Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia FORTALEZA

FORTALEZA
TEOLOGÍA MORAL

SUMARIO

Introducción.

I. Las respuestas históricas:
1.
La fortaleza en la concepción de los griegos;
2. La fortaleza en la Sagrada Escritura:
    a)
Antiguo Testamento,
    b)
Nuevo Testamento: la fortaleza de Jesús y de sus discípulos;
3. Santo Tomás:
    a)
Virtud de la fortaleza,
    b)
Martirio: acto supremo de la fortaleza cristiana,
    c) Vicios contra la fortaleza,
    d)
Virtudes afines a la fortaleza relacionadas con la agresión (magnanimidad y magnificencia),
    e)
Virtudes afines a la fortaleza relacionadas con la entereza (paciencia, longanimidad perseverancia);
4. Objeciones a la fortaleza en la edad moderna.

II. Propuesta cristiana para el mundo de hoy:
1.
¿Por qué la fortaleza hoy?:
    a)
Condición existencial personal
    b)
Condición existencial social;
2. Fortaleza del "sustinere" y del "aggredi":
    a)
Fortaleza como resistencia,
    b)
Fortaleza del compromiso;
3. Fortaleza en el tiempo y en la comunidad:
    a)
Fortaleza de la presencia
    b)
Fortaleza de la comunión,
    c) Síntesis de la fortaleza de la presencia y de la comunión.

III. Educación para la fortaleza.

 

Introducción

Toda virtud moral tiene su realización en la situación histórica concreta de las personas. La situación del mundo en el que vivimos condiciona hoy la puesta en práctica de la fortaleza, cosa que, por lo demás, sucedía ya en el mundo griego, bíblico y medieval. Y no sólo condiciona, sino que además interpela acerca de los valores a practicar y pone en guardia contra los males existentes, que amenazan a la existencia misma del hombre en la tierra. Los cambios de nuestro mundo en las relaciones religiosomorales y socio-económicas, políticas, culturales, nacionales e internacionales nos han hecho cada vez más conscientes del mal que amenaza a la dignidad de la persona humana en sus derechos y en los derechos de naciones enteras, así como del bien a realizar para construir un mundo más humano ala vez que más divino. Los males "históricos" y los males de los últimos decenios de nuestro siglo (las dos guerras mundiales, la revolución de octubre, el descubrimiento de armas nucleares, la división del mundo en bloques, entre sur y norte) han generado el miedo a la vida dentro del marco de las ansias existenciales siempre presentes: ansia ante la muerte, la culpabilidad y el sinsentido (P. Tillich). Hoy más que nunca el ser humano se siente incapaz de resolver los propios problemas, que han adquirido dimensiones planetarias. El cristianismo no se pone ni del lado de los "débiles", que buscan la solución en la droga, el sexo, el suicidio o las sectas religiosas, ni del de los "violentos", que pretenden resolver los conflictos y las contradicciones por medio de la lucha continua, las guerras, la revolución y el terrorismo.

Con el fin de poder ofrecer una perspectiva más amplia, el presente artículo se divide en tres partes. En la parte histórica (I) tratará de la fortaleza entre los griegos, en la Biblia y en la síntesis de santo Tomás. En la parte sistemática (I1) pondrá el acento en la interpretación de la fortaleza cristiana después del concilio Vat. II. Finalizará con un apartado (III) sobre la educación para la fortaleza.

I. Las respuestas históricas

1. LA FORTALEZA EN LA CONCEPCIÓN DE LOS GRIEGOS. Los filósofos griegos recogen y clasifican tres expresiones: andreía, kartería y megalopsychía. 0 Andreía expresa el ideal de la fuerza masculina por oposición a la de la mujer o del niño. Designa la fuerza de ánimo frente a las adversidades de la vida, pero sobre todo el desprecio del peligro en la batalla hasta afrontar la muerte con valor por el bien de la patria. 0 La vida no implica solamente la lucha contra los enemigos externos, sino también la lucha cotidiana contra los enemigos ínsitos en el ser humano mismo, es decir, las tendencias desordenadas de los instintos y de las pasiones, que buscan sólo los placeres, rehuyendo las dificultades. El ser humano está obligado a dominar las pasiones.y ser dueño de sí mismo por medio de la kartería o dureza consigo mismo. 0 La megalopsychía, por último, es la virtud con la que el hombre griego se impone por su grandeza en la vida de la ciudad y del mundo.

Platón sitúa todas las virtudes morales al final de las cuatro que la tradición denominará después virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza (Rep. II, 7). La fortaleza es la virtud propia del soldado, que en la República ideada por Platón podía ser también del sexo femenino.

En su concepción de la fortaleza como virtud moral, Aristóteles se aproxima más al concepto de andreía, considerando la kartería y la megalopsychía como virtudes a medias. Distingue dos actos principales de la fortaleza: afrontar y agredir (El. Nic. 111, 9-12,1115-1130).

En la kartería como dominio de sí insistieron los estoicos. Su concepción de la fortaleza se reduce prácticamente a la de la kartería.

El hombre griego se encuentra frente a un mundo que le amenaza y frente a un Diosa quien no le interesa la suerte humana. Por eso, el hombre griego rho puede contar con la ayuda divina, sino exclusivamente con las propias fuerzas, que son las únicas que pueden liberarle de los males del destino y del hado. La virtud de la fortaleza se desarrolla en esta perspectiva y tiene como función primaria la exaltación del ser humano: en la concepción aristotélica, para asegurar a éste la autonomía en la lucha declarada contra el mundo; en la concepción estoica, para asegurarle la autonomía mediante una lucha interior, más pasiva (CICERóN, Tusc., 14, 53; CRIsiro, ARNIM., Frag. III, 263; CLEMENTE AL., Strom. VI, 11,61).

2. LA FORTALEZA EN LA SAGRADA ESCRITURA. a) Antiguo Testamento. El israelita tiene conciencia viva de la fuerza de Dios, de su omnipotencia, y de la debilidad del hombre, a quien la fuerza le viene sólo de Dios, y que deberá emplearla en llevar a cabo la obra divina. Dios manifiesta su fuerza interviniendo en la vida de los patriarcas, liberando a su pueblo de la esclavitud de Egipto (Dt 4,32-39), consolidando las montañas (Sal 65,7), aquietando el mar (Job 26,12), dando fuerza al pueblo (Dt 8,17; Jue 6,12) o combatiendo por él (2Re 19,35; 2Crón 20,5). La salvación de Israel es cosa de Dios, porque su fuerza proviene del Dios que lo ama (Sal 59,17; 86,15).

El AT no habla realmente de la fortaleza como virtud moral, sino como fuerza física, de la que, sin embargo, no puede uno fiarse (Sal 33, 16) ni vanagloriarse, sino que debe considerarla como don de Dios (Is 10,13). Fe y esperanza son dos condiciones necesarias en el hombre para que éste pueda recibir la fuerza de Dios (Sal 19,2; 27,14; 28,7; 33,20; 31,25). En el miedo, en la angustia, en el fracaso, cuando el hombre grita a Dios, confiesa su propia debilidad y le invoca con confianza inquebrantable, Dios le concede su fuerza (Sal 37,5; Is 30,15), el consuelo (Sal 86,17; Is 12,1), la alegría (Sal 81,2). En cambio, cuando el hombre presume de ser independiente de Dios e intenta por separado alcanzar la felicidad (Gén 3) y la grandeza (Gén 11), los poderes del mal lo esclavizan y él se pone a oprimir injustamente a sus semejantes (Gén 9,6; Sal 3,14; Miq 3,9) y a idear ídolos (Is 44,17; Jer 10,3).

b) Nuevo Testamento: la fortaleza de Jesús y de sus discípulos. Jesús, Hijo del hombre ungido con espíritu y poder (He 10,38), manifiesta su poder mediante milagros que ponen de manifiesto no sólo que "Dios está con él" (Jn 3,2; 9,33), sino también que él es "Dios con nosotros" (Mt 1,23). Al ejercer su fuerza todopoderosa, Jesús no busca su propia gloria (Mt 4,3-7), sino la del Padre y el cumplimiento de su voluntad (Jn 5,30;17,4). Esta obediencia y esta humildad son precisamente la fuente de sus poderes: curar enfermos, resucitar muertos, perdonar pecados y, mediante la acción del Espíritu Santo, echar demonios, entregar y recuperar la propia vida (Jn 10,18). Cuando Jesús es exaltado, depone de su trono las potestades (Col 2,15) y al jefe de este mundo y "atrae a todos hacia sí" (Jn 12,31-32).

Los discípulos reciben de Jesús la fuerza -`sin mí no podéis hacer nada" (Jn 15,5)-; él los envía a "hacer discípulos de todas las naciones" (Mt 28,18), confirmando su mensaje mediante los milagros (Mc 16,20) y asegurándoles su presencia (Lc 24,49) y la del Espíritu Santo (He 1,8). El Espíritu que invade a los apóstoles es el don que les otorga Cristo resucitado en la plenitud de su poder (He 2,4; 2,32-36). La fuerza divina (dynamis) concedida al hombre tiene carácter salvador; su destino son las grandes obras y el fortalecimiento interior del hombre (Ef 3,16-20), el dar testimonio de Dios (He 4,35) y la proclamación del mensaje evangélico como "fuerza de Dios" (Rom 1,16; 1Cor 1,18), incluso a costa de la vida (Gál 1,11). Los discípulos, con san Pablo, están seguros de que todo lo pueden porque Cristo les robustece (Flp 4,13) y les confiere no un espíritu de temor, sino de amor y de moderación que les permite afrontar sufrimientos a causa del evangelio, confiados en la fuerza de Dios (2Tim 1,7-8) concedida mediante la acción del Espíritu Santo (Ef 3,16; Rom 15,13).

La fuerza divina se despliega en los discípulos de Jesús de muchas maneras. Pueden distinguirse al menos cuatro: 0 La valentía del mensajero (parresía) es una fuerza interior que posibilita a los discípulos de Jesús proclamar la palabra de Dios sin miedo (He 2,29; 4,31), sin el recurso a subterfugios (2Cor 4,2) y ser testigos valientes de Jesús (He 4,13). La predicación y el comportamiento de los apóstoles y de san Pablo se caracterizan por la citada fuerza "del heraldo" (He 9,27; 13,46; 14,3; 19,8; 26,26; 2Cor 3,12). 0 La firmeza en la fe y en las buenas obras. El creyente es una persona fiel, estable y firme, virtudes propias de todos los grandes siervos de Dios: Abrahán (Neh 9,8), Moisés (Núm 12,7), Jesús (Heb 2,173,6), Pablo (1Cor 7,25). Jesús pidió por la fortaleza en la fe de Pedro y de sus hermanos (Lc 22,32). En el NT encontramos continuamente expresiones como "mantenerse en la fe" (1 Cor 16,13; He 14,22), "mantenerse fieles al Señor" (1Tes 3,8; Flp 4,1). Firmeza, estabilidad y fortaleza que caracterizan no sólo a la fe, sino también al amor (Jn 15,4-9), a la esperanza (Rom 15,13) y, en general, a las buenas obras que Dios ha asignado a sus fieles como línea de conducta (Ef 2,8-10; Gál 6,10). 01a paciencia (hypomoné) es una virtud de una importancia decisiva, sobre todo en la persecución y la tribulación. Consiste en afrontar el mal existente en el presente, a fin de que el Señor lo transforme en bien para el futuro. El deseo de cumplir la voluntad de Dios (Heb 10,36), de dar testimonio del amor (1 Cor 13,7), de dejarse corregir e instruir por Dios a través del sufrimiento (Heb 12,7), de reinar con Cristo (Rom 17-18; Ap 1,9; 2Tim 2,12), de cooperar a la salvación de los elegidos (2Tim 2,10) para obtener en premio la vida (Sant 1,12), todos ellos son motivos por los que el cristiano está llamado a afrontar el mal existente en la vida presente. 0 La makrotymía abarca, por una parte, el perdón a nuestros deudores y, por otra, la renuncia a los propósitos de venganza y de resentimiento (Mt 18, 21-35; Rom 12,20). El motivo de esta virtud es diverso del de la paciencia. También en ella se trata de afrontar el mal, pero sin venganza; más aún: perdonando, puesto que todos somos pecadores. Esta capacidad de perdón la incluye san Pablo entre los frutos del Espíritu Santo (Gál 5,22). La makrotymía del Nuevo Testamento no tiene nada que ver con la longanimidad de la patrística o de santo Tomás, como podrá comprobarse más adelante. A la poca claridad terminológica de la patrística, en observación magistral de A. Gauthier, no corresponde una alteración de la doctrina relativa a la fortaleza, que es la misma de la visión bíblica (La Fortezza, 810; Magnanimité, 10).

3. SANTO TOMÁS. a) Virtud de la fortaleza. Mientras que las virtudes relacionadas con la templanza deben frenar las tendencias afectivas, las relacionadas con la fortaleza están destinadas a suscitar la perseverancia, a fin de no rehuir el mal o las dificultades inherentes a la conquista del bien (S. Th., II-II, q. 123, a. 3). El análisis que santo Tomás hace de la fortaleza saca a la luz dos actos: sustinere y aggredi; el primero consiste en afrontar la presencia del mal dominando el miedo; el segundo, en enfrentarse al mal, moderando la audacia. El primero -afrontar- se basa en la_ confianza en las propias fuerzas; el segundo, en la seguridad de la victoria (a. 6). La entereza es el acto principal de la fortaleza, puesto que, en opinión de santo Tomás, requiere mayor fuerza interior. Objeto primario de la fortaleza es el miedo a la muerte en cualquier circunstancia (a. 5). El que en el curso de un peligro grave "pierde la cabeza", sucumbiendo a las pasiones del miedo o de la audacia, no está en condiciones de defenderse a sí mismo ni de defender a los demás. De ahí la importancia de dominar estos sentimientos. La fortaleza es la virtud que permite a las personas obrar y comportarse moralmente bien, dominando el miedo y la audacia en situaciones de peligro y dificultad que, en ocasiones, son una amenaza- para la vida misma de las personas (a. 3). La razón formal por la que hay que estar dispuesto incluso al sacrificio de la propia vida es la defensa del bien moral, sobre todo de la justicia y de la paz (a. 12, ad 3 y ad 5).

b) Martirio: acto supremo de la fortaleza cristiana. A1 martirio se le considera el acto supremo de la fortaleza: la aceptación de la muerte en defensa de la verdad y del bien moral (q. 124, a. 5). La Iglesia ha tenido siempre en gran estima a cuantos han dado su vida siguiendo el ejemplo de Cristo, y los ha llamado martyres, testigos. Los mártires daban su vida en defensa no sólo de la verdad de la fe (san Esteban), sino también de la verdad moral (san Juan Bautista). Componentes integrales del acto son el valor defendido y el modo de aceptar la muerte, actitud que puede verse en el martirio de san Esteban y de tantos otros en la historia a ejemplo de Cristo, quien sin lamentarse ni rebelarse ofreció la propia vida en defensa de la fe, rogando por sus perseguidores. El motivo por el que se da la vida en defensa de la verdad de la fe o de la verdad moral no es el desprecio hacia ella sino la consideración de que la verdad y el bien son superiores a la vida misma (a. 4). El cristiano debe estar siempre dispuesto a dar la vida en defensa de la fe o de los valores morales fundamentales.

c) Vicios contra la fortaleza. Santo Tomás distingue tres vicios contra la fortaleza: la vileza, la petulancia y la temeridad. -La vileza (q. 125) no consiste en no tener miedo, sino en no dominarlo. La persona vil está hasta tal punto dominada por el miedo que infringe la ley moral y deja a un lado la realización del bien moral (aa. 1 y 3). -Mientras que la vileza se opone a la fortaleza por exceso de miedo, pues teme lo que no hay que temer o cuando no hay que temerlo, la petulancia se contrapone a la fortaleza por defecto de miedo, pues no se teme lo que hay que temer (q. 126, a. I). -La temeridad, por último se caracteriza por el exceso de audacia, que lleva a encontrarse con el riesgo de perder la vida sin un motivo válido (q. 127, a. 2). Los pueblos primitivos sufren menos el influjo del miedo y poseen más audacia innata que los pueblos culturalmente más desarrollados (q. 126, a. 1).

d) Virtudes afines a la fortaleza relacionadas con la agresión. Magnanimidad. La magnanimidad se diferencia del resto de las virtudes afines a la fortaleza porque su objeto no es el mal a evitar o a afrontar, sino el bien a realizar en cuanto vinculado a una dificultad. A un bien de estas características se lo define como "arduo". Bienes arduos son los bienes morales, entre los que descuella el ! honor. A nivel sobrenatural, los bienes arduos son la santidad, la vida de la gracia aquí en la tierra y la vida eterna en el cielo. La magnanimidad modera los sentimientos que obstaculizan la conquista de un bien arduo a causa de las dificultades que es preciso superar. El objeto de la magnanimidad es el honor, el respeto o la estima que una persona virtuosa merece. La magnanimidad es una virtud que empuja siempre hacia arriba, incita a emprender iniciativas nobles y a afrontar los riesgos que puedan derivarse. Es una virtud peculiar del cristiano, a quién le recuerda: "Ad maiora natus sum" (he nacido para lo noble). -A la magnanimidad se opone por defecto el vicio de la pusilanimidad, típica de quien no está a la altura de sus posibilidades, rehuyendo la realización de las mismas por pereza o por miedo. La persona pusilánime no se compromete acosas grandes, acordes con su dignidad y capacidad (q. 133, a. 2). El siervo de la parábola evangélica que enterró el dinero de su amo sin hacerlo producir fue pusilánime y merecedor de castigo (a. I). -Presunción, ambición y vanagloria son, por el contrario, los vicios que se oponen a la magnanimidad por exceso. La persona presuntuosa se cree en condiciones de hacer más y mejor de lo que le permite su propia capacidad (q. 130, a. I). Esto no va, naturalmente, con la persona que tiene puesta su confianza en la ayuda de Dios (a. 2, ad 3). La persona ambiciosa anda preocupada por el honor que quiere conquistar. El afán por el honor se manifiesta de tres maneras: acreditando excelencias que no se poseen, buscando el propio honor sin referencia alguna a Dios y afanándose por el propio honor sin orientarlo al bien de los demás (q. 131, a. l). Compañeras de la ambición son la testarudez y la arbitrariedad. Por último, la persona vanagloriosa busca agradar a los demás a través de cosas fatuas (ropa, riqueza, etc.) o de la fama (opinión pública) o de honores y honras no orientados hacia Dios y el bien del prójimo.

- Magnificencia. Es virtud afín a la fortaleza, porque está ordenada a la consecución de un fin que es arduo y difícil en las acciones que posibilitan su conquista (q. 134, a. 4). Es tarea de la magnificencia la realización de grandes cosas, sobre todo respecto a Dios y al bien común (a. 1, ad 2; a. 2, ad 3). La magnificencia de las obras no deriva exclusivamente de su majestuosidad, sino que abarca el valor de las mismas, la armonía, la belleza de las proporciones, del proyecto y de la ejecución (a. 2, ad 2). -Los vicios contra la magnificencia son la mezquindad, que consiste esencialmente en contentarse con lo mísero (q. 135, a. 12, ad 1), y la dilapidación (el despilfarro), propia de quien gasta demasiado en la realización de una obra proyectada (a. 2).

e) Virtudes afines a la fortaleza relacionadas con la entereza. Paciencia. Hay tendencia a concebir la paciencia como moderadora de la ira. En realidad, la paciencia ayuda a afrontar la adversidad y las desilusiones que causan tristeza. Para santo Tomás, la paciencia es, en cierto sentido, la disponibilidad para afrontar los sufrimientos, las desilusiones y los fracasos inevitables de la vida sin cambiar o renunciar ala propia vocación. La paciencia resulta ser, pues, la fortaleza del día a día (q. 136, a. 4, ad 1). En esta perspectiva hay que entender las palabras del Señor: "Con vuestro aguante conseguiréis la vida" (Lc 21,19). En la visión unitaria de santo Tomás la paciencia, como cualquier otra verdadera virtud, está causada por la caridad, y la caridad no se puede poseer sin la gracia. Es evidente, por consiguiente, que la paciencia no se puede poseer sin la ayuda de la gracia (a. 3).

- Longanimidad. Santo Tomás distingue justamente la longanimidad de la paciencia. La longanimidad es virtud característica de los educadores que saben esperar con esperanza y sin desanimarse el resultado de su esfuerzo educativo, por alejado que pueda estar en el tiempo (q. 136, a. 5). Los educadores deben tener siempre presentes las palabras de Jesús y de san Pablo: "Uno siembra y otro siega" (Jn 4,37; I Cor 3,6-8). Así concebida, la longanimidad no tiene nada que ver con la makrotymía del NT, a pesar de las referencias que, al hablar de la longanimidad, hacen a ella la patrística y santo Tomás.

- Perseverancia. Santo Tomás habla de dos virtudes que ayudan a persistir en el bien: la constancia, que no cede ante las dificultades (q. 137, a.3), y la perseverancia, que sabe esperar el tiempo necesario para la realización de la obra (a. 1, ad 2). A la perseverancia se opone, por defecto, la flaqueza (abandono del bien a las primeras de cambio) y, por exceso, la pertinacia (obstinarse en la propia lucha contra todo límite razonable), base de toda herejía.

4. OBJECIONES A LA FORTALEZA EN LA EDAD MODERNA. Junto a un mejor conocimiento de la cultura ántigua, surgen en el renacimiento las objeciones contra la fortaleza cristiana. "Los antiguos -escribe N. Maquiavelo-, exaltaron a los fuertes; los cristianos, en cambio, a los débiles y humildes, presa de los malvados" (Discursos, 141). J.E. Renan es todavía más acerbo y considera a los cristianos desde el punto de vista de la fortaleza como "una especie fofa, debilitada, resignada a soportar todas las desgracias como decretos de la providencia divina" (citado por A. GAUTHIER, La fortezza 787). F. Nietzsche acusa al cristianismo de haber quitado virilidad al hombre y paralizado sus energías vitales al tener que defender al desgraciado. Para Nietzsche es bueno todo lo que exalte en el hombre el sentimiento de fuerza, la voluntad de fuerza, la fuerza misma; es malo, por consiguiente, todo lo que esté enraizado en la debilidad (El Anticristo). El concepto de fortaleza de la ideología nazi de A. Rosenberg se identifica con la dureza viril consigo mismo y con los demás" (Der Mythus des 20. Jahrhunderts, 15).

Basada, por un lado, en la concepción pasiva de la naturaleza humana y, por otro, en los criterios de la moral burguesa, la fortaleza cristiana ha llevado a falsas concepciones de esta virtud, las cuales, a su vez, han sido objeto de críticas. Es innegable que un cristianismo pequeño-burgués no alcanza a ver que el aguante, que es el acto principal de la fortaleza, implica una actividad espiritual grande, un atenerse al bien agarrándose a él con todas las fuerzas, y, consiguientemente, falsea ese aguante interpretándolo en el sentido de una pasividad turbia y llena de resentimiento (cf J. PIEPER, Sulla fortezza, 43). El existencialismo ha puesto el acento en la fortaleza como manifestación de decisiones arbitrarias y anticonformistas. R. H. Hare concibe la fortaleza con el "arrojo físico" de los soldados, que la actual estrategia bélica de la ciencia militar ha convertido en algo inútil (Freedom, 149.187189), a lo que objeta P.T. Geach que es erróneo pensar en la fortaleza en términos militares (The Vistues, 150).

II. Propuesta cristiana para el mundo de hoy

Este apartado quiere ofrecer brevemente una interpretación de la fortaleza cristiana a la luz del concilio Vat. II. Al igual que la moral cristiana en su totalidad, también esta virtud debe ampliar sus propios horizontes a la dimensión social, tanto nacional como internacional (GS 30),y leerse en la óptica históricosalvífica y comunitaria. Sólo así podrá darse una unidad de compromiso que haga posible la construcción del mundo (GS 75) y el retorno del reino (LG 35).

1. ¿PORQUÉ LA FORTALEZA HOY? Aristóteles y santo Tomás relacionan la necesidad de la fortaleza con la realización del óonum arduum, que implica superación de las dificultades. La respuesta de santo Tomás, sustancialmente justa, necesita una ampliación existencial. Las razones o, mejor, las condiciones existenciales personales y sociales llevan siempre una marca óntica común, pero en nuestra época añaden algo peculiar. Es posible individuar hoy mejor que en el pasado las condiciones que "obfgan" al cristiano a ser fuerte.

a) Condición existencial personal. J. Pieper considera a la vulnerabilidad como presupuesto de la fortaleza. Un ángel no puede ser fuerte, porque no es vulnerable; el ser humano puede serlo, porque es vulnerable. En otras palabras, ser fuerte significa saber aceptar una herida. Para Pieper, una herida es cualquier atentado que, en contra de nuestra voluntad, amenace la incolumidad natural o moral; todo lo que sea negativo, doloroso, dañino, angustioso, opresivo. La herida más profunda la constituye la muerte (Sulla fortezza, 21). Hoy la fortaleza exige necesariamente la superación de las ansiedades existenciales en la vida moral. En penetrante análisis, P. Tillich (The Courage, 5054) distingue tres: ansiedad ante la muerte (amenaza de perder el ser), ansiedad ante la culpabilidad (amenaza del pecado y de la condena), ansiedad ante el sinsentido (amenaza al ser espiritual). La fortaleza, sobre todo en el cristiano, la hacen necesaria la sublime vocación de hijos de Dios y las amenazas que pesan sobre su dinámica. La fortaleza tiene por tarea sostener al hombre en la defensa de su dignidad y en la lucha contra todo lo que la amenace. Las razones hay que buscarlas en el hecho de que el ser humano es un ser en continuo hacerse (ens contingens) y, en ese hacerse, amenazado por el mal-pecado (ens peccans), pero que no debe olvidar que Dios, a través de su Hijo, le ayuda, mediante el Espíritu Santo, a llevar a término su salvación (ens salvatum).

b) Condición existencial social. Los documentos de la Iglesia en los últimos decenios (GS 4,8-10; JUAN PABLO II, Redemptor hominis, 1517; ID, Dives in misericordia, 10-11) nos describen, por una parte, los contrastes y las inquietudes, las injusticias y los desequilibrios de este mundo nuestro contemporáneo, oprimido además por la amenaza de la autodestrucción, mientras que, por otra parte, nos confirman que sigue manteniéndose viva la aspiración a la justicia, a la paz, aun desarrollo de las personas y de las naciones digno del ser humano. Esto hace necesario y urgente, como nunca antes en la historia, el compromiso de todas las fuerzas humanas y cristianas (GS 9). Tanto el mal que el cristiano debe combatir como el bien que debe realizar han adquirido dimensiones planetarias. La fortaleza, como virtud religioso-moral, debe tener la misma índole. Es cierto que será siempre una realidad personal en razón del sujeto, pero su objeto-compromiso está abierto a los problemas de alcance mundial, nacional e internacional, civil y eclesial.

2. FORTALEZA DEL "SUSTINERE" Y DEL "AGGREDI". a) Fortaleza como resistencia. Resistir no quiere decir no tener miedo, sino no retroceder ante el mal a pesar del temor, agarrándose con todas las fuerzas al bien y esperando superar y vencer las dificultades. Se trata de las dificultades cotidianas. La tradición, al resaltar el martirio como acto extraordinario y supremo de la fortaleza cristiana, ha restado importancia a la fortaleza en los casos ordinarios. Hoy se debe subrayar el carácter incluso extraordinario de la fidelidad al compr iso cristiano ordinario en la reali ación de la propia vocación, en el trabajo profesional, en la lucha por la justicia y la paz, etc. La fortaleza como capacidad de resistencia se hace entonces paciente en el aguante de las dificultades y longánime en la espera de los buenos resultados de los esfuerzos realizados. La fortaleza debe ser constante en hacer el bien debe ser perseverante, porque todo bien exige tiempo de realización. La fortaleza de la resistencia se debe manifestar hoy en diversas dimensiones. O El cristiano debe resistir el acoso de eslóganes, publicidad y medios de comunicación, la manipulación ideológica, la mentalidad consumista y utilitarista, la moda, la droga, el sexo (Y. M. CONGAR, Le traité, 347). 0 La resistencia del cristiano al mal en la dimensión política, socio-económica y cultural debe desembocar en la oposición pasiva y no violenta. 0 Frente al pluralismo cultural, moral, religioso, socio-económico y político, el cristiano debe saber tolerar las dificultades derivadas de la diversidad con talante abierto y disponible, sin condenas ni imposiciones. En las sociedades plurales, por tanto, la fortaleza como resistencia debe convertirse necesariamente en fortaleza de la l' tolerancia. 0 El cristiano, por último, debe tener siempre presente que su resistencia al mal lleva el signo del misterio, es decir, que se opone y lucha no sólo contra los males humanos o los males de este mundo, sino también contra las potencias malignas del diablo, del pecado y de la tentación (1 Pe 5,8; Sant 4,7; Ef 6,11; 2Cor 10,4). Es precisamente éste el nivel en el que la fortaleza cristiana se presenta en su máxima expresión como resistencia y oposición al pecado, por una parte, y como disponibilidad para las pruebas decisivas, por otra (H. URS VON BALTHASAR, Cordura ovverosia il caso serio, passim). En ninguno de estos niveles es el sustinere o resistere pasividad, resignación o adaptación oportunista.

b) Fortaleza del compromiso. En el mundo contemporáneo, después del concilio Vat.II, que ha promovido una visión de la naturaleza humana más activa y dinámica, por una parte, y subrayado su índole histórica y comunitaria, por otra, el segundo acto de la fortaleza, el aggredi -acometimiento, compromiso, iniciativa- se ha convertido en capacidad para afrontar los peligros relacionados con la autoconservación del hombre y con la supervivencia de la humanidad: capacidad para superar las ansiedades existenciales ante la muerte, la culpabilidad y el sinsentido; capacidad para vencer las amenazas dirigidas contra la dignidad de la persona y sus derechos fundamentales. Además, el cristiano debe hoy comprometer positivamente todas sus energías en la construcción de un mundo más humano y más divino, que Pablo VI ha llamado "civilización del amor", construyendo al mismo tiempo el reino de Dios. Al componente aggredi de la fortaleza se le puede denominar con toda justicia fortaleza del compromiso, tan vacilante e incierto en el pasado hasta el punto de ignorar la conexión entre fe y vida, tan exasperado y absorbente en determinados ambientes posconciliares hasta el punto de olvidar el compromiso con la vida interior .y eclesial. Hay que tender a crear una fortaleza cristiana que viva su compromiso en el mundo político, socioeconómico y cultural como implicación y consecuencia del compromiso nacido de la fe en Cristo (Y.M. CONGAR, Le traité, 348). Un compromiso así, que requiere el empleo de todas las fuerzas humanas y cristianas, es lo que constituye la virtud de la fortaleza cristiana.

3. FORTALEZA EN EL TIEMPO Y EN LA COMUNIDAD. a) Fortaleza de la presencia. La fortaleza inserta en la dimensión espacio-temporal de la persona que vive en la comunidad exige vivir las tensiones entre caducidadduración, provisional-definitivo, pasado-futuro. El cristiano que posee la virtud de la fortaleza, comprometido en la construcción del mundo y del reino en el tiempo, sabe que hay solamente dos absolutos: Dios y la dignidad de la persona humana; todo lo demás está subordinado a ellos. La fortaleza vivida en el tiempo no permite ni huir hacia el futuro ni aferrarse al pasado; quiere realizar el bien, autorrealizarse y construir el mundo en el presente. En cuanto relacionada con el tiempo, la fortaleza es memoria y fidelidad a los valores auténticos del pasado, inmersión en el presente, proyecto, esperanza, anticipación del futuro. Es un compromiso de todas las fuerzas con el bien, individuado hoy en la tensión escatológica entre el inicial "ya" y el incompleto "todavía no", en espera de la llegada definitiva del réino de Dios. Alentado con la fuerza del evangelio, el cristiano vive en el tiempo; pero sabe que no es el tiempo el criterio de su compromiso y de su discernimiento, sino la palabra de Dios acerca de la persona humana y de su salvación. Por este motivo, el aferramiento al pasado, característico de las personas ancianas (tradicionalismo), o la fuga utópica hacia el futuro, característica de los jóvenes (progresismo), carecen de sentido tanto desde un punto de vista moral como religioso.

b) Fortaleza de la comunión. El ser humano no sólo tiende a la autorrealización personal, sino también a la construcción de su comunidad. El fundamento de la comunidad lo constituye la comunión de las personas, y ésta es el modo de vivir, pensar y obrar que respeta a la persona y tiene en cuenta su autorrealización personal. La dimensión "personal" del hombre, complementaria de la "social", ayuda a vivir y a obrar en un ámbito común. El aspecto personal señala el modo de vida y de actuación propio de la persona, basado sobre todo en el amor-donación (E. KACZYÑSKI, Le Mariage et la Famille, en "Div" 26 [ 1982] 317-331). Las personas que viven en la comunidad basada en la comunión (amordonación) no corren el riesgo ni de "masificación" colectiva ni de "individualismo" egoísta. La fortaleza de "ser uno mismo" (autoafirmación) se opone a la masificación y a la nivelación de las diferencias individuales entre los hombres y no permite la destrucción de las riquezas divinas en las diversas personas. Cada persona humana es "irrepetible" en el plan de Dios. Por consiguiente, la fortaleza cristiana de ser uno mismo debe tener en cúenta que vive en comunión con Dios y con los otros, y por ello exige ser fortaleza del miembro de una comunidad que lleva adelante un correcto proceso tanto de personalización como de socialización (GS 6; 42). En lo tocante al aspecto jurídico, la fortaleza de la comunión exige que sea ella quien aborde lo concerniente a toda la comunidad (CONGAR, Quod omnes, 210).

c) Síntesis de la fortaleza de la presencia y de la comunión. A fin de evitar la aparición de un nuevo dualismo-separación entre el compromiso en el mundo y el compromiso en la fe, la fortaleza cristiana debe ocuparse con seriedad y en profundidad tanto de la I conversión interior como del cambio de las estructuras. La posibilidad de que de estructuras infernales (el campo de concentración de Auschwitz) haya podido surgir un santo (Maximiliano Kolbe) y de que de instituciones perfectas puedan salir criminales pone de manifiesto que el ser humano trasciende en cuanto persona a las instituciones. En una situación normal, sin embargo, la maduración interior va ligada también al cambio de la vida exterior. El compromiso en favor de la justicia, de la paz, de los derechos humanos es un compromiso en defensa del ser humano creado y salvado por Dios; es el compromiso para con Dios. En el mundo contemporáneo este compromiso "en favor de" debe también ser necesariamente un compromiso "contra": contra cualquier opresión, injusticia, esclavitud, miseria, amenaza, división. El cristiano fuerte no entra en colaboración con instituciones y personas que constituyen una "situación de pecado", no puede buscar soluciones de compromiso. El bien y el mal han adquirido hoy dimensiones planetarias; es necesario que los cristianos se comprometan con la misma amplitud. Esta es la tarea de la fortaleza cristiana hoy.

III. Educación para la fortaleza

En el proceso educativo el educador se enfrenta a la ardua tarea de hacer patente, por un lado, la importancia de la fortaleza en la vida cristiana, y de precaver, por otro, de los peligros de los vicios contrarios, tales como la cobardía y la temeridad, sin apagar ni el miedo ni la audacia, que, como se ha visto, son necesarias en su justa medida para una visión equilibrada de la fortaleza. El educador debe enseñar indudablemente al educando a orientar correctamente los miedos que éste pueda tener a objetos potencialmente peligrosos (agua, fuego), a las calamidades naturales (terremotos, inundaciones), a lo que impide las condiciones de higiene y de salud, a los peligros que amenazan la vida, y debe también ayudarle a quitar el miedo a lo que no constituye peligro (oscuridad, fantasmas). Con posterioridad, el educador deberá hacer resaltar la exigencia de la fortaleza más allá de la esfera física y ecológica, es decir, en la vida civil (E. VOLKER, Fortezza, 204) y moral. Una educación seria, orgánica y ponderada exige no descuidar ninguno de los elementos constitutivos de la fortaleza (dimensión de la resistencia, del compromiso, de la presencia y de la comunión). La oración, en fin, conferirá validez a sus esfuerzos y suplirá sus deficiencias. Además, y puesto que la experiencia enseña que los humanos por sí solos no están en condiciones de encontrar soluciones a sus problemas, contamos con una ayuda particular, ofrecida en un don del Espíritu Santo: el don de la fortaleza (S. Th., II-II, q. 139 a. 1). Este don hace a las personas disponibles a las mociones divinas y les confiere una fuerza divina para la realización de su obra de salvación en el mundo. El testimonio de san Esteban confirma que Cristo ofrece ayuda a sus discípulos en los momentos decisivos, tal y como lo había prometido (Mt 10,19-20; Mc 13,11; Lc 12 1112). En esta perspectiva se entiende el que san Agustín y santo Tomás hayan relacionado el don de la fortaleza con la cuarta bienaventuranza: "Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados" (Mt 5,6; S. Th. II-II, q. 139, a. 2). La mayor necesidad de ayuda divina la tiene todo aquel que se compromete a llevar la justicia y la paz de Dios a la vida del mundo y de la Iglesia.

[/Educación moral; /Humildad; /Prudencia; /Virtud; /Virtudes teologales].

BIBL.: CONGAR Y.M., Le traité de la jorce dans la `Somete Théologique' de s. 77tomas d;9quin, en "Ang" 51 (1974) 331-348; In, Quod omnes tangif ab omnibus tractari deber, en "RHDFE"(1958), 210-259; GAUTHIERA., Fortaleza, en Iniciación teológica III, Teología moral, Herder, Barcelona 1962, 713-747; ID, Magnanimité. LYdéal de la grandeur dans la philosophie pa3enne el dans la théologie chrétienne, Librairie Philosophique J. Vrin, París 1950; GEACH P.T., The Virtues, Cambridge Univ. Press,1977; GOFFI T. y PIANA G„ L úomo forte, en Corso di Morale II: Diakonia, Queriniana, Brescia 1983, 28-38; HARÉ R.M., Freedom and Reason, Oxford Univ. Press, 1970; MoncmoD., Zafortezza, en Corso di perfezionamento, Roma 1972; NIETZSCHE F., El Anticristo, Alianza 1984 PIEPER J., Justicia y fortaleza, Rialp, Madrid 1968; TILLICH P., Coraggio di esistere, Roma 1968 (The Courage lo Be, Yale Univ. Press, 1952); VoN BALTNASAR H. U., Cordula ovverosia il caso serio, Queriniana, Brescia 1969; VOLKER E., Fortezza, en Dizionario di Etica Cristiana, CittadeIla, Asís 1978, 203-205.

E. Kaczyniski