Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia NOVIAZGO

NOVIAZGO
TEOLOGÍA MORAL

SUMARIO

I. El término y la situación actual:
1. Un hecho en evolución; 
2. En los orígenes del cambio; 
3. La diversa actitud ante el cambio; 
4. La intervención de ayuda. 

II. El noviazgo en el pueblo de Dios: 
1.
Una acción centrada en la persona; 
2. A la luz de la palabra de Dios: 

    a)
Confianza en el amor, 
    b)
Eficiencia del amor, 
    c) Trascendencia del amor, 
    d)
Del corazón de piedra al corazón de carne; 
3. El itinerario de vida: 
    a)
En comunión de vida con Dios y con los hermanos, 
    b)
Formación de las virtudes cardinales, 
    c) Conocimiento de sí en relación. 

III. Problemas del noviazgo: 
1.
El significado de la sexualidad en el noviazgo 
2. La dimensión comunitaria del amor; 
3. La falta de fe.


 

I. El término y la situación actual

El noviazgo es un tiempo de vida en el que un joven y una joven inician una relación de amor que presenta las características de la totalidad, la exclusividad y la proyección. Un acontecimiento que atañe en profundidad a la persona, haciéndola sentir y ser de una manera nueva respecto a sí misma, a la otra parte y a los demás (familia, sociedad, comunidad eclesial). Corresponde a la moral individuar los valores existentes en esta experiencia y señalar el camino a seguir para vivirlos, a fin de construir un tiempo de crecimiento humano y cristiano, tanto para las partes como para la comunidad.

I. UN HECHO EN EVOLUCIÓN. El noviazgo ha experimentado profundas transformaciones respecto a un pasado reciente. Ahora se resaltan: la libertad en la elección de la otra parte y en el modo de llevar la relación; el carácter central del amor, concebido como ocasión de crecimiento y de realización personal; la acentuación del presente como tiem po que tiene su propia carga (gracia) de crecimiento.

2: EN LOS ORÍGENES DEL CAMBIO. En el origen de esta evolución se encuentran tres hechos.

a) La frecuencia y la facilidad de las relaciones entre los dos sexos. Hoy los jóvenes viven y crecen juntos (estudios, diversiones, aficiones, compromiso político, trabajo, tiempo libre, etc.) y crean entre sí lazos de diversa índole que les llevan a vivir una vida propia, fuera del control familiar y social. Cuando la atención se concentra en una persona en particular y se dan cuenta de que la relación informal y la amistad se convierten en un lazo exclusivo,con posibilidades de proyecto vital, no experimentan la necesidad de notificar oficialmente ese cambio ni de designarlo con un término particular. La evolución acontece en la esfera privada y se manifiesta por sí misma, a través de las modificaciones que produce en la vida, en los hábitos, en la cantidad y calidad del compromiso personal.

b) El rechazo o la indiferencia frente a los modelos, las tradiciones, las indicaciones provenientes del pasado o sugeridas desde el exterior. Los jóvenes sienten temor a verse condicionados o estorbados a la hora de decidir libremente sobre su propia vida. Es un mecanismo de reacción, que les lleva a negar a otros el derecho a dictar normas acerca de su propia experiencia afectiva; una experíencia demasiado personal como para ser confiada a agentes externos. La consecuencia es la pérdida de todo interés por la tradición familiar, las costumbres sociales y la legislación civil o canónica. La única norma es el amor, que se presenta como portador en sí mismo de las indicaciones necesarias para su expresión desarrollo, sin necesidad de irl a buscar a otras fuentes de info mación.

c) La revalorización del presente como tiempo y lugar de construcción y vivencia de la experiencia de amor. En el pasado se veía el noviazgo como un hecho todo él relacionado con el matrimonio, así como un período de especiales peligros morales (se veía como una `ocasión necesaria", dado que el frecuentarse, aun siendo un hecho razonable, podía ser ocasión de pecado); hoy, en cambio, esta relación se ve como un hecho natural, un tiempo de crecimiento y de gracia para los novios y para la misma comunidad.

3. LA DIVERSA ACTITUD ANTE EL CAMBIO. a) Los jóvenes son de la opinión-de que -elhecho de haberse apropiado ellos de esta su experiencia ha producido resultados positivos. Ha sido la ocasión para reconsiderarla en términos nuevos y más en consonancia con la naturaleza de una relación amorosa con posibilidades de proyecto (p.ej., libertad y responsabilidad en la elección de la otra parte, carácter central del amor, igualdad en las relaciones, responsabilidad en la procreación, fidelidad como cualidad derivada del amor, colaboración adecuada tocante a la familia, la sociedad, la comunidad eclesial, etc.), desembarazando la experiencia de las connotaciones y funciones añadidas con que el pasado la había recargado. No parece preocuparles el hecho de que haya ido debilitándose la dimensión social del amor. Consideran que se trata de una reacción inevitable frente a la excesiva injerencia de lo público (familiar y social) en lo privado, de la cual hoy se impone tomar distancias. El principio de Toeffler, según el cual el malestar de la generación actual derivaría del hecho de tener que afrontar situaciones inéditas sin modelos establecidos de antemano y sin puntos de referencia anteriores, no parece tener validez en este período de la vida; al contrario, los jóvenes parecen estar convencidos -aunque sin teorizar- de que el amor, se basta a sí mismo, sin necesidad de tener que llegar a una uniformidad de comportamientos ratificados por las generaciones precedentes.

b) Los adultos, en cambio, temen que, en este vacío de modelos, de tradiciones y de orientaciones, los jóvenes no sepan encarrilar y vivir esta su experiencia. Están convencidos de que los mensajes contenidos en el amor no son fáciles de interpretar y de que los novios son incapaces de encontrar por su cuenta las direcciones del camino a recorrer para dar el paso, desde la individualidad de la pareja y de la racionalidad genérica a una personalidad en relación, exclusiva y con capacidad de proyecto. La libertad de que disponen y la falta de puntos de referencia pueden terminar siendo los presupuestos de errores irreversibles. Si en el pasado el error más temido era el del uso completo de la sexualidad genital, hoy se tiene conciencia de que existen peligros más insidiosos, como la inmadurez, la idealización de la otra parte, la elevación de la relación amorosa a la categoría de mito, el rechazo de toda forma de socialización del amor, la disociación entre sexualidad, por un lado, y afectividad y procreación, por otro; la escisión de fidelidad-indisolubilidad y de amor, etc.

4. LA INTERVENCIÓN DE AYUDA. La preocupación de los adultos no se ha traducido en iniciativas de ayuda dentro del campo laico, ni a nivel familiar, donde el problema se vive con inquietud, aunque se teme carecer ya de voz.en el asunto, ni a nivel social, donde la pérdida de influencia no parece provocar interrogantes o inquietudes particulares. Se hace constar sin más que las cosas están hoy así. Incluso parece que la sociedad está estructurada de manera tal que no favorece la evolución de esta experiencia ni el paso a la elección definitiva, obligando más bien a los jóvenes a una especie de estaciona miento afectivo. Los prolongados estudios, las dificultades de encontrar trabajo y de acomodarse profesionalmente, la escasez y carestía de la vivienda, las dificultades de conseguir autonomía económica en una sociedad que impone un nivel de vida elevado, etc., son otros tantos motivos que inducen a los jóvenes a sentirse más bien abandonados por la sociedad que respetados por ella en su libertad.

II El noviazgo en el pueblo de Dios

Es un deber hacer constar que sólo la Iglesia -atenta a la totalidad de la persona y a su salvación- ha intentado afrontar este problema en toda su complejidad humana y cristiana. La actuación ha pasado por etapas sucesivas y ha tenido modalidades diversas en el tiempo. En la Casti connubii, de Pío XI (1930), se sigue insistiendo en que la familia debe asegurar una preparación remota y próxima, ayudando a los hijos en la diligente elección del cónyuge y en la necesaria base económica (que también la sociedad tiene el deber de asegurar). En la instrucción Sacrosanctum (1941) se implica directamente a los novios a través del "cursillo", instituido como consecuencia de la comprobación de la falta de preparación humana y cristiana de muchos jóvenes que pedían el sacramento; aunque es una intervención ordenada más a verificar el grado de preparación de los jóvenes que a ayudar a una preparación al matrimonio. Contemporáneamente, la iniciativa de ayudar a los jóvenes fue asumida por la Acción Católica y por diversos movimientos familiares, que dieron vida a un filón de literatura encaminada a "preparar para la vida" o "preparar para el amor y el matrimonio", y que iniciaron con entusiasmo las primeras "escuelas para novios". Será, sin embargo, el Vat. II el que dé un impulso decisivo a la preparación de los jóvenes al matrimonio. A1 estado conyugal se le considera una vocación (LG 11; 35; 41; GS 48; 49; 52); el noviazgo es la primera etapa de este estado de vida; una etapa que, como se especifica en la cuarta parte de la encíclica Familiaris consortio, de Juan Pablo II (1981), se prepara con toda la vida precedente y se. desarrolla en un contexto comunitario. Toda la comunidad eclesial (obispo, sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas, seglares, profesionales, grupos, parroquias) es invitada a apoyar y a solidarizarse con los jóvenes que se están preparando a pronunciar el "sí" a esta llamada de Dios, llamada cuyos cauces son la propia naturaleza y la palabra revelada, que pide la superación de los dictados de la carne y de la sangre a fin de que los novios integren su amor en el proyecto salvador de Dios.

1. UNA ACCION CENTRADA EN LA PERSONA. El interés y la actuación de la Iglesia han tenido el mérito de colmar el vacío dejado por la sociedad y por la familia, sirviendo de freno a la tendencia a considerar el amor como un hecho puramente privado. Sin embargo, la insistente invitación a promover intervenciones de ayuda a los novios ha contribuido a desplazar la atención de la persona de éstos (adultos que están viviendo una experiencia íntima y profunda) a la de los destinados a ayudarles (los agentes de pastoral, que deben afrontar problemas de contenido, de método y de iniciativas concretas). Este desplazamiento del atención ha provocado a su vez otro tipo de preguntas. El interrogante de los novios: "Qué es lo que acontece en nuestra vida de novios, qué es lo que estamos viviendo, cómo debemos vivirlo", ha sido sustituido gradualmente por el de los agentes de pastoral: "Quiénes somos nosotros que intentamos ayudar a los novios, cómo debe ser nuestra intervención, qué debemos proponer, cómo debe organizarse la Iglesia para afrontar el problema". El cambio de perspectiva ha tenido dos efectos negativos. Ante todo ha colocado en primer plano a los agentes pastorales, olvidando que los "ministros" del noviazgo son los novios (como lo serán después del matrimonio). En segundo lugar ha fomentado una mentalidad que rompe la preparación en dos mitades, contraponiendo la preparación humana a la preparación cristiana. Esta distinción puede tener razón de ser en la fase de búsqueda (el momento que distingue para entender) o cuando se parte de la relación de ayuda (ayuda a "qué', pero no tiene mucho sentido cuando se parte de la persona que está viviendo la experiencia del amor. En el amor, la persona se compromete consigo misma en totalidad, en su dimensión de naturaleza y de gracia, de respuesta a la persona amada y de respuesta a Dios, en su realidad física, psíquica y espiritual. La dicotomía naturaleza-gracia, nivel humano y nivel sacramental se aminora, armonizándose en la unidad compuesta de la persona. La persona entera debe estar preparada para vivir esta, experiencia con cuanto es.

El principio del carácter central de la persona y de la subordinación a ella de cualquier otra realidad social y comunitaria es válido también en este caso. Sólo si se parte de la persona y de lo que ella está viviendo se puede llegar a entender cuál y cómo debe ser la relación (mejor: la interacción) de ayuda. Por esta razón el presente artículo deja a un lado los aspectos relacionados con los agentes de pastoral (hay al respecto abundantes estudios que analizan y discuten quién debe ser agente de pastoral matrimonial: por qué, cómo y cuándo debe intervenir, qué debe transmitir en la acción recíproca de ayuda, cuáles son los instrumentos, las estructuras, las metodologías adecuadas de intervención, etc.) y concentra su atención en la persona de los novios y en el camino que éstos deben recorrer para tomar conciencia de lo que está aconteciendo en ellos, a fin de que lo asuman responsablemente en su proyecto de vida cristiana.

Los interrogantes principales serán los siguientes: qué es el amor en la vida de dos jóvenes; cómo deben concebirlo, disponerse a vivirlo y vivirlo; cuáles son los puntos de referencia -además de los recursos personales- a los que deberán remitirse para hacer posible una vida de amor.

2. A LA LUZ DE LA PALABRA DE Dios. La búsqueda de respuesta a estos interrogantes puede hacerse partiendo de la reflexión de lo que acontece en los novios. El noviazgo es un hecho que origina una modificación global y provoca cambios a todos los niveles de vida: desde el físico al psíquico, económico, emocional, moral, familiar, social. Es un hecho de totalidad, a la espera de ser asumido conscientemente e introducido responsablemente en el dinamismo y el proyecto de vida humana y cristiana de los novios. Brota espontáneamente de la naturaleza, en espera de ser iluminado por la palabra revelada, que en Cristo se hace palabra viva. En Cristo el amor deja de ser "narración" para hacerse vida. Esta visión del amor a la luz de la palabra y de la vida de Cristo permite entrar en la comprensión más honda y completa del amor allí donde se percibe que "el amor es más que el amor" (PABLO VI, Alocución a los grupos Notre Dame, 4 de mayo de 1970). De esta manera los novios encuentran en la palabra dé Dios una clave de lectura de lo que está aconteciendo en ellos y, a la vez, indicaciones claras para el camino que tienen que recorrer.

a) Confianza en el amor. La palabra de Dios genera ante todo una seguridad gozosa. Lo que ellos están viviendo es una experiencia llena de vida; más aún: tiene tal carga üe vida que sitúa al hombre y a la mujer a niveles de vida de Dios. En efecto, si Dios es amor y el ser humano ha sido creado a su imagen, cuanto más intensamente vivan el hombre y la mujer la experiencia del amor tanto más será realidad en ellos la vocación de "imagen de Dios", haciendo suyos cada vez más los rasgos de Dios y siendo cada vez más "capaces de Dios". Esto, que es válido para cualquier forma de amor, lo es especialmente para el amor entre el hombre y la mujer (novios, esposos), porque de todos los amores es el que el propio Dios ha privilegiado para revelarse en su realidad de persona que ama.

b) Eficiencia del amor. La palabra de Dios aporta aclaraciones fundamentales. El verdadero amor no encierra a la persona en su emotividad interior ("no basta decirme: ¡Señor, Señor!", Mt 7,21), sino que es una fuerza creadora en beneficio de la persona amada; hace ser como el Padre, cuyo amor es creación y providencia ("Por consiguiente, sed perfectos, como es perfecto vuestro Padre del cielo", Mt 5,48; cf IJn 2,3-6), y como Cristo, cuyo amor es encarnación, participación, muerte, resurrección ("Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia", Ef 5,25).

Una síntesis de este programa se encuentra en la parábola del buen samaritano y en las circunstancias que la motivaron. "Haz eso y tendrás vida" (Lc 10,28), unido a "haz tú lo mismo" (v. 37), es la conclusión de una larga exposición en la que se le pide a la persona trabajar sobre sí misma -antes incluso de beneficiar a lo demás- para rehacerse y transformarse de persona que vive sus propios proyectos en persona que se hace "prójimo" de los demás, es decir, que acoge en su vida a los demás para regenerarlos a la vida.

Todo el que busca la vida en el amor debe saber inmediatamente que la esperanza de vida no está basada en la espera pasiva ("me hará feliz', sino en la eficiencia activa de ambos. La mujer es un don que arranca al hombre de la soledad, sin que el hombre haya hecho nada para hacerla existir frente a él como promesa de vida (imagen del sueño de Adán que se repite en el enamoramiento); ahora bien, el hombre y la mujer hacen realidad esta vocación suya de ser vida el uno para el otro cuando no se encierran en la complacencia recíproca, sino que se comprometen en la triple tarea de ser "una sola carne" modificando su vida de "solitarios", de relacionarse de una manera nueva con los demás ("abandona padre y madre' .y de crear juntos la vida ("creced, multiplicaos' y la civilización ("llenad la tierra y sometedla" (cf Gén 2 y 3).

El amor sale del círculo de la emotividad amorosa y asume dimensiones que trascienden al individuo y a la propia pareja. El amor contiene la misión de "generar vida" en toda la amplitud del término (la vida de los demás, del hijo, de la comunidad); nace de lo hondo del corazón con una carga que envuelve y trasciende a la persona entera, impulsando a cada uno de los dos a expandirse en círculos cada vez más amplios hasta llegar a. Dios. E otras palab s; el contenido, la dir ción y la odafdad del proyecto encerr en el amor son datos den os de la dignidad radical que supone el estar creados "a imagen de Dios". Ésta es la raíz ontológica de la que recibe el amor toda su dignidad y capacidad de vida.

c) Trascendencia del amor. Porque ambos son y deben amarse como seres creados a imagen de Dios es por lo que Cristo ha sentido la necesidad de revelar una segunda característica del verdadero amor. Así como el verdadero amor no encierra a la persona en su emotividad, sino que le posibilita gozar de la alegría de quien es semejante a ella, tampoco encierra a la pareja en la ilusión de una autosuficiencia excluyente de cualquier otra relación. Jesús es claro al respecto: el "haberse casado" no se puede aducir como pretexto para sustraerse a la invitación al banquete (Lc 14„20); al contrario, afirma explícitamente que no se puede anteponer cosa o persona alguna a su persona (Lc 14,26: "Si uno quiere ser de los míos y no me prefiere a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas y hasta a sí mismo, no puede ser discípulo mío"). Cualquier relación humana, incluida la conyugal, para ser verdadera, es decir, portadora de vida, debe ser vivida en referencia a Dios, de forma que extraiga de él los verdaderos contenidos de vida. Se es más padre, madre, mujer, hermano, etc., cuando se ama no sólo siguiendo las indicaciones de la carne y de la sangre, sino "cumpliendo la voluntad del Padre" (Mt 12,50) en lo referente a la persona amada. Y la voluntad del Padre es que no se pierda nada de lo que ha sido confiado (Jn 6,39).

d) Del corazón de piedra al corazón de carne. Se trata de declaraciones fundamentales, porque la tendencia del hombre y de la mujer desde el primer momento en que se manifiesta el amor es a vivir ese amor como un estado mágico de vida en el que se está bien ("qué bien se está aquí; si quieres, hago aquí tres chozas... ", Mt 17,4) y a descansar, excluyendo de este goce a cualquier otra realidad o persona. Este modo de pensar es debido a la "dureza de corazón" y lleva a la progresiva desnaturalización del amor, hasta falsear la propia relación, generando en el hombre una actitud de agresividad y de dominio y en la mujer una actitud de seducción (Gén 3,16). El "duro de corazón" no adopta como criterio de valoración del propio amor el principio del amor "como Dios ama", sino el principio del poseer al otro. .Y cuando no consigue poseerlo y obtener de él lo que espera, entonces la "dureza de corazón" se hace rechazo y repudio ("¿Le está permitido a uno repudiar a su mujer por cualquier motivo?... Por lo incorregibles que sois, por eso os consintió Moisés repudiar a vuestras mujeres", Mt 19,3-8).

Esta actitud de encerramiento y de posesión acompaña a toda relación de amor y tiende a prevalecer tras la fase generosa y entusiasta del enamoramiento. Termina por hacer enmudecer a la voz del amor, tanto la proveniente de la naturaleza como la originada en la gracia. La única manera de superar este obstáculo es sustituir el corazón de piedra por un corazón de carne (Ez 11,19). Es un nacimiento nuevo a partir del Espíritu (Jn 3,5), que rehace a la criatura y purifica la imagen de Dios ofuscada por el pecado, volviendo a crear al ser humano a imagen del Hijo y confiriéndole las mismas capacidades de vida y de acción del Hijo. La intervención de Dios no se limita a "decir" cómo hay que amar, sino que logra transformar al ser humano confiriéndole capacidad de amar como Dios ama. No se trata de afirmaciones poéticas, fruto de deseos frustrados, sino de una revelación de Dios.

3. EL ITINERARIO DE VIDA. Esta transformación se produce con modalidades proporcionadas a la realidad del ser humano, el cual es siempre responsable y artífice de sí mismo, incluso cuando es guiado, sostenido y forjado por Dios. Dios actúa en nosotros y con nosotros, pero sin hacer jamás innecesaria nuestra acción y nuestra libre correspondencia.

a) En comunión de vida con Dios y con los hermanos. La Iglesia ha visto siempre en el texto de He 2,42 una síntesis del camino de conocimiento y de vida que debe recorrer el cristiano para vivir en clave cristiana toda su vida. En él se encuentra la palabra que ilumina y revela en el Espíritu el sentido más hondo de la vida; se encuentra la comunión con los hermanos, que se hace fuerza, seguridad, apoyo recíproco en este camino de fe; se encuentra la eucaristía, que transforma la vida en donación al Padre y a los hermanos; se encuentra la oración, que abre la vida a un diálogo permanente con Dios. Recorriendo este camino, la criatura llega a transformar su corazón de piedra en un corazón de carne y a ser una criatura nueva. Cristo deja de ser exclusivamente un modelo de amor al que mirar y en el que inspirarse, y se convierte en el manantial vivo que hace que mane amor de nuestro interior y que nos capacita para amar con un amor fiel y salvador.

b) Formación de las virtudes cardinales. La verdad de este itinerario no se limita a la relación con Dios y con los hermanos, sino que abarca todos los aspectos de la vida. No existe caridad sin un tejido humano que le sirva de base y le posibilite expresarse. En otras palabras, no basta con la moral de las l virtudes teologales. Se necesita también la moral de las !virtudes cardinales. La caridad es forma de las virtudes, pero la forma presupone la materia en la que encarnarse y expresarse. El amor presupone la persona virtuosa (de ahí la afirmación de que la persona se prepara para amar con toda su vida anterior: como se es, así se ama) y confiere a las virtudes una nueva tarea. Prudencia, justicia, fortaleza y templanza están al servicio del amor y disponen a él.

Con la I prudencia se discierne y se elige el comportamiento capaz de traducir el amor a los gestos de cada día. La l justicia ayuda a comprender que "dar a cada uno lo suyo" es una manera inadecuada de vivir el amor, al igual que ayuda a comprender la necesidad de superar la fase puramente íntima y tendente a encerrar a los enamorados en esa esfera privada que lleva al olvido de la dimensión social y comunitaria del amor. La l fortaleza hace a la persona capaz de afrontar y superar las dificultades derivadas de la relación y de las circunstancias externas. La l templanza defiende al amor de la pasión instintiva y de la emoción pasajera, que puede llevar a "cosificar" a la otra persona o a no tomarla en serio practicando un gesto físico privado de sentido o, incluso, a privarla del poder procreador.

c) Conocimiento de sí en relación. El amor no vive en las estancias cerradas del pensamiento, del sueño o del proyecto vaporoso. El amor reclama convertirse en gesto concreto de vida: gesto físico, gesto afectivo y de ternura, gesto espiritual. Y para convertirse en gesto es necesario que la persona, además de estar en posesión de las virtudes teologales y cardinales, tenga conocimiento de sí misma, del dinamismo físico, psíquico y moral propio, del carácter propio, de la historia personal, familiar y social propia.., porque todo esto entra en el juego del amor y debe ser educado y preparado par acoger y expresar el lenguaje del amor.

Por esto, el tiempo del noviazgo es un tiempo laborioso en el que se revisa por entero la vida propia y se la modifica (a menudo se la rehace) para convertirla toda ella en instrumento vivo del amor. De nada serviría experimentar, gozar, desear la emoción amorosa, si ésta no encuentra después preparada a la persona para expresarla, custodiarla y transformarla en estado amoroso. Este trabajo de revisión y de transformación de sí queda facilitado por el amor mismo. El amor en estado naciente contiene una gran fuerza de renovación, porque todo él busca la "unidad completa con la persona amada" (lo que comporta un trabajo de eliminación de todo lo que impida esa unidad) y "el bien de la persona amada" (lo que impulsa a eliminar de sí mismo todo lo que defraude o entristezca a la otra persona y a construir en sí mismo todo lo que la otra persona espera de nosotros). Pero al igual que cualquier otra fuerza natural humana, también este impulso a cambiar debe ser sacado del terreno inestable de la espontaneidad y llevado al terreno del compromiso y de la responsabilidad de la pareja si no quiere verse reducido a un hecho efímero que desaparece con la desaparición del impulso instintivo del enamoramiento.

El itinerario de los enamorados se revela, pues, como un camino que atañe a todas las dimensiones de la persona y la constriñe a tomar conciencia de lo que todavía no es; así mismo, la induce a transformarse en consonancia con las exigencias del amor y del proyecto de vida puestas por Dios en la experiencia del amor.

III. Problemas del noviazgo

En este tiempo de compromiso y de gracia es posible encontrar hechos que dificulten u obstaculicen el camino de los novios. Tres son, en concreto, los problemas que pueden plantearse: el significado de la sexualidad, la dimensión comunitaria del amor y la falta de fe (limitándonos sólo a los aspectos más debatidos).

1. EL SIGNIFICADO DE LA l SEXUALIDAD EN EL NOVIAZGO. Hubo un tiempo en que se hablaba de relaciones prematrimoniales y se temía la concepción de un hijo durante el noviazgo, con todos los problemas que ello acarreaba. Hoy el planteamiento ha cambiado y se habla de búsqueda de sentido de la sexualidad en el noviazgo. He aquí algunos principios que pueden ayudar a valorar el problema.

Si es verdad que todo gesto físico se hace humano cuando está animado de interioridad, la pregunta que hay que hacerse es qué tipo de interioridad debe madurar en el hombre y la mujer para hacer humano el gesto físico del encuentro sexual. La respuesta hay que buscarla en la toma de conciencia de las realidades que el gesto mismo de la sexualidad genital contiene. Analizando este gesto se cae en la cuenta de que es portador -a su manera- de una triple capacidad: produce placer, une, procrea. Pues bien, para que la sexualidad genital pueda ser vivida de manera humana y sea verdadera, se requiere que el hombre y la mujer hayan desarrollado en sí mismos y entre ellos una interioridad que se corresponda con las tres funciones mencionadas y que el gesto de la sexualidad genital contiene. Es decir, ha debido madurar en ellos una interioridad que sea capacidad de goce en una comunión fecunda de vida.

Por consiguiente, para vivir la sexualidad genital no basta una interioridad esporádica, es decir, una afectividad que dura exclusivamente el tiempo de la unión física (es el razonamiento de muchos jóvenes: "si hay amor, la relación está plenamente justificada"). Esta interioridad es ciertamente un elemento positivo, que enriquece el gesto material con resonancias humanas, pero sigue siendo inferior a la interioridad que el gesto mismo requiere para poder desarrollar toda su virtualidad de vida. Ni tan siquiera basta la interioridad constituida por un sentimiento de amor serio y que une al hombre y a la mujer en una comunión abierta al futuro (es el razonamiento con el que muchos novios justifican sus relaciones: "Nos amamos de verdad y sentimos la necesidad de expresar el amor y de crecer en él a través incluso del gesto de la intimidad física'. Ciertamente esta interioridad aporta al gesto físico una riqueza humana que tiene el poder de transformar el gesto material en una expresión de amor unitivo, a la vez que convierte al cuerpo en "palabra del espíritu". Pero esto es insuficiente para agotar la demanda de interioridad que está presente en el gesto de la sexualidad genital. Este gesto, en efecto, contiene una vertiente procreativa.

El gesto de la intimidad física adquiere todo su significado humano y su verdad plena cuando se realiza en un contexto de vida estabilizado en el amor, porque sólo en un contexto así es posible responder a todas las demandas del gesto mismo. Es decir, sólo el amor que ha llegado a "estado de vida" es capaz de actualizar todas las posibilidades que el gesto de la sexualidad genital contiene. En otras palabras: cuando el hombre y la mujer se aman, han verificado la verdad y la consistencia de su amor y lo han transformado en un estado de vida en el que el amor es comunión permanente; sólo entonces están en condiciones de hacer realidad todas las dimensiones de la sexualidad genital, incluida la procreadora.

Entonces es cuando el gesto genital está en condiciones de desarrollar toda su capacidad de vida y todo su potencial humanizador; bien porque se viva el gesto como expresión de un amor que apremia desde dentro pidiendo traducirse y encarnarse incluso en el gesto de la intimidad física; bien porque se exija el gesto como un hecho necesario para fomentar un amor interior necesitado continuamente de estímulos que lo consoliden con toda la amplia gama de gestos de amor; bien porque lo exija la tendencia del amor a trascender a la pareja en el hijo.

2. LA DIMENSIÓN COMUNITARIA DEL AMOR. En el amor se repite continuamente la tentación de engreimiento. El hombre y la mujer tienen la impresión de bastarse a sí mismos, especialmente en la fase del enamoramiento. El equívoco tiene su origen en dos hechos. El primero es la irrupción de la otra persona como novedad y esperanza de vida, olvidando que es una criatura y, por tanto, con un límite que la hace ontológicamente incapaz de ser la respuesta plena a la necesidad absoluta de vida de otra criatura. El segundo es la identificación errónea de "personal" y "privado". El amor es una experiencia personal, pero precisamente por eso posee las características de la persona, la cual es social por naturaleza. Toda experiencia de la persona tiene repercusiones sociales, bien en el sentido de que se refleja en los otros, bien en el sentido de que necesita del concurso y de la aportación de los otros. La persona no está jamás encerrada y limitada al espacio de su ser. Vive envuelta en un clima que se expresa en el dar-recibir, sin el que su vida no puede existir.

Esto vale también para el amor; mejor dicho, todavía más para el amor, pues a esar de tratarse de una experiencia e tremadamente personal, tiene eno es reper dones en la comunidad el momento en que dos personas individuales dejan de ser tales para convertirse en pareja, se crea en la comunidad una realidad nueva con nuevas capacidades de acción mutua y con nuevas exigencias de vida. La sociedad no sólo debe hacerse eco de este acontecimiento, sino que debe dar curso a un nuevo tipo de acción que responda a las exigencias de la nueva realidad que es la pareja; análogamente, los individuos, convertidos en pareja, dan curso a un nuevo modo de actuar respecto a la sociedad, en consonancia también con. el nuevo modo de ser.

Esta acción mutua entre pareja y sociedad se expresa en variedad de modos y adopta modalidades diversas según que la sociedad sea la sociedad civil o la comunidad familiar y eclesial. En la relación con la sociedad civil y con la comunidad eclesial, la dimensión social del amor asume modalidades jurídicas reguladoras de esa relación. Negar esta dimensión social del amor-como sucede, p.ej., en la convivencia- equivale a.desconocer la capacidad de vida y las insuficiencias de vida presentes en la experiencia amorosa.

3. LA FALTA DE FE. Una situación que preocupa hoy al pueblo de Dios es la petición del sacramento del matrimonio por bautizados que parecen (o muy probablemente están) faltos de fe. El sacramento es un momento de encuentro intenso con aquel que es la vida. Al pedir el sacramento, el hombre y la mujer piden a Cristo la capacidad de amarse como él ama, puesto que con ésta experiencia quieren formar parte de su proyecto de salvación. Se trata de uno de los momentos de crecimiento en esa "vida nueva" recibida inicialmente con el bautismo, madurada con la confirmación, alimentada con la eucaristía y vuelta a encontrar en la reconciliación. Su amor, una vez hecho sacramento, sigue uniéndoles íntimamente; pero es portador de una carga de trascendencia que les introduce en el misterio de Cristo, que ama a la Iglesia y la salva con el propio amor.

Nada de esto parece tener sentido en quien no tiene ya una visión de fe. ¿No es, pues, más acorde con la reafdad y más verdadero invitarles a un matrimonio que no tenga esta intensa carga de relación con el Dios que salva?

La respuesta dada en la Familiaris consorcio, de Juan Pablo II, va en otra dirección. Al tratar en el número 66 sobre la preparación inmediata, insiste en la necesidad de una catequesis en profundidad, especialmente "con aquellos novios que sigan presentando carencias y dificultades en la doctrina y en la práctica cristiana"; pero a continuación habla extensamente de la necesidad también de una seria preparación de los aspectos antropológicos "doctrinales, pedagógicos, legales y médicos". La referencia a los valores humanos constituye una premisa para la solución del problema de la celebración de los bautizados no creyentes, ya que estos contenidos humanos, cuando son verdaderos, es decir, cuando impulsan al amor a ser fiel e indisoluble, parecen ser suficientes para admitir al sacramento al bautizado de cuya fe existen fundadas dudas. Los pastores, se dice en el número 68, "deben también comprender las razones que aconsejan a la Iglesia a admitir en la celebración incluso a quien no tiene una disposición perfecta" en la fe. El motivo se basa en la particular naturaleza del sacramento del matrimonio, que hace del amor humano verdadero el instrumento de comunicación de la salvación. La salvación les llega a los cónyuges a través de los gestos humanos del amor. Los cónyuges se dan vida con el afecto, la ternura, la paciencia, el diálogo, la tolerancia, el perdón, la ayuda y la atención mutuas. No se trata sólo de vida humana, sino de la vida que ayuda a crecer en la capacidad de llegar a ser compañeros de Dios y, consiguientemente, de los "salvados" capaces de "salvar". Merece la pena citar íntegramente el texto para captar con exactitud la amplitud y los límites de esta afirmación. "El sacramento del matrimonio tiene de específico entre todos los demás el ser el sacramento de una realidad ya existente en la economía de la creación, el ser el mismo pacto conyugal instituido por el Creador 'al principio'. Por consiguiente, la decisión del hombre y de la mujer de casarse con arreglo a este proyecto divino, es decir, la decisión de comprometer con el consentimiento conyugal irrevocable toda su vida a un amor indisoluble y a una fidelidad incondicionada, una decisión así implica realmente, aunque no sea plenamente consciente de ello, una actitud de profunda obediencia a la voluntad de Dios, imposible de darse sin su gracia. Por lo tanto, ellos se encuentran ya en un verdadero camino de salvación, que la celebración del sacramento y la inmediata preparación a la misma irán completando y llevando a término dada la rectitud de su intención".

La actitud ética del amor asume en el bautizado -y de alguna manera tal vez también en el no-creyente- la dimensión de un compromiso que va más allá de la ética ("implica realmente... una actitud de profunda obediencia a la voluntad de Dios, imposible de darse sin su gracia', incluso aunque no vaya acompañado de una conciencia explícita del plan de. Dios sobre el amor. El "magnum mysterium" (Ef 5,32) abarca de alguna manera a todo amor auténtico. Todo amor verdadero es signo del amor de Dios, tal como Yhwh lo ha dicho por medio de los profetas; pero es signo que obra la salvación del Dios que salva como Cristo la ha obrado en su relación de esposo de la Iglesia.

Estas reflexiones, sin embargo, aun poniendo de manifiesto hasta qué punto la misericordia salvadora de Dios sale al encuentro de las insuficiencias humanas, no pueden hacer olvidar que Dios ha revelado su plan con el fin de que fuera conocido explícitamente, acogido conscientemente y traducido responsablemente en los gestos de la vida. Casarse "en el Señor" implica poner conscientemente el amor al servicio del plan de Dios, a fin de que Dios se sirva del amor del hombre y de la mujer como de un instrumento vivo, diario, a través del cual canaliza su salvación. Cada uno de los dos se convierte en salvación para el otro y para la comunidad.

[l Amistad; l Educación sexual; l Matrimonio; l Sexualidad].

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G. Muraro