Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia PROCREACIÓN RESPONSABLE

PROCREACIÓN RESPONSABLE
TEOLOGÍA MORAL

SUMARIO

I.La procreación responsable: un problema en evolución: 
1. Premisa; 
2. La valoración positiva de la procreación en el pasado; 
3. Razones y expresiones de la desconfianza actual; 
    a)
A nivel social, 
    b)
A nivel familiar y personal; 
4. Cometido del teólogo moralista. 

II. Búsqueda del significado de la procreación responsable: 
1. La procreación en relación con la persona; 
2. El término de la procreación: la persona del hijo; 
3. El acto de procrear: 
    a)
Una secuencia de actos, 
    b)
Las insuficiencias del acto en cuanto al ser del procreado, 
    c) La insuficiencia del acto para el devenir del procreado, 
    d) La insuficiencia del acto para la salvación del hijo; 
4. El principio de procrear: la pareja y las cualidades de la parea: 
    a)
La unidad, 
    b)
La conciencia, 
    c) La libertad, 
    d) La gratuidad, 
    e)
La providencia. 

III. Procreación responsable y regulación de la fecundidad: 
1. Unión y procreación en la parea; 
2. La regulación de los nacimientos: 
    a)
Magisterio y reflexión teológica, 
    b)
Verdad del gesto; 
3. Dificultades y vías de solución: 
    a)
Determinación de los tiempos fecundos, 
    b)
La necesaria mediación en la aplicación de los principios.


 

I. La procreación responsable: un problema en evolución

1. PREMISA. El problema de la procreación responsable es relativamente reciente. En el pasado no se planteaban interrogantes ni sobre la procreación, ni sobre la responsabilidad, ni mucho menos sobre el sentido de procrear. Procrear era considerado como el resultado natural de la decisión de casarse, porque casarse no era tanto formar pareja cuanto más bien crear familia.

Hoy procrear se ha convertido en problema social y conyugal. Se inició con el principio malthusiano del crecimiento exponencial, para el cual la procreación no podía considerarse ya un valor que se ha de buscar y perseguir incondicionalmente, sino un hecho ambivalente, con una carga negativa potencial respecto a la humanidad. Esta concepción se ha difundido y ha arraigado sobre todo debido a las nuevas condiciones de vida creadas por una sociedad industrializada y urbanizada, marcada por un amplio bienestar, que ha elevado enormemente el costo del hijo (fenómeno del trabajo de la mujer, vivienda reducida, aislamiento de la pareja, insuficiencia de los servicios asistenciales, prolongación del tiempo de formación del hijo, multiplicación de los bienes de consumo y estímulo de nuevas necesidades, elevado nivel de vida, insuficiencia del esfuerzo de los padres en la educación del hijo en una sociedad pluralista, etc.). En estas condiciones procrear ha tenido que enfrentarse cada vez más con las nuevas condiciones de vida, con el crecimiento demográfico, con las posibilidades concretas de la pareja, que debe afrontar cada vez con mayor frecuencia ella sola todos los problemas que hoy plantea el nacimiento de un hijo. La complejidad de estos problemas ha llévado precisamente a evitar la procrt<ación y ha terminado casi identificando el problema de la procreación responsable con el de la contracepción.

2. LA VALORACIÓN POSITIVA DE LA PROCREACIÓN EN EL PASADO. La valoración positiva que en el reciente pasado se daba de la procreación estaba favorecida por varios elementos.

a) Sacralidad de la vida. Ante todo por una concepción sacral de la vida, y en particular del acontecimiento procreativo. El nacimiento de un hijo no tenía necesidad de justificaciones; era un acto de obediencia al "creced y multiplicaos", ligado inseparablemente al estado conyugal. En vano se buscaría en los manuales clásicos de teología moral los cuidadosos análisis sobre las condiciones y circunstancias del procrear que hoy, en cambio, encontramos cada vez que se aborda este tema (cf, p.ej., GS 50; Humanae vitae [HVJ, 2, etc.). Antes se tomaban en consideración problemas de otra índole, relativos más bien a la ausencia de procreación (por rechazo egoísta o por esterilidad), la procreación fuera del matrimonio, el aborto, el infanticidio, el abandono del hijo, la educación, y -en tiempos relativamente recientes- la difusión generalizada de la contracepción.

b) Situación socio-cultural. En segundo lugar, la valoración positiva de la procreación se veía favorecida por una situación social y cultural que casi naturalmente inducía a considerar al hijo como un valor y una riqueza humana, y confirmaba la idea de que la vida era una bendición y un don del Señor.

En la sociedad agrícola (y la teología reflejaba también la imagen y la mentalidad de esta sociedad), donde era grande la necesidad de trabajo y de seguridad, los hijos representaban una inversión segura en el presente y para el futuro, y el alto número de embarazos era exigido por la elevada mortalidad infantil.

c) Predominio de la concepción familiar. Esta concepción tampoco se veía seriamente comprometida por la constante presencia de aquel filón romántico-erótico que desplazaba la atención de la familia a la pareja, e incluso a la pareja "amorosa". Era un filón de pensamiento y de tendencia elitista, que no llegaba más que superficial y marginalmente a la gente y no conseguía amenazar seriamente la concepción familiar de la relación hombre-mujer, aunque se podía seguir viviendo en sueños y con la nostalgia de muchos (cf los cantos, las historias, etc.) y podía expresarse con motivaciones muy diversas en los escritos y en la praxis de pocos.

3. RAZONES Y EXPRESIONES DE LA DESCONFIANZA ACTUAL. Hoy el problema se plantea diversamente: La secularización ha separado de Dios la vida entera del hombre (desde el nacer al morir) y ha encerrado cada acontecimiento en el espacio restringido de lo humano. Ahora todo hecho recibe significado y valor sólo de lo terreno. Procrear no es ya un valor cuyo fundamento es Dios mismo (aunque medido por la razón), sino que adquiere sentido por la relación que tiene con el hombre y con la sociedad. Y el motivo de procrear no es ya el ejercicio de un ministerio confiado por Dios a la pareja, sino que es la respuesta a una necesidad y deseo de la pareja (como integración, complemento y prolongación de la vida del hombre y de la mujer), o bien es la respuesta a una necesidad social (el miedo al descenso demográfico, o el temor a un desequilibrio del orden actual por un crecimiento incontrolado de los países subdesarrollados). En esta perspectiva el hijo se convierte en una realidad funcional al microcosmos familiar y al macrosistema social (sobre todo en beneficio de las poblaciones técnicamente evolucionadas), y la responsabilidad se identifica con la huida de la procreación y con una limitación drástica de los nacimientos. La duda sobre el carácter positivo de la procreación es de algún modo confirmada por cada aspecto interesado en el hecho procreativo.

a) A nivel social. La procreación se convierte en "problema demográfico" y se configura como miedo a la posible desproporción entre recursos naturales y cantidad de la población mundial. El "creced y multiplicaos" es considerado un programa peligroso, porque puede llevar a la humanidad a una superpoblación suicida. La procreación es mirada con sospecha por varios motivos: podría favorecer el surgir de los pueblos del tercer mundo, alterando el sistema actual; podría provocar efectos sociales deletéreos: desocupación, indisponibilidad para la flexibilidad del trabajo debida a la presencia del hijo que hay que educar, mayor costo del trabajo mismo (ausencias por maternidad, salarios familiares, etc.); da origen a problemas urbanísticos, puesto que la casa estándar se concibe para la pareja con un sólo hijo; obliga al Estado a multiplicar los servicios para la infancia (asilos nido, escuelas, espacios para el juego, etc.) y para la maternidad.

b) A nivel familiar y personal la procreación crea no pocos problemas debido al costo exigido por la crianza y educación del hijo (elevado estándar de vida desde el nacimiento) en una sociedad de alto nivel tecnológico (largo tiempo de preparación para una inserción de trabajo), caracterizada por el pluralismo (mayor dificultad en la transmisión de los valores tradicionales), por la conflictividad (clima generalizado de pesimismo sobre el futuro, que desanima de procrear) y por la dispersión social (que priva de la ayuda y de la solidaridad parental). Además, la procreación es frecuentemente temida por la joven pareja, que tiende a vivir la relación en una perspectiva "conyugal" y se siente molesta por la presencia precoz de un hijo eventual; es más, considera que justamente para garantizar al hijo un ambiente humano satisfactorio es necesario antes un tiempo de ajuste. Asimismo crea problemas para aquellas parejas en las que ambos cónyuges trabajan y consideran que el doble salario es indispensable para garantizar el tenor de vida exigido por una sociedad de consumo. La misma mujer comienza a dudar de que la maternidad sea una "vocación" natural a la que está llamada y a través de la cual se realiza. Más aún, se comienza a hablar de liberación de la mujer de la esclavitud de la maternidad y a proponer otros caminos para su realización. El conflicto entre maternidad e inserción en lo social a través de la actividad laboral se hace cada vez más agudo. Y las nuevas legislaciones que extienden al padre el permiso de ausentarse por "paternidad", aunque son un reconocimiento implícito del deber de ambos de dedicarse al cuidado del hijo, pueden ser también un modo de afirmar el derecho de ambos a no renunciar al trabajo por el hijo.

4. COMETIDO DEL TEÓLOGO MORALISTA es trabajar sobre los hechos con una obra de discernimiento para ayudar a formar juicios de valor y orientaciones en la elección. En esta perspectiva, si no canoniza el pasado, aunque aprecia sus contenidos de valor intentando distinguirlos de las motivaciones culturales, tampoco rechaza las reflexiones sobre la procreación suscitadas por el nuevo contexto humano, sino que intenta distinguir en él lo que nace de la "dureza de corazón" personal y social y lo que en cambio ha de ser acogido como elemento que solicita y favorece una mayor responsabilidad en el ejercicio de la función procreativa. En esta obra de discernimiento procede con la doble aportación de la investigación racional y del magisterio de la Iglesia, la cual declara que es de su incumbencia también la interpretación de la ley moral natural (HV 4).

II. Búsqueda del significado de la procreación responsable

1. LA PROCREACIÓN EN RELACIÓN CON LA PERSONA. En la vida moral los errores de pensamiento se trasladan a las acciones, convirtiéndose en errores de comportamiento. Así, una concepción imperfecta o falsa de la procreación se convierte en una idea directriz errada en la realización de esta experiencia. Por eso en la base de una auténtica procreación responsable es necesario poner también una concepción correcta de la misma. Para llegar a ello se podría proceder de varios modos, partiendo de principios diversos: del análisis del acto o de los principios del acto, es decir, de la sexualidad, o del amor, o del estado conyugal, o de las personas relacionadas. Pero el procedimiento más eficaz es el que parte del objeto del acto, o sea del ser que es procreado. En efecto, los actos reciben su determinación y especificación esencial de los objetos. También el acto de la procreación está regulado por este principio. Procrear es esencialmente producción de una persona, y de algún modo debe contener previamente (como la causa contiene los efectos) las características de la persona. Cualquier otra determinación es aditiva, parte de esta especificación originaria. Por tanto, para comprender cómo debe ser la procreación es necesario comprender lo que es una persona. De ésta se asciende al acto, y del acto se llega al principio del acto, a saber: a la pareja.

2. EL TÉRMINO DE LA PROCREACIÓN: LA PERSONA DEL HIJO. El procreado es una persona, la realidad más perfecta que existe en la naturaleza ("id quod perfectissimum est in tota natura", SANTO Tomás, S. Th., I, q. 29, a. 3): un ser que revela complejidad y riqueza de vida dentro de su unidad profunda. Podemos recordar algunas de sus características. -Bajo el aspecto metafísico es un ser participado, compuesto de acto y potencia: un ser que es ya pero todavía no, en devenir; es historia y trascendencia; individualidad y socialidad; unidad y multiplicidad. -Bajo el aspecto antropológico es corporeidad y espiritualidad; conocimiento y libertad; instinto y decisión responsable; pasión y racionalidad. -Bajo el aspecto cristiano es imagen de Dios, capaz de relación cognoscitivo-amorosa con él; y aunque históricamente el pecado ha roto su armonía, lleva en sí los gérmenes de una redención que lo salva del pecado y le ofrece gratuitamente la posibilidad de una relación nueva y más intensa con Dios, hasta realizar el "cara a cara" con él.

Esta rápida descripción puede parecer lejana de nuestro problema. En realidad revela las características que se imponen al gesto procreador y a las personas que están en su origen. El acto de procrear y la pareja procreadora contienen previamente de algún modo al hijo en toda su riqueza y complejidad. No existe efecto superior a la causa, y cualquier carencia en la causa se encuentra como carencia en el efecto. Por eso el que procrea debe poseer alguna noción, aunque sea mínima e implícita, de la eminente dignidad del procreado, para adecuarse él mismo y su gesto a la realidad del procreado. Hay que subrayar en particular: -el grado de absolutez (participada) del procreado, que lo hace indisponible para cualquier reivindicación de "derecho" respecto a él por parte de nadie, comprendidos los procreadores (ambigüedad de la expresión "derecho al hijo"); -la naturaleza corpóreo-espiritual del procreado, que requiere la presencia en el gesto y en la pareja de una implicación total de la persona en su plural dimensión corpóreo-espiritual-trascendente, y una superación del puro mecanismo biológico activado por exigencias físicas o también por motivaciones de simple interpersonalidad afectiva; -el futuro del procreado, que contiene una continuidad en el tiempo de una presencia humana que supera el momento de la concepción o del nacimiento; -la socialidad del procreado, que coloca a la pareja y al procreado mismo en una densa relación con la comunidad; -la trascendencia del procreado, que coloca a la persona en el plano de vida que Dios ha concebido para el hombre y supera ampliamente la historia dentro de la cual es colocado por su naturaleza en relación con los progenitores, con sus semejantes y con el cosmos creado.

3. EL ACTO DE PROCREAR, se afirma, debe ser responsable. Podría parecer una precisión superflua. Sin embargo, se ha hecho tan frecuente que ha provocado en el lenguaje corriente una especie de automatismo: cuando se dice "procreación", se tiende inmediatamente a calificar el sustantivo con el adjetivo "responsable". En efecto, aunque es verdad que todo gesto humano es tal por ser asumido en la responsabilidad de la persona, no es inútil recordarlo de modo explícito a propósito de la procreación, por la posible desproporción entre la motivación que está en el origen del gesto (pasión, juego, aventura, placer, violencia, efusión afectiva, etc.) y el efecto producido (la persona humana). A continuación se aclararán mejor las condiciones y el contenido de esta responsabilidad.

El mismo sustantivo "procreación" debe ser mejor examinado para comprender plenamente su extensión y dinámica. Ante todo el procrear humano es un gesto múltiple, incluso una secuencia de gestos (a). En segundo lugar es un gesto insuficiente para producir él solo la persona humana (b; c; d). En tercer lugar debe tener cualidades precisas para ser realmente causa de la persona humana [l abajo, 4].

a) Una secuencia de actos. La persona humana se caracteriza por el devenir: es ya, pero todavía no. Este movimiento envuelve a la totalidad del ser humano: desde el aspecto biológico al psicoafectivo y al espiritual y trascendente. Procrear una persona no significa tanto concebirla cuanto ponerla en el ser y continuar creándola con una relación de vida que prácticamente no tiene nunca término, si bien en este proceso de crecimiento pueden configurarse etapas bien caracterizadas, que permiten distinguir varios momentos.

- El primer gesto es la concepción, el instante en que la vida tiene principio a través de la fusión de dos patrimonios cromosómicos en una realidad personal original, única y nueva. - Pero la vida continúa su movimiento de formación en el gesto del embarazo, en el cual el ser humano toma forma, explicitando de modo inicial las virtualidades contenidas en el nuevo patrimonio cromosómico, hasta alcanzar aquella madurez que permitirá al concebido iniciar el proceso de autonomía que lo sitúa como un yo visible y distinto frente al tú de los padres y de todos los demás hombres. - Nacer no es todavía la fase definitiva. Existe aún un predominio de lo biológico, en el cual lo humano espera expresarse de modo más completo: - esto ocurre a través del largo proceso de la educación, que de hecho se convierte en coeducación, es decir, en interacción diversificada de crecimiento, que se verifica en la relación generante-generado y luego en la relación persona-sociedad.

Estas diversas etapas de la concepción, el embarazo, el nacimiento y la educación (coeducación), forman juntas el acontecimiento único de la procreación de la persona. Y cada una de ellas debe ser responsable, es decir, debe ser asumida con el conocimiento y la decisión libre de las personas, las cuales deberán poseer ya o crear en sí las disposiciones que son necesarias para realizar de modo humano todos estos diversos momentos del acontecimiento procreativo.

Sin embargo, la persona lleva en sí otras características esenciales, en orden a las cuales la pareja se manifiesta insuficiente. Esta insuficiencia se manifiesta en tres niveles: en lo profundo del ser-existir del procreado; en el de su devenir a través de una relación múltiple y diversificada; en el de la realización del plano de la salvación en su vida.

b) Las insuficiencias del acto en cuanto al ser del procreado. El hijo, en su totalidad, no es el resultado de una transformación de realidades preexistentes; es una entidad en cierta medida nueva, que es llamada a la existencia a través de un acto de creación. La pareja concurre con Dios para hacer que lo que antes no era de ningún modo sea ahora. La causa adecuada de la persona es triple: el hombre, la mujer y Dios; y Dios es quien infunde aquel "espíritu" que hace del procreado un "ser viviente". La afirmación de Metodio de Olimpo (j' hacia el 311): "Sería temerario sentir disgusto de la procreación, en la que el Creador omnipotente no se avergüenza de trabajar con su manos inmaculadas" (PG 18,49), no es una piadosa expresión, sino la traducción poética de un principio metafísico: lo que tiene un carácter de absoluto, a saber: la persona humana, no puede derivar del hombre como de su causa total; así como en su ser profundo tiene por fin sólo a Dios, así en su ser profundo es originado sólo por Dios. Dios y la pareja procrean al ser humano; y cada uno interviene en esta operación con la potencia y las casualidades que le son propias.

Las categorías filosófico-teológicas que mejor expresan este status ontológico del ser humano y de su ex-sistere son la de "participación" (el hombre es porque es participación de la divinidad, o sea porque lleva en los pliegues de su ser -análogamente- la estructura ontológica del ser divino, por la cual es tal que tiene por fin sólo al ser divino) y la de "absolutez": una absolutez proporcionada a su naturaleza de ser-participado, que si lo hace dependiente de Dios, lo hace, sin embargo, indisponible a la posesión y a tener por fin a cualquier otro (Estado, persona concreta, padres, autoridad, Iglesia, etc.).

Esta estructura ontológica original del procreado revela la particular configuración ontológica de los procreadores; llevan en sí la capacidad de ser con Dios concausa en la producción de la persona humana. En la pareja, el ser a imagen de Dios no funda sólo la capacidad de relacionarse consciente y libremente con él; funda también la capacidad de ser con él "hacedores del hombre". Por eso la pareja debe ajustarse a Dios para ser parte proporcionada en la procreación de la persona del hijo.

c) La insuficiencia del acto para el devenir del procreado. El hijo es, con modalidades diversas, de sí mismo, de los padres, de Dios. Pero es también de la comunidad humana. Es un ser social.

La pareja no puede descuidar esta relación necesaria del hijo con la sociedad, lo mismo en el momento de su primera aparición que en el momento de su inserción en el movimiento de interacción. Ello da origen al menos a dos problemas distintos: el de la nueva identidad social de la pareja en cuanto procreadora y de su misión de socializar al hijo, y el demográfico.

- La procreación es un gesto que pertenece a la pareja y se ejerce por la libre decisión de la pareja. Pero es también un acontecimiento que implica a la sociedad, porque el hijo es introducido en ella como un miembro vivo que la continúa y con la cual interactúa. Por eso los procreadores deben sentirse responsables ante la sociedad cuando procrean; pero también la sociedad debe sentirse no sólo cointeresada, sino además corresponsable de este acontecimiento, tanto frente a la pareja procreadora como frente al hijo engendrado (cf Carta de los derechos de la familia).

A través de la procreación los padres adquieren un status nuevo en la sociedad, que se traduce concretamente en el deber de actuar la personalización y la socialización primaria del hijo y en el derecho a tener las ayudas (ordinarias y extraordinarias) que permitan ejercer esta función insustituible e indelegable.

La colaboración pareja-sociedad debe ejercerse desde la concepción; la persona existe como tal no por ser reconocida por la sociedad, sino por el hecho de que es; es más, debe comenzar ya antes: para que la pareja pueda decidir de modo responsable procrear, debe tener la garantía de que será ayudada y apoyada en el cumplimiento de su servicio a la vida.

Esta interacción pareja-sociedad puede hacer surgir algunos subproblemas delicados: por ejemplo, puede provocar en la pareja una forma de falta de responsabilidad respecto a sus cometidos, o puede favorecer una intromisión indebida del Estado en la decisión procreativa. Queda en pie el principio de que la responsabilidad radical corresponde a la pareja, la cual, sin embargo, puede ser ayudada por la sociedad en esta decisión y en la acción sucesiva.

- La cuestión demográfica. Frente a la sociedad, el hijo tiene una doble función: la continúa, perpetuando en el tiempo la especie humana, también "transmitiendo de hombre a hombre la imagen divina" (JUAN PABLO II, Familiaris consortio [= FC], 28), y establece con ella una especial interacción en orden a la formación del bien común. Estas dos funciones no parecen hoy bien armonizadas; por un lado, se lamenta el descenso demográfico y la existencia de condiciones desfavorables para la generación; por otro, se sigue temiendo una procreación excesiva que comprometa el equilibrio entre población y recursos naturales. Sería irracional procrear de modo excesivo, dando así origen a una situación que impidiera el desarrollo humano de quienes viven ya y de las mismas personas procreadas. La superpoblación es causa de degeneración humana, porque hace difícil o imposible la ordenada producción y distribución de los bienes necesarios para el desarrollo de todos. Pero si hay que tener presente esta afirmación de principio, no se puede aceptar el modo en que ha sido formulada históricamente. Desde diversas partes y reiteradamente se ha denunciado el modo sectario en que se ha intentado afrontar y resolver el problema de la población mundial, por parecer que se quería tutelar más el bienestar de unos pocos que la distribución racional de los bienes entre todos. Está fuera de duda que una procreación responsable le exige al hombre y a la mujer tener en cuenta la situación demográfica mundial y local; pero también está fuera de duda que es deber del Estado procurar una correcta información sobre la situación demográfica, evitando toda forma de coacción, de terrorismo o de intromisión indebida en la decisión procreativa de la pareja.

d) La insuficiencia del acto para la salvación del hijo. El hijo forma parte de una humanidad pecadora y redimida; es decir, su vida se encuadra en un historia que trasciende el presente de la familia y de la sociedad. Toda persona lleva en sí huellas de acontecimientos suprahistóricos que la marcan negativamente (el pecado) y positivamente (la redención).

También los procreadores, como el procreado, forman parte de estos acontecimientos que los convierten no sólo en habitantes y dominadores de lo creado, sino también en destinatarios de una alianza que los inserta en el pueblo de Dios a través de un renacimiento en el Espíritu. La acción de los padres debe extenderse cuanto se extiende la acción de Dios. Y así como han aceptado ser con él iniciadores de la vida, así deben prolongar su acción procreadora también en este nuevo renacimiento, siendo con su vida y con su acción un lugar en el cual de algún modo se encarna la acción y la palabra del Dios que salva. El cometido de personalizar y de socializar se enriquece con la responsabilidad de cristianizar y eclesializar al hijo, incluyéndolo en la comunidad en la cual históricamente se realiza la salvación. Procrear debe encontrar al hombre y a la mujer capaces de crear con el hijo no sólo una comunidad en comunión, sino también una Iglesia doméstica, donde se crece juntos también en la dimensión de la salvación.

4. EL PRINCIPIO DE PROCREAR: LA PAREJA Y LAS CUALIDADES DE LA PAREJA. Para ser responsables, la primera condición es conocer lo que se hace; la segunda es asumir lo que se hace en la propia decisión libre; pero es también indispensable revestirse de las cualidades y disposiciones que permiten realizar lo que se ha conocido y querido libremente. El bien hay que realizarlo formalmente en cuanto bien. No basta conocer y querer virtuosamente; es preciso también obrar, y obrar virtuosamente (ex virtute). No basta hacer el bien, sino que es preciso que la persona posea las cualidades y las condiciones interiores y exteriores que permiten realizar bien (acto) el bien (objeto) por ser bien (causa).

De aquí la pregunta sobre las características y cualidades que debe poseer la pareja para que la procreación sea verdaderamente responsable. Se puede partir del hecho de que la pareja es procreadora junto con Dios; inspirándose en él, puede ver cuáles son las disposiciones óptimas para traer a la existencia a una persona humana. En otras palabras, la pareja procrea responsablemente cuando posee en sí de modo analógico las mismas cualidades del Dios creador (y redentor). Estas cualidades son principalmente cinco: la unidad, la conciencia, la libertad, la gratuidad, la providencia.

a) La unidad. Las acciones proceden de la persona y pertenecen a ella ("actiones sunt suppositorum"). Esta afirmación adquiere un significado muy particular cuando se trata de la acción procreativa, pues en su origen están no una, sino dos personas. Ahora bien, para que dos personas puedan dar origen a una acción que es una en su estructura y en su efecto, deben transformarse de algún modo en su principio único de acción. En el caso de la procreación humana no basta una unificación en el efecto, según la modalidad de la con-causa y de la subordinación de las causas. En la procreación el hombre y la mujer no son ni coordinados ni subordinados; ya antes de procrear son uno a través de la comunión de amor. Ocurre proporcionalmente en la pareja lo que tiene lugar en Dios, el cual obra ad extra como Trinidad de personas unificadas en la unidad de pensamiento y del amor.

En la pareja este proceso de unificación se inicia con la atracción amorosa y prosigue en la elección amorosa y en la participación de 'un proyecto común de vida, en el cual ambos están implicados con la totalidad de su ser. La comunión de vida es la base, pero no basta. En efecto, para procrear no basta proporcionar los dos elementos biológicos que la naturaleza habrá luego de fundir; tampoco basta el instinto procreativo; y es también insuficiente el amor posesivo-oblativo que transforma dos individualidades en una pareja. Todos estos elementos han de madurar y ser asumidos en aquella forma superior de amor -el amor efusivoque, a la vez que hace al hombre y a la mujer uno, los mueve a comunicar esta unidad en el hijo. Al amarse, el hombre y la mujer maduran la necesidad de trascenderse a sí mismos dando forma biológica a su amor, y deciden que sus historias cromosomizadas se funden en un nuevo patrimonio cromosómico, que es la base de una nueva historia de vida en la cual ambos se encuentran en igual medida, aun sabiendo que se trata de algo nuevo. De este modo ambos se sienten presentes en la historia del hijo, porque algo de ambos ha entrado en él; e igualmente el hijo se siente parte de ellos, porque es la síntesis original de la vida de los padres. Es un proceso que posee y conserva en sí toda la riqueza del vínculo. de la sangre (que pertenece más a la fase bio-instintiva) y del amor creativo (que pertenece principalmente a la fase de la libre elección). El hecho es a la vez biológico-instintivo y humano; no como factores que se suman, sino como la forma artística que impregna y da vida a una materia, una materia que el hombre y la mujer encuentran dentro de sí y que permite hacer creativo su amor.

La pareja procreadora debe ser una no sólo en el momento en que concibe o hasta el momento en que nace el hijo: su unidad debe prolongarsé al menos todo el tiempo de la formación humana del hijo. Después de haber comenzado a vivir, el hijo espera recibir de los padres lo que el patrimonio cromosómico precontiene virtualmente, y quiere explicitarse a través de aquel proceso de identificación diferenciada que se desarrolla gradualmente en las bases de la educación. Este encontrarse en el hijo repercute en la vida de los padres como una energía nueva de crecimiento en su vida misma de pareja. En el hijo se refleja la unidad de la pareja; pero la unidad del hijo es a su vez imagen y fuente de una unidad nueva y más profunda en la pareja.

b) La conciencia. Dios crea teniendo una conciencia clara y perfecta de lo que hace y de los motivos que le mueven a crear. Antes de hacer que exista la realidad en el ser, la genera en su conocimiento y en su amor ("Te conocía ya antes de formarte en el vientre", Jer 1,5; "Nos ha elegido antes de la creación del mundo", Ef 1,4). La acción creativa realiza en el tiempo lo que ha sido ya generado desde la eternidad; lo concebido en el ser es concebido primero (concepto) en el pensamiento y en el amor. Análogamente, el hombre y la mujer conciben al hijo ante todo haciéndose conscientes de do que es un hijo: de su riqueza integrada por factores físicos, psíquicos, espirituales, sociales, trascendentes; de su dignidad de imagen de Dios, y de su carácter absoluto, lo. cual hace que se sientan insuficientes para crearlo, salvarlo y sobre todo marcarle un fin, a pesar de realizar con él una profunda comunión de vida. Es reductivo limitar el conocimiento a la realidad anatómica-fisiológica, a los mecanismos biológicos de la reproducción y a las nociones del desarrollo físico del recién nacido. La persona humana es más amplia que su realidad física y sus exigencias físicas. Los padres han de poseer un conocimiento al menos implícito e intuitivo de esta riqueza.

c) La libertad. Dios no tiene en modo alguno necesidad de crear. El único motivo que le impulsa a poner en la existencia otros seres es el deseo de que otros participen de su vida. Esta libertad absoluta es posible en él porque tiene, más aún, es la plenitud del ser y de la vida. Nada se puede añadir a esta plenitud, por lo cual nada desde dentro o desde fuera puede suscitar en él una atracción o un deseo que le induzca a pasar a la acción.

El hombre no posee una libertad semejante, y menos aún la pareja. El hombre y la mujer se unen y viven juntos para encontrar en esta unión un complemento de vida. Vivir se convierte en una continua adquisición de ser; también la decisión de crear.

Sin embargo, esta decisión debe excluir todo tipo de coacción que procede del exterior o del interior, si bien en toda cultura existen factores que influyen de modo a veces determinante en la decisión de procrear (ejemplo, sociedades de fuerte tendencia natalista) o de no procrear (sociedades dominadas por mentalidades antinatalistas). Forma parte de la libertad de procrear liberarse de estos persuasores ocultos, sociales o familiares, y de todas las motivaciones que entran en la decisión procreativa como factores no sólo concomitantes, sino determinantes (ejemplo, procreación como signo de virilidad, como medio de revalorización personal, como medio para multiplicar la mano de obra, etc.; o bien no procreación por motivos de egoísmo, de miedo, de desconfianza en el futuro, de comodidad, de condena por parte del ambiente, etc.).

La libertad debe ser siempre lo más perfecta posible; pero cuando se trata de traer a la existencia una vida que todavía no existe, la libertad debe ser máxima. Debe ser incluso gratuita.

d) La gratuidad es la cualidad que de algún modo resume todas las demás, porque más que ninguna otra adecua el acto procreativo a la naturaleza del procreado. El respeto de la alteridad es el fruto de una purificación de cualquier tendencia a la instrumentalización, al interés, a la utilidad. La pareja no puede ciertamente igualar la absoluta gratuidad de Dios, el cual no espera nada de la criatura, a la que ha puesto en la existencia y ha animado con el sólo deseo de derramar en ella vida. La gratuidad de la pareja es analógica. Coexiste con la necesidad de interrelación para crecer. Pero no es una interrelación de dependencia, sino una comunión de crecimiento juntos en la vida. Es verdad que la pareja no tiene "derecho" al hijo; pero la capacidad de procrearlo que en ella ha puesto la naturaleza y la generación sucesiva fundan en el hombre y en la mujer el derecho a una relación privilegiada con el hijo; una relación que no se detiene en la interacción, sino que se hace una interpersonalidad del todo particular, porque brota de lo profundo de cada uno y hace a todos capaces de darse vida y de crecer juntos como personas. En los procreadores y en el procreado hay un fondo común de vida; sus vidas son a manera de muchos arroyos que brotan de la misma fuente y se alimentan unos a otros en el camino que les conduce a la perfección.

Sólo el amor efusivo puede garantizar la gratuidad necesaria para el crecimiento verdadero de todos. En efecto, siendo una relación fundada en una comunicación de vida, crea un flujo en el cual cada uno conserva y da la riqueza de su propia originalidad; y siendo gratuito, no subordina, no instrumentaliza, no deforma, sino que permite a cada uno ser él mismo y desarrollarse y expresarse en la linea del propio ser. Todo tipo de servidumbre, también en la relación padres-hijos, lleva a un descenso de humanidad.

e) La providencia. La providencia (que se traduce en la conservación y en el gobierno) no es otra cosa que la prolongación en el tiempo de la obra de la creación; completa lo que se ha iniciado; no de un modo cualquiera, sino en la linea y en el respeto de la naturaleza de cada ser, en el marco histórico en el que vive. El hombre y la mujer que procrean deben imitar a Dios también en esta cualidad. Prolongan su acción creativa con una serie diversificada de intervenciones que se extienden en el tiempo y están atentos a desarrollar las virtualidades de vida de su criatura. Deben ser capaces de responder a las exigencias físicas, psíquicas, morales, espirituales, sociales y religiosas de ella, porque pide desarrollarse en todas estas direcciones. La educación no se reduce a la crianza y a la existencia material. La persona humana es cuerpo; pero es también exigencia de diálogo, necesidad de amor, exigencia viva de Dios. Los padres han de ser providencia para los hijos ayudándoles a crecer en todas estas direcciones de vida.

Mas deben realizar todo esto como Dios, el cual ayuda al hombre a crecer promoviendo su desarrollo en la libertad. Es éste uno de los puntos más delicados y difíciles de realizar. En efecto, es muy fuerte la tendencia a exigir que el hijo se desarrolle en la línea del proyecto concebido para él y sobre él por los padres, y no en la línea de lo que él es. No es fácil llegar a la convicción viva de que ser providencia para el hijo no significa darle todo o pretender que el hijo sea como los padres lo quieren.

Otro error peligroso consiste en olvidar que la providencia y la intervención providente de Dios no exime a la pareja de ser ella a su vez providencia para sus hijos. Dios le ha dado a la criatura la dignidad de ser providencia de sí misma, y no reemplaza nunca al hombre en las cosas que están en su poder.

Por eso es inaceptable la posición de quienes procrean sin haber examinado antes si pueden ser providencia para sus hijos. Este examen debe ser hoy más cuidadoso que en el pasado, cuando ser providencia para los hijos estaba simplificado por la cultura de una sociedad estática que privilegiaba la relación familiar y la parental con una continuidad de principios y de valores y con una esencialidad de necesidades que reducían enormemente el costo humano, económico, psicológico, pedagógico, moral y religioso del hijo. Hoy ser providencia para los hijos significa examinarse y ser capaces de proveer a muchos hechos y situaciones ignorados en el pasado. En la HV encontramos un ejemplo: "Las condiciones de trabajo y de alojamiento, así como las crecientes exigencias tanto en el campo económico como en el de la educación..., el modo de considerar a la mujer y su puesto en la sociedad..." (n. 2). A todo esto hay que añadir las circunstancias más estrictamente conyugales y familiares, tales como el estado de salud físico, psíquico y afectivo de las personas qué forman la pareja, el número de los hijos ya existentes y las exigencias de su desarrollo humano adecuado (cf GS 50).

Cuando, a imitación de Dios, la pareja es una, consciente, libre, gratuita, providente, entonces puede ser verdaderamente responsable en la procreación, porque posee las cualidades requeridas por un acto que termina en la producción del ser más perfecto que exista en el universo: la persona humana.

III. Procreación responsable y regulación de la fecundidad

1. UNIÓN Y PROCREACIÓN EN LA PAREJA. El amor efusivo encuentra en la persona misma los elementos para traducirse en procreación efectiva. De hecho, el amor que liga en unidad al hombre y a la mujer y hace que sean uno en el deseo de derramarse en el hijo, encuentra entre los varios gestos de la conyugalidad uno que lleva en sí la capacidad de acoger y realizar este sueño. Es el gesto de la intimidad física ("actos con los cuales los cónyuges se unen en casta intimidad", GS 49). Es un gesto que por su naturaleza es unitivo, tanto en el sentido de que logra expresar el amor interior de los esposos traduciéndolo en lo físico (la unión sexual como efecto del amor interior) como en el sentido de que es capaz de alimentar esta unión (la unión sexual como causa del amor). Pero además de acoger y alimentar el amor unitivo, lleva en sí, en algunos momentos de la vida, la capacidad de acoger y actuar el amor procreativo. El mecanismo biológico enriquece la genitalidad con un potencial nuevo y hace capaz el gesto de procrear en el momento mismo en que une. Sólo en este tiempo el gesto de la intimidad conyugal es capaz de asumir y de hacer operativo el amor efusivo interior.

El hecho de la procreación responsable se manifiesta entonces como un itinerario en dos tiempos: el tiempo de la formación de la pareja (que respecto a la procreación podría llamarse ascensional o dispositivo), en el cual el hombre y la mujer, movidos por el amor, se hacen cada vez más profundamente uno y crecen en esta unidad transformando su amor de unitivo en efusivo; el tiempo en que el amor efusivo se encarna en el gesto de la intimidad física (que respecto a la procreación podría llamarse descendente u operativo) y, al encontrarlo dotado del potencial biológico procreativo, se convierte en creativo de vida.

En este movimiento descendente pueden verificarse dos inconvenientes que hacen vano o no humano el procrear. El primero es la esterilidad física, que no permite que se actúe el amor interior efusivo por falta de potencial procreativo en el gesto biológico. La pareja podría sentirse entonces inducida a superar esta limitación de la naturaleza a través de los medios descubiertos por la ciencia médica (desde la inseminación artificial a los diversos tipos de fecundación extracorpórea: l Procreación artificial). El segundo es la esterilidad moral, cuando el mecanismo de la procreación es activado sin una interioridad correspondiente de amor efusivo. A esto la pareja sólo puede poner remedio a través de una adecuada educación, que la haga respetar el acontecimiento procreativo y la capacite para regular responsablemente su capacidad procreadora.

2. LA REGULACIÓN DE LOS NACIMIENTOS. El problema de la regulación de la natalidad, y el más específico de los medios para practicarla (abstención, métodos naturales, métodos artificiales), introduce a la pareja en el tiempo que precede a la procreación, es decir, en el momento en que vive el camino de crecimiento en el amor.

En este tiempo la pareja se sirve también del gesto de la intimidad conyugal como gesto que concurre a expresar y a alimentar la unión. Pero es el gesto mismo que lleva en sí cíclicamente la capacidad procreativa. Se plantea, por consiguiente, un problema: ¿cómo vivir este gesto en su valencia unitiva si la pareja estima que no debe procrear? La pregunta supone que se trata de una pareja que intenta vivir el gesto de la intimidad como gesto unitivo, funcional al crecimiento de la pareja, y que al mismo tiempo ha madurado responsablemente la decisión de no procrear. Por tanto, se excluye como moralmente inaceptable la intimidad física vivida sin una animación amorosa interior o la decisión egoísta y evasiva que rehúsa el hecho procreativo.

a) Magisterio y reflexión teológica. La Iglesia ha intervenido reiteradamente en el tema, especialmente a partir de la segunda mitad de los años sesenta. Por su parte, la teología ha desarrollado una amplia reflexión, en la cual puede observarse a la vez un desplazamiento progresivo de atención: del acto (¿es lícito vivir el acto sexual de modo contraceptivo?) al estado de vida conyugal en su naturaleza y en sus fines (¿es todavía válida la jerarquía de fines propuesta tradicionalmente?, ¿para qué sirve el matrimonio en su expresión de relación interpersonal y de institución?) y a la persona, a propósito de la cual se busca el significado de su vida amorosa y sexual en la doble dimensión de la unión y de la procreación.

Recordemos aquí algunas de las principales intervenciones del magisterio: Pío XI, encíclica Casti connubii (31-12-1930); Pío XII, alocución a las matronas (28-12-1951); Vat. II: GS 50-51 (7-12-1965); Pablo VI, encíclica Humanae vitae (25-7-1968); Congregación para el clero, Comunicado oficial sobre el caso de Washington (29-4-1971); sínodo de los obispos 1980, 43 proposiciones; Juan Pablo II, exhortación apostólica Familiaris consortio (22-11-1981); catequesis sobre la teología del cuerpo y del matrimonio (especialmente los discursos del 11 julio al 5 de septiembre de 1984); La norma moral de "Humanae vitae "y la función pastoral ("L'Oss. Rom." 16-2-1989, p. 1).

Partiendo de estas enseñanzas se pueden obtener las siguientes indicaciones. - En el marco de una vida de pareja que acepta conscientemente ser "ministra de vida" (en el tiempo y en la cantidad que en conciencia estima razonable), es legítimo vivir el gesto de la intimidad conyugal como gesto de crecimiento de la pareja en el momento en que este gesto está desprovisto del potencial procreativo y es capaz de desarrollar sólo una potencialidad unitiva. Por eso cuando el hombre-y la mujer quieren vivir y alimentar su unión a través de la intimidad física están en la plena verdad del gesto, porque en aquel momento éste lleva en sí sólo la valencia unitiva, y de este "vivirlo en verdad" reciben toda la capacidad unitiva que contiene, pues estos gestos "significan y favorecen el don recíproco, con el que se enriquecen mutuamente en un clima de gozosa gratuidad" (GS 49). - Pero cuando el gesto lleva también en sí la capacidad procreativa, si los cónyuges lo viven sólo como unitivo traicionan su riqueza y valor; con una intervención artificiosa la impiden significar y producir la riqueza de que le ha dotado la naturaleza. No se trata sólo de un empobrecimiento del gesto; es la pareja misma la que se ve envuelta en esta falta de verdad, ya que rechaza considerarse y aceptarse como depositaria de aquella capacidad de vida que en aquel preciso momento está presente en ella. El hombre y la mujer no son capaces de procrear siempre; pero cuando existe en ellos esta capacidad, adquieren un nuevo modo de ser que los hace en cierta medida más "rostro de Dios", porque se configuran virtualmente a imagen del Dios creador. Ahora bien, con la contracepción ofuscan y eliminan esta dignidad, impidiendo o anulando este modo suyo de ser.

b) Verdad del gesto. El gesto puede parecer materialmente idéntico. En realidad es diverso, debido a la diversa potencialidad de vida en él presente. La pareja debe ser consciente de esta diversidad. No se trata de una diversidad sólo biológica, sino de un modo diverso de ser de la pareja: en el momento en que los ritmos biológicos ponen dentro del gesto la capacidad procreativa, la pareja se vuelve realmente procreadora, aunque no formalmente (esto no es dado por el ritmo biológico, sino por el amor interior, que se vuelve efusivo) y ni siquiera procreadora en potencia próxima (esto es dado por la valoración de las condiciones globales de actualización del gesto).

Después de haber tomado nota de esta diversidad, la pareja debe asumir actitudes diversas respecto al gesto mismo. La decisión no puede reducirse a la sola intención de la pareja, porque el hecho de la presencia o no presencia de la procreatividad biológica modifica objetivamente el ser del gesto y el modo de ser de la pareja. Por consiguiente, para respetar la verdad del gesto, la pareja deberá vivirlo sólo como unitivo en el momento en que desea servirse de él para crecer en la comunión y el gesto lleva en sí sólo la capacidad unitiva; deberá vivirlo como unitivo y procreativo cuando el amor interior, convertido en efusivo, mueve a la generación y el gesto lleva en sí también la capacidad procreativa. Por lo cual, si la pareja no se encuentra en condiciones (sean interiores o exteriores) de procrear, deberá darse cuenta de que posee algo que la hace fundamentalmente similar al Dios creador y de que no está en condiciones de vivir toda la plenitud de vida de que es depositaria.

3. DIFICULTADES Y VÍAS DE SOLUCIÓN. La dificultad nace cuando la pareja siente la necesidad de vivir la intimidad física de modo sólo unitivo y no puede conocer con certeza si existe o no el potencial procreativo; o bien (el caso es diverso) tiene la certeza de la existencia de este potencial y estima que debe servirse de la intimidad sólo de modo unitivo, privando al gesto del potencial procreativo.

a) Determinación de los tiempos fecundos. En el primer caso la dificultad no parece insuperable, al menos a nivel de conocimiento científico. Existen, en efecto, métodos (temperatura basa¡, sintotérmico, Billings, etc.) que permiten conocer los tiempos fértiles de la mujer (y de la pareja). Utilizando este conocimiento, la pareja puede establecer si la necesidad de unión encuentra en el correspectivo gesto físico la presencia de la sola capacidad unitiva (y por tanto puede servirse de ella como gesto de crecimiento en la comunión de vida), o si debe abstenerse de este gesto para respetar el potencial procreativo en él existente.

Esta valoración y la posibilidad de actuarla en la vida supone en la pareja la existencia de cualidades y disposiciones interiores precisas: 0 un acuerdo profundo en la comunión y en los gestos que la expresan; 0 una plena conciencia de la diversidad de ser y del significado del gesto físico cuando en él está presente el solo valor unitivo o también el procreativo; 0 la educación para respetar la verdad del gesto basándose en la diversidad de contenidos del gesto mismo; 0 la educación en buscar en otros gestos de la conyugalidad el medio de expresar y alimentar la unión conyugal.

Son condiciones que no siempre se encuentran en las parejas, incluso en las que se consideran comprometidas en un camino de perfección. Existe, en efecto, un no-conocimiento difuso de los ritmos de la fertilidad conyugal, unido a una exigencia creciente del gesto de la intimidad como fundamento y alma del estar juntos. El acuerdo y la gratificación sexual se afirman cada vez más como elemento esencial para la continuidad de la pareja. Y esta creciente exigencia no siempre se armoniza bien con la cantidad de abstinencia que los métodos naturales requieren para garantizar su seguridad. Así, se encuentra por una parte una demanda creciente de espontaneidad y de libertad en el uso de la sexualidad genital como expresión importante de la vida de la pareja, y por otra la demanda de limitarla en virtud del respeto debido a la presencia comprobada del poder procreativo con métodos que requieren amplios espacios de abstinencia. Y no siempre es posible resolver el caso apelando a la abstinencia, porque a veces "donde se interrumpe la intimidad de la vida conyugal, no es raro que se ponga en peligro la felicidad y puede verse comprometido el bien de los hijos; entonces corren también peligro la educación de los hijos y el valor de aceptar otros" (GS 51).

b) La necesaria mediación en la aplicación de los principios. Junto a las dificultades de un prolongado recurso a los gestos alternativos respecto a la intimidad sexual, existen casos particulares en los cuales el gesto mismo de la intimidad resulta posible u oportuno sólo en los tiempos en los cuales el potencial procreativo está cierta o probablemente presente. Con palabras sencillas: pueden existir situaciones particulares (y las condiciones de vida actuales parecen multiplicarlas) que hagan posible el gesto sólo en el tiempo en el que está probable o ciertamente presente la valencia procreativa. ¿Es lícito en estos casos hacer probable o ciertamente infecundo el gesto viviéndolo sólo en su significado unitivo? La respuesta no es sencilla. Aun permaneciendo válido el principio objetivo del respeto debido a la verdad del gesto (expresado en HV 12 en el principio de la inseparabilidad del significado unitivo y procreativo), por debajo de este principio queda una infinidad de casos humanos que no consiguen realizarlo completamente y siempre en su vida. Para aplicarlo de modo proporcionado a las diversas situaciones hay que recurrir a otros principios que ayuden a comprender cómo se debe proceder en las situaciones subjetivas particulares.

Ya diversos episcopados, al presentar a los fieles la encíclica HV, recordaban que "la contracepción no puede ser nunca un bien. Es siempre un desorden pero este desorden no es siempre culpable" (doc. del episcopado francés, 8-11-1968, n. 16). Y en el momento en que la Congregación para el clero había enviado el 26 de abril de 1971 para dirimir un conflicto surgido en la diócesis de Washington, entre los "principios teológicos y pastorales" se encuentra el relativo a la conciencia (n. 4), que afirma que "las circunstancias particulares que intervienen en un acto humano objetivamente malo, si no pueden hacerlo objetivamente bueno, pueden hacerlo inculpable o menos culpable o subjetivamente defendible". Juan Pablo II, en la FC (22-11-1981) recuerda que la pedagogía concreta induce a la Iglesia a hacerse vecina de las parejas en dificultad: ella "conoce bien su situación, a menudo muy ardua y a veces atormentada por dificultades de todo género, no sólo individuales, sino también sociales; sabe que muchos cónyuges encuentran dificultades no sólo para la realización concreta, sino también para la misma comprensión de los valores insertos en la norma moral" (n. 33); y sabe también que "el hombre, llamado a vivir responsablemente el designio sabio y amoroso de Dios, es un ser histórico que se construye día a día con sus numerosas elecciones libres: por esto conoce, ama y realiza el bien moral según etapas de crecimiento" (n. 34).

Estas diversas afirmaciones confirman la existencia de situaciones subjetivas y de condiciones objetivas que forman parte de la vida concreta de la pareja, que puede crearles perplejidades acerca de la aplicación de los principios a la vida propia. Lo que se requiere es que los cónyuges se empeñen en un "incesante camino, sostenidos por el deseo sincero y activo de conocer siempre mejor los valores que la ley divina custodia y promueve (bona, quae custodit lex divina ac promovet) y por la voluntad recta y generosa de encarnarlos en sus elecciones concretas" (FC 34). Es el principio de la "ley de la gradualidad o camino gradual", que no hay que confundir con la gradualidad de la ley (ib).

Mas para comprender mejor el proceso de aplicación de los principios a los casos particulares puede servir de ayuda recordar lo que santo Tomás enseña a propósito de la gnome (l Prudencia II, 2, b), aquella parte potencial de la virtud de la prudencia (que no debe confundirse con la epiqueya, pues es una de sus aplicaciones particulares), que se manifiesta indispensable cuando hay que obrar no siguiendo los dictámenes de los principios inmediatos, sino recurriendo a los principios superiores. "Puede ocurrir a veces que se deba hacer algo excediendo las reglas comunes de la acción; por ejemplo, no restituir a los enemigos del Estado lo que se ha recibido en depósito, u otros casos similares. En estos casos hay que juzgar según principios más altos que las reglas comunes (en las cuales se inspira, en cambio, la synesis); y para juzgar según estos principios más altos se requiere una virtud más alta, la cual implica una especial perspicacia de juicio" (S. Th., II-II, q. 51, a. 4, c). No se trata de la "gradualidad de la ley, como si hubiera varios grados y varias formas de precepto de la ley divina para hombres y situaciones diversos" (FC 32); y tampoco de excepciones o de interpretaciones benévolas, o de un modo de sustraerse a los aspectos onerosos de la ley. La gnome está ordenada a aplicar del mejor modo el valor, teniendo en cuenta las situaciones personales y las circunstancias objetivas para las cuales no son suficientes los principios inmediatos.

No hay que olvidar que los principios que regulan un ámbito particular de la vida moral reciben su significado de los principios superiores, de los cuales son una aplicación más particular y determinada. No se puede invertir el orden de los valores: lo que es inmutable y absoluto son los valores expresados en los principios; cualquier otro principio es válido en la medida en que particulariza y ajusta el valor expresado en estos principios primeros a la materia propia de un ámbito de la vida moral, dando así origen a principios más particulares. Por ejemplo, el principio de la restitución y el principio superior de la propiedad privada, aunque son ciertos y válidos en el ámbito del uso social de los bienes, no son principios absolutos; pero son válidos en la medida en que encarnan en aquel ámbito particular el principio primero del deber y derecho de cada uno a promover el bien común y a disfrutar de él en la modalidad y en la medida que permite a cada uno tener lo necesario para vivir y desarrollarse humanamente; por eso cuando la propiedad privada no promueve la distribución ordenada de los bienes, no es ya un principio válido; lo mismo hay que decir de la restitución cuando se convierte en un hecho dañoso para el bien común.

No se trata de un conflicto de deberes o de valores, sino más bien de una comprensión correcta del valor en los diversos niveles y ámbitos de vida en los que debe ser encarnado y en las modalidades en que hay que vivirlo. Pero no es siempre fácil llegar a esta recta comprensión.

Es fácil ofrecer una solución verdadera cuando en el gesto de la intimidad se presenta un conflicto entre razón y pasión, porque la razón sugiere enseguida la regulación del instinto a través de la virtud de la castidad. No es igualmente sencillo superar la perplejidad cuando el gesto de la intimidad sexual es solicitado por una auténtica necesidad de crecimiento humano y al mismo tiempo la presencia del potencial procreativo hace al gesto capaz de efectos superiores al de la simple unión; aquí hay en él objetivamente algo que supera la capacidad unitiva. Pero si este "algo más" no está acompañado del amor efusivo interior y de las circunstancias concretas que hacen humano y razonable el procrear, el gesto se queda en un nivel de potencial procreativo material y no formal, faltando en él el elemento que transforma el hecho de biológico en humano. Y entonces nace el interrogante: ¿No será lícito, en vitud de las situaciones particulares subjetivas y objetivas (personales, de pareja, extrapersonales, etc.), fiarse de la gnome, a fin de que la persona a través de ella valore y decida sobre la licitud o ilicitud de suspender un poder procreativo que es tal sólo materialmente? Podemos encontrar una analogía en la pregunta que santo Tomás formula cuando en el tratado sobre la templanza se pregunta si es lícito beber con exceso -y por tanto suspender el uso de la razón- para reequilibrar el organismo. Su respuesta es afirmativa. "El alimento y la bebida han de moderarse según las necesidades de la salud del cuerpo. Puede ocurrir que una medida moderada para un hombre sano sea excesiva para otro enfermo, como puede ocurrir que lo que es superfluo para una persona sana sea moderado para un enfermo. Así, el hecho de que uno coma o beba mucho por consejo del médico para provocar el vómito no debe considerarse un exceso" (II=II, q. 150, a. 2, ad 3). Comentando este texto, Cayetano precisa que el uso inmoderado de beber es ilícito cuando es formal (= si se bebe por el placer que se obtiene), pero no cuando es material (= si se bebe por fin medicinal). En otras palabras, cuando el arte médico aconseje la embriaguez como cura de alguna enfermedad, se trata no de embriaguez formal (lo cual sería pecado), sino de embriaguez material -por no estar solicitada por el placer desmedido del beber-, y en tal caso es lícita (cf CAYETANo en II-II, q. 150, a. 2, ad 3).

El juicio moral no se formula siempre del mismo modo. Normalmente son suficientes las dos virtudes de la eubolía (que ayuda a deliberar bien) y de la synesis (que ayuda a juzgar correctamente según los principios normales e inmediatos). En otros casos, en cambio, habrá que tener presente la distinción que santo Tomás hace entre la (im)perfección de la ley antigua y la de la ley nueva (ya que en la historia de muchos hombres parece repetirse esta distinción): "Como el padre de familia en su casa da órdenes diversas a los niños y a los adultos, así el mismo Señor Dios ha dado una ley diversa a los hombres que eran todavía imperfectos, y otra perfecta para los que habían sido ya conducidos por la ley precedente a una mayor capacidad de las cosas divinas" (I-II, q. 91, a. 5, ad 1). En otros casos será también necesario recurrir a la gnome. Es verdad que el juicio de la gnome supone una virtud superior ("altior virtus judicativa'~, y por consiguiente requiere en el individuo la actitud de la "docilidad" (II-11, q. 49, a. 3) a quien puede ayudarle por tener más experiencia y doctrina; pero también es verdad que el problema de la decisión de realizar o no un acto de intimidad sexual en perspectiva unitiva en el momento en que está potencialmente presente la potencialidad procreativa no podrá resolverse por la pareja apelando siempre y sólo a los principios inmediatos.

En ciertos casos quizá sea necesario recurrir al principio primero del amor, como energía de trascendencia que ilumina la situación concreta y permite comprender y vivir del Tejor modo el valor del amor unitivo-fecundo presente en la comunión de amor de la pareja.

[/Educación sexual; /Familia; /Matrimonio].

BIBL. Existe una bibliografía abundantísima sobre la regulación de la natalidad. En cambio, son escasos los estudios sobre el sentido del procrear humano.

--0 En lo que se refiere al magisterio, se remite a los principales documentos citados en el texto, aííadiendo algunas intervenciones de la Santa Sede con ocasión de reuniones internacionales sobre la población: Anno e conferenza della popolazione mondiale: lettera ai nunzi e alle conferenze episcopali en "EnchVat" 5 (1974) 353-379, Intervento della s. Sede alla Conferenza Internaz. dell'Onu sulla donna, ib, 623-631.

- Estudios y comentarios sobre los documentos del magisterio: CAPRILE G., II Sínodo dei vescovi 1980, Civ. Catt., Roma 1982; CICCONE L., Uomo-Donna. La grande catechesi del mercoledi di Giovanni Paolo II, Ldc, Turín 1986; DELHAYE P.H., GROOTAERS J. y THILS G., Pour relire HV. Déclarations épiscopales du monde entier. Commentaires théologiques, Duculot, Gembloux 1970; JAVIERRE J.M J, MARTN DESCALZO J.L., ARADILLAS A., DE SALAZAR J., Control de natalidad. Informe para expertos. Los documentos de Roma, Alameda, Madrid 1967; DE LA HIDALGA J. M.a., De la "Humanae vitae "a la "Familiares consortio "pasando por el Sínodo episcopal 1980, en "Lumen" 37 (1988) 394-118; TETTAMANZI D., Humanae Vitae. Commento all éncicl¡ca sulla regolazione delle nascite, Ancora, Milán 1968; ID, La risposta dei vescovi alla HV. Ancora, Milán 1969; VARAIA V., Dossier sulla HV, Gribaudi, Turín 1969; VALsEcHI A., Regulación de los nacimientos, Sígueme, Salamanca 1970; ZALBA M., La regulación de la natalidad, Ed. Católica, Madrid 1968.

- Otras obras: AA.VV. (a cargo del Cisf), Amore fecondo e responsabile a 10 anni dalla HV. Guida bibliografica (ed. mecanografiada); Milán 1978; AA.VV., Nuoveprospettive di morale coniugale, Queriniana, Brescia 1969; ANCEL A., Evangelio, amor, fecundidad, Sociedad de educación Atenas, Madrid 1973; AYALA V., Católicos y natalidad, PS, Madrid 1984; BILLINGS J.J., Regulación natural de la natalidad: Método de la ovulación, Sal Terrae, Santander 19761°; COTTIER G.M., Régulation des naissances el développement démographique: perspectives philósophiques el théologiques, Desclée, París 1969; DEJOUD V.Th., Contraception, probléme de société, en "NRT" 109 (1987) 246-265; DEMAN TI., La Prudence: Traduction, notes el appendices á S. Th., II-II, qq. 47-56, Desclée, París 1949; DuBARLE M., Amor y fecundidad en la Biblia, Paulinas 1970; FAVALE A., Fin¡ del matrimonio nel Magistero del Vat. II, en Realtñ e valor¡ del matrimonio, Las; Roma 1976, 173-210; FLANDRIN J.L., Contraception, mariage el relations amoureuses dans I'Occidente chrétien, en "Annales" 24 (1696) 1370-1390; FONSECA A., Politiche demografrche e contraccezione oggi nel mondo, en "CC" 134 (1983) IV, 134-148; HARING B., Paternidad responsable, Paulinas, Madrid 1970; ID, Nuevas dimensiones de la procreación, en "Razón y Fe" 193 (1976) 311-325; ID, Fertilitñ e compimento: approccio teologico, en "Segno" 101-102 (1989) 101-110; HORTELANO H., Paternidad responsable, en Problemas actuales de moral 11, Sígueme, Salamanca 1982, 611-655; LÓPEZ AzPITARTE E., La moralidad de los anticonceptivos: discusiones actuales, en "Proyección" 31 (1984) 199-207; MARTELET G., La existencia humana y el amor, Desclée, Bilbao 1970; MATTHEuws A., Unión y procreación. Evolución de la doctrina de los fines del matrimonio, PPC, Madrid 1990; MIETH D., Geburtenregelung. Ein Konflick in der katolischen Kirche, Patmos Maguncia 1990; MILLÁN L., Anticoncepción: conflictos de deberes, imposibilidad y mal menor, en Miscellanea Comillas 33 (1975) 5-42; MOLS R., Démograph¡e el paternité responsable, en "NRT" 101 (1979) 260-298; 396-417; NOONAN J.T., Contraception. A History of Its Treatment by the Catholic Theologians and Canon¡sts, Harvard Univ. Press, Cambridge (Mass) 1966 (trad. franc.: Contraception el mariage, Cerf, París 1969); PERICO G., La regolazione delle nascite nell último decennio, en "AggSoc" 19 (1968) 443-452; PINAR Royo E., Partidarios de vivir, Paulinas, 1986, 267ss; PHILIPPE M.D., Au coeur de l ámour, Le Sarment-Fayard, París 1987; QUARELLO E., Per il superamento dei conflitti di coscienza, en "Sin" 33 (1971) 127-153; ID, Male físico e male morale nei conflitti di coscienza, ib, 34 (1972) 295-314; SJÉGUIN M., Nouveau Point de vue sur la c contraception, en "NRT" 112 (1990) 202-223; JENTIs R. y M., Amour et fécondité, Le Sarment-Fayard, París 1981; ZIMMERMANN A., GuY F. y TETTAMANzI D., La coppia, I ámore, la vita. La vea umana e cristiana alla feconditá, Ancora, Milán 1980.

G. Muraro