MARTES DE LA SEMANA 17ª DEL TIEMPO ORDINARIO

 

1. -Ex 33, 07-11  Ex 34, 5-9.28

1-1.

-En el desierto del Sinaí, Moisés tomó la tienda y la plantó para él a cierta distancia del campamento. La llamó "Tienda del Encuentro". De modo que todos los que tenían que consultar al Señor, salían hacia la Tienda del Encuentro.

Imagino esa pequeña «tienda» aislada, lejos del ruido del campamento. El hombre necesita silencio y soledad para encontrar a Dios. ¿Sé también aislarme alguna vez? En cuanto entraba Moisés en la Tienda, bajaba la columna de nube y se detenía a la puerta de la Tienda, mientras el Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con otro hombre.

No vayamos a pensar en un milagro o en algo sensacional.

Eso sería contradecir todas las afirmaciones precedentes sobre la invisibilidad y la espiritualidad absolutas de Dios.

Esas expresiones quieren hacernos comprender hasta qué punto era Moisés un hombre de oración, el «confidente de Dios», en cuya intimidad vivía como un amigo con su amigo. Así Moisés no es solamente el jefe, el hombre de acción que hemos visto comprometido al servicio de los hombres... es también el «místico» que alimenta su compromiso en la contemplación.

Después de esto, se comprende que Moisés pueda hacer tan íntimamente suyos los puntos de vista de Dios, y sus comportamientos de amor salvador.

-Moisés invocó el nombre del Señor. El Señor pasó ante él y proclamó: «Yo soy el Señor tu Dios tierno y misericordioso, lento en la ira, lleno de amor y de fidelidad...

Este capítulo sigue inmediatamente a la escena del "becerro de oro". El Dios que aquí se revela es en verdad el mismo que se revelará en el evangelio de Jesús. Se adivinan ya las parábolas de la misericordia, el amor de Cristo por los pecadores.

«Dios de ternura.» «Dios de misericordia.»

Me confío a tu amor. Confío la humanidad entera a tu amor.

-Dios rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por miles de generaciones; que tolera la falta, la transgresión y el pecado, pero no los deja impunes; que castiga la falta de los padres en los hijos y los nietos "hasta la tercera y cuarta generación".

Esta palabra que nos parece dura, afirma sin embargo dos verdades que hemos de aceptar:

1. La infinita santidad de Dios, que no puede -y es en bien nuestro- ser indiferente ante el mal.

2. La infinita misericordia de Dios, que tiene paciencia y da tiempo para la conversión.

Notemos la diferencia de proporción entre el castigo y la tolerancia; "cuatro generaciones"... «mil generaciones»...

Evidentemente es ésta una manera de hablar, pero muy elocuente para decirnos que a Dios no le agrada castigar, aunque está a veces obligado a hacerlo.

El pueblo de Israel lo ha experimentado muchas veces, y en primer lugar aquí, después de la infidelidad. ¿Y yo? ¿Qué hago yo? Evoco mis infidelidades a tu amor, Señor, y te doy gracias por tu inmensa paciencia para conmigo.

-Moisés estuvo con el Señor cuarenta días y cuarenta noches sin comer ni beber... «En verdad es un pueblo de dura cerviz; pero Tú perdonarás nuestras faltas y nuestros pecados y Tú harás de nosotros un pueblo, herencia tuya.

Admirable oración de Moisés. Con él ruego por el mundo de HOY.

-Y escribió en las tablas el texto de la Alianza, los diez mandamientos.

Los escribió por segunda vez. Da una nueva oportunidad a ese pueblo.

NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 5
PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO
DE LOS AÑO IMPARES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág. 202 s.


1-2. /Ex/33/07-23 /Ex/34/05-09 /Ex/34/29-35:

CV/CAMINO: La infidelidad del pueblo ha creado una situación muy delicada y llena de tensiones. El campamento ya no puede ser el lugar del encuentro de Yahvé con su pueblo. Y Moisés, recogiendo la tienda de entre los suyos, la pone fuera del campamento (33,7a).

En medio de una gente que intenta buscar a Dios por caminos distintos de los de Yahvé, Moisés no puede continuar ejerciendo su ministerio de mediador. El primer resultado de esta situación es de incomodidad para el pueblo: hay que salir para ir en busca de Dios (33,7b). Queda así expresado gráficamente el itinerario de la conversión.

Este itinerario parte de la realidad de la ruptura de la comunión: Dios ya no está en medio del pueblo, y Moisés, el mediador, ha abandonado el campamento. El pueblo tiene una conciencia muy exacta de esta situación. Por ello, cuando Moisés se dirige a la tienda de la reunión, nuevo lugar de su encuentro con Dios, el pueblo le sigue con la mirada (v 8). Es la expresión de la nostalgia de Dios: tras el reconocimiento del pecado debe venir la compunción del corazón. Y el primer movimiento de aproximación: cuando Moisés dentro de la tienda, se entrevista con Dios, el pueblo todo se alza y se prosterna, de lejos, pero en actitud propiciatoria (10). El resto del itinerario lo hará Yahvé, quien saldrá al encuentro del pueblo y volverá a marchar con él, gracias a la iniciativa de Dios y bajo el signo mediador de Moisés (12-17).

A partir del versículo 18, el texto bíblico quiere ser una respuesta existencial a la pregunta de si es posible que el hombre pueda elevarse hasta Dios. El texto comienza por distinguir entre la situación y la capacidad del hombre que se halla en esta vida y la del que ha traspasado ya la frontera de la muerte (20).

Lo que el hombre puede conocer de Dios en esta vida es su bondad (19a). Dios se nos manifiesta a través de sus obras. Así, pues, el conocimiento que podemos tener de Dios es un conocimiento relativo. Es un proceso de revelación; pero por muchos velos que retiremos, siempre se interpondrá algo entre él y nosotros. Incluso en el gran momento histórico de la revelación plena de Dios, la encarnación, se levanta entre Dios y nosotros magnífico el velo, pero velo en definitiva, de la humanidad de Jesucristo. Por eso en nuestro caminar hacia Dios necesitamos la antorcha de la fe.

La revelación de Dios no es estática, como quien proyecta una diapositiva, sino dinámica. No se trata de ofrecer una idea que el hombre pueda captar y reducir a los límites de su inteligencia, sino de introducir al hombre en el seno de la grandeza desbordante de Dios, de su inmensidad, que escapa a cualquier control, reducción y manipulación. Por ello Yahvé no revela su ser, sino su amor. No se trata de mostrar a Dios sino de comunicar su bondad y pronunciar su nombre: «El que salva» (19). Nuestro texto lo dice con expresiones de gran delicadeza y llenas de ternura: Dios pone a Moisés en la hendidura de la roca y lo cubre con la mano mientras pasa por delante (22), y hace sentir el grito de ternura, misericordia, fidelidad, perdón, justicia y amor, que transforma al hombre (34,6ss).

J. M. ARAGONÉS
LA BIBLIA DIA A DIA
Comentario exegético a las lecturas de la Liturgia de las Horas
Ediciones CRISTIANDAD.MADRID-1981.Pág. 142 s.


2.- Jr 14, 17-22

2-1.

Todo este capítulo 14 es una especie de liturgia suplicatoria, compuesta por Jeremías, para unas plegarias solemnes hechas en Jerusalén, reinando Joaquín, en ocasión de una «gran sequía». (Jeremías 14, 1-3-45) «Los ricos envían a sus criados a por agua, llegan a los aljibes y no encuentran agua... retornan con sus jarras vacías... La tierra está resquebrajada. Incluso la cierva abandona a sus cervatillos recién nacidos porque no hay hierba...»

-El Señor me habló así: "Les dirás esta palabra: derramen lágrimas mis ojos noche y día sin parar por el quebranto que ha sufrldo la doncella, la hija de mi pueblo, herida gravísimamente. Si salgo al campo encuentro heridos de espada, si entro en la ciudad, veo a los desfallecidos de hambre".

Los ojos del profeta se derriten en lágrimas, noche y día.

Sensibilidad de Jeremías: expresión de la sensibilidad de Dios. Porque es Dios quien le envía a decir esto.

Dios humano, Dios que «llora» por las desgracias de sus hijos.

Evidentemente se trata de modos de hablar, porque Dios no tiene cuerpo. Estas expresiones son llamadas "antropomorfismos", porque prestan a Dios sentimientos humanos. Pero no olvidemos que anuncian misteriosamente el día en que Dios tomará un «cuerpo» y llorará verdaderas lágrimas, en la muerte de su amigo Lázaro (Juan 11, 35).

Si alguna vez lloro yo también compadeciendo el sufrimiento de alguien, soy entonces "cuerpo" de Dios.

Señor, dame un corazón atento a todas las penas de los hombres.

-Aún el profeta y el sacerdote andan errantes por el país sin comprender. Y dicen: «Señor, ¿has rechazado a Judá para siempre? ¿o acaso se ha hastiado tu alma de Sion? ¿Por qué nos has herido sin esperanza de curación?

Verdaderamente, cuando consideramos tales casos ¡no entendemos, Señor! ¿Por qué el sufrimiento? ¿Por qué el hambre? ¿Por qué el dolor de los inocentes y de los animales? ¿Por qué un universo con tanto clamor, tanta sangre derramada, tantos enfermos y disminuidos "sin esperanza de curación"? ¿Hacia Ti, Señor, elevamos ese clamor y esos infortunios? Es preciso rogar frecuentemente así, a partir de los verdaderos «problemas del mundo».

-Reconocemos, Señor, nuestra impiedad, la culpa de nuestros padres: hemos pecado contra Ti.

Hay una parte de sufrimiento de la que nadie es culpable.

Pero la otra parte proviene de las faltas, del egoísmo, de la pereza, de la necedad, de la negligencia, de la injusticia.

Hemos pecado... Lo reconocemos... Ayúdanos, Señor, a disminuir, individual y colectivamente, la parte de sufrimiento que proviene de las faltas de los hombres.

-Por amor de tu Nombre, no desprecies. No profanes la sede de tu Gloria. Recuerda, no rompas la alianza con nosotros.

Todo ello podría considerarse una especie de chantaje hábil: «te interesa a Ti, Señor. Te deshonras al dar la impresión de que no existes, o de que no eres capaz de impedir el mal.»

La audacia de tales plegarias pone de manifiesto que a Dios puede pedírsele todo. ¿Tenemos esta audacia, esta fe?

-Dios nuestro, esperamos en Ti.

El grito de desesperación acaba en un grito de esperanza.

NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 4
PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO
DE LOS AÑOS PARES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1984.Pág. 202 s.


3.- Mt 13, 36-43

3-1.

-Después de haber hablado en parábolas, Jesús dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a pedirle: "Acláranos.....

Mateo distingue netamente entre una enseñanza oficial, dada a todos y un ahondamiento dado sólo a los que lo desean.

¿Soy yo de los que buscan más, o de los que se contentan con el mínimo? Señor, explícanos... Señor, háblanos...

Por el momento no tenemos otra cosa que hacer que escucharte.

-"El que siembra la buena semilla, es el Hijo del hombre."

Jesús sembrador.

Jesús sembrador de buena semilla "Pasó haciendo el bien"... sólo el bien, nada malo.

¿Y yo?

-El campo es el mundo.

Visión realista.

Jesús siembra en el mundo actual... en este mismo momento.

-La buena semilla, son los hijos del reino.

Fórmula sorprendente.

¡Lo que Jesús siembra, en este momento, en el mundo es "nosotros"! ¡Hijos del reino!

Responsabilidad inaudita que sobrepasa infinitamente nuestros medios humanos.

Yo soy una "simiente", según Dios.

Jesús me ha sembrado en algún sitio para que sea, allí, fuente de vida.

-La cizaña son los hijos del maligno.

Concepción dramática de la existencia.

El enemigo que la siembra es el diablo El hombre tiene un amigo: Dios.

Pero tiene también un enemigo: el diablo.

Escucho y considero esto. La vida humana no es anodina, inofensiva, cándida, indiferente, ni buena ni mala... como algunos intentan hacernos creer. ¡Los actos humanos no son incoloros, inodoros y sin sabor! Algunos actos son "destructores" del hombre, enemigos del hombre.

Algunos actos son "constructores" del hombre, amigos del hombre...

-La cosecha es el fin del mundo.

La mirada de Jesús va de entrada, y como espontáneamente, a este fin... Ve lejos... ¡Mira el término, el objetivo! ¡La obra terminada! la cosecha que se está preparando.

Mi mirada ¿es quizá, demasiado limitada? ¿No está bloqueada por lo inmediato, no desea resultados rápidos? Me detengo a soñar en la cosecha. Espero. Quiero tener paciencia. Quiero trabajar obstinadamente para hacerla madurar.

-Los segadores son los ángeles. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles que escardarán de su Reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido.

Jesús utiliza todas las imágenes sacadas del vocabulario corriente de su tiempo: el Juicio final, está claro -más allá de las imágenes, que no hay que interpretar materialmente-, es una definitiva destrucción de todo mal.

-Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre.

Lo mismo que el fuego. el "sol" es una imagen. Una muy bella imagen.

En esos meses de verano los hombres se sienten ávidos de sol.

"En el reino de su Padre": Dios. El fin del mundo, la cosecha, es estar con Dios... amado sin fin, mimado sin fin, viviente sin fin.

NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 2
EVANG. DE PENTECOSTES A ADVIENTO
EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág. 94 s.


3-2.

1. (Año I) Éxodo 33,7-11; 34,5-9.28

a) Dos pasajes distintos aparecen en la lectura de hoy: el que se refiere a la «tienda del encuentro», junto al campamento, y el diálogo de Moisés con Dios, en la montaña. Se notan, en todo este relato del Éxodo, diversas «manos» o tradiciones que se van sobreponiendo, dando una cierta sensación de idas y vueltas.

Pero algo aparece siempre claro: al pecado y la debilidad del pueblo responde, por una parte, Moisés con su solidaridad e intercesión, y sobre todo Dios, con su amor y su paciencia.

La «tienda del encuentro o de la reunión», a las afueras del campamento que van montando a lo largo de su recorrido por el desierto, es un símbolo de que Dios no les abandona. Se visibiliza de alguna manera en forma de nube y habla con Moisés, el mediador, «cara a cara». Moisés es un hombre de intensa oración, además de un guía eficaz del pueblo.

En lo alto de la montaña, donde pasa cuarenta días, Moisés describe a Dios como «Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad»: una de las definiciones más repetidas en el AT. Es interesante que la justicia de Dios («castiga la culpa hasta la tercera y cuarta generación») se ve sobrepasada por su bondad tolerante («misericordioso hasta la milésima generación» .

De nuevo aparece Moisés intercediendo con buen corazón, a pesar de los disgustos que le da ese pueblo: «si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque es un pueblo de cerviz dura: perdona nuestras culpas y pecados, y tómanos como heredad tuya».

b) Si los israelitas apreciaban la cercanía de Dios en la tienda del encuentro, los cristianos estamos mucho más motivados para agradecer su presencia en todo momento de nuestra vida, visibilizada, sobre todo, en la Eucaristía y en su prolongación del sagrario.

Jesús no nos abandona, él es «Dios-con-nosotros», luz y alimento para el camino.

No veremos ninguna nube a la puerta de nuestras iglesias, ni podremos hablar «cara a cara» con Dios. Pero sí sabemos que no estamos solos en nuestra vida. Podemos decir, con más razón que el pueblo de Israel, «que mi Señor vaya con nosotros... tómanos como heredad tuya». Haremos bien en conseguir momentos de silencio y de «encuentro» con Dios, de experiencia de oración ante él. No hará falta que vayamos cada vez a un retiro de cuarenta días en el monte, ni que lleguemos a sentir fenómenos místicos de unión con Dios.

Pero debemos saber escapar del campamento de la actividad y tomar aliento en la cercanía de Dios. No sólo Moisés fue amigo de Dios. También a nosotros se nos ha dicho: «vosotros sois mis amigos... no os llamo ya siervos, a vosotros os he llamado amigos» (Jn 15,14-15).

Además, sobre todo cuando presentamos a Dios en la catequesis o en la predicación, deberíamos repetir gozosamente la definición de Dios que nos da Moisés y que nos repite el salmo 102 (que hoy podríamos rezar después de comulgar o en otro momento de calma y meditación): «el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia: no está siempre acusando...».

Finalmente, como ayer, deberemos espejarnos en Moisés y en su oración de intercesión por el pueblo. Sería útil que leyéramos los números 2566-2577 del Catecismo, en los que se describe la oración de los creyentes del AT sobre todo de Moisés, para animarnos a ser, también nosotros, personas de oración intensa y, a la vez, portavoces ante Dios de esta humanidad a la que pertenecemos, para ayudarla a que se encamine a la salvación.

1. (Año II) Jeremías 14,17-22

a) Jeremías llora e intercede. Un buen profeta se solidariza con su pueblo, le duelen sus fallos, se alegra con su bien.

Se ve que hubo una gran sequía, que afectó fuertemente al bienestar del pueblo. Hubo desolación y muerte, tanto para el ganado como para las personas con peligro de epidemias. Y eso que la tentación de siempre era adorar a Baal el «dios de la lluvia» y «de la fecundidad». Pues no les sirvió de nada ese dios falso («¿existe entre los ídolos de los gentiles quien dé la lluvia?»), y padecían el azote de la sequía y del hambre.

Jeremías se lamenta, habla de heridas y dolor en su alma: todo por culpa del pueblo y su pecado. Y se dirige a Dios en una oración muy sentida, intercediendo por todos: «Señor, reconocemos nuestra impiedad, pecamos contra ti. No nos rechaces, por tu nombre... recuerda y no rompas tu alianza con nosotros».

b) Las sequías y las demás desgracias que nos afligen de cuando en cuando, no son necesariamente castigo inmediato de un pecado.

Pero también nosotros deberíamos hacer nuestra la actitud penitente de Jeremías y reconocer ante Dios que nuestro egoísmo, nuestro desvío respecto a la Nueva Alianza y nuestros pecados nos acarrean muchos males, de los que luego nos tenemos que lamentar. Empezar la misa con un acto penitencial, reconociéndonos pecadores, es una buena disposición para dejarnos llenar, después, de la Palabra y de la Eucaristía.

Además, como el profeta, nos deberíamos sentir solidarios de nuestro pueblo. De su dolor. De sus desgracias. A pesar de sus pecados. No tendríamos que desesperar de nuestra generación -ni de los jóvenes ni de los mayores-, sino ayudar a todos, en lo que podemos, y orar a Dios por ellos. La «oración universal» de la misa es otro momento expresivo de nuestra sintonía «sacerdotal» (de «mediadores») con la humanidad, exponiendo sus males y carencias ante Dios, que es una manera de reconocer nuestros límites y de comprometernos a trabajar por lo mismo por lo que rezamos: por la paz, por la justicia, por el alivio de los que sufren...

Quienes seguimos a Cristo y confiamos en su ayuda ante el Padre, podemos hacer nuestro el salmo de hoy: «socórrenos, Señor, por el honor de tu nombre, líbranos y perdona nuestros pecados; nosotros, pueblo tuyo, te daremos gracias siempre». Lo podemos rezar pensando en nosotros mismos, y también por toda la humanidad, con la que nos sentimos solidarios, deseosos de que la salvación de Dios alcance a todos.

2. Mateo 13,36-43

a) Jesús mismo nos explica la parábola que leíamos el sábado, la de la cizaña que crece junto al trigo en el campo. O sea, es él quien nos hace la homilía.

Dios siembra buena semilla, el trigo. Pero hay alguien -el maligno, el diablo- que siembra de noche la cizaña. A los discípulos, siempre dispuestos a cortar por lo sano, Jesús les dice que eso se hará a la hora de la siega, al final de los tiempos, cuando tenga lugar el juicio y la separación entre el trigo y la cizaña. Entonces sí, los «corruptores y malvados» serán objeto de juicio y de condena, mientras que «los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre».

b) De nuevo se nos recuerda que el juicio no nos corresponde a nosotros. Le pertenece a Dios y lo hará al final. Mientras tanto, el bien y el mal coexisten en nuestro campo.

Parece la defensa de una comunidad que no sólo tiene «santos» y «perfectos», sino también personas pecadoras y débiles. Nuestra comunidad no debe ser elitista, con entrada exclusiva para los perfectos (naturalmente, según la concepción maniquea que solemos tener, nosotros seríamos los «perfectos» y los «justos»). Sino que en la Iglesia, como en el campo de la parábola, hay trigo y cizaña. Y en la red, peces buenos y malos, como nos dirá Jesús pasado mañana.

No nos deberíamos escandalizar demasiado fácilmente del mal que nos parece ver a nuestro alrededor. Y, en todo caso, hemos de ser tolerantes, con paciencia «escatológica».

Al que peor le tendría que saber que haya aparecido cizaña en su campo es al sembrador, Dios, o el mismo Cristo. Y nos enseñan que hay que saber esperar, respetando la libertad de las personas y el ritmo de los tiempos. Dios sigue creyendo en el hombre, a pesar de todo.

Eso sí, tenemos que discernir el bien y el mal -no todo es trigo- y luchar para que triunfen el bien y los valores que ha sembrado Jesús, y seguir rezando «venga a nosotros tu Reino» y «líbranos del mal (o del maligno)». Convivir con el mal no significa aceptarlo.

Pero todo eso lo hacemos con un talante no violento. Sin medidas drásticas ni coactivas.

Con la fuerza de una semilla que se abre paso y de un fermento que llegará a transformar la masa, según las dos parábolas de ayer. Conscientes de que el juicio -«arrancar la cizaña»- pertenece a los tiempos últimos y no nos toca a nosotros.

«El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia» (1ª lectura I)

«Que mi Señor vaya con nosotros» (1ª lectura I)

«Socórrenos, Dios salvador nuestro, por el honor de tu nombre» (salmo II)

«La cosecha es el fin del tiempo» (evangelio)

J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 5
Tiempo Ordinario. Semanas 10-21
Barcelona 1997. Págs. 198-202


3-3.

Jr 14, 17-22: Reconocemos nuestra maldad

Mt 13, 36-43: La mala hierba

En su casa, junto a sus discípulos, Jesús da unas claves simbólicas para comprender la parábola del "trigo y la maleza". La explicación muestra cómo en la obra de Dios se filtran fuerzas negativas, por lo que se hace necesario esperar y ver los frutos para saber quién es quién.

Con esta parábola Jesús nos muestra cómo las opciones humanas pueden estar a favor del proyecto de vida o en favor del proyecto de muerte. Los que han optado por la solidaridad, la justicia y el servicio darán los frutos correspondientes. Ellos serán verdaderos hijos de Dios y manifestación del Reino entre las personas. Los que han caído en la tentación de la codicia desmedida, del poder a cualquier precio... ostentarán con sus obras la propia maldad. Equivocado camino que los ha conducido a torcer el camino ajeno con escándalos y a utilizar sus dones exclusivamente en provecho propio.

Cada día vemos en nuestras organizaciones eclesiales, familiares y sociales personas que han crecido entre la buena semilla pero que, pasado el tiempo, dan malos frutos.

Personas que utilizan empresas humanitarias para escalar posiciones de prestigio y de poder, causando de paso múltiples escándalos y contradicciones. Su conducta hace titubear la fe de la gente sencilla que ha creído en ellos y les ha brindado su confianza. Es deber de la comunidad ponerlos en evidencia, descubrir sus manipulaciones y denunciar con voz profética sus escándalos y maldades. Con esto la comunidad hace lo que Dios le ha encomendado pero queda reservado a Dios el juicio sobre ellos.

Servicio Bíblico Latinoamericano


3-4.

Ex 33, 7-11; 34, 5b-9.28: Que el Señor camine en medio de nosotros

Mt 13, 36-43: La buena semilla es la gente del Reino

Realmente, Dios nos tiene mucha paciencia y más comprensión. Más de las que, por supuesto, tenemos nosotros. Con los otros y con nosotros mismos. ¡Hay tantas cosas que pensamos que son intolerables! Repetimos convencidos: ¡Por ahí no paso! ¡Eso no puede ser! Y si sucede lo que no queremos que suceda, entonces nos hundimos en la desesperación y decimos: ¡No hay remedio! Dios, sin embargo, tiene una paciencia que le llega hasta el final de los tiempos. Hasta entonces, estará esperando, paciente y misericordiosamente, que suceda lo que a nuestros ojos resulta absolutamente imposible: que la cizaña se convierta en trigo. Como el dueño del campo espera el tiempo de la cosecha para arrancar la cizaña.

Tendríamos que aprender mucho de esa paciencia de Dios. Va intrínsecamente unida con su ilimitada capacidad para perdonar, para acoger, para amar, para recrear lo que el mismo hombre ha destrozado. E intentar aplicarla a la vida de nuestra nación, de nuestra comunidad, o de nuestra familia, lugares donde las venganzas y los rencores son a veces para siempre.

SERVICIO BIBLICO LATINOAMERICANO


3-5. CLARETIANOS 2002

La confesión de Jeremías es impresionante por lo que dice y por la manera desgarrada como lo dice. ¿No os habéis servido de esta "falsilla" para componer a veces vuestro personal desahogo religioso? En más de una ocasión podríamos decir algo como esto: "Mis ojos se deshacen en lágrimas por la terrible desgracia de mi pueblo. Miro las estadísticas: demasiados millones de seres humanos víctimas del hambre. Me asomo a los medios de comunicación social: conflictos por todas partes. Tanto los dirigentes como los expertos andan de un sitio para otro sin encontrar una solución duradera. Soñamos con un tercer milenio mejor y, sin embargo, no hay tregua".

El desahogo siempre nos lleva a las mismas preguntas: "¿Qué está pasando? ¿Qué hemos hecho mal? ¿Quién mueve los hilos? ¿Por qué Dios nos abandona en nuestra desgracia?". Si ni siquiera somos capaces de reaccionar como Jeremías es que la anestesia nos está durando más de lo razonable.

Del evangelio nos viene un rayo de luz. Dios es como el agricultor que ha sembrado la buena semilla en el mundo y descubre que, junto a ella, crece también la cizaña. La primera reacción sería arrancar de cuajo esta hierba mala. Sin embargo, prefiere esperar al tiempo de la siega. Sólo al final se distinguirá claramente el trigo de la cizaña.

En el texto de hoy esta parábola aparece ya alegorizada. Nosotros mismos podemos hacer una aplicación a nuestra situación actual. Pero, más allá de los detalles, el mensaje es nítido: sólo el final revela la verdad del camino. Mientras tanto, hay que saber esperar. Por si esta explicación nos parece una concesión a la injusticia presente, una forma de no reaccionar enérgicamente contra el mal, demos un paso más. Quienes viven desde el amor están anticipando el final. Por tanto, sólo quienes aman pueden distinguir el trigo de la cizaña, el bien del mal. La simple indignación ética, la rabia y la venganza no permiten ver la realidad con los ojos de Dios.

Esto es algo que a menudo han olvidado los revolucionarios de todos los tiempos cuando en su deseo de acelerar los cambios sociales y de ser testigos de ellos han usado la violencia como instrumento. La colectivización forzosa del campesinado ruso, llevada a cabo por los bolcheviques entre 1928 y 1933, costó la vida a diez millones de seres humanos.

Entre las características que Pablo atribuye al amor (cf 1 Cor 13,1 ss) hay dos que hoy debemos subrayar: el amor "es paciente" y el amor "todo lo espera".

Gonzalo Fernández , cmf (gonzalo@claret.org)


3-6. 2001

COMENTARIO 1

v. 36: Luego dejó a la multitud y se fue a la casa. Los discípulos se le acercaron a pedirle: Acláranos la parábola de la cizaña en el campo.

. Vuelta a la casa de donde había salido (13,1), es decir, a la so­ledad con el grupo de discípulos. Éstos no han comprendido la parábola de la cizaña. La explicación muestra el interés catequé­tico que esta parábola tiene para Mt.

v. 37: Él les contestó: El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre...

«El Hijo del hombre» es el que siembra, y el campo es el mundo: el mensaje evangélico accesible a la humanidad entera no es el del Mesías judío, sino el del Hijo del hom­bre. El mensaje contiene así lo que es el Hijo Hombre según el proyecto creador, tanto en su dimensión individual (hijo de Dios) como so­cial (el reinado de Dios).

Jesús no explica la parábola paso por paso, se limita a dar las claves de lectura.

«El Hijo del hombre»: sembrar no era función de la figura huma­na de Dn 7,13 ni de «el Hijo del hombre» del Libro de Henoc, ni siquiera del Mesías según la idea transmitida. Al emplear Jesús esta expre­sión la vacía de toda posible alusión a un personaje determinado, mostrando que no la utiliza como título.

vv. 38-40: el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los secuaces del Malo; 39el enemigo que la siembra es el diablo, la cosecha es el fin de esta edad; los segadores, los ángeles. 40Lo mismo que la cizaña se entresaca y se quema, sucederá al fin de esta edad...

Es curioso que la buena semilla no sea el mensaje, sino «los ciudadanos del reino». Esta expresión había aparecido en 8,12, pero aquí no se refiere a los israelitas, sino a los que han hecho suyo el mensaje de Jesús. Son los que cumplen el programa anunciado en las bienaventuranzas (5,3-10), código del reino. Frente a éstos, que trabajan por la paz (5,9) y colaboran en la obra de salvación, aparecen otros, sus antagonistas, «los secuaces del Malo», es de­cir, los que siguen el programa opuesto, sintetizado en las tenta­ciones de Jesús: los partidarios del poder, el prestigio y la riqueza. De hecho, el que hace surgir en el mundo la oposición al programa de Jesús es «el diablo», encarnación del poder en todas sus ma­nifestaciones. La victoria del reinado de Dios no es, pues, inme­diata; encuentra un constante antagonismo (cf. 5,10). Éste no es un mal que existía ya antes, sino nuevo, subsiguiente a la siembra hecha por el Hijo del hombre. No puede identificarse, por tanto, con los sistemas existentes, sino con las desviaciones que aparecen bajo el nombre cristiano. El pasaje está en relación con el de los «falsos profetas» (7,15-20); son los árboles que dan frutos malos (7,17s). La contradicción dentro de la comunidad cristiana existirá siempre mientras dure su etapa histórica, y no hay que empeñarse en so­lucionarla antes de tiempo. La separación se hace en la etapa pos­histórica inaugurada por «el fin de esta edad», que es al mismo tiempo su culminación (cf. 24,3; 28,20).

“El fin de esta edad” no ha de confundirse simplemente con «el fin del mundo». Tie­ne un aspecto individual, que coincide con la muerte física, y otro social, el fin de la historia (cf. 28,20). Con imágenes tradicionales (envío de los ángeles, destrucción de los inicuos) se describe la suerte de «los secuaces del Malo». Mt precisa quiénes son éstos: «los escándalos», producidos por la ambición de poder (el uso del abstracto alude con más claridad a 18,6-9), que hacen fallar a otros en la fe, y «los que cometen la iniquidad». Este último apelativo está aplicado por Mt a discípulos no comprometidos (7,21-23). La cizaña representa, pues, 1) a los que se arrogan un rango, despre­ciando a los demás (ambición de poder, tercera tentación), y 2) a los que usan de los dones para utilidad o prestigio propio y no para el bien de los otros (primera y segunda tentación).

v. 41: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles, escardarán de su reino todos los escándalos y a los que cometen la iniquidad...

En este pasaje se menciona por primera vez «el reino del Hijo del hombre». Según 9,6, la autoridad compete al Hijo del hombre en la tierra. El reinado del Hijo del hombre es una manera de designar la fase histórica del reinado de Dios (cf. 16,28; 25,34: «el rey»).

v. 42: y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes.

«El horno de fuego» es imagen de la escatología judaica, equi­valente a la de la gehenna (5,22: «el quemadero»). «El llanto y el rechinar de dientes» es la suerte destinada al Israel infiel (cf. 8,12; además, 13,50; 22,13; 24,51; 25,30). La fase poshistórica del reino se llama «el reinado del Padre» (cf. 26,29).

v. 43: Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su padre. «Los justos brillarán» es una frase que alude a Dn 12,3; Eclo 50,7. «Los justos» equivalen a «los ciudadanos del reino» (= la buena semi­lla). No son ya «los justos» del AT (cf. 1,19; 13,17; 23,29), sino los que han practicado una fidelidad bien superior a la de los letrados y fariseos (5,20), por atenerse a las bienaventuranzas promulgadas por Jesús.

«El reino del Padre de los justos»: éstos son, por tanto, los lla­mados «hijos de Dios», los que han trabajado por la paz (5,9). Se delimita el significado de «los secuaces del Malo»; son los que se han opuesto al desarrollo y felicidad del hombre por pretender poder o por desentenderse del prójimo.

v. 43b: Quien tenga oídos, que escuche...

Jesús añade este aviso, mostrando la importancia de la explicación dada. Esta es una advertencia a los suyos. En realidad, cualquier discípulo puede convertirse en cizaña: basta que ceda a la instigación del «diablo», al ansia de poder y prestigio en la comunidad. La suerte que le espera es la destrucción.

COMENTARIO 2

Estos versículos constituyen la única explicación desarrollada de una parábola en los sinópticos. Tanto la parábola como su explicación son propias de Mateo. Para comprender la explicación de la parábola de la cizaña debemos recordar el contenido o significado de la misma: lucha contra la impaciencia mesiánica, según la cual en los días del Mesías "no habrá más que justos en medio de tu pueblo". La parábola afirma que el tiempo del Reino ha llegado ya, que la siega última se avecina, pero que no ha sonado todavía la hora del juicio; y por otra parte, que el juicio no corresponde a los discípulos.

Estos versículos no son, en el fondo, una explicación de la parábola, se trata más bien de una repetición de la parábola, cuyas explicaciones de detalle no hacen más que acentuar el contenido de la parábola. Esto lo prueban las palabras finales. Si estos versículos hubieran explicado el sentido total de la parábola, sobraría la invitación a "escuchar": "el que tenga oídos, que oiga", dirigida a los oyentes. Esto mismo sucede a propósito de la explicación de la parábola del sembrador.

La novedad principal de estos versículos respecto a la parábola parece ser la siguiente: se aclara aquí que la buena semilla no es el Reino mismo, sino los "hijos del Reino". Las nociones generales de la parábola se aplican aquí a problemas más humanos y a la vez, más morales, pero todavía no eclesiales; los pecadores serán arrojados del Reino, no de la iglesia.

En resumen: ¿qué se les decía a los oyentes de este pasaje? No se les daba una explicación alegórica de la parábola de la cizaña; únicamente se les ofrecía información exacta sobre el sentido de la parábola y una exposición escriturística capaz de asegurarles que si el tiempo del aniquilamiento del mal y de los malos no había llegado todavía, vendría ciertamente algún día y podía ser descrito válidamente con el lenguaje simbólico y preciso de la apocalíptica judía.

1. J. Mateos-F. Camacho, El evangelio de Mateo. Lectura comentada, Ediciones Cristiandad, Madrid

2. Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)


3-7. 2002

Podemos articular el presente relato evangélico en dos partes: la más extensa está constituida por la explicación de la parábola de la cizaña en el campo (vv 37-43) a la que preceden las circunstancias (v. 36) y la ocasión que la provoca.

Las circunstancias separan este pasaje del precedente. Jesús vuelve a la “casa” habiendo concluido la enseñanza a la multitud en la orilla del mar. Su auditorio se restringe a los discípulos que se acercan a pedir a Jesús una explicación sobre la parábola de la cizaña. En adelante Jesús parece dirigirse a todo hombre pero sólo a través del grupo de discípulos.

En la explicación hay un silencio significativo respecto a la enseñanza parabólica propuesta. Los servidores no son mencionados y el motivo de esta omisión es debida a dos razones fundamentales.

La primera motivación tiene su origen en que Jesús se dirige a un auditorio constituido por los discípulos que son quienes desempeñan el papel de los siervos en la parábola precedente. Pero, simultáneamente, se fundamenta el silencio porque la enseñanza respecto a la actitud paciente que debe adoptarse frente al mal deja su lugar a otra enseñanza más importante: la certeza del triunfo del bien sobre el mal y de la condena a la que estarán sujetos todos “los que practican la iniquidad” (v. 41).

Con esa finalidad, Jesús comienza explicando el significado de cada uno de los términos que se han mencionado en la parábola: “el que siembra la buena semilla...”, “el campo”, “la buena semilla”, “la cizaña”, el enemigo”, “la cosecha”, “los segadores” (vv. 37-39). Cada uno de ellos tiene su correspondencia en la realidad anunciada que se describe con un estilo apocalíptico construido con ayuda de Sof 1,3 y Dan 12,3.

De esa forma se describe la diversa suerte que toca a los “hijos” o ciudadanos del Reino y a los hijos o seguidores del Maligno.

Para estos últimos el futuro se describe en término de quema y de horno encendido. De esta forma se destruirán las amenazas a la salvación: “escándalos”. Por el contrario, la suerte destinada para el justo es semejante a la claridad del sol que ilumina el día.

El Reino de Dios ya está activamente presente en el mundo, pero su manifestación definitiva como Reino del Padre para los justos sólo sucederá “al fin de esta edad”. De este modo se hace una invitación a cada cristiano a tomar en serio la propia vocación ya que todo lo que no esté de acuerdo con el Reino será descartado en ese momento del futuro.

La intervención de Jesús desenmascara los escándalos y la iniquidad. Y el discípulo es conducido nuevamente delante de su Señor. De esta forma el Reino ya está presente y la auténtica problemática para todo hombre consiste en actuar como “hijo del Reino” o como “hijo del Maligno”.

Hoy también cada cristiano se encuentra enfrentado con dicha problemática, la misma que desafiaba a los contemporáneos de Jesús. De esta decisión presente depende su realización plenamente humana. De allí la necesidad de tomar en cuenta seriamente las palabras conclusivas de la parábola: “Quien tenga oídos, que escuche”.

Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)