Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia GAUDIUM ET SPES

GAUDIUM ET SPES
TEOLOGÍA FUNDAMENTAL

La sensibilidad a los problemas del hombre y de su condición que se advierte en los pensadores recientes (p.ej., l Guardini, F.M. Sciacca, l M. Blondel, l Theilhard. de Chardín, /K. Rahner, G. Marcel, l Urs von.Balthasar, M. Légaut, M. Zundel, A. Solzhenitsin) es tan antigua como el propio cristianismo, que es esencialmente religión de la salvación del hombre en Jesucristo. Sin embargo, nunca se ha expresado ésta sensibilidad tan clara y explícitamente como en los documentos de la Iglesia a lo largo de las dos últimas décadas, especialmente en la constitución pastoral del Vaticano II sobre la situación de. la Iglesia en el mundo contemporáneo Gaudium et spes (7 diciembre 1960.

La Gaudium et spes es un documento original: a) es el documento más largo de toda la historia conciliar de la Iglesia; b) es la primera vez que un documento del magisterio extraordinario habla sobre los aspectos directamente temporales de la vida cristiana. Nunca se había hablado tan directamente del hombre enfrentado con los problemas de su vida en la tierra; c) también es nuevo el proceso que sigue el documento: en vez de partir de los datos de la fe, se apoya en una descripción de la condición humana en el mundo de hoy. Por consiguiente, un proceso empírico, y luego teológico. A lo largo de los cinco esquemas que marcan la historia de la constitución, la única línea verdadera y constante de reflexión fue esa preocupación de llegar al mundo, de interesarse por sus problemas, de ofrecerle los servicios de la Iglesia y, más en concreto, la luz del evangelio; d) el mundo al que se dirige la constitución es el hombre total: individuo y sociedad, materia y espíritu, inserto en una duración indefinida. El hombre es el individuo y la sociedad; pero es el hombre de "ahora", en el mundo "de hoy", en busca del sentido de la condición humana. Ésta es precisamente la perspectiva de la teología fundamental renovada.

La exposición preliminar de la constitución es concretamente una descripción del estado actual de la colectividad humana (nn. 4-10). El hecho brutal es que el hombre ha dado pasos gigantes hacia el progreso. En virtud de ello la imagen del mundo se ha visto trastornada (n. 3). El primero en sufrir los contragolpes de esta mutación acelerada ha sido el mismo hombre. Y la constitución enumera en forma de antítesis los principales de estos cambios, con su contrapartida (n. 4): 1) crecimiento prodigioso de las riquezas y de la economía por un lado, hambre y miseria de una gran parte de la humanidad por otro; 2) sentimiento agudo de libertad y de autonomía, junto con la presencia multiforme de la esclavitud social y psíquica (dominación, opresión, tiranía de la publicidad); 3) conciencia de la interdependencia de todos, de la solidaridad universal, y por otra parte rupturas sociales, raciales, políticas, ideológicas y amenaza de una guerra total; 4) difusión universal de las ideas a través de los medios de comunicación social, mientras que los mismos vocablos encierran sentidos muy distintos según las ideologías que los manipulan (libertad, trabajo, progreso); 5) organización temporal avanzada junto con un impulso espiritual en declive.

Ante un cambio tan rápido y profundo, ¿qué pasa con el hombre? El hombre se ve dividido entre la esperanza y la angustia. Le cuesta disipar las ambigüedades, discernir los valores permanentes. ¿A qué tantos esfuerzos terrenos? ¿Para qué la técnica? ¿Para qué el progreso? ¿Para qué la elevación de la masa humana hacia la cultura, si todo ese impulso no desemboca en un estado en el que el hombre y los valores humanos queden a salvo? Esta evolución del mundo es un desafío que hay que recoger (n. 5).

La Iglesia tiene que tomar conciencia ante todo de la dimensión de esta evolución y de su impacto en la colectividad. Debe ser más humana para ser más cristiana. El hombre es el lugar de encuentro de los hombres, de las políticas, de las religiones. Por eso la Gaudium et spes adopta expresamente como punto de partida la condición del hombre de hoy: tal es el dato básico del documento. Si la Iglesia intenta comprender "el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones, es para poder responder de una forma adaptada a cada generación, a las cuestiones eternas de los hombres sobre el sentido de la vida presente y futura y sobre sus mutuas relaciones" (n. 4).

Esta fenomenología no es, pues, un en sí; intenta un mejor servicio al hombre. Si la Iglesia escudriña los l signos de los tiempos, es porque se interesa por el hombre más que el hombre mismo; es porque no existe más que para la salvación del hombre. Su fenomenología tiende a establecer una antropología, y su misma antropología está inspirada en una visión del hombre en Jesucristo, el hombre nuevo.

La conclusión de este análisis de los cambios sociales, psicológicos, políticos, económicos, morales y religiosos de la humanidad se recoge al final del n. 9 y en el n. 10, que sirven de transición a todo el resto del documento: "En realidad de verdad, los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón del hombre" (n. 10). "Ante la actual evolución del mundo, son cada día más numerosos los que se plantean o los que consideran con nueva penetración las cuestiones más fundamentales: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que, a pesar de tantos progresos hechos, subsisten todavía? ¿Qué valor tienen las victorias logradas a tan caro precio? ¿Qué puede dar el hombre a la sociedad? ¿Qué puede esperar de ella? ¿Qué hay después de esta vida temporal?" (n. 10). Por eso, "bajo la luz de Cristo, el concilio habla a todos paraesclarecer el misterio del hombre y para cooperar en el hallazgo de soluciones que respondan a los principales problemas de nuestra época" (n. 10).

Que la revelación cristiana proyecta una luz sobre el misterio del hombre es lo que precisamente la Gaudium et spes se esfuerza en señalar en el primer capítulo de la primera parte: "la Iglesia y la vocación humana". Ante todo, la cuestión de fondo: "Pero ¿qué es el hombre?... Unas veces se exalta a sí mismo como regla absoluta y otras se hunde hasta la desesperación. La Iglesia siente profundamente estas dificultades y, aleccionada' por la revelación divina, puede darles la respuesta que perfile la verdadera situación del hombre, dé explicación a sus enfermedades y permita conocer simultáneamente y con acierto la dignidad y la vocación propias del hombre" (n. 12). La Gaudium et spes expresa de este modo, en términos que evocan los Pensamientos, de l Pascal, la paradoja miseria-grandeza constitutiva del hombre.

Los números 12 a 18 proponen las líneas generales de la antropología cristiana. En el origen, el hombre creado a imagen de Dios (n. 12), con la afirmación histórica del pecado (n. 13). Luego, la estructura fundamental del hombre como explicitación de la imagen de Dios, fundamento de su grandeza, su unidad y su interioridad (n. 14), su inteligencia (n. 15), su conciencia moral (n. 16), su libertad (n. 17). El número 18 prolonga la reflexión sobre un problema particularmente dramático: el de la l muerte. "El máximo enigma de la vida humana es la muerte". En efecto, la muerte es la angustia inscrita en el horizonte de la conciencia contemporánea. Por razones históricas (campos de exterminio, guerra permanente, amenaza atómica, accidentes de carretera y de aviones), por razones culturales (tema de la muerte que invade la novela, el teatro, la televisión, el cine, la prensa), por razones filosóficas (definición del ser humano como ser-para-la-muerte) y por una razón eterna, a saber: la angustia animal, humana y espiritual ante la muerte, el hombre -grandeza y miseria a la vez- se debate ante la muerte como ante un enigma insoluble e insoportable: "Juzga con instinto certero cuando se resiste a aceptar la perspectiva de la ruina total y del adiós definitivo. La semilla de eternidad que en sí lleva, por ser irreducible a la sola materia, se levanta contra la muerte" (n. 18). De este modo el hombre se siente hecho a la vez para morir y para no morir, dentro de una existencia abocada a la disolución.

A este abismo sólo puede responder otro abismo: el del misterio cristiano. Dios no ha hecho al hombre para la muerte, sino para la resurrección; así se afirma y se supera al mismo tiempo la muerte. La muerte es un paso que abre a la "comunión eterna" con Dios. Cristo fue el primero que atravesó la muerte para librarnos de ella. La muerte cristiana es el acto en el cual acaba de madurar la existencia humana, tomando su sentido definitivo. La muerte es la posibilidad de una "comunión en Cristo" con todos los que han muerto con él y en él. De este modo, donde el hombre no puede ya decir nada, la fe en aquel que es la resurrección y la vida nos enseña que el hombre es arrastrado, más allá de la muerte, hacia la vida eterna (n. 18).

Después de hablar de los que rechazan esa relación íntima y vital del hombre con Dios (ateísmo), la Gaudium et spes, en un párrafo más elaborado,(n. 23), presenta a Cristo, al "hombre nuevo", como la verdadera respuesta al misterio del hombre. La frase esencial es la primera: "En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado". Cristo aparece como la clave del enigma humano, el que descubre su sentido, ya que es el hombre nuevo, el nuevo Adán de la nueva creación y del nuevo estatuto de la humanidad.

En los párrafos siguientes se presenta a Cristo: a) como la imagen creadora y recreadora del hombre, como aquel que restauró en el hombre la semejanza con Dios, alterada por el pecado (n. 22); b) como "el redentor que, por su sangre libremente derramada, nos mereció la vida", de forma que cada uno puede decir: "Me amó y se entregó a sí mismo por mí"; c) como la salvación de los cristianos, renovados interiormente y conformados con Cristo por el don del Espíritu; d) como la salvación de todos los hombres de buena voluntad, asociados también al misterio pascual (n. 22).

El capítulo termina así: "Éste es el gran misterio del hombre que la revelación cristiana esclarece a los fieles. Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera del evangelio nos envuelve en absoluta oscuridad. Cristo resucitó; con su muerte destruyó la muerte y nos dio la vida, para que, hijos en el Hijo, clamemos en el Espíritu: Abba! ¡Padre!"(n. 22). Es el misterio de Cristo el que finalmente revela el hombre al hombre. Su verdad es que él es. hijo y está llamado a entrar en la vida trinitaria. La revelación, lejos de ser extraña al hombre, está tan íntimamente ligada a su misterio, que el hombre sin ella no podría identificarse a sí mismo. De aquí se sigue igualmente que, si la revelación no apareciese al hombre como una realidad de la historia y si pudiésemos discernir sus huellas, sus signos, el hombre debería interrogar a la historia y sobre todo interrogarse a sí mismo para descubrir si acaso Dios le interpelaba en ella.

BIBL.: AA.VV., Comentarios a la constitución "Gaudium et spes"; Madrid 1978; ALFARO J., Esperanza cristiana y liberación del hombre, Barcelona 1972 BARAONA G., La Iglesia en .él mundo de hoy, Madrid 1968; MOLINA MARTINEZ M.A., Diccionario del Vaticano II, Madrid 1969.

R. Latourelle