SÁBADO DE LA SEMANA 12ª DEL TIEMPO ORDINARIO
1.- Gn 18, 1-15
1-1. CR/PEREGRINO RISA/IRONIA
Guardémonos, pues, del peligro "turístico" que nos haría pensar que los nómadas son los otros. Todos somos nómadas en el sentido de que todos caminamos y de que al mismo tiempo se nos invita a acoger a los que pasan y que tienen sed, a los que tienen hambre, a los que necesitan que se les lave los pies, a los que esperan bendiciones. "Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre a mí me recibe" (Mt 18, 5). Esta es ya la escena de Mambré.
Es un nómada, mi cónyuge fatigado por las dificultades de la existencia y que espera que me acerque a él. Es un nómada, mi hijo, que duda de sí mismo, separado de mí, quizá por un tiempo y que espera, por más lejos que le vea, que me lance hacia él. Es un nómada, mi colaborador que tiene problemas familiares y que espera de mí las palabras que devuelven el valor o simplemente ser escuchado con una auténtica simpatía. "Quien a vosotros recibe, a mí me recibe y el que me recibe, recibe a Aquel que me ha enviado" (Mt 10, 40). Señor, tú vienes a nuestra vida, no a través de las abstracciones sino de las personas que se hallan en camino. Y se trata desde luego de la experiencia de Abrahán cuando acoge a esos tres viajeros que sólo son uno, para tornarse tres... tres personas... un Dios.
Y como la capacidad de acogida de Abrahán se dobla tanto por su estado de nómada como por sus disposiciones interiores, corre desde la entrada de la tienda al encuentro de los visitantes. Y es él quien les ruega, es él quien les pide la gracia de aceptar ser acogido por ellos, por ti. "Señor mío, te lo ruego, si he hallado la gracia ante tus ojos, no pases por favor ante tu servidor sin detenerte" (Gn 18, 3). Entonces, en esta admirable inversión de papeles, el acogido se torna acogedor, el acogedor se deja acoger; he aquí Señor, que pides hospitalidad, que te reúnes con tu hijo en su pobreza fundamental. ¿Y cuál es la pobreza fundamental para un hombre de ese tiempo, oriental por añadidura, en quien el sentido de la fecundidad se halla tan desarrollado como el de la acogida? La pobreza fundamental consiste en no tener hijos. Desde luego hubo, hace ya largo tiempo, ese promesa inicial: "Alza los ojos al cielo y cuenta, si puedes, las estrellas... tal será tu posteridad" (Gn 15). Pero eso tuvo que ser una ilusión de juventud porque ahora resulta fisiológicamente imposible tanto para Abrahan como para Sara. Abrahán y Sara permanecen, pues, encerrados, en esa su pobreza, en ese estado en que no hablan ya entre ellos pero están abiertos a los demás, sin retorno sobre sí mismos y sobre el final de sus esperanzas. Pero lo que es imposible a los hombres resulta posible a Dios. ¿Cuál es en la Biblia el signo concreto de la omnipotencia? Dar un hijo a quien no puede tenerle. Porque tu poder se expresa en la gratuidad de tu gracia.
Tu amor se manifiesta gratuitamente hacia Ana y se produce el nacimiento de Samuel; tu amor se manifiesta gratuitamente hacia Isabel y Zacarías y se produce el nacimiento de Juan el Bautista; tu amor se manifiesta gratuitamente hacia la Humanidad entera y se produce el nacimiento de Cristo Jesús, tu hijo, nuestro Señor.
Entonces llega el momento de la realización de tu promesa y del signo de tu gracia todopoderosa en favor de Abrahán y de su raza para siempre. "En el plazo de un año volveré y Sara tendrá un hijo" (Gn 18, 10). Y Abrahán, como hombre habituado a confiar, como amigo de Dios, confía sin saber cómo sucederá. Pero Sara ríe, oculta tras el velo de la tienda. Sé que se han dado explicaciones de todo género a esa risa del escepticismo y del sarcasmo. La mejor prueba, creo, reside en la mala fe de Sara, que se defiende como puede, más mal que bien: " "No, no me he reído", dice" (Gn 18, 15).
Esta risa es la risa destructiva; la que rechaza las promesas, corta los impulsos; aquella por la cual nos dañamos unos a otros ahogando a través de la ironía toda apertura a la gracia, toda capacidad para entrar en el plan de Dios. "Mi pobre Abrahán, te dejas "atiborrar la cabeza". No eres ni siquiera capaz de darme placer. Ya no eres más que un anciano que no sirve para gran cosa". Los hombres y las mujeres saben reír con esta risa sarcástica. Tú conoces bien, Señor, que todos poseemos esa capacidad para destruir con una risa burlona cualquier anuncio hecho de tu parte al corazón de nuestro prójimo. No sólo las parejas poseen esa capacidad de autodestruirse; la tienen todos tus hijos, desde nuestra madre Eva y el fruto del árbol prohibido. Por ejemplo: un hombre que se siente llamado a la oración regular y al que se esposa le dice: "¡Tú, tú que ni siquiera eres capaz de ocuparte de mí unos instantes al día!". Un hijo que anuncia todo feliz a sus padres que va a trabajar durante un trimestre; "Ya nos hiciste esa misma promesa en el mes de abril del año pasado". Un responsable parroquial que espera un aumento de ayuda de los laicos "comprometidos" y una pareja que se burla a sus espaldas: "Nunca dejará de llevar la batuta en todo". Un hombre penetrado de un gran sentimiento de solidaridad hacia los enfermos que realiza visitas constantes a los hospitales y su mejor amigo que se burla: "Todo el mundo sabe que engaña a su mujer". Alguien que ha descubierto en un grupo de oración carismática hasta qué punto la oración del cuerpo es verdaderamente oración y que ahora tiende con todo su corazón las manos al cielo rezando el Padrenuestro mientras que sus vecinos se dan codazos: "¿Verdad que parece que está pidiendo limosna?". Una muchacha que ha escuchado la llamada para entrar en el monasterio de las hermanas de Belén: "¿De qué sirve eso?" Podía contentarse con militar en tal o cual movimiento o con hacerse enfermera".
Y así tus llamadas a todo progreso espiritual, a todo compromiso personal, tropiezan con la ironía, con la risa sarcástica, con el recuerdo sin indulgencia de nuestras debilidades, con nuestra razón razonada y cáustica. "¿Pero existe algo demasiado maravilloso para Yahvé?" (Gn 18, 14). ¿Hay algo demasiado maravilloso para ti? Dame el vivir de la esperanza como Abrahán y Sara, el vivir lo imposible con mis hermanos, como tú nos convidas a hacerlo; lo imposible en ellos, lo imposible en mí. Que se me haga como tú dices. Porque tú eres el Dios de lo imposible.
ALAIN
GRZYBOWSKI
BAJO EL SIGNO DE LA ALIANZA
NARCEA/MADRID 1988.Pág. 52ss
1-2. CIELO/RISA:
Tres sonrisas: la de Abraham (XVII, 17), la de Sara (XVIII, 12) y Ia de Ismael (XXI, 9); en relación con este tercer caso, efectivamente que la traducción pone con frecuencia "juguetear", pero se trata siempre de la misma palabra. Estas son otras tantas alusiones al nombre de Isaac, forma abreviada de Yshq-EI, que significa «Que Dios sonría, que sea favorable».
La sonrisa de Abraham expresa una cierta incredulidad ante la enormidad de la promesa; «la sonrisa nace del contraste», ha escrito Bergson. Sin embargo, la sonrisa de Abraham es ya una alegría ante la realidad maravillosa de la cual no puede dudar una vez que ha recibido la promesa de Yahvé. En Sara la sonrisa (XVIII, 12) no es carencia de fe ya que ella no conoce la identidad del huésped que le habla; esta anciana mujer no hace más que divertirse un poco ante aquella promesa que ella considera como un deseo vano e irrealizable. Sin embargo, no está muy segura de esta su sonrisa, puesto que muy pronto mentiría para disculparse (v. 15).
Cuando la promesa se hubo cumplido, su sonrisa se convierte en una amplia risa de alegría (XXI, 6) que será comunicada, y ella lo sabe y lo afirma, a todos cuantos comprenderían la importancia del acontecimiento.
Simplemente divertida o realmente gozosa, la sonrisa nace, en cualquier caso, del contraste entre la conducta de Dios y nuestras previsiones humanas. Dios es siempre para nosotros inesperado, sorprendente, maravilloso. He ahí por qué el cielo, cara a cara ante Dios, nos hará «dichosos»; «el cielo, decía un viejo predicador, será una gran explosión de risa y pasarán varios siglos antes de que logremos reponernos».
El filósofo judío Filón ve en Isaac el tipo de la alegría, de una alegría puramente natural, casi sin esfuerzo, recibida como un regalo. «Para él Isaac representa la virtud perfecta, que es un don natural, por oposición a Jacob, que señala el esfuerzo moral, y a Abraham, el esfuerzo intelectual... Los títulos que Filón concede a Isaac caracterizan su excelencia: solamente él es «idea sin pasión», «raza dichosa», «gracia perfectísima», «obra del Increado». Isaac es de este modo el prototipo de la perfección. El es quien posee la perfecta «apaceia», que permanece totalmente extraño a las cosas sensibles, y esto no por esfuerzo, sino por naturaleza... La virtud es obrada en él directamente por el Increado, por el Padre del universo. El realiza, pues, la dicha perfecta» (DANIELOU, Sacramentum futuri. Beauchesne, 1950, p. 112).
Filón escribe: «Es Dios el creador de la risa y de la alegría, de tal forma que no es necesario pensar que Isaac es obra de la generación, sino más bien de la creación del Increado. Si, en efecto, Isaac significa risa, es Dios quien causa esta risa según el testimonio de Sara (Gén. XXI, 6: Dios me ha concedido de qué reírme), y por consiguiente El debe ser llamado con toda lógica Padre de Isaac» (FILON, Quod. det., 124). Que Isaac sea una figura de Jesús aparecerá más claramente en el episodio bien conocido y tan conmovedor del sacrificio de Isaac.
Abraham es impelido a pronunciar esta palabra que transciende a los siglos y de la cual él mismo sin duda alguna no realiza todo el contenido profético: «Es Dios quien proporcionará el cordero» (Gén. XXII, 8).
Jesús se manifiesta como el verdadero objeto de la promesa hecha al patriarca, la verdadera causa de su alegría, el Isaac espiritual, cuando dice: "Abraham, vuestro padre, se regocijó pensando en ver mi día; lo vio y se alegró" (Jn. VIII, 56). El «Día de Jesús» es su advenimiento; Jesús se apropia de este modo una expresión reservada a Dios en el Antiguo Testamento: «el Día de Yahvé».
Abraham vio «el Día de Jesús» en un acontecimiento profético, "desde lejos" como dice San Pablo a los hebreos: «En la fe murieron todos sin recibir el objeto de las promesas, pero viéndole y saludándolo desde lejos» (Heb. XI, 13). «El acontecimiento visto aquí es, sin duda alguna, el nacimiento de Isaac, ya que la risa de Abraham con ocasión del nacimiento de Isaac era interpretada por la tradición judía como el signo de una gran alegría. Jesús, por consiguiente, hace afluir aquí hacia su persona, como hacia su fuente, "la alegría mesiánica".
L.
HEUSCHEN
LA BIBLIA CADA SEMANA
EDIC. MAROVA/MADRID 1965.Pág 22
1-3.
-En la encina de Mambré se apareció el Señor a Abraham, que estaba sentado a la puerta de su tienda. Era la hora más calurosa del día.
Una escena muy bella, muy simple y fácil de imaginar.
Es así como Tú nos sorprendes, Señor, si estamos disponibles: en pleno mediodía, en el centro de nuestras jornadas, en el marco familiar de nuestras vidas.
El largo caminar de Abraham está marcado por hitos, por puntos de referencia, por encuentros. Con frecuencia, como nosotros, tuvo que caminar de noche, sin verte, sin comprender. Y luego, de vez en cuando dabas una señal a Abraham, tu amigo. Hacías que sintiera tu proximidad.
Ibas a él en la banalidad ordinaria de un pequeño suceso en apariencia. Un acontecimiento que era preciso descifrar y que otros no lo hubieran quizá interpretado así.
-Vio a tres individuos de pie ante él.
Aparentemente son seres humanos, nómadas que van de paso.
La acogida. La hospitalidad. El servicio prestado. El amor fraterno. La atención al otro. El don de sí. ¡Cuidado! no faltéis a la cita, es Dios que pasa. El texto bíblico dice «el Señor se apareció»: eres Tú el que se presenta a la entrada de la tienda, pero bajo la forma de tres viajeros misteriosos .
El famoso icono de Rubliev no ha dudado en pintar las tres personas de la Trinidad a través de los desconocidos de este relato.
¿Tras de qué rostro te presentarás HOY, Señor? ¿Sabré encontrarte, a la entrada de mi tienda, hacia el mediodía?
-Les sirvió agua, pan, un becerro tierno y sabroso, leche...
Hace preparar para ellos lo mejor que tiene, aquello que necesitan. Aquello que quizá esperaban, porque era mediodía.
¿Que esperan HOY de mí, los que viven conmigo?
-La risa de Sara.
Trato de imaginarme esa risa algo trémula, esa alegría que estalla, que ilumina el rostro de ¡esa ancianita de noventa años! ¡No! es imposible; esos tres viajeros desconocidos están locos anunciando que Sara tendrá un hijo dentro de un año. Ríe porque le cuesta creer en esa promesa ridícula. Ríe también porque es feliz.
¿Es que hay algo demasiado maravilloso para el Señor? ¡Tal es la respuesta de Dios a la risa de Sara!
En efecto, Dios propone siempre al hombre más de lo que éste se atreve a esperar. ¡Quieres, Señor, para nosotros, más de lo que queremos! Vas más allá de nuestros deseos.
Tenemos un corazón demasiado pequeño.
A través de esta «vida», concedida más allá de las leyes humanas, nos significas que quieres darnos una «vida» a la que no tenemos derecho. «Es que hay algo demasiado maravilloso para el Señor?» Quiero meditar esta palabra.
Sí, lo creo, Señor. Tú quieres colmarnos. Tú quieres darnos mucho más de lo que te hemos pedido... pero frecuentemente «de otro modo».
La vida terrestre, la que se desarrolla «junto a la encina de Mambre» o en otro lugar, la que ve nacer los niños en las familias... ¡es ya tan hermosa! Pero, ¡qué será la vida «maravillosa» que nos tienes destinada!
NOEL
QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 5
PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO
DE LOS AÑO IMPARES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág. 150 s.
2-1.
Es muy conveniente que al terminar esa sección histórica del Libro de los Reyes, la Iglesia nos proponga una página de un «hombre inspirado», que nos recuerda que hay dos niveles en la historia.
--El nivel de los hechos que las crónicas y los periódicos pueden describir y narrar...
--El nivel de la aventura espiritual, el que unos testigos pueden vivir en el hondón de sí mismos, en el interior mismo de esos acontecimientos.
-El Señor ha destruido sin piedad todas las moradas de Jacob... Ha derruido, en su favor, todas las fortalezas de la hija de Judá... En tierra están sentados, silenciosos, los ancianos... Han derramado polvo sobre su cabeza... Las doncellas de Jerusalén inclinan su cabeza hacia la tierra... Se agotan de lágrimas mis ojos, tiemblan mis entrañas por el desastre de la hija de mi pueblo, porque desfallecen niños y lactantes por las calles de la ciudad: Dicen a sus madres: «¿Dónde hay pan?»
Es un gran poeta el que ha escrito esto. Y un corazón sensible. Y un hombre de Dios. Es solidario de las desgracias que se han abatido sobre su pueblo... Incluso si este pueblo es culpable. ¡Y lo es! Incluso si ya había anunciado esas desgracias. ¡Y lo hizo con valentía!
Lo que resulta más trágico es pensar que esta página no es solamente la descripción de un suceso del pasado: HOY también, es posible, Señor, en nuestra época de abundancia en ciertos países, HOY, en el mundo muchísimos niños gritarán pidiendo pan, o arroz, o mandioca... y sus madres no sabrán qué decirles.
Con Jeremías puedo llorar yo también.
En todo caso no tengo derecho a quedarme tranquilo, sin hacer nada.
-¿Qué puedo decirte? ¿A quién te compararé, hija de Jerusalén? ¿Quién podría sanarte?
Sí, hay que interrogarse. Con esas preguntas. Y con otras.
-Tus profetas tuvieron visiones locas y engañosas.
Los falsos profetas son los que llevan a todo un pueblo a la desgracia, los hay también en todos los tiempos.
Señor, danos verdaderos profetas.
-Que tu corazón clame al Señor... Como agua, tu corazón se derrame ante el rostro del Señor... Alza tus manos hacia El...
Una invitación a la oración.
Si otra cosa no es posible que no falte ésta.
Pero hay algo a hacer según nuestros medios y responsabilidades. Porque la oración nos transforma para adoptar los puntos de vista de Dios. Sí, el sufrimiento existe. Es inútil taparse los ojos.
Pero hay que creer que no es la última palabra de la historia.
Jerusalén está destruida. Todo es luto y miseria.
Pero no está todo perdido, mientras un hombre como Jeremías esté ahí: el diálogo con Dios continúa, y la vida volverá a su curso.
NOEL
QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 4
PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO
DE LOS AÑOS PARES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1984.Pág. 150 s.
3.- Mt 8, 5-17
3-1.
-Al entrar Jesús en Cafarnaúm se le acercó un centurión o capitán del ejército romano, y le rogó diciendo...
El primer milagro había sido para un miembro del pueblo de Dios... excluido por su lepra. El segundo será en favor de un pagano. ¡Todo un programa! El movimiento misionero de la Iglesia ya está presente. La salvación de Dios no está reservada a unos pocos. Dios ama a todos los hombres; su amor rompe las barreras que levantamos entre nosotros. Jesús hace su segundo milagro ¡en favor de un capitán del ejército de ocupación! ¡en favor de un oficial de las fuerzas del orden! ¡en favor de un pagano! Los romanos eran mal vistos por la población: muchos judíos fieles escupían al suelo, en señal de desprecio, después de haberles adelantado en el camino.
Señor, es a este centurión despreciado que vas a escuchar, complacer y alabar.
Prescindes del "¿qué dirá la gente?", no aceptas nuestras divisiones ni nuestros racismos ni estrecheces de corazón. Tu corazón es universal, misionero.
Contemplo ese corazón que ama a todos los hombres.
-Señor, mi criado está echado en casa con parálisis, sufriendo terriblemente.
Ejemplo de plegaria: este hombre expone simplemente la situación; describe la dolencia; y lo más notable es que habla en favor de otro, de su criado.
¿Es así mi plegaria? ¿Qué parte ocupa en mi vida la plegaria de intercesión? Mi tendencia ¿es quizá rezar sólo para mí?
-Jesús contestó: Yo mismo iré y le curaré.
Disponibilidad, respuesta inmediata. Compromiso de toda su persona para servir a un desconocido.
-Señor, yo no soy quién para que entres bajo mi techo, pero basta una palabra tuya para que mi criado se cure.
Humildad profunda. Este pagano es muy consciente de que la ley judía le rechaza; esto debe dolerle. Sin embargo no quiere poner a Jesús en una situación de "impureza legal". Y, por delicadeza, quiere evitarle que entre en su casa.
Que mi plegaria no sea agresiva, Señor, como si pudiera exigirte lo que te pido. Dame la humildad de ese pagano:
"Yo no soy quién, yo no soy digno".
-Porque yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes; y si digo a uno que se vaya, se va; y a otro que venga, y viene...
Este hombre subraya el valor de la "palabra" del que tiene autoridad.
-Al oír esto Jesús se admiró y dijo a los que le seguían: "En verdad os digo que en ningún israelita he encontrado tanta fe."
Se trataba, sin embargo, de una fe muy elemental, una fe principiante, inicial. Este hombre no da ningún contenido doctrinal a su Fe, es un simple afecto global a Jesús. Pero Jesús sabe apreciar esta fe inicial.
Señor, ayúdanos a saber ver y apreciar los más mínimos inicios de la fe en el corazón de nuestros hermanos.
-Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente a sentarse a la mesa con Abraham... En cambio a los ciudadanos del Reino los echarán afuera...
Profecía: Jesús ve la entrada de los paganos en la Iglesia.
Rezo por todos aquellos que se quedan aún esperando, por todos los que no se saben invitados al festín de Dios, a la mesa de Dios.
-Luego dijo Jesús: "Ve, que te sea otorgado lo que has creído".
La Fe. Ella introduce al Reino.
Aumenta nuestra fe, Señor; y haz que todos los hombres la descubran y la vivan.
NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 2
EVANG. DE PENTECOSTES A ADVIENTO
EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág. 42 s.
3-2.
1. (Año I) Génesis 18,1-15
a) La escena que leemos hoy es la famosa aparición de Dios a Abrahán junto a la encina de Mambré, la escena que inmortalizó Rublev en su icono trinitario.
Son tres hombres, pero, a veces, parece que es uno solo. Son ángeles, pero en algunos momentos del diálogo parece que es el mismo Dios. Abrahán les dedica su mejor hospitalidad y escucha en recompensa de nuevo, y ya como inminente, la promesa de la descendencia.
Si ayer se sonreía Abrahán, hoy la que se ríe es Sara. Es lógico que acojan con un cierto escepticismo, entre la duda y la alegría, la promesa de su descendencia, dada su edad. Sara, además, muestra su curiosidad escuchando la conversación de su marido con los huéspedes, y aparece un poco mentirosa, negando que se haya reído, asustada por haber sido descubierta.
Pero el que sonríe con bondad es Dios. Isaac significa «la sonrisa de Dios», o «Dios ríe».
b) Abrahán sigue siendo modelo de fe y de acogida de la voluntad de Dios.
En Barcelona se ha creado, después de los Juegos Olímpicos de 1992, la parroquia de san Abrahán. Como retablo, detrás del altar, aparecen los símbolos de la encina de Mambré y los tres platos que el patriarca dispuso para sus visitantes. Es bueno que lo tengamos como un santo al que imitar. En el NT, tanto Pablo como el mismo Jesús, lo ensalzan por su fe y descartan que todos fuéramos descendientes suyos en disponibilidad ante Dios.
Dios nos visita misteriosamente. Saberlo descubrir en los peregrinos o en las personas o en los acontecimientos es todo un arte y una sabiduría de fe cristiana. También nosotros nos llevaremos sorpresas como Abrahán cuando oigamos: «estaba hambriento y me diste de comer», porque Jesús se nos acerca ahora en la persona del prójimo.
Por otra parte, Dios parece que tiene un gusto particular en elegir para su obra salvadora a personas débiles, a matrimonios ancianos y estériles: la madre de Sansón, la de Samuel, la de Juan el Bautista, y aquí, Sara. Pero a estas personas les pide una actitud de entrega y fe total. Entonces, por débiles que sean sus fuerzas humanas, Dios hace cosas grandes.
Por eso el «salmo» de hoy es nada menos que el Magníficat de María de Nazaret, que alaba a Dios y recuerda la promesa hecha a Abrahán: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque ha mirado la humildad de su sierva... como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abrahán y su descendencia para siempre».
El Catecismo aproxima a María a la figura de Abrahán: «Abrahán es el modelo de obediencia que nos propone la Sagrada Escritura. La Virgen María es la realización más perfecta de la misma» (CEC 144). Los «testigos de la fe son Abrahán, que creyó, esperando contra toda esperanza; la Virgen María que, en la peregrinación de la fe, llegó hasta la noche de la fe» (CEC 165). «Abrahán, por su fe, se convirtió en bendición para todas las naciones de la tierra. Por su fe, María vino a ser madre de los creyentes» (CEC 2676).
Si acogemos la visita de Dios, también a nosotros nos nacerán hijos, y la Iglesia progresará en su maternidad y tendrá vocaciones y su evangelización de este mundo tendrá éxito, lo mismo que Abrahán y Sara tuvieron a su esperado hijo Isaac, y María de Nazaret dio al mundo al Mesías anunciado por los siglos.
1. (Año II) Lamentaciones 2,2.10-14.18-19
a) La última página del repaso histórico que hemos ido escuchando estas semanas la tomamos del Libro de las Lamentaciones, y es verdaderamente triste.
Se trata de un canto patético de dolor: la ciudad destruida, los ancianos silenciosos, las lágrimas en los ojos de todos, los niños desfallecidos de hambre. Pero el autor del libro invita al pueblo a dirigirse a Dios con su oración y sus manos alzadas al cielo.
La oración se la pone en los labios el salmo, que, por una parte, sigue describiendo con trazos plásticos la desgracia del pueblo y, a la vez, le invita a elevar a Dios estas palabras: «no olvides sin remedio la vida de tus pobres... acuérdate de la comunidad que adquiriste desde antiguo, que el humilde no se marche defraudado».
b) Muchas veces, tenemos que levantar nuestras manos hacia Dios y «lamentarnos», como los judíos, de situaciones que nos pueden parecer dramáticas.
Cuando interpretamos nuestra historia personal de dolor o las desgracias de la comunidad cristiana o de la sociedad humana desde la fe, nos volvemos más humildes, y acudimos con mayor confianza a Dios, que es el único que tiene las claves de la historia y el que sigue queriendo nuestra salvación. Muchos de los salmos que rezamos, tomados de la historia del AT, nos sirven para expresar, también ahora, nuestros sentimientos, ayudándonos a leer la historia con sentido religioso, sin perder nunca del todo la esperanza.
La oración universal de la misa es una letanía en la que pronunciamos, delante de Dios, las deficiencias de nuestro mundo, y decimos con confianza: «te rogamos, óyenos». La de Israel era una situación límite. Las nuestras tal vez también nos lo parezcan. ¿Es que Dios se olvida de nosotros? ¿es que su salvación se aleja o era un espejismo? La oración nos hace recapacitar sobre nuestras debilidades y sobre la grandeza y la bondad de Dios. Israel encontró en él la salvación. También nosotros. Y «decir» nuestra triste historia en la presencia de Dios no es dejarle a él todo el trabajo, sino que nos compromete a colaborar, con su ayuda, en la solución de los males de nuestro mundo.
2. Mateo 8,5-17
a) Ayer leíamos la curación del leproso, cuando Jesús bajaba del monte del sermón. Hoy escuchamos dos milagros más: en favor del criado (o, tal vez, del hijo) de un centurión y de la suegra de Pedro.
El militar es pagano, romano, o sea, de la potencia ocupante. Pero la gracia no depende de si uno es judío o romano: sino de su actitud de fe. Y el centurión pagano da muestras de una gran fe y humildad. Jesús alaba su actitud y lo pone como ejemplo: la salvación que él anuncia va a ser universal, no sólo para el pueblo de Israel. Ayer curaba a un leproso, a un rechazado por la sociedad. Hoy atiende a un extranjero. Jesús tiene una admirable libertad ante las normas convencionales de su tiempo. Transmite la salvación de Dios como y cuando quiere.
Con la suegra de Pedro no dice nada, sencillamente, la toma de la mano y le transmite la salud: «se le pasó la fiebre».
b) Jesús sigue ahora, desde su existencia de Resucitado, en la misma actitud de cercanía y de solidaridad con nuestros males. Sigue cumpliendo la definición ya anunciada por Isaías y recogida en el evangelio de hoy: «Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades».
Quiere curarnos a todos de nuestros males. ¿Será un criado o un hijo el que sufre, o nosotros los que padecemos fiebre de alguna clase? Jesús nos quiere tomar de la mano, o decir su palabra salvadora, y devolvernos la fuerza y la salud. Nuestra oración, llena de confianza, será siempre escuchada, aunque no sepamos como.
Antes de acercarnos a la comunión, en la misa, repetimos cada vez las palabras del centurión de hoy: «no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme». La Eucaristía quiere curar nuestras debilidades. Ahora no nos toma de la mano, o pronuncia palabras. El mismo se hace alimento nuestro y nos comunica su vida: «el que come mi Carne permanece en mí y yo en él... el que me come vivirá de mí, como yo vivo de mi Padre».
«Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador» (salmo I)
«¿Por qué, oh Dios, nos tienes siempre abandonados? No olvides sin remedio la vida de tus pobres» (salmo Il)
«Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo: basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano» (evangelio)
J.
ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 5
Tiempo Ordinario. Semanas 10-21
Barcelona 1997. Págs. 82-85
3-3.
Primera lectura : Lamentaciones 2, 2.10-14.18-19 Grita al Señor, laméntate, Sión.
Salmo responsorial : 73, 1-2.3-5a.5b-7.20-21 No olvides sin remedio la vida de tus pobres.
Evangelio : Mateo 8, 5-17 Vendrán muchos de oriente y occidente y se sentaran con Abraham, Isaac y Jacob.
Estos versículos nos relatan dos milagros de Jesús, la curación del criado del centurión y la curación de la suegra de Pedro. Dos milagros realizados a personas excluidas por la ley, menospreciadas por el rol que desempeñan en la sociedad. El verdadero milagro en estos acontecimientos es la liberación de los seres humanos al sentir la presencia de Dios cercana a ellos.
El centurión que pide a Jesús que sane a su siervo, consciente de ser pecador y excluido por la ley judía, se declara indigno. Pero es un hombre lleno de fe, cree en la misericordia y el poder de Jesús, y por eso se atreve a dirigirse a él.
El otro milagro es realizado en una mujer enferma y mayor. El texto no recrea mucho el acontecimiento, pero cuenta cómo Jesús se acerca a ella y la cura; al sentirse sana, la mujer se incorpora al grupo. Ese mismo día curó a varios enfermos.
Lo milagroso de los milagros es la liberación profunda de la humanidad. A través de ellos se realiza también una verdadera sanación más allá de la enfermedad física: Jesús demuestra con ellos que para Dios no hay marginados. El centurión, la mujer y los otros enfermos que le traían recibían a Jesús como una revelación que los curaba, les devolvía la vida activa, los ponía en pie, los incorporaba a la comunidad, los humanizaba. Al sanar Jesús a la mujer, relegada por el mero hecho de ser mujer, la incorpora al grupo, la hace compañera de apostolado, activa su espíritu para ponerla al servicio de la iglesia...
La fe abre las puertas que conducen a la cercanía de Dios y de su Hijo. Sin la fe es posible el milagro de descubrir a Dios en el interior de los seres humanos. Jesús con sus milagros sana a la humanidad desde dentro, quita las barreras que pone la exclusión y la marginación, acerca al ser humano a Dios. El milagro de los milagros es la mirada amorosa de Dios a la humanidad, que busca su liberación.
SERVICIO BIBLICO LATINOAMERICANO
3-4.
Gn 18, 1-15: ¿Hay algo difícil para el Señor?
Sal 1, 46-50.53-55
Mt 8, 5-17: Muchos vendrán del este y del oeste...
El texto que nos presenta Mateo está dividido en tres partes: vv. 5-13, vv. 14-15, vv. 16-17, que expresan cómo la salvación no sólo llega a Israel, sino también al mundo pagano.
Los vv. 5-13 contienen el diálogo entre Jesús y un oficial de la legión Romana en Cafarnaum. Estos oficiales o centuriones estaban al frente de un grupo de 100 hombres y estaban a cargo de pequeños puestos locales de guarnición. El centurión pide a Jesús la curación de uno de sus hombres que está paralítico, sufriendo mucho. Jesús quiere ir a curarlo, pero el centurión no se lo permite, pone toda su confianza en el poder de Jesús, su palabra le basta, no necesita manifestaciones extraordinarias ni grandes acciones que corroboren su capacidad de obrar la salvación. El mismo toma su propia posición como ejemplo ilustrativo: tiene hombres bajo su autoridad y ellos le obedecen instantáneamente.
De esta manera el centurión hace entender que si la disciplina militar es capaz de conseguir que las cosas se hagan en virtud de una palabra, lo más seguro es que Jesús lo puede todo con la autoridad que ha recibido de Dios.
La actitud del centurión causa admiración en Jesús y su respuesta pone en contraste la incredulidad de los judíos con la fe del pagano carente de toda instrucción. Esta fe que Jesús exige es un impulso de confianza y de abandono por el cual el hombre renuncia a apoyarse en sus pensamientos y sus fuerzas, para abandonarse a la palabra y al poder de Aquel en quien cree. De igual manera, la sentencia en tono escatológico que Jesús pronuncia, quiere comparar la alegría del tiempo mesiánico con la imagen de un banquete donde los gentiles serán admitidos a sentarse junto con los verdaderos israelitas en la misma mesa del banquete mesiánico preparado por Dios.
En los vv. 14-15 encontramos la curación de la suegra de Pedro. El texto dice que se encuentra postrada en cama y con fiebre, pero no dice que esté enferma y que Jesús la sanó. Sólo insiste que ella tiene fiebre y que esta fiebre le impide toda actividad y en particular el servicio a los demás, característica de los que siguen a Jesús, servicio que ejercerá apenas la fiebre desaparezca. Liberar de la fiebre significa capacitar para el servicio, para el seguimiento, para asumir la causa de Jesús en la construcción de su Reino a través del amor entre los miembros de la comunidad.
Finalmente en los vv. 16-17, el texto nos dice que Jesús expulsó a los espíritus de los endemoniados y sanó a los enfermos, tomando nuestras flaquezas y cargando con nuestras enfermedades. Jesús sana y libera sin poner condiciones. Curar equivale a procurar un remedio en el ámbito de la vida física. No incluye una solución radical a la situación de empobrecimiento que genera la estructura social, porque la solución sólo se dará cuando se construya una nueva sociedad. Mientras tanto, Jesús no se desentiende del dolor de los hombres, por eso los sana y los libera de los malos espíritus asumiendo el papel de Mesías, "tomando sobre sí nuestros dolores nos rescató con su propio sufrimiento expiatorio".
SERVICIO BIBLICO LATINOAMERICANO
3-5.
COMENTARIO 1
vv. 5-13. Jesús vuelve a Cafarnaún, ciudad donde se había instalado (4,13). La
escena que sigue tiene relación con la anterior. El centurión pagano es también
religiosamente impuro, por no pertenecer al pueblo de Israel. No se debía
entablar conversación con paganos ni mucho menos ir a su casa (cf. Hch 10,28).
El pagano ruega a Jesús por un criado que tiene en casa paralítico con grandes
dolores. Después del episodio del leproso, que muestra que Jesús no respeta las
prohibiciones de la Ley sobre lo impuro, hay que interpretar la reacción de
Jesús como positiva: está dispuesto a ir a casa del pagano y curar al enfermo.
La salvación que Jesús trae es universal y no reconoce fronteras entre hombres o
pueblos. El centurión, en su respuesta, se declara indigno de recibir en su casa
a Jesús. Es consciente de su inferioridad como pagano, pero eso le da ocasión
para mostrar la calidad de su fe. Acostumbrado a ser obedecido, ve en Jesús una
autoridad absoluta capaz de sacar al hombre de la parálisis. No hay acción de
Jesús con el enfermo, el centurión le pide solamente una palabra. Alude Mt a la
misión entre los paganos, que, sin haber tenido contacto directo con Jesús,
experimentan la salvación que de él procede. El hecho de no ir a la casa
adquiere entonces todo su relieve. La presencia física de Jesús no es necesaria.
La salvación de los paganos se realizará a través del mensaje.
La fe del pagano suscita la admiración de Jesús y da pie al contraste con la
poca adhesión que encuentra en Israel. Jesús ve que su mensaje va a suscitar
mejor respuesta entre los no judíos que entre los israelitas.
El banquete es símbolo del reino de Dios. La curación del criado del centurión
va a mostrar que la salvación se extiende a los no judíos. Aparecen éstos en el
reino en unión con los tres patriarcas, que presiden el banquete. Los paganos se
incorporan al pueblo de Israel.
Los israelitas, que tenían derecho prioritario para entrar en el reino, por su
falta de fe, es decir, por no reconocer en Jesús al «Dios entre nosotros»
(1,23), serán excluidos del reino. «El llanto y el rechinar de dientes» es una
figura usada por Mt para indicar la frustración definitiva (cf. 13,42). La fe en
Jesús es condición necesaria y suficiente para ser ciudadanos del reino; se
derriba la barrera entre Israel y los otros pueblos.
Jesús responde al centurión y su palabra tiene eficacia inmediata (13). En el
contexto de la misión entre los paganos, Mt muestra la eficacia de la
palabra/mensaje de Jesús para sacar al hombre de su estado sin esperanza.
vv. 14-15. Pedro es llamado por su sobrenombre, ya mencionado en 4,18. «Servir a
Jesús» (= colaborar con Jesús) se ha afirmado de «los ángeles» en el desierto
(4,11). Este es el efecto de la curación. La situación de la suegra antes de
ser curada es equivalente a la de un paralítico (cf. 9,2), es decir, está
imposibilitada para toda actividad. «La fiebre» impide la actividad, su ausencia
permite colaborar con Jesús. Esta oposición muestra el sentido teológico de la
perícopa. «La fiebre», mencionada dos veces (en gr. con verbo y sustantivo de la
misma raíz), se asimila por su etimología al «fuego» (gr. pur; fiebre:
puressousa, puretos). Esta fiebre/fuego que impide colaborar con Jesús en la
obra a que llama (4,19: «pescadores de hombres), ha de ponerse en relación con
«el fuego» mencionado tres veces por Juan Bautista (fuego del castigo,
3,10.11.12; cf. Eclo 48,1.3.9). «La suegra» representa, pues, al grupo humano al
que Pedro se ha vinculado libremente y que profesa la concepción mesiánica
propia del Bautista, la de un Mesías reformista violento, que ejercería
inmediatamente un juicio sobre los malvados o pecadores (cf. el «fuego/celo de
Elías», Eclo 48,12.4; 1 Re 19,10.14). La curación de «la suegra» representa el
intento de Jesús de liberar a Pedro de esa concepción que le impediría el
verdadero seguimiento. Basta su contacto «en la mano/brazo», símbolo de la
actividad, para liberarla. La perícopa cuadra bien en este contexto, donde Jesús
acaba de derribar la barrera que separaba a puros de impuros (2-4), a israelitas
de paganos (5-13). Para la misión pagana que va a comenzar, es necesario
liberar al discípulo de su mentalidad nacionalista.
vv. 16-17. Efecto de la palabra de Jesús, ya expuesto antes (vv. 8.13) a
propósito de la curación del pagano y que se verificará después (8,32) con unos
endemoniados también paganos. La fuerza de Jesús está presente en su palabra.
«Los espíritus» son agentes que despersonalizan al hombre y que Mt aún no
define. Jesús cura a todos los enfermos. Mt ve en esto el cumplimiento de Is
53,4, que trata del Siervo de Yahvé. No se atiene, sin embargo, ni al texto
hebreo ni a los LXX; modifica significativamente el texto del profeta (hebreo:
«soportó nuestros sufrimientos y cargó con nuestros dolores»; griego: «él lleva
nuestros pecados y sufre por nosotros»); habla simplemente de «tomar/quitar»
(para el sentido de bastazô en aoristo, cf. 3,11). El contexto del cántico del
Siervo, que trata de sus sufrimientos y muerte (Is 52,13-53,12), muestra que Mt
alude a la pasión y muerte de Jesús; será entonces cuando él quite las dolencias
y enfermedades de la humanidad. Aparece el sentido que Mt quiere dar a las
curaciones: son expresión de la salvación integral que efectuará Jesús.
COMENTARIO 2
La actitud del centurión causa admiración en Jesús y su respuesta pone en
contraste la incredulidad de los judíos con la fe del pagano carente de toda
instrucción. Esta fe que Jesús exige es un impulso de confianza y de abandono
por el cual el hombre renuncia a apoyarse en sus pensamientos y sus fuerzas,
para abandonarse a la palabra y al poder de Aquel en quien cree. De igual
manera, la sentencia en tono escatológico que Jesús pronuncia, quiere comparar
la alegría del tiempo mesiánico con la imagen de un banquete donde los gentiles
serán admitidos a sentarse junto con los verdaderos israelitas, en la misma mesa
del banquete mesiánico preparado por Dios.
En los vv. 14-15 encontramos la curación de la suegra de Pedro. El texto dice
que se encuentra postrada en cama y con fiebre, pero no dice que está enferma y
que Jesús la curó. Sólo insiste en que ella tiene fiebre y que esta fiebre le
impide toda actividad y en particular el servicio a los demás, característica de
los que siguen a Jesús, y que dicha actividad se ejercerá apenas la fiebre
desaparezca. Liberar de la fiebre significa capacitar para el servicio, para el
seguimiento, para asumir la causa de Jesús en la construcción de su Reino a
través del amor entre los miembros de la comunidad.
Finalmente, en los vv. 16-17, el texto nos dice que Jesús expulsó a los
espíritus de los endemoniados y curó a los enfermos, tomando nuestras flaquezas
y cargando con nuestras enfermedades. Jesús cura y libera sin poner condiciones.
Curar equivale a procurar un remedio en el ámbito de la vida física. No incluye
una solución radical a la situación de empobrecimiento que genera la estructura
social, porque la solución sólo se dará cuando se construya una nueva sociedad.
Mientras tanto, Jesús no se desentiende del dolor de los hombres, por eso los
cura y los libera de los malos espíritus asumiendo el papel de Mesías: "tomando
sobre sí nuestros dolores nos rescató con su propio sufrimiento expiatorio".
1. J. Mateos-F. Camacho, El evangelio de Mateo. Lectura comentada, Ediciones Cristiandad, Madrid
2. Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)