO 15C
1-2.
La página que meditaremos hoy es un Himno, que sin duda cantaban los primeros cristianos, pues tiene ritmo como un poema: celebra la grandeza universal de Cristo, en el orden de la creación y en el orden de la resurrección, alrededor del pivote histórico universal que es la cruz.
-Cristo es la imagen del Dios invisible...
La humanidad fue ya creada según ese modelo. (Génesis 1, 26.) Y, en el Antiguo Testamento, algo del misterio de Cristo estaba anunciado en la Sabiduría, «reflejo de la luz eterna, espejo de la actividad de Dios, imagen de su excelencia». (Sabiduría 7, 26.)
Sabemos muy bien que Dios es invisible. ¡Es nuestra cuestión lacerante y dolorosa!
Gracias te damos, Señor, de haberlo comprendido y de habernos otorgado esa «semejanza perfecta contigo» que nos permite ver tu amor.
-El primogénito en relación a toda criatura...
«Nacido antes que toda criatura». El Verbo de Dios, su Sabiduría, preexiste desde siempre (Proverbios 8, 22-26.) La persona de Cristo hunde sus raíces antes del comienzo del tiempo: es un abismo ante el cual nos perdemos.
-Porque en El fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles todo fue creado por El y para El.
Las fórmulas se acumulan y se completan: ¡todo es en El, por y para El! El es la fuente, el río, el océano de todas las cosas. Es la energía cósmica que trabaja en el interior de toda criatura: Cristo omnipresente, Cristo omni-activo, Cristo fermento del mundo, «punto omega hacia el cual todo converge».
-El existe con anterioridad a todos los seres y todo subsiste en El.
Absoluta primacía de Cristo en el orden de la duración -«antes que todas las cosas»-, como en el de la dignidad -«por encima de todas las cosas»-.
Todo ha sido creado... Todo subsiste... en El.
Una vez más nos hace bien pensar que la Creación continúa: no fue el impulso inicial lo que lanzó, desde muchísimo tiempo, a los seres... ¡es la relación continua y siempre presente, HOY, de cada ser con su Autor! Cristo me está haciendo en este momento, yo subsisto en El. Y puesto que, eso es verdad de todos los seres, Cristo es el principio de cohesión y de armonía del conjunto del cosmos. El universo es un inmenso organismo, unificado, el Cuerpo de Cristo que no cesa de ir construyéndose.
-Es también la cabeza del cuerpo, es decir, de la Iglesia.
Esta imagen de la cabeza quiere expresar la «distinción» entre Cristo y la creación: no hay confusión entre ambos.
¡Jesús, aun estando íntimamente unido vitalmente a la humanidad entera, es distinto de ella, como la cabeza es distinta del cuerpo, para dirigirlo, animarlo... salvarlo! La mención de la Iglesia aquí, indica el comienzo de la segunda estrofa del Himno. Después de la creación natural en la que Cristo es omni-activo, tenemos la intervención sobrenatural de Dios, en la que Cristo es también el primero.
-Cristo en el Principio, el Primogénito de entre los muertos para que sea El el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en El toda la Plenitud.
¡El mundo va hacia un término, una plenitud! ¡Todo asciende! Hacia la vida en plenitud, hacia la resurrección total, de la que Jesús es el primogénito.
-Y quiso Dios reconciliar por Cristo y para Cristo todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz lo que hay en la tierra y en los cielos.
¡Todo! ¡La salvación de todos! ¡La reconciliación universal! Por su cruz, por su amor hasta el final, por su sangre ofrecida.
NOEL
QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 5
PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO
DE LOS AÑO IMPARES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág. 268 s.
2.- 1Co 4, 1-5
2-1.
-Hermanos, es necesario que los hombres nos tengan simplemente por "servidores de Cristo"...
Jesús, muchas veces, se ha dado este título de «servidor».
Pablo lo toma, a su vez, como un título de gloria. ¿Soy yo, verdaderamente, servidor de Cristo?
-Y por «administradores de los misterios de Dios»...
¡Cuán grandes y temibles son estas palabras! Los ministros, en la Iglesia, tienen entre sus manos esta responsabilidad: ¡todos los medios de la gracia, la doctrina, los sacramentos... los misterios de Dios! Los han recibido para dispensarlos a los demás.
Tendrán que rendir cuenta de ellos, como decía Jesús (Mateo 24, 45-51)
-Y lo que en definitiva se exige a los administradores es que sean fieles.
Ser hallado "fiel"... en la administración de los bienes ajenos.
Merecer confianza... y de modo desinteresado.
Ser hombre de confianza, para Dios. Ser hombre de Dios.
Promover sus intereses.
La fidelidad es una virtud que no tiene buena prensa hoy.
Es objeto de burla por doquier. Pero cuando llegamos a ser víctimas de una infidelidad, la apreciamos como uno de los valores esenciales del hombre. Que los apóstoles sean fieles al Evangelio, que no acomoden su mensaje a los gustos del día, a las ideologías que flotan en el aire...
Señor, concede a tus apóstoles, sacerdotes o laicos, esa fidelidad intransigente a lo que Tú quieres.
-Por mi parte, lo que menos me importa es ser juzgado por vosotros o por cualquier tribunal humano; ¡ni siquiera me juzgo a mí mismo! Esto tiene un gran alcance.
Pablo ha hablado de la gran dignidad de los fieles. «Todo es vuestro, Pablo, Apolo, Pedro, el mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro. Todo es vuestro...» Pero de ahí no se sigue que los cristianos tengan derecho a erigirse en jueces de sus apóstoles. ¡Es a Dios, a quien los ministros tendrán que rendir cuentas!
-Mi conciencia no me reprocha nada, mas no por ello soy justo. El Señor es mi juez.
Cuando Pablo retira a cualquiera el derecho de juzgar a su hermano, aunque fuera ministro del Señor, no es una manera de situarse por encima de todo juicio, para actuar a su gusto y modo; nada de esto. ¡Pablo tiene su conciencia! Pero ésta, de por sí, no es tampoco una justificación. La responsabilidad final no es ni ante la comunidad, ni ante uno mismo, sino ante Dios.
Señor, ayúdanos a considerar de ese modo todas nuestras responsabilidades.
JUICIO/Mt/07/01 -Por lo tanto, no juzguéis «prematuramente»; esperad la venida del Señor, El iluminará lo secreto en las tinieblas y pondrá de manifiesto las intenciones del corazón.
Jesús había repetido: «¡No juzguéis!» (Mt 7, 1; /Lc/06/37) Pablo añade un matiz capital: no juzguéis, porque vuestro juicio es siempre "prematuro"... no lo sabéis todo para que vuestro juicio sea equitativo, os falta conocer las intenciones secretas de la gente que juzgáis.
¡Todo esto es verdad! Cuando nos acontece ser mal juzgados, sabemos muy bien que los que nos critican no tienen todos los elementos para que su apreciación sea correcta.
-Entonces, cada cual recibirá del Señor, la alabanza que le corresponda.
Pablo y los primeros cristianos estaban realmente polarizados hacia esa espera, hacia ese día donde todo, al fin será clarificado. Día feliz cuando nuestros valores desconocidos recibirán «la alabanza que les corresponda»; día veraz en que estallará a plena luz la belleza escondida... que no sabemos captar suficientemente.
NOEL
QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 4
PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO
DE LOS AÑOS PARES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1984.Pág. 268 s.
3.- Lc 5, 33-39
3-1.
Ver paralelo DOMINGO 08B
3-2. AYUNO/LC/5/33-39:
La disciplina que Jesús, joven rabí, impone a sus discípulos, escandaliza a la muchedumbre porque no tiene nada de parecido con las que los demás rabinos imponían a los suyos. Mientras que los discípulos del Bautista y de los fariseos observaban ciertos días de ayuno, los de Cristo parecían dispensarse de ello (v. 33). Lo que aquí se plantea es el problema de la independencia manifestada por Jesús y sus discípulos en materia de observancias tradicionales. Jesús justifica esta actitud por medio de una declaración sobre la presencia del Esposo (v. 34-35) y de dos breves parábolas. (vv. 36-37).
a) En el Antiguo Testamento y en el judaísmo, la práctica del ayuno estaba ligada a la espera de la venida del Mesías. El ayuno y la abstinencia de vino, actitudes específicas del nazireato (Lc 22, 14-20), expresaban la insatisfacción de la época presente y la espera de la consolación de Israel. Juan Bautista hizo de esta actitud una ley fundamental de su comportamiento (Lc 1, 15).
Desde entonces, cuando los discípulos de Jesús se dispensan de los ayunos prescritos o espontáneos, dan la impresión de desinteresarse de la llegada del Mesías y de negarse a participar de la esperanza mesiánica. La respuesta de Jesús es clara: los discípulos no ayunan porque ya no tienen nada que esperar, puesto que ya han llegado los tiempos mesiánicos: ya no tienen que apresurar, mediante prácticas ascéticas, la llegada de un Mesías en cuya intimidad ya viven. Esta intimidad será interrumpida por la pasión y la muerte de su Maestro: en este momento, ayunarán (v. 30, en relación con Lc 22, 18) hasta el tiempo en que el Esposo les sea devuelto en la resurrección y en el Reino definitivo.
b) Las parábolas del vestido y de los odres proporcionan otra respuesta a la extrañeza de los discípulos de Juan y de los fariseos. Inaugurador de los tiempos mesiánicos, Jesús es consciente de aportar al mundo una realidad sin común medida con todo lo que los hombres han poseído hasta entonces (cf. Lc 16, 16 o el milagro de Caná: Jn 2, 10). Las dos parábolas no ofrecen ningún juicio de valor al afirmar que el vino viejo es mejor que el nuevo o que el vestido nuevo es preferible al viejo. No establecen una comparación, sino que subrayan solamente una incompatibilidad: no hay que querer asociar lo nuevo a lo viejo, so pena de perjudicar a uno y otro, porque el vestido remendado combinará mal y el odre viejo se perderá irremediablemente... y el vino con él. La lección que se desprende de la respuesta de Cristo está, por tanto, clara; hay que elegir, renunciando a los compromisos, que echan todo a perder.
Lucas es particularmente sensible a esta incompatibilidad entre los dos regímenes de la alianza. Modifica en este punto la parábola del vestido (v. 36) y añade un versículo bastante curioso, el v. 39. Marcos y Mateo subrayaban que el hecho de remendar un vestido viejo no impedía la pérdida de éste; Lucas, por el contrario, hace observar que quitar una pieza de un vestido nuevo (¡cosa que nadie hace!) para arreglar uno viejo estropea a uno y a otro. Los dos primeros evangelistas no hacen observar más que la pérdida del vestido viejo; Lucas subraya la del viejo y el nuevo. No emite ningún juicio de valor; constata solamente una incompatibilidad. El mismo juicio explica el v. 39a (mientras que el v. 39b no parece ser sino una explicación bastante torpe, incluso mal expuesta desde el punto de vista literario). El bebedor de vino viejo no dice que el nuevo sea malo; afirma solamente que no puede beberse después de haber probado el viejo, puesto que sus aromas son incompatibles.
El que no ha conocido al Esposo y desea participar de su amor no puede al mismo tiempo vivir como si no existiera. El Evangelio excluye el compromiso.
MAERTENS-FRISQUE
NUEVA GUIA DE LA ASAMBLEA CRISTIANA VIII
MAROVA MADRID 1969.Pág
22
3-3.
-Los fariseos y sus escribas dijeron a Jesús: "Los discípulos de Juan tienen sus ayunos frecuentes y sus rezos, y los de los fariseos también, en cambio los tuyos comen y beben."
En el Antiguo Testamento, el ayuno y la abstinencia de vino eran signos de austeridad, ligados a la espera del mesías. Simbólicamente significaban: "los tiempos son malos, estamos insatisfechos, hemos perdido el gusto de vivir... que venga de una vez el tiempo de la consolación y de la alegría, cuando el mesías estará aquí."
-Jesús les contestó: ¿Queréis que ayunen los invitados a la boda mientras el novio está con ellos?" La respuesta es clara. Los tiempos mesiánicos han llegado.
El tiempo de la alegría ha comenzado.
¡Los tiempos mesiánicos no están parados! ¡El tiempo de la alegría, de la intimidad con Jesús, no se ha cerrado! ¿Por qué sucede que los cristianos parezcan personas tristes, tan a menudo? Siendo así que poseen la más extraordinaria fuente de alegría: "el Esposo está con ellos."
-Llegará el día en que se lleven al novio, y entonces, aquel día, ayunarán.
Con esto el ayuno toma una nueva significación, toda ella orientada al recuerdo del esposo, que se ha marchado lejos.
Así, pues, nuestra "alegría", la más profunda, debiera estar fundada enteramente sobre la presencia o la ausencia de Jesús.
Toda nuestra vida se juega sobre ese doble signo.
¡Cuántas alegrías... y tristezas... que no valen la pena!
-Y les decía esta parábola: "Nadie recorta una pieza de un manto nuevo para echársela a un manto viejo; porque el nuevo se queda roto, y al viejo no le irá el remiendo del nuevo."
Marcos y Mateo subrayan solamente que no sirve de nada remendar un manto viejo, porque el tejido nuevo tira del viejo. Lucas es más radical: entre lo nuevo y lo viejo hay una incompatibilidad total... ¡cortar un manto nuevo para remendar otro viejo es estropear los dos! Jesús es consciente de que aporta una novedad radical: el mundo antiguo ha desaparecido, se acabó.
¿Por qué sucede, tan a menudo, que los cristianos aparezcan como gente vuelta hacia el pasado? ¿Y yo? ¿Miro hacia el pasado o hacia el porvenir? Tengo aún "ante" mí una maravillosa aventura. Falta mucho todavía para que mi corazón sea "nuevo", para que descubra más y mejor el amor de mis amigos, de mi cónyuge, de mis hijos. No, nada queda estereotipado, nada está acabado. La evangelización se encuentra solamente en sus comienzos, lo mismo que la Iglesia.
Alegría humilde y discreta: descubrir todo lo que en este momento Dios está en trance de renovar, de hacer "nuevo".
Incluso la vejez puede ser "vida ascendente". Mi verdadero nacimiento es "mañana~, cuando entraré por fin en la vida ¿Vivo yo en tensión hacia ese día de renovación?
-Nadie echa tampoco vino nuevo en odres viejos, porque si no, el vino nuevo revienta los odres; el vino se derrama y los odres se echan a perder. No, el vino nuevo hay que echarlo en odres nuevos.
En esta otra corta parábola la insistencia está todavía en la incomparabilidad. El evangelio excluye el compromiso: un poco de la vieja religión y un poco de la nueva...
La nueva Alianza, a pesar de la continuidad con la Antigua, es verdaderamente una novedad: ¡Dios hecho hombre!
-Nadie, después de beber el vino añejo, quiere el nuevo, porque dice: "¡El añejo es el bueno!" Bajo una apariencia contradictoria, es exactamente la misma lección: después de haber saboreado el "buen vino" no se saborea gustosamente el menos bueno... ¡su "bouquet" es incompatible! Quedémonos con el "bueno".
¡Danos, Señor, tu vino!
NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 2
EVANG. DE PENTECOSTES A ADVIENTO
EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág. 150 s.
3-4.
1. (Año I) Colosenses 1,15-20
a) Pablo eleva un himno a Cristo, que nosotros repetimos -junto con parte del pasaje de ayer- en Vísperas de cada miércoles.
Quiere completar el conocimiento que ya tienen los Colosenses con una mirada más profunda sobre quién es Cristo en el plan de Dios:
- Cristo es imagen de Dios invisible,
- primogénito de toda la creación, porque todo fue creado "por medio de él", "por él y para él",
- es anterior a todo y todo se mantiene en él: existe antes que nada y todo consiste por él,
- es cabeza de la Iglesia,
- el primogénito de los resucitados, el primero en todo,
- en él reside toda plenitud, según la voluntad de Dios
- y en él ha quedado todo reconciliado con Dios, por la sangre de su cruz.
Cristo como centro del cosmos y de la Iglesia, el primero en la creación y en la salvación.
Parece la respuesta de Pablo a las corrientes gnósticas de Colosas, que ponían a los ángeles o a los espíritus astrales por encima de Cristo.
b) Es un himno cristológico profundo, misterioso y consolador para nosotros.
Sobre todo en torno al Jubileo del año 2000, cuando nuestra mirada se ha vuelto a fijar de un modo gozoso en Jesús, nuestro Salvador, es bueno que asumamos esta comprensión de Pablo: Cristo es el que da sentido a todo, a lo cósmico y a lo humano y a lo eclesial. Sólo en él está la clave para entender el plan creador y salvador de Dios, o sea, nuestra identidad como personas y como cristianos, nuestro presente y nuestro destino final.
Ojalá supiéramos también nosotros transmitir con el mismo entusiasmo que Pablo nuestra fe en Cristo Jesús, en medio de este mundo que también parece dar prioridad a otros valores en su comprensión del mundo y de la historia.
1. (Año II) 1 Corintios 4,1-5
a) Se ve que el problema de los ministros y su comprensión dentro de la comunidad de Corinto era grave, porque Pablo sigue tratando de él. Estos días pasados hemos visto cómo aludía a la división entre los partidarios de Apolo o de Pablo.
Para él, los apóstoles -y todos los que de alguna manera ejercen un ministerio pastoral en la comunidad- son sólo "servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios".
Y por tanto, deben ser "fieles", que es lo que se pide de un administrador. No son dueños, no son protagonistas. No salvan ellos. Predican una palabra que no es suya, sino de Dios.
Por tanto, el prestigio que pueda tener entre los fieles es sólo relativamente importante.
A lo que tiene respeto Pablo es al juicio de Dios, no al que él mismo haga de sí, ni al que puedan hacer de él los corintios, un tanto superficialmente. Si le alaban por algún motivo, no por eso es necesariamente bueno. Si le critican, no por eso es necesariamente malo. El salmo nos asegura que es "el Señor quien salva a los justos... apártate del mal y haz el bien, porque el Señor ama la justicia y no abandona a sus fieles".
b) Es una buena ocasión para que los encargados de una comunidad se examinen a sí mismos: no son sino administradores y servidores de unos bienes que pertenecen a Dios y a la comunidad.
Su actuación debe ser seria, responsable, con la mirada puesta en el juicio de Dios, que es profundo: "él iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón". Una persona que tiene autoridad no debe fiarse demasiado de la opinión que tiene de si misma, que será benévola normalmente, ni tampoco depender obsesivamente del juicio que les merezca a los demás.
La crítica de los demás nos tiene que infundir respeto, y nos puede ayudar a madurar y a mejorar nuestro servicio. Y haremos bien en hacer caso de las interpelaciones que se nos hagan con seriedad. Pero tampoco deberíamos estar continuamente pendientes de si agradamos o no a todos: si seguimos nuestra conciencia e intentamos agradar a Dios, podemos tener esa serenidad que parece tener Pablo, porque "la conciencia no le remuerde".
¿Qué buscamos en nuestro trabajo: el aplauso humano o el de Dios? Si la gente habla bien de nosotros, pero a Dios le estamos defraudando con nuestra actuación, malo. Es el juicio de Dios, que escruta nuestro corazón, el que nos debería preocupar.
2. Lucas 5,33-39
a) Empiezan las discusiones con los fariseos: ¿por qué no ayunan los seguidores de Jesús, como hacen todos los buenos judíos, los fariseos y los discípulos del Bautista? Acusan a los discípulos de que "comen y beben", lo mismo que achacarán a Jesús (Lc 7,33s).
El tema no es tanto si ayunar o no, o si el ayuno entra en el programa ascético de Jesús.
Él mismo había ayunado cuarenta días en el desierto y la comunidad cristiana, desde muy pronto, dedicó dos días a la semana (miércoles y viernes) al ayuno. Jesús no elimina el ayuno, muy arraigado en la espiritualidad de su pueblo.
El interrogante es si ha llegado o no el Mesías. El ayuno previo a Jesús tenía un sentido de preparación mesiánica, con un cierto tono de tristeza y duelo. Seguir haciendo ayuno es no reconocer que ha llegado el Mesías. Ha llegado el Novio. Sus amigos están de fiesta. La alegría mesiánica supera al ayuno. Luego, cuando de nuevo les "sea quitado" el Novio, porque no les será visible desde el día de la Ascensión, volverán a hacer ayuno, aunque no con tono de espera ni de tristeza.
Sobre todo, Jesús subraya el carácter de radical novedad que supone el acogerle como enviado de Dios. Lo hace con la doble comparación de la "pieza de un manto nuevo en un manto viejo" y del "vino nuevo en odres viejos".
b) Aceptar a Jesús en nuestras vidas comporta cambios importantes. No se trata sólo de "saber" unas cuantas verdades respecto a él, sino de cambiar nuestro estilo de vida.
Significa vivir con alegría interior. Jesús se compara a sí mismo con el Novio y a nosotros con los "amigos del Novio". Estamos de fiesta. ¿Se nos nota? ¿o vivimos tristes, como si no hubiera venido todavía el Salvador?
Significa también novedad radical. La fe en Cristo no nos pide que hagamos algunos pequeños cambios de fachada, que remendemos un poco el traje viejo, o que aprovechemos los odres viejos en que guardábamos el vino anterior. La fe en Cristo pide traje nuevo y odres nuevos. Jesús rompe moldes. Lo que Pablo llama "revestirse de Cristo Jesús" no consiste en unos parches y unos cambios superficiales.
Los apóstoles, por ejemplo, tenían una formación religiosa propia del AT: les costó ir madurando en la nueva mentalidad de Jesús. Nosotros estamos rodeados de una ideología y una sensibilidad neopagana. También tenemos que ir madurando: el vino nuevo de Jesús nos obliga a cambiar los odres. El vino nuevo implica actitudes nuevas, maneras de pensar propias de Cristo, que no coinciden con las de este mundo. Son cambios de mentalidad, profundos. No de meros retoques externos. En muchos aspectos son incompatibles el traje de este mundo y el de Cristo. Por eso cada día venimos a escuchar, en la misa, la doctrina nueva de Jesús y a recibir su vino nuevo.
"En Cristo quiso Dios que residiera toda plenitud" (1ª lectura I)
"Cada uno recibirá de Dios lo que merece" (1ª lectura II)
"Confía en el Señor y haz el bien" (salmo II)
"A vino nuevo, odres nuevos" (evangelio)
J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 6
Tiempo Ordinario. Semanas 22-34
Barcelona 1997. Págs. 27-31
3-5.
1 Cor 4, 1-5: Servidores fieles
Lc 5, 33-39: Vino nuevo en vasijas nuevas
Todos los grupos religiosos y los partidos políticos judíos eran muy celosos en el cumplimiento de la ley. La Ley formaba al verdadero Israelita.
Los discípulos de Jesús y el mismo, se caracterizaron por ser unos permanentes infractores de las minucias legales. Se movían en sábado a hacer el bien, caminaban por los campos, no vivían pendientes de las purificaciones rituales y no ayunaban en los tiempos reglamentados para esto. Tal actitud desquiciaba por igual a los fariseos y a los discípulos del Bautista. No comprendían cómo estos pescadores y campesinos galileos vivían en permanente alegría. El ambiente festivo iba, según los legalistas, en contra de la seriedad y solemnidad de la religión judía.
La respuesta de Jesús no se apoya en grandes y eruditas distinciones reglamentarias. Sus comparaciones ilustran la novedad absoluta que él inaugura en el Pueblo de Dios. Para Jesús, la vida gozosa y exigente de la comunidad apostólica es el criterio que establece un nuevo modo de vivir la relación con Dios: ya no mediados por minucias de la Ley, sino por el Espíritu que vivifica y produce gozo. Espíritu mismo que anima las Escrituras y que lanza al ser humano a abrirse a la acción de Dios, de modo que el Reino se realiza aquí y ahora.
Hoy estamos muy propensos a vivir un cristianismo rígido, ayuno de la alegría del Reino. El Maestro nos invita a que participemos de la fiesta que significa su presencia entre nosotros. Felices los cristianos que vivan la alegría de su Espíritu.
SERVICIO BIBLICO LATINOAMERICANO
3-6. CLARETIANOS 2002
San Pablo da hoy otra vuelta de tuerca a nuestros intentos, más o menos disimulados, de erigirnos en pequeños dioses de nosotros mismos y lo hace con una claridad meridiana, que no deja lugar a ningún tipo de duda: "no juzguéis antes de tiempo; dejad que venga el Señor que iluminará los escondrijos de las tinieblas y pondrá de manifiesto las intenciones del corazón..." Parece tan sencillo pero, ¡qué difícil nos resulta no juzgar!
No vamos a entrar en elucubraciones teológicas ni jurídicas (no estamos hablando de jueces o delitos) sino que nos quedaremos en el terreno más pedestre de la vida cotidiana, la que nos afecta a todos, las situaciones en las que todos podemos vernos reflejados.
Me atrevo a asegurar que no habrá prácticamente nadie que no haya vivido la dolorosa experiencia de sentirse injustamente juzgado por las personas que quiere. A veces es un error, otras un despiste, quizá hasta puede que hubiese una chispita de mala voluntad... Pero, ¡cuánto nos duele sentir en nuestra propia carne que se nos atribuyen intenciones, que no se crea en nuestras disculpas..!
Sólo hay un modo de no equivocarnos: dejar que venga el Señor. Su mirada llega hasta lo más profundo del corazón humano, sólo El lo conoce del todo. ¿Quién soy yo para juzgar a mi hermano? Me viene a la memoria la escena de una obra de teatro en la que el personaje, una mujer joven, responde al conocido refrán "piensa mal y acertarás" con otra sentencia que le nace del amor: "piensa bien aunque no aciertes". Vale la pena intentarlo.
Algo de eso les pasaba también a los contemporáneos de Jesús, más atentos a lo que hacían los discípulos que a empeñarse ellos mismos en hacer el bien. ¿Por qué no ayunan tus discípulos? ¡Qué empeño ponemos en medir a todos por nuestro propio rasero! Tenemos mucho miedo de "pasarnos" en la entrega a los demás y queremos normas minuciosas que permitan que la "bondad" sea medible según una norma "clara". Si yo ayuno, tú también. Si doy limosna, tú no puedes ser menos. Si reparto mis bienes a los pobres, no tienes ningún derecho a quedarte con los tuyos. Si soy fiel a mis compromisos, no te consentiré ni el más pequeño desliz... La lista podría ser larguísima. Estoy segura de que cada quien podrá añadir sus propias "exigencias".
¿Terminaremos de entender alguna vez que la mayor novedad de Jesús es el amor y que el amor no puede encasillarse en "pautas prefijadas"? No podemos poner el "vino nuevo" de Jesús en los "odres viejos" de nuestras mezquindades.
Hoy quisiera invitaros a todos a suplicar juntos
al Señor vino y odres para que su Novedad se instaure definitivamente en
nuestras vidas.
Olga Elisa Molina (olgamolicapo@yahoo.es)
3-7.
COMENTARIO 1
NO SE PUEDE AYUNAR MIENTRAS EL NOVIO ESTA CON NOSOTROS:
'Y LO ESTA SIEMPRE!
Los discípulos de Jesús se comportan de una manera anómala con respecto a los
otros grupos religiosos: no tienen ninguna regla de la comunidad, no cumplen con
los rezos prescritos ni ayunan; no llevan, en una palabra, una vida ascética
como sería de esperar de un nuevo movimiento religioso. Jesús es el responsable
de este desenfreno: «¡a comer y a beber!» (5,33).
La respuesta de Jesús rompe todos los esquemas -los de entonces y los de los
movimientos religiosos modernos-: concibe el reino de Dios como unas bodas
orientales que nunca se acaban; él es el novio y los discípulos los amigos del
esposo: «¿Acaso podéis hacer que ayunen los amigos del novio mientras el novio
está con ellos?», es decir, mientras dura la boda. «Llegarán días en que les
arrebaten al novio» -precisamente los mismos que ahora le hacen el reproche
arrebatarán violentamente al novio para darle muerte-; «entonces, aquellos días
-y sólo aquellos días-, ayunarán», los «tres días», símbolo de una totalidad, en
la que Jesús estuvo muerto (5,34-35).
El ayuno, como las otras prácticas ascéticas, es un signo de muerte y no de
vida. Jesús no concibe el reino como una funeraria, ni tampoco a Dios como un
Dios de muertos y panteones. Solamente, como signo de duelo y de respeto, los
días en que los portadores de muerte se lleven al novio, porque les molesta que
cree tanta vida y alegría entre los suyos, entonces, en aquellos días precisos
-y si se quiere, cuando se haga memoria de ello una vez al año-, ayunarán... por
culpa de ellos.
LA NOVEDAD DEL REINO NO SE AVIENE CON EL ASCETISMO
La parábola que añade Jesús, construida como de costumbre a partir de
experiencias de la vida cotidiana, tanto de la mujer (manto viejo/pieza nueva)
como del hombre (odres viejos/vino nuevo), muestra que hay un abismo entre las
prácticas religiosas de la antigua alianza y las que debería evidenciar la nueva
Alianza que inaugura Jesús. De hecho, en muchísimos aspectos estamos todavía en
el Antiguo Testamento. Y es que la fuerza de la costumbre -también hoy- nos hace
rechazar el cambio: «Pero nadie, acostumbrado al vino de siempre, quiere uno
nuevo, porque dice: "Bueno está el de siempre"» (5,39).
La novedad del reino comporta el riesgo de vivir una nueva experiencia, la de
hacer las cosas contando con la fuerza del Espíritu, el Vino nuevo. Quien
intenta mezclarlo con prácticas, ritos, renuncias, mortificaciones y otras
formas comunes a todas las religiones no hace otra cosa que poner un pedazo
nuevo en un vestido viejo recortando retales del manto nuevo..., aunque esté de
moda. El que esto hace se queda en cueros, «porque el nuevo quedará cortado y al
viejo la pieza no le irá bien».
COMENTARIO 2
El presente texto tiene dos unidades literarias. La primera trata del problema
del ayuno (5, 33-34); la segunda presenta unas parábolas antiguas (5,36-39). En
cada unidad se introduce una nota de carácter aclaratorio (5,35 y 5,39).
La primera unidad (5,33-34), trata del tema del ayuno. Se alude a una larga
tradición. Lo practican los fariseos sometiéndose a la forma de ley del Antiguo
Testamento; lo practican los discípulos de Juan el Bautista al igual que otros
miembros de grupos religiosos de entonces.
Al contrario de todos estos grupos, los discípulos de Jesús no observan el
ayuno. La causa estriba en una actitud fundamental de la Iglesia: la alegría;
vive en el tiempo de la boda (del esposo que es Jesús) que se ha hecho presente;
el Reino, el proyecto de Jesús, ha despuntado: irrumpe en la historia y en el
mundo de manera definitiva.
Pero en esta actitud fundamental de la Iglesia, la alegría, está unida a la
tristeza de la partida de Jesús, velado tras la pascua. Entonces se ha añadido
el verso 5,35, señalando que también para los cristianos es posible el ayuno. No
podemos, sin embargo, olvidar nunca que la penitencia cristiana está fundada
sobre la experiencia básica de la llegada de la salvación. Al interno del
contexto lucano, el auténtico sentido de esa penitencia se traduce en forma de
fraternidad y amor al prójimo.
La segunda unidad literaria nos presenta dos parábolas (5,36-37) que expresan la
novedad del mensaje de Jesús. No es posible remendar un manto viejo (judaísmo,
religiosidad humana,) añadiéndole pequeños trozos de evangelio; hay que
confeccionar un manto enteramente nuevo a partir de las palabras y los gestos de
Jesús. Ni se puede verter el vino poderoso del Evangelio en los antiguos odres
carcomidos de la religiosidad judía; quien acepte a Jesucristo tiene que cambiar
sus odres, encontrar una manera enteramente nueva de existencia. También aquí,
como en la unidad literaria anterior, se ha introducido una especie de nota
marginal; a pesar de que el mensaje de Jesús tenga las características de un
vino fuerte y nuevo, el vino bueno es el añejo. Mirado a partir de esta
dimensión, el vino de Jesús (y de la comunidad cristiana) resulta ser el viejo
(5, 39).]
1. Josep Rius-Camps, El Éxodo del Hombre libre. Catequesis sobre el Evangelio de Lucas, Ediciones El Almendro, Córdoba 1991
2. Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)
3-8. DOMINICOS 2003
Cristo es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura (Pablo)
Por Cristo quiso Dios reconciliar consigo a todos los seres (Pablo)
A vino nuevo, odres nuevos (Jesús)
En esas frases tenemos condensada toda la doctrina que quiere hacerse vida en nuestra celebración litúrgica. Cristo lo es todo para nosotros. Examinemos atentamente el contexto de nuestra vida, historia e intereses, y preguntémonos todos y cada uno: ¿Cuáles son los ‘acontecimientos’ y las ‘personas’ que más han influido sobre nosotros, y a los que tenemos más presentes en nuestra memoria y agradecimiento? ¿Son las grandes lumbreras de la humanidad, sabios, premios Nóbel, conquistadores..., o más bien quienes ‘se han ocupado de nosotros’, quienes ‘nos han dado y rodeado de afecto’, quienes se ofrecieron a ‘ser algo para nosotros’ como personas?
Para cada uno son más valiosos, más dignos de alabanza y merecedores de gratitud quienes nos han mantenido y mantienen en nuestro peculiar equilibrio, sentido de la existencia, grado de felicidad, iluminación del futuro...
Hagamos con amor un ejercicio de memoria, y veremos rápidamente que quienes aparecen en nuestra mente no son muchos nombres de los ‘grandes en la historia’, sino más bien un puñado los nombres amigos, cercanos, íntimos, cordiales, exigentes, maestros de vida ... (Y acaso también sus contrarios, o destructores, si los hay).
Hoy la liturgia quien se nos hace presente como amigo, íntimo, cercano, fuente, maestro, es Cristo Jesús. No tiene igual. Poseerlo es una delicia; carecer de él es una pérdida de incalculable valor. A esa luz, el texto que vamos a escuchar en la primera lectura es un cántico sublime a Cristo, primogénito de todas las criaturas, por medio del cual todas las cosas fueron hechas. La teología que se contiene en este párrafo paulino es punto de referencia y fuente de alimentación para los maestros que se afanan por describir el lugar y papel de Cristo como plenitud de la creación. ¡Gocémonos en ello!
ORACIÓN:
Señor Jesús, llévanos al conocimiento de tu verdad, de tu amor, de tu mensaje; haznos gozar de tu intimidad para que nada saboreemos tanto en la vida como tu amistad, tu gracia, tu fraternidad. Amén.
“Hermanos: Cristo Jesús es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles...; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él. Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. El es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz”.
¡Qué cascada de elogios, maravillas, grandezas de Cristo Jesús. Este es uno de los himnos más brillantes compuestos para mostrar la teología de Cristo, centro de la historia, de la humanidad. Cristo es espiritualmente todo en todos
“En aquel tiempo dijeron a Jesús los fariseos y los letrados: Los discípulos de Juan ayunan, y los fariseos también; en cambio, los tuyos a comer y a beber.
Jesús les contestó: ¿Queréis que ayunen los amigos del novio mientras el novio está con ellos. Ya llegará el día en que se lo lleven... Y añadió esta comparación: Nadie recorta una pieza de un manto nuevo para ponérsela a un manto viejo... Nadie echa vino nuevo en odres viejos...; a vino nuevo, odres nuevos...”
Dada la novedad que es Cristo en la historia de la salvación, todos los aspectos que podemos considerar en su vida y persona tienen una elevación espiritual tan grande que no pueden valorarse con criterios ‘pasados, ‘caducos’. Él es el quicio y fuente de toda vida según el Espíritu. Y desde el Espíritu ha de entenderse la teología y vida.
Cuando Dios creó el mundo y sus maravillas, tuvo en cuenta que la creación tendría su obra más perfecta en el misterio de la encarnación del Verbo, es decir, en la humanización del mismo Dios, en la persona del Hijo.
Eso es lo que san Pablo parece indicarnos: que nada se hizo sin tener presente que la Sabiduría de Dios, el Verbo, el Hijo, tomaría nuestra naturaleza humana en Cristo, Dios hombre.
Lo más perfecto de la creación es el hombre; pero por encima de cualquiera otro hombre está el sublime misterio del Hombre Dios. Cristo es el primogénito en todo, el mediador de todo, la Cabeza de toda la comunidad de creyentes, el Salvador y reconciliador de las criaturas con su Dios. Esto quiere decir que la vida de cada uno de nosotros está en manos de Dios y que recibe de Cristo toda la savia que la mantiene en pie.
Cuando decimos de Cristo todo lo anterior, estamos hablando lenguaje religioso nuevo, nos estamos abriendo a un panorama nuevo de salvación eterna, estamos haciendo una valoración nueva de todas las cosas.
Ya no será la mera Ley lo que nos gobierne sino la Gracia de Cristo; ya no será nuestro Dios un dios lejano, distante; será un Amor creador y vivificador que continuamente nos alimenta y acompaña, incluso cuando pensamos que se halla lejos de nosotros.
Vivir esa vida en Cristo es participar de las bodas del Cordero que une humanidad y divinidad, que nos hace de siervos hijos, de enemigos amigos... ¡Gran novedad!
Hagamos de la fidelidad a Cristo, que es Cabeza, Vida, Maestro, Salvador, el empeño de nuestra vida. Sólo con él y en él encontraremos el sentido pleno de nuestra existencia.
3-9.
Viernes 5 de septiembre de 2003
Col 1, 15-20: Cristo fundamento de todo
Salmo responsorial: 99, 2-5
Lc 5, 33-39: Pregunta sobre el ayuno
El relato de hoy no pretende de ninguna manera decirnos si se debe o no ayunar.
Se trata más bien si el ayuno es apropiado o no durante el ministerio de Jesús.
El texto nos dice que los discípulos de Jesús no ayunan a diferencia de los
discípulos de Juan Bautista y de los fariseos. Por eso, los fariseos preguntan
el por qué de esta práctica que no está ajustada a la ley. En principio los
fariseos tienen razón, porque el ayuno y la oración eran las características que
distinguían a un verdadero israelita. Jesús le responde a los fariseos
diciéndoles que sus discípulos eran como invitados a una boda: estaban con el
novio y por lo tanto era tiempo de alegría y de gozo, no era tiempo de ayunar.
La respuesta de Jesús compara la antigua con la nueva alianza. De la misma
manera como el vino nuevo no se puede meter en cueros viejos y la pieza de tela
nueva no puede unirse al vestido viejo, así ocurre con la llegada de Jesús que
trae una novedad que no cabe en estructuras viejas y anquilosadas. El mensaje de
Jesús es una novedad y exige una nueva estructura mental para recibirlo y
aceptarlo; incluso las obligaciones cambian o desaparecen ante la novedad de la
salvación que se ha hecho presente en Jesús de Nazaret.
Las palabras de Jesús nos muestran su poco interés por mantener o fortalecer las
prácticas religiosas del pueblo judío. Jesús no era un simple reformador que
trajera remedios para mantener lo antiguo; su mensaje era algo realmente nuevo.
Jesús estaba diciendo algo muy serio: aparte de la afirmación que ya habían
llegado los tiempos nuevos, estaba afirmando que no era posible unir lo nuevo y
lo viejo, pretenderlo sólo lograría un desgarrón peor, tanto para lo nuevo como
para lo viejo, porque el tiempo nuevo exige conductas nuevas.
SERVICIO BÍBLICO LATINOAMERICANO
3-10. ACI DIGITAL 2003
34. El "esposo" es Jesucristo, los "compañeros"
son los apóstoles, elegidos por El mismo; el tiempo que Jesús pasa en la tierra
es el anuncio de las Bodas eternas del Cordero que se realizarán en su segunda
venida (Apoc. 19, 6 - 9).
36. La doctrina del nuevo nacimiento que trae Jesús (Juan 3, 3 ss.) es una
renovación total del hombre; no de a pedazos, como remiendo que sirve de
pretexto para continuar en lo demás como antes. Toda ella tiene la unidad de un
solo diamante, aunque con innumerables facetas. Es para tomarla tal como es, o
dejarla. Veamos en 9, 57 ss.; 14, 25 y nota, la forma asombrosa en que El
reacciona porque no quiere mezclas (Mat. 6, 24; Apoc. 3, 15; cf. Deut. 22, 11).
Un día oye de Natanael una burla, y lo elogia por su sinceridad (Juan 1, 46 s.).
En cambio, oye de otros alabanzas, y las desprecia porque son de los labios y no
del corazón (Mat. 15, 8). Por eso dice que se perdonará la blasfemia contra El,
pero no la que sea contra el Espíritu, el pecado contra la luz (Mat. 12, 31 -
33).
37 s. Como el cuero viejo no es capaz de resistir
la fuerza expansiva del vino nuevo, así las almas apegadas a lo propio, sean
intereses, tradiciones o rutinas, no soportan "las paradojas" de Jesús (véase 7,
23 y nota) que son "un escándalo" para los que se creen santos, y "una locura"
para los que se creen sabios (I Cor. 1, 23; cf. Luc. 10, 21). Hay aquí una
lección semejante a la de Mat. 7, 6 sobre los "cerdos" para que no nos empeñemos
indiscretamente en forzar la siembra en una tierra que no quiere abrirse. Cf.
Mat. 13, 1 ss.
39. Esta alegoría plantea al vivo el problema del "no conformismo" cristiano.
Cristo, "el mayor revolucionario de la historia", no es aceptado fácilmente por
los satisfechos. Si no sentimos en carne viva la miseria de lo que somos
nosotros mismos en esta naturaleza caída (cf. Juan 2, 24 y nota) y de lo que es
"este siglo malo" en que vivimos (Gál. 1, 4), no sentiremos la necesidad de un
Libertador. Si no nos sentimos enfermos, no creeremos que necesitamos médico (v.
31 s.), ni desearemos que El venga (Apoc. 22, 20), y miraremos su doctrina como
perturbadora del plácido sueño de muerte en que nos tiene narcotizados Satanás
"el príncipe de este mundo" (Juan 14, 30). El que está satisfecho con el actual
vino, que es el mundo, no querrá otro (cf. Mat. 6, 24 y nota) porque si uno es
del mundo no puede tener el Espíritu Santo (Juan 14, 17), ni puede tener amor (I
Juan 2, 15). Entonces verá pasar la Luz, que es el bien infinito, y la dejará
alejarse porque amará más sus propias tinieblas (cf. 18, 22 y nota). Tal es
precisamente el tremendo juicio de discernimiento que Jesús vino a hacer (Juan
3, 19). Y tal es lo que obliga al amor paternal de Dios a enviar pruebas severas
a los que quiera salvar de la muerte.
3-11.
LECTURAS: COL 1, 15-20; SAL 99; LC 5, 33-39
Col. 1, 15-20. Aquel que ha sido ungido desde la eternidad por participar de la
plenitud de la vida que posee el Padre Dios, de tal forma que, quien contempla
al Hijo contempla al Padre, se ha hecho uno de nosotros. El Hijo, en la
eternidad misma, se convierte en la imagen del Dios invisible. En Él fueron
creadas todas las cosas; su presencia en cada una de sus criaturas, que lo
reflejan a su modo y grado de perfección, es lo que les da unidad y consistencia
a las mismas criaturas, no tanto porque, juntas formen a Dios, sino porque
también ellas, no como esencia, sino como creaturas, son una imagen, un reflejo
de Dios; por medio de las criaturas contemplamos a Dios como en un espejo.
Cristo, que existe antes de todo lo creado, es cabeza de la creación entera;
pero lo es de un modo especial de la Iglesia; ésta manifiesta el Rostro
resplandeciente de Cristo, su Señor. Por eso el Evangelio, que se le ha confiado
para llevarlo a todos los hombres, es la misión principal que tiene, pues por
medio del fiel cumplimiento de la encomienda recibida, hará que todo sea
reconciliado con Dios y se una Él para que, participando de la Pascua de Cristo,
todo sea en Él renovado y alcance la plenitud en la misma Vida que el Hijo posee
recibida del Padre.
Sal. 099. Alabemos al Señor porque no sólo ha creado todas
las cosas, sino porque creó para sí un Pueblo para manifestarle todo su amor. En
Cristo, Dios se ha formado un Pueblo Nuevo, pueblo que ha sido elevado a la
misma dignidad del Hijo de Dios, pues, unido a Él, en Él participa de su misma
vida como los miembros de un cuerpo participan de la misma vida y de la misma
dignidad que reside en la cabeza. Quienes en Cristo pertenecemos a su Pueblo
Santo y somos hijos de Dios, elevemos nuestras manos puras en su presencia para
bendecir y alabar su Nombre, porque su Misericordia y su Fidelidad son eternas
para con nosotros.
Lc. 5, 33-39. Nosotros estamos con el Señor, como amigos invitados al banquete
de bodas. Él nos dice: Ustedes serán mis amigos si cumplen mis mandamientos. No
basta, por tanto, estar en intimidad con Él a través de la oración, incluso
prolongada. Mientras no estemos dispuestos a escuchar su Palabra y a ponerla en
práctica, el Señor no podrá decir que somos sus amigos, y mucho menos de su
familia como nos lo dice en otra ocasión: El que cumple la voluntad de mi Padre
que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre. Cuando en
verdad permitamos al Espíritu Santo renovar nuestra vida, entonces seremos
criaturas nuevas en Cristo; entonces la vida de fe en el Señor no será sólo un
parche en nosotros, ni algo nuevo que llega a un corazón que continúa cargando
con el hombre viejo, que se corrompe siguiendo la seducción de las
concupiscencias. De nosotros se espera una vida que manifieste la alegría de
sabernos amados y unidos a Cristo; sin embargo, al contemplar que hay muchos que
viven separados de Él, o que ni siquiera han oído hablar de Él, nos ha de llevar
a sacrificarnos a favor de ellos, poniendo todo nuestro empeño en hacer que el
Señor llegue a habitar en todos para que nuestra humanidad se renueve en el
amor, en la verdad, en la justicia, en la solidaridad, y en la comunión
fraterna.
En esta Eucaristía estamos reunidos en torno a Cristo como amigos suyos; más
aún: como de su misma familia. Él parte su pan para nosotros para que, entrando
en comunión de Vida con Él, seamos revestidos de su Ser de Hijo de Dios; Él nos
comunica su Palabra que llega a nosotros como a odres nuevos para santificarnos
y ponernos al servicio de toda la humanidad. La Iglesia de Cristo, que celebra
su Misterio Pascual, al mismo tiempo está llamada a ser como el vino bueno y
generoso que alegre el corazón de todos, porque se esfuerce en sembrar el
auténtico amor en todos los pueblos. Sólo cuando en verdad se ama es posible
establecer relaciones auténticas, maduras, que nos ayuden mutuamente a recobrar
la paz, la alegría, la capacidad de ser misericordiosos con todos y de no causar
mal a alguien, sino, más bien ser para todos un signo del amor que Dios nos ha
manifestado en Jesús su Hijo, Señor de la Iglesia.
La presencia del Señor en nosotros nos ha de fortalecer para que, con actitudes
nuevas, manifestemos, por medio de nuestras obras, que en verdad el Señor habita
en nosotros. No podemos ser anunciadores de tristezas y de catástrofes. No nos
ha de preocupar mucho el llamar a la conversión para evitar el castigo, sino el
invitar a convertirse para unirse al Señor y gozar de su vida. Hemos de
proclamar el mundo nuevo del Reino de Dios que irrumpe constantemente en todos
los corazones y les llena de paz, de alegría, de seguridad para vivir y no como
enemigos, no como destructores de la vida, sino como hermanos en torno a un
mismo Dios y Padre. Pero, puesto que nadie da lo que no tiene, nosotros
proclamamos el mundo nuevo del Reino de Dios desde nuestra propia experiencia
del mismo. No somos sólo transmisores, sino testigos del Evangelio de Cristo.
Así, nos presentamos ante el mundo como criaturas nuevas en Cristo que trabajan
por la paz, por la justicia social, por un auténtico amor fraterno que nos haga
abrir los ojos ante las necesidades de los más desprotegidos para tratar de
remediarlas, y que, ante el pecado que ha dominado a muchos corazones, ponemos
nuestro mejor empeño para ayudarles, por todos los medios posibles, a retornar a
la comunión con Cristo y su Iglesia.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra
Madre, la gracia de saber poner nuestra vida en manos de Dios, con gran
confianza y amor, para que, haciendo en todo su voluntad, podamos vivir con
lealtad nuestra fe, permitiendo al Espíritu de Dios que habite, realmente en
nosotros para que sea Él quien nos convierta en un signo claro del Señor para
todas las personas. Amén.
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