JUEVES DE LA SEMANA 13ª DEL TIEMPO ORDINARIO

 

1.- Gn 22, 1-19

1-1.

-Dios probó a Abraham.

Es la cumbre de la vida de ese «hombre de Fe». Abraham lo dejó todo por Dios. Contra toda apariencia creyó en las promesas de Dios. Por su larga fidelidad, acabó por tener a ese hijo tan deseado: nació por fin Isaac, su hijo muy querido.

Ahora bien, parece que Dios quiere pedirle el «sacrificio» supremo: sacrificar lo que hay de más amado en el mundo... según los usos de esa época primitiva en la que los padres tenían la costumbre de sacrificar a su «primogénito», en honor a su dios y para obtener sus favores.

En un cierto sentido, puede decirse que Dios no ha querido nunca ese asesinato. Pero se sirvió de esa costumbre de la época para sondar hasta dónde llegaba la Fe de Abraham.

Así existen quizá HOY en mi vida unas situaciones anormales y aún inhumanas, que pueden ser «recuperadas» para un bien mayor. El sufrimiento es un mal y sigue siendo un mal. Pero, en ciertas condiciones, puede ser utilizado como «prueba de la Fe» y del amor.

No hay que hacer a Dios responsable de ciertas desgracias que nos suceden; y en ese sentido la expresión «Dios nos ha enviado tal cosa», es falsa. Porque Tú, Señor, sólo quieres la felicidad de tus hijos. Pero tus designios son misteriosos: algunos grandes sufrimientos son, como el sacrificio de Isaac, una cúspide hacia la que conduces de la mano a tus hijos.

Me detengo a evocar las «pruebas», las mías de HOY.

¡Ayúdame a soportarlas en espíritu de Fe! Aunque no vea el final.

-No me has negado tu hijo, tu único.

Cuando se lee esta frase pensando en Jesucristo, Tu único Hijo, toma un sentido enteramente nuevo. Es verdad. Si Abraham fue dispensado de tal prueba en tu amor paternal... Tú, oh Padre, has ido hasta e1 final. Esta página de la Biblia es ya el evangelio de la Cruz. Esta cúspide de la montaña es el anuncio del Calvario.

El sufrimiento no es inútil si es «testimonio de un amor»: ¡no hay amor más grande que dar la vida por los que se ama!

¿Sabré, Señor, transfigurar mis pruebas dolorosas en una prueba de amor? Sin embargo, te pido, Señor, que no me anonaden.

¡Te pido, por mis hermanos que sufren, la fuerza de superar su prueba!

-Porque tú has aceptado esto, te colmaré de bendiciones.

La alegría y la felicidad triunfan siempre... al fin.

La gloria de Pascua sigue al anonadamiento del Viernes Santo.

Señor, Tú finalmente quieres la felicidad así como la plena realización de tus hijos. Pero será quizá preciso que, como tu Hijo, pasen por la Cruz. Esto es difícil de comprender y duro de admitir y no obstante es el único y auténtico consuelo en las más difíciles pruebas. Es «la única luz capaz de iluminar la última prueba»: la muerte. Si la resurrección no existe, la vida no tiene sentido y la muerte es el absurdo más horrible.

Gracias, Señor, por darnos a entender a través de nuestra Fe, que «colmas» luego a los que «has probado». Que el sacrificio no es más que un momento pasajero y meritorio.

Que la muerte es sólo un pasaje hacia la vida.

NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 5
PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO
DE LOS AÑO IMPARES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág. 158 s.


1-2.

La historia conocida con el nombre de sacrificio de Isaac, de cuño elohísta, sobresale entre todas las narraciones patriarcales por su profunda emotividad, por su valor literario y por la densidad teológica. Por debajo de la forma actual se insinúan diversos niveles de tradición, con una historia rica, pero no siempre clara.

Los dos versículos iniciales iluminan todo el relato que sigue y aclaran su sentido. Se trata de una prueba que Dios pone a Abrahán, con la cual el patriarca ha de acreditar, una vez más, su fidelidad a su Señor. La prueba, sin embargo, no es sencilla, pues le exige la ofrenda del hijo de las promesas (las palabras divinas subrayan el sacrificio inmenso que se le pide: «Toma a tu hijo único, a tu querido Isaac») y pone de manifiesto la incomprensibilidad de la decisión divina: su hijo, depositario de los deseos de Abrahán y de los planes salvadores de Dios, esperado durante tanto tiempo y con tan gran deseo, ahora, inesperadamente, ¡debe ser ofrecido en holocausto! El lugar de la oblación está vagamente precisado: en una montaña, en el país de Moria (probable alusión a la montaña en que fue edificado el templo de Jerusalén; cf. 2 Cr 3 ,1). La respuesta diligente de Abrahán, en el versículo primero, preludia su docilidad a la orden divina, cuya gravedad va a comprender en seguida. Si la llamada inicial de Dios comportaba abandonar su país de origen y su enraizamiento en el pasado, el sacrificio de Isaac equivalía a cortar sus amarras con el futuro.

El viaje está descrito con pinceladas vigorosas y con detalles muy significativos, especialmente después que Abrahán y su hijo se separaran de los criados con la justificación de que querían ir a orar en la montaña, tal como se solía hacer al pasar cerca de un santuario o lugar sagrado conocido. Se indica, delicadamente, que Abrahán tomó los objetos peligrosos, como el fuego y el cuchillo. La mención de que falta el cordero para el sacrificio, en el diálogo entre padre e hijo, hace subir la tensión del relato, así como el silencio que se cierne sobre el último tramo doloroso del camino.

En el último instante, el ángel de Yahvé (=Dios mismo) impide el holocausto del hijo, una vez que el temor de Dios o la obediencia de Abrahán han quedado suficientemente demostrados. Un carnero, que Abrahán ve enredado en la espesura, lo sustituirá. Desde entonces, aquel lugar llevará el nombre de "Yahvé provee" o «Yahvé ve», que puede tener varios sentidos: Yahvé ve la obediencia de Abrahán, provee la ofrenda, etc. Los vv 15-19 son una adición posterior y tratan de conectar la narración con el tema central de la promesa.

La sublime ejemplaridad del relato es manifiesta.

J. MAS ANTO
LA BIBLIA DIA A DIA
Comentario exegético a las lecturas de la Liturgia de las Horas
Ediciones CRISTIANDAD.MADRID-1981.Pág. 89 s.


2.- Am 7, 10-17

2-1.

-Amacías, sacerdote de Betel, mandó decir a Jeroboam: «Amós conspira contra ti... el país no puede tolerar más sus discursos.» Y Amacías dijo a Amós: «Vete de aquí con tus visiones, huye a la tierra de Judá; allá podrás ganarte la vida y profetizar, pero en Betel no sigas profetizando porque éste es el dominio real y el santuario del rey.»

No es sólo hoy que se expulsa a los profetas, a los oponentes políticos o religiosos, los Soljetisne, los Martín Luter King...

No es de hoy que se quiere acallar las voces que estorban.

Jesús también es una de esas voces que se ha procurado acallar, con la muerte.

No es de hoy que la gente situada -Amacías era sacerdote oficial- tratan de conservar a cualquier precio, sus privilegios.

-Amós respondió: «Yo no era profeta ni hijo de profeta; era un simple pastor y picador de sicómoros. Pero el Señor me escogió...»

Había, en aquel tiempo, profetas de oficio, profetas hijos de profetas que ganaban su vida atendiendo las consultas de la gente, ávida de conocer el porvenir. Amós es alguien muy distinto. El no se dio su vocación: "¡Dios me escogió" Soy un hombre libre. El dinero no cuenta para mí.

¿No me siento tentado alguna vez de edulcorar la Palabra de Dios para evitarme disgustos? ¿Me dejo yo «prender» por Dios? ¿Me atrevo a decir ciertas palabras aun corriendo el riesgo de perder ciertas ventajas? ¿Me avengo a ciertos abandonos, a ciertos compromisos para que me dejen en paz?

Concédenos, Señor, la valentía de mantener nuestras opiniones, nuestras convicciones.

-El Señor me dijo: «Ve y profetiza a mi pueblo Israel.»

Ser apóstol no procede de un prurito de actuar, ni de un deseo de tener una influencia.

Es la respuesta a una llamada apremiante de Dios.

A pesar de la apariencia, Amós no tiene nada de anarquista; aunque se le acusa de querer cambiar el orden establecido... no es un revolucionario animado, sólo, por una ideología humana... es un enviado de Dios: "es el Señor quien me ha llamado".

Aprovecho esta ocasión para revisar delante de Dios las motivaciones profundas de mis compromisos. ¿Cuál es la finalidad de mi actuación? ¿Por qué causa milito?

-Pues bien, así dice el Señor: «Tu mujer se prostituirá en la ciudad, tus hijos y tus hijas caerán por la espada; tus tierras serán repartidas a cordel; tú mismo morirás sobre un suelo impuro, e Israel será deportado lejos de su país.»

La Palabra de Dios no está encadenada, decía san Pablo (2 Timoteo 2, 9).

A pesar de las amenazas, Amós era ya capaz de decir a los poderosos de este mundo las palabras más difíciles de decir.

Te ruego, Señor, por todos los que tienen la responsabilidad de "decir la verdad", en la Iglesia como en el mundo. Ayuda, Señor, a los que tienen la responsabilidad de informar a la opinión pública para que, alguna vez, tengan la valentía de disipar las ilusiones y de hablar contra corriente de las facilidades...

"Que vuestra palabra sea sí, si es sí; no, si es no", decía Jesús.

NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 4
PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO
DE LOS AÑOS PARES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1984.Pág. 158 s.


3.- Mt 9, 1-8

3-1.

Ver Paralelo DOMINGO 07B del TO


3-2. I/PERDON/P

La Iglesia, Cuerpo de Cristo, es el arraigo histórico de la obra de Cristo, y a este título dispone del poder de perdonar los pecados. Privada de este poder ya no sería la Iglesia de Cristo, porque Cristo no estaría verdaderamente presente en ella. No sería ya el sacramento de salvación del hombre. Por el contrario, afirmar que tiene el poder de perdonar es decir que la historia de la salvación continúa en ella, porque el ejercicio del perdón divino supone que la iniciativa amorosa de Dios encuentra aquí abajo un corresponsal, a saber, la Iglesia de Cristo.

Jesús ha comunicado su poder de perdonar a sus apóstoles, es decir, a aquellos que, durante todo el tiempo de la iglesia, tienen la misión de hacerla existir como Iglesia ejerciendo el ministerio que les ha sido confiado. Cuando los apóstoles o sus sucesores perdonan en nombre de Cristo, es todo el pueblo de Dios el que se encuentra comprometido en el misterio de la cruz y en el acto divino-humano de perdón que allí tomó cuerpo. La Iglesia entera, por el ministerio apostólico, está constituida en acto de misericordia en provecho de toda la humanidad. En este sentido se puede decir que el cristiano es ministro del perdón (Mt 18, 15-18; Sant 5, 16).

Pero si es verdad que todos los miembros del Cuerpo de Cristo participan, en su lugar, en la obra eclesial de misericordia, todos, sin ninguna excepción, tienen también que someterse al poder eclesial del perdón; todos son pecadores y deben apelar al perdón de Dios. El bautismo ha marcado ya en cada uno de ellos el signo inviolable del perdón divino; pero el bautizado, aún pecador, ha recibido la competencia requerida para someterse al poder de las llaves.

En toda la extensión de su acción sacramental y eucarística, la Iglesia ejerce su misericordia con respecto a sus miembros. Lo hace más particularmente por medio del sacramento de la penitencia. En este encuentro sacramental Dios se presenta al hombre que confiesa su pecado como el padre del hijo pródigo, que no piensa más que en preparar el festín familiar; en el mismo momento la Iglesia entera se hace partícipe con Dios en este perdón al reintegrar al penitente a la comunidad eclesial.

MAERTENS-FRISQUE
NUEVA GUIA DE LA ASAMBLEA CRISTIANA VI
MAROVA MADRID 1969.Pág. 114


3-3. SO/SIGNO-SENSIBLE:

-Jesús subió a una barca, cruzó a la otra orilla y llegó a Cafarnaúm, su ciudad.

Después de su viaje a territorio pagano vuelve a su país.

-Le presentaron un paralítico echado en un catre. Viendo la fe que tenían, Jesús dijo al paralítico: "¡Animo, hijo! Se te perdonan tus pecados".

Mientras Marcos (2, 4) y Lucas (5, 19) insertan aquí los detalles de la camilla bajada desde el techo después de levantar algunas tejas... Mateo, más sobrio, va directamente a lo esencial, el perdón de los pecados.

Es la primera vez que Mateo menciona este tipo de poder.

Hasta aquí hemos visto a Jesús curando enfermos, dominando los elementos materiales, venciendo los demonios; y he aquí que ¡también perdona los pecados! No debo pasar rápidamente sobre estas palabras ni sobre la actitud de Jesús que ellas expresan. ¿Qué pensaste entonces, Señor, cuando por primera vez dijiste "se te perdonan tus pecados"'?

-Entonces algunos escribas o letrados dijeron interiormente: "Este blasfema".

Es Verdad que ese poder está reservado a Dios. Pues el pecado atañe a Dios ante todo.

Al hombre moderno, en general, le cuesta entrar en esta concepción. Vemos, más o menos, que el mal nos atañe, que somos nosotros los dañados por él. Constatamos que, a veces, son los demás los dañados, que les hace mal. Pero es importante captar que también Dios es vulnerable, en cierta manera.

Es una cuestión de amor.

Porque nos ama. Dios se deja "herir" por nuestros pecados. Señor, haz que comprendamos esto mejor. Para que comprendamos mejor también el perdón que nos concedes.

-Para que veáis que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados, dijo entonces al paralítico:

Ponte en pie, carga con tu catre y vete a tu casa.

Los escribas pensaban que la enfermedad estaba ligada a un pecado. Jesús denunció esa manera de ver (Jn 9, 1-41) "ni él ni sus parientes no pecaron para que se encuentre en este estado". Pero Jesús usa aquí la visibilidad de la curación corporal, perfectamente controlable, para probar esa otra curación espiritual, la del alma en estado de pecado.

Los sacramentos son signos visibles que manifiestan la gracia invisible. En el sacramento de la Penitencia, el encuentro con el ministro, el diálogo de la confesión y la fórmula de absolución, son los "signos", del perdón.

Hoy, uno se encuentra, a menudo con gentes que quisieran reducir esta parte exterior de los sacramentos -"¡confesarse directamente a Dios!"- De hecho, el hombre necesita signos sensibles. Y el hecho que Dios se haya encarnado es el gran Sacramento: hay que descubrir de nuevo el aspecto muy humano del sacramento.

Jesús pronunció fórmulas de absolución -"tus pecados son perdonados"-, hizo gestos exteriores de curación -"levántate y vete a tu casa"-.

De otro modo, ¿cómo hubiera podido saber el paralítico, que estaba realmente perdonado?

-Al ver esto el gentío quedó sobrecogido y alababa a Dios, que da a los hombres tal autoridad.

El final de la frase de Mateo es ciertamente intencionada.

Amplía voluntariamente la perspectiva: no se trata solamente del "poder" que Jesús acaba de ejercer... sino también del que ha confiado a "unos hombres", en plural.

Mateo vivía en comunidades eclesiales donde ese poder de perdonar era ejercido, de hecho, por pobres pecadores, a quienes se les había conferido ese poder, pero al fin y al cabo, hombres ¡como los que iban a pedir el perdón! La Iglesia es la prolongación real de la Encarnación: como Jesús es el gran Sacramento -el Signo visible-de-Dios... así la Iglesia es el gran Sacramento visible de Cristo. La Iglesia es la misericordia de Dios para los hombres.

NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 2
EVANG. DE PENTECOSTES A ADVIENTO
EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág. 50 s.


3-4. Misa votiva por el perdón de los pecados

EN ESTE MUNDO NO HAY PECADO QUE MIL AÑOS DURE

En aquel tiempo, subió Jesús a una barca, cruzó a la otra orilla y fue a su ciudad. Le presentaron un paralítico en una camilla. Viendo la fe que tenían, dijo al paralítico: «¡Animo, hijo! tus pecados están perdonados». Algunos letrados se dijeron: «Éste blasfema». Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dijo: «¿Por qué pensáis mal? ¿Qué es más fácil, decir: "Tus pecados están perdonados", o decir: "Levántate y anda "? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados dijo, dirigiéndose al paralítico: "Ponte en pie, coge tu camilla, y vete a tu casa "». El paralítico se puso en pie y se fue a su casa. Al ver esto, la gente quedó sobrecogida y alababa a Dios, que da a los hombres tal poder.

En aquel momento histórico, los judíos, relacionaban el desastre, la desgracia y la enfermedad con el mal moral. Dios, para ellos, pagaba ahora y aquí según la conducta personal o familiar. Esto era sumamente grave y peligroso para cualquier hombre pues uno consigue ser lo que cree que es. Tenemos la capacidad de hacer que la imagen que sustentamos de nosotros mismos llene toda nuestra conciencia y si uno se cree pecador, imagínate. . .; de ahí nacen las castas de intocables, contaminantes y despreciables. Jesús, con la expresión: «¡Animo hijo!, tus pecados están perdonados», abre a la esperanza al paralítico.

No hay pecado que sea imperdonable porque no hay situación de la que el hombre no pueda salir. Nadie puede descender demasiado bajo para Dios. Por muy podrido que uno esté, por mucho asco que se dé a sí mismo y a los demás, Dios puede con él.

La fe, ese don o regalo que Dios da al hombre, si es auténtica, es capaz de llevarle a la conversión, a la reorientación de su vida y de su marcha hacia la felicidad, hacia la salvación. Y como para Dios el valor de un hombre no está en función de su pasado, de lo que ha hecho, sino de su futuro, de lo que puede alcanzar a ser, su pasado queda perdonado. Dios valora el futuro y perdona el pasado. Dios no juzga lo que hemos sido, sino lo que vamos a ser y por eso la muerte, el momento de la muerte, es el momento moral por excelencia, a partir del cual uno ya no puede cambiar, pero mientras hay vida hay esperanza de crecimiento, de cambio, de conversión y por tanto de perdón.

Algunos de los letrados se dijeron: «Éste blasfema».

Se pone en evidencia que el Dios de Jesús no era el dios de los dirigentes de su pueblo. Tenían lecturas distintas.

También nosotros corremos el peligro de hacernos un Dios a nuestra medida; con toda honradez debemos pararnos a escrutar y discernir quién es nuestro Dios, cómo es: ¿El que predicó Jesús, o una caricatura de él hecha a nuestro uso y manera? Debemos autoexaminarnos para ver si, como los letrados, en vez de tener ideas propias y pensar por nosotros mismos somos esclavos de un sistema ideológico que nos piensa y piensa por nosotros. Si esto ocurre y siempre que ocurra esto, el hombre cae en un fanatismo fundamentalista que le lleva a la autodestrucción o al cataclismo de hacerle matar por amor a Dios, en nombre de Dios y para servirle.

La gente quedó sobrecogida y alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad.

Resulta apasionante tratar de vivir y de hacer vivir al auténtico Dios, al Dios Padre; ese Dios que la debilidad humana, demasiado a menudo, ha deformado y olvidado.

BENJAMIN OLTRA COLOMER
SER COMO DIOS MANDA
Una lectura pragmática de San Mateo
EDICEP. VALENCIA-1995. Págs. 54-56


3-5.

1. (año I) Génesis 22,1-19

a) En verdad «Dios puso a prueba a Abrahán». Hemos escuchado una patética escena, una de las más famosas de la Biblia: Abrahán, por ser fiel a Dios, está dispuesto a sacrificar a su propio hijo.

No hace falta recordar que Isaac es el hijo de la promesa, al que durante tantos años había esperado. ¿No le había asegurado Dios, una y otra vez, que su pueblo iba a ser numeroso como las estrellas del cielo? Y ahora le pide que se lo sacrifique. Antes había renunciado a su buena posición en Ur. Era como ofrecerle el pasado. Ahora está dispuesto a renunciar a su hijo. Es la negación del futuro. Dios es consciente de la prueba que le pide a su amigo: se trata de «tu hijo único, al que tanto amas».

Tal vez, con este relato el autor del Génesis busque desautorizar ante los israelitas todo sacrificio humano, costumbre bastante extendida en las culturas vecinas. Pero, sobre todo, es la fe de Abrahán la que se pone de relieve.

No es extraño que la Carta a los Hebreos ponga a Abrahán como modelo de fe y de disponibilidad ante Dios: «Por la fe, Abrahán, sometido a la prueba, presentó a Isaac como ofrenda, y el que había recibido las promesas, ofrecía a su unigénito. Pensaba que poderoso era Dios aun para resucitar de entre los muertos» (Hb 11,17-19).

b) ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a ser fieles a Dios o a seguir a Cristo en su estilo de vida?

¿Seguimos a Cristo cuando todo va bien, o también cuando nos parece que no sale el sol y no le vemos sentido a lo que hacemos, aunque sepamos que es voluntad de Dios? ¿le seguimos sólo el domingo de Pascua o también el Viernes de la cruz, cuando la enfermedad o los fracasos o la fatiga ocultan la presencia del Señor en nuestra vida? ¿somos capaces de salir de nuestro Ur, de la situación a la que nos habíamos acostumbrado, y de sacrificar nuestro Isaac, lo que más amamos en la vida? ¿somos capaces de asumir la postura de Abrahán -«Dios proveerá»-, sin rebelarnos interior o exteriormente?

Hoy podemos espejarnos en esta gran figura del AT. La primera Plegaria Eucarística, al ofrecer el sacrificio de Cristo y el nuestro a Dios, dice: «acéptala (nuestra ofrenda) como aceptaste el sacrificio de Abrahán, nuestro padre en la fe». Si nos mostramos tan disponibles ante Dios, también nosotros tendremos descendencia numerosa y podremos decir con el salmo: «caminaré en presencia del Señor en el país de la vida... El Señor guarda a los sencillos; estando yo sin fuerzas me salvó».

Pero, sobre todo, miremos a Jesús, que sí llegó hasta la muerte en su solidaridad y en su entrega, y subió al monte llevando la cruz, como Isaac la leña para el fuego, camino del monte Moría. Jesús es el modelo acabado de fidelidad, el que va por delante de todos en la fe: «corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe, el cual, en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios... No desfallezcáis faltos de ánimo» (Hb 12,1-4).

1. (Año II) Amós 7,10-17

a) La voz del profeta Amós resulta incómoda para Jeroboam, el rey, y para Amasías, sacerdote del templo de Betel. Por eso le persiguen.

El sacerdote Amasías, que se ve que se daba por aludido, le invita a que se marche del reino del Norte, que se vuelva al Sur, de donde provenía, y que profetice allí, si quiere.

Amós se defiende. Él no es profeta por interés, como si buscara así un modo de ganarse la vida. Si está profetizando, es porque Dios le ha llamado, no porque él lo haya buscado.

No puede dejar de obedecer a Dios: «el Señor me dijo: ve y profetiza a mi pueblo de Israel». Y con valentía, sin dejarse acobardar por las amenazas, sigue anunciando los castigos de Dios para con los dirigentes del pueblo, por su corrupción y su materialismo.

b) Desde siempre, los profetas verdaderos son perseguidos, porque dicen, no lo que el pueblo o sus gobernantes quieren escuchar, sino lo que ellos creen que es la voz de Dios.

Por eso, tanto en el AT como en el NT, en la historia antigua y en la moderna, se les quiere hacer callar o se les destierra o se les elimina sin más. Como a Cristo Jesús, el profeta por excelencia.

Lo cual nos da lecciones en dos sentidos. Ante todo, los cristianos somos llamados a dar testimonio de Cristo y de su evangelio en medio del mundo de hoy, y tendríamos que ser valientes y diáfanos en ese testimonio, aunque resulte contra corriente y podamos ser perseguidos o mal comprendidos.

Con nuestro testimonio no nos buscamos a nosotros mismos, ni las ventajas económicas o sociales. Sino que buscamos el bien de los demás, tal como lo quiere Dios, aunque nos comporte dificultades. Cuando quisieron hacer callar a Pedro, que estaba dando testimonio de Cristo ante el pueblo, él respondió a las autoridades que debía obedecer a Dios y no a los hombres.

Por otra parte, cuando también a nosotros alguien nos pueda decir una palabra profética, o sea, cuando alguien ejercite con nosotros ese raro y precioso servicio de la corrección fraterna, deberíamos saber aceptar su voz como venida de Dios y pensar en qué puede tener razón. Lo mismo, cuando a la Iglesia o a la humanidad una voz profética les recuerde los caminos que Dios quiere, y no los de la moda de turno. La reacción debería ser de humilde acogida, sin echar mano de las mil excusas que se nos ocurren siempre que nos dicen algo incómodo.

Lo que tenemos que buscar en nuestra vida no es la comodidad o el interés propio, sino la voluntad de Dios. Con el salmo tenemos que recordar que «los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos... Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón».

2. Mateo 9,1-8

a) De vuelta del territorio pagano de los gerasenos, en Cafarnaúm le presentan a Jesús un paralítico. Mateo no recuerda, como Marcos, el detalle de que tuvieran que descolgar la camilla desde el techo de la casa. Jesús no sólo le cura, sino que le perdona los pecados, con gran escándalo de los letrados y «sabios» que le escuchaban.

La salvación que Cristo quiere para la humanidad es integral, de cuerpo y de espíritu. El signo externo -la curación de la parálisis- es el símbolo de la curación interior, la liberación del pecado. Como tantas otras veces en sus milagros.

Después de la tempestad calmada y de la curación de los endemoniados, que leíamos en los dos días anteriores, hoy Jesús nos muestra su poder sobre el mal más profundo: el pecado.

b) ¿Cuántas veces nos ha curado Cristo a nosotros, diciéndonos «ponte en pie y camina»?

Todos sufrimos diversas clases de parálisis. Por eso nos gozamos de que nos alcance una y otra vez la salvación de Jesús, a través de la mediación de la Iglesia. Esta fuerza curativa de Jesús nos llega, por ejemplo, en la Eucaristía, porque somos invitados a comulgar con «el que quita el pecado del mundo». Y, sobre todo, en el sacramento de la Reconciliación, que Jesús encomendó a su Iglesia: «a los que perdonareis los pecados les serán perdonados».

Jesús nos quiere con salud plena. Con libertad exterior e interior. Con el equilibrio y la alegría de los sanos de cuerpo y de espíritu. Ha venido de parte de Dios precisamente a eso: a reconciliarnos, a anunciarnos el perdón y la vida divina. Y ha encomendado a su Iglesia este mismo ministerio.

Esta sí que es buena noticia. Como para dar gracias a Dios por su amor, y por habernos concedido en su Hijo, y en la Iglesia de su Hijo, estos signos de su misericordia. También nosotros, como la gente que presenció el milagro de Jesús y su palabra de perdón, reaccionamos con admiración siempre nueva: «la gente quedó sobrecogida y alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad».

«Por haber hecho eso, por no haberte reservado tu hijo, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes» (1ª lectura I)

«Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida» (salmo I)

«La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos» (salmo II)

«Animo, hijo, tus pecados están perdonados» (evangelio)

J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 5
Tiempo Ordinario. Semanas 10-21
Barcelona 1997. Págs. 101-104


3-6.

Primera lectura : Amós 7, 10-17 Ve y profetiza a mi pueblo.

Salmo responsorial : 18, 8.9.10.11 Los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos.

Evangelio : Mateo 9, 1-8 La gente alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad.

El Evangelio de Mateo nos presenta la curación que Jesús hace de un paralítico. Por el poder de Dios, Jesús le perdona al paralítico sus pecados y los letrados y otras personalidades que le escucharon se escandalizaron y le miraron como un blasfemo.

Jesús interpela a los que están hablando mal de lo que ha hecho y los pone en una difícil situación al preguntarles qué cosa es más fácil decir: "¿tus pecados te son perdonados, o levántate y anda?".

Dios conoce lo profundo de las personas, y sabe que la invalidez profunda del paralítico que le han presentado es fruto del pecado manifestado en su egoísmo, en su incapacidad para servir, en su desamor. Jesús sabe muy bien que para que el paralítico se levanten de la camilla es necesario hacer de él una persona nueva, y por lo tanto es necesario el perdón de sus pecados.

A la orden dada por Jesús al paralítico de levantarse y de caminar, sus piernas vuelven a tomar vida porque su espíritu ha sido purificado, ha sido limpiado. El milagro que Jesús ha hecho es el de la liberación interior que se proyecta inevitablemente hacia afuera. Jesús realiza este milagro porque el hombre tullido tenía fe en Jesús y tenía deseos de comenzar una vida nueva que girara en torno al servicio y en medio de la comunidad, que lo recibirá y que dará testimonio de el cambio que Dios ha realizado en su interior.

SERVICIO BIBLICO LATINOAMERICANO


3-7.

Génesis 22, 1-19: Te colmaré de bendiciones

Salmo responsorial: 114

Mateo 9, 1-8: Tus pecados quedan perdonados

Mateo nos narra el milagro de la curación del paralítico, en medio de una discusión de Jesús con los letrados sobre el poder que él tiene para perdonar los pecados. Esta idea se menciona tres veces en el texto (vv. 2. 5. y 6). De igual manera el texto nos dice que Jesús se admira de la fe que tenían, es decir, porque reconocían la cercanía del Reino de Dios, lo cual suponía dar fe al que lo anunciaba, a Jesús. En este relato, la fe se describe como el deseo que tiene el paralítico y los que lo llevan de aproximarse a Jesús y logran obtener de él su acción salvífica, la cual presupone disponibilidad y apertura para el cambio de vida que es condición para ser parte del Reino de Dios.

Esta disposición funda las palabras que Jesús dirige al paralítico: "¡Animo, hijo!, tus pecados te son perdonados". Estas palabras están llenas de cariño y afecto, y expresan el ámbito universal de su mensaje que no hace diferencias entre hombres y pueblos porque su mensaje rompe con las barreras que ha puesto Israel al considerarse pueblo elegido y por tanto los únicos hijos de Dios.

El milagro es una obra en respuesta a la fe, en este caso del paralítico. Por otra parte, la fe en Jesús es una confesión implícita del pecado y de la disposición al arrepentimiento. Las enfermedades, los dolores y aflicciones de la condición humana eran consideradas consecuencia del pecado, y el perdón de los pecados suprime las raíces del mal. Las palabras de Jesús son sorprendentes. Se habría esperado que hubiera curado al paralítico, pero lo que hace es declarar perdonados sus pecados. Teniendo en cuenta lo anterior, se podría decir que la parálisis no es tanto una invalidez física cuanto una invalidez del espíritu del hombre provocada por el peso de su propio pecado. De esta manera, el milagro es algo más que una manifestación maravillosa; es, ante todo, un símbolo y una prenda del proceso salvífico que se ha iniciado en Jesús. Esta concepción del milagro escandaliza a los letrados que ven en las palabras de Jesús una afirmación de prerrogativas divinas.

Ante la actitud de los letrados Jesús responde: ¿qué es más fácil: decir que se perdonan los pecados o mandar al enfermo que se levante y camine?. Con esto Jesús hace algo completamente nuevo: que el paralítico se levante tome su camilla y regrese a su casa. Todos son signos de salud total, del paso de la muerte a la vida y de esta manera volver a caminar es volver a vivir. La curación del paralítico es la prueba decisiva de la autoridad de Jesús y el rechazo a la acusación de blasfemia. Jesús demostrará sin lugar a dudas que Dios está con él y él con Dios.

El mensaje de este texto afirma que Dios, por su amor universal, a través de Jesús, ofrece su Reino a todos los hombres por igual, sin distinción de pueblo o raza. Por la cercanía a Jesús queda borrado el pecado del hombre que lo paraliza y se le comunica un nuevo espíritu que lo levanta y lo hace caminar. El relato, de igual manera, muestra la resistencia e incredulidad de los letrados judíos ante este mensaje y la nueva vida, por el perdón de sus pecados, que aparece en el que se suponía indigno y excluido del Reino.

SERVICIO BIBLICO LATINOAMERICANO


3-8. claretianos 2002

Si no creyéramos que Amós es un enviado de Dios no podríamos tolerar sus palabras. Resultan tan duras, tan poco complacientes, que casi invitan más a una reacción airada que a una conversión profunda. Pero hay algo en el fragmento de hoy que me resulta luminoso. Amós no habla así por simple indignación ética o porque arrastre traumas de la infancia o porque haya hecho mal la digestión. Él no presume de profeta ni exhibe su condición para humillar a los demás. Se considera simplemente un pastor y un cultivador de higos. Pero ha experimentado en carne propia el fuego de Dios. Lo dice sin tapujos: "El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo de Israel". Él denuncia y anuncia porque se siente empujado. Es algo superior a sus fuerzas. Tiene conciencia de que a él no se le hubiera ocurrido por sí mismo meterse en esos líos. Toda profecía es siempre un lío en el que nos mete Dios.

El evangelio juega con dos niveles de rehabilitación: el nivel físico y el nivel espiritual. Uno es metáfora del otro. Perdonar es ayudar a alguien a ponerse en pie. Me encanta el modo como lo presenta el evangelio de Mateo. Jesús perdona los pecados a un paralítico. De entrada, uno tiene la impresión de que no hay ninguna relación directa entre la situación (la parálisis física) y la acción de Jesús (el perdón de los pecados). Pero, leyendo el texto, caemos en la cuenta de que cuando se sana la raíz, toda la persona queda sanada. Jesús no es un simple curandero, sino un sanador que nos rehabilita en nuestro centro personal herido por el pecado. Estas palabras suenan un poco "religiosas", pero no es difícil conectarlas con experiencias de deterioro y de frustración que se dan en nuestras vidas. Un pensador se atrevió a decir que la única doctrina cristiana verificable empíricamente es la del pecado original.

Gonzalo Fernández , cmf (gonzalo@claret.org)


3-9. 2001

COMENTARIO 1

v. 1: Subió a una barca, cruzó a la otra orilla y llegó a su propia ciudad.

Dos veces han aparecido ya paralíticos en este evangelio (4,24; 8,6). Ahora va a explicar Mateo la causa de la parálisis y el poder de Jesús para curarla. El «paralítico», el hombre incapaz de toda ac­tividad, es el muerto en vida. Curar a un paralítico es dar al hom­bre la posibilidad de caminar, de elegir su vida, de ejercer su actividad.

v. 2: En esto, intentaban acercarle un paralítico echado en un catre. Viendo la fe que tenían, Jesús dijo al paralítico:

-¡Animo, hijo! Se te perdonan tus pecados.

Son varios los que presentan el paralítico a Jesús, y Jesús «ve» su fe. Sin embargo, se dirige sólo al paralítico para anunciarle que sus pecados están cancelados. «Los pecados» en Mateo significan el pasado pecador del hombre, antes de su encuentro con Jesús. La fe en Jesús, que es la adhesión a él y a su mensaje, cancela el pasado pecador del hombre, le da una nueva oportunidad de vida; significa un nuevo comienzo.

Existe en el texto una aparente in­coherencia: mientras Jesús «ve la fe de ellos», dirige sus palabras únicamente al paralítico. Dado que la fe es la que obtiene la libe­ración del pasado, esto significa que la figura del paralítico incluye las de sus portadores; representa así a los hombres en su condi­ción de muerte y en su deseo de salvación. Los portadores expresan el anhelo por encontrar salvación en Jesús; el paralítico, la situación concreta de los hombres. Jesús lo exhorta a confiar («Ani­mo») y lo llama «hijo», término que se aplica a los israelitas (15,26). Jesús considera a este hombre como miembro de Israel.

vv. 3-5: Entonces algunos letrados se dijeron: Éste blasfema.4Jesús, consciente de lo que pensaban les dijo: 5¿Por que pensáis mal? A ver, ¿qué es mas fácil decir: «se te perdonan tus pecados» o decir «levántate y echa a andar»? 6Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados...

Aparecen los letrados hostiles a Jesús, cuya enseñanza se apoya en la tradición. Sin expresarlo en voz alta, juzgan que Jesús blasfema, es decir, que insulta a Dios atribuyéndose una función divina. Jesús intuye lo que piensan y los desafía proponiendo la curación del paralítico como prueba de su autoridad para perdo­nar pecados. El sujeto que posee la autoridad es «el Hombre» (cf. 8,20), el Hijo de Dios (3,16s), que es el «Dios entre nosotros» (1,23). La doctrina sobre la trascendencia de Dios había excavado tal abismo entre él y los hombres, que resultaba imposible para los letrados admitir que el Hombre pudiese tener condición divina. La autoridad de Jesús es universal, se ejerce «en la tierra», lugar de habitación de la humanidad.

vv. 5b-8: le dijo entonces al paralítico: -Levántate, carga con tu catre y vete a tu casa. 7El hombre se levantó y se marchó a su casa. 8Al ver esto, las multitudes quedaron sobrecogidas y alababan a Dios, que ha dado a los hombres tal autoridad.

Con sola su palabra cura al para­lítico. La curación significa el paso de la muerte a la vida («levántate», verbo aplicado a la resurrección en 27,63.64; 28,6.7). El hom­bre, muerto por sus pecados, no solamente es liberado de ellos, sino que empieza a vivir. La fuerza del argumento propuesto por Jesús («para que veáis») está en esto: la vida y libertad que él comunica al hombre (hecho constatable) prueban que éste ya no depende de su pasado (cancelar los pecados), sino que es dueño de lo que antes lo tenía atado (carga con tu camilla).

Los circunstantes son «multitudes» determinadas, alusión a las que lo siguieron después del discurso en la montaña (8,1). Su reacción es de temor y, al mismo tiempo, de alegría. Alaban a Dios por haber concedido tal autoridad «a los hombres». Esta última expresión, en paralelo con «el Hijo del hombre», muestra que «el Hijo del hombre» es una condición que puede extenderse a otros. De hecho, como aparecerá más tarde, el destino del «Hijo del hombre» será el de sus dis­cípulos (16,24s); su autoridad será comunicada a los suyos (18,18).


COMENTARIO 2

El texto nos dice que Jesús se admira de la fe que tenían los que llevaban al hombre paralítico; es decir, reconocían la cercanía del Reino de Dios, lo cual suponía dar fe al que lo anunciaba, a Jesús.

Esta disposición funda las palabras que Jesús dirige al paralítico: "¡Animo, hijo!, tus pecados te son perdonados". Estas palabras están llenas de cariño y afecto y expresan el ámbito universal de su mensaje que no hace diferencias entre hombres y pueblos porque su mensaje rompe con las barreras que ha puesto Israel al considerarse pueblo elegido y por tanto los únicos hijos de Dios.

El milagro es una obra en respuesta a la fe, en este caso del paralítico. Por otra parte, la fe en Jesús es una confesión implícita del pecado y de la disposición al arrepentimiento. Las enfermedades, los dolores y aflicciones de la condición humana eran considerados consecuencia del pecado, y el perdón de los pecados suprime las raíces del mal. Las palabras de Jesús son sorprendentes. Se habría esperado que hubiera curado al paralítico, pero lo que hace es declarar perdonados sus pecados. Teniendo en cuenta lo anterior, se podría decir que la parálisis no es tanto una invalidez física cuanto una invalidez del espíritu del hombre provocada por el peso de su propio pecado. De esta manera, el milagro es algo más que una manifestación maravillosa; es, ante todo, un símbolo y una prenda del proceso salvífico que se ha iniciado en Jesús. Esta concepción del milagro escandaliza a los letrados que ven en las palabras de Jesús una afirmación de prerrogativas divinas.

Ante la actitud de los letrados, Jesús responde: ¿qué es más fácil: decir que se perdonan los pecados o mandar al enfermo que se levante y camine? Con esto Jesús hace algo completamente nuevo: que el paralítico se levante, tome su camilla y regrese a su casa. Todos son signos de salud total, del paso de la muerte a la vida; y de esta manera volver a caminar es volver a vivir. La curación del paralítico es la prueba decisiva de la autoridad de Jesús y el rechazo a la acusación de blasfemia. Jesús demostrará sin lugar a dudas que Dios está con él y él con Dios.

1. J. Mateos-F. Camacho, El evangelio de Mateo. Lectura comentada, Ediciones Cristiandad, Madrid

2. Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)


3-10. 2002

Luego de su incursión por Gadara, país pagano del otro lado del lago, Jesús regresa a su “ciudad” (9, 1), término que indica primeramente Cafarnaún pero también engloba a todo Israel. Y las oposiciones y resistencias a la actuación de Jesús suscitadas en el país extranjero estarán presentes en su propia patria. La primera de ellas surgirá a propósito de la curación de un paralítico.

El v. 2 presenta a un enfermo que, llevado por otras personas, se acerca a Jesús. Portadores y paralítico son considerados como una unidad como se refleja en una cierta incoherencia de la construcción: Jesús “ve” la fe de los portadores, pero se dirige sólo al paralítico para anunciarle el perdón de los pecados. Por tanto, todos ellos representan la humanidad en búsqueda de salvación. En las palabras de Jesús se revela la causa de la parálisis ligada al pecado, al pasado pecador del hombre que ha hecho de él un muerto en vida, un ser incapaz de toda acción. Por ello Jesús se dirige a él pidiéndole confianza: “ánimo” y anunciándole el perdón de sus pecados. El acercamiento a Jesús con fe ofrece al hombre esclavizado por el pecado una nueva posibilidad de existencia.

Enfermo y portadores representan, por tanto, la doble condición de los hombres sometidos a la parálisis y en búsqueda de salvación a la que Jesús responde con una Palabra poderosa.

Pero esta situación es el punto de partida que desencadena una controversia entre Jesús y sus adversarios, los “letrados”. Estos piensan en su interior que la afirmación de Jesús constituye una blasfemia (v. 3). Aunque, sin manifestarlo, consideran que Jesús se arroga una prerrogativa que corresponde sólo a Dios. Y Jesús, que conoce el interior de los corazones, sale al encuentro de ese “mal pensamiento”.

La curación de la parálisis es presentada entonces como prueba de la autenticidad de la prerrogativa de Jesús que los escribas discuten. Este poder está ligado al Hijo del Hombre, Dios con nosotros, en quien Dios se ha acercado a la humanidad. El Dios lejano de la mente de los escribas debe ceder su lugar al Dios cercano que cura al paralítico. Este pasa así de la muerte a la vida como se indica por el uso de uno de los verbos típicos de la resurrección: “levántate”.

En esta curación de la parálisis del enfermo se puede constatar visiblemente que el hombre es liberado de su pasado pecador que había encadenado su vida y adquiere la plena libertad de actuación. Por ello puede ponerse en pie (“resucitar”) y reiniciar una vida plena en libertad frente a los demás.

El versículo conclusivo (v. 8) señala la admiración de la multitud. Pero el punto que desencadena esa admiración es el poder que Dios ha concedido a “los hombres”. Con ello se produce una extensión de la prerrogativa concedida a Jesús que alcanza, de esa forma a los miembros de su comunidad. La autoridad de Dios en Jesús podrá ser ejercida por los discípulos de éste, por los integrantes de la comunidad de sus seguidores.

Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)


3-11. Jueves 3 de julio de 2003
Tomás

Ef 2, 19-22:Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles
Salmo: 116, 1-2
Jn 20, 24-29: ¡Señor mío y Dios mío!

En el evangelio de Juan (11,16), Tomás comparte con Jesús la voluntad de morir con él si fuese necesario y anima a los otros discípulos a hacerlo; por eso es denominado como "mellizo", esto es, parecido a Jesús. Sin embargo, aunque Tomás se había mostrado decidido a morir con Jesús, no oteaba el horizonte de vida que aguardaba a su maestro después de la muerte. Por esto no cree las palabras de los discípulos, cuando le anuncian que han visto a Jesús e, incrédulo, pone una condición que no llegará a cumplir: verlo y tocarlo para creer. Para Tomás, todo acaba con la muerte; la muerte no es, como para Jesús, un paso (que esto significa "pascua") hacia la vida definitiva que se manifiesta en la resurrección.

Ocho día después, Jesús se muestra a la comunidad, esta vez con Tomás, y se dirige a él para invitarlo a cumplir su deseo de tocarlo; a cambio tendrá que escuchar también un reproche de labios del Maestro. Al oír las palabras de Jesús, Tomás no siente ya necesidad de tocar y pronuncia la exclamación que define mejor a Jesús resucitado: “¡Señor mío y Dios mío!”. Jesús es Señor de Tomás, pero su señorío no consiste en dominar al discípulo, sino en servirlo ("Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y con razón, porque lo soy. Pues si yo el Señor y el Maestro os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros, Jn 13,13-14). Jesús también es Dios- la primera vez que se le llama así en el Evangelio-, esto es, el proyecto de ser humano plenamente realizado, el ser humano tan abierto a la divinidad que se funde con Dios mismo, que se hace Dios y es Dios en persona, amor puro que ha entregado su vida por todos, como Dios. Y este es el modelo de Tomás que lo llama “Dios mío”.

[Pero la experiencia de Tomás no es ejemplar. Una vez muerto Jesús, a él no se llega por la vista o por el tacto, sino viviendo la experiencia del amor mutuo en la comunidad. Éste es el único camino seguro de acceso a él. Por eso Jesús pronuncia una última bienaventuranza: “¡Dichosos los que, sin haber visto, han llegado a creer". Esta bienaventuranza va dirigida a todos nosotros que tenemos que descubrir en la práctica del amor al prójimo la presencia viviente del Dios amor y de su mejor manifestación: Jesús, Señor y Dios nuestro. ]

SERVICIO BÍBLICO LATINOAMERICANO