Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia II. Evangelización de la cultura

II. Evangelización de la cultura

La expresión "evangelizar las culturas" es relativamente nueva en la Iglesia. Según la concepción tradicional, la evangelización se dirige estrictamente a las personas, invitando a cada una de ellas a responder al anuncio de la buena nueva de Cristo. Propiamente hablando, sólo las personás son capaces de convertirse, de recibir el bautismo, de hacer un acto de fe y de adherirse a la Iglesia. Aun reconociendo que los primeros destinatarios de la evangelización son ante todo las personas, la Iglesia habla hoy de evangelizar las culturas, es decir, las mentalidades, las actitudes colectivas, los modos de vida. ¿Cómo comprender esta extensión del concepto de evangelización? La evolución se explica por dos razones principales. Por un lado, se ha producido una ampliación de la noción de cultura, aplicada no solamente a las personas, sino también a las comunidades humanas. Estas dos acepciones, individual y colectiva, de la cultura se encuentran muy bien traducidas en ciertas expresiones como "la cultura del espíritu", "una persona de cultura", "la cultura francesa", "la cultura de los jóvenes". Por otra parte, bajo el impulso del Vaticano II, la Iglesia se ha comprometido en un nuevo diálogo con el mundo moderno y sus culturas, percibidas como un espacio vital para el porvenir religioso del hombre.

1. LA CULTURA COMO TERRENO DE EVANGELIZACIóN. Fijémonos primero en la noción de cultura. Tradicionalmente, la cultura se dice de las personas, de su desarrollo intelectual, de su creación artística, de sus producciones específicas. Así se habla de una persona culta, es decir, erudita, instruida, que ha desarrollado sus dones y sus talentos. Esta acepción sigue siendo válida; pero al lado de esta cultura, llamada `clásica" o "humanista", se ha impuesto a nuestros contemporáneos un concepto "antropológico" de la cultura. En este sentido, se habla de identidad cultural, de cultura popular, de cambios culturales, de desarrollo cultural, de diálogo de las culturas. La cultura designa entonces los rasgos característicos de un grupo humano, sus modos típicos de pensar, de comportarse, de humanizar un ambiente determinado. Cada comunidad humana se reconoce por su propia cultura.

Esta realidad cultural, colectiva e histórica, se percibe hoy como objeto de evangelización. No basta solamente con llegar a los individuos uno por uno; es también la colectividad a la que hay que alcanzar en su cultura para evangelizarla, como ha dicho enérgicamente Pablo VI: "Para la Iglesia no se trata solamente de predicar el evangelio en zonas geográficas cada vez más amplias o a poblaciones cada vez más masivas, sino también de llegar y de convertir por la fuerza del evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes de inspiración y los modelos de vida de la humanidad que son contrarios a la palabra de Dios y al proyecto de la salvación" (Evangelii nuntiandi, n. 19).

Así pues, el evangelio se dirige a la vez a la conciencia individual y colectiva, en el intento de regenerar la cultura de las personas, así como la cultura de los grupos humanos, es decir, las mentalidades típicas de un ambiente determinado.

Para captar, más allá de las fórmulas, lo que significa "evangelizar las culturas", hay que partir de un dato, que podríamos llamar socio-teológico: el hecho de que el evangelio es de suyo creador de cultura. Lo recordaba Juan Pablo II en su discurso en la Unesco (2 de junio de 1980), cuando subrayaba "el vínculo fundamental del evangelio, es decir, del mensaje de Cristo y de la Iglesia, con el hombre en su humanidad misma. En efecto, este vínculo es creador de cultura en su mismo fundamento". Toda la historia del cristianismo ilustra el poder civilizador del evangelio.

2. UNA LARGA EXPERIENCIA DE EVANGELIZACIÓN DE LA CULTURA. Desde sus orígenes, la Iglesia ejerció su acción sobre la cultura, iluminando, purificando y elevando el espíritu humano por el anuncio del evangelio. Los grandes pensadores cristianos, como Orígenes y Agustín, expresaron el mensaje de Cristo en unas categorías inteligibles a sus contemporáneos. Más tarde, algunos teólogos geniales, como santo Tomás de Aquino, enriquecieron el pensamiento racional y religioso elaborando audaces síntesis entre la filosofía clásica y la doctrina de Cristo. Este aspecto, más intelectual, de la evangelización de la cultura sigue siendo actual y constituye para cada generación cristiana un reto vital para la Iglesia. Este mismo reto se extiende a la creación artística. La historia atestigua una verdadera evangelización de la imaginación y del simbolismo por medio de creaciones pictóricas, arquitectónicas, musicales, poéticas, inspiradas en la fe cristiana (/Belleza). Pensemos, por ejemplo, en la admirable profusión de imágenes de Cristo y de la virgen María que han enriquecido para siempre la historia del arte. Pensemos en fray Angélico, que creaba obras admirables rezando y evangelizando. Recordemos los tesoros de la música gregoriana. Se puede entonces trazar un vínculo muy claro entre el progreso de la evangelización y el nacimiento de un verdadero humanismo cristiano.

La difusión del evangelio por todo el imperio romano había introducido una nueva pedagogía de las inteligencias y de las conciencias. A partir de unas escuelas modestas, centradas sobre todo en el estudio de la Escritura, alimento de la vida interior y fuente de la predicación, la Iglesia desarrolló las primeras facultades consagradas a la teología y a las ciencias entonces conocidas. Así nacieron las universidades, que marcaron profundamente a toda la Europa y a los países a donde ésta irradió. La cultura estuvo marcada por un humanismo a la vez teológico, literario y científico, que formó a la elite intelectual, comprometida en la construcción de Europa y de su civilización. Esta cultura del espíritu y del corazón fue la que dio los grandes exploradores y los evangelizadores geniales, como Mateo Ricci en China, Roberto de Nobili en la India, Las Casas en América Latina.

Mediante una lenta ósmosis, toda la civilización estuvo entonces impregnada de los valores del evangelio y todos los aspectos de la sociedad se vieron influidos por el espíritu cristiano. León XIII recordaba este resultado de la evangelización en una fórmula impresionante: "Hubo una época en que la filosofía del evangelio gobernaba los Estados; en aquel tiempo, la fuerza y la influencia soberanas del espíritu cristiano habían penetrado en las leyes, en las instituciones, en las costumbres de los pueblos y en la organización del Estado" (Inmortale Dei, 1 de noviembre de 1885, n. 9).

Estas breves indicaciones históricas permiten comprender lo que significa transformar las culturas por la fuerza del evangelio. Se vislumbra cómo actúa el evangelio a nivel de las personas, de las costumbres, de las instituciones. Esta acción de la Iglesia sobre la cultura de las personas y de las comunidades humanas se ejerció desde los orígenes del cristianismo, o sea, mucho antes de que nuestros contemporáneos empezasen a hablar de evangelizar las culturas. Debemos entonces preguntarnos cómo se explica el extraño éxito de esta expresión, relativamente reciente, y reflexionar sobre la novedad que supone en el planteamiento pastoral de la Iglesia actual.

3. UNA NUEVA CONSIDERACIÓN DE LA EVANGELIZACIÓN. Esta novedad, se debe a varios factores. Está en primer lugar el hecho de que todas las culturas están actualmente sometidas a cambios rápidos y profundos. Todos nuestros contemporáneos se preguntan cuál será el porvenir de los valores culturales que daban hasta ahora estabilidad a las costumbres, a las actitudes, a las instituciones, a los comportamientos tradicionales. Proyectados en la era moderna, todos los grupos humanos se preguntan por su identidad cultural y sienten la necesidad de tomar en sus manos su propio futuro, según unos criterios opcionales cuya importancia moral y espiritual es fácil de percibir. Esto ha sensibilizado notablemente a nuestros contemporáneos frente a los cambios culturales, su significado y su orientación. Las intuiciones de los antropólogos y de los sociólogos, relativas al análisis y a la acción culturales, han pasado a ser actualmente patrimonio de la mayoría. Los gobiernos se han comprometido entonces en atrevidas políticas culturales, creando ministerios de cultura y diversos organismos de promoción cultural.

La Iglesia, sobre todo en el Vaticano II, ha acogido esta visión moderna de las culturas como realidades humanas que hay que comprender, discernir y evangelizar. Juan Pablo II ha creado para ello el Consejo Pontificio de la Cultura, a fin de sensibilizar a toda la Iglesia en las tareas concretas de la evangelización de las culturas y del desarrollo cultural. La cultura se ha convertido, también para la Iglesia, en una categoría dinámica indispensable para el análisis social y para la definición del compromiso cristiano en el mundo moderno. En esta perspectiva histórico-antropológica, en donde el porvenir de las sociedades exige un análisis cultural con vistas a la acción cultural, se capta toda la significación que reviste la evangelización de las culturas.

La evangelización cultural que la Iglesia realizaba en otras épocas mediante una acción lenta y una paciente ósmosis de los espíritus y las costumbres, debe emprenderse hoy con un esfuerzo mucho más consciente y metódico.

a) Rupturas entre la fe y la cultura. El hecho masivo y dramático de la secularización-exige ahora una nueva reflexión sobre la evangelización de los espíritus y de las mentalidades. En el mundo moderno, la religión y la cultura no van a la par, como en las sociedades del pasado. Las culturas desacralizadas y descristianizadas se han convertido en un nuevo terreno de evangelización. Esta toma de conciencia es lo que motiva y justifica la evangelización de la cultura. Pablo VI subrayaba su urgencia dramática: "La ruptura entre el evangelio y la cultura es sin duda el drama de nuestra época, como lo fue también en otras épocas. Por tanto, hay que hacer todos los esfuerzos con vistas a una generosa evangelización de la cultura, o más exactamente de las culturas" (EN 20).

Esto exige ante todo en el evangelizador la percepción mental de la cultura como terreno específico que cristianizar. Se necesita una formación en la observación, en el discernimiento y en el descubrimiento de los sectores culturales en donde pueda penetrar el evangelio. Esto significa que el esfuerzo evangelizador debe buscar a la vez expresamente la conversión de las conciencias individuales y la conversión de la conciencia colectiva. Pablo VI describía así los dos aspectos, personal y colectivo, de la evangelización: "La Iglesia evangeliza cuando, con sólo la fuerza del mensaje proclamado, intenta convertir la conciencia personal y colectiva de los hombres, las actividades que emprenden, la vida y sus ambientes concretos" (EN 18).

b) El `éthos' por evangelizar. Percibir la cultura como terreno de evangelización significa distinguir, en un ambiente cultural, lo que, entre otras cosas positivas, esté en contradicción con el evangelio y lo que exige ser purificado, regenerado y elevado. Puesto que la cultura está constituida precisamente de modelos de comportamiento y de maneras típicas de pensar, de juzgar, de sentir, es en el nivel de la actuación colectiva donde hay que hacer penetrar la luz y la fuerza del evangelio. ES el ethos de un ambiente lo que hay que captar, esto es, los códigos de conducta recibidos comúnmente en un grupo humano. El ethos puede a veces estar en contradicción con la ética, proponiendo como "normales" ciertas conductas que acaban por destruir al ser humano y su dignidad; pensemos, por ejemplo, en la práctica del aborto, de la eutanasia, del racismo; pensemos en la permisividad y en el individualismo, erigidos en estilos de vida.

La evangelización de las culturas obligará muchas veces a los cristianos a mostrarse contraculturales; tendrán que criticar y denunciar lo que en su propia cultura se recibe como lógico, pero que tiende a oscurecer las conciencias y a debilitar el sentido moral. La presión de las modas, de los juicios y de los intereses colectivos actúa en profundidad sobre las culturas vivas y condiciona los comportamientos comunes. Evangelizar significará discernir esos modelos de comportamiento según los criterios de la enseñanza de Jesucristo, que vino a salvar a todo el hombre en su dimensión personal, social y cultural.

Sin embargo, la denuncia del mal, del pecado individual y colectivo, postulará también, en un aspecto positivo, el anuncio del ideal evangélico, que responde a las aspiraciones más secretas de toda persona y de toda cultura. El evangelio tendrá que influir en los sectores clave del obrar colectivo, como la familia, trabajo, la educación, el ocio, los ambientes sociales, económicos y políticos. No se trata solamente de recordar los principios de una moral social, sino de convertir las mentalidades y de transformar con la fuerza del evangelio las escalas de valores que marcan a una cultura viva tanto para el bien como para el mal. Es preciso que los efectos de la redención cambien las maneras de pensar y el ideal de comportamiento de un ambiente particular. Cada cultura pide ser interpelada en sus modas, sus costumbres, sus tradiciones. Más en concreto, un ambiente cultural determinado tiene que descubrir que hay una "manera cristiana" de trabajar, de vivir en familia, de educar a los hijos, de dirigir una escuela, de servir al bien común, de comprometerse en política, de defender los derechos humanos. No es fácil esta acción sobre las mentalidades; se ejerce ante todo a través de las personas y de las familias. Intenta sensibilizar las opiniones y los juicios colectivos con vistas a una conversión real de los comportamientos.

c) Conversión de las conciencias y de las culturas. Ciertamente, es indispensable proponer una ética social; pero la enseñanza moral no constituye más que una primera etapa de la evangelización. No hay evangelización sin conversión, sin cambio de las conciencias. La fe tiene que llegar a transformar la cultura viva de un ambiente. Ciertamente, la conversión de las culturas debe entenderse en analogía con la conversión individual; pero hay que subrayar que la conciencia colectiva tiene también una verdadera necesidad de purificación y de metanoia. Se dan en las sociedades "estructuras de pecado" o "faltas sociales", que son el resultado de múltiples pecados personales, de corresponsabilidades o complicidades más o menos confesadas; de omisiones, de ambiciones, de prejuicios colectivos. La conversión de la conciencia colectiva exigirá un esfuerzo común y la colaboración de un gran número de personas dispuestas a reconocer el hecho del pecado socialmente difundido y la necesidad de redención de la cultura. La evangelización de las culturas se realiza entonces por medio de unas personas que aceptan el mensaje salvífico de Cristo en su vida individual y en su ambiente vital. Se produce así una especie de influencia mutua entre las conversiones individuales y las conversiones colectivas. Así pues, la fe debe alcanzar al mismo tiempo a las conciencias y a las culturas. Es ésta la síntesis que ha de operar la evangelización de la cultura, como decía Juan Pablo II: "La síntesis entre la cultura y la fe no es solamente una exigencia de la cultura, sino también de la fe. Una fe que no se hace cultura es una fe que no es plenamente acogida, totalmente pensada y fielmente vivida" (Carta de fundación del Consejo Pontcio de la Cultura, 20 de mayo de 1982).

4. EL RETO DE LA CULTURA DE MASAS. Para captar todo el alcance y también la dificultad de actuar sobre las culturas de hoy, es interesante observar con atención lo que se llama la cultura de masas y el impacto de los medios de comunicación local sobre las mentalidades modernas. Los mass media ofrecen en nuestros días un medio particularmente eficaz para la acción cultural. Se han convertido en poderosos agentes de producción y de transmisión de una cultura de masas que condiciona a los espíritus y a las conciencias. Todo esfuerzo metódico de evangelizar las culturas tendrá que conceder una atención especial a esos medios, y los cristianos tienen que aprender a discernir y a criticar eficazmente la cultura producida por esos medios modernos. Importa sobre todo que los valores cristianos encuentren su expresión en la producción y difusión de los mass media. Se trata de un reto decisivo para el porvenir de la cultura y de la evangelización. Ha sido precisamente la irrupción de los medios de comunicación social en la vida moderna lo que ha desconcertado radicalmente los valores y las mentalidades, hasta el punto de que las familias, las escuelas y las Iglesias se sienten amenazadas en su manera tradicional de educar a las nuevas generaciones.

Si insistimos en el significado de los mass media en la sociedad moderna, no es porque los consideremos como. la única causa de los cambios culturales, sino sobre todo porque representan a nuestros ojos el enorme influjo que tiene toda acción sobre las culturas actuales. Esos medios, ciertamente, son productores de cultura; pero son sobre todo los reveladores de la conciencia moderna, con sus valores, sus gustos, sus aspiraciones típicas. En ese nivel es donde se sitúa el nuevo terreno de la evangelización. Este hecho de la civilización como tal es el que interpela a los cristianos.

5. LA MODERNIDAD COMO CULTURA. La cuestión nueva y tremendamente compleja que se le plantea entonces a la Iglesia es saber si las creaciones prodigiosas de la civilización moderna servirán al bien espiritual o a la ruina de las conciencias. La modernidad misma debe comprenderse como una cultura que evangelizar. La cultura contemporánea está marcada por el impacto .que los fenómenos de la urbanización y de la industrialización ejercen continuamente sobre las maneras de pensar y de obrar. La l modernidad va acompañada indudablemente de un progreso y .de unas esperanzas que el evangelizador ha de saber asumir, pensando en un desarrollo cultural abierto a la esperanza cristiana. Al contrario, la cultura moderna tiene que ser criticada en sus rasgos negativos, que constituyen un obstáculo para el progreso humano y espiritual de las personas y de las sociedades. La conciencia moderna tiene que enfrentarse ahora con problemas morales de una dimensión planetaria, como la construcción de la paz, la solidaridad. en el desarrollo de todos, la protección de la naturaleza. Estas cuestiones superan las capacidades de cada individuo, pero nadie puede sentirse indiferente ante las responsabilidades comunes. Estas exigencias forman parte ahora de 1a cultura que emerge en el mundo.

En adelante; el esfuerzo evangelizador tendrá que tener en cuenta esta amplia dimensión de las nuevas, culturas. La seriedad del reto sugiere que esta. tarea.no podrá llevarse a cabo sin un esfuerzo más concertado y metódico de todos los responsables de la evangelización. Ninguna diócesis, ninguna parroquia, ningún instítuto o movimiento religioso conseguirá él solo asumir la misión de evangelizar a las culturas de hoy. Resulta indispensable un esfuerzo conjunto en todos los niveles. Aquí es donde reside la novedad y la promesa de la evangelización de las culturas. Este problema es actualmente objeto de investigaciones y de estudios especiales, centrados en el tema anejo de la l inculturación del evangelio. Las dos cuestiones se iluminan mutuamente: la evangelización de la cultura y la inculturación del evangelio deben comprenderse en sus mutuas relaciones y en su complementariedad (! Evangelización; III).

En resumen, lo que se necesita es una nueva sensibilización de los responsables de- la evangelización. Se les pide que perciban la dimensión cultural de la acción pastoral y que promuevan una aproximación concertada al problema a nivel de toda la comunidad cristiana, para que la fe penetre y regenere las culturas vivas. Es éste uno de los desafíos más urgentes de la evangelización, como afirma Juan Pablo II: "Tenéis que ayudar a la Iglesia a responder a estas cuestiones fundamentales para las culturas actuales: ¿Cómo es accesible el mensaje de la Iglesia a las nuevas culturas, a las formas actuales de la inteligencia y de la sensibilidad? ¿Cómo puede la iglesia de Cristo hacerse oír por el espíritu moderno, tan orgulloso de sus realizaciones y al mismo tiempo tan preocupado del porvenir de la familia humana? ¿Quién es Jesucristo para los hombres y las mujeres de hoy?" (Al Consejo -Pontificio de la Cultura, 16 de enero de 1984).

BIBL.: CARRIER H., Evangile et cultures: de Léon XIII á Jean-Paul 11, Ciudad del Vaticano 1987; CHIAVAccI E., Cultura, en Diccionario teológico interdisciplinar, vol. 2, Salamanca 1982, 230-240; DUCH Ll., Historia y estructuras religiosas, Barcelona 1978; LUZBETAK, The Church and Cultures: New Perspectives in Missiological Anthropology, Maryknoll (N.Y.), 1988; MARITAIN J., Religión y cultura, Buenos Aires 1940; TORNOS A., El servicio a la fe en la cultura de hoy, Paulinas, Madrid 1987.

H. Carrier


 

III. Nueva evangelización

El término "nueva evangelización" se ha hecho corriente en la Iglesia ,y se ha difundido sobre todo por la enseñanza de Juan Pablo II. Se han utilizado también otras variantes: segunda evangelización, reevangelización, nueva etapa de la evangelización. Este concepto se refiere a las nuevas condiciones de evangelización en el mundo actual. En efecto, la tarea de evangelizar las conciencias y las culturas (! Evangelización, II) presenta hoy un nuevo desafío, ya que ocurre a menudo que los ambientes por cristianizar estuvieron marcados en otro tiempo por el mensaje de Cristo, pero la buena nueva ha dejado de ser escuchada ante la indiferencia y el agnosticismo práctico. La sociedad secular ha agravado especialmente este clima de fe inhibida o dormida. Por eso se impone a la Iglesia la tarea de emprender una nueva evangelización. Preguntémonos qué diferencias existen entre la primera y la nueva evangelización.

La primera evangelización es la que revela la novedad de Cristo redentor "a los pobres" para liberarlos, convertirlos, bautizarlos e implantar la Iglesia. La evangelización se propaga en las conciencias y en las estructuras básicas de la fe: la familia, la parroquia, la escuela, las organizaciones cristianas, las comunidades de vida. Hay ya aquí una verdadera evangelización de la cultura, es decir, una cristianización de las mentalidades, de los corazones, de los espíritus, de las instituciones, de las producciones humanas. Las culturas tradicionales fueron cristianizadas así mediante un lento efecto de ósmosis. La conversión de las conciencias transformó profundamente las instituciones. Conocemos bien los prototipos de la primera evangelización: san Pablo, san Ireneo, san Patricio, los santos hermanos Cirilo y Metodio, san Francisco Javier.

Muchos evangelizadores del pasado realizaron una obra considerable de I inculturación ante litteram. Juan Pablo II recordaba que "los santos Cirilo y Metodio supieron adelantarse a ciertas conquistas, que han sido asumidas por la Iglesia en el concilio Vaticano II, sobre la inculturación del mensaje evangélico en las diversas civilizaciones, tomando la lengua, las costumbres y el espíritu de la raza en toda la plenitud de su valor" (discurso en Santiago de Compostela, 9 de noviembre de 1982). Notemos que la primera evangelización no ha terminado aún en el mundo y que muchas veces resulta enormemente difícil: en la India, en Japón, en los ambientes islámicos, budistas, en varios sectores de la sociedad.refractarios a los valores religiosos.

La nueva evangelización se presenta en unas condiciones muy diferentes. La segunda o la nueva evangelización se dirige a poblaciones que fueron cristianizadas en el pasado, pero que viven ahora en un clima secularizado, infravalorando el hecho religioso, tolerando una religión privada y a veces combatiéndola directamente o poniéndole trabas indirectas por obra de políticas y de prácticas que marginan a los creyentes y a sus comunidades. Se trata de una situación nueva, que nunca se había presentado antes con tanta intensidad en la historia de la Iglesia. Exige un esfuerzo colectivo de reflexión para descubrir los sujetos o los destinatarios de la nueva evangelización, condición indispensable para reevangelizar las culturas.

1. ¿A QUIÉN SE DIRIGE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN? Intentemos comprender la mentalidad de las personas que son los destinatarios de la evangelización nueva.

a) Los nuevos ricos. Esas personas no se consideran psicológicamente como los "pobres del evangelio", sino más bien como "ricos", personas satisfechas y centradas en su dinero, su autonomía, su confort, su autorrealización. Esta psicología colectiva es la que hay que penetrar con simpatía para hacerle comprender sus límites frente a lo absoluto de Dios. Así podrá aparecer la "pobreza espiritual" que se oculta muchas veces tras esas actitudes de satisfacción o de indiferencia aparentes.

b) Una fe desarraigada. En muchas personas no se ha desarrollado la fe primera por falta de raíces y de profundización. A menudo la primera evangelización fue insuficiente, superficial, y se ha ido entibiando y apagando poco a poco por falta de interiorización y de motivaciones sólidamente ancladas. La fe no se ha afianzado con una experiencia personal de Cristo, compartiendo la vida de fe en el amor y en el gozo, ni se ha consolidado con el apoyo de una comunidad cristiana cercana y viva.

c) Una fe rechazada y reprimida. Muchos cristianos de nombre, que viven en la indiferencia práctica, han rechazado una religión que se ha quedado, en su psicología, en una etapa infantil y se les antoja moralmente opresiva, porque la cultura popular confunde muchas veces religión y moralismo. Esa religión da miedo y actúa sobre. las angustias inconscientes. En nombre de la libertad, la religión y la Iglesia son entonces rechazadas como alienantes. Hay que preguntarse qué deficiencias de la primera evangelización pudieron provocar esta percepción mental del cristianismo.

d) Una fe dormida. Resulta difícil decir que en esas personas ha muerto por completo la fe; pero está dormida, es inoperante, está olvidada, cubierta por otros intereses y preocupaciones: el dinero, el bienestar, el confort, el placer, que se convierten a veces en verdaderos ídolos. En un contexto de cristiandad, la presión de la religión habitual podía bastar para mantener a los creyentes en una práctica sacramental regular. Esta presión social no invalida necesariamente el valor de la religión popular o tradicional, que ha dado grandes cristianos y grandes cristianas. Constatamos, sin embargo, que la nueva cultura deja a la persona espiritualmente sola, frente a sí misma y frente a sus propias responsabilidades, que a veces se perciben confusamente. El desencanto, la incertidumbre espiritual hacen al individuo frágil, angustiado y expuesto a la credulidad. El aislamiento hace sensible a una palabra de acogida. Las sectas lo han comprendido. A veces mejor que nosotros. Tenemos que explorar con cuidado esos aspectos psicológicos y espirituales.

e) Psicologías moralmente desestructuradas. Todavía es más preocupante el fenómeno de esa especie de "desmoralización" fundamental que ha hecho perder a las personas toda estructura moral o espiritual. Resulta casi imposible creer cuando el individuo desconfía de toda ideología, de toda creencia, de toda gran causa que obligue a salir de sí mismo. Esta tendencia se ha agravado al retirarse el individuo a una ilusoria autarquía moral. La sociedad moderna tiende a erigir en sistema esa actitud individualista. El evangelizador mide el tremendo obstáculo que hay que superar para llegar a la conciencia de esas personas. A pesar de todas las dificultades, hemos de convencernos de que en todos los corazones, en definitiva, hay una necesidad de esperanza. Ningún individuo rechaza para siempre la luz y la promesa de la felicidad.

f) Una esperanza latente. El hombre moderno lleva en sí mismo angustias y esperanzas características (/Teología fundamental: destinatario). ¿Han entrado los cristianos en el espíritu profundo del concilio, que se mostró tan atento a la mentalidad de nuestros contemporáneos? Hay que adivinar la angustia oculta debajo dé tantas actitudes y comportamientos aparentemente tranquilos. Quizá nunca como hoy se ha manifestado tanta sed de l sentido y una búsqueda tan apasionada de razones de vivir. Descubrir esa necesidad latente de esperanza es una primera etapa importante de la evangelización. Más allá de las angustias hay que percibir sobre todo las aspiraciones positivas que aparecen a veces en medio de la confusión. Estas aspiraciones a la justicia, a la dignidad, a la corresponsabilidad, a la fraternidad manifiestan una necesidad de humanización y una sed de absoluto. El evangelizador sabrá leer allí una primera apertura al mensaje de Cristo. Estas preocupaciones socio-pastorales se encuentran en todos los documentos del concilio, como una preocupación evangelizadora muy concreta. Hay que releer el Vaticano II en esta perspectiva. En el fondo de los corazones anida una esperanza latente y un hambre espiritual. Es importante adivinar sus huellas en la cultura actual, a fin de brindarle la respuesta de la fe. Es una nueva etapa de la evangelización.

2. ¿CÓMO REEVANGELIZAR A LAS CULTURAS? a) La cultura no es ya una aliada. En una situación de segunda evangelización está en juego la nueva cultura. Ya no hay una "cultura de apoyo", como antes. Hoy la Iglesia se enfrenta con una cultura de oposición (persecución, opresión) o con una cultura de indiferencia, de tranquila eliminación, que relativiza todas las creencias.

Observemos que la cultura pluralista, que tiene el inconveniente de poner todas las creencias en el mismo plano, puede ofrecer por otra parte al evangelizador una nueva oportunidad y la posibilidad de hacer valer su punto de vista original en el concierto de las opiniones. Con frecuencia incluso puede aprovechar los medios modernos de difusión para anunciar la novedad de su mensaje. Resulta necesaria una educación especial para vivir y actuar hoy en una cultura pluralista. -

b) Detectar los obstáculos á la nueva evangelización: Estos obstáculos pueden variar mucho. de una región o un país a otro. En muchos países de la vieja cristiandad; la Iglesia se ha ido desfigurando por una especie de lenta erosión, en un proceso de evacuación o de rechazo de la fe por parte de una cultura progresivamente secularizada. Esto ha engendrado una cultura de l indiferencia, que es uno de los obstáculos más terribles para la reevangelización, puesto que entonces la religión no parece ya interesar, tocar, interpelar a una masa cada vez mayor de individuos espiritualmente "eXtraños", que viven en un mundo "arreligioso".

Observemos que la situación de la increencia es- muy distinta según los países. En efecto, en muchas naciones la reevangelización se dirige a unas poblaciones cuya memoria arrastra la huella de persecuciones, de guerras religiosas, de revoluciones, de políticas agresivamente ateas. Otras han sufrido la colonización extranjera, la explotación o también la pérdida de la clase obrera en el siglo pasado. Es sumamente importante percibir bien la psicología colectiva marcada por la experiencia histórica de cada grupo que hay que evangelizar.

c) Derribar el muro de la indiferencia. En los países occidentales, la secularización ha difundido un clima de indiferencia religiosa, de increencia, de insensibilidad espiritual, de desinterés por el hecho religioso. El drama es que el evangelio no está del todo ignorado ni es del todo nuevo. Estamos ante una psicología religiosa ambigua. La fe está como presente y ausente en los espíritus. La sal del evangelio ha perdido su sabor; sus palabras han perdido su vigor. Las palabras evangelio, Iglesia, fe cristiana no son nuevas; están gastadas, banalizadas. La identificación de la cultura con el cristianismo se ha hecho superficial; véase, por ejemplo,, el destino que se. les reserva a las celebraciones de navidad y de, pascua con su recuperación comercial y mundanizada. La buena nueva forma parte de las costumbres, lo mismo que las tradiciones, lo mismo que el folclore y los. rasgos culturales del ambiente. Los cristianos tienen que revalorizar su tesoro en la opinión pública, en los medios de comunicación social, en los comportamientos comunes. Hay que reaccionar contra una culturización del cristianismo reducido a palabras, a hechos secularizados, a costumbres desacralizadas.

d) No dejarse marginar. Los cristianos no pueden resignarse a quedar orillados; marginados de la cultura. dominante. Hemos de tornar conciencia de que nuestros valores centrales son eliminados progresivamente. Observemos, por ejemplo, las palabras que se han hecho tabú en nuestro ambiente cultural: virtud, vida interior, renuncia, conversión, caridad,,silencio, adoración, contemplación, cruz, resurrección, vida en.el Espíritu, imitación de Cristo. ¿Tienen todavía estas palabras típicas de la vida espiritual algún sentido en el lenguaje corriente? Si nuestros contemporáneos no comprenden ya las palabras qué expresan nuestra esperanza, ¿cómo podremos atraerlos a Jesucristo? Los jóvenes se sienten especialmente tocados por el espíritu de la época, que descalifica radicalmente el hecho religioso. Los jóvenes son los testigos y las víctimas de la crisis religiosa, pero son también y sobre todo los reveladores de las aspiraciones contemporáneas. Con ellos es con los que podremos crear verdaderamente una nueva cultura de. la esperanza.

3. UNA ANTROPOLOGÍA ABIERTA AL ESPÍRITU. Una de las "novedades" más notables de la nueva evangelización es la de dirigirse expresamente a la conversión de las culturas, no sólo a la de las personas. Pues bien, evangelizar las culturas supone una nueva consideración;: antropológica de la pastoral. Las ciencias humanas pueden rendir un servicio precioso a la hora de hacer los discernimientos y los análisis indispensables. La ventaja principal de la antropología moderna es la de "definir" al hombre por la cultura y verlo así en el contexto psico-social en donde se despliegan su vida asociativa, sus producciones, sus esperanzas y sus angustias. Juan Pablo II ha insistido varias veces en este aspecto de la evangelización: " El hombre se convierte de forma siempre nueva en el camino de la Iglesia" (Dominum et vivificantem, encíclica sobre el Espíritu Santo, 1986, n. 58). La percepción del hombre como un ser de razón y de libertad se enriquece notablemente con la visión cultural de la realidad humana que nos ofrece la antropología moderna. Lo decía Juan Pablo II con estas palabras: "Los recientes progresos de la antropología cultural y filosófica demuestran que se puede obtener una definición no menos precisa de la realidad humana refiriéndose a la cultura. Ésta caracteriza al hombre y lo distingue de los demás seres, no menos claramente que la razón, la libertad y el lenguaje" (Discurso en la Universidad de Coimbra, 15 de abril de 1982).

Descubrir al hombre histórico en el corazón de las culturas vivas le permite al evangelizador descubrir también el drama de tantas existencias que sufren una especie de agonía espiritual, condición cruelmente experimentada por un gran número de gentes, según creemos. Si miramos las cosas más profundamente todavía, percibiremos quizá que esta angustia espiritual prepara muchas veces para el descubrimiento de la salvación en Jesucristo. Paul Tillich describía así esta experiencia de la precariedad humana que puede predisponer para la fe: "Sólo los que han experimentado el choque de la precariedad de la vida, la angustia en la que uno toma conciencia de su finitud, la amenaza de la nada, pueden comprender lo que significa la noción de Dios. Sólo los que han hecho la experiencia de las ambigüedades trágicas de nuestra existencia histórica y han puesto totalmente en discusión el sentido de la existencia pueden comprender lo que significa el símbolo del reino de Dios" (Teología sistemática, Sígueme, Salamanca 1973-1975). Saber leer los signos de la miseria moral, pero también la inmensa necesidad de esperar que provoca la cultura secularizada, es lo que abrirá un nuevo camino a la evangelización.

4. PARA LA REDENCIÓN DE LAS CULTURAS. Finalmente, la evangelización pone a las culturas ante el misterio de Cristo muerto y resucitado. Es inevitable una ruptura radical; "escándalo para los judíos, locura para los gentiles", decía san Pablo. Se requiere una constante l conversión. El dinamismo evangelizador se realiza únicamente en el encuentro con Jesucristo. Él es el único mediador por el que llega el reino de Dios. La evangelización de las culturas, así como la de las personas, sólo alcanza su eficacia en la fuerza del Espíritu, en la oración, en el testimonio de fe, en la participación en el misterio de la cruz y de la redención. Sería una tentación vana querer cambiar las culturas con una simple intervención psico-social o socio-política. La evangelización, sobre todo en la noche oscura de la fe -y en la noche espiritual de las culturas- supone una conversión al misterio de la cruz. Sufrir esta purificación y esperar en los caminos, misteriosos pero ciertos, del Espíritu es una disposición indispensable para arrostrar el trabajo de la reevangelización. No es confortable vivir bajo la angustia de un mundo nuevo que va tomando forma oscuramente a nuestro alrededor.

En definitiva, reevangelizar significa anunciar incesantemente la salvación radical en Jesucristo, que purifica y eleva toda realidad humana, haciéndola pasar de la muerte a la resurrección. En este sentido toda evangelización es nueva, ya que proclama la necesidad permanente de conversión. Las culturas tienen un ardiente deseo de esperanza y de liberación. Evangelizar es entonces la forma eminente de elevar las culturas y las conciencias, que aspiran a la liberación de todos los egoísmos que ponen trabas al reino de Dios. Evangelizar exige el anuncio de la salvación definitiva en Jesucristo; y esto vale tanto para las personas como para las culturas, como recuerda Juan Pablo II: "Puesto que la salvación es una realidad total e integral, concierne al hombre y a todos los hombres, alcanzando así a la realidad histórica y social, a la cultura y a las estructuras comunitarias en que viven". La salvación no se reduce solamente a los afanes terrenos o sólo a las capacidades del hombre. "El hombre no es su propio salvador de forma definitiva; la salvación trasciende lo que es humano y terreno, es un don de arriba. No hay autorredención, ya que solamente Dios salva al hombre en Cristo"(Discurso en la Universidad Urbaniana, 8 de octubre de 1988).

La nueva evangelización se dirige a todas las personas y a todas las culturas. Juan Pablo II proclama su necesidad en todos los continentes. Esta evangelización, ha dicho, será "nueva en su ardor, nueva en sus métodos, nueva en su expresión" (Discurso al CELAM, 9 de marzo de 1983).

BIBL.: AA.VV., La evangelización en el mundo de hoy, en "Concilium" 134 (1978); BELDA R., Promoción humana y evangelización, en Fe y mueva sensibilidad histórica, Madrid 1971 CAÑIZARES A., La evangelización, hoy, Madrid 1977; CARRIER H., Evangélisation et developpment des cultures, Roma 1990; In, Évangile et cultures: de Léon X111 á Jean-Paul II, París 1987; CELAM, Evangelización, desalo de la Iglesia. Sínodo 1974: Documentos papales y sinodales. Presencia del CELAMy del episcopado latinoamericano, Bogotá 1976; LAURENTIN R., L évangélisation aprés le quatriéme Synode, París 1975.

H. Carrier