Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia ECOLOGÍA

ECOLOGÍA
TEOLOGÍA SOCIAL

SUMARIO

I. Una lectura de la evolución histórica de la relación hombre-medio ambiente: 
1. La época del equilibrio natural; 
2. Del equilibrio natural al desequilibrio provocado por el hombre: 
a)
El hombre altera la naturaleza: la revolución neolítica, 
b)
El hombre controla la naturaleza: la revolución industrial. 

II. La perspectiva: la propuesta de una nueva cultura que vuelva a equilibrar la relación hombre-medio ambiente: 
1. Las raíces históricas de la crisis ecológica; 
2. Fundamentos de una nueva cultura del medio ambiente: 
a)
Del reduccionismo científico-metodológico a una cultura sistemática del medio ambiente (los derroteros del reduccionismo; los fundamentos científicos para su superación; el medio ambiente natural; la ecosfera; los ecosistemas, su funcionamiento, su evolución temporal), 
b)
Del dominio-explotación a un comportamiento de compromiso personal de participación y de administración responsable del medio ambiente (el puesto del hombre en la naturaleza; el medio ambiente humano; la cultura del dominio del hombre sobre la naturaleza y el medio ambiente humano y las raíces de la misma: la hipótesis de una triple influencia judeocristiana; comparación crítica), 
c) Ideas y propuestas para una nueva ética del medio ambiente. 

III. Una conclusión: el mensaje de Francisco de Asís.

 

Las dificultades cada vez más graves que vive hoy la relación entre el hombre y la naturaleza han tenido como vertiente positiva el descubrimiento del medio ambiente como realidad y como problema del que ocuparse, el aumento de la demanda de conocimientos, de tecnologías y de legislación para un programa y una gestión del mismo más eficaces y, en los últimos años, la toma de conciencia de la necesidad de una nueva ética del medio ambiente, es decir, de normas más reales para un comportamiento más responsable hacia el medio ambiente mismo.

I. Una lectura de la evolución histórica de la relación hombre-medio ambiente

Quien se proponga el objetivo de participar en el desarrollo de esta actitud nueva hacia el medio ambiente deberá reflexionar sobre las principales etapas que ha vivido la evolución histórica de la relación entre el hombre y su contexto medioambiental.

Con la aparición del hombre sobre la tierra se ha puesto en marcha un proceso de incorporación de la naturaleza al proyecto humano de gestión de la realidad. Este proceso, todavía parcial en los cazadores-agricultores y en las mismas comunidades agrícolas tradicionales, ha experimentado una fuerte aceleración en las sociedades industriales de tecnología avanzada, propias de los países industrializados de Occidente.

El modelo de la transición ecológica interpreta mejor que ningún otro la historia de la relación entre el hombre y el medio ambiente, tal como esta historia se ha venido desarrollando en el mundo occidental. Este modelo, a su vez, coincide ampliamente con la evolución cultural del ser humano. La transición ecológica distingue tres fases en la relación hombre-medio ambiente, caracterizadas: la primera, por la persistencia del equilibrio entre hombre y naturaleza [! más adelante, i]; la segunda, por el tránsito del equilibrio natural al desequilibrio del sistema medioambiental provocado, primero, por las alteraciones y, después, por el control de la naturaleza por arte del hombre [l más adelante, 2, a) y b)]; la tercera, por la puesta en marcha de un restablecimiento del equilibrio entre naturaleza y sociedad humana mediante un nuevo proyecto cultural [! más adelante, todo el párrafo II].

1. LA ÉPOCA DEL EQUILIBRIO NATURAL. Un sustancial equilibrio ecológico natural caracterizó la relación hombre-naturaleza desarrollada por los primeros homínidos y los pocos hombres cazadores-agricultores del paleolítico.

El hombre primitivo era miembro totalmente natural, aunque más influyente, del propio sistema medioambiental. La naturaleza quedaba fuera de la historia, y la adaptación del hombre a su contexto medioambiental externo era casi exclusivamente biológica. Existía un control sobre el hombre por parte del medio ambiente natural en lo tocante a los recursos existentes, a semejanza de lo que pasaba con las poblaciones animales con las que los hombres primitivos convivían.

Con las tecnologías elementales de que disponía (empleo del fuego y conocimiento de los vegetales alimenticios y de los animales de caza), la especie humana ejercía un impacto mínimo en el propio medio ambiente. El profundo conocimiento que los cazadores-agricultores poseían de los ciclos estacionales de las especies vegetales, así como del comportamiento de los animales, les permitía obtener de la tierra con relativa facilidad los recursos necesarios para su supervivencia biológica.

Es importante subrayar que estas poblaciones primitivas, aun en medio de las dificultades en que vivían, desarrollaron una cultura caracterizada por grandes expresiones artísticas. Baste pensar en los ciclos pictóricos de las cuevas de Altamira.

2. DEL EQUILIBRIO NATURAL AL DESEQUILIBRIO PROVOCADO POR EL HOMBRE. Dos profundos cambios culturales sucesivos influyeron, aunque en diferente medida, en la ruptura del equilibrio entre el grupo humano y el medio ambiente: la revolución neolítica, período en el que el hombre alteró el medio ambiente, aunque sin comprometer sustancialmente sus procesos de funcionamiento; la revolución industrial, por la que los países industrializados han llevado a cabo un control creciente sobre el medio ambiente, provocando situaciones profundamente comprometedoras de la calidad.

a) El hombre altera la naturaleza: la revolución neolítica. La puesta en marcha del desequilibrio en las relaciones entre humanidad y medio ambiente estuvo verosímilmente determinada por la falta de alimentos provocada en el mesolítico por la mitigación del clima y por las migraciones de las faunas frías hacia el norte.

La población humana comenzó entonces a ver la naturaleza de manera diferente. Es éste, en efecto, el período de la historia humana en el que el hombre adquirió una primera conciencia básica de la separación existente entre él y la naturaleza misma. Enfrentado a un medio que se le había tornado inclemente, el hombre arrebató a la naturaleza el secreto de la producción de alimentos, destruyó bosques para obtener tierra cultivable y "obligó" a la naturaleza a procurarle el sustento.

Con la agricultura y la cría de ganado comenzó el neolítico. Las prácticas agrícolas y de la cría provocaron alteraciones en la estructura de las comunidades vegetales y animales y del paisaje.

La selección artificial de algunas especies vegetales (p.ej., las gramíneas) y animales (particularmente los ungulados de grandes y medias dimensiones) y el uso continuo del fuego como instrumento elegido para aumentar la extensión del suelo disponible para el cultivo provocaron la extinción de especies y de asociaciones vegetales y animales y tuvieron incidencia sobre la diversidad biológica.

Las poblaciones neolíticas fueron sustituyendo gradualmente la agricultura itinerante, propia del nomadismo como estado de vida del grupo, por la ubicación y el uso permanente de tierras. Fue también importante, incluso por algunos efectos negativos sobre la fertilidad del suelo, la invención de la práctica del riego, que favoreció el desarrollo de las grandes civilizaciones hidráulicas.

La agricultura y la cría provocaron el aumento de la capacidad sustentadora del medio ambiente y, consiguientemente, se produjo un aumento numérico de las poblaciones humanas.

Las poblaciones humanas del neolítico percibieron la "realidad del medio ambiente" como una realidad global, con la que establecieron por necesidad una relación directa, sin otra mediación tecnológica que la puramente elemental.

La ubicación, expresión de la conquista material de la naturaleza por parte del hombre, causó una profunda transformación en la estructura de la sociedad y en el comportamiento de los grupos humanos primitivos. Ejemplo de ello son el desarrollo de los oficios y de la artesanía, la jerarquía de papeles en las comunidades y el desarrollo de pueblos y ciudades.

Particularmente significativa fue la revolución urbana: en las ciudades se formó la sociedad civil y nació la civilización humana. El desarrollo de la metalurgia y la utilización de nuevas fuentes de energía dieron origen a la sucesión de las tres culturas prehistóricas del bronce, el cobre y el hierro.

Cada una de estas culturas y cada una de las grandes civilizaciones que siguieron (Egipto, Babilonia, Grecia, Roma, el s. XIII, el renacimiento, etc.) desarrolló un sistema propio de posesión y de gobierno de la naturaleza y provocó alteraciones que dieron origen a problemas a menudo de no poca entidad.

Sin embargo, ni la marcha de los ciclos biogeoquímicos ni la estructura de las cadenas y redes alimenticias naturales sufrieron acoso, ni se alteraron de forma irreversible los mecanismos homeostáticos que aseguran (o restablecen) el funcionamiento de los sistemas medioambientales. La humanidad vivía en un marco en eI que los ritmos y los procesos de la evolución del medio ambiente marcaban los tiempos y modos de buena parte de la actividad humana.

Pero este mismo contexto producía a menudo en la población humana una carga de temor, de incertidumbre y, consiguientemente, de fatalismo ante manifestaciones no controlables del propio ambiente, tales como carestías, epidemias, mortandad infantil, corta duración de la vida humana.

En este marco, en el que la armonía de la naturaleza se conjugaba con los dramas del ambiente humano, las poblaciones primitivas desarrollaron la práctica de la propiedad y un fuerte sentido de pertenencia al grupo. Estos comportamientos se hacían patentes en la celebración colectiva de grandes acontecimientos vitales (matrimonio, muerte) y de la fiesta (verbenas, fiestas civiles y religiosas de la comunidad), así como en la transmisión de normas y tradiciones.

Esta relación hombre-naturaleza, característica de la sociedad neolítica, ha continuado sustancialmente viva hasta,los umbrales de la civilización industrial, ha caracterizado en Occidente a las sociedades agrícolas tradicionales hasta los años cincuenta de nuestro siglo y sigue caracterizando actualmente a las economías agrícolas de los países en vías de desarrollo.

b) El hombre controla la naturaleza: la revolución industrial. A partir del siglo xvll, el desarrollo del método científico y de nuevos conocimientos y la difusión de tecnologías cada vez más poderosas dieron origen a la llamada civilización industrial, cuya evolución histórica ha puesto de manifiesto, sin embargo, distintas luces y sombras.

La industrialización, en efecto, ha reportado mejoras indudables a numerosos aspectos de la vida humana; por ejemplo, la difusión de la medicina y de la higiene, el aumento de las disponibilidades alimenticias mediante el incremento de la productividad agrícola e industrial, la difusión de la información. Los aspectos negativos de este proceso no han estado provocados ciertamente por el desarrollo de la investigación científica o el descubrimiento de nuevas tecnologías, sino por la falta de una "cultura global ambiental" (poseída, en cambio, por la civilización rural) con la que conseguir una relación correcta entre industria, economía y medio ambiente.

En los últimos cincuenta años han quedado patentes los siguientes hechos: -la acentuación del profundo dualismo entre el hombre como sujeto activo y la naturaleza como elemento pasivo; -una demanda creciente de recursos naturales como medio de satisfacer necesidades incluso artificialmente provocadas; la reducción de la realidad viva, compleja y delicada de la naturaleza a un bien económico, encaminado a la obtención de un crecimiento ilimitado en la sola línea cuantitativa; -el desarrollo, con tendencia exponencial, de la población humana del planeta visto en su conjunto y la concentración de la misma en las áreas urbanas; -un aumento constante de la complejidad del sistema social y la desaparición generalizada de las culturas subalternas; -un desarrollo global de la tecnología y el consiguiente y cada vez más fuerte impacto de la misma en el medio ambiente natural y humano; -una disponibilidad de nuevas fuentes de energía (combustibles fósiles, energía hidroeléctrica y nuclear) que ha permitido a la sociedad humana superar el estar dependiendo del suelo y satisfacer un sistema de necesidades en rápida expansión; -políticas más atentas al poderío y prestigio y a programas de autoconservación que a una auténtica y verdadera promoción y difusión de la calidad del ambiente humano.

Estos y otros hechos han ahondado el disenso entre sociedad humana y medio ambiente, disenso que ha llegado a su máximo dramatismo en la reciente década de los sesenta. En este período se puso de manifiesto en la sociedad una cultura radical que desde entonces no ha cesado de calar en todos los movimientos e instituciones.

Sus contraseñas son el repliegue en el yo como realidad absoluta, el rechazo de todo límite, la experiencia del aquí y del ahora, el utilitarismo y el interés, la felicidad del logro sin la mediación del deber, una cultura de muerte puesta de manifiesto por dos manifestaciones sólo aparentemente distanciadas: la aprobación social del aborto y la aparición, por primera vez en la historia de la humanidad, de una enorme masa de residuos, sustraídos al reciclaje, almacenados en contenedores o incluso destruidos empleando diversas tecnologías.

II. La perspectiva: la propuesta de una nueva cultura que vuelva a equilibrar la relación hombre-medio ambiente

1. LAS RAÍCES HISTÓRICAS DE LA CRISIS ECOLÓGICA. A finales de 1960 empezó a ponerse en tela de juicio el modelo mismo de sociedad industrial. Estaba dando comienzo la época del malestar.

La crisis energética, el aumento de la inflación y el desempleo, episodios graves y frecuentes de contaminación y la aparición de la violencia urbana y de dramas cada vez más frecuentes en los países en vías de desarrollo han puesto de manifiesto la insuficiencia de la filosofía del crecimiento económico ilimitado.

La demanda de reflexión acerca de las causas de la crisis de esta orientación económica nació en los propios países industrialmente avanzados y encontró una primera expresión en los movimientos de 1968, que, entre otras cosas, pedían: 0 que se prestara atención a los efectos perjudiciales que podían derivarse de una confianza acrítica en la tecnología; 0 y que se favoreciera el desarrollo de una participación real en todos los niveles de la vida política y social.

Un segundo factor que ha concurrido a poner de manifiesto los límites del modelo del crecimiento económico ilimitado ha sido el incremento de la presencia en la escena internacional de los países en vías de desarrollo y la adecuada atención prestada a los dramas del hambre, la sed, los desajustes del suelo, el endeudamiento exterior, dramas todos ellos que pesan sobre la población.

Los movimientos del medio ambiente han constituido otro factor importante de denuncia de las insuficiencias del crecimiento económico ilimitado. Partiendo del análisis de hechos graves de contaminación del aire y del agua, de las consecuencias derivadas para la calidad del medio ambiente de la destrucción de las especies animales y vegetales y del agotamiento de recursos no renovables, estos movimientos han desembocado en la denuncia del medio ambiente como realidad violentada y de la degradación tanto del suelo como del patrimonio cultural de la humanidad.

A esta denuncia de los movimientos del medio ambiente han conferido -aunque con lentitud- credibilidad y apoyo científico y tecnológico, por una parte, la investigación ecológica desarrollada por la comunidad científica, y por otra, los programas cualificados de intervención, llevados a la práctica por organismos internacionales (OCSE, UNESCO, UNEP, UHO, etc.).

Por influjo de estos estímulos, a finales de los años sesenta ha crecido el número de personas y de grupos que han planteado la necesidad de una reapropiación del medio ambiente como realidad de la que debe ocuparse la sociedad. Como no podía ser de otra manera, la experiencia de la degradación del medio natural y humano ha jugado un papel primordial en la denuncia de la crisis existente en la relación entre el hombre y el medio ambiente.

Esta "reflexión a muchas voces" ha desembocado en la demanda de un desarrollo de sociedad en la que los aspectos del crecimiento cuantitativo vayan orientados a superar una dimensión puramente mercantil y se tengan en cuenta contemporáneamente los temas de la calidad de la vida y del medio natural (plantas, animales, suelo, aire, agua, procesos, sistemas), de los bienes culturales (poesía, arquitectura, escultura, pintura, tradiciones), así como el modo de construir y de gestionar la sociedad, lo gratuito, la ética, la religión, la política.

En 1967 Lynn White, de la escuela de sociología de Chicago, en un artículo que se ha hecho famoso (Las raíces históricas de nuestra crisis ecológica) y sobre el que volveremos más adelante, acuñó la expresión crisis ecológica para designar el estado de grave dificultad por la que atraviesa la relación entre sociedad humana y medio ambiente, estado generalizado sobre todo en los países industrializados de Occidente, a la vez que individuó dos causas de fondo: la primera, de naturaleza científico-técnica; la segunda, de naturaleza ética.

La expresión "crisis ecológica" se emplea ordinariamente en un sentido totalmente negativo. En realidad, el significado etimológico del término crisis (derivado del verbo griego crino, que significa "enjuicio", "trato de ver con claridad' propone una actitud de reflexión, de análisis de causas y de consecuencias, junto con una demanda a la inteligencia y al corazón humanos para que encuentren culturalmente nuevos procesos y formas de equilibrio entre realidad del medio ambiente y presencia humana con la vista puesta en la construcción común de un mundo más habitable hoy y el día de mañana.

A corto plazo habrá, sin duda, que remediar los efectos de intervenciones erróneas con controles férreos y con sanciones (práctica de la depuración y de la multa). A largo plazo habrá que intervenir en las causas de la contaminación con medidas encaminadas a la prevención, es decir, a la innovación de los procesos productivos mediante tecnologías limpias. A fin, sin embargo, de que el interés por el medio ambiente no quede únicamente restringido a la emotividad y la denuncia, además de las anteriores medidas, será necesario afrontar la crisis ecológica en sus raíces, promoviendo una nueva cultura medioambiental alternativa a la actualmente existente, fundamentada en un modo nuevo de programar y administrar la naturaleza y la ciudad y en un comportamiento más correcto de todos y cada uno.

2. FUNDAMENTOS DE UNA NUEVA CULTURA. DEL MEDIO AMBIENTE. a) Del reduccionismo científico-metodológico a una cultura sistemática del medio ambiente. "¿Cuál es la estructura que une al cangrejo con la langosta, a la orquídea con la primulácea y a los cuatro conmigo y con vosotros?" (BATESON, 1984).

- Los derroteros del reduccionismo científico-metadológico. La primera causa histórica de la difícil relación entre el hombre y el medio ambiente se puede situar en la falta de adecuación de los métodos de análisis y de intervención para conseguir la relación. El desarrollo de la investigación científica y la transferencia de los conocimientos y metodologías adquiridos al desarrollo tecnológico han aportado mucho de positivo a la relación entre los colectivos humanos y su marco de vida. Sin embargo, la interpretación dada al método científico por el positivismo del siglo xlx, limitando la ciencia a los solos hechos empíricos, ha impedido ver las acciones recíprocas que, en el orden de la naturaleza, unen a componentes, factores y procesos en el "sistema de relaciones" que es el medio ambiente. Se ha asistido a la multiplicación de especialidades desconectadas entre sí, cada una de ellas referida a un determinado sector de la investigación científica y vista como algo autónomo. Ha surgido en Occidente una sociedad tendente a la productividad económica, fragmentada en áreas de especialización y con una división de trabajo cada vez más rígida. Contemporáneamente, la tecnología ha experimentado un considerable desarrollo y sus aplicaciones han estado dirigidas a este o aquel sector, sin plantearse el problema de las consecuencias que para el medio ambiente natural y humano pudiera tener la acción recíproca entre ellos.

Las consecuencias de todo ello sobre programas y administración del medio ambiente han sido y son dramáticas. Ha tenido lugar una neta separación entre ciencias naturales y ciencias humanas, entre economía y ecología, entre ética, política y economía, entre individuo y sociedad. Cuando se hace de la metodología especializada el método más idóneo de análisis y de administración de un proceso o de un sistema medioambiental, esa metodología adquiere una fisonomía científica y metodológicamente limitada. De los libros de los filósofos y de los laboratorios de los científicos esta limitación se ha transferido después a la cultura cotidiana de la organización del territorio, a los programas escolares, al modo de concebir y de llevar a la práctica el desarrollo urbano, la estructura de la sociedad y las relaciones económicas.

Por exigencias de una demanda creciente de bienes naturales, del aumento de la población humana y de un fuerte incremento de la tecnología, se ha visto superado el potencial de los mecanismos de regulación natural y de la propia adaptación cultural humana. Ello ha desencadenado unas consecuencias que, ciertamente, ninguno quería: desajustes del suelo, desertización, contaminación, ruidos, violencia urbana, degradación de la calidad del medio ambiente, pérdida de identidad y desaparición de las culturas subalternas. Nuestra sociedad sólo podrá ser plenamente consciente del drama que estos hechos representan cuando comprenda que la naturaleza y la ciudad no nacen de la suma del suelo, agua, aire, plantas, animales y, llegado el caso, bienes culturales, sino del sistema de relaciones que se establezcan en el curso del tiempo entre estos componentes.

- Los fundamentos científicos de la superación del reduccionismo. En la historia de la percepción de la realidad de la naturaleza y del medio humano la sociedad ha pasado fundamentalmente por dos momentos: -por influencia de la revolución científica y, más concretamente, de su orientación reduccionista, se ha desmantelado el carácter orgánico característico de la percepción precientífica de las sociedades agrícolas tradicionales; -en los últimos veinte años la investigación científica en ecología, la ciencia de los sistemas y el estructuralismo han planteado una visión global de la realidad natural y social basada en una concepción sistemática del medio ambiente que supone la superación del reduccionismo científico y metodológico.

Todo ello ha puesto de manifiesto que el medio en el que vivimos es el resultado final de una evolución que ha durado millones de años y que ha pasado por las siguientes fases: de un medio primitivo de naturaleza física y química, en el que la evolución química ha llevado a la formación de la primera molécula viva con capacidad de duplicarse a sí misma, se ha pasado a la formación del medio natural por medio de la aparición de la vida y la evolución biológica; por últinfo, se ha pasado a la formación del medio humano, debido a la aparición del ser humano y a la gestión'cultural del medio ambiente.

El concepto de medio ambiente, entendido como "sistema de relaciones entre los componentes, factores y procesos que lo componen", representa la adquisición más importante a tener en cuenta en orden a una relación más equilibrada entre ser humatro, naturaleza y ciudad.

- El medio ambiente natural. A través de un largo proceso de evolución química, inorgánica y orgánica, acaecido en la tierra primitiva, en medio de una atmósfera falta de oxígeno y en presencia de determinadas fuentes de energía (radiaciones ultravioletas y descargas eléctricas provocadas por perturbaciones atmosféricas), se habrían originado en nuestro planeta moléculas complejas (DNA), con capacidad de autoduplicarse y de adaptarse continuamente a los cambios del sistema de factores físicos y químicos que les rodeaba y que ellas mismas habían contribuido a cambiar. Se acababa de poner en marcha la evolución biológica.

A través de la relación dialéctica ser vivo-medio ambiente se fueron formando con el tiempo varios niveles de organización de la vida (macromoléculas, células, individuos, gentes, comunidades, ecosistemas, biomas, biosfera).

Ningún sistema vivo (un individuo una comunidad, un lago, una ciudad) es el resultado de la sola suma de los componentes, factores y procesos que constituyen su estructura, sino del conjunto de interacciones entre esos mismos componentes, factores y procesos.

Cada nivel presenta su propio medio, interno y externo. Este concepto es importante. En efecto, cuando se habla de medio ambiente, ordinariamente se entiende un ecosistema: un lago, un prado, un bosque, incluso una ciudad. Es necesario superar esta visión limitada. Cada uno de los niveles de la organización de la vida en la tierra tiene su propio medio, interno y externo, trátese de personas o de lagos. No existe una línea de separación entre ser vivo y su correspondiente medio externo. Cada una de las realidades vivas presenta, además, una estructura, un funcionamiento y una evolución en el tiempo.

Todos los niveles de organización " de la vida se diferencian por la estructura, pero los procesos que caracterizan la dinámica de un sistema vivo (p.ej., flujo de la energía y ciclo de las sustancias nutritivas) acontecen de manera sustancialmente similar en todos los seres vivos.

Los primeros seres vivos de metabolismo heterotrófico existentes en el planeta adquirieron la energía y el alimento que necesitaban de moléculas orgánicas de origen abiótico.

El proceso fotosintético, con el que la evolución biológica ha respondido al agotamiento de estas sustancias, produjo un cambio drástico en el medio abiótico terrestre, trastornando las condiciones preexistentes. El oxígeno producido en la fotosíntesis provocó el paso de una atmósfera carente de él a una atmósfera con él. La consecuencia han sido dos situaciones importantes: el fin de la evolución química espontánea de las moléculas con capacidad para autoduplicarse y, debido a la aparición de la ozonosfera, el abandono por parte de especies vegetales y animales de un medio de agua dulce o marina para entrar en un medio aéreo o terrestre, con la profunda modificación consiguiente.

- La tierra (ecosfera) es hoy un medio diversificado y variado, formado por un determinado número de subsistemas: litosfera, hidrosfera, atmósfera y biosfera. A través de la acción de las plantas, de los animales y de los microorganismos, entre litosfera, hidrosfera y atmósfera se han creado con el correr del tiempo complicados sistemas de relaciones: la materia y la energía solar han entrado a formar parte del proceso de la vida (ciclos biogeoquímicos y flujo de la energía) y se han ido formando procesos de regulación de los sistemas vivientes para evitar eventuales perturbaciones de su medio interno y externo y devolverlo a la norma.

El lento desarrollo de estos procesos, acorde con las condiciones climatológicas, ha favorecido la formación de nuevas organizaciones funcionales naturales: los ecosistemas (p.ej., tundra, taiga, floresta tropical pluvial, el desierto, etc.) y la biosfera.

El ecosistema es el nivel en el que es posible estudiar mejor el funcionamiento de los sistemas naturales en el espacio y en el tiempo y en condiciones normales y alteradas. Todo ecosistema (como una célula o una persona) presenta una estructura, un funcionamiento y una historia.

- Desde el punto de vista de la estructura, los ecosistemas están constituidos por factores fisiográficos (orografía, hidrografía, geomorfología, etc.), físicos (meteorología y climatología, radiactividad, etc.), químicos (sustancias químicas presentes en el agua, en el suelo, en el aire) y por factores biológicos (plantas, animales, microorganismos que viven en el agua). La descripción de estos componentes y factores es tarea de ciencias especializadas (geología, meteorología, climatología, química, física, zoología, botánica, microbiología, etc.).

Los ecosistemas difieren entre sí por los componentes y factores que constituyen la estructura. Pero ninguno de estos factores por separado determina la identidad de un ecosistema. Esta identidad es el resultado de un sistema de relaciones vivo, frágil y complejo entre todos estos componentes y factores y los procesos ecológicos derivados.

- El funcionamiento de los ecosistemas. Piénsese en un lago. Los productores (plantas verdes), los consumidores (animales herbívoros y carnívoros) y los descomponedores (hongos y bacterias) están vinculados entre sí por relaciones alimenticias, formando las llamadas cadenas alimenticias. Todas las cadenas alimenticias existentes en un lago están relacionadas entre sí y forman la red alimenticia, es decir, la comunidad biótica característica del lago.

Los procesos fundamentales que caracterizan el funcionamiento de un lago se pueden resumir de la siguiente manera. Al penetrar en el agua, la radiación solar es captada por los productores, es decir, las plantas verdes (algas, macrofitas, etc.). Gracias al proceso de la fotosíntesis, la energía solar se almacena en forma de energía química con posibilidad de vincularse a los azúcares producidos por las plantas, y queda a disposición de los animales y de aquellos vegetales (p.ej., los hongos) carentes de clorofila. Una parte de las algas así producidas la comen, por ejemplo, pequeños c;ustáceos herbívoros; otra parte se deposita en el fondo. De los herbívoros, una parte se la comen los carnívoros (las truchas, p.ej.) y el resto cae al fondo del lago. Las truchas o las pesca el hombre o mueren y caen al fondo. En el fondo del lago, bacterias, hongos y pequeños animales que se nutren de cadáveres y de residuos inorgánicos realizan el proceso de la biodescomposición, liberando aquellas sustancias químicas (fosfatos, nitratos, etc.) que entrarán de nuevo en el ciclo gracias a las plantas verdes.

b) Del dominio-explotación a un comportamiento de compromiso personal de participación y de administración responsable del medio ambiente.

- El puesto del hombre en la naturaleza. El hombre forma parte del medio físico, químico y biológico que le rodea y, a semejanza de cualquier otra especie viviente, está implicado en los procesos de la circulación de las sustancias alimenticias y del flujo de la energía y en el mantenimiento de los equilibrios necesarios para asegurar el funcionamiento de los ecosistemas naturales.

Debido, sin embargo, a una adquisición gradual de conciencia de sí y de los procesos del funcionamiento de la naturaleza, los humanos se han ido gradualmente liberando del determinismo que caracteriza la relación plantas-animales-medio abiótico y han ido desarrollando una confrontación natural con el propio marco de vida. En este marco se entiende por el término "cultura" el sistema de concepciones, valores, medios, expresiones socio-políticas, económicas, artísticas y éticas por los que una persona que vive en un grupo y el grupo mismo entran en contacto con su medio ambiente.

La historia de la humanidad no es sólo la historia de príncipes, guerras y alianzas, sino también del sucederse de culturas, con las que en el correr de los siglos las comunidades humanas han administrado su propio medio ambiente, confiriéndole identidad y armonía o comprometiendo, incluso dramáticamente, su funcionamiento. La presencia de la cultura en el escenario de la humanidad ha ejercido una influencia creciente en la adaptación del hombre a su medio ambiente.

- El medio ambiente humano. Para la población humana el medio social tiene el mismo peso que el medio físico. La integración de ambos medios configura el sistema medioambiental humano.

En la cultura de las sociedades industriales actuales, viciadas de reduccionismo, existe un claro dualismo entre naturaleza y ciudad. En realidad, la ecología, la ciencia que estudia los procesos del funcionamiento del medio athbiente en el espacio y en el tiempo y en la dimensión normal y alterada, propone hoy una visión más realista del problema. Los procesos de funcionamiento medioambiental se desarrollan de manera muy similar en el medio natural y en el medio humano.

A semejanza de la unidad del fenómeno vida y no obstante la multiplicidad de las formas vivientes, el medio ambiente en su realidad dinámica es unitario, difiriendo únicamente -por el sustrato en el que se desarrollan los procesos ambientales (agua, aire, suelo, diversas formas de plantas, de animales y de microorganismos) y -por el diferente modo de gestión de los procesos y recursos ambientales: determinista por parte de plantas, animales y microorganismos; consciente por parte humana.

Los ecosistemas humanos (una ciudad, un pueblo, etc.), ellos mismos con estructura, funcionamiento e historia propios, nacen y se desarrollan como sistemas de relaciones entre medio natural, realidad biológica de la población humana y las expresiones sociales, económicas, éticas, científicas, políticas y religiosas en continua evolución de la cultura humana.

Las sociedades humanas y cada persona en particular han desarrollado la capacidad de manipular el medio y los procesos medioambientales según un proyecto propio. Cada persona, por consiguiente, tiene la responsabilidad de hacer uso de esta conciencia con una finalidad de promoción o de destrucción de la calidad del medio ambiente en el que vive y actúa. Este concepto está en la base de la construcción de una nueva ética medioambiental y de la reflexión sobre la presencia humana en el escenario natural.

A este respecto, resulta importante señalar el cambio que ha experimentado en la misma legislación medioambiental el concepto de responsabilidad para con el medio ambiente. Se decía habitualmente que se está en regla actuando según las prescripciones legales; con las directrices para Seveso (CEE) se viene a decir sustancialmente que ninguna ley estatal puede exonerar a un ciudadano de la propia responsabilidad en la administración del medio ambiente.

Es científicamente erróneo sostener (como se sigue haciendo en algunos ámbitos) que en la naturaleza todo es equilibrio, armonía y orden, y que todos los dramas que afligen al medio ambiente hay que atribuirlos exclusivamente a las personas. En realidad, en el curso de las eras geológicas, tragedias ingentes trastornaron el asentamiento del planeta llevando a la extinción a una flora y fauna exuberantes.

Más aún: la presencia humana no queda sólo vinculada a aspectos que imitan los determinismos de un comportamiento puramente instintivo. "La calidad del medio natural", que Hugo Foscolo expresaba en los Sepulcros con las palabras "esta hermosa familia de hierbas y animales", se hace realidad en la naturaleza fundamentalmente a través del proceso "violento"de la depredación que está en la base de las cadenas alimenticias y a través de los ciclos biogeoquímicos, del flujo de la energía y de los procesos homeostáticos.

El arte, la poesía y la música, la organización social y económica de las comunidades, la participación en las alegrías y penas de los demás, la actividad política, la actuación gratuita, la lucha contra todos los factores (frío, peste, carestía, etc.) que durante milenios han diezmado la población humana, la atención a las naciones en vías de desarrollo, todo ello constituyen aspectos de un progreso que, respetando los procesos del funcionamiento de la naturaleza, ha enriquecido con nuevas expresiones el medio humano, hasta el punto de poder afirmarse que el medio humano es, al menos en potencia, más rico que el medio natural, al que abarca.

Pero junto a esta constatación, la experiencia cotidiana presenta episodios incluso dramáticos, indicativos del agravamiento del disenso entre sociedad y medio ambiente. El término "ambigüedad" describe mejor que ningún otro el comportamiento ético del hombre para con su medio ambiente. A semejanza del concepto de "crisis ecológica", invita a trabajar en una formación, una educación y una información medioambientales capaces de promover actitudes éticamente correctas hacia el medio ambiente y sus recursos.

- La cultura del dominio del hombre sobre la naturaleza y el medio ambiente humano: ¿cuáles son sus raíces? La evolución histórica de la relación entre el hombre y su medio es la historia de las manifestaciones de esta ambigüedad. El hombre ha pasado de sentirse parte de la naturaleza a un comportamiento de dominador y explotador de la misma, sin prestar atención alguna a la realidad y a los límites de la naturaleza y del medio humano mismo.

Las comunidades humanas han hecho una distinción entre plantas y animales, por un lado, y personas, por otro, a la vez que han establecido una relación de radical distanciamiento del aire, el agua, el suelo, las plantas y los animales, es decir, del medio natural. Este conflicto no se ha limitado a las relaciones entre naturaleza y sociedad, sino que se ha extendido a las relaciones entre persona y persona, entre países en vías de desarrollo y países industrializados, entre economía y ecología, entre ciencias y técnica, entre valores cuantitativos y cualitativos.

Segúndalgunos autores, interesados en los últimos decenios en el conflicto generalizado entre hombre y medio ambiente, la matriz cultural de esta actitud tendría un origen religioso y se remontaría a la antropología judeo-cristiana. Lynn White, por ejemplo, ha señalado tres motivos, a su entender presentes en la Biblia: la actitud de dominio que impregna los relatos bíblicos de la creación; la desacralización de la naturaleza llevada a cabo por la concepción bíblica; el impulso dado por el cristianismo al desarrollo de las ciencias y de la tecnología.

- La actitud de dominio en los relatos bíblicos de la creación. Escribe Lynn White: "La ciencia y la tecnología están tan penetradas por la arrogancia cristiana ortodoxa frente a la naturaleza, que no es posible esperar que provenga de ellas solas la solución de la actual crisis ecológica. Y puesto que las raíces de la crisis actual son mayoritariamente religiosas, también el remedio deberá ser esencialmente religioso". En síntesis, Lynn White apunta a la religión judeo-cristiana como a la principal fuerza instigadora del comportamiento erróneo que el hombre de los países industrializados tiene hacia la naturaleza. Ello se debe, en opinión de White, a que esta religión considera al ser humano superior a cualquier otra cosa creada y cualquier otra cosa ha sido creada para uso y disfrute de los humanos.

En Design with Nature sostiene McHarg (1969) que "el mandato del Génesis de someter la tierra y dominarla es el responsable básico de la explotación y del mal uso que la humanidad hace de los recursos naturales: alienta en efecto, los peores instintos del hombre".

¿Qué dice en realidad la Biblia? El AT presenta un primer modelo de relación hombre-naturaleza en los dos primeros capítulos del Génesis. La descripción de la creación del ser humano en el relato sacerdotal (Gén 1,26ss) remite a la representación egipcia (creación mediante la palabra), a una cultura, pues, ya evolucionado, eficiente y rígidamente organizada: "Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine los peces del mar, las aves del cielo, los animales domésticos y todos los reptiles... Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad los peces del mar, las aves del cielo y todos los vivientes que reptan sobre la tierra..."

Es diversa la representación de la creación del ser humano por parte de Dios en el relato yavista (Gén 2,7ss), el cual, como es sabida, es anterior como redacción al relato sacerdotal. El relato yavista describe al hombre según la representación del ambiente cultural babilónico. El hombre aparece, en Adán, con sus tres dimensiones principales: en relación con Dios, con la tierra y con sus hermanos. Después de hablar de la belleza de la creación, dice el texto: "El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén, para que lo guardara y lo cultivara".

La creación del hombre es coronación de la del universo, a propósito del cual el autor de este primer texto (sin duda menos reflexivo y elaborado que el relato sacerdotal) hace notar que Dios, al verlo, lo encontró muy bueno.

El pensamiento bíblico, derivado de una lectura crítica comparada de ambos relatos del Génesis, se puede sintetizar de la siguiente manera. El ser humano debe programar y llevar adelante su relación con plantas, animales y los demás seres humanos, sabedor del poder que posee y de la realidad de la naturaleza. El hombre puede ejercer de dos maneras esta tarea que Dios le ha encomendado, y que en la narración bíblica se le presenta como una mezcla de dominio, de deber de trabajar la tierra, de guardarla y de someterla, siempre en un contexto de colaboración con el trabajo de Dios: -pueden destruir la naturaleza, deformando el mandato de Dios y aduciéndolo como justificación de sus comportamientos de dominio-explotación con políticas de grupos o de individuos, de las que se encuentran ya exponentes claros en las antiguas civilizaciones clásicas. Actuando de esta manera, el hombre hace suya la tendencia instintiva que regula las relaciones entre especies vegetales y animales, y que la conciencia de sí y de los demás induce más bien a superar, a fin de conseguir una mejor calidad de vida; -pero los humanos pueden también responder al mandato de Dios gestionando el funcionamiento del medio ambiente y las relaciones con los demás humanos de manera responsable, enriqueciendo el medio con el trabajo de sus manos y con sus proyectos, haciendo uso de los recursos naturales con la conciencia de los límites que esos recursos tienen y sin arrogancia individual o de especie.

La elección de uno u otro tipo de comportamiento por parte del hombre se deja a merced de su libertad y de sus proyectos cuya ambivalencia, como ya ha quedado dicho, ha marcado durante milenios, a través de un alternarse de aspectos positivos y negativos, la trama de la relación entre humanidad y naturaleza, entre humanidad y ciudad.

Una lectura "sin glosa", como la presentada en la Biblia, de la relación entre el hombre y la naturaleza pone en evidencia sin lugar a dudas la ambivalencia humana y propone un antropocentrismo impregnado de responsabilidad. La conciencia no coloca al hombre fuera o sobre la naturaleza, sino que lo hace superior por ser responsable de esa naturaleza y de los demás hombres.

¿De dónde, pues, ha desarrollado la humanidad la práctica del dominio-explotación de la naturaleza? Una visión crítica y más documentada de las raíces históricas de la actitud existencial y de la práctica de dominio de los individuos y de los grupos humanos sobre el medio ambiente demuestra la existencia de civilizaciones que han tenido un desarrollo fuera del ámbito de la tradición jadeo-cristiana y en cuyo contexto las poblaciones humanas han ejercido un articulado dominio-explotación del medio ambiente.

En otros términos: las raíces del disenso entre hombre y naturaleza son todavía más universales y bastante más antiguas que la religión jadeo-cristiana. Hay que buscar esas raíces en algún otro denominador común, ínsito en la naturaleza humana, que ha estimulado una actitud de separación y de explotación de la naturaleza y de la misma sociedad humana independientemente de la geografía o de la religión.

Caben las siguientes posibilidades: -la actitud de distancia y de separación respecto a la naturaleza desarrollada entre la población del mesolítico ante la repentina falta de alimentos provocada por la mitigación del clima y por la fuga hacia el norte de la fauna. La población se habría "rebelado" contra la naturaleza, constriñéndola a proveerla de alimentos; con el neolítico nacieron la agricultura y la cría de ganado; -las prácticas de una errónea gestión medioambiental llevadas a cabo por las grandes civilizaciones orientales, que dieron curso a la desertización a través de intervenciones ecológicamente erróneas; -el racionalismo griego (el hombre medida de todo) y pragmatismo romano, culturas que han ejercido una notable influencia en la humanidad y que nacieron y se desarrollaron fuera de la órbita judeocristiana; -una traducción cultural incoherente del mensaje bíblico, transmitido a través de las expresiones de la cultura griega y latina, cuyas orientaciones se han asumido.

En esta óptica no se puede negar que el modelo bíblico ha experimentado en el contexto occidental interpretaciones diferentes y no siempre coherentes. A diferencia de otros temas (p.ej., el robo, la mentira, el respeto a los semejantes), la explotación masiva de la naturaleza no sólo no ha entrado como prohibición en la esfera de la ética, sino que se la ha interpretado como uno de los aspectos que caracterizan la misma identidad humana. Piénsese en la cultura mercantil del siglo xm, en el concepto renacentista del hombre, en la filosofía iluminista del siglo xvm, en la cultura económica del crecimiento económico ilimitado sostenida por tecnologías cada vez más poderosas, que han conducido a una explotación de los recursos naturales y de los procesos ecológicos sin consideración alguna de los límites de unos y de otros, reduciendo la naturaleza y cualquier manifestación de la vida a mercancía y desarrollando, sin preocuparse por ello, la cultura de muerte dei nihilismo.

En la actualidad los biblistas están ahondando en el sentido del término dominio. En todo caso, una de las propuestas, todo lo pequeña que se quiera, pero significativa, es la de eliminar el término mismo "dominio" de la cultura cotidiana, de las traducciones de la Biblia, de los textos de catequesis, de los medios de masas, y sustituirlo por una expresión que traduzca mejor el pensamiento de la Biblia en toda su extensión, por ejemplo la de custodia responsable.

- La desacralización de la naturaleza llevada a cabo por la concepción bíblica. "El afianzamiento del monoteísmo en ei judaísmo ha tenido como consecuencia el rechazo de la naturaleza. El afianzamiento del dominio de Yhwh -el Dios que había creado al hombre a su imagen y semejanzaha sido una declaración de guerra a la naturaleza. El relato bíblico es una patente para contaminadores y destructores del medio ambiente. Es como si la Biblia dijese: `Conquistad la naturaleza, someted al enemigo que amenaza a Yhwh"' (LYNN WHlTE, 1967).

Es posible que uno de los acontecimientos más importantes en el proceso de desacralización de la naturaleza y de la conquista riel dominio sobre ella haya sido el desinterés por el animismo, promovido por los filósofos griegos. Con su rechazo de la mitología tradicional, que en cada realidad natural veía una divinidad, ellos hacían hincapié en la capacidad de la mente humana para descubrir la verdad acerca de la naturaleza por medio de la razón. El medio ambiente no era ya para ellos un espacio lleno de dioses, sino un objeto de pensamiento y de análisis racional. `La frase de Protágoras `el hombre es la medida de todas las cosas' indica que la razón de ser de todas las cosas está en la utilidad que ellas tengan para la humanidad" (Platón). Aparece aquí por vez primera el concepto moderno de naturaleza como objeto de manipulación teórica (muchos filósofos griegos fueron observadores atentos de la naturaleza) y práctica.

Lo que para los griegos fue "una tarea filosófica", constituyó para los romanos el modo de gestionar la realidad, viendo en el medio ambiente una provincia por conquistar. A lo sumo, la filosofía griega sirvió a los romanos como justificación de su actitud escéptica de dominadores-explotadores y de manipuladores de la realidad natural y humana, actitud que constituye uno de los rasgos de su identidad.

El comportamiento actual de la humanidad con la naturaleza empalma en muchos aspectos, al menos como orientación, con la práctica empresarial de los romanos.

A este modo de entender la naturaleza, la Biblia ha aportado el elemento nuevo de la creación: el mundo no es divino, sino obra de Dios. De un solo golpe la naturaleza queda desacralizada, despojada de sus aspectos arbitrarios y ciertamente terroríficos. Pero es errónea la interpretación que de ellos hace Lynn White: "La desacralización de la naturaleza por obra de la religión judeocristiana, eliminando de golpe un motivo de veneración hacia ella, está en la base del proceso de reducción de la naturaleza a materia utilizable por la tecnología humana".

La doctrina bíblica de la creación ha contribuido de forma determinante al proceso de desacralización de la naturaleza, pero no ha dado justificaciones éticas para contaminar y destruir la naturaleza. La naturaleza tiene para el judío y para el cristiano un valor derivado de su ser de criatura (vio Dios que todo era bueno). Por eso el hombre no tiene el derecho de violentar la realidad de la naturaleza y del medio humano, sino que tiene la obligación de administrar su contexto natural y los recursos correspondientes (agua, aire, suelo, plantas, animales, etc.) con sentido de responsabilidad, evitando toda forma de rechazo de la vida.

0 El influjo de la religión judeocristiana en el desarrollo de la ciencia y de la tecnología. En el marco de lo dicho anteriormente es importante preguntarse en qué medida ha influido la concepción judeo-cristiana de la relación hombre-naturaleza en el desarrollo de la ciencia y la tecnología.

Es necesario advertir que la ciencia ha florecido también fuera del cristianismo, en países como China, la antigua Grecia o el islam, y que la concepción cristiana de la vida ha seguido en Oriente una orientación mística, indiferente a los acontecimientos y a los aspectos de organización.

Dicho esto, es indudable que -dentro de los limites restringidos de las posibilidades que ha tenido a su disposición- la incidencia que en la desacralización de la naturaleza ha tenido primero la religión judía antes de Cristo, y después el cristianismo ha abierto el camino a un conocimiento racional de la misma.

En esta visión de la realidad es importante releer la evolución histórica del comportamiento humano ante el medio ambiente. La clave de lectura se encuentra en dos constataciones básicas: O el hombre está llamado a superar por medio de la inteligencia y de la conciencia los determirnsmos del sistema natural y a organizar de forma original su propio medio social; El debido a un mayor y mejor conocimiento de los procesos del funcionamiento medioambiental y a una tecnología cada vez más poderosa, el hombre ha ido adquiriendo una mayor cantidad de alimentos, de espacio y de instrumentos culturales para la propia especie. En esta posición el hombre debe considerarse, desde un punto de vista ético, administrador responsable del capital de recursos naturales y de bienes culturales de que dispone en el curso de su vida; debe luchar contra las negativas y desastrosas calamidades naturales, pero debe también prestar atención tanto a las leyes que regulan la economía de la naturaleza como al complejo sistema de relaciones que confieren identidad a su medio humano.

Es indudable que el proceso de desacralización de la naturaleza ha incorporado la naturaleza misma a la historia humana y ha puesto en marcha un proceso de clarificación entre conocimiento científico experimental, conocimiento filosófico y conocimiento de fe, irreductibles entre sí desde el punto de vista del objeto y del método, pero relacionados a nivel de la persona viviente. Decía Benedetto C4stelli a Galileo Galilei: la Biblia no nos dice cómo está hecho el cielo, sino cómo se va al cielo.

La desacralización de la naturaleza ha sacado a la luz su dimensión temporal, su evolución en el tiempo. Existen ciclos anuales (los agrícolas) y ciclos más amplios (renacimiento de un bosque talado). En resumen, la naturaleza no es en la perspectiva bíblica un sistema fijo de ciclos que se repitan mecánicamente, sino un sistema en continua evolución.

c) Ideas y propuestas para una nueva ética del medio ambiente. También por influjo de los desastres ambientales, cada vez más graves y frecuentes desde los años sesenta, se ha impuesto con realismo la necesidad de establecer nuevas reglas de comportamiento humano frente al medio ambiente. Han surgido movimientos medioambientales, y las propias administraciones públicas, a través de la legislación, han contribuido eficazmente a que capas cada vez más numerosas de ciudadanos sientan el medio ambiente como algo propio y a lo que hay que prestar atención.

Durante los años setenta, y coincidiendo con el debate científico, económico y político sobre el medio ambiente, se ha venido desarrollando el interés de algunos grupos de filósofos por las relaciones entre el hombre y la naturaleza. Estos filósofos se han preguntado no tanto por los conceptos de bien, deber, justo o injusto, cuanto por lo que conviene y se debe o no hacer en problemas relacionados con el desarrollo de ciertas ciencias (medicina, biología, ecología, etc.), sin olvidar, por supuesto, la necesidad de construir o reconstruir modelos de racionalidad práctica.

Dos son los elementos que caracterizan a todas las éticas del medio ambiente: -el rechazo de concepciones morales tradicionales que sitúan al hombre fuera y sobre la naturaleza (es decir, de un antropocentrismo absoluto); -la ampliación del ámbito de la consideración moral, de manera que abarque no sólo a los hombres, sino también a las realidades no humanas presentes en un determinado marco medioambiental.

Este supuesto, va delineándose en el interior de la ética medioambiental contemporánea una doble orientación: -reconocimiento de un valor moral intrínseco a los objetos naturales y a las leyes reguladoras del funcionamiento del sistema natural (equilibrio, capacidad de sustentación, homeostasis, mecanismos de regulación del volumen de los números y de la población, etc.): se trata de una filosofía moral radicalmente anti-antropocéntrica; -reconocimiento de un valor moral derivado a los objetos naturales y a sus leyes, por considerarlos un bien cuya realización o puesta en práctica sirve a los fines o a los intereses de las comunidades humanas: se trata de una propuesta sobre la que hay que trabajar muy seriamente.

Entretanto se han venido desarrollando otras orientaciones de ética medioambiental: la orientación de liberación de los animales, la escuela de la ética de la vida, la escuela de la ética de la tierra.

Resumiendo, y en sintonía con lo expuesto anteriormente, parece que una ética medioambiental avanzada debe tener en cuenta dos hechos como base de una relación más correcta entre la sociedad humana y su contexto medioambiental: -los conocimientos elaborados por la investigación científica -en particular por la ecología- acerca del funcionamiento de la naturaleza; -la realidad biológica y cultural del hombre, su pertenencia a la naturaleza, su distanciamiento de ella a través de la conciencia y la responsabilidad en la gestión de sí mismo y del propio medio.

Hacer de estos fundamentos científicos y metodológicos la base de un comportamiento más correcto del hombre para con el medio ambiente adquiere hoy valor estratégico. De aquí la necesidad de analizar también bajo el aspecto ético aquellos temas de la actividad humana en los que la relación hombre-medio ambiente tiene una incidencia cada vez más determinante: -el progreso: encaminándolo hacia la recuperación de la calidad de vida; -la tecnología: desarrollando el valor que asume en cuanto obra de las manos y de la inteligencia humanas y subrayando que sus límites son fruto no de la tecnología en sí, sino de la ambigüedad del comportamiento humano en el uso de la misma; -la coordinación entre economía y medio ambiente: pasando de la concepción errónea de un crecimiento económico ilimitado y basado en lo cuantitativo a un desarrollo en el que cantidad y calidad tengan igual dignidad y donde la disparidad entre países industrializados y países en vías de desarrollo (hambre, sed, endeudamiento exterior) se aborde desde un conceptopráctica de economía de austeridad y de reciclaje por parte de los países industrializados; -los problemas planteados por la población humana: resolviendo los graves problemas planteados por el crecimiento numérico (en una de las partes) y por el control de la natalidad (en la otra parte) a través de un tratamiento de los mismos en una óptica personal, de pareja y de comunidad; -el concepto-práctica de antropocentrismo: optando por un equilibrio en el que los humanos sean garantes y administradores del medio ambiente y de los correspondientes recursos y en el que se tienda al ejercicio de un dominio-servicio (o poder-servicio) en lugar de un dominio-explotación, el cual no se corresponde con la auténtica identidad biológica y cultural del ser humano; -una reflexión crítica acerca de la inclusión de la naturaleza en la esfera de la historia y de la ética que sirva de base a la práctica de la conservación dentro de un desarrollo de los recursos natúrales (agua, aire, suelo, plantas, animales, parques y áreas protegidas) y de los bienes culturales, como testimonio que sonde la identidad de las generaciones que nos han precedido; -la defensa del valor de cada una de lis realidades naturales del mundo no viviente y viviente y de la vida humana; -una nueva cultura de la ciudad, el medio que a lo largo de los siglos ha sido y es hoy el centro de la elaboración cultural: pasando de una huida de la ciudad a una nueva apropiación de la misma a través del desarrollo de una ética nueva, abarcadora de la naturaleza además de la ciudad; -la recuperación de los valores del pasado en la civilización actual de tecnología avanzada: desarrollando un interés vivo por el futuro como objetivo ético de enorme urgencia e importancia; -la promoción del amor y del sentido de lo desinteresado como alternativa a la ética del homo homini lupus. En la naturaleza la relación entre la luz, las plantas, la oveja y el león es la de una competición, caracterizada por una depredación feroz: en estos procesos, en efecto, se basan el funcionamiento del medio natural y el grado de calidad del mismo. Pero ala inteligencia y al corazón humanos se les pide la superación de la depredación y de la competición, del comportamiento de consumo, del egoísmo frío, de la política de poderío y de soledad propia del domimo-explotación para abrirse a una relación inédita, basada en el amor y la fraternidad, en la disponibilidad desinteresada, y llegar a un compromiso de participación en la evolución del medio ambiente. Una actitud así no es ciertamente instintiva, y el promoverla afianza la identidad de las personas, de la communitas y de la civitas; -el desarrollo de la capacidad de proyecto en todos los sectores comunitarios de la persona, en la enseñanza, en los medios de masas, en las artes y en las profesiones, en el urbanismo y en la administración del territorio. Proyectar para el mundo real, para un mundo que emerge desde un sistema de relaciones vivo, en continua evolución, entre factores, procesos, subsistemas naturales y culturales que lo configuran; -el desarrollo, en un momento de evidente transición cultural como es el actual, de la capacidad de escuchar las voces, a menudo subterráneas y anónimas, a menudo descompuestas e incluso irritantes, que se esfuerzan por llevar a la conciencia de la comunidad dramas y esperanzas de la situación actual del medio natural y del medio humano. Resulta difícil individuar estas voces; pero resulta todavía más difícil escucharlas y, con la responsabilidad del adulto, traducir su llamada en programas concretos.

Surge espontánea la referencia a los jóvenes. Toda fase de transición de la sociedad ha tenido jóvenes que han advertido de los riesgos y los han denunciado con modos y lenguajes provocativos. La desgracia que una época como la nuestra puede tener es la de que no existan profetas, que no exista disenso, que no exista demanda de participación ni exista espacio para una denuncia libre y desinteresada de peligros mortales. Pobreza y riesgos de una época en la que se culpabiliza demasiado a la ligera al disenso, al que se le considera inútil y estéril o se le cataloga de rebelión, de apatía, de falta de compromiso, de desesperación.

III. Una conclusión:
      el mensaje
de Francisco de Asís

¿Por qué traer a escena a Francisco de Asís al finalizar un asunto que atañe a la búsqueda de la formación de una nueva ética medioambiental?

Francisco de Asís ha salido en los últimos decenios de una hagiografía marcadamente romántica y emocional y ha entrado, con la fuerza de un proyectista de raza, en la discusión acerca de la solución de la difícil relación entre hombre, naturaleza y ciudad. En 1982, octavo centenario de su nacimiento, los especialistas se preguntaron por las raíces de la presencia viva de Francisco de Asís y de su mensaje. Los motivos resultan evidentes leyendo y cotejando el contexto histórico de su época y de la nuestra.

Francisco de Asís vivió en el siglo xIII: época, como la nuestra, marcada por profundos cambios socioculturales y económicos. Con el desarrollo del comercio y la introducción de la moneda el siglo xin desarrolló la clase de los comerciantes, al margen de la sociedad agrícola y feudal. La ciudad fue asumiendo paulatinamente el liderazgo sobre el campo y el castillo. Los comerciantes desarrollaron un comportamiento de superioridad frente a la nobleza, asumieron mano de obra y, anticipándose a la época de la gran industria, pusieron en marcha en la ciudad las primeras formas de capitalismo y de sociedad del bienestar. Comercio, mercado de cambios y desarrollo del urbanismo requerían más terreno y materiales para la construcción de la ciudad y de su variada infraestructura, madera para la minería y la metalurgia. Todo ello llevó al desmantelamiento de grandes extensiones de bosque, a hechos, graves algunos, comprometedores de la calidad del medio ambiente y a un comportamiento gradualmente más generalizado de reducción de la naturaleza a materia.

De esta sociedad rebosante de iniciativas, pero que junto a la novedad presentaba gérmenes de rapacidad y de crueldad, Francisco de Asís no hizo un análisis científico o económico-social o político (aspectos todos ellos, por lo demás, importantes), sino que, sobre la base del ejemplo cargado de proyección, propuso un modo alternativo de vivir la relación hombre-naturaleza, hombre-ciudad. Y se le escuchó. En su atribulada y no larga vida, Francisco fue un infatigable tejedor de relaciones.

En el momento en que, abandonado y enfermo, siente la cercanía de la muerte, expresa esta relación en el Cántico de las criaturas: canto de la fraternidad cósmica, de la alegría de vivir juntos, del agradecimiento.

A la pregunta sobre los fundamentos de la nueva ética medioambiental es necesario responder partiendo -y no se trata de una actitud deferentede las dos características propias de la actitud de Francisco de Asís respecto al medio ambiente, que remiten a una meditación del evangelio "sin glosa" y a la contemplación de la naturaleza como signo: -Francisco renunció al dinero, al poder-dominio, al consumismo, y eligió el sentido del límite, la austeridad, la pobreza como valor y como "actitud de libertad" para poder desarrollar un trato familiar con Dios, con las cosas y con las personas, y una participación plena en la trama de las peripecias de la naturaleza y del medio humano; -Francisco de Asís asistió, desgarrado, al contraste entre el proyecto original y su adaptación, y le faltó talento organizador. Si lo hubiera tenido, habría entrado en la historia como el hombre de una cultura (caso de Inocencio III); pero no podría ofrecer, como hoy lo hace a nosotros, que vivimos en un contexto cultural completamente diferente, motivos y orientaciones que guían en profundidad nuestro trabajo de búsqueda de una cultura medioambiental alternativa a la que tenemos.

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A. Moroni