Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia MAL MORAL

MAL MORAL
TEOLOGÍA FUNDAMENTAL

R. Latourelle

El mal tiene formas infinitas, pero el mal más profundo tiene su fuente en el corazón del hombre. En el siglo del romanticismo, el mal era el sufrimiento, la enfermedad, la debilidad. Hoy se ha hecho aséptica la existencia humana al negar el pecado. Pero sabemos muy bien que el pecado sigue existiendo; más aún, que es el mal soberano. Por otra parte, el lenguaje común no se engaña cuando distingue entre lo que hace mal y lo que es malo, entre el mal sufrido y el mal querido. El sufrimiento y la muerte se llaman "humanos" en virtud del sujeto al que afectan; pero, en sentido estricto, sólo el pecado es "humano", ya que sólo el hombre es su agente, su sujeto libre y responsable. Lo que nace del corazón es lo que hace malo al hombre (Mt 15,19-20). Cuando hablemos del mal, nos referiremos aquí ante todo al mal moral, al pecado, a esa marea negra del amor pervertido que ahoga la vida. Por otra parte, puesto que la enfermedad y la muerte pertenecen también al escándalo del mal, se hablará de ellas en dos artículos distintos, como problemas específicos.

1. SUMISIÓN O REBELDIA. Antes de oír la respuesta de Cristo, examinemos dos posiciones que se oponen entre sí, lo mismo que se oponen también al cristianismo, a saber: el camino de la sumisión, que es una forma de anestesia, y el camino de la rebeldía.

1) La primera intenta integrar el mal en algo que lo supera a saber: el orden de la totalidad del universo. Por ahora -se nos dice- no vemos más que un aspecto de la realidad: el lado escandaloso. Pero si nuestra mirada pudiera considerar la totalidad de la historia, la injusticia se nos presentaría entonces como el medio provisional de una justicia integral.

En este sentido, cierta visión cristiana del mundo, que predica la resignación diciendo que "la cosa no es tan grave", que "todo acabará por arreglarse", que "el bien se saldrá con la suya", se parece curiosamente a la concepción marxista de la historia. Para el marxismo, en efecto, la angustia y el desaliento ante el sufrimiento de una humanidad alienada, explotada, se debe a nuestro conocimiento incompleto de la historia. El infierno es la condición necesaria para un acceso al orden definitivo. La dialéctica de los contrarios acabará suscitando una humanidad finalmente unida y reconciliada. Pues bien, la decadencia misma del proletariado será el motor y el detonante de su liberación. Salido de la desesperanza, el proyecto proletario tiende al establecimiento de una sociedad sin amos ni esclavos, en donde los antagonismos -necesarios hasta ahora- cederán a una doble armonía: la de los hombres entre sí y la de los hombres con el mundo. Para polarizar las energías de los hombres, basta por ahora hacerles vislumbrar un estado superior de humanidad, ultratecnificada, ultradesarrollada, de la que cada uno se aprovechará por su participación, en donde cada uno encontrará su realización intelectual y afectiva en la medida en que haga cuerpo con el sistema entero. La lucha de clases, que es el paroxismo del mal, anuncia la salvación del hombre.

El juego de la necesidad y de la libertad, en el sistema marxista, sigue siendo ambiguo. ¿Se trata de la libertad o de la impecabilidad? Situar el paraíso terreno en el futuro más bien que en el pasado no cambia en nada el problema. A la cuestión del mal, el marxismo responde con un optimismo impuesto. El camino de la sumisión o de la anestesia no es una respuesta a la angustia y al horror del mal. Si Dios existe y es amor, ¿cómo justificarlo diciendo que sacrifica a millones de inocentes por una "armonía" que triunfará algún día?

A veces se presenta una solución más radical todavía. En los siglos pasados los hombres pecaban, y no poco; pero sin jactancia ni bravatas, y se reconocían pecadores. La singularidad del siglo xx, incluso en los ambientes cristianos, es la de negar el pecado, la de ponerlo entre paréntesis. Atenazado por el pecado, por el mal, el hombre se niega sin embargo a llevar su peso: lo descarga en las instituciones, en las estructuras, en los determinismos (hereditarios, biológicos, psíquicos), en los otros, pero nunca en él. Está mucho más preocupado de la liberación colectiva que de la salvación personal. Se vuelve aséptica la existencia humana, lo mismo que ocurre con los instrumentos que utiliza el cirujano. Pero, al declarar así que todo está permitido y que el hombre es puro, se nos quita la posibilidad misma de ese ser-más que está ligado a nuestra condición de pecador, pero consciente y convertido al amor.

Por otra parte, es verdad que el cristianismo auténtico, al mantener con la Escritura que el mundo ha sido querido verdaderamente por Dios y que es el fruto de una intención, carga con la parte difícil. De forma equivalente declara con toda lucidez que el mal existe porque existe el bien. Al afirmar que Dios quiso el mundo, y nuestro mundo, se responde a la pregunta de Juana de Arco en el drama de Péguy: "Pero entonces, Dios mío, ¿por qué tanto mal? ¿Qué juego dramático quieres jugar con nosotros Señor? ¿Hasta cuándo, hasta cuándo estaremos sin comprender?" En el fondo no hay más que dos salidas: quedar desarmado y rendirse ante Dios, o bien rebelarse contra él.

2) En efecto, si se rechaza la actitud cristiana, no queda más actitud que la de la rebeldía.

En cierto modo, frente al mal es imposible no rebelarse. ¿Quién no ha conocido esos hervores de tormenta que se expresan en las imprecaciones de Job? Esta angustia ante el mal es en nosotros una especie de fuerza oscura, dormida, pero siempre dispuesta a saltar, nunca perfectamente domada. A1 aceptar en la fe el juicio de la Escritura sobre el mundo: "Y Dios vio que era bueno", el cristianismo corre el riesgo de provocar contra sí mismo y contra Dios una revuelta total, absoluta, implacable.

Ha sido Dostoyevski el que ha ofrecido la expresión más dramática de esta revuelta en Los hermanos Karamazov. Dirigiéndose a Cristo, que ha vuelto a la tierra para reanimar la fe y el coraje de los hombres, pero que de nuevo ha sido apresado y encarcelado, el gran inquisidor le dice: "Eres tú, tú. No digas nada. Cállate. Por otra parte, ¿qué es lo que podrías decir? Lo sé muy bien. No tienes derecho a añadir una sola palabra a lo que ya dijiste. ¿Por qué has venido a molestarnos? Porque nos desconciertas, lo sabes muy bien. ¿Pero sabes acaso lo que pasará mañana? Mañana te condenaré a muerte y te quemarán. Has visto a los hombres libres. Quieres ir por el mundo con las manos vacías, predicando a los hombres una libertad y una esperanza que su necedad les impide comprender, una libertad que les da miedo... Pero acabarán dejando esa libertad a nuestros pies... Tú has creído en la libertad humana, en vez de confiscarla... Nosotros hemos corregido tu obra, y los hombres se han alegrado de verse de nuevo conducidos como un rebaño. ¡Les convenceremos de que no serán verdaderamente libres más que abdicando de su libertad en nuestro favor!"

El día que descubramos que existe lo que no debería existir, que el mal se cierne sobre toda realidad y la arrastra, llegaremos a plantearnos la cuestión: ¿Quién es el que tiene más culpa? ¿El hombre o Dios? ¿El egoísmo y la ambición de los hombres que desencadenan todos los males, o ese Dios que castiga un mal al que él mismo ha abierto las puertas con la libertad? Este interrogante tenebroso está en el corazón de todos, sordo, angustioso. El hombre moderno se rebela contra Dios: como el poeta Lautréamont, que se suicida a los veintiún años gritando a Dios que contemple por toda la eternidad el suplicio que no ha merecido; como Nietzsche cuando dice que "Dios ha muerto... Dios seguirá estando muerto... ¡Nosotros lo hemos matado!" Nietzsche murió loco, pero con él nació el hombre rebelde.

La rebelión, efectivamente, es la condenación de Dios en nombre de la justicia y del horror al mal. Para corregir la obra de Dios hay que suprimir la libertad; pero para suprimir la libertad hay que suprimir a Dios, ya que nadie se rebela contra un Dios inexistente. La rebelión se hace contra un Dios que existe, y más concretamente, contra el Dios de los cristianos. Se quiere el silencio de Dios para no oír hablar ya de él, para que no se nos moleste con él. Se prefiere asesinar a Dios, como hicieron los judíos, para no tener que sufrir en el fondo del corazón la pregunta que nos condena.

Tras esta rebelión contra Dios se oculta no solamente el rechazo eterno de toda esperanza, sino incluso el rechazo de la misma condición humana. Al rebelarse contra Dios, los hombres se hacen capaces de los peores horrores. En efecto, la rebelión es totalitaria. Para acabar con el mal, para cambiar a toda costa la condición humana, se sacrifica a millones de seres en aras de un progreso concebido y hecho "a medida del hombre". Para corregir la obra de Dios se confisca la libertad; se entra entonces en un orden peor que cualquier mal. Cuando el nazismo quiso acabar con la podredumbre de Occidente, no retrocedió ante millones de muertos. Cuando el marxismo quiere imponer lo que él considera la justicia sacrifica a porciones enteras de la humanidad. Los peores asesinos de Shakespeare se detenían ante una decena de cadáveres, porque no tenían ideologías. Con sus ideologías, nuestro siglo no acaba de acumular crímenes sobre crímenes para librarnos de todo mal. Para exterminar el mal, se extermina a Dios. Pero una vez que se ha crucificado a Dios, el hombre está a merced del hombre, un lobo capaz de las más feroces hazañas.

En definitiva, ¿por qué es posible la rebeldía? Dios no quiso la rebeldía, pero quiso la libertad, que es la que permite la rebeldía. Si no fuéramos más que minerales o robots, la rebeldía sería imposible. Si mantenemos el poder terrible, formidable, de decir no, es precisamente por causa de la libertad. El hombre no es solamente una tecla de piano; es libre, y su libertad consiste en que puede escoger entre el odio y el amor. Cristo nos deja la última palabra. "El escándalo del universo -decía Bernanos- no es el sufrimiento, sino la libertad". Pero ante semejante poder atribuido al hombre y capaz de desencadenar las peores catástrofes, de provocar los peores horrores, cómo no sentir la tentación de decir: "¿Valía esto realmente la pena? ¿Por qué, Señor?"

Si Dios tuviera que excusarse de algo no sería del mal que nos ha hecho, sino de habernos hecho libres. Él escogió por una parte las piedras, los animales, los ordenadores, y por otra parte a las personas, esto es, unos seres capaces de decir sí o no incluso a Dios. Al crear unas "personas", aceptó el riesgo supremo. Por eso viene a nosotros, sin defensa, como un niño, con las manos vacías o los brazos extendidos en una cruz, para probarnos que nos quería realmente libres. Dios acepta que la grandeza del hombre se manifieste tanto por la rebelión como por el amor. Para un cristiano, el problema es más trágico todavía, ya que la libertad abre la posibilidad a una rebelión fijada para toda la eternidad. Lo cierto es que no hay más cita decisiva con el mal que Getsemaní y el Gólgota. A la locura de la rebelión y del mal no hay más respuesta que la locura de la cruz. Por respeto a nuestra libertad, Dios nos ha hecho comprender que la locura a la que nos arrastra consiste en desarmarnos sin defendernos, en rendirnos a Dios, en entregarnos a él por completo en la fe y en el amor. Esta aparente derrota es la única sabiduría. Si no, el hombre rebelde destruye y se destruye con su violencia. Si mantenemos que el inocente murió por todos, golpeado por todos, entonces, solidarios de Cristo, nos desarmamos con él, unidos como él en la última súplica: "Padre". En el perdón y en el abandono al Padre, Cristo manifiesta su fe en el hombre, capaz de volverse hacia él, y su abandono y su fe en el Padre, capaz de triunfar en la muerte por medio de la vida. Permanecemos en la noche, pero bajo las estrellas. Todos los que han vencido la rebeldía se han negado a defenderse y se han entregado a Dios: Pablo, Agustín, Francisco de Asís, así como todos esos pueblos oprimidos que esperan, por el perdón a sus opresores y por su testimonio fiel y tenaz al Señor, obtener la conversión de la rebeldía que oprime en amor que confiesa su pecado (C. MESTERS, La misión del pueblo que sufre, Madrid 19862).

2. CRISTO ANTE EL PECADOR Y ANTE EL PECADO. Ante las soluciones insatisfactorias de la sumisión y de la rebeldía, la filosofía ha multiplicado las precisiones para situar mejor el problema. Estas precisiones señalan el camino, pero no resuelven las cuestiones concretas del hombre frente al crimen, el odio, la injusticia, el martirio de los inocentes. Al enigma del pecado Cristo no ofrece una respuesta metafísica, sino una presencia y una actitud.

No tenemos más formas de conocer la visión de Dios sobre el pecado más que a partir de Cristo. Si hay algo que comprender, es mirando a Cristo. Pues bien, desde el Génesis hasta el evangelio, desde Oseas hasta Juan, la Escritura no deja de presentar a Dios como un amante. La creación es una historia entre dos, en donde el sí de Dios solicita el sí de su criatura. La creación, para realizarse, tiene necesidad del consentimiento del hombre, puesto que Dios no crea esclavos, sino seres libres. Dios no es un tirano, sino un amante: invita, llama, ruega: "¡Si quieres...!" Dios ama bastante a los hombres para dejar de lado su poder y correr el riesgo de un rechazo. Si hay un infierno, será el que haya querido cada uno. En efecto, el hombre puede eludir esta colaboración, ahogar esa llamada y producir un fracaso, una "descreación" del universo; pero no puede impedir que el amor siga amando. A medida que se comprende a Dios y su amor, se entra en los abismos de su ternura y de su fragilidad. Al crear libertades, Dios acepta ser crucificado por quienes se nieguen a amarlo, pero no por ello puede dejar de estar "en estado de amor".

En la perspectiva de la revelación hay que invertir la perspectiva de Camus y de Iván Karamazov. En vez de decir: "Si el mal existe, Dios no existe", hay que decir: "Si el martirio de los inocentes es tan grave, es que Dios existe, y él es su víctima con el inocente. Si el pecado es tan monstruoso, es porque atenta contra el hombre en su dignidad infinita. El mal puede tener el rostro horrible y escandaloso de una traición porque Dios existe. Dios está en ese inocente; crucificado con él. El pecado somos nosotros mismos "en estado de rechazo". Ante una humanidad obstinada, cerrada en sí misma, atrincherada en su rebeldía, ¿qué puede hacer el amor sino seguir amando? Porque Dios es amor y ha de seguir amando, como el esposo herido por la traición de la esposa y que ofrece su fidelidad desgarrada, desgarradora, con la esperanza de que el amor responda finalmente al amor.

Así es como Cristo se manifiesta en sus parábolas, en sus actitudes, en sus gestos, que son otros tantos signos. Ante la samaritana, ¿habríamos actuado nosotros como Cristo? A esta pecadora le propuso el camino más alto de la reconciliación. ¿Habríamos escogido a unos traidores como Pedro y Judas para hacer de ellos nuestros hombres de confianza? A los ojos de Cristo, el más miserable es capaz del mayor amor; el mal ladrón es el primer candidato al reino de los cielos. La originalidad del cristianismo es haber definido las relaciones del hombre con Dios, de la ruindad infinita con la infinita grandeza, en términos de "reciprocidad". Dios espera ser amado en retorno, y por amor a nuestro amor nos deja el poder de la ruptura o del consentimiento. Es éste el sentido de la parábola del hijo pródigo. Dios juega el juego de la libertad: se calla ante nuestra marcha; al volver su hijo, que ha dilapidado todo lo que había recibido, en el comportamiento del padre no aparece la cólera, ni la justicia, ni el perdón: es el padre el que aguarda al hijo y lo ve venir de lejos; el que interrumpe las excusas; el que manda traer la ropa, el anillo, las sandalias; el que corre hacia su hijo y se arroja a su cuello, porque el que más sufre es el que más ama. Dios ama, pero "a la medida de Dios", con un amor totalmente distinto del de los hombres. La primera víctima del pecado es Cristo.

El lavatorio de los pies anticipa la actitud de Cristo fijada en la "plástica" de la cruz. En el momento de celebrar la última cena con los suyos, Cristo se rebaja, se inclina para lavar los pies de sus discípulos, incluido Judas. Encuentro del amor con el rechazo, de la luz con las tinieblas, de Cristo con Satanás, del poder del mal con la omnipotencia del amor. Porque la omnipotencia, aquí, es la de la fragilidad, la del rebajamiento, la de la pobreza. Deliberadamente, Cristo asume la condición del siervo, totalmente a merced de los demás: al servicio de los hombres hasta ese servicio que consiste en salvar a los demás a costa de su propia vida. La cena, el lavatorio de los pies, la cruz: es siempre el amor que se da por amor, para desarmar el odio y el rechazo. Pero el drama del hombre es el de no creer en el amor que Dios le tiene.

3. EL DIOS CRUCIFICADO: ÚNICA RESPUESTA. La respuesta de Dios al cuestionamiento del hombre sobre el problema del pecado es el rostro desfigurado de su Hijo, "crucificado por nosotros". El encuentro con ese rostro es la respuesta más decisiva y desconcertante al problema del mal. Sin la cruz, Dios se queda en un lado y nosotros en otro. Pero, por la cruz, Dios se pone del lado de las víctimas, de los torturados, de los oprimidos, de los degradados. El hombre se levanta o se hunde ante esa mirada: "Haz que brille tu rostro y seremos liberados" (Sal 80,4).

Es conocida la dramática conversación que describe G. Bernanos en el Diario de un cura de aldea entre este último y la castellana del lugar, que después de perder a su hijo de corta edad vive en el odio y la rebeldía contra Dios.¡Ella odia a Dios! El cura, tímidamente, se atreve a hablarle de resignación. "Si no estuviera resignada -replica la condesa-, estaría muerta". Apenas consciente de sus palabras, el cura prosigue: "Con Dios no se regatea; hay que rendirse ante él sin condiciones. Déselo todo, y él devolverá más todavía". Obstinada, la condesa replica: "Si hubiera en este mundo o en el otro algún lugar en donde Dios no estuviera..., llevaría allí a mi pequeño y le diría a Dios: ¡Quédate satisfecho! ¡Aplástanos!" El cura pensaba en los sollozos, en los estertores arrancados a nuestra pobre humanidad bajo el yugo. Dijo: Señora, si nuestro Dios fuera el de los paganos y el de los filósofos..., podría refugiarse en lo más alto del cielo y nuestra miseria lo precipitaría de allí. Pero usted sabe que el nuestro se ha adelantado. Puede usted mostrarle el puño, escupirle al rostro y, finalmente, clavarlo en una cruz, ¿qué importa? Ya está hecho, hija mía... El infierno es no amar". Entonces, agotada por una dura lucha interior que dura once años, al cabo de sus fuerzas, la condesa se rinde. Con un gesto rápido tira al fuego el rubio mechón de cabellos de su pequeño que conservaba en un medallón como testimonio contra Dios. Pudo librarse de la soledad terrible: había encontrado a la inocencia desfigurada. Y, de pronto, su corazón se abrió: entró en ella la esperanza como un gran soplo de primavera. En la mirada de Cristo había encontrado la paz, la serenidad, el gozo inconmensurable. La noche siguiente, rota sin duda por la agonía que había vivido durante tantos años, la castellana murió reconciliada con el amor. Dos corazones aplastados bajo el mismo yugo; pero el amor había podido más que el odio.

De forma semejante, si queremos comprender sin escapatorias, hemos de contemplar la cruz, más sabia que cualquier explicación, más fuerte que toda contestación, más pujante que toda violencia. La ley suprema del mundo no es una ley cosmológica, sino la de un misterioso diálogo entablado entre la libertad humana, a la que se da la posibilidad de tener la última palabra, y la libertad de Dios, cuya última palabra no es una palabra, sino un acto, una pasión que nos descubre hasta dónde llega el pecado, pero al mismo tiempo hasta dónde llega el amor. La rebeldía no queda dominada desde fuera, sino hundida en el abismo del amor. En vez de encontrarse con la resistencia, el hombre no encuentra más que unos brazos abiertos. Para desarmar nuestra rebeldía, Dios propone una sobreabundancia de amor. En la cruz levantada en la encrucijada de los siglos, se convierte en el contrapeso del amor desgarrado, sangriento, que desequilibra de alguna forma, por exceso, todo el peso de nuestros desórdenes, que desactiva todos nuestros odios. Cristo en la cruz logra poner en el mundo más amor que lo que nunca habrá de odio.

Así pues, es preciso que revisemos todas nuestras ideas sobre Dios. Cuando Dios ve a sus hijos escoger la muerte negándose a responder a su llamada, ocupa su lugar y se hace su "respondiente". La cruz, por tanto, nos lleva a un mundo situado más allá de toda justicia, al mundo del amor; pero de un amor totalmente distinto, que es un misterio, porque es "a la medida de Dios". En ninguna parte Dios es más poderoso que en su impotencia. Si el misterio del mal es indescifrable, el del amor de Dios lo es todavía más.

La cruz es la última tentativa del amor para disolver en nosotros el odio, para desmantelar el egoísmo, para descrucificar a Dios. Pero ¿qué hay en el hombre, en esta humanidad pervertida, para que provoque tal exceso de amor, sino la posibilidad de que nazca un amor en cada uno de nosotros, de que se engendre un ser nuevo, libre y "liberado" para siempre, de que se introduzca un hijo en la vida trinitaria? Colgado del madero de la cruz, Cristo invita a los hombres a ponerse en manos del Padre, como hijos que él ha concebido con su amor.

La cruz de Cristo es el extremo de la sinrazón, la victoria más asombrosa, la más alucinante de las fuerzas del mal sobre aquel que es la vida, la fuerza. Pero al mismo tiempo es la revelación de un amor que vence al mal, no por la fuerza, no por un excedente de amor, sino por un exceso de amor que consiste en recibir la muerte de las manos mismas del amado y en llevar el castigo que le está destinado, con la esperanza de convertir en amor el amor desechado. La omnidebilidad de Dios se convierte entonces en su omnipotencia. "Aguas inmensas no podrían apagar el amor, ni los ríos ahogarlo" (Cant 8,7). "Nosotros anunciamos -dice san Pablo- a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos, pero poder y sabiduría de Dios para los llamados... Pues la locura de Dios es más sabia que los hombres; y la debilidad de Dios más fuerte que los hombres" (1Cor 1,2225). "El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor" (1Jn 4,8). ¿Qué podía hacer el amor que no haya hecho?

Ahora somos hijos de Dios y su Espíritu habita en nosotros. Pero para transformar así nuestra condición, fue preciso que Dios se hiciera solidario de los hombres, que atravesase (aunque sin conocer el pecado) el abismo de la ausencia abierto por el rechazo y la rebeldía de los hombres. Sólo el acto del Hijo encarnado en su doble naturaleza, a la vez divina y humana, podía asumir semejante misión. Cristo es el único punto de convergencia en el que todas las cosas quedan cumplidas, superadas, abolidas y sustituidas por la obra única que Dios realiza como hombre, y que solamente puede cumplir Dios en cuanto Dios hecho hombre. A la seriedad del Cristo crucificado, entregado por nosotros, tiene que responder la seriedad de nuestro amor, que hace fundirse toda rebeldía y todo rechazo en la incandescencia del amor trinitario.

4. DEL PECADO AL AMOR. El cristianismo no eliminó el pecado. No es una religión de consuelo ni de diversión, sino una religión de conversión. La respuesta del cristianismo al pecado es el amor que desarma, invitando a desarmarse por amor. El mensaje del cristianismo es un mensaje sobre el sentido de la libertad y del amor y sobre el dinamismo omnipotente del amor. Si hay una victoria sobre el mal, se alcanza por medio de un amor mayor que el odio. Cristo es ese amor en estado puro; por eso puede triunfar sobre nuestras rebeldías finitas.

Es ésta la historia de todos los cambios de situación que llamamos "conversiones" y que convierten en un instante a un pecador, a un criminal, en un santo. Paradójicamente, según el evangelio (Lc 15,17-20), es el pecador, en su bajada a los infiernos, el que está más cerca del reino. En efecto, muchas veces la complacencia en la mediocridad nos impide ver los abismos que hay en nosotros, y que el pecador percibe con frecuencia mucho mejor que el "justo" desde el fondo del precipicio. Su misma miseria puede entonces convertirse en un atajo hacia el amor y precipitarlo hacia Dios. Es verdad que Dios nos comprende, pero sin querer hacerse cómplice de nuestras triquiñuelas. Lo que se nos pide es que no nos neguemos a reconocer lo que somos de verdad, colocándonos en una honorable "medianía". El pecador que no se toma por otro distinto posee ya ese corazón roto por donde puede entrar la misericordia. Se reconoce "pecador amado". Nuestras resistencias, nuestros fariseísmos, son necios y falsos. Todos somos culpables; todos tenemos necesidad de desarmarnos ante el amor y de reconocernos prisioneros del pecado, pero amados por Dios; y jamás se nos amará con un amor más grande.

La respuesta del cristianismo al problema del pecado relativiza o disipa un gran número de pseudo-soluciones: a) los moralismos, por los que la cuestión del mal se resuelve mediante la satisfacción de una buena conciencia y del distanciamiento de los pecadores, pero olvidándose de que el mal está en el corazón del hombre como una posibilidad permanente y perpetua; b) los maniqueísmos, que conciben el mundo como un campo de batalla en que se enfrentan los buenos y los malos, en concreto los nuestros contra los otros: visión simplista, ya que la cizaña y el buen trigo andan siempre mezclados en los asuntos de este mundo; pretender eliminar el mal de un solo golpe con la guerra última que mate la guerra es una suprema ilusión, ya que la libertad y la gracia pueden desplazar en todo instante o hacer saltar las barreras mejor establecidas; c) los prometeísmos, para los que el mal está por completo en una alienación que, por no saber ni poder, hace al hombre dependiente de las fuerzas naturales y de las fuerzas sociales, a las que conseguirá dominar algún día con su instrumental técnico; pero no hay nada tan equívoco como esta visión del mundo: las técnicas pueden someter el hombre al hombre por medio de la explotación y de la manipulación cada vez más refinadas, cada vez más despóticas: la historia contemporánea ilustra abundantemente que estas amenazas no son utópicas.

El cristianismo es prometeico, pero a su modo, asociando al hombre a la obra todavía inacabada de la creación y de la redención. El cristianismo, sin embargo, al anunciar una salvación ya cumplida y siempre por hacer, es más optimista que todos los optimismos y más pesimista que todos los pesimismos. Estas dos actitudes tienen su sitio en un mundo que no es todavía el reino definitivo. Todos esperamos ese mundo nuevo en el que no haya ya lágrimas, ni mal, ni muerte (Ap 2,14). Pero, entre tanto, la falta de proporción entre lo que viene y lo que nosotros vemos nos parece tan grande que la fe misma se ve como llevada del vértigo. Ante la densidad del mal, su fuerza continuamente renovada, su amplitud, su proliferación, su violencia exasperada, el choque es demasiado fuerte. Mientras el mal tenga el buen sentido suficiente para guardar ciertos límites, podemos resistir todavía. Pero a veces se desencadena con tanta virulencia que tenemos miedo de sucumbir. Gritamos al Señor: "Sálvanos, que perecemos". ¿Habríamos resistido nosotros las condiciones de las víctimas de Dachau, de Buchenwald, de Auschwitz, de Treblinka, de Camboya? Hay que ser fariseos o ingenuos para pretender que no sucumbiremos nunca en el choque contra el mal, bajo el peso de la injusticia. Nuestra fe sigue expuesta al escándalo de la iniquidad, expuesta a la prueba, sin la certeza de salir de ella. Pero, precisamente, si nuestra fe es vulnerable, es que existe. Todos algún día hemos pasado o pasaremos por la criba en el desencadenamiento del mal. Sin embargo, la fe misma proclama que, si todos los consuelos de la tierra no sirven de contrapeso ante el mal, todavía existe menos proporción entre el peso de gloria que nos aguarda, que está ya presente, y el peso del mal que sufrimos. Es verdad que el mal, en algunos momentos, nos parece más violento, más duro, más odioso que todo lo que nos pudiéramos imaginar: es la hora del escándalo, de la prueba, de la oscuridad. Una prueba que nos hace descubrir que no damos la talla solos ante el mal. Mas, en un segundo tiempo, descubrimos que estamos todavía menos "adaptados" a la inmensidad del bien que ha de venir. Al misterio terrorífico del mal responde el misterio más impenetrable todavía de la felicidad que se nos ha preparado. Hay dos lugares, dos montañas, que simbolizan este misterio: el Gólgota y el Tabor. Está el peso del mal; pero está también el peso todavía mayor de la gloria que se eleva y que lo invade todo, como esas auroras boreales que transfiguran la noche ya poblada de estrellas. Aceptemos no triunfar contra el mal con jactancia, sino más bien vernos desarmados por el amor, ya que Cristo fue el primero que quedó desarmado ante nuestro rechazo, débil por amor.

Incluso ante la cruz, el mal moral, ligado a la libertad, sigue siendo un misterio; pero la sobreabundancia del amor manifestado en Cristo proyecta tal sobreabundancia de sentido que llega a iluminar este abismo tenebroso.

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