Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia PUDOR

PUDOR
TEOLOGÍA MORAL

SUMARIO

I. Para una definición del pudor. 

II. El pudor en la tradición cristiana. 

III. La negación del pudor en los dos últimos siglos. 

IV. El redescubrimiento del sentido del pudor como "revelación del ser" en el pensamiento contemporáneo. 

V. La importancia ética del pudor. 

VI. Nuevas demandas de pudor en el mundo contemporáneo: 
1. Pudor y comunicación; 
2. Pudor e información; 
3. Pudor y política; 
4. Pudor y educación; 
5. Pudor y hospitalidad.


 

El pudor, entendido como sentimiento de recato y de vergüenza, especialmente en lo que se refiere a la esfera sexual, representa un elemento fundamental de la personalidad. Se relaciona por un lado con la / sexualidad, por otro con la esfera íntima de la personalidad, y está emparentado con los sentimientos de vergüenza, de recato, de reserva y, en general, con todo o que atañe al respeto de la esfera de intimidad de cada uno.

Se trata, por tanto, de un concepto bastante complejo, del que examinaremos especialmente la dimensión ética, prescindiendo de una valoración jurídica, que se interesa más bien por la relevancia social del sentido del pudor y de las consecuencias de la impudicicia y de la obscenidad en las buenas costumbres [1 Pornografía y erotismo]. Por lo demás, es evidente que la convicción implícita que está en la base de la legislación es que el pudor es un valor, aunque evidentemente no corresponde a la jurisprudencia fundarlo.

Después de un intento de definición (I), se analizarán por orden: la concepción del pudor según la Biblia y la tradición cristiana (II); las teorías que niegan el pudor surgidas sobre todo en los dos últimos siglos (111); el redescubrimiento del sentido del pudor como "revelación del ser" en el pensamiento contemporáneo (IV); la importancia en el plano ético del sentimiento del pudor (V). En una última parte (VI) se trazará una panorámica a modo de ejemplo de algunas áreas del vivir humano que hoy exigen ser protegidas por un nuevo sentido del pudor.

I. Para una definición del pudor

Bajo el aspecto más propiamente psicológico, podríamos definir el pudor como un "comedimiento del alma", en el que hay que poner de relieve "su carácter natural y profundamente humano" (M. PRADINES, 250).

En el plano propiamente moral, el pudor puede definirse como "la vigilante conciencia que defiende la fidelidad y el amor conyugal" (B. HüRING, 320).

Una definición propiamente espiritual, e incluso religiosa, del pudor lo capta como sentimiento profundo, "ligado a la encarnación dei espíritu" y como una especie de "envoltura... puesta por la naturaleza en torno a los sentimientos, para evitar que el espíritu se ponga demasiado pronto en contacto con la vida, para permitirle que se vaya habituando poco a poco". De este modo, el pudor no es solamente un mecanismo de protección, sino también "órgano del desarrollo espiritual" y el "mediador de la unidad del alma con el cuerpo" (J. GUITTON, 77-78).

Relacionado con el pudor puede estar cierto sentimiento de vergüenza o de arrepentimiento; pero el pudor y la vergüenza no coinciden, y el primero, a diferencia de la segunda, aparece más estrechamente vinculado con la interioridad de la persona. Con R. Le Senne (bibl.; ed. fr., 1949, 541ss), se puede afirmar que el pudor es objeto de una tensión doble: hacia abajo, en el sentido de toma de conciencia de una turbación, y por tanto como vergüenza; hacia arriba, como aspiración y tensión al valor.

Precisamente por esta bipolaridad, el pudor es bastante más "sentido" intuitivamente que captado teóricamente, aun cuando la experiencia del pudor es necesariamente propia, no sólo del pensador, sino también y sobre todo del hombre común.

II. El pudor en la tradición cristiana

La realidad del pudor es de las primeras que se encuentran en la Biblia. La página fundamental del Gén que narra el pecado de Adán representa un punto de referencia esencial para la misma reflexión contemporánea sobre el pudor. Podemos captar fácilmente el sentido profundo del relato bíblico, por encima de las interpretaciones sobre los puntos concretos. Inmediatamente después de la creación, "los dos estaban desnudos, el hombre y su mujer, sin avergonzarse uno de otro" (2,25); por el contrario, después del pecado se manifiesta el sentimiento del pudor como pudor sexual verdadero y propio ("se dieron cuenta de que estaban desnudos", 3,7), como vergüenza y, en general, como sentimiento de culpabilidad ("me entró miedo porque estaba desnudo, y me escondí", le dice el hombre al Señor, 3,10).

Desde el comienzo de la Biblia, por consiguiente, aparece muy estrecho el nexo entre sentimiento de pudor y sentido de pecado. El pudor aparece como la consecuencia necesaria de la turbación misteriosa determinada por la culpa en la estructura íntima de la personalidad; frente a la incapacidad del hombre para ejercer un control total sobre sí mismo, para dominar plenamente sus pasiones, el pudor se muestra como "guardián del ser". En la perspectiva bíblica, el pudor aparece esencialmente dirigido a la protección de la esfera sexual contra el desorden introducido en ella por el pecado, no sin que se vislumbre todavía (como en el conocido episodio de la desnudez de Noé que nos narra Gén 9,22) una finalidad distinta y más profunda del pudor, como delimitación y al mismo tempo como respeto de una zona de intimidad y de recato de la persona, que a nadie le es lícito traspasar.

En toda la tradición bíblica es constante la afirmación del valor positivo del pudor, junto con la condenación clara de la falta del mismo. Desde este punto de vista el NT no añade nada a esta tradición, aun cuando se le da a la exigencia del respeto al propio cuerpo y al cuerpo del prójimo una base más plena y profunda, poniéndolo en relación con la inhabitación de Dios en el hombre, que ha hecho posible la pureza de corazón, entendida sobre todo como disposición total al amor de Dios. Por eso, consciente de que no está en juego únicamente el cuerpo, sino toda la persona, Pablo afirma con tremenda severidad que "ni los lujuriosos, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados... heredarán el reino de Dios" (1 Cor 6,10).

Tanto el AT como el NT -dentro de los lógicos condicionamientos determinados por el ambiente, y sobre todo por las costumbres sexuales de la época en que se movieron los escritores inspirados- tienen en general una visión serena y equilibrada de la corporeidad y de la sexualidad. La ostentación impúdica del propio cuerpo y la misma desnudez son condenadas, no ya en virtud de una repulsa radical de la corporeidad, sino para impedir que ella, reducida a objeto de la pasión, quede colocada fuera de un contexto de amor y de entrega y, por tanto, de reciprocidad.

Por lo demás, no hemos de extrañarnos de que, en contacto con el mundo helenístico, las primeras generaciones cristianas (y las que siguieron sus huellas, casi podríamos decir que hasta nuestros días) tendiesen a dar una interpretación rigorista del pudor, acentuando a veces hasta el paroxismo, su importancia para la misma vida cristiana. Piénsese en el De pudicitia de Tertuliano, pero también en algunos escritos de Jerónimo y Agustín. El mismo Ambrosio tiende a identificar pudicicia y virginidad, excluyendo implícitamente el pudor del ámbito de la vida conyugal. Pero hay que evitar generalizaciones indebidas. Sigue faltando, por lo que consta, una historia de la actitud del mundo cristiano respecto al pudor.

El encuentro posterior entre el neoplatonismo vigente y la moral burguesa acabó por producir un amplio y radical oscurecimiento de la concepción bíblica de la sexualidad y de la corporeidad, y consiguientemente del pudor, determinando por reacción -en el momento en que se volvía a descubrir y afirmar el valor de la sexualidad- una tendencia a la negación del valor del pudor y a la completa liberación del sexo y del cuerpo de todo vínculo ético.

III. La negación del pudor en los dos últimos siglos

El terremoto tecnológico, político y cultural que ha sacudido a Occidente a partir de la segunda mitad del siglo xvin ha puesto también en discusión el valor y el significado mismo del pudor. En el curso especialmente de los dos últimos siglos, ha llegado a verse rechazado de diversas maneras en nombre de teorías que han intentado afirmar su pretendido carácter derivado, histórico y consiguientemente relativo.

La primera negación, que apareció ya en el siglo xvtn, fue la que podemos llamar "libertina". El pudor sería sencillamente "una invención del amor y del placer refinado". "Al velo con que el mismo pudor cubre las bellezas de una mujer -escribe C.A. Helvetius- es a lo que el mundo debe la mayor parte de sus placeres". Cuando falta el pudor, "el deseo pierde toda aquella vivacidad que llevaría consigo la curiosidad". "Allí donde falta el pudor, la belleza se degrada, mientras que, por el contrario, en los pueblos donde el pudor coloca un velo entre el deseo y la desnudez, este velo misterioso es el talisman que tiene al amante junto a su amada" (cit. en A. MAFFEY [dirigido por], Gli ideologi francesi, Bolonia 1961, 53). No menos utilitarista es la tesis de Diderot, según el cual "el hombre no quiere verse perturbado ni distraído en sus goces", tanto más cuanto que "los goces del amor van seguidos de una debilidad que abandonaría al hombre en manos de sus enemigos". "He aquí -concluye el famoso autor de la Enciclopedia- todo lo que puede haber de natural en el pudor; lo demás se deriva de la institución" (Oeuvres choisies, París 1884, 208209).

- Las siguientes investigaciones etnográficas y antropológicas parecen comprobar la teoría del carácter esencialmente histórico y contingente, y, por tanto, derivado y no innato, del pudor. Recogiendo, en otro contexto, una tesis de Cl. Lévi-Strauss (Le strutture elementar¡ delta parentela, Feltrinelli, Milán 1969, 50), el pudor es un dato no natural, sino adquirido, que constituye un "fenómeno social" y que, como tal, forma parte de la "cultura", y no de la "naturaleza". Es ésta una de las tesis que recorren un arco de pensamiento que va desde el primer positivismo al moderno estructuralismo, en cuyo ámbito el pudor asume un significado esencialmente relativo y convencional.

- Paralelamente se iba desarrollando, dentro de la psicología, una repulsa decidida de todo innatismo, con la consiguiente negación del carácter original del pudor. Para Henry James este sentimiento es sencillamente "una síntesis mental derivada", sin nexo alguno con las estructuras de la vida personal. (cf R. JoLtvEr, Traité de philosophie II, París 1960, 339). De esta forma el pudor queda relegado a la esfera de lo irracional, por no decir de lo insignificante. A la pregunta de si el pudor era un hecho natural o bien un "sedimento de influencias activas y superpuestas por la religión cristiana", V. Pareto (bibl., 465) respondía que "el pudor es esencialmente artificial" y que entra en la esfera de lo irracional, y por consiguiente (para un científico de formación positivista como era él) de lo "religioso", en este sentido seductivo. Por tanto, el pudor "es una rama de la religión sexual", la cual, como todas las religiones, tiene sus teólogos y sus sacerdotes.

- El psicoanálisis acentúa la valoración negativa del sentimiento del pudor, tendiendo a ver en él un carácter reductor y tendencialmente inhibitivo de la sexualidad. El pudor aparece necesario para mantener la libido dentro de unos límites compatibles con la conservación de la especie, pero su necesidad es de tipo negativo y su función se reduce esencialmente a la del gendarme; por el contrario, el ideal teórico que hay que perseguir en una sociedad liberada de los tabúes sexuales seria el desarrollo libre de la sexualidad y, por consiguiente, la caída total del pudor. Ésta es la interpretación de la concepción freudiana del pudor que da M. Scheler (Essenza e forme delta simpatía, Cittá Nuova, Roma 1980; ed. fr., 1928, 263-264). El análisis scheleriano del pudor (cf bibl.) es la refutación más penetrante de las tesis de S. Freud. Hay que notar, sin embargo, que éste no trata ampliamente ex professo del pudor en ninguna de sus obras, por lo cual no es fácil ubicar el pudor sexual en el cuadro de la visión freudiana de la sexualidad. En los epígonos del psicoanálisis, como en W. Reich (cf La rivoluzione sessuale, Feltrinelli, Milán 1971 7), el sentimiento del pudor es vaciado también de esta función suya inhibidora de la libido en nombre de una absoluta e ilimitada libertad sexual.

- Esta reducción negativa del pudor se acentúa en algunos filones del existencialismo ateo, especialmente en Sartre (L éssere e il pulla, Mondadori, Milán 1958) para quien el pudor acaba convirtiéndose no ya en una defensa, sino en una sustancial repulsa del ser. Previa una reducción preliminar del pudor a vergüenza (ponte), el cuerpo queda reducido a instrumento a través del cual, mediante la mirada, la persona es "expropiada" y, por así decirlo, "tragada" por el otro, aun cuando, por una paradoja meramente aparente, es precisamente ese sentimiento de vergüenza el que hace al yo consciente de sí mismo, en cuanto que la honte le revela al ser la presencia del otro y al mismo tiempo lo revela a sí mismo a través de la conciencia de que "es mirado". De esta forma "tengo vergüenza de lo que soy"; por eso "la vergüenza realiza una relación íntima de mí conmigo mismo: he descubierto por la vergüenza un aspecto de mi ser". Pero como todo encuentro verdadero y profundo, no epidérmico y pasajero, es irrealizable entre las personas, y como toda relación está puesta bajo el signo de la incomunicabilidad, o mejor aún, de la pretensión de cada uno de tomar posesión del otro, la vergüenza asume un significado radicalmente negativo, constituyendo la prueba final del abismo insuperable que divide alas personas, hasta el punto de que el yo "llega a sentir su alienación y su desnudez como una degradación que debe asumir: tal es el sentido de aquel famoso `se dieron cuenta de que estaban desnudos' de la Escritura". La exposición a las miradas de los demás, que nos revela precisamente el pudor, se convierte así en una culpa que no puede rescatar ninguna fuerza, ni siquiera el amor sexual. La desnudez es el modo a través del cual cada uno se ve "tragado" visualmente por el otro, sin poder jamás ser aceptado y amado como persona (285ss, 449 y 451).

IV. El redescubrimiento del sentido del pudor como "revelación del ser" en el pensamiento contemporáneo

Con Sartre se concluye la parábola iniciada con Helvetius; reducido a una mera función utilitarista, el pudor acaba siendo rechazado radicalmente en su sentido más profundo. Pero, precisamente mientras llegaba a su cumplimiento esta parábola, y en cierto sentido en virtud de este proceso de erosión gradual del sentimiento del pudor, el pensamiento contemporáneo, sobre todo en sus corrientes fenomenológicas, espiritualistas y personalistas, y gracias a la aportación de una psicología más crítica y atenta, llegaba a una nueva y sugestiva fundamentación del pudor (cf en bibl. M. Scheler, V. Soloviev, D. v. Hildebrand, E. Mounier, V. Jankélévitch, V. Melchiorre). El motivo básico de estas corrientes es la visión del carácter innato y no derivado del pudor, y de su aportación esencial a la construcción misma de las estructuras de la persona, por encima de toda reducción sustancial de la persona a una corporeidad cerrada.

El punto crítico de este mensaje puede situarse en el desplazamiento de acento entre el momento de "ser mirado por los demás" y el momento del "mirarse dentro". El pudor se convierte entonces, más que en una relación con el otro, en una relación de la persona consigo misma, aunque sea a través de la mediación del otro, y acaba conquistando su verdadero significado precisamente -en cuanto revelador de la persona a sí misma. Es lo que indica luminosamente Vladimir Soloviev cuando afirma que "aquello de lo que se avergüenza el hombre es más importante que el hecho material de avergonzarse" y que "el objeto del pudor sexual no es el hecho exterior de la unión de dos seres humanos, sino el sentimiento profundo y universal de este hecho" (141 y 147).

Bajo esta luz el pudor se presenta como un elemento esencial constitutivo de la persona. V. Jankélévitch no vacila en hacer del pudor el nuevo "cogito ergo sum" del personalismo, afirmando precisamente que el pudor es el revelador del ser. Esta vergüenza no se pone bajo el signo de lo negativo, como Sartre, sino que es asumida en su positividad, en cuanto que revela a la personalidad sus raíces más profundas. Con una expresión imposible de traducir, Jankélévitch puede escribir que "la pudeur désigne ce verre dépoli de notre innocence qui cesse d étre translucide á force d étre lumineux: laisse passer la clarté du jour, mais dérobe le dessin et la figure. La pudeur ne sait pourquoi elle se cache ni ce qu'elle a au juste á cacher" (ed. fr. 1947, 793).

Según E. Mounier (bibl., 608-610), en el sentimiento del pudor el yo y el tú aparecen en una relación estrecha e irrompible. El pudor revela así una doble tendencia: a la apertura de la persona al otro y al repliegue de la persona sobre sí misma. El pudor "es un retroceder mezclado con cierto temor, pero su gesto protege más que repele. Contra la tendencia natural a mostrar, es un contrapeso natural que evita a la vez la clausura y la promiscuidad" (609). En el momento en que la persona, especialmente en su corporeidad, entra en contacto con los demás, inmediatamente se le plantea la exigencia de darse a conocer, de revelarse, de manifestarse, y al mismo tiempo de mantener una esfera de reserva y de intimidad. El pudor se manifiesta precisamente en este abrirse a los demás, en un encontrarse con los demás que quiere ser total, de persona a persona, y que se niega, por tanto, a asumir la forma exclusiva de la corporeidad. El pudor es entonces la negativa a presentarse a los demás, disueltos por completo en la propia corporeidad, de aparecer y de ser para el otro total y exclusivamente corporeidad, ofrecida por completo, sin velos y sin misterios, a una mirada que no se haya hecho lúcida y comprensiva por el amor. "El pudor o la vergüenza moral -observa agudamente Mounier (Introduction aux existentialismes, París 19622, 127-128)- expresa el hecho de que entre mi naturaleza corpórea social objetiva y mi existencia no hay identidad... El hombre podría ser definido como un ser capaz de avergonzarse. Yo tengo vergüenza, luego existo,, en el pleno sentido de la palabra. Existo como un ser trascendente, hecho para librarse eternamente de sí mismo, de sus pasiones, de sus acciones".

A través del pudor que manifiesta en sus actos y en su misma persona, el yo invita al tú a no resolverlo exclusivamente en su propia corporeidad; lo mueve a vislumbrar, detrás del velo que impide la plena revelación de la persona, el misterio del ser. Ofrecerse a las miradas ajenas como mera corporeidad, y por tanto impúdicamente, significa renunciar a ser persona y hacerse aceptar solamente como objeto. Desde este punto de vista, la exhibición descarada del propio cuerpo, ofrecida a las miradas ajenas por pura sugestión erótica, representa una forma de envilecimiento de la persona puede que más absoluta y radical que la prostitución verdadera y auténtica. Pues en ésta subsiste aún una apariencia de relación directa entre las personas, mientras que en la exhibición a la mirada erótica ajena la persona se deja resolver en la visibilidad, renunciando a ser todo lo que no puede captarse con la mirada. En la relación exhibicionista se niega de raíz una sociafidad real. Pues, mientras que el pudor ayuda a ver la socialidad como relación entre personas (aunque necesariamente situada en el cuerpo), el exhibicionismo la reduce a relación entre una persona convertida en mirada (y, por tanto, en corporeidad) y otra persona convertida en puro objeto de la mirada (y por eso relegada a la esfera de la pura corporeidad).

La falta de pudor resta ánimos al deseo directo de captar, más allá de las apariencias exteriores del otro, la interioridad de su vida personal, el patrimonio de valores que cada uno encierra dentro de sí, todo aquello que la imposibilidad de superar por completo el velo de la corporeidad dejaría intuir y ayudaría a comprender. El pudor, por el contrario, constituye una invitación a buscar -tras el estímulo representado por el desvelamiento incompleto de la corporeidad y por el mantenimiento de una esfera de silencio y de secreto- el misterio oculto en el ser, más allá del cuerpo y juntamente con él.

En el momento en que, perdido el sentimiento del pudor, la persona se ofrece a las miradas de los demás en su corporeidad desnuda, se ve inevitablemente sujeta a un proceso de vaciamiento de sí misma. Cuando renuncia al misterio de la vida personal, la persona abdica parcialmente de sí misma; echa fuera, junto con su propia dignidad, algo suyo. El ser se cosifica y acepta ser captado por los demás sólo como objeto. Se inicia de este modo un proceso de despersonalización radical. El pudor construye, incluso exteriormente, a la persona; la falta de pudor (así como, en el polo opuesto, un recato excesivo que corresponda a una repulsa social de la propia corporeidad, frente a sí mis= mo incluso antes que frente a los demás) rompe el equilibrio entre la persona y el cuerpo en el que está situada, creando las premisas para la disolución de la vida personal.

Al resolverse en 1a pura corporeidad, la persona se forja quizá la ilusión de sumergirse más íntimamente y con mayor profundidad en la naturaleza (por algo el desnudismo se presenta precisamente como "naturismo', pero en realidad establece con ella una relación falsa, ya que el hombre no se coloca en el mundo sólo como parte del mismo, sino como dominador y plasmador de la naturaleza. Por otra parte, frente al hombre no hay una naturaleza dada de una vez para siempre, sino una naturaleza que se va transformando continuamente, incluso y sobre todo por obra del hombre; en este sentido el "naturismo" es profundamente "antinatural", si se piensa en la misión del hombre en el mundo. Esto no excluye, como es lógico, una actitud de sencillez y de naturalidad en relación con la naturaleza y con el propio cuerpo, por encima de todo desprecio maniqueo de la sexualidad. Es ésta la tarea esencial de la educación del sentido del pudor, que es un elemento fundamental de la educación en el sentido moral en general.

V. La importancia ética del pudor

El pudor atañe a la relación del hombre consigo mismo, con los demás y con el mundo; de aquí es de donde se deriva precisamente su importancia ética y su valor. Un valor que no es ciertamente absoluto, ni siquiera en el terreno de la esfera sexual, ya que incluso en este campo la primacía le corresponde al amor, al que va orientado y ordenado el mismo pudor. En el amor auténtico, por lo demás, el pudor no se niega, sino que se supera al realizarse. Lo que es personal, en este contexto, no queda sacrificado en el altar del impudor, y por tanto del anonimato, sino que se realiza plenamente en el plano de una vida de relación interpersonal más rica y abierta a la transmisión de la vida personal. En el amor el ser no se reduce a la corporeidad, sino que, al fallar el pudor en alguna de sus formas, encuentra el camino para establecer una relación interpersonal. Donde hay amor cesa el pudor; pero al mismo tiempo, donde hay amor el pudor se afina y madura. En efecto, el amor no se conserva mucho tiempo sin el pudor, que sigue siendo en este caso el guardián atento del ser y el signo de que se rechaza la reducción del encuentro amoroso a su mera dimensión corpórea.

En esta perspectiva, la repulsa tradicional del impudor por parte de la ética cristiana adquiere un sentido positivo, de afirmación de la vida personal, y no negativo, de repulsa de la dimensión corpórea. El pudor es una "reserva" de intimidad, de secreto, de fuerza, generador de fuerza espiritual, y como tal, sobre todo en los años de formación de la personalidad, "el baluarte más seguro de la vida moral" (E. Masure). Si el pudor es fuerza, el impudor es debilidad, espiritual y hasta metafísica. Lo que reduce a la persona a corporeidad desconoce su sentido más profundo y su dimensión metafísica; en este sentido, la obscenidad es una culpa en sentido metafísico más aún que en sentido moral. Como indica Sartre. "lo obsceno aparece cuando el cuerpo adopta ciertas actitudes que lo despojan totalmente de sus actos y que le revelan la inercia de su carne" (o.c. 489). El impudor significa captar al otro y aceptar ser captados por el otro, en la "inercia de la carne", en la repulsa de la globalidad de la vida personal.

En este sentido puede aceptarse, por encima de toda valoración contingente y por lo mismo relativa, la condensación ética del desnudismo, en cuanto filosofía incluso antes que como praxis, y filosofía basada, más aún que en el desconocimiento de la realidad o al menos de la posibilidad del mal, en el mito tan conocido del bon sauvage, gracias al cual todo lo que es "primitivo" es necesariamente bueno, de modo que la reducción al estado primitivo significaría automáticamente el retorno a una inocencia absoluta y primigenia. Se olvida de esta forma que la sexualidad es bivalente y que su positividad sólo puede captarse bajo el signo de la negatividad que la amenaza, aunque sólo potencialmente, y que la persona está llamada a superar, no ya en la ilusión de encontrar en el sexo un lugar hipotético más allá del bien y del mal, sino a través de la toma de conciencia de la propia vocación, el dominio de todas las energías que se disputan el señorío de la persona.

A este dominio tendrá que dirigirse, en el cuadro de una educación general en el amor, la educación en el pudor, entendida no como negación de la corporeidad, sino como asunción completa de esa corporeidad en la personalidad, y en la personalidad situada en el mundo y en la relación necesaria con los demás. No hay nada que pueda ayudar a la persona a situarse a sí misma y a su propia sexualidad en relación con los demás, más allá de toda tentación de encerramiento o de solipsismo, tanto como el sentido del pudor.

La repulsa tradicional, típica de la ética cristiana, de todo lo que es indecoroso, obsceno, impuro, vuelve a adquirir de este modo, por encima de todo exceso puritano, su significado- positivo de reconocimiento y de afirmación del cuerpo, del sexo, del amor; en la conciencia de que sólo las barreras levantadas por el pudor consentirán a la sexualidad desarrollarse armónicamente y hacerse disponible al otro' en el amor. La finalidad de toda auténtica educación en el pudor consiste en hacer a la persona capaz de entregarse al otro en el amor conyugal (o, en el caso de la virginidad, de ofrecer el propio cuerpo en la entrega total a Otro que nos trasciende). Dentro de esta perspectiva asumen importancia ética las culpas contra el pudor, aun cuando, lo mismo que en los demás terrenos de la moral, el grado de culpabilidad se medirá por el grado de conciencia y de responsabilidad efectiva.

Ciertamente, nunca podrán despreciarse, frente a esos fenómenos difusos de pérdida del sentido del pudor, los condicionamientos ambientales, la influencia de los mass media, la existencia de un clima general erotizante [/Pornografía y erotismo], ni podrá entenderse como pérdida del sentido del pudor una justa reacción contra cierto puritanismo sustancialmente hipócrita; pero será menester reafirmar el carácter personal y social del pecado del impudor y la injusta lesión que representa frente al derecho ajeno al respeto de la propia persona, además de la repulsa del propio ser auténtico por parte de aquel mismo que manifiesta su falta de pudor.

El punto esencial para la valoración moral -la línea difícil más allá de la cual uno se hace impuro y no puede ya "entrar en el reino de Dios", según la severa advertencia paulina (cf Gál 5,19-21)- está en la constante referencia del pudor a la esfera de la vida personal. La verdadera discriminación ética pasa, también en el caso del pudor, entre aquello que capta la totalidad del ser y aquello que percibe solamente un aspecto del mismo, circunscribiendo a la persona dentro de la pura corporeidad. De este modo el pudor se relaciona con el amor, y no sólo con el amor sexual, hasta llegar a formar un elemento esencial e insustituible del mismo, de modo que sin pudor no hay amor. En efecto, el amor puede revelarse en la medida en que el pudor sabe ocultar al otro el ser profundo de la persona, hasta el momento en que cada uno se siente amado y aceptado en su totalidad, y no sólo en su propia corporeidad. Entonces el pudor pierde su razón de ser y queda asumido en el plano del amor: de un amor que, como dice Kierkegaard, nace de la intimidad y consiguientemente del pudor, ya que "el amor ama el misterio, el amor ama el silencio" (11 diario del seduttore, Turín 1921, 114).

G. Campanini

VI. Nuevas demandas de pudor en el mundo contemporáneo

El ámbito más propio y más típico dentro del cual se explica el sentimiento del pudor es la esfera de la corporeidad/sexualidad de la persona; lo hemos visto aquí [l supra, I-V]. Mas no se puede negar que el pudor, entendido ciertamente en sentido más amplio, como respeto a la esfera existencial del prójimo, como capacidad de saber detenerse en el umbral de la casa ajena sin pretender invadirla por la fuerza, debe ser una característica de toda genuina relación entre personas. Esta exigencia, por lo demás, está de acuerdo con las nuevas demandas de pudor que parecen emerger en el mundo contemporáneo. Ello sugiere ampliar el discurso sobre el pudor también a otras áreas del vivir humano.

1.PUDOR Y COMUNICACIÓN. La relación interpersonal se funda en la comunicación. Ésta hace patente la existencia de los sujetos que se comunican; por tanto, el saber uno del otro es un elemento estructural de la relación intersubjetiva. Mas en este proceso de saber y dejarse saber, de conocer al otro y de darse a conocer al otro, funciona un mecanismo de selección que obedece a dinámicas inconscientes y a deseos precisos de quienes se comunican. Ciertas zonas de la historia y del alma de la persona son adrede mantenidas en secreto o reveladas al otro siguiendo una lógica de gradualidad que regula toda la relación interpersonal. Por tanto, decir o no decir, revelar u ocultar son dos elementos bipolares igualmente importantes para la estructura de la comunicación. Ésta se rige por una modulación de cercanía/ distancia, continuidad/ interrupción, cuyas proporciones varían según la diferenciación del modelo de relación.

¿Cómo se inscribe el tema del pudor en este ámbito específico de la experiencia humana? Ciertamente como actitud de aceptación radical de la condición bipolar de la comunicación; el que no acepta esta condición fundamental de relacionarse con el otro en la dialéctica de la cercanía/ distancia, tiende a superar umbrales no sólo cuantitativos (datos de conocimiento), sino también formales de intangibilidad de la persona.

Confiarse es un hecho importante en el intercambio personal; mas si no está rodeado por el pudor, por la voluntad de esperar que el otro se revele o de consentir que el otro se ofrezca como don, se convierte en algo arrancado fraudulenta e impúdicamente. Pero puede ocurrir que también el que se revela carezca de pudor, en el sentido de hacer confidencias que no se deberían comunicar. Ello puede ser efecto de incapacidad para vivir consigo mismo y en sí mismo, para llevar el peso de determinadas situaciones. El adolescente que cuenta hasta en los más mínimos detalles sus experiencias muestra, más que capacidad de comunicación, inestabilidad y labilidad. Educarse en el sentido del pudor para decir o no decir, para querer saber y para saber permanecer en el umbral de apertura del otro es un itinerario importante también para la maduración de la misma relación. Una capacidad real de comprender, saber llevar el peso del conocer, como también una forma sutil de respeto a sí mismo y a la voluntad de guardar la propia intimidad constituyen la base de una relación comunicativa púdica y la libran del peligro de convertirse en invasión de zonas que piden en cambio permanecer protegidas para seguir siendo y ser cada vez más humanas.

2. PUDOR E INFORMACIÓN. La sociedad de los mass media [/ Comunicación social; /Información; / Publicidad y propaganda] en que vivimos cuenta mucho con la lógica de la indiscreción: cuanto más se consigue sonsacar de la esfera privada de los individuos, de los grupos, de los Estados, tanto más se pueden llenar los contenedores de la información. De ahí la falta de prejuicios en la recogida de noticias, la fantasía en elaborarlas y en "crear" nexos o supuestos inexistentes por parte de ciertos profesionales de la información. Con teleobjetivos que van a escudriñar hasta en los ángulos más recónditos se consuma muchas veces la innoble profanación de la esfera de la intimidad de la persona; sin hablar ya del daño, a menudo irremediable, ocasionado por ciertas insinuaciones difundidas a gran escala; no rara vez tienen lugar verdaderas y auténticas crisis biográficas, que desgarran la existencia y la deforman para siempre.

El pudor en el campo de la información se convierte hoy en una instancia ética cada vez más fuerte, sobre todo ante la existencia de técnicas sumamente refinadas de acumulación y elaboración de datos con la posibilidad de obtener las más inesperadas informaciones [/ Informática]. Todo esto hace comprensibles las alarmas lanzadas desde muchas partes en defensa del derecho del ciudadano a que se respete su vida privada. Lo que se requiere no es sólo una intervención de carácter legislativo que regule la materia, sino una actitud de discreción inspirada en el pudor: la justa reivindicación de la libertad profesional del /periodista debe conjugarse con el derecho del ciudadano, que es persona inviolable y no objeto de saqueo, en relación con su privacy, También en este ámbito puede verificarse un "despojamiento", un "poner al desnudo" al otro, cuando se ataca sin pudor su intimidad y se la reduce a "algo que saber" o a "noticia" que vender. El pudor en esta esfera de la vida colectiva tiene una enorme importancia, porque tiende a proteger no sólo al individuo, sino la posibilidad misma de una convivencia social confiada.

3. PUDOR Y POLITICA. Por extraña que pueda resultar a primera vista la asociación de pudor y política, si bien se considera tiene su justificación. En l política, las partes sociales se encuentran y chocan dentro de un Estado en la busca de las mejores soluciones posibles a los problemas del bien común. Todo esto se articula en hechos de comunicación en negociaciones, en intercambio de opiniones, en consultas, incluso en una sesión electoral.

En la presentación del propio punto de vista en orden a la solución de los problemas, cada una de las partes puede inspirarse en estratagemas de poder, haciendo ostentación de soluciones demasiado fáciles en relación con la complejidad de los hechos y faltando así al pudor para con las partes cuya adhesión de consenso o de voto se solicita. Esta desvergüenza no hace ciertamente que puedan traducirse en la práctica las falsas soluciones propuestas; incluso se corre el riesgo de que se comprometan las relaciones entre las mismas fuerzas políticas.

En cuanto al ámbito internacional, puede decirse que la falta de pudor se vuelve estructural mediante el recurso a la práctica del espionaje y del contraespionaje, aun no ignorando que formular un juicio ético sobre los varios "servicios de inteligencia y de defensa" es algo más bien complejo, si se tienen en cuenta las amplias zonas de sombra que aún escapan a cualquier reglamento en las relaciones entre los Estados.

La exigencia del pudor se hace sentir también en la esfera legislativa. En sistemas parlamentarios frágiles existe el riesgo de que se promulguen leyes en favor de intereses corporativos, y no en orden al bien público. Una forma concreta de pudor en esta esfera puede consistir en que el cuerpo legislativo adopte una actitud de defensa del valor de la totalidad, a cuya luz hay que contemplar la colectividad para la que se legisla.

También el pudor es objeto de ley. Intervenciones legislativas demasiado intransigentes podrían ignorar la complejidad y el carácter histórico de las expresiones del pudor; lo mismo que, viceversa, leyes demasiado permisivas podrían ofender el estilo de conducta y la delicadeza de actitud de muchas personas sanamente dominadas por la exigencia de respetar la intimidad propia y ajena.

4. PUDOR Y EDUCACIÓN. En el campo educativo no son pocas las ocasiones de manipulación y de plagio. La familia, la escuela y la sociedad intervienen en el educando ofreciéndole modelos; pero con frecuencia el modelo educativo no es propuesto, sino impuesto, y con métodos de escaso valor persuasivo. El riesgo de invadir la zona íntima del educando es grande, aunque se piense que es posible justificarlo afirmando que el educando carece de la madurez suficiente para hacer elecciones responsables. Pero procediendo de ese modo puede suceder que se le impongan al educando modelos pedagógicos que en realidad son funcionales más de la ideología de la empresa "educativa" que del bien del interesado.

Se exige una discreción muy particular y hay que cultivar un pudor especial cuando se trata de intervenir en la dinámica de las elecciones ajenas para orientarlas. Es sabido que el intinerario de la decisión moral es muy complejo y que el sujeto se ve involucrado en él, a veces de un modo torcido y doloroso, con la totalidad de su ser. Intervenir en ese proceso puede significar a veces falta de respeto a la autonomía del que anda buscando, si no equivale incluso a señalarle normas puramente objetivas, que el interesado es incapaz de asimilar aquí y ahora. Una pedagogía moral inspirada en la sabiduría y en el pudor toma en serio al otro como persona y como sujeto de decisión; sabe decir, pero eventualmente sabe también callar sobre el contenido de las exigencias morales objetivas; sabe valorar prudentemente el grado de sensibilidad ética del interesado y sus posibilidades concretas de realizar los valores morales, refiriéndoles a su historia personal, que en todo caso es sustraída en su globalidadala mirada del que ejerce la función de la educación o del magisterio moral. Recuérdese a este propósito que también los viejos manuales de moral formulaban directrices muy prudentes respecto a la "corrección fraterna"; para el confesor se preveía la obligación de no turbar la buena fe del penitente que ingnoraba la malicia ética de una determinada conducta si se preveía que los esfuerzos hechos para eliminarla ignorancia invencible, en virtud de la cual sus pecados pasados habían sido puramente "materiales", habrían de inducirle no a convertirse, sino a cometer en el futuro verdaderos y auténticos pecados "formales".

5. PUDOR Y HOSPITALIDAD. La casa en que los hombres habitan es la prolongación de la corporeidad que les distingue. Ella "habla" de ellos, y a la vez los esconde; permite que estén a solas, libres de las miradas ajenas, pero también que se reúnan con los demás. Se puede hablar de una dimensión de pudor también en este ámbito preciso. La virtud de la hospitalidad no tiene nada que ver con permitir que la casa de uno sea indistintamente frecuentada por cualquiera. Ella permite introducir en la propia intimidad doméstica a aquellas personas con las que se mantienen relaciones o se intenta establecerlas. En cualquier caso, es necesario el pudor, tanto en el que hospeda a otros en su casa como en el que es hospedado; en efecto, se puede faltar a la discreción y al respeto si, justamente por medio de la casa, se penetra demasiado a fondo en la vida del que hospeda; y, por otra parte, el que' invita ha de saber fijarse el grado de intimidad en que intenta admitir al huésped, si no.quiere perder su identidad personal.

No se puede menos de pensar en la grosera falta de pudor, en la "desvergüenza" del que penetra en la casa ajena y la devasta. El ladrón no es culpable sólo del daño ocasionado con la sustracción de bienes, sino también de la violación del espacio íntimo, de la profanación del santuario de una persona, de sus recuerdos, de sus objetos; de su corporeidad, que en aquellas cosas se prolonga y se expresa.

[/Educación sexual; /Pornografía y erotismo; /Sexualidad].

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A. Autiero