Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia PARTICIPACIÓN

PARTICIPACIÓN
TEOLOGÍA MORAL

SUMARIO

I. Fenomenologia de la participación: 
1.
La participación en las sociedades occidentales; 
2. La participación en lo social; 
3. La participación, causa y efecto de la democracia. 

II. Mensaje bíblico-teológico sobre la participación: 
1.
Categorías bíblico-teológicas sobre la participación: 
    a)
La creación como realidad dinámica, 
    b)
El hombre creado como ser social, 
    c) La historia como historia de salvación; 
2. Ética y participación: 
    a)
Sociedad participativa, 
    b)
Reacciones fundantes. 

III. Perspectivas de participación hoy: 
1.
Cuestión de los fines; 
2. La mediación de la política.


 

I. Fenomenología de la participación

En una aproximación primera y genérica puede decirse que la participación social es coextensiva al hecho social: toda persona, lo quiera o no, interactúa con otros y concurre, aunque sea con su pasividad y su sumisión, a un cierto modo de ser social. Sin embargo, con el término "participación", en cuanto fenómeno analizado por la sociología y por la ciencia política, se intenta evidenciar la implicación de la persona o del grupo en la vida social en formas y modalidades diversas. En otras palabras, se considera a la persona en su condición de sujeto de la vida social, de su organización y de su proyecto.

La participación asume formas diversas en virtud de los cambios socioculturales, que, a su vez, pueden considerarse también fruto y efecto de la participación y de su modo de manifestarse en la historia. Por principio puede observarse que las características de una determinada sociedad, en un preciso período histórico, indican globalmente también las posibilidades y las modalidades de la participación. Por tanto, los binomios sociedad estática o dinámica, simple o compleja, monocultural o pluricultural, indigente o de consumo son otras tantas determinaciones de la participación social. En particular, la participación cambia de connotación según que en la sociedad esté vigente una concepción de tipo jerárquico o bien tendencialmente democrática, de tipo innovador o conservador. Todo esto marca el nivel y el contenido de la participación social real.

1. LA PARTICIPACIÓN EN LAS SOCIEDADES OCCIDENTALES. En la sociedad posindustrial y posmoderna se ha creado casi un circuito de abierto-cerrado en cuestión de participación. El desarrollo de la ciencia y de la técnica, que representa el verdadero salto cualitativo de la época actual respecto a las épocas precedentes, si por un lado ha abierto espacios de posibilidad participativa y por tanto de cambio, por otro los ha limitado también drásticamente. En efecto, se experimenta una serie de coacciones sociales, de las que es típico el fenómeno de la burocratización: toda forma de participación se canaliza dejando poco o ningún espacio a la creatividad y a la libertad.

Además ha cambiado la relación entre lo privado y lo público, marcando negativamente sobre todo la participación política y la dedicación a la causa común.

Las grandes ideologías del progreso, por un lado, y de la revolución, por otro, supieron hasta un tiempo bastante reciente conducir y movilizar una participación de amplio alcance. Ahora estos grandes ideales sociales han entrado en crisis, sin que se vean surgir en el horizonte otras estrellas polares orientadoras y polarizadoras. Es difícil establecer fines, metas y valores comunes que gocen de consenso y movilicen recursos y personas en la participación.

Una casi absorción de lo privado por lo público ha sido sustituida por una neta demarcación y antagonismo entre lo privado -considerado y vivido como lugar de libertad- y lo público, vivido y experimentado como lugar de coacción y de lucha. La sociología actual saca a la luz una nueva categoría que caracteriza el fenómeno social en nuestras sociedades: la cultura de lo privado y la necesidad subjetiva.

Estas nuevas categorías son expresión de las nuevas orientaciones de las sociedades occidentales a partir del período de la contestación que las ha recorrido, indicando a la vez un alto nivel de participación y de movilización e, inmediatamente después, una caída de la misma por la difusión de un sentimiento general de impotencia y de incapacidad de cambio.

Ciertamente, la ocupación de lo privado y la reapropiación de la necesidad subjetiva no puede leerse solamente en términos negativos. En realidad indican una valorización de cuanto se había sacrificado y reprimido con demasiada frecuencia en nombre de una discutible causa común. Sin embargo, el fenómeno es negativo en un sentido global, en la medida en que indica la aparición de la apatía y del descompromiso respecto a todo lo que es acción política, concertación e iniciativa común.

El retorno a lo privado, y en la mejor de las hipótesis a lo social, se vive en términos alternativos y antagonistas a lo político. En el espacio de un breve lapso de tiempo se ha producido una llamativa inversión de tendencia respecto a la política, entendida como lugar de poder y como ámbito de decisión que se refiere a la colectividad: del "todo es política" se ha pasado primero a la "política no lo es todo", hasta el rechazo o la indiferencia respecto a la política misma.

2. LA PARTICIPACIÓN EN LO SOCIAL. La difusión de la indiferencia en el área de la política se expresa con una fuerte recuperación de la participación en el espacio social. El fenómeno está ampliamente documentado por encuestas sociológicas, que se han multiplicado en este período, también en la zona católica. Comunidades y grupos aceptan gustosamente colocarse, y a menudo con gran generosidad, en el plano de lo social en sus diversas expresiones: desde el barrio a la escuela, desde la asistencia al deporte; pero rehúsan el paso a la política propiamente dicha, que tiene como tema específico la gestión del Estado o, empleando la terminología católica tradicional, la realización del bien general, respecto al cual los otros bienes aparecen como particulares.

Este fenómeno puede traducirse, y de hecho muchas veces se traduce, en un nuevo modo de hacer política, es decir, como presión sobre el gobierno de la cosa pública en orden a realizar opciones precisas de cambio. Sin embargo, la opción exclusiva de lo social, o cuando menos la opción de lo prepolítico que caracteriza también a una cierta parte del mundo católico, no representa en absoluto la solución de los problemas que se imponen a la colectividad; solamente se les puede hacer frente y gestionar mediante la activación de la participación política propiamente dicha. Es superfluo observar que la participación política no se realiza sólo a través de los partidos políticos; pero tampoco se puede prescindir de los mismos en un sistema de democracia representativa.

La salida de la política en el plano de los hechos representa sólo una ilusión: la política no queda abolida, queda sólo disminuida la participación. En otras palabras, el problema no se resuelve, sino que se agrava; porque el poder político, debido a la falta de participación de los individuos y de los grupos sociales, camina hacia la impotencia o el abuso.

En esta perspectiva no es suficiente reafirmar la validez del primado de la sociedad respecto al Estado; más bien es necesario establecer la conexión de lo privado y de lo social con lo político, y viceversa. A su vez, la política ha de ser capaz de formular proyectos globales y generales dentro de los cuales introducir sin sacrificarlos los legítimos intereses particulares.

3. LA PARTICIPACIóN, CAUSA Y EFECTO DE LA DEMOCRACIA. La participación social a primera vista puede parecer un problema que tiene que ver sólo con los países de régimen totalitario, donde justamente toda forma de participación que no se resuelva en una reproducción del status quo es sofocada y reprimida. En realidad, la cuestión de la participación de las personas y de las agregaciones sociales libres se plantea, aunque sea con modalidades diversas, también en los países de régimen democrático, donde se registra una progresiva tendencia del Estado a invadir niveles y espacios que deben dejarse a posibles iniciativas libres. En otras palabras, se trata de la intervención del Estado a costa de las infraestructuras sociales libres, de modo que las formaciones sociales libres se ven de hecho impedidas de actuar y de dar una aportación creativa a la convivencia civil.

Por otra parte, las formaciones sociales libres, en especial las principales, como los partidos políticos y los sindicatos, no deben replegarse en intereses puramente corporativos, olvidando la necesaria vinculación con la causa común y los intereses generales. La participación social, en teoría y en práctica, debe ir más allá de la concepción "estatalista", por una parte, y "antiestatalista", por otra, ambas presentes en nuestro país. La concepción o tradición antiestatalista tiende a la reafirmación del primado y de la validez de lo social y de su autonomía respecto a lo político, a lo cual se atribuye por principio voluntad de dominio y de atropello autoritario; por su parte, la concepción estatalista parte de la convicción acrítica respecto a la función progresiva del poder político y estatal en relación con una sociedad considerada retrasada y desarticulada. Cuando estas dos tendencias se radicalizan, la sociedad civil permanece bloqueada en su evolución y en su camino de crecimiento. El estatalismo pretende imponer su propia lógica y sus estructuras en perjuicio de las libertades de las personas y de los grupos sociales espontáneos; por otra parte, el antiestatalismo se hace la ilusión de que es posible guiar a una sociedad moderna sin una estructura central eficiente y rechaza también los instrumentos necesarios para coordinar los intereses de cada uno y cada colaboración al bien común. En un caso tenemos la asfixia del pluralismo social; en otro se difunde el pluralismo salvaje, que se repliega en particularismos y en intereses corporativos.

Podemos decir que una participación real prevé y presupone un modelo de sociedad estructurada en personas y en formaciones sociales libres, autónomas e independientes respecto al poder político y obligatoriamente abiertas al bien común, del cual el ~oJcr político o estatal ha de ser garante y promotor.

En esta perspectiva adquiere significado y valor la discusión, y sobre todo la existencia, no sólo de un pluralismo en las instituciones, sino también y necesariamente de un pluralismo de las instituciones.

El verdadero problema de las sociedades democráticas es cómo hacer verdadera y efectiva la participación de los ciudadanos en la elaboración de las decisiones, y no sólo en la ejecución de las opciones hechas en ambientes restringidos; cómo conciliar la democracia representativa y la directa, sobre todo en orden a opciones decisivas para el futuro de la humanidad como, por ejemplo, el control de la economía, de la ciencia y de la técnica para que se orienten al bien general y no a los intereses de grupo o de pueblos particulares.

Finalmente, no puede dejarse de advertir una contradicción que caracteriza a las democracias de los países europeos y americanos: por un lado, la difusión de una ideología de participación popular; por otro, praxis cada vez más oligárquicas presiden la vida de las instituciones.

II. Mensaje bíblico-teológico sobre la participación

Sería ilusorio pretender que la revelación contenida en la Biblia ilustre el término y la realidad de la participación en la misma amplitud de onda en la que se plantean los problemas actuales. Las perspectivas más pertinentes las encontramos dentro de categorías bíblicas específicas, tales como la creación en cuanto realidad dinámica, la sociedad humana, el sentido de la historia, cuyo significado y horizonte ulterior revela la escatología. En la pespectiva de estas categorías se clarifica el sentido y la dirección de la participación.

1. CATEGORÍAS BÍBLICO-TEOLÓGICAS SOBRE LA PARTICIPACIÓN. a) La creación como realidad dinámica. A la concepción estática y fixista del mundo, según la cual las cosas habrían sido creadas de una vez por todas, ha seguido una concepción dinámica y evolutiva: la creación es a la vez un dato y una tarea. Las adquisiciones científicas evolucionistas, ampliamente divulgadas, han creado en nuestros contemporáneos la idea de un mundo abierto a nuevas posibilidades; en el mismo plano hay que situar las consecuencias del progreso científico-técnico, que contribuyen a delinear la imagen que tenemos de la realidad cambiante. Hoy se es más consciente de que el universo y el hombre mismo son realidades perceptibles, y se relee el mensaje bíblico en una óptica diversa que hace más comprensible y significativo el mandato dado por Dios al hombre de someter y dominar la tierra. El hombre, con su actividad múltiple, está llamado a llevar a su cumplimiento la obra de la creación, que permanece abierta a realizaciones siempre nuevas, hasta culminar en los cielos nuevos y en la tierra nueva. El concilio Vat. II ha propuesto de manera sugestiva esta imagen dinámica del universo y el encargo que Dios ha confiado al hombre de participar en esa cocreación. "La actividad humana individual y colectiva o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios. Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad (cf Gén 1,26-27; 9,2-3; Sab 9,2-3), sometiendo a sí la tierra y cuanto en ella se contiene, y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero, reconociendo a Dios como creador de todo, de modo que con el sometimiento de todas las cosas al hombre sea admirable el nombre de Dios en el mundo (cf Sal 8,7.10)" (GS 34).

El interlocutor de aquel "someter la tierra" es el ser humano, que es llamado por Dios a ser responsablemente partícipe de la suerte del universo. Ciertamente, esta participación activa en el destino del mundo cambia radicalmente según que se parta de una concepción estática o, viceversa, dinámica del universo. Mas, en cualquier caso, la imagen de la creación como realidad dinámica no se resuelve en un apoyo que legitimice cualquier posible intervención del hombre.

b) El hombre creado como ser social. Una categoría bíblica ulterior que funda la participación es la socialidad intrínseca de la persona humana. El dato originario del hombre no es sólo la autoconsciencia, sino también y esencialmente la relación a los otros y la diferenciación de los demás. Individualidad y exigencia de la comunidad son dimensiones igualmente originarias del hombre: y uno y otro aspecto están integrados en la noción de l persona, que significa estar en relación. En virtud de esta constitución de nuestro ser, la persona se realiza plenamente en cuanto se da, en cuanto que sabe salir de sí misma. No existe realización alguna de sí prescindiendo de la participación humana recíproca en una dinámica del recibir y del dar; no existe falsificación más profunda del hombre que el cierre en el egoísmo. El mandamiento cristiano del amor es una exigencia de la misma naturaleza humana.

El Génesis, desde el principio, expone las estructuras básicas del ser humano: la individualidad y, contemporáneamente, la relacionalidad. El hombre ha sido creado varón y hembra; y esto, más allá de la valencia procreativa, asume un valor comunitario preciso y explícito (cf 2,18ss). En la visión bíblica, la humanidad desde su creación está pensada como una gran unidad. Por tanto, según la Biblia, no puede existir un concepto individualista del hombre, lo mismo que no puede existir un concepto individualista de la salvación.

c) La historia como historia de salvación. La salvación cristiana no es salvación más allá de la historia, sino que es salvación para este mundo y para esta historia, si bien representa un radical quid novum respecto a la historia. Se debe sobre todo a las nuevas teologías haber puesto el anuncio y la realidad del reino de Dios en relación con la historia humana.

Entre reino de Dios e historia humana, tal como se va fatigosamente construyendo en este mundo, no hay lejanía, indiferencia y contraposición, sino interdependencia recíproca; la historia humana está llamada a ser aquí y ahora historia de salvación. La participación en el reino de Dios, que viene y que habrá de venir en plenitud, se funda y pasa a través de la participación fiel en la construcción de esta historia. Lo afirma decididamente el concilio Vat. II: La espera de una tierra nueva no 'debe amortiguar, sino más bien avivar la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo" (GS 39; 43). El problema está en cómo ser y obrar en este mundo para que sea un mundo en camino hacia Dios, y no en el hecho de estar en este mundo: el mensaje cristiano no le permite a nadie evadirse del mundo y de la historia de los hombres. La fe en Dios Padre de todos, la fraternidad que liga a los seres humanos entre sí, el mundo creado para todos son verdades que mueven incesantemente a ser partícipes responsablemente en la historia de la humanidad junto con todos los hombres que buscan sinceramente el bien. En la participación responsable en la historia no hay espacio para integrismos y presencias monopolistas; este mundo es un mundo de Dios y es de todos; no hay un mundo para los creyentes y otro para los no creyentes; esta historia es la única historia a cuya construcción todos, según el designio de Dios, están llamados, aunque no todos hayan llegado a la verdad del único Dios personal que se nos ha comunicado a nosotros en Cristo Jesús.

El reino de Dios y la historia humana única que hay que construir guardan entre sí un recíproco movimiento de conversión; una trascendencia que se hace inminencia y una inminencia que a su vez e incesantemente se hace trascendencia. En esta perspectiva resulta iluminador el descubrimiento de la categoría bíblica de los "signos de los tiempos" como medio para comprender el curso de los acontecimientos y guiar las modalidades y los horizontes de la participación.

i. ÉTICA Y PARTICIPACIÓN. a) Sociedad participativa.. El pensamiento social cristiano a nivel magisterial y teológico [l Doctrina social de la Iglesia] propone el ideal de la sociedad participativa en todos los campos: desde la comunidad más pequeña, la familia, a la gran comunidad de los pueblos. La sociedad participativa es causa y efecto de un modelo de sociedad que privilegia la dimensión comunitaria horizontal respecto a la jerárquico-vertical. En el modelo piramidal de sociedad y de Iglesia no queda mucho espacio para la participación; todo 1o- que se pide es meramente ejecución obediente y sumisión pasiva, sacrificando todo impulso creador y libre. En realidad, la sociedad participativa supone un modelo de sociedad personalista y pluralista, en el sentido del reconocimiento de la autonomía de la persona frente al poder público, e igualmente del derecho de la persona a la libre creación de formaciones o agregaciones sociales independientes frente al Estado, pero coordinadas para el bien común, del cual la autoridad pública ha de ser garante. En esta perspectiva la categoría ética de la participación es de las más cultivadas en la enseñanza social católica, donde se la considera como condición imprescindible de crecimiento del hombre y de la sociedad. En el pensamiento social católico, la valoración de la participación se afirma de modo cada vez más acentuado, ganando poco a poco en extensión y, sobre todo, en razones fundantes.

A propósito de esta evolución se pueden distinguir diversas fases. -Desde León XIII a Pío XII (período clásico en la enseñanza social eclesial), la participación es casi exclusivamente la participación obrera en la propia asociación y en la empresa económica. Se trata de la participación de la clase dominada en un ámbito (la empresa) reservado fuertemente a la clase dominante, lo cual explica tanto la importancia de la implicación como la escasa eficacia operativa a que estaba naturalmente expuesta a causa de la desigualdad objetiva de las condiciones iniciales. -Con Juan XXIII y el concilio Vat. II la participación se extiende desde el ámbito de la empresa económica al ámbito mismo de la política, en el contexto de una renovada comprensión de la relación entre economía y política. -Por último, la dinámica participativa, experimentada por la condición obrera en cuanto tal, es reclamada e invocada por cada ciudadano y se transfiere a la vida social entera en todos sus ámbitos.

En la perspectiva participativa de todos y a todos los niveles, la carta apostólica Octogesima adveniens (1971), de Pablo VI, representa la "carta magna" de la participación, tanto por los ámbitos que se explicitan como por la metodología que sugiere.

b) Reacciones fundantes. La participación de la vida social es una exigencia de la dignidad y de la libertad del hombre. En la vida pública el hombre no puede ser objeto de elecciones ajenas; es sujeto partícipe de elecciones que se refieren a todos. "Aspiración a la igualdad, aspiración a la participación: dos formas de la dignidad y de la libertad del hombre" (Octogesima adveniens, 22). Es exigencia de dignidad humana la que hace pasar al hombre de sujeto pasivo a ciudadano responsable del propio destino y corresponsable del de los demás. La misma visión del hombre la desarrolla Juan Pablo II en la Laborem exercens (1981), donde habla de la organización del trabajo, aunque el principio debe extenderse a cualquier otro ámbito (cf n. 6). Se afirma con vigor que el hombre es sujeto y no objeto: el hombre es el que debe decidir; la iniciativa, la responsabilidad es del hombre. Un ámbito social en el cual el hombre no puede ser nunca sujeto de decisión, sino sólo destinatario de decisiones ajenas, representa una radical inversión del designio de Dios y de cualquier humanismo. Se puede reconocer ciertamente que en muchos ambientes y en situaciones diversas podemos ser objeto de opciones ajenas; mas si esto se verificase sistemáticamente, ese sistema sería inhumano y deshumanizador.

La participación social adquiere enfoque, densidad y finalización a la luz de los principios clásicos del pensamiento social cristiano: "bien común", "solidaridad", "subsidiariedad".

El "bien común" es, por definición, el bien para y de todos; pero el concepto expresa también que se realiza sucesivamente con la participación y con la aportación creadora y libre de todos. Además de bien participado por todos sin discriminaciones y desigualdades injustas, bien común significa también, y en sentido propio, que es fruto de la participación de todos, individuos y grupos sociales. Y esto exige, entre otras cosas, que se ofrezca a todos idéntica oportunidad de participar en el bien de la colectividad.

La participación encuentra en el valor de la l "solidaridad" como principio fundamental de la ética social, su punto de partida y, a la vez, el punto de llegada. Siendo la solidaridad humana sin fronteras, también la participación es sin fronteras; y por eso está orientada a crear la igualdad de los derechos humanos de toda la familia humana.

El principio de "subsidiariedad" está "dirigido a maximizar la participación de los particulares y a reformar los organismos intermedios con el fin de evitar un centralismo asfixiante" (B. Háring).

III. Perspectivas de participación hoy

1. CUESTIÓN DE LOS FINES. El crecimiento de la subjetividad, o sea, la creciente consciencia de la dignidad y de la libertad del hombre -el hombre sujeto, y no objeto de opciones ajenas; sujeto codeterminante en los procesos decisionales; artífice del destino común- coincide con la instancia y exigencia de participación en la vida social

Paradójicamente, la exigencia de participación se afirma en una época que ha creado, gracias a los gigantescos medios proporcionados por el desarrollo técnico y científico, una densa red de coacciones en todos los ámbitos de la vida social, económica, cultural y política. Por desgracia, burocracia y tecnocracia no son eslóganes y palabras vacías. Una ética de la participación corre el riesgo de ser abstracta e ingenua si no tiene en cuenta los mecanismos "inmodificables" ante los cuales el individuo experimenta un sentimiento de impotencia: la sensación del "todo está programado", que desalienta de entrada la libertad y la creatividad.

La rendición y la adaptación pueden ser, sin embargo, una tentación, pero nunca una opción humana. Por otra parte, la participación puede verificarse, es decir, hacerse verdadera sólo en este tiempo y en esta sociedad. Tenemos, pues, aquí un supuesto primario que se refiere a la cultura contemporánea: en el hoy es donde el hombre, el cristiano y las Iglesias están llamados a hacer actual la participación. A esto conduce la reflexión sobre la categoría de los signos de los tiempos: el orden del día, o sea, los contenidos y modalidades de la participación, están dados por la historia; y la capacidad de discernimiento y de individuación de las potencias positivas y negativas a la luz del perfeccionamiento de las personas y de la convivencia humana en la tierra resulta ser condición imprescindible de la participación humana.

Se perfila así que la ética de la participación es esencialmente una ética de la finalización: participación, ¿para qué?

La participación no puede movilizarse más que por fines u objetivos capaces de obtener consenso y de justificar el compromiso. La crisis de participación social es, en última instancia, crisis de motivaciones y de valores sociales capaces de dar sentido y orientación.

Han caído o están en declive irreversible-las grandes ideologías y utopías sociales: en su tiempo, las ideologías del progreso sin límites, de la revolución, el mito de la ciencia y de la técnica movilizaron a la gente y permitieron que las personas fueran más allá de sí mismas. En la fase histórica presente de las sociedades occidentales no parece que surjan grandes ideales o valores unificadores; por lo cual, en el mejor de los casos, la gente se repliega en lo social, en alternativa con lo político carente de proyectos; y en el peor de los casos se refugia en la esfera privada de los intereses individualistas y corporativos.

Desde luego, no se vuelve atrás; pero tampoco se puede seguir adelante comunitariamente si no se vuelve a hablar y a preguntarse sobre las grandes finalidades sociales. Se advierte hoy, justamente en las sociedades llamadas avanzadas, una fuerte demanda ética, que se califica como demanda de sentido de finalización. De una manera cada vez más amplia se comienza a pensar que los problemas de las relaciones entre ética y economía, entre ética y política, entre ética y ciencia encuentran su verdadero planteamiento en el reconocimiento de que toda opción económica, política, científica y técnica debe orientarse al bien del hombre y al bien de la convivencia humana. La pregunta fundamental es entonces: ¿Qué tipo de hombre y de sociedad se quiere construir? En esta perspectiva se advierte que los términos "derecha e izquierda" no tienen ya valor discriminante si, en fin de cuentas, se demuestra que el cambio proyectado está siempre prisionero del orden de los medios.

Es necesario un gran cambio cultural en sentido ético, es decir, que proponga un nuevo modelo de vida humana, un nuevo modo de vivir y de convivir. En esta dirección los cristianos y las Iglesias pueden hacer mucho si, por un lado, abandonan retornos nostálgicos y, por otro, no se muestran acomodadizos y transigentes acríticamente al modelo de la modernización.

No basta simplemente afirmar el deber de acoplar las opciones económicas, científicas y tecnológicas al bien del hombre y de la sociedad; es preciso traducirlo a la práctica. Y una de las mediaciones necesarias, aunque no exclusiva, es la ! política, lugar esencial donde pueden hacerse realidad valores y fines.

2. LA MEDIACIÓN DE LA POLÍTICA. La política recupera la capacidad de proyectar y se hace capaz de juntar y movilizar solamente y a condición de que sepa relacionarse con la ética. Por otra parte, la ética, con sus valores y horizontes de humanización del hombre y de la humanidad a nivel planetario, tiene necesidad, como se ha dicho anteriormente, de la política.

Los valores de la solidaridad para la libertad y la justicia de todos no se hacen realidad con la simple intención ni con la buena voluntad del particular, sea individuo o grupo. No es posible desertar de la política en cuanto lugar de las decisiones que se refieren a todos, en cuanto lugar donde todo interés particular está llamado obligatoriamente a ajustarse al bien general.

No se puede menos de valorizar la participación en lo social, que se evidencia como campo privilegiado de compromiso de las jovenes generaciones; y en dichos casos se puede reconocer que, sin lugar a dudas, es de naturaleza política por los objetivos concretos que se establecen y proponen. Pues hacer política no pasa necesariamente a través de la acción de los partidos.

En cambio, la presencia en lo social constituye un problema cuando se la vive y emprende como alternativa y contraposición a la participación política propiamente dicha. La política es algo demasiado importante para dejarla sólo en manos de algunos que únicamente pueden aprovecharse y abusar de este poder en blanco. Pues el poder fácilmente puede convertirse en arbitrio o exceso en el clima general del desinterés y la indiferencia.

De todas formas, el verdadero problema ético a propósito de la participación lo representa el fenómeno de la tendencia privatista e individualista. Sin embargo, la relación desequilibrada entre lo privado, considerado como lugar de la verdadera vida pública, y lo público, como lugar de la lucha y de la contraposición conflictiva, no puede superarse con la simple apelación moral al deber de la participación. Una vez más, no es adecuada la terapia si no se presta atención a las causas, que van más allá de la buena o mala voluntad subjetiva, puesto que implican centros objetivos que remiten a la lógica y a la estructura de la sociedad.

La construcción de la relación equilibrada entre lo privado y lo público, y por lo tanto el hacer posible, además de obligada, la participación, pasa por una doble conversión; lo público debe convertirse a lo personal, a su valorización y promoción; recíprocamente, lo personal ha de saber abrirse y conectar con lo público, so pena de perder incluso lo privado y personal.

Activar fructuosa y eficazmente la participación implica y supone un cambio de la sociedad, un modo nuevo de trabajar y de gestionar el equilibrio social. "No es imaginable un impulso a la participación en un contexto en el cual de hecho se es excluido siempre, y a todo nivel, de cualquier participación... Sólo activando a todos los niveles nuevas energías de participación, se podrá realizar un elevado grado de participación también en el plano de la vida pública" (G. CAMPANINI, 53).

La participación del hombre y de la mujer como exigencia de la dignidad humana se opone a cualquier organización de la sociedad de tipo autoritario y totalitario, donde cualquier instancia libre y creativa de las personas y de los grupos sociales es sacrificada y reprimida. Pero la participación efectiva y real no queda garantizada sin más o automáticamente en las sociedades de tipo democrático, donde la participación efectiva puede ser más formal que real. De modo especial puede quedar bloqueada por una doble serie de factores: por una presencia e intervención excesiva e intromisiva del Estado, por una parte, o por una hegemonía que algunos grupos o agregaciones sociales pueden ejercer respecto a las otras agregaciones de menor peso y poder.

La sociedad participativa es un objetivo más que un dato de hecho, y ello remite tanto a la formación de personas capaces de participación como a la creación de estructuras que respondan y promuevan participación.

Por parte de las personas, hombres y mujeres, además de espíritu de servicio y de entrega se requiere, especialmente en la sociedad compleja y diferenciada como es la sociedad posmoderna, adiestramiento en la l información y hábito del espíritu crítico, disponibilidad al cambio y al diálogo. Por parte de la sociedad se exige un esfuerzo incesante para crear estructuras de participación a todos los niveles, de suerte que los ciudadanos no sean. simplemente convocados a ratificar decisiones ya tomadas desde arriba, sino realmente llamados, de acuerdo con una metodología apropiada, a la preparación y a la elaboración de las decisiones.

La formación en la capacidad y la capacidad real de participación viene de lejos: la familia, la escuela y cualquier otra institución educativa ejercen una labor decisiva si, a la vez que educan en la participación como derecho y deber de la persona, se manifiestan de hecho como instituciones donde la participación misma es ya efectivamente practicada, y por tanto experimentada. Poder experimentar la participación es el modo mejor de aprenderla.

[/Doctrina social de la Iglesia; /Política; /Poder; /Solidaridad; /Sistemas políticos].

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L. Lorenzetti