Tercera palabra. Como hemos de inclinar nuestras orejas y
de
las malas revelaciones del demonio
Es
tanta la alteza de las cosas de Dios y tan baja nuestra razón, y fácil de ser
engañada, que para seguridad y salvación nuestra, ordenó Dios salvarnos por
fe, y no por nuestro saber. Lo cual no hizo sin muy justa causa, porque, pues el
mundo, como dice San Pablo, no conoció a Dios en sabiduría,
antes desatinaron los hombres en diversos errores, atribuyendo la gloria de Dios
al sol y luna y otras criaturas. Y otros ya que conocieron a Dios por rastro de
las criaturas, tomaron tanta soberbia de su rastrear y conocer
cosa tan alta, que les fue quitada esta luz por su soberbia, que el Señor por
su bondad les había dado; y así cayeron en tinieblas de idolatría y de
muchedumbre de otros pecados, como habían caído los que no conocieron a Dios,
por lo cual así como los ángeles malos, después que pecaron, no consitió
Dios, como quien queda escarmentado, que hobiese en el cielo criatura que
pudiese pecar, así viendo cuán mal las se aprovecharon los hombres de su
razón, no quiso dejar en manos de ella el conocimiento de él y salvación de
ellos, mas antes, como dice San Pablo, quiso que por la predicación de lo que
la razón no alcanza, hacer salvos no a los escudriñadores, mas a los sencillos
creyentes, por lo cual después de habernos el Espíritu Santo amonestado las
dos ya dichas palabras, oye y ve, luego nos amonesta la tercera que
dice: Inclina tu oreja.
A) Positivamente
1.
A la palabra de Dios: «toda la Sagrada Escritura»
En
la cual nos da a entender que debemos profundamente sujetar nuestra razón, y no
estar yertos en ella, si queremos que el oír y ver no nos sea ocasión
de perdición. Porque es cierto que muchos han oído palabras de Dios, y han
tenido claros entendimientos de cosas sutiles y altas, y porque se arrimaron
más a la vista que a inclinar la oreja, tornóseles la luz en ceguedad
y tropezaron en luz de mediodía como si fuera tinieblas. Por eso, ánima, que
no queréis errar en el camino del cielo, inclinad vuestra oreja, quiero
decir, vuestra razón, y no tengáis temor de ser engañada. Inclinada a la
palabra de Dios, que está dicha en toda la sagrada Escriptura, y, si no la
entendiérdes, y os pareciere que va contra vuestra razón, no penséis que
erró el Espíritu Santo que la dijo; mas sujetadle vuestro entendimiento, y
creed que por la grandeza de ella vos no la podéis alcanzar. Y mirad que manda
Dios por el profeta Esaías que nuestro recurso sea a su santa Escriptura; y que
a los que no hallaren según ella, no les nacerá la luz de la mañana. Porque
aunque en otras cosas puedan ser sabios sin tener ciencia de ella, mas tener
conocimiento de Dios y de lo que cumple a nuestra salud, no se alcanza sino por
sabiduría de la palabra de Dios.
Y
habéis de mirar que la exposición de esta Escriptura no ha de ser por seso o
ingenio de cada cual, que de esta manera qué cosa habría más incierta que
ella, pues comúnmente suele haber tantos sentidos cuantas cabezas, mas ha de
ser por la determinación de la Iglesia católica, a interpretación de los
santos de ella, en los cuales habló el mismo Espíritu Santo, declarando la
Escriptura que habló en los mismos que la escribieron. Porque de otra manera,
¿cómo se puede bien declarar con espíritu humano lo que habló el Espíritu
divino? Pues que cada Escriptura se ha de leer y declarar con el mismo espíritu
con que fue hecha. Y aunque a toda la Escriptura de Dios hayáis de inclinar
vuestra oreja con muy gran reverencia, mas inclinalda con muy mayor y particular
devoción y humildad a las benditas palabras del Verbo de Dios hecho carne,
abriendo vuestras orejas del cuerpo y del ánima a cualquier palabra de este
Señor, particularmente dado a nosotros por maestro, por voz del eterno Padre
que dijo: Este es mi amado Hijo en el cual me he aplacido, a él oíd. Sed
estudiosa de leer y oír con atención y deseo de aprovechar estas palabras de
Jesucristo. E sin duda hallaréis en ellas una excelente eficacia que obre en
vuestra ánima, la cual no la hallaréis en todas, las otras que desde el
principio del mundo Dios ha hablado ni ha de hablar hasta el fin de él.
2.
A la enseñanza de la Iglesia católica, cuya cabeza es el Papa
Ítem,
inclinad vuestra oreja a la determinación y enseñanza de la Iglesia católica,
cuya cabeza en la tierra es el Pontífice romano. Y tened por cierto, como San
Hierónimo dice, que cualquiera persona que fuera de esta obediencia y creencia
comiere el cordero de Dios, profano es. Y quienquiera que fuere hallado fuera de
esta Iglesia, necesariamente ha de perecer, como los que no entraron en el arca
de Noé fueron ahogados en el diluvio. Y contra esta Iglesia no os mueva
revelación ni sentimiento de espíritu, ni otra cosa mayor o menor, aunque
viniese ángel del cielo a lo decir, porque como dice San Pablo, esta
Iglesia es columna y firmamento de la verdad, y mora en ella el
Espíritu Santo, que ni engaña ni puede ser engañado.
Por
tanto nos os muevan doctrinas de herejes pasados, o presentes, o por venir, los
cuales desamparados de las manos de Dios, en pena de su soberbia, siguen luz
falsa, creyendo que es verdadera, y, perdiéndose ellos, son causa de perdición
de cuantos los siguen. Mirad en lo que han parado los que se apartaron de la
creencia de esta Iglesia católica y cómo fueron semejables a un ruido de
viento que presto se pasa y presto se olvida; y cómo la firmeza de nuestra fe
ha quedado por vencedora, y aunque combatida, nunca vencida, por estar
firmada sobre firme piedra, contra la cual ni lluvias, ni vientos, ni
ríos, ni las puertas del infierno pueden prevalecer. Cerrad vuestras
orejas a toda la dotrina ajena de la Iglesia y según la creencia usada y
guardada de tanta muchedumbre de años, pues sabéis de cierto que en ella han
sido salvados y santos grandísima muchedumbre de gente. Porque no veo cosa de
mayor locura que dejar un camino, del cual está cierto que los que por él han
caminado han sido sabios, y han agradado a Dios, y han ido al cielo, por seguir
a unos menores que éstos sin comparación en todas estas cosas, y solamente
mayores en la soberbia y desvergüenza de querer ser más creídos, sin prueba
ninguna, que la muchedumbre de los pasados, que tuvieron divinal sabiduría, y
excelentísima vida, y muchedumbre de grandes milagros. Esperad un poco y
veréis el fin de los malos, y como los vomitará Dios con extrema
deshonra, declarando el error de ellos, como lo hizo de los pasados y pues esto
es así, para que estéis segura de estos engaños, tomad el consejo de esta
dicha palabra: Inclina tu oreja, y sabed que, aunque es grande la
obediencia que Dios nos pide en nuestra voluntad, pues quiere que ninguna cosa
amemos sino a Él, o por Él, mas muy mayor sin comparación es la que nos
demanda en nuestro entender mandándonos que, hollada nuestra razón, nos
sujetemos a creencia de lo que ella no alcanza. Y esto, para que merezcamos ver
claramente a Dios en el cielo como Él es, pues le creímos en sus palabras a la
Iglesia, aunque nuestra razón no le alcanzase acá en el suelo, y para esta
firme y bienaventurada creencia no hay cosa que tan contraria sea como tener
entendimiento escudriñador, inquieto, dado a argumentos y razones, y ajeno de
simplicidad y humildad, y que quiere tantear las inefables cosas de Dios y de su
camino con la poquedad de su rastrear. Y acaece a éstos lo que a los que miran
de hito al sol en su luz, los cuales no sólo no ven más que antes, mas menos.
Tornáseles la luz tinieblas, no en ella, mas en los ojos de ellos, por ser tan
flacos para mirar tan excesiva copia de luz, lo cual dice así la Escriptura: El
escudriñador de la Majestad será oprimido con la gloria, como si dijese:
«El que no se sujeta a creer las cosas de Dios, mas quiere por escudriño
entenderlas, será derribado como con peso incomportable, con la altísima
gloria que quiere decir claridad que tienen las cosas de Dios que él
escudriña; y será rechazado su entendimiento, y cegado, por el sumo exceso que
hay de él a la alteza de las cosas de Dios. Y así, en lugar de la luz que
buscaba, saca tinieblas, y en lugar de ir satisfecho y con sosiego del ánima,
saca inquietud, porque no se queriendo llegar a Dios con sencilleza y humildad
de niño, no se le comunica el Espíritu Santo, que a solos los humildes se
da. Y sin él por fuerza ha de quedar el ánima fría, inquieta, llena de
dudas, y en hambre continua, diciendo después que muchos trabajos aquella voz
de filósofos cansados de su curiosidad y vacío de contentamiento: «Esto sólo
sabemos, que ninguna cosa sabemos».
Quien quisiere, pues, nadar sin ser ahogado en el abismo de las cosas de Dios, no ha menester dos ojos y dos orejas, mas uno. Acordaos como lo dice el esposo a la esposa en los Cantares: Heriste mi corazón, hermana mía, esposa, en uno de tus ojos, y mirad también que en la palabra que estamos declarando no dice el Espíritu Santo: Inclina tus orejas, sino: Inclina tu oreja, porque no con ojo de nuestra razón, mas con ojo de fe herimos de amor al corazón de Jesucristo nuestro Señor. Y no nos pide la oreja que escudriña y tantea lo que le dicen, mas la que cree con sinceridad; porque la otra no es oreja de quien quiere aprender, mas de quien se tiene por sabio aún para con Dios, no queriendo creer de Él sino lo que alcanza su ciega razón. Y aunque parece que esta oreja oye, no se inclina, pues no quiere creer lo que no entiende. Y así quédase pobre, porque, faltando la fe, ningún bien le puede dar, mas la que se inclina es enriquecida de Dios con darle su espíritu y otras innumerables mercedes que tras las humildad de fe suelen venir, con las cuales queda el ánima hermoseada en su corazón y en sus obras, a semejanza de Rebeca, hermosa doncella, a la cual le fue dado de parte de Isaac ajorcas para las manos y zarcillos para la oreja. Y, porque nos fuese más y más encomendada esta sencilla sujeción del entendimiento a las cosas de Dios, no se contentó el Espíritu Santo: Oye hija, que bien entendido quiere decir: Cree, mas añade la tercera palabra diciendo: Inclina tu oreja; para que sepan los hombres que, pues Dios no habla palabras ociosas, en decir tantas veces una misma cosa por diversas palabras, nos quiere muy de verdad encomendar este sencillo y humilde creer y decir que consiste en ello nuestra salud.
B)
Negativamente
1.
Malas revelaciones del demonio
No
es razón que pase aquí sin avisaros de un peligro que a los que caminan el
camino de Dios acaece, y a muchos ha derribado. El principal remedio del cual,
consiste en el aviso que el Espíritu Santo nos dio, mediante aquesta palabra
que dice: Inclina tu oreja. Y este peligro es ofrecerse a alguna
persona devota revelaciones o visiones, o otros sentimientos espirituales; los
cuales muchas veces, permitiéndolo Dios, trae el demonio para dos cosas: una,
para, con aquellos engaños, quitar el crédito de las verdaderas revelaciones
de Dios, como también ha procurado falsos milagros para quitar el crédito de
los verdaderos; otra, para engañar a la tal persona debajo de especie de bien,
ya que por otra parte no pueda. Muchos de los cuales leemos en los tiempos
pasados, y muchos hemos visto en los presentes, los cuales deben poner
escarmiento y dar aviso a cualquiera persona deseosa de su salud, a no ser
fácil en creer estas cosas, pues los mismos que tanto crédito primero les
daban, dejaron y avisaron, después de haber sido libres de aquellos engaños,
que se guardasen los otros de caer en ellos.
a)
ENGAÑOS PASADOS
Gersón
cuenta haber acaecido en su tiempo muchos engaños de aquesto. Y dice haber
sabido de muchos que decían y tenían por muy cierto haberles revelado Dios que
habían de ser papas, y alguno de ellos lo escribió así, y por conjeturas y
otras pruebas afirmaban ser verdad. Y otro, teniendo el mismo crédito que
había de ser papa, después se le asentó en el corazón que había de ser
anticristo, o a lo menos mensajero, y después fue gravemente tentando de
matarse él mismo, por no traer tanto daño al pueblo cristiano, hasta que por
la misericordia de Dios fue sacado de todos estos engaños, y los dejó,
enseñándolo para cautela y enseñanza de todos.
b)
ENGAÑOS DE ESTOS TIEMPOS
No
han faltado en nuestros tiempos personas que han tenido por cierto que ellos
habían de reformar la Iglesia cristiana, y traerla a la perfección que en su
principio tuvo, o a otra mayor. Y el haberse muerto sin hacerlo, ha sido
suficiente prueba de su engañado corazón, y que les fuera mejor haber
entendido en su propria reformación que con la gracia de Dios les fuera ligera,
que, olvidando sus proprias conciencias, poner los ojos de su vanidad en cosa
que Dios no la quería hacer por medio de ellos.
Otros
han querido buscar sendas nuevas, que les parecía muy breve atajo para llegar
presto a Dios. Parecíales que, dándose una vez perfectamente a Él, y
dejándose en sus manos, eran tanto amados de Dios, y regidos por el Espíritu
Santo, que todo lo que a su corazón venía no era otra cosa sino lumbre e
instinto de Dios. Y llegó a tanto este engaño que, si aqueste movimiento
interior no les venía, no habían de moverse a hacer obra, por buena que fuese.
Y si les movía el corazón a hacer alguna obra, la habían de hacer, aunque
fuese contra el mandamiento de Dios, creyendo que aquella gana que en su
corazón sentían era instinto y libertad del Espíritu Santo que los libertaba
de toda obligación de mandamiento de Dios, al cual decían que amaban tan de
verdad que, aún quebrantando sus mandamientos, no perdían su amor. Y no
miraban que predicó el Hijo de Dios, por su boca lo contrario de esto,
diciendo: Si alguno me ama guardará mi palabra. Y el que tiene mis
mandamientos y los guarda, aquel es el que ama, dando claramente a
entender, que quien no guarda sus palabras, no tiene su amor ni amistad, porque,
como dice San Augustín: «No puede uno amar al rey, cuyo mandamiento
aborrece.»
Y
lo que el Apóstol dice, que al justo no le es impuesta ley y que, donde
está el Espíritu del Señor, allí hay libertad, no se ha de entender que
el Espíritu Santo haga a ninguno, por justo que sea, libertado de la guarda de
los mandamientos de Dios, mas antes, cuanto más se les comunica, más amor les
pone, y, creciendo el amor, crece el cuidado y gana de guardar más y más las
palabras de Dios, más amado: Si no que, como este Espíritu sea eficacísimo y
haga el hombre verdadero y ferviente amador, pónele tal disposición en el
ánimo que no le es pesada la guarda de los mandamientos de Dios, antes muy
fácil, y tan sabrosa que diga David: Cuán dulces son para mi garganta tus
palabras, más que la miel para mi boca. Porque, como este Espíritu ponga
perfectísima conformidad en la voluntad del hombre con la voluntad de Dios,
haciéndole que sea un espíritu con él que quiere decir, tener un
querer y no querer, necesariamente ha de ser al hombre sabrosa la guarda de la
voluntad de Dios, tanto que si la misma ley de Dios se perdiese, se hallaría
escripta por el Espíritu Santo en la voluntad del tal hombre, pues está
conforme con la voluntad de Dios, que hizo la ley.
Y
como sea fácil y dulce uno obrar lo que ama, de ahí es que quien aqueste
Espíritu de Dios, que hace libre tiene en abundancia, obra tan sin pesadumbre y
sin captiverio que, aunque no hobiese infierno que amenazase ni paraíso que
convidase, ni mandamiento que constriñese, obraría por sólo el amor de la
voluntad de Dios lo que obra; y todo lo que sufriese le sería agradable; como
un amoroso hijo reverencia y ama a su padre, y cumple sus palabras, por sólo el
amor libre que del filial parentesco se causa en su corazón, sin mirar a otra.
Pues como el Espíritu de Dios obró en el corazón del hombre para con Dios lo
que la generación humana en el corazón del hijo para con su padre, hácele
obrar por puro amor, sin que ninguna cosa le sea carga. Y tras este perfeto amor
viene perfeto aborrecimiento de todo pecado, y viene la perfeta confianza, que
quita toda tristeza y temor. Y quitándole del corazón maldad y temor, quítale
toda pesadumbre y hácele libre de toda carga; sufre los trabajos no sólo con
paciencia, mas con alegría. Y porque ninguna cosa tiene sobre su cuello que se
le apegue, dícese no ser esclavo, mas libre, que obra por puro amor, y
no forzado por las promesas o amenazas de la ley. Y por eso dice que no le
es puesta ley; porque, aunque la guarda, no siente aquella pena con ella
que suelen sentir los que hallan su corazón contrario a la ley, los cuales
obran no por amor ni con delites, mas apremiados y compelidos con el temor de la
ley. De manera que, aunque al justo lo es puesta ley, y es obligado a guardarla,
se dice no le ser puesta por el espíritu que le da, y el amor que liberta, no
de la guarda de ella, mas de la carga de ella, que hace que no esté él debajo
de ella como caído y entristecido y atemorizado, mas encima de ella, sintiendo
su corazón tan lleno de amor que le hace obrar con deleite lo que ella manda
con majestad. No porque es mandado con imperio cargoso, sino porque obrada a
Dios entrañablemente amado. Por el cual aun haría hombre más de lo que la ley
manda, si menester fuese, ardiendo con mayor fuego que el que la misma ley pone.
Y así no está justo debajo de ley, haciéndosele de mal lo que ella manda, mas
está encima de ella, porque se deleita en el cumplimiento de ella. Y cuanto
tiene de amor, tanto tiene de libertad.
Y
así se ha de entender lo que dice el apóstol: Si sois llevados por el
espíritu, no estáis debajo de ley. Como si dijese. El espíritu hace que
no os tenga apremiados ni derribados la ley como con peso. Y por eso se dice
este espíritu hacer libres, porque quita la gana del pecar, y la pesadumbre de
la ley, y las tristezas y congojas que suelen dar los trabajos, y hace robustos
y fuertes contra el pecado, y amorosos para con la ley, y gozosos en los
trabajos, mas no quebrantadores de los mandamientos de Dios, antes en esto más
servidores, porque más amadores; y en quebrándose uno de los mandamientos de
Dios, este espíritu se va luego, según está escripto, que se aparta de
los pensamientos que son sin entendimiento, y será echado del ánima, por venir
a ella la maldad. No diga, pues, nadie quebrantando mandamiento de Dios,
que sea justo o libre con el amor de Dios; porque, como no hay participación
de luz en tinieblas así no la hay entre Dios y el que peca, según está
escripto, que es aborrecible a Dios el malo y su maldad.
c)
REGLAS PARA NO ENGAÑARSE
Heos
querido dar cuenta de este tan ciego error, como poniéndoos ejemplo por donde
saquéis otros muchos tan torpes y más que aqueste, en los cuales han caído en
tiempos pasados y presentes los que han querido dar crédito ligeramente a lo
que sentían en su corazón, creyendo ser todo de Dios, y porque vuestra ánima
no sea una de aquestas, notaréis las reglas siguientes, pidiendo a nuestro
Señor que él, mediante ellas, os libre de lazo tan peligroso.
1.
No desear revelaciones
Sea
la primera, que tengáis mucho aviso de no consentir poco ni mucho vivir en vos
el deseo de visiones o revelaciones, o cosas semejantes; porque es señal de
soberbia o curiosidad peligrosa. De lo cual San Augustín fue en algún tiempo
tentado, y suplicaba con mucha instancia a nuestro Señor no le dejase consentir
en ello; cuyas palabras son éstas: «¡Con cuántas artes de tentaciones
trabajó conmigo el demonio porque pidiese a ti, Señor, algún milagro!; más
ruégote, por amor de nuestro rey Jesucristo, y por nuestra ciudad Jerusalén,
la del cielo, que es casta y sencilla, que así como está lejos de mí el
consentimiento de aquesta tentación, así lo esté siempre más y más lejos.»
Y San Buenaventura dice que muchos han sido derribados en muchas locuras y
errores por el deseo de aquestas cosas, y dice que antes deben ser temidos que
deseados.
2.
No ensoberbecerse, si se tienen
Y
si, sin quererlas vos, os vinieren, no os alegréis vanamente, ni les deis luego
crédito, mas recorred luego a nuestro Señor suplicándole que no sea servido
de llevaros por este camino, pues hay otros muchos más dignos a quien puede su
Majestad tomar por instrumentos para estas cosas, y a vos que os deje obrar
vuestra salud en humildad, que es camino seguro. Especialmente habéis de mirar
aquesto cuanto la revelación o instinto interior os convidare a reprehender, o
avisar de alguna cosa secreta a tercera persona, cuanto más, si es sacerdote, o
perlado, o semejante persona; desechar muy de corazón estas cosas, y decir como
dijo Moisén: Suplícote Señor, envíes el que has de enviar. Y como
Jeremías decía: Mochacho soy, Señor, y no sé hablar, teniéndose
entrambos por insuficientes, y huyendo de ser enviados a corregir y avisar a los
otros.
Y
no temáis que por esta resistencia humilde se enojará o ausentará nuestro
Señor, antes se acercará más, y lo aclarará más, pues que quien da su
gracia a los humildes, no la quitará la que ya ha dado a los que lo son.
De San Ambrosio leemos que, apareciéndole ciertas noches la figura de San
Pablo, y de Gamaliel no dio crédito que aquello fuese de parte de Dios; mas
suplicóle muchas veces, que, si era alguna ilusión del demonio, él la hiciese
huir, y, si era cosa buena, él la aclarase. Mas, para que diese crédito a cosa
cierta, y no estuviese penado cada duda, y acrecentando él los ayunos y
oraciones, certificóle nuestro Señor que aquella visión no era engaño, mas
cosa de él. Y entonces se aseguró. De un padre del yermo leemos que,
apareciéndole uno en figura del crucifijo, no solo no lo quiso adorar ni creer,
mas cerrados los ojos, dijo: «No quiero ver en este mundo a Jesucristo, que
abástame que lo vea en el cielo». Con la cual repuesta huyó el demonio, que
con figura ajena quería engañar al ermitaño. Otro padre respondió a uno que
decía ser el ángel enviado a él de parte de Dios: «Yo no he menester ni soy
digno de mensajes de ángeles; por eso mira a quien te enviaron, que no es
posible que te enviaron a mí, ni te quiero oír». Y así con esta humilde
respuesta huyó el demonio soberbio.
Y
por esta vía de humildad, y de desechar de corazón estas cosas, han sido
muchas personas libres por la mano de Dios de muy grandes lazos que por esta
vía el demonio les tenía armados, probando en sí mismos lo que dice David: El
Señor guarda a los pequeñuelos, humilléme yo, y libróme Él. Y en otra
parte dice: Él me libró del lazo de los cazadores; y, por el
contrario, hallando la falsa revelación o instinto del demonio, algún
aplacimiento liviano en el corazón de quien le recibe, prende allí y toma
fuerzas para del todo engañar, permitiéndolo Dios no sin justo juicio. Porque,
como dice San Augustín, la soberbia merece ser engañada. Estad, pues,
tan limpio de aqueste aplacimiento, y de pensar que sois algo para aquestas
revelaciones, que se mude vuestro corazón del lugar humilde en que antes estaba
debajo del temor santo de Dios. Y así os habed en ellas como si no os hobieran
venido, esperando la voluntad y mandamiento del Señor en todas las cosas, el
cual aclare a lo que cerca de ellas habéis de tener y a que estéis libres del
deseo curioso de aquestas cosas.
3.
No darles crédito fácilmente
Resta
deciros en esto tres reglas cómo se conocerá ser un espíritu de revelación
bueno o malo. La cual cuestión no sabría decir si es más necesaria que
dificultosa de saber. Porque, si al Espíritu bueno de Dios tenemos por
espíritu malo del demonio, ¿qué blasfemia puede ser peor y en qué diferimos
de los miserables fariseos contraditores de la verdad de Dios, que atribuyen al
espíritu malo las obras que Jesucristo nuestro Redemptor hacía por el
Espíritu Santo? Y, si con facilidad de creencia aceptamos el instinto al
espíritu malo por cosa del Espíritu Santo, ¿qué mayor mal que de éstos, que
seguir las tinieblas por luz, y el engaño por verdad, y lo que peor es al
demonio por Dios? En entrambas partes hay peligro grande, o teniendo a Dios por
demonio o al demonio por Dios. Y cuán gran necesidad haya de saber distinguir y
estimar cada cosa de éstas en lo que ella es, ninguno hay, por ciego que sea,
que no lo vea. Mas cuán clara está la necesidad, tan ascondida y dificultosa
está la certificación y lumbre de aquesta duda. Y así como no es de todos
profetizar o hacer milagros, con otras semejantes gracias, sino de aquellos a
quien el Espíritu Santo por su voluntad las reparte, así como no es dado al
espíritu humano, por sabio que sea, juzgar con certidumbre y verdad la
diferencia de los espíritus, si no fuese alguna cosa muy clara contra la
Escriptura o Iglesia de Dios. Necesaria es en todo caso lumbre del Espíritu
Santo, que se llama discreción de espíritu, con la cual entrañable
inspiración y alumbramiento se hace huir todo error, y opinión y duda. Y juzga
el hombre, que este don tiene, cuál es el espíritu de verdad o de mentira, sin
error. Y si nuestro Señor os ha dado este don, excusado es daros otra
enseñanza más; sino, para alguna ayuda de aquesta cosa tan alta, miraréis los
siguientes avisos, sacados de las palabras de Dios, y de sus santos.
2. Avisos de discreción de espíritus aviso primero para conocer las
revelaciones
a)
CONFORMIDAD CON LA SAGRADA ESCRITURA
Sea
el primero, que la tal revelación o espíritu no venga sola, mas acompañada de
la Escriptura de Dios, contenida en el Viejo y Nuevo Testamento, y nuevas cosas
conformes a la enseñanza y vida de Cristo y de los santos pasados.
De
esta manera leemos que, cuando apareció Cristo en el monte Tabor, no fue solo,
mas con copia de abonados testigos. No porque Él los hobiese menester, pues es
verdad inmutable, de cuya participación reciben firmeza todas las otras
verdades, mas por darnos a entender que así como en otras cosas Él padeció y
hizo por nuestro ejemplo lo que mirando a Él no había necesidad de hacerlo,
así trayendo testigos el que no los hubo menester, se nos da a entender que no
debemos recebir cosa ninguna de aquestas, si no trae por testigos al Viejo
Testamento con sus profetas, que son figurados en Moisén y Elías, y al Nuevo y
dotrina apostólica, figurado en San Pedro, San Juan y Santiago, que presentes
estaban. En la cual enseñanza hemos de estar tan firmes que, si el ángel del
cielo contra ésta nos enseñase, no lo hemos de creer, mas tenerlo por engaño
y maldición, como dice el apóstol San Pablo.
Lo
cual no se dice porque el ángel bueno pueda enseñar cosa contra la Escriptura
de Dios, mas, para que sepamos que hemos de dar mayor creencia que a criatura
del cielo ni de la tierra a la Escriptura divina, pues quien en ella habló es
más alto y más verdadero que todos; y ella es el sello real que hace dar
crédito a las revelaciones y dotrinas que concuerdan con ella, y es el cuño
donde está la verdadera moneda de la verdad de Dios, a la cual se ha de venir a
examinar toda otra cosa para ser aprobada, si fuere conforme, o reprobada, si
discordare. E ya os he arriba avisado, y por eso no lo torno a decir, que la
interpretación de esta Escriptura no ha de ser por humano sentido, mas por luz
del Espíritu Santo, que alumbra a su Iglesia y a los santos dotores que en ella
han hablado.
b)
NO HAYA MENTIRA
El
segundo aviso sea, que estéis muy atenta en la tal revelación o instinto a ver
si hay en ella alguna mentira.
Porque,
si la cosa es de Dios, desde el principio hasta el fin hallaréis verdad sin
mezcla de mentira, ni de salir en balde lo que Él dijere; mas lo que es del
demonio muchas veces hay mil verdades, para hacer creer una mentira. Y avísoos
que no seáis fácil a dar crédito a palabras de revelación, que por voz
corporal oyéredes, o a las que dentro del ánima os fueren dichas, las cuales,
aunque a algunas ignorantes parecen ser todas de parte de Dios, por ver que el
ánima las percibe tan claramente como si con las orejas del cuerpo las oyesen,
y sienten de cierto que no salen de ella, sino que les son de otro espíritu
dichas; mas, aunque así sea, muchas de ellas, y muchas veces, son del demonio,
que puede hablar a nuestra ánima como un hombre a nuestro cuerpo. Y muchas de
estas tales palabras interiormente dichas al ánima he visto yo en personas
haber sido llenas de engaño, y del espíritu de la falsedad.
Esperad,
pues, hasta el fin, y mirad si se mezcla alguna mentira, y, si se mezcla,
tenedlo todo por sospechoso y examinadlo con diligencia doblada.
c)
TRAIGA PROVECHO ESPIRITUAL
Sea
el tercero aviso, que la tal revelación traya algún provecho y edificación
para el ánima, dejando el corazón más aprovechado que antes, instruyéndolo
de cosa saludable. Porque, si un hombre bueno no habla cosas ociosas, menos las
hablará nuestro Señor, el cual dice: Yo soy el Señor, que te enseño
cosas provechosas, y te gobierno en el camino que andas. Y cuando viéredes
que no hay cosa de provecho, mas marañas y vanidad, tenedlo por fruto del
demonio que anda por engañar, o hacer perder tiempo a la persona a quien la
trae, y a las otras a quien se cuenta; y cuando más no puede, con este
perdimiento de tiempo se da por contenta.
d)
CIERTA SEÑAL ES LA HUMILDAD
Otros
muchos avisos se suelen dar para esto mismo, así como si la visión trae al
principio espanto y después sosiego, suélese tener por buena. Y, si al
contrario, por sospechosa. Mas la más cierta señal que asegura lo que el
ánima tiene ser de Dios es la humildad. Lo cual pone tal peso en la moneda
espiritual, que suficientemente la distingue de la falsa y liviana moneda.
Porque, según dice San Gregorio: «Evidentísima señal de los escogidos es la
humildad, y de los reprobados es la soberbia.» Mirad, pues, qué rostro queda
en vuestra ánima de la visión o consolación, y espiritual sentimiento. Y, si
os veis quedar más humilde y avergonzada de vuestras faltas, y con mayor
reverencia y temblor de la infinita grandeza de Dios, y no tenéis deseos
livianos de comunicar con otras personas aquello que os ha acaecido, ni tampoco
vos ocupáis mucho en mirarlo o hacer caso de ello, mas echaislo en olvido, como
cosa que puede traeros alguna estima de vos; si alguna vez os viene a la
memoria, humillaisos y maravillaisos de la gran misericordia de Dios que a cosas
tan viles hace tantas mercedes, y sentís vuestro corazón tan sosegado y más
en el propio conocimiento, como antes que aquello os viniese lo estábades,
pensad que aquella visitación fue de parte de Dios, pues es conforme a la
enseñanza y verdad de Él, que es que el hombre sea bajo y despreciado en sus
proprios ojos. Y de los bienes que de Dios recibiere se conozca por más
obligado y avergonzado, atribuyendo toda la gloria a aquel de cuya mano viene
todo lo bueno. Y con esto concuerda San Gregorio, diciendo: «Así el ánima que
es llena del divino espíritu tiene sus evidentísimas señales, conviene a
saber: verdad y humildad. Las cuales entrambas, si perfectamente en una ánima
se juntaren, es cosa notoria que dan testimonio de la presencia del Espíritu
Santo. Con esto mismo concuerda lo que dice el profeta Esaías: Que lava el
Señor la suciedad de las hijas de Sión en espíritu de juicio y en espíritu
de ardor, dando a entender que la visitación primero obra en el ánima
juicio, que es darle a entender quién ella es y hacerla humillar, y después,
como sobre cosa segura, enviarle el espíritu del amor con otros mil bienes.
Mas
cuando es espíritu del demonio es muy al revés. Porque, al principio o al cabo
de la revelación, o consolación, siéntese el ánima liviana, deseosa de
hablar lo que siente, y con alguna estima de su proprio juicio, pensando que ha
de hacer Dios grandes cosas en ella y por ella. Y no tiene gana de pensar en sus
defetos, ni que otro se los diga ni reprehenda, mas todo su hecho es hablar y
revolver en su memoria aquella cosa que tiene, y de ella querría que hablasen.
Cuando estas señales y otras que demuestran liviandad de corazón vierdes,
pronunciad sin duda ninguna que anda por allí el espíritu del soberbio
demonio. Y de ninguna cosa que en vos acaezca, por buena que os parezca, ahora
sea lágrima ahora sea consuelo, ahora sea conocimiento de cosas de Dios, y
aunque sea ser subida hasta el tercero cielo, si vuestra ánima no
queda con profunda humildad, no os fiéis en cosa ninguna, ni la recibáis,
porque, mientras más alta es, es más peligrosa y haceros ha dar mayor caída.
Pedí a Dios gracia para conoceros y humillaros, y sobre esto deos más lo que
fuere servido. Mas, faltando esto, todo lo otro, por precioso que parezca, no es
oro, sino oropel, y no harina de mantenimiento, sino ceniza de liviandad.
3. La soberbia, causa de engaños. El director espiritual
Tiene
este mal la soberbia, que despoja al ánima de la verdadera gracia de Dios y, si
algunos bienes le deja, son falsificados para que no agraden a Dios y sean
ocasión al que los tiene de mayor caída. Leemos de nuestro Redemptor que,
cuando apareció a sus discípulos el día de su Ascensión, primero les
reprehendió la incredulidad y dureza del corazón, y después los mandó
ir a predicar, dándoles poder para hacer muchos y grandes milagros, dando a
entender que a quien Él levanta a grandes cosas, primero le abate en sí mesmo,
dándole conocimiento de sus proprias flaquezas para que, aunque vuelen sobre
los cielos, queden asidos a su propria bajeza, sin poder atribuir a sí mismo
otra cosa sino su indignidad.
Mas
habéis de notar que muchos sienten en sí mismos su propria vileza, y cuán
nada son de su parte, y paréceles que atribuyen primeramente la gloria a Dios
de todos sus bienes y tienen otras muchas señales de humildad, y con todo esto
están llenos de soberbia y tan enlazados de ella, cuanto ellos más libres
piensan estar. Y ésta es la causa, porque ya que vivan en verdad, por no
atribuir los bienes a sí, viven en engaño por pensar que son sus bienes más y
mayores de lo que a la verdad son. Y piensan tener de Dios tanta lumbre que
ellos solos bastan para regirse en el camino de Dios, y aun para regir a otros,
sin conocer persona que sea suficiente para los regir. Son en gran manera amigos
de su parecer, y aún tienen en poco algunas veces lo que los santos pasados
dijeron, y lo que a los santos de Dios, que en su tiempo viven, parece. Y
játanse tener el espíritu de Cristo, y ser regidos por Él, y no haber humano
consejo, pues con tanta certidumbre Dios les satisface en sus corazones.
Piensan, como San Bernardo dice, que hay nublado en las casas ajenas, y que en
solas las suyas luce el sol. Desfrezan y desprecian a todos los sabios, como
Goliad al pueblo de Dios. Sólo aquél es bueno en su juicio que con ellos se
conforma, y no hay cosa que más molesta les sea que hallar quien los
contradiga. Quieren ser maestros de todos y creídos de todos, y ellos a ninguno
creen. Y a la discreción cauta de los experimentados llaman tibieza y temor. Y
a los desenfrenados fervores y novedades, llenas de singularidad, o causadoras
de alborotos, llaman libertad de espíritu y fortaleza de Dios. Y aunque trayan
en la boca casi a la contina: «Y esto me dijo mi espíritu», «y esto tengo
por prueba muy suficiente», mas otras veces alegan la Escriptura de Dios, mas
no la quieren entender como la Iglesia y santos la entienden, mas como a ellos
parece, creyendo que no tienen ellos menos lumbre que los pasados, antes que los
ha tomado Dios por instrumento para cosas mayores que a ellos. Y así, haciendo
ídolo de sí mismo, y poniéndose encima de las cabezas de todos con abominable
altivez, es tan miserable el engaño de ellos, que, siendo extremadamente
soberbios, se tienen por perfetos humildes, y, creyendo que en solos ellos mora
Dios, está Dios muy lejos de ellos, y lo que piensan que es luz es muy escuras
tinieblas. De éstos dice Gersón: «Hay algunos a los cuales es cosa agradable
ser guiados por su parecer proprio y andar en sus invenciones. Guíalos, o por
mejor decir, arrójalos su propria opinión, que es peligrosísima guía.
Macéranse con ayunos demasiadamente, velando mucho; turban y desvanecen el
celebro con demasía de lágrimas. Y entre estas cosas no creen amonestación ni
consejo de nadie. No curan de pedir consejo a los sabios en la ley de Dios, ni
se curan de oírlos, y cuando los oyen, o piden consejo, desprecian sus dichos y
es la causa, porque han hecho entender de sí mismos que son ya alguna cosa, y
que saben mejor que todos qué es lo que les conviene hacer. De estos tales yo
pronuncio que presto caerán en toda ilusión de demonios. Presto caerán en la
piedra del tropiezo, porque son llevados con ciega precipitación y ligereza
demasiada. Por tanto, cualquiera cosa que dijeren de revelaciones no
acostumbradas, tenlo por sospechoso.» Todo esto dice Gersón.
a)
LOS SANTOS HABLAN DE LA NECESIDAD DEL DIRECTOR
Ítem
dice San Augustín, reprendiendo a los que quieren ser enseñados inmediatamente
por Dios y no por medio de los hombres: «Huyamos tales tentaciones que son
soberbiosísimas y peligrosas, antes pensemos cómo el mesmo Apóstol San Pablo,
aunque fue postrado y enseñado con voz celestial, con todo eso fue enviado a
hombre para recebir los sacramentos, y ser encorporado en la Iglesia. Y Cornelio
centurión fue enviado a San Pablo, no solamente para recebir sacramentos, mas
para oír de él lo que había de creer y y esperar y amar. Porque, si no
hablase Dios a los hombres por boca de hombres, muy abatida cosa sería la
condición humana. ¿Y cómo sería verdad lo que está escripto; el templo
de Dios santo es, que sois vosotros, si no diese Dios respuestas de este
templo, que son los hombres, mas todo lo que quisiese que aprendiesen los
hombres se lo hubiese de decir desde el cielo, y por medio de ángeles? Y
también la misma caridad no ternía entrada para que se juntasen y comunicasen
los corazones de unos con otros, si los hombres no aprendiesen mediante otros
hombres. San Felipe fue enviado al eunuco. Y Moisén recibió el consejo de su
suegro Yetró». Todo esto dice San Agustín. Ítem dice San Joan Clímaco que
el hombre que se cree a sí mismo no ha menester que le tiente demonio, porque
él mismo se es demonio para sí. Ítem dice San Hierónimo: «No quise yo
seguir mi proprio parecer, el cual suele ser muy mal consejero.» Ítem San
Vicente aconseja mucho que el hombre que quisiere ser espiritual tenga algún
maestro por quien se rija; y, si lo puede haber y no lo toma, que nunca le
comunicará Dios la gracia por su soberbia. San Bernardo y San Buenaventura a
cada paso aconsejan lo mismo. Y la Escriptura de Dios está llena de esto mismo,
que unas veces dice: ¡Ay de vosotros sabios en vuestros ojos y delante de
vosotros mismos prudentes!; y en otra parte: Si vieres algún hombre
que se tiene por sabio, cree que más bien librado que éste será el ignorante.
Y San Pablo nos amonesta: No queráis ser sabios acerca de vosotros mismos,
y el Sabio dice: Si no dijeres al necio las cosas que él cree en su
corazón no recibirá las palabras de prudencia. Y en otra parte: Si
inclinares tu oreja, recibirás dotrina; y si amares el oír, serás sabio. Y,
por no ser prolijo, digo que la Escriptura y las amonestaciones de los santos, y
las vidas de ellos, y las experiencias que hemos visto, todas a una boca nos
encomiendan que no nos arrimemos a nuestra prudencia, mas que inclinemos nuestra
oreja al ajeno consejo. Porque de otra manera, ¿qué cosa habría más sin
orden que la Iglesia de Dios, o cualquiera congregación, si cualquiera ha de
seguir su parecer, pensando que acierta? ¿Y cómo puede ser que el espíritu de
Cristo, que es espíritu de humildad, y paz, y de unión, mueva y enseñe a uno
a ser en contrario de todos los otros en quien el mismo Dios mora? ¿Y cómo
puede nacer del que se tenga un hombre en tanta estima que no se halle en la
congregación de los hombres? ¿Quién lo puede enseñar ni juzgar de él, si su
espíritu es bueno o malo? Porque, como dice San Augustín, no dejaría de tomar
este ajeno consejo y obedecer, sino por que piensa, por su soberbia, que es
mejor que el otro que le aconseja. E ya que sea tanta su soberbia que crea que
es mejor que los otros, debe pensar que así como puede ser uno menos bueno que
otro, y tener don de profecía, de sanar enfermos o semejantes dones, de los
cuales carezca el que es mejor, así puede ser que el que es menor en otros
dones sea mayor en tener don de consejo, o de discreción de espíritus, de los
cuales carezca el otro que era mayor. Y, pues Dios es tan amigo de humildad y
paz, no tema nadie que, si lo que tiene es de Dios, se vaya o se pierda por
sujetarse por el mismo Dios al ajeno parecer, antes más y más se confirmará.
Y si de otra parte fuere, huirá. Y si su sabiduría es infundida de Dios, mire
que una de las condiciones de ella, según dice Santiago, es ser suadible.
Y
mire que llama San Augustín a estos pensamientos soberbísimos y
peligrosísimos, porque, aunque sea peligrosa la soberbia de la voluntad, que es
no querer obedecer a voluntad ajena, muy más peligrosa es la soberbia del
entendimiento, que es, creyendo a su parecer, no sujetarse al ajeno. Porque el
soberbio en la voluntad alguna vez obedeciera pues tiene por mejor el ajeno
parecer. Mas quien tiene asentado en sí que su parecer es mejor, ¿quién lo
curará? ¿Y cómo obedecerá a lo que no tiene por tan bueno? Si el ojo del
ánima, que es el entendimiento, con que se había de ver y curar la
soberbia, ese mismo está ciego y lleno de la misma soberbia, ¿quién
lo curara? Y si la luz se torna tinieblas, y si la regla se
tuerce, ¿qué tal quedará lo demás? Y son tan grandes los males que vienen de
aquesta soberbia que turban a todos con cuantos contratan; porque con quien
defiende su parecer proprio y es amigo de él, ¿quién hay que en paz pueda
vivir? Y porque del todo maldigáis y huyáis de este vicio, sabed que llega su
mal hasta hacer a los que eran buenos cristianos ser perversos herejes. Ni por
otra cosa lo han sido, ni son, sino por creer más a su parecer proprio que el
de la Iglesia y de sus mayores. Pensaban ellos que acertaban, y que lo que en
sus corazones pasaba era obra de Dios; y que si creían más al parecer ajeno
que a lo que en sus corazones sentían, dejaban a Dios por el hombre, la luz por
las tinieblas, mas la experiencia y verdad nos demuestran, que lo que pensaban
ser espíritu de verdad era espíritu de engaño; el cual, cuando por otra parte
no los pudo vencer, combatiólos transformándose en ángel de luz
debajo de semejanza de bien, y así quitóles la vida y el alma. Y todo esto por
no querer sujetarse a creer parecer ajeno.
Por
tanto, doncella, así como os amonesto que seáis enemiga de vuestra voluntad y
mandar, así, y mucho más, os mando que seáis capital enemiga de vuestro
parecer, y de querer salir con la vuestra. Sed enemiga de él en vuestra casa y
fuera de casa. Y, aunque sea en cosas livianas, no lo sigáis, porque a duras
penas hallaréis cosa que tanto turbe el sosiego que Cristo quiere en vuestra
ánima, como el profiar y querer salir con la vuestra. Y más vale que se pierda
lo que vos deseábades que se hiciese que cosa que tanto habéis menester para
gozar de Dios, como es el reposo de vuestra conciencia.
Por
tanto, hacedos tan baja y sin contradición, y sujeta a toda criatura, como dice
San Pedro, que pueda cualquiera pasar por vos y hollaros como a un poco de
lodo. Y haced cuenta que primero vuestra madre, y después todas las
demás, son vuestra abadesa. A las cuales obedeced con profunda humildad, sin
cansaros, pensando que no es muy amiga de obediencia la sierva de Dios que a su
sola abadesa o madre obedece, mas que debe buscar la dicha obediencia en todas
partes que la pudiere hallar, con mayor deseo que la sierva del mundo y de la
vanidad huye de obedecer y desea mandar. Y, para que ligeramente y con gozo
hagáis esto, traed a la memoria cuando el soberano Maestro y Señor se hincó
de rodillas a lavar los pies de aquellos que bien le querían, y de aquel que
empleó los pies lavados en ir a entregar a la muerte al que con tanto amor se
los había lavado. Y aunque estas cosas en que os digo que sigáis voluntad y
parecer ajeno sean de asco, y os parezcan de poca importancia, no lo dejéis de
hacer, porque, allende de evitar la turbación de corazón que es pestilencia
del ánima, acostumbraros heis poco a poco a obedecer voluntad y parecer ajeno
en casos mayores, porque ya sabéis que los que se han de ver en alguna obra de
afrenta se suelen primero ensayar en cosas livianas, para estar algo
endustriados en las que son de verdad mayores. Y así creed que quien tiene
acostumbrado su entendimiento a salir en cada cosita con la suya y hace ídolo
de él, estimándolo por más sabio que otro, hallarse ha de nuevo y no se
humillará tan sin pena a las cosas de Dios, como el que en ninguna cosa le deja
salir con la suya, mas a cada paso le corrige y humilla como ignorante.
b)
CUALIDADES DEL DIRECTOR
Y
así, ejercitándoos en estas pocas cosas con obediencia, conviene que, para lo
que toca al regimiento de vuestra conciencia, toméis por guía y padre alguna
persona letrada y ejercitada y experimentada en las cosas de Dios. Y no toméis
a quien tenga lo uno sin lo otro, porque las solas letras en ninguna manera
bastan a regir los particulares movimientos ni necesidades del ánima, ni a
saber juzgar de las cosas espirituales, y muchas veces pensará ser engaño del
demonio las que son mercedes de Dios, como hicieron los apóstoles que, andando
en tormenta de la mar y tinieblas, pensaron que quien venía a ellos andando
sobre la mar era alguna fantasma siendo Cristo, que es verdad
de Dios. Poneros han demasiados temores, condenándolo todo por malo. Y como en
sus corazones están muy lejos de la experiencia del gusto e iluminaciones de
Dios, hablan de ello como de cosa no conocida y a duras penas pueden creer que
pasan en los corazones de los otros cosas más altas que las que pasan en el
corazón de ellos. Otros hallaréis ejercitados en cosas de devoción, que se
van ligeramente tras un sentimiento de espíritu y hacen mucho caso de él. Y si
alguno les cuenta algo de aquestas cosas, óyenlo con admiración, teniendo por
más santo al que más tiene de ellas; y aprueban ligeramente estas cosas, como
si en ellas todo estuviese seguro; y, como no lo esté, muchos de éstos, por
ignorancia, caen en errores y dejan caer a los que tienen entre manos, por no
darles suficientes avisos contra las cautelas del demonio. Por lo cual no son
buenos para regir tampoco, como los pasados.
Y
pues tanto os va en acertar con buena guía debéis con mucha instancia pedir al
Señor que os la encamine Él de su mano. Y, encaminada, fiadle con mucha
seguridad vuestro corazón, y no escondáis cosa de él, buena ni mala: la
buena, para que la examine y os avise; la mala, para que os la corrija. Y cosa
de importancia no hagáis sin su parecer, teniendo confianza en Dios que es
amigo de obediencia, que Él porná en el corazón y lengua a vuestra guía lo
que conviene a vuestra salud. Y de esta manera huiréis de dos males y extremos:
Uno, de los que dicen: «No he menester consejo de hombre, Dios me regirá y me
satisface;» otros están tan sujetos al hombre, sin mirar otra cosa sino que es
hombre, que les comprehende aquella maldición, que dice: Maldito el hombre
que confía en el hombre.
Sujetaos
vos a hombre, y habréis escapado del primer peligro; y no confiéis en el saber
ni fuerza del hombre, mas en Dios que os hablará y favorecerá por medio del
hombre. Y así habréis evitado el segundo peligro. Y tened por cierto que,
aunque mucho busquéis, no hallaréis otro camino tan cierto ni tan seguro para
hallar la voluntad del Señor, como este de la humilde obediencia, tan
aconsejado por todos los santos, y tan obrado por muchos de ellos, según nos
dan testimonio las vidas de los santos Padres, entre los cuales se tenía por
muy gran señal de llegar uno a la perfección en ser muy sujeto a su viejo. Y,
entre las muchas buenas cosas que en las órdenes de la Iglesia hay, por
maravilla hallaréis otra tan buena como vivir todos debajo de obediencia.
Y
porque hará esto mucho a vuestro propósito, acordaos cómo Santa Clara fue
fidelísima y sujeta hija a San Francisco. Y Santa Elisabel, hija del rey de
Hungría, a un religioso, el cual tenía tanto celo de ella que algunas veces la
castigaba con azotes, y ella a él tanta reverencia, que los recibía con mucha
paciencia y hacimiento de gracias. Otras muchas que sabemos y no sabemos han
ganado mucho por este camino, cuando encontraban con buenas guías. Y así si
Dios a vos os la deparare, tomad el consejo de nuestra letra que dice: inclina
tu oreja; y viviréis con tal que os acordéis de lo que dice la Escriptura:
Pacífico sey ante muchos, mas consejero uno de mil, dando a entender
que, aunque debemos tener paz con todos, mas basta consejo con uno. Porque así
como en lo corporal muchas manos diversas suelen más descomponer que ataviar,
así suele acaecer en lo espiritual, en lo cual pocas veces hallaréis dos
guías del todo conformes, si no fuesen muy enseñados por el Espíritu del
Señor, que es espíritu de paz y unión, y tuviesen muy echado atrás su
proprio sentido, que es causa de diversidad y rencillas; y porque pocas veces
éstos se hallan, es bueno, sin decir mal de los otros, escoger a quien Dios os
encaminare, uno entre mil, al cual en nombre de Dios inclinéis vuestra
oreja con toda obediencia y seguridad.
c)
El Señor nos da ejemplo
1.
Cómo ninguna criatura oye ni inclina su oreja a Dios con tanta diligencia
como
Él la inclina a sus criaturas
Tiene
esto la gran bondad del Señor que para que sus mandamientos y leyes sean de
nosotros guardados, hácelos fáciles en sí, y más fáciles por querer Él
mismo pasar por ellos. Hanos mandado, según hemos oído, que le oyamos y
miremos, e inclinemos nuestra oreja, lo cual todo es muy justo y ligero;
porque a tal Maestro, ¿quién no le oirá? A luz tan deleitable, ¿quién no se
deleitará de mirar? A sabiduría infinita, ¿quién no la creerá? Mas, para
que lo ligero más ligero nos sea, Él pasa por esta ley que a nosotros pone, y
la cumple con gran diligencia. Él nos oye, y Él nos ve, Él nos inclina su
oreja, para que no digamos: «No tengo quien mire por mí, ni quiera
escuchar mis trabajos.»
1.
El Señor nos oye con gran misericordia
Gran
consuelo es a un desconsolado tener una persona que a cualquier rato del día, y
de noche, esté desocupada para oír de buena gana los trabajos y agravios que
le quiere contar, y que siempre, sin faltar un momento, esté mirando sus
miserias y llegas, sin decir: «Cansado estoy de ver miserias, y asco me dan
vuestras llagas.» E ya que esta tal persona fuese de muy duro corazón, aún
querríamos que nos oyese siempre y nos viese, porque creeríamos que, dando
siempre a su corazón la gotera de nuestros trabajos, que, como por canal, entra
a él por las orejas y ojos, algún día cabaría en él y sacaría compasión,
pues, por duro que fuese, no sería tanto como piedra, la cual es cabada de la
gotera, aunque algún rato cesa de dar. Y, aunque supiésemos que esta tal
persona ningún remedio nos podía dar para nuestros trabajos, aun nos
consolaríamos mucho con sola la compasión que de nos tuviese.
Pues,
si a esta tal persona debríamos mucho agradecimiento, ¿qué debemos a Dios
nuestro Señor y cuán alegres debemos estar por tener sus orejas y ojos atados
con nuestros trabajos, que ni un solo rato los aparta de nos? Y esto, no con
dureza del corazón, mas con entrañable misericordia, y no con misericordia de
corazón solamente, mas con entero poder para remediar nuestras penas. ¡Bendito
seáis, Señor, para siempre, que no sois sordo ni ciego a nuestros trabajos,
pues los oís y veis, ni cruel, pues se dice de vos: Hacedor de
misericordias, y misericordias de corazón, es el Señor, esperador muy
misericordioso, ni tampoco eres flaco, pues todos los males del mundo son
flacos y pocos, comparados a tu infinito poder, que no tiene fin ni medida!
2.
Ejemplo del rey Exequias
Leemos
que en tiempos pasados concedió Dios una maravillosa vitoria de sus enemigos al
rey Ezequías, el cual no hizo al Señor que le dio la vitoria aquellas gracias
y cantares que era razón; por lo cual le hizo Dios enfermar, y tan gravemente
que ningún remedio por naturaleza tenía. Y porque, con falsa esperanza de
vivir, no se olvidase de poner cobro a su ánima, fue a él el profeta Esaías y
díjole por mandado de Dios: Esto dice el Señor: Ordena tu casa, porque
sábete que morirás y no vivirás. Con las cuales palabras atemorizado el
rey Ezequías vuelve su cara a la pared, y lloró con gran lloro, pidiendo al
Señor misericordia. Consideraba cuán justamente merecía la muerte, pues no
fue agradecido al que le había dado la vida, y miraba la sentencia de Dios
contra él dada, que decía: No vivirás. No hallaba otro superior que
aquel que la dio, para pedir que se revocase. Y, aunque le hubiera, no tuviera
buen pleito, pues al desagradecido justamente se quita lo que
misericordiosamente se le había dado. Vióse en la mitad de sus días y
acabarse en él la generación real de David, porque moría sin hijos, y allende
de todo esto, era combatido de todos los pecados de su vida pasados. Cayó en
temor de los que más suelen penar a la hora postrera. Y con estas cosas estaba
su corazón quebrantado con dolor, y turbado así como mar, y adondequiera que
miraba hallaba muchas causas de temor y tristeza; mas entre tantos males halló
el buen rey remedio, y fue pedir medicina al que le había llagado, seguridad a
quien le amedrentó, convertirse por arrepentimiento y esperanza al mismo de
quien por ensoberbecerse huyó. Al mismo juez pide que le sea abogado, y halla
camino como apelar de Dios no para otro más alto, mas apela del justo para el
misericordioso. Y las razones que alega son acusarse, y la retórica son
sollozos y lágrimas. Y puede tanto con estas armas en la audiencia de la
misericordia que, antes que el profeta Esaías, pregonero de la sentencia de
muerte, saliese de la mitad de la sala del rey, le dijo el Señor: Toma, e
di al rey Ezequías, capitán de mi pueblo: Oí tu corazón y vi tus
lágrimas, yo te concedo salud, y te añado otros quince años de vida, y libra
esta ciudad de tus enemigos.
Señor,
¿qué es aquesto? ¿Tan presto metes tu espada en la vaina, y tornas la ira en
misericordia? ¿Unas pocas de lágrimas derramadas, no en el templo, mas en el
rincón de la cama, y no de ojos que miran al cielo, mas a una pared, y no de
hombre justo, sino de pecador, y así te hacen tan presto revocar la sentencia
que tu Majestad había dado y mandado notificar al culpado? ¿Qué es del sacar
del proceso? ¿Qué es de las cosas? ¿Qué es de los términos? ¿Qué es del
presentar unos y otros escriptos? ¿Qué es del tenerse por afrentado el juez,
si le revocan la sentencia que dio? Todo lo disimulas con el amor que nos
tienes, y a todo te haces sordo y ciego, por estar atento a hacernos mercedes. Y
dices: Oí tu oración y vi tus lágrimas. Todo término se te hace
breve para librar al culpado, porque ninguno deseó tanto alcanzar el perdón
cuanto tú deseas darlo. Y más descansas tú con haber perdonado a los que
deseas que vivan que el pecador con haber escapado de muerte. No guardas leyes,
no dilaciones, mas la ley es que los que hubieren quebrantado tus leyes,
quebranten solamente su corazón de dolor, y la dilación es que en
cualquier hora que el pecador gimiere sus pecados, luego y sin dilación no
te acuerdes más de ellos. Y porque los pecadores cobrasen ánimo para te
pedir perdón de sus yerros, quisiste conceder a este rey más mercedes que él
te pedía; quince años de vida y librar la ciudad, y tornarse el sol diez horas
atrás, en señal que al tercero día subiría el rey sano al templo; con otras
secretas mercedes que le heciste tú, benigno, que no desearías venirnos males,
sino para sacar de allí mayores bienes, enseñando tu misericordia en nuestra
miseria, tu bondad en nuestra maldad, tu poder en nuestra flaqueza.
Tú,
pues, pecador, quienquiera que seas, que estás amenazado por aquella sentencia
de Dios que dice: El ánima que pecare, aquella morirá, no desmayes
debajo de la carga de tus grandes pecados y del incomparable peso de la ira de
Dios, mas cobra ánimo en la misericordia de aquel que no quiere la muerte
del pecador, mas que se convierta y viva. Y humíllate llorando a aquel que
despreciaste pecando, y recibe el perdón de quien tanta gana tiene de dártela,
y aun de hacerte mercedes mayores que antes, como hizo a este rey, al cual
levantó sano del cuerpo y sano del ánima, como él da gracias diciendo: Tú,
Señor, libraste mi ánima porque no se perdiese, y arrojaste mis pecados tras
tus espaldas.
3.
¿Cómo es posible amenazar Dios y no cumplirse el castigo?
Mas
dirá alguno: ¿Cómo esta palabra de Dios, dicha a este rey: Morirás y no
vivirás, no se cumplió, pues que las palabras que salen de su boca no son
en vano? Para lo cual es de mirar que algunas veces manda el Señor decir lo que
Él tiene en su alto consejo y eterna voluntad determinado que sea, y aquello
así verná como se dice, sin ninguna falta. Y de esta manera mandó decir al
rey Saúl que le había de de desechar y escoger en su lugar otro mejor. Y de la
misma manera mandó amenazar al sacerdote Helí y así lo cumplió. Y de la
misma manera al rey David, que le mataría el hijo que hubo de adulterio de
Bersabé, y así fue. Y otras veces manda decir no lo que Él tiene determinado
ultimadamente de hacer, mas lo que hará, si no se enmienda el hombre. O manda
decir lo que le acaecerá, según orden de naturaleza, o según merecen sus
pecados. Así, como si a uno que tuviese una herida mortal por naturaleza, le
enviase a decir: «Morirás», entiéndese que, según las reglas naturales, no
puede escapar de aquel mal, mas no por eso su palabra, si después le diese la
vida, porque no le fue dicho sino lo que según las reglas o fuerza de
naturaleza le había de venir y no lo que su poder sobrenatural podía hacer.
También envió a decir a Nínive que de ahí a cuarenta días sería
destruida, y después, por la penitencia de ellos, revocó esta sentencia.
No tenía Él determinado de la destruir, pues después no lo hizo, mas
envióles a decir lo que según el merecimiento de sus pecados les viniera, si
no se enmendaran. Y aunque de fuera parece mudanza decir: Será destruido,
y no destruirla, en la alta voluntad de Dios no es mudanza, el cual tenía
determinado de no destruirla; mas este no destruirla era mediante la penitencia,
a la cual los quería incitar con la amenaza. Como si un padre amenazase a su
hijo con intención que se enmendase, para que no fuese menester castigarlo. E
si este padre supiese que, con esta amenaza, el hijo se había de enmendar,
aunque le enviase a decir: «Él me lo pagará», y después perdonase por su
arrepentimiento, no hay mudanza en la voluntad de este padre, el cual nunca fue
su intención castigar, mas perdonar, no sin medio, mas mediante la
satisfacción del que había criado. Y esto es lo que Dios dice por Jeremías: Súbitamente
hablaré contra gentes, y contra reino que lo he de destruir de raíz y
destrozar; mas, si aquella gente hiciere penitencia de su mal, haré yo también
penitencia del mal que pensé hacerle. Y también súbitamente hablaré de
gentes y reino que los he de edificar y plantar, mas si hicieren mal en mis
ojos, no oyendo mi voz, haré yo también penitencia del bien que dije que le
había de hacer. De lo cual se saca que, porque no sabemos cuándo lo que
Dios envía a decir es determinación ultimada, o es amenaza, no debemos
desesperar, aunque amenazados, ni dejar de pedir que retoque la sentencia que
contra nos tiene dada, como hizo este rey a la ciudad de Nínive, y fue hecho
como quisieron. Y como hizo David, cuando oraba al Señor por la vida del hijo,
que había dicho al profeta que había de morir; e, aunque no alcanzó lo que
pidió, mas no pecó en pedirlo.
Y
si Dios nos prometiere de hacer alguna merced, no nos hemos de descuidar con
decir: «Cédula tengo de palabra de Dios, que a nadie engañó», porque dice
el Señor que, si nos apartáremos de hacer lo que Él quiere, Él hará
penitencia del bien que nos prometió. No porque en Dios haya
arrepentimiento de cosa que diga o que haga, o que quiera, mas quiere decir que,
así como uno que se arrepiente torna a deshacer lo que había hecho, así Él
deshará la sentencia o el castigo que contra el hombre tenía dada, si el
hombre hace penitencia y deshará el bien que le tenía prometido, si el hombre
se aparta de Dios.
4.
Las orejas del Señor en los ruegos de los «justos»
Tornando,
pues, al propósito, bien claro parece cuán bien cumplió Dios esta ley: Oye
y ve, pues tan presto oyó la oración y vio las
lágrimas de este rey, y le consoló. No sólo a él, mas lo mismo hace con
todos, como dice David: Los ojos del Señor sobre los justos y sus orejas en
los ruegos de ellos, para librar sus ánimas de la muerte, y para mantenerlos en
tiempo de hambre.
Bien
creo que os parece bien aquesta promesa, y también creo que os pone temor la
condición con que se dice. Y bienaventurada cosa es estar los ojos y orejas de
Dios en nosotros. Mas diréis, ¿qué hace que dice a los justos e yo
soy pecadora? Así lo conoced por verdad, porque, si hombres hubiera que no
tuvieran pecados que pecaran, ¿quién era más razón que lo fuesen que los
apóstoles de Jesucristo nuestro Señor, que, así como fueron los más cercanos
a Él en la conversación corporal, así también lo fueron en la santidad? Y de
ellos dice San Pablo que recibieron las primicias del Espíritu Santo, que
quiere decir las mayores gracias. Y pues a éstos mandó el Señor el Pater
noster, en el cual decimos: Perdónanos nuestras culpas, claro es
que las tenían. Y pues ésta es oración de cada día, en la cual pedimos el
pan nuestro de cada día, dánoslo hoy, claro es que por ella semos
amonestados a conocer que, pues cada día la debemos rezar, cada día pecamos.
Por lo cual dice aquel limpio de San Joan: Si dijéremos que no tenemos
pecado, nosotros nos engañamos, y la verdad no está en nosotros. Pues si
todos los hombres, cuantos ha habido y habrá (sacando al que es Dios y hombre,
y a la que es verdadera Madre de Él) son pecadores, ¿decirme heis para quién
se dijeron las dichas palabras: Los ojos del Señor sobre los justos, y sus
orejas en los ruegos de ellos? Respondo: No es Dios achacoso ni cumplidor
con solas palabras, mas vemos que al rey Ezequías, aunque pecador, le oyó e
miró. Y lo mismo a otros innumerables. Mas sabed que justo se dice
uno, cuando no está en pecado mortal, pues está amigo con Dios. Y de esta
manera muchos ha habido justos, que son todos los que están en estado de
gracia; y a éstos oye y mira el Señor, no obstante que tengan pecados
veniales, de los cuales se entiende lo que hemos dicho, que todos son pecadores,
como dice San Joan.
5.
No se ensoberbezcan los «justos»: en ellos oye el Padre el clamor de Cristo
Mas,
por oír nombre de justos, no venga algún pensamiento de ciega soberbia, con la
cual se haga injusto el que se tenía por justo. La justicia de los que son
justos no es suya, mas de Cristo, el cual es justo por sí y justificador de los
pecadores que a Él se sujetan. Por lo cual dice San Pablo que la que es
verdadera justicia delante los ojos de Dios es justicia por ser de Jesucristo,
porque no consiste en nuestras obras proprias, mas en las de Cristo, las cuales
se nos comunican por la fe, y así como nuestra justicia está en Él, así, si
somos oídos de Dios, no es en nosotros, mas en Él. La voz de todos los
hombres, por buenos que sean, sorda es delante las orejas de Dios, porque todos
son pecadores de sí. Mas la voz de solo Cristo, pontífice nuestro, está
acepta delante del Padre, que hace ser oídas todas las voces de todos los
suyos.
Esta
voz, por ser tan grande se llama clamor, como dice San Pablo, hablando de
Cristo: Con clamor grande y lágrimas ofreciendo, fue oído por su
reverencia. Ofreció el Señor ruegos al Padre muchas veces por
nosotros. Ofrecióle también en la cruz su proprio cuerpo, el cual fue tan
atormentado que todo él era lenguas que daban voces al Padre, pidiendo por nos
misericordia. Y por ser sus oraciones con entrañable amor hechas, por ser de
persona al Padre tan aceptable, y por ser muy oídas y muy eficaces en las
orejas del Padre, se llaman clamor. Mas muy mayor clamor fue el ofrecer
su proprio cuerpo en la cruz, cuanto va de obrar a hablar, y de pagar a
prometer, y de padecer a desear. Para la cual os debéis de acordar de lo que
dijo Dios a Caín: La voz de la sangre de tu hermano Abel da voces a mí
desde la tierra. Y también mira lo que dice San Pablo a los cristianos: Llegado
os habéis a un derramamiento de sangre, que clama mejor que la sangre de Abel.
La sangre de Abel derramada en la tierra daba clamores a la justicia divina,
pidiendo venganza contra aquel que la derramó, mas la sangre de Cristo
derramada en la tierra daba clamores a la misericordia divina, pidiendo perdón.
La de Abel pide ira, ésta blandura. La primera obra enojó, esta
reconciliación. La de Abel, venganza contra sólo Caín; ésta perdón para
todos los malos que fueron y serán, con tal que ellos le quieran recibir, y
aún para aquellos que derramándola estaban. La sangre de Abel a ninguno pudo
aprovechar, porque no tenía virtud de pagar los pecados de otros; mas la sangre
de Cristo lavó cielos y tierra y mar, y sacó de las honduras del
limbo a los que presos estaban.
Verdaderamente
es grande clamor el de la sangre de Cristo, pidiendo misericordia; y pues hizo
no ser oídas las voces de los pecados del mundo, que piden venganza contra los
que los hacen, pensad, doncella, si un pecado sólo de Caín tales voces daba,
pidiendo venganza, ¿qué grita, qué voces y estruendo harán todos los pecados
de todos los hombres, pidiendo venganza a las orejas de la justicia de Dios? Mas
por mucho que clamen, clama más alto, sin comparación, la sangre de Cristo,
pidiendo perdón a las orejas de la misericordia divina. Y hace que no sean
oídas y que queden muy bajas las voces de nuestros pecados, y que se haga Dios
sordo a ellos, porque más sin comparación le fue agradable la voz de Cristo,
que pidía perdón, que todos los pecados del mundo desagradables, pidiendo
venganza. ¿Qué pensáis que significa aquel callar de Cristo y hacerse como
sordo que no oye, y como mudo que no abre su boca en el tiempo que era
acusado? Por cierto, que, pues los pecados por boca de aquellos que a Cristo
acusaban daban voces llenas de mentiras contra quien no les debía nada, y Él,
pudiendo con justicia responder, calló, que es bien empleado que, en pago de su
atrevimiento, que al restante del mundo no puedan acusar los pecados aunque
tengan justicia, mas sean mudos, pues acusaron al que no tenían por qué. Y
pues Él se hizo sordo, pudiendo responder, justo es que se haga sorda la divina
justicia, a la cual Cristo se ofreció por nosotros, aunque nosotros hayamos
hecho cosas que pidan venganza.
Alegraos,
esposa de Cristo, y alégrense todos los pecadores, si les pesa de corazón por
haber pecado, que sordo está Dios a nuestros pecados para vengarlos, y muy
atentas tiene sus orejas para hacernos mercedes. No temáis acusadores ni voces,
aunque hayáis hecho por qué, pues el inocente cordero fue acusado y con su
callar hizo callar las voces de nuestros pecados. Profetizado estaba que
había de callar como calla el cordero delante quien lo trasquila. Mas
mientra más callaba y sufría, más altas voces daba delante la divina
justicia, pagando por nos, y estas voces fueron oídas, dice San Pablo,
por su reverencia, quiere decir que, por la gran humildad y reverencia,
con que se humilló al Padre hasta la muerte, y muerte de cruz, reverenciando
en cuanto hombre aquella sobreexcelente Majestad divina, perdiendo la vida por
honra de ella, fue oído del Padre, del cual está escripto: Miró en la
oración de los humildes, y no despreció el ruego de ellos. Pues, ¿quién
tan humilde como el bendito Señor que dice: Aprende de mí que soy manso, y
humilde de corazón? Por eso fue oído, según estaba profetizado en su
persona: No quitó el Señor su faz de mí, y cuando clamé a Él me oyó. Y
el mismo Señor dice en el evangelio: Gracias te hago, Padre, porque siempre
me oyes.
Pues
no es maravilla que las orejas de Dios estén en los ruegos de los justos,
porque, no siendo justos por sí, no son oídos por sí, mas por Cristo, que con
su oración y padecer mereció ser oído. A Él oye el Padre cuando nos oye, y
por Él nos oye, en señal de lo cual decimos en fin de las oraciones:
Concédenos esto por nuestro, Señor Jesucristo. Lo cual el mismo Señor nos
enseña, diciendo: Cualquier cosa que pidierdes al Padre en mi nombre, os la
dará. Y porque no pensásemos que por Él, y no a Él, hemos de pedir,
dice también: Y cualquier cosa que me pidierdes en mi nombre yo lo haré. Cristo
hombre nos ganó con su padecer el ser oídos, y Cristo Dios, con el Padre y
Espíritu Santo, es el que nos oye.
Oíd,
pues, hija, a vuestro esposo, pues por él sois oída. La voz del cual, aunque
ronca, en la cruz dio virtud a nuestras roncas voces, para que fuesen agradables
a Dios. Y así como debemos de oír al Señor con el profeta Samuel, diciendo: Habla,
Señor que tu siervo oye, así nos dice el Señor: Habla, siervo, que
tu Señor oye. Y así como dijimos que el oír nosotros a Dios no es
solamente recebir el sonido de las palabras más aplacernos y poner en obra lo
que nos dice, así las orejas del Señor están puestas por Cristo en nuestros
ruegos, no para solamente oír lo que hablamos, que de esa manera también oye
las blasfemias que de Él se dicen, no para que se agrade, mas para castigarlas,
mas oye el Señor nuestros ruegos para cumplirlos.
6.
Antes de que clamemos nos oye el Señor
Y
porque veáis cuán verdad es que oye el Señor los gemidos que le presentamos,
oíd lo que dice el mismo Señor por Esaías: Antes que clamen, yo los
oiré. ¡Oh bendito sea tu callar, Señor, que de dentro y de fuera en el
día de tu prisión callaste: de fuera, no maldiciendo, no respondiendo; y en lo
de dentro, no contradiciendo, mas aceptando con mucha paciencia los golpes y
voces, y penas de tu pasión, pues tanto habló en las orejas de Dios que antes
que hablemos seamos oídos!
Y
esto no es maravilla, porque, pues siendo nada tú nos heciste; y, antes que te
lo supiésemos pedir, nos mantuviste en el vientre de nuestra madre, y fuera de
él, y, antes que pudiésemos conocer lo que tanto nos cumplía, nos diste
adopción de hijos y gracia del Espíritu Santo en el santo baptismo; y antes
que muchos pecados nos derribasen, tú nos guardaste; y, cuando caímos por
nuestra culpa, tú nos levantaste y buscástenos, sin buscarte nosotros; y, lo
que más es, antes que naciésemos, ya eras muerto por nos, y nos tienes
aparejado tu cielo, no es mucho que de quien tanto cuidado has tenido, antes que
lo tuviesen de ti, lo tengas en esto, que, viendo tú lo que habemos menester,
nos lo des, no esperando a que nos cansemos en te lo pedir, pues tú te cansaste
tanto en pedirlo y ganarlo por nos. ¿Qué te daremos, ¡oh Jesú benditísimo!,
por este callar que callaste, y qué te daremos por estas voces que diste?
Pluguiese a tu infinito amor que tan callados estuviésemos al ofenderte, y
sufrir de buena gana lo que de nos quiseres hacer, como si fuésemos muertos; y
tantas voces de tus alabanzas te pudiésemos dar, y tan vivos estuviésemos para
ello, que ni nosotros, a quien redemiste, ni cielo, tierra, ni debajo de tierra,
con todo lo que en ellos está, nunca cesásemos de con infinitas fuerzas y
grande alegría contar tus loores.
7.
Dios se huelga de oírnos
Y
aún no te contentas, Señor, con tener tus orejas r puestas en nuestros ruegos,
y oírnos antes que te roguemos, mas, como quien muy de verdad ama a otro, que
se huelga de oírle hablar o cantar, así tú, Señor, dices al ánima por tu
sangre redemida: Enséñame tu cara, suene tu voz en mis orejas, porque tu
voz es dulce y tu cara mucho hermosa. ¿Qué es esto que dices, Señor?
¿Tú deseas oír a nosotros? ¿Nuestra desgraciada voz te es a ti dulce?
¿Cómo te parece hermosa la cara que, de afeada de muchos pecados, los cuales
hecimos mirándonos tú, habemos vergüenza de alzarla a ti? Verdaderamente o
merecemos mucho bien o nos amas tú mucho. No es lo primero, ni plega a ti que
de tu buen tratamiento saquemos nosotros mal, creyendo que merecemos el bien que
nos haces; mas es lo segundo, porque tú quieres agradar en los que por ti
heciste amados y agradables a ti. Sea, pues, Señor, a ti gloria, en el cual
está nuestro remedio. Y sea a nosotros, y en nosotros, vergüenza y confusión
de nuestra maldad, mas en ti gozo y ensalzamiento, que eres nuestra verdadera
gloria. En la cual nos gloriamos no vanamente, mas con mucha razón y verdad,
porque no es poca honra ser tan amados de ti, que te entregaste a tormentos de
cruz por nosotros.
2.La mirada de Dios sobre nosotros
Si
bien hemos sabido considerar cuánta es la presteza con que Dios escucha
nuestros ruegos y necesidades, veremos que ninguna criatura oye ni inclina su
oreja a Dios con tata diligencia con cuanta el Criador la inclina a sus
criaturas. Y no sólo nos oye, más aún nos mira, para en todo cumplir lo que
nos manda a nosotros cuando dice: Oye y ve. Los ojos del Señor, según
dijo David, están sobre los justos, para librarlos de muerte; y
después dice: Mas el gesto del Señor está sobre los que hacen mal, para
echar a perder de sobre la tierra la memoria de ellos, de donde parece que
pone el Señor sus ojos contra los malos, para que no se le vayan sin castigo de
sus pecados, y pone sus ojos sobre los justos, como el pastor sobre su oveja,
para que no se le pierda. Dos cosas tenemos en nos: una que hecimos nos, otra,
que hizo Dios. La primera es el pecado; la segunda, nuestro cuerpo y ánima, y
cuanto bien en ellos tenemos.
1.
Dios mira con amor a los hombres, su hechura,
y
con ira a nuestra hechura, que es el pecado
Si
nosotros no añadiésemos mal sobre la buena hechura de Dios, no teníamos cosa
a la cual el Señor mirase con ojos airados, mas mirarnos hía con ojos de amor,
pues naturalmente quienquiera ama su obra, mas ya que nosotros habemos afeado y
destruido lo que el hermoso Dios bien edificó, mas nuestra maldad no impide su
sobrepujante bondad, la cual por salvar lo bueno que crió, quiere destruir lo
malo que nosotros hecimos. Porque si vemos que este sol corporal se comienza tan
liberalmente, y anda buscando y convidando a quien lo quiere recebir, y a todos
se da cuando no le ponen impedimento, y, si se le ponen, aún está porfiando
que se le quiten, o si algún agujero o resquicio halla, por pequeño que sea,
por allí se da, y hinche la casa de luz, ¿qué diremos de la suma bondad
divinal que con tanta ansia de amor anda rodeando sus criaturas para darse a
ellas, e henchirlas de calor, de vida y de resplandores divinos? ¡Qué
ocasiones busca para hacer bien a los hombres! ¡Y a cuántos por un pequeño
servicio ha hecho no pequeños mercedes! ¡Cuántos ruegos a los que de Él se
apartan, para que a Él se tornen! ¡Cuántos abrazos a los que a Él vienen!
¡Qué buscar de perdidos! ¡Qué encaminar de errados! ¡Qué perdonar de
pecados, sin darlos en rostro! ¡Qué gozo de la salud de los hombres! Dando a
entender que más deseaba Él perdonar y que el errado sea salvo y perdonado. Y
por eso dice a los pecadores: ¿Por qué queréis morir? Sabed que yo no
quiero la muerte del pecador, mas que se convierta y viva; tornaos a mí y
viviréis. Nuestra muerte es apartarnos de Dios, y por eso nuestro tornar a
Él es vivir. A lo cual Dios nos convida, no poniendo sus ojos de ira sobre su
hechura, que somos nosotros, mas principalmente contra los pecados que hacemos.
Estos quiere Dios destruir, si nosotros no le impidiésemos, e impedímosle
cuando amamos nuestros pecados, dando vida con nuestro amor, a los que, siendo
amados, nos matan. Y es tanta la gana que esta bondad tiene de destruir nuestra
maldad, para que su hechura no quede destruida, que, cuando quiera y cuantas
veces quisiere, y de cuantas maldades hubiere hecho, quiera pedir al Señor que
las destruya, está el Señor aparejado para destruirlas, perdonando lo que
merecemos, sanando lo que enfermamos, enderezando lo que torcemos, haciéndonos
aborrecer lo que amábamos antes, olvidando nuestros pecados como si no fueran
hechos, y apartándolos tanto de nos que dice David: Cuanta distancia hay de
donde sale el sol a donde se pone, tanto lanzó Dios nuestros pecados.
Así
que el derecho y el primer mirar de los ojos airados de Dios no es
contra el hombre que Él crió, mas contra el pecado que nosotros hecimos. Y si
algunas veces mira al hombre para lo echar a perder, es porque el hombre no le
dejó ejecutar su ira contra los pecados, que Dios quería destruir; mas quiso
perseverar y dar vida a los que a Él mataban, y a Dios desagradaban. Y, por
tanto, justo es que su muerte quede viva, y su vida siempre muera pues que no
quiso abrir la puerta al que, por amor y con amor, quería y podía matar a su
muerte y darle vida.
2.
El remedio para que Dios no mire a nuestros pecados es mirarlos nosotros
Mas
dirá alguno: ¿Qué remedio para que Dios no mire a mis pecados para me
castigar; mas a su hechura para la salvar? La respuesta es muy breve y muy
verdadera: Míralos tú, y no los mirará Él. Suplicaba David al Señor por sus
pecados, diciendo: Habe misericordia, Señor, de mí, según la gran
misericordia tuya. Y también le decía: Aparta, Señor, tu faz de los
mis pecados.
Mas
veamos qué alega para alcanzar tan gran merced. Por cierto, no servicios que
hobiese hecho; porque bien sabía que, si un siervo por muchos años con gran
diligencia sirviese a su señor, y después le hace alguna traición digna de
muerte, no se miraría a que ha servido, porque su siervo era obligado a servir
y por eso no echó en deuda el Señor; mas mírase a la traición que hizo, la
cual era obligado a no hacer. Y por eso con pagar lo que antes debía, no pudo
pagar lo que hace agora. Ni tampoco ofreció David sacrificios, porque bien
sabía que Dios no se delita con animales encendidos. Mas éste ni en
servicios pasados ni en merecimientos presentes halla remedio; hallólo en
el corazón contrito, y humillado, y pide ser perdonado diciendo: Porque
yo conozco mi maldad, y el mi pecado delante mis ojos está siempre. Admirable
poder dio Dios a este mirar nuestros pecados, porque, tras nuestro
mirar para aborrecerlos, se sigue el mirar de Dios para deshacerlos. Y
convertiendo nosotros los ojos a lo que malamente hecimos, para afligirnos,
convierte Él los suyos a salvar y consolar lo que Él hizo. De manera que si el
pecador conoce sus pecados, Dios le perdona; si los olvida Dios le castiga.
Mas
dirá alguno: ¿De dónde es tanta fuerza a nuestro mirar, que así trae luego
tras si el mirar de Dios, lleno de perdón? No por cierto de sí, porque por
conocer el ladrón que ha hecho mal en hurtar, no por eso merece que se le
perdone la horca, mas viene de otra vista muy amigable y tan valerosa que es
causa de todo nuestro bien. Esta es de la que dice David: Defendedor nuestro
mira, Dios, y mira en la haz de tu Cristo. En la primera vez que dice mira,
suplica a Dios que nos mire aceptando nuestros ruegos, y haciéndonos
bien. Porque eso significa volver Dios a uno la cara. Por lo cual mandaba Dios
que bendijesen los sacerdotes al pueblo diciendo: El Señor vuelva su cara a
nosotros. Y la segunda vez que dice: Mira, claro es a donde suplica que mire,
que es a la faz de Jesucristo; porque así como el mirar Dios a nosotros nos
trae todos los bienes, así el mirar Dios a su Cristo trae a nos la vista de
Dios.
3.
La mirada de Dios, llena de perdón, llega a nosotros a través de Cristo,
nuestro Sacerdote
No
penséis, doncella, que los agraciados y amorosos rayos de los ojos de Dios
descienden derechamente de Él a nosotros, porque si así lo pensáis, ciega
estás; mas sabed que se enderezan a Cristo, y de allí en nosotros por Él. Y
no dará el Señor una habla ni vista de amor a persona alguna del mundo
universo, por santa que sea, si la ve apartada de Cristo; mas por Cristo, y en
Cristo, mira a todos los que se quisieren mirar, por feos que sean. El ser amado
Cristo es razón de ser amados nosotros, como dice San Pablo, hablando del
Padre: Hízonos agradables en el amado, conviene a saber en Cristo. E,
si Cristo de en medio se saliese, ningún amado habría de Dios. Y esto es lo
que fue figurado en el principio del mundo, cuando el justo Abel, pastor de
ganados, ofreció sacrificio a Dios de su manada. El cual sacrificio fue acepto
como la Escriptura dice: que miró el Señor a Abel, y a sus dones; y
éste mirarlo fue ser agradable, y señal de este agradamiento
invisible envió fuego visible que quemó el sacrificio.
Este
justo pastor aquel es el cual dice de sí: Yo soy buen pastor. El cual
también sacerdote. Y, por consiguiente, como dice San Pablo, ha de ofrecer
dones y sacrificios a Dios. Mas, ¿qué ofreciera, que digno fuera? No, por
cierto, animales brutos; no hombres pecadores; porque estos más provocaran la
ira de Dios que alcanzaran misericordia. Y no sin causa mandaba Dios hacer tanto
examen en la Vieja Ley sobre el animal que se había de sacrificar; que fuese
macho, y no hembra, que fuese de tanta edad, ni muy chico ni muy grande, que no
fuese cojo, ni ciego, con otras mil condiciones, para dar a entender que lo que
se había de ofrecer para quitar los pecados, no había de tener pecado. Y,
porque ninguno sin él estaba, no tenía este gran sacerdote qué ofrecer por
los pecados del mundo, sino a sí mismo, haciéndose hostia el que es sacerdote,
y ofreciéndose a sí mismo, limpio, por limpiar los sucios; el justo, por
justificar los pecadores; el amado y agradado, porque fuesen amados y recebidos
a gracia los que por sí eran desamados y desagradados. Y valió tanto este
sacrificio, así por él como por quien le ofrecía, que todo era uno, que los
que estábamos apartados de Dios, como ovejas perdidas, fuimos
traídos, lavados, santificados y hechos dignos de ser ofrecidos a Dios. No
porque nosotros tuviésemos algo digno, mas encorporados en este pastor, siendo
ataviados con sus riquezas y rociados con su sangre, somos mirados de Dios por
su Cristo. Lo cual dice San Pedro así: Cristo una vez murió por nosotros,
el justo por los injustos, para que nos ofreciese a Dios mortificados en la
carne, y vivos en el espíritu.
Veis,
pues, como nuestro Abel ofrece a Dios ofrenda de su manada, que son obedientes
cristianos, a los cuales mira Dios con amor, porque mira primero a nuestro Abel,
agradándose en él y por él sus dones, que somos nosotros. Y así como acullá
vino fuego visible, así también lo vino acá, en figura de lenguas,
el día de Pentecostés. Y esto, después que Cristo subió a los cielos,
para aparecer a la cara de Dios por nosotros, como dice San Pablo. Del cual
miramiento de los ojos de Dios a la haz de Jesucristo salió este fuego
del Espíritu Santo, que abrasó los dones que este gran pastor y pontífice
ofreció al Padre, que son sus discípulos, y todos los creyentes en Él, que
son ovejas de su rebaño. Veis aquí, pues, doncella, qué habéis de mirar cada
vez que Dios mirare, y será conocer que no sois mirada en vos, ni por vos;
porque no tenemos qué sino males, mas sois mirada por Cristo, cuya cara es
llena de gracia, como dijo Ester. Y tenemos tan cierta esta vista de Dios a
nosotros por Cristo, si nosotros queremos mirarnos, que así como prometió Dios
a Noé que, cuando mucho lloviese, él miraría su arco, que puso en las nubes en
señal de amistad de Él con los hombres para no destruir la tierra por
agua, así, y mucho más, mirando Dios a su Hijo puesto en la cruz, extendidos
sus brazos a modo de arco, se acuerda de su misericordia, y quita de su riguroso
y castigador arco las flechas que ya quería arrojar. Y en lugar de castigo da
abrazos, vencido más por este valeroso arco, que es Cristo, a hacer
misericordia que movido por nuestros pecados a nos castigar; y puesto que
nosotros anduvimos errados y vueltas las espaldas a la luz, que es Dios, no
queriendo mirarle, mas vivir en tinieblas, somos por este pastor traídos en sus
hombros, y por traernos él míranos el Señor, haciendo que lo miremos a él.
4.
Ni un momento quita Dios sus ojos de nosotros
Y
tiene tan especial cuidado de nos que ni un momento quita sus ojos de nos,
porque no nos perdamos. ¿De dónde pensáis que vino aquella amorosa palabra
que Dios dice al pecador que se arrepiente de sus pecados: Yo te daré
entendimiento, y te enseñaré en el camino que has de andar, y poner sobre ti
mis ojos, sino de aquella amorosa vista con que Dios miró a su Cristo? El
cual es la sabiduría que nos enseña y el verdadero camino por donde vamos sin
tropiezo; y el verdadero pastor, por el cual, en cuanto hombre somos mirados, y
el cual, en cuanto Dios, nos mira, quitándonos los peligros de delante, en los
cuales ve que hemos de caer; teniéndonos firmes en los que nos vienen;
librándonos en los que por nuestra culpa hemos caído; cuidando lo que nos
cumple, aunque nosotros hacemos descuidos; acordándose de nuestro provecho,
aunque nosotros nos olvidamos de su servicio; velándonos cuando dormimos;
teniéndonos consigo cuando nos querríamos apartar; llamándonos cuando huimos;
consolándonos cuando venimos; y teniendo en todo y por todo un tan vigilante y
amoroso mirar con nosotros, que todo, y en todo tiempo, nos lo ordena a nuestro
provecho.
¿Qué
diremos a tantas mercedes, sino hacer gracias a aquel verdadero pastor que,
porque sus ovejas no muriesen de hambre, ni anduviesen lejos de los ojos de
Dios, ofreció su cara a tantas deshonras, para que, mirándola el Padre tan
afligida, sin culpa, mirase a los culpados con ojos de misericordia, y para que
traigamos nosotros en el corazón y en la boca: Mira, Señor, en la faz de
tu Cristo, probando por experiencia que muy mejor nos oye el
Señor y nos ve, y nos inclina oreja, que nosotros a Él?
Cuarta
palabra. Cómo hemos de olvidar nuestro pueblo
Para
declaración de lo cual es de notar, que todos los son repartidos en dos bandos,
o ciudades diversas; una de malos, y otra de buenos. Las cuales ciudades no son
distintas por diversidad de lugares, pues los ciudadanos de una y otra viven
juntos y aún dentro de una casa, mas por diversidad de afecciones. Porque,
según dice San Augustín, dos amores hicieron a dos ciudades. El amor de sí
mismo, hasta despreciar a Dios, hizo la ciudad terrenal; el amor de
Dios, hasta despreciar a sí mismo, hizo la ciudad celestial. La
primera ensálzase en sí misma, la segunda, no en sí, mas en Dios. La primera
quiere ser honrada de los hombres; la segunda, tiene por honra tener la
conciencia limpia delante los ojos de Dios. La primera ensalza su cabeza en su
honra; la segunda dice a Dios: Tú eres mi gloria, y el que alzas mi cabeza.
La primera es deseosa de mandar y señorear; en la segunda sírvense unos a
otros por caridad: los mayores aprovechando a los menores, y los menores
obedeciendo a sus mayores. La primera atribuye la fortaleza a sus poderosos y
gloríase en ellos; la segunda dice a Dios: Ámete yo, Señor, fortaleza
mía. En la primera los sabios de ella buscan los bienes criados; o si
conocieron al Criador no lo honraron como a criador, mas tornáronse vanos en
sus pensamientos y diciendo: somos sabios, tornáronse necios; mas en la
segunda ninguna otra sabiduría hay sino el verdadero servicio de Dios, y espera
por galardón honrar al mismo Dios en compañía de los santos hombres y
ángeles, para que sea Dios todas las cosas en todos. De la primera
ciudad son vecinos todos los pecadores; de la segunda todos los justos. Y porque
todos los que de Adán descienden, sacando el Hijo de Dios y su bendita Madre
son pecadores, aun en siendo engendrados, por tanto todos somos naturalmente
ciudadanos de aquesta ciudad, de la cual Cristo nos saca por gracia para
hacernos de la suya.
1.
Los diversos nombres que se dan al mundo, nuestro pueblo, indican su maldad
Esta
mala ciudad que es de congregación, no de plazas ni calles, mas de hombres que
se aman a sí y presumen de sí, se llama por diversos nombres, que declaran la
maldad de ella. Llámase Egipto, que quiere decir tiniebla o
angustia; porque los que en esta ciudad viven carecen de luz, pues no
conocen a Dios. Y no lo conocen, porque no le aman; porque según dice San Joan:
el que no ama a Dios, no conoce a Dios; porque Dios es amor. Y viviendo
en tinieblas, no tienen gozo, porque, según decía Tobías: ¿Qué gozo puedo
yo tener, pues no veo la lumbre del cielo?
Llámase
también Babilonia que quiere decir confusión el cual nombre
fue puesto cuando los soberbios quisieron edificar una torre que llegase hasta
el cielo, para defenderse de la ira de Dios, si quisiese otra vez destruir el
mundo por agua, y para hacer un tal edificio, por el cual fuesen nombrados en el
mundo. Mas impidió su locura el Señor de esta manera, que les confundió el
lenguaje, que antes era uno, en muchos lenguajes, para que así no se
entendiesen unos a otros. De lo cual nacían rencillas, pensando cada uno que
hacía el otro burla de él, diciendo uno y respondiendo otro. Y así el fin de
la soberbia fue confusión y rencilla, y división. Muy propiamente compete este
nombre a la ciudad de los malos, pues quieren pecar y no ser castigados. Y no
quieren huir los castigos de Dios, evitando el ofenderle, mas, si pudiesen por
fuerza o por maña pecar, y no ser castigados, lo intentarían. Son soberbios, y
todo su fin es que se nombre su nombre en la tierra. Hacen torres de obras
vanas, si pueden, y si no, a lo menos en los pensamientos. Los cuales
destruídos al mejor favor que ellos están, según está escripto: A los
soberbios resiste y a los humildes da gracia, y porque no quisieron vivir
en unidad de lenguaje, dando la obediencia a Dios son castigados en que
ni ellos se entiendan a sí mismos, ni entiendan a Dios, ni se entiendan unos a
otros, ni entiendan cosa criada; pues, faltándoles la sabiduría de Dios,
ninguna cosa entienden como se debe de entender para su provecho. ¡Cuántas
cosas pasan en el corazón de los malos que los sacan de tiento, y no saben
cómo remediarse! Ya pide uno con deseo una cosa y otra, y a las veces
contraria; ya hacen, ya deshacen; lloran y alégranse; ya quieren desesperar, ya
se ensalzan vanamente; buscan con mucha diligencia una cosa, y, después de
habella alcanzado, pésales por haberla alcanzado; desean una cosa y hacen otra,
siendo regidos, no por razón, mas por pasión. Y de aquí es que como el hombre
sea animal racional, cuya principal parte es la ánima, que ha de vivir
según razón, y éstos viven según apetito, no se conocen ni entienden, pues
viven vida bestial, que es vida de cuerpos, y no racional, que es propria vida
de hombres. De lo cual nace que, como Dios sea espíritu y haya de ser amado y
conocido no de nuestro cuerpo, mas de nuestro espíritu, estos tales no le
conocen, porque su vida es al contrario de Él. Y como la unión de los
prójimos nace de la unión de sí mismos, y de la unión de sí con Dios, estos
ciudadanos, divididos en sí y divididos de Dios, no pueden tener buena y
duradera paz unos con otros; mas antes de sus hablas y obras y juntas nacen
rencillas, viviendo cada uno a su proprio querer, sin curar de agradar al otro,
y sintiendo cada uno a su injuria, sin curar de sufrirse unos a otros. Estos son
los que no entienden a qué fin fueron criados, ni cómo han de usar de las
criaturas, ni temen infierno, ni desean el cielo; mas todas las cosas las
quieren para sí, haciéndose fin de todas ellas. Con mucha razón, pues, son
llamados Babilonia los que todos andan en ceguedad, sin usar de sí ni
de otra cosa conforme al querer del Criador.
Llámanse
también caldeos, llámanse Sodoma, llámanse Edón,
con otros mil nombres que representan la maldad de este pueblo, y todos aun no
pueden declarar la malicia de él. Este es el pueblo del cual manda Dios salir a
Lot, porque no le comprehenda el castigo que de Dios viene sobre él, y le es
mandado que se salve en el monte, que es la alteza de la fe y buena vida. Este
es el pueblo del cual manda Dios que salga a Israel, para caminar a la tierra de
promisión, que es figura del cielo. Este es el pueblo del cual mandó Dios
primero a Abraham que se saliese, cuando le dijo: Sal de tu tierra, y de tu
tierra, y de tu parentela, y de la casa de tu padre, y ven a la tierra que te
mostraré. Este es el pueblo del cual dice Dios por San Pablo a los que
quieren ser suyos: No queráis tener compañía con los infieles. Porque
¿qué compañía puede tener la maldad con la bondad, o la luz con las
tinieblas? ¿Qué junta puede haber en ti, Cristo, y Belial o entre el fiel y el
infiel? ¿Qué convención hay entre el pueblo de Dios con los ídolos? Porque
vosotros sois templos de Dios vivo, como dice el Señor: Yo moraré en ellos, y
andaré entre ellos, y seré Dios de ellos, y ellos me serán pueblo. Por lo
cual salid del medio de ellos y apartaos, dice el Señor, de ellos. Todo
esto dice San Pablo.
De
las cuales cosas veréis claro con cuánta razón se os dice de parte de Dios: Olvida
tu pueblo, y la casa de tu padre; porque no os recibirá el Señor por
suya, si no os extrañáis a este pueblo.
No
es cosa segura estar debajo de una casa, la cual sin duda se ha de caer y tomar
a cuantos debajo estuvieren, y no agradeceremos poco a quien de tal peligro nos
avisase. Pues sabed muy de cierto que vendrá día en que se cumpla aquella
visión que vio San Joan cuando dijo: Vi otro ángel que descendió del
cielo, que tenía gran poder, y que tenía la tierra alumbrada con su gloria. Y
él clamó con su fortaleza y dijo: Caído ha, caído ha Babilonia la grande, y
hecha es morada de demonios, y casa de todo espíritu sucio, y de toda ave sucia
y horrible. Y abajo dice: Tomó un ángel una piedra grande, como de
molino, y echóla en la mar, diciendo: Con este ímpetu será echada la gran
Babilonia en la mar, y no será más hallada. Y, porque no se descuiden los
que desean salvarse, pensando que, teniendo compañía con los malos, no les
comprehenderán sus azotes, dice el mismo San Joan que oyó otra voz del cielo
que decía: Salid de ella, pueblo mío, y no seáis participantes en sus
delitos, y no recibáis de sus plagas, porque llegado han sus pecados al cielo,
y acordado se ha el Señor de las maldades de ella.
2.
¿Qué quiere decir «salir del mundo»?
Sobre
lo cual dice San Augustín que este salir del medio de Babilonia no quiere
decir ir con el cuerpo de entre los malos, mas con el ánima, porque en una
misma ciudad y en una misma casa está Jerusalén y Babilonia, juntas cuanto al
cuerpo, mas, si miramos a los corazones, muy apartados están. Y en uno es
conocida Jerusalén, ciudad de Dios, y en otro Babilonia, ciudad de los malos. Olvidad,
pues, vuestro pueblo, y salid al pueblo de Cristo, sabiendo que no podéis
comenzar vida nueva, si no salís de la vida vieja. Acordaos de lo que dijo San
Pablo, que para santificarle a su pueblo por su sangre, padeció muerte
fuera de la puerta de Jerusalén, y pues así es, salgamos a él fuera de los
reales, imitándole en su deshonra. Esto dice San Pablo, amonestándonos
que por eso Cristo padeció fuera de la ciudad, para darnos a entender
que, si le queremos seguir, hemos de salir de esta ciudad, que hemos dicho, que
es congregación de los que se aman a sí. Bien pudiera Cristo curar el ciego en
Betsaida, y más quiso sacarle de ella y así darle la vista, para darnos a
entender que fuera de la vida común, que siguen los muchos, hemos de ser
curados de Cristo, siguiendo el camino estrecho, por el cual dice la misma
verdad que andan pocos. No os engañe nadie; que no quiere Cristo a los que
quieren cumplir con Él y con el mundo. Y por su bendita boca prometió que
ninguno pudiese servir a dos señores.
Por tanto, si queréis que Él se acuerde de vos, olvidad vuestro pueblo. Si queréis que os ame, no os améis vos. Si queréis que Él cuide de vos, no estéis estribada en vuestro cuidado. Si queréis que os mire con amor, no os miréis complaciendo a vos. Si queréis estar arrimada a Él, desarrimaos de vos. Y si queréis agradarle, no temáis desagradar al universo mundo por Él. Y si deseáis hallarle, no dudéis perder padre y madre, y hermanos y casa, y aun vuestra propria vida, por Él. No porque conviene aborrecer estas cosas, mas porque conviene mirar tan de verdad, y con todo vuestro corazón, a Cristo, que no torzáis en un solo cabello de agradar a Él por agradar a criatura alguna, por amada que sea, ni aun por vos misma. San Pablo predica que los que tienen mujeres las tengan como si no las tuviesen, y los que comp