Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia EVANGELIZACIÓN 1

EVANGELIZACIÓN
TEOLOGÍA FUNDAMENTAL

SUMARIO: 

I. Evangelización y misión
1.
Misión y misiones; 
2.
La finalidad de la misión; 
3.
¿Qué es la evangelización? En busca de un concepto más amplio; 
4.
Misión de Jesús y misión de la Iglesia; 
5.
Conclusiones teológicas 
                                                (J. Dupuis). 

II. Evangelización de la cultura
1. La cultura como terreno de evangelización; 
2.
Una larga experiencia de evangelización de la cultura 
3.
Una nueva consideración de la evangelización; 
4.
El reto de la cultura de masas; 
5.
La modernidad como cultura 
                                              (H. Carrier). 

III. Nueva evangelización
1. ¿A
quién se dirige la nueva evangelización?; 
2.
¿Cómo reevangelizar a las culturas?; 
3.
Una antropología abierta al Espíritu; 
4.
Para la redención de las culturas 

                                                       (H. Carrier).


 

I. Evangelización y misión

1. MISIÓN Y MISIONES. Desde el comienzo de su ministerio, Jesús "llamó a los que él quiso, y ellos se acercaron a él. Y designó a doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar" (Mc 3,13; ,pf Mt 10,1-42); después de la resurrección, les confió la misión de su Iglesia (Mt 28,16-20; Mc 16,14-19; Lc 24,36-9; Jn 20,19 29; He 1,6-11). Así pues, la t misión es un término bíblico, fundador de la Iglesia. Este término no ha de parecido nunca de la terminología teológgica. Ello no impide que una tradición reciente, aunque secular, haya hablado más de las misiones (en plural) que de la misión. Esto se remonta sobre todo al gran movimiento misionero de la época moderna a partir dei siglo xvi. Se distinguió entonces entre. las "misiones" (los países de misión) y los países tradicionalmente cristianos (la cristiandad);, éstos enviaban misioneros a evangelizar a los pueblos "no cristianos". La tarea misionera se les confió (jus commissionis) a las grandes congregaciones religiosas y a los institutos misioneros. La Congregación de Propaganda Fide se fundó en 1622 para organizar y dirigir esta tarea (esta Congregación romana, después del concilio Vaticano II, ha recibido el nombre de "Congregación para la evangelización de los pueblos'.

En una época todavía reciente la misión (en singular) ha entrado por fuerza en el vocabulario eclesiológico. Se ha recuperado la conciencia de que la Iglesia es esencialmente misionera en todas las circunstancias y en todos los países del mundo, sean o no tradicionalmente cristianos. La "descristianización" reciente del mundo cristiano ha ayudado paradójicamente a esta nueva toma de conciencia. Así, Henri Godin pudo publicar en 1943 un libro que por aquella época ejerció :una gran influencia, titulado La France, pays de mission? (Lyon 1943);. se trataba ante todo de la descristianización de la clase obrera, que había que reevangelizar de nuevo. Gracias a la secularización del mundo occidental, la conciencia de la misión como tarea universal de la Iglesia adquirió mayor amplitud. Hoy se habla de la misión evangelizadora de la Iglesia como de su tarea esencial, y concretamente -aunque quizá con poca propiedad, ya que la evangelización es un proceso nunca acabado- de la "nueva evangelización" (I Evangelización, III) del mundo occidental "poscristiano". La Iglesia es en todas partes y para siempre misión.

Así es como se ha desarrollado la eclesiología reciente, con un desarrollo que es un redescubrimiento de la tradición antigua. El lugar esencial que ocupa la misión en el misterio de la Iglesia ha vuelto a ponerse de manifiesto. Se trataba de pasar de una eclesiología estática, a saber: la de la "sociedad perfecta", a un concepto dinámico de la Iglesia, comunión esencialmente misionera, en movimiento en la historia. La Iglesia es misión o deja de ser Iglesia. La exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, de Pablo VI, que siguió al sínodo de los obispos sobre la evangelización del mundo moderno (1974), se hace eco de esta conciencia renovada. Hablando en términos de evangelización, el Papa escribe: "Evangelizar es... la gracia y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. La Iglesia existe para evangelizar..." (EN 14).

El concilio Vaticano II había tenido ya en cuenta esta conciencia renovada. No es que haya dejado de hablar de "misiones" (en plural) en 'el sentido habitual; pero las sitúa en el contexto más amplio de la "misión" de la Iglesia, dentro de la cual deben ser comprendidas. De manera característica, el decreto que se les.consagró lleva por título "Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia" (AG). Desarrolla en primer lugar el amplió contexto de la misión universal de la Iglesia (AG 1-5), para situar luego en ese contexto las "misiones", a saber: la misión de la Iglesia tal como se ejerce y se desarrolla progresivamente en los territorios en los que no ha alcanzado todavía su madurez (AG 6ss). La prioridad de la misión sobre las misiones indica así que la vocación de la Iglesia es fundamentalmente la misma. en todas las regiones, aunque su niel de desarrollo varíe de región a región.

2. LA FINALIDAD DE LA MISIÓN. Una "misionología" todavía reciente se ha esforzado en definir el objetivo de las misiones (en plural). Lo enunciaba hablando de "implantación de la Iglesia". Era preciso que la iglesia quedara firmemente establecida en los países en donde no tenía aún más que raíces muy jóvenes. Su establecimiento firme comprendería, además del desarrollo de la comunidad cristiana, el de un clero y una jerarquía "indígenas". Una vez establecida firme y completamente la Iglesia en un lugar, la misión habría conseguido su objetivo. Esta tesis no carecía de interés. Comparada con las ideas anteriormente en curso, representaba un progreso cierto no se hablaba ya simplemente de salvar a unas almas que de lo contrario no tendrían ningún caminó de acceso a la salvación eterna; se trataba más bien de establecer por todas. partes en el mundo la. Iglesia, medio universal querido por Dios para la salvación de los hombres. Esto no impide. que dicha tesis se quedaracorta en más de un punto. Todavía se notaba en ella una visión en el fondo negativa de la salvación de los "no cristianos"; se afirmaba ciertamente la voluntad salvífica universal de Dios y la posibilidad de la salvación individual para todas las personas humanas; pero no se les atribuía a las religiones "no cristianas" ningún papel positivo en este misterio de la salvación. Además, esta posición se centraba indebidamente en la misma Iglesia, como si ésta fuera un fin en sí misma. Habría sido ,preciso, por el contrario, descentrar a la Iglesia de ella misma, centrándola en Jesucristo y en el reino de Dios en el mundo; se habría concebido entonces a la Iglesia como un signo, que remitía a su Señor por una parte y al establecimiento de. su reino en la, historia por otra. Finalmente, como consecuencia, la tesis, establecida se definía de manera unilateral como proclamación del evangelio, catequesis y administración de los sacramentos; reinaba en ella una preocupación exagerada por el crecimiento numérico de la -comunidad cristiana. Habría que observar ade= más que la "implantación" de la Iglesia, que constituía su perspectiva central, se hizo la mayor ;parte de las veces según el modo de un "trasplante": se trasplantaban al país misionado un modelo establecido de realidad eclesial, tal como se había desarrollado en Occidente, sin preocuparse demasiado de. la adaptación o l "inculturación". Habría sido menester seguir la parábola evangélica del sembrador (Lc 8,4-15), sembrando por tanto la palabra de Dios en la tierra de los pueblos para: que llegara a germinar y a desarrollarse en ella transformándola (cf AG 22). La imagen de la misión alude a la siembra del evangelio,.no al trasplante de modelos extranjeros de la.realidad eclesial.

Esto explica, que, ya antes del concilio Vaticano II, se desarrollara una nueva teología de la misión, que se inserta por otra parte en el contexto de la evolución antes recordada de las misiones a la misión. La misión de la Iglesia. es idéntica en todos los lugares, aunque admite grados y formas variadas. Su finalidad es evangelizar, o sea, comunicar la buena nueva, el evangelio de jesucristo visiblemente presente y operante, con la palabra y los hechos. Resulta fácil ver que semejante concepción permitía superar el eclesiocentrismo unilateral de la tesis precedente, recentrando la Iglesia en Cristo y su evangelio, en el reino de Dios instaurado en él, y que va creciendo a través de la historia. Era también más bíblica, ya que recogía directamente la imagen de la buena nueva como semilla. Permitía además superar la perspectiva estrechamente occidental según la cual el viejo continente -y más tarde América del Norte- fundaban "misiones extranjeras" por todo el mundo. Esta visión estrecha ha sido sustituida actualmente por la teología de las Iglesias locales, establecidas en todos los lugares, aunque no tengan todas la misma antigüedad, y la de una misión recíproca entre las Iglesias hermanas. Esta nueva teología de la misión se aplica universalmente a todas las Iglesias, sin negar por ello sus diferencias.

El concilio Vaticano II no eligió entre las dos teorías. Preocupado más bien por conseguir la unanimidad de sus miembros, las yuxtapuso entre sí, sin darse cuenta quizá de que se trataba de percepciones y de perspectivas divergentes. Así se lee en el decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia a propósito de las "misiones": "Las iniciativas particulares por las que los predicadores del evangelio enviados por la Iglesia y que van por el mundo entero cumpliendo con el encargo de predicar el evangelio y de implantar la Iglesia entre los pueblos o grupos humanos que no creen todavía en Cristo, son llamadas comúnmente `misiones"' (AG 6). Y más claramente: "El fin propio de esta actividad misionera es la evangelización y la implantación de la Iglesia en los pueblos y grupos humanos en los que aún no está arraigada" (ib).

Sería una equivocación oponer una tesis a la otra como si fuesen contradictorias. Pero esto no impide que la eclesiología y la misionología posconciliares hayan optado cada vez más por la perspectiva más bíblica y más fundamental de la evangelización. La Iglesia posconciliar ha ido ensanchando cada vez más el concepto de evangelización hasta hacerle indicar todo lo que se relaciona con su misión. De hecho, se han llegado a identificar los dos términos ó a hablar, a modo de pleonasmo, de la misión evangelizadora de la Iglesia.

El texto anteriormente citado de Pablo VI en la exhortación apostólica Evangelfi nunttandi iba en este sentido: ' "Evangelizar... es la vocación propia de la Iglesia... Ella existe para evangelizar" (EN 14).

Si la finalidad de la misión es la evangelización, es preciso que nos preguntemos: ¿Qué es evangelizar? ¿Qué actividades eclesiales comprende por su propia naturaleza la misión evangelizadora de la Iglesia? ¿Se trata solamente de anunciar o de proclamar el evangelio y de invitar a los otros a convertirse a Jesucristo y a hacerse discípulos suyos en la Iglesia? ¿O tiene quizá la evangelización una acepción más amplia, que no puede reducirse so pena de estrechar la misión de la Iglesia?

3. ¿QUÉ ES LA EVANGELIZACIÓN? EN BUSCA DE UN CONCEPTO MÁS AMPLIO. Una vez definida la misión universal de la Iglesia en términos de evangelización, este mismo término ha adquirido en la eclesiología posconciliar una acepción cada vez más amplia. Sin querer describir la marcha de esta evolución a través de los numerosos congresos y sesiones teológicas sobre la misión que marcaron a los años posconciiiares, es preciso por lo menos indicar brevemente su recorrido a través de ciertos textos oficiales del magisterio eclesial. La tendencia general consiste en pasar de una noción estrecha de la evangelización, en la que ésta se identifica con el anuncio o la proclamación del evangelio, a una noción más amplia según la cual ciertas actividades, como la promoción humana, la lucha por la /justicia o incluso el /diálogo interreligioso pertenecen con todo derecho a la misión evangelizadora.

El sínodo de los obispos sobre la evangelización del mundo moderno (1974) representa una etapa importante de esta evolución. Sus resultados están recogidos, de forma muy personal, por Pablo VI en la exhortación apostólica Evangelü nuntiandi (1975). Después de establecer que la evangelización es "la vocación propia de la Iglesia" (n. 14), el Papa desarrolla una noción más amplia de la evangelización, observando que "ninguna definición parcial y fragmentaria da razón de la realidad tan rica, compleja y dinámica que es la evangelización, a no ser con el riesgo de empobrecerla y hasta de mutilarla. Es imposible captarla, si no se intenta abrazar con la mirada todos sus elementos esenciales" (n. 17). En lo que se refiere al sujeto de la acción evangelizadora, el Papa observa que implica a toda la persona: sus palabras, sus actos, su testimonio (nn. 21-22). En cuanto al objeto, se extiende a todo lo que es humano: "evangelizar, para la Iglesia, es llevar la buena nueva a todos los ambientes de la humanidad y, por su impacto, transformar desde dentro y hacer nueva a la humanidad misma" (n. 18). Así, se trata para la Iglesia de "evangelizar... la cultura y las culturas del hombre" (n. 20).

¿Qué actividades eclesiales comprende entonces la evangelización? Pablo VI observa que ciertos aspectos de la acción evangelizadora de la Iglesia "son tan importantes que se tendrá la tendencia a identificarlos simplemente con la evangelización. Se ha podido entonces definir la evangelización en términos de anuncio de Cristo a quienes lo ignoran, de predicación, de catequesis, de bautismo y de otros sacramentos que conferir" (n. 17); es ésta una opinión que el Papa parece de alguna manera asumir como propia (cf n. 14). Más que pretender la exclusividad, se trata sin embargo para Pablo VI de resaltar el lugar privilegiado y necesario que ocupa la proclamación del evangelio en la misión evangelizadora: "No hay verdadera evangelización si no se anuncia el nombre, la enseñanza, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios" (n. 22). Este anuncio no adquiere a su vez "toda su dimensión más que cuando es oído, acogido, asimilado y cuando hace surgir en el que lo ha recibido de esa manera una adhesión del corazón" (n. 23).

¿Qué lugar queda entonces en la misión evangelizadora para otras actividades eclesiales? Pablo VI habla de la promoción, del desarrollo y de la liberación del hombre. Observa que entre estos ideales y la evangelización existen "vínculos profundos", de orden antropológico, teológico y evangélico (n. 31). No cabe duda de que la misión no puede reducirse "a las dimensiones de un proyecto simplemente temporal", y el Papa no deja de reafirmar "la finalidad específicamente religiosa de la evangelización" (n. 32). Pero esto no impide que, dejando esto bien sentado, la Iglesia tenga "la obligación de anunciar la liberación a millones de seres humanos..., de ayudar a que nazca esta liberación, de dar testimonio de ella, de hacer que sea total. Esto no es extraño a la evangelización" (n. 30). Por muy generosas que sean estas palabras, no dejan sin embargo de parecer tímidas, comparadas con lo que afirmaba el sínodo de los obispos de 1971 en un texto sobre "la justicia en el mundo". Los obispos declaraban entonces: "El combate por la justicia y la participación .en la transformación del mundo nos parece plenamente que son una dimensión constitutiva de la predicación del evangelio en cuanto misión de la Iglesia para la redención de la humanidad y su liberación de toda situación opresiva" (n. 6).

En el sínodo sobre la evangelización algunos obispos, especialmente asiáticos, habían recomendado que un concepto más amplio de la misión evangelizadora de la Iglesia debería incluir igualmente el diálogo interreligioso como formando parte integrante de ella. La exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, sin embargo, no se hace eco de esta opinión. A1 hablar de las religiones "no cristianas", el Papa las considera como "teniendo; por así decirlo, sus brazos tendidos hacia el cielo", pero incapaces de establecer "con Dios una relación auténtica y viva", tal como la "establece efectivamente" el cristianismo y sólo él. Aunque las otras tradiciones religiosas contienen "las expresiones religiosas naturales más dignas"; sólo "la religión de Jesús que ella (la Iglesia) anuncia a través de la evangelización pone objetivamente al hombre en relación con el plan de Dios, con su presencia viva, con su acción" (n. 53). De aquí se sigue que los "no cristianos" no figuran más que como destinatarios de la proclamación de la buena nueva por la Iglesia, la cual "mantiene vivo su impulso misionero"; por otra parte, no se dice nada sobre el diálogo interreligioso entre los cristianos y los demás; como algo que pertenezca también a la "misión evangelizadora" (ib).

El magisterio de Juan Pablo II en más de una ocasión ha marcado el vínculo tan estrecho que existe entre la evangelización y la promoción de la justicia. Desde la encíclica l Redemptor hominis (1979), la evangelización se ve como "un elemento esencial de la misión (de la Iglesia), indisolublemente ligado a ella" (n. 15). Esta idea se repetirá varias veces a continuación en términos equivalentes. La misma encíclica aborda el tema de las otras religiones con una gran apertura. El Papa ve en "la firmeza de la creencia de los miembros de las religiones no cristianas" un "efecto del Espíritu de verdad, que actúa más allá de las fronteras visibles del Cuerpo místico". Recomienda toda actividad que tienda a "la aproximación con ellas a través del dialogo, los contactos, la oración en común, la búsqueda de los tesoros de espiritualidad humana, ya que éstos... no faltan a los miembros de esas religiones" (n. 6). Recogiendo las ideas de algunos padres de la Iglesia, el Papa ve en las diversas religiones "como otros tantos reflejos de una única verdad, como unas `semillas del Verbo' que atestiguan cómo la aspiración más profunda del espíritu humano se ha vuelto, a pesar de la diversidad de los caminos, hacia una sola dirección, expresándose en la búsqueda de Dios y... en la búsqueda de la dimensión total de la humanidad..." (n. i 1). "La actitud misionera comienza siempre por un sentimiento de profunda estima por `lo que hay en el hombre' (Jn 2,25)...; se trata del respeto a todo lo que el Espíritu, que `sopla donde quiere'(Jn 3,8); ha operado en él" (n. 12). De este modo el Papa insiste en el reconocimiento de la presencia activa del Espíritu de Dios en los fieles de las otras religiones y fundamenta teológicamente en ella el significado del diálogo interreligioso en la misión de la Iglesia. Esta misma doctrina es la que se repetirá luego; lo único que faltaba era expresarla explícitamente en términos de evangelización.

Este paso parece ser que fue el que dio un documento publicado en 1984 por el Secretariado para los no creyentes, titulado Actitud de la Iglesia católica ante los creyentes de las otras réligiones. Reflexiones y orientaciones relativas al diálogo y a la misión. El documento explica que la misión de la Iglesia "es única, pero se ejerce de maneras diversas según las condiciones en que está comprometida la misión" (n. 11). Se dedica a continuación a reunir "las modalidades y los diferentes aspectos" de la misma (n. 12). Y lo hace en un texto que, sin pretender ser exhaustivo, enumera cinco "elementos principales" de la "realidad unitaria, pero compleja y articulada" que es la misión evangelizadora de la Iglesia. Estos elementos son: la presencia y el testimonio; el compromiso al servicio de los hombres, la acción por la promoción social y la liberación humana; la vida litúrgica, la oración y la contemplación; el diálogo interreligioso; el anuncio o proclamación y la catequesis (n. 13).

"Todos estos elementos entran en el marco de la misión"; pero la enumeración no es completa. Pueden hacerse algunas observaciones. La proclamación del evangelio por el anuncio y la catequesis viene al final ("está finalmente...', y con razón, ya que la misión-o la evangelización tiene que verse como una realidad dinámica o un proceso. Este proceso culmina en la proclamación de Jesucristo por el anuncio (kerigma) y la catequesis (didajé). Por el mismo título, la vida litúrgica, la oración y la contemplación" deberían haberse insertado después de la proclamación de Jesucristo, con la que están directamente relacionadas, como en He 2,42 (al que remite el texto), y de la que son la conclusión natural. El orden debería haber sido entonces: presencia, servicio, diálogo, proclamación, sacramentalización, correspondiendo los dos últimos elementos a las actividades eclesiales que, en una visión más estrecha pero tradicional, constituyen la evangelización. En la perspectiva más amplia adoptada por el documento, la "realidad unitaria" de la evangelización se presenta a la vez como "compleja y articulada": se trata de un proceso. Esto significa que, si todos los elementos inherentes al proceso son formas de evangelización, no todos tienen el mismo valor ni el mismo sitio en la misión de la Iglesia.

Así, por ejemplo, el diálogo interreligioso precede a la proclamación. El primero puede ir o no seguido del segundo pero el proceso de la evangelización no llega a su término más que cuando la proclamación sigue al diálogo, ya que la proclamación y la sacramentalización son la cumbre de la misión evangelizadora de la Iglesia.

4. MISIÓN DE JESÚS Y MISIóN DE LA IGLESIA. ¿Ofrece. el NT una base bíblica para esta noción amplia de evangelización, tal como la concibe la conciencia actual de la Iglesia? A primera vista parecería que no. Si uno se refiere al envío misionerb de los apóstoles después de la resurrección de Jesús, tal como se nos relata en los evangelios y en los Hechos, se sentiría más bien llevado ,a concebir la evangelización según su noción estrecha, identificándola con el anuncio o proclamación de la buena nueva. Sin embargo, las diferentes versiones tienen también diversos matices. Mateo habla de hacer discípulos entretodas las naciones, de bautizar y de enseñar (28,19-20); Marcos insiste en la proclamación de la buena nueva a toda la creación (16,15); Lucas menciona la proclamación y el testimonio (24,47-48); los Hechos añaden que el testimonio debe extenderse "hasta los confines de la tierra" (1,8); Juan, finalmente, habla de envío a misión, una misión que prolonga la que Jesús recibió del Padre (20,21). Testimonio, enseñanza, proclamación, bautismo: se trata de diversos elementos que, sin embargo, entran todos en eso que se ha designado como el concepto restringido de evangelización.

Observemos, por otra parte, que para Marcos la buena nueva (lo euaggelion) de Dios, que Jesús proclama, se refiere bajo su forma nominal a la totalidad del acontecimiento, incluidas las palabras y los hechos de Jesús (1,14), ese mismo acontecimiento que la Iglesia'tendrá que proclamar después de él (16,15): En Lucas, que prefiere la forma verbal, evangelizar (euaggelizein) parece asumir por sí mismo el sentido técnico restringido de "proclamación" de la buena nueva (4,18; 7,22; 16,16), de anuncio del evangelio, traducido en otros lugares por los verbos keryssein o kataggelein, teniendo como objeto del evangelio (to euaggelion). Sin embargo, sigue siendo verdad, desde el punto de vista lingüístico, que el verbo euaggelizein puede indicar toda acción, no sólo la proclamación, relativa a la buena nueva.

Mas allá de la terminología es, sin embargo, a la misión del mismo Jesús, prolongada por la de la Iglesia, a la que es preciso referirse para descubrir la amplitud de la misión evangelizadora. Se descubrirá entonces que no se reduce a la proclamación, por muy esencial que ésta pueda ser, sino que se extiende más allá de ella, en la dirección que indicábamos anteriormente.

La misión de Jesús que se continúa en la de la Iglesia, el evangelio de Jesús que ella tiene que actuar y hacer operativo, es el acontecimiento mismo de Jesús en toda su amplitud. Jesús cumple con su misión evangelizadora no sólo a través de sus palabras, sino también de sus gestos y de sus obras. Es él mismo, finalmente, en su persona, la buena nueva de Dios, que actúa en este mundo. El evangelio en acto del que habla Marcos es un resumen programático de la actividad misionera de Jesús (1,1415); es toda su vida de hombre, que termina con su muerte y su resurrección. Su relato global lleva por título en el mismo autor el de "la buena nueva de Jesucristo" (l,l). Este evangelio de Jesús comprende sus acciones, así como sus palabras; primero sus acciones y luego sus palabras; porque, ya en el AT, Dios se revela por medio de unos actos que explican las palabras proféticas. Por consiguiente, es toda la vida humana de Jesús la que sirve de fundamento a la misión evangelizadora de la Iglesia.

Las palabras de Jesús son evangelio en acto. Bastará con señalarlo a propósito del "discurso evangélico" recogido por Mateo (5-7) y por Lucas (6,20-49). No se trata ante todo ni sobre todo de una ley nueva que haya que seguir para salvarse, y mucho menos de un ideal imposible de alcanzar que dispondría a la salvación por medio de la fe solamente. Más que un código moral, el sermón de la montaña es "evangelio" (J. Jeremias). Describe la nueva calidad de vida que sigue a la acogida que se ha hecho al reino de Dios establecido en el mundo a través de su mensajero; proclama la venida de una era nueva más que unas nuevas exigencias morales. Por eso comienza con las "bienaventuranzas", que en la forma de Lucas que parece la más antigua (6,20-23), proclaman el gozo del reino acogido: ¡Dichosos vosotros! Igualmente en las otras secciones del discurso se pone el acento en la declaración de la llegada del reino, de la instauración de la buena nueva, más que en sus exigencias morales.

Observaciones semejantes se imponen a propósito de las parábolas (Mt 13). No se trata de exhortaciones morales ilustradas, sino de la "defensa de la buena nueva" (J. Jeremias). Las parábolas enuncian la certeza del cumplimiento del reino de Dios, cuya fuerza está ya en acción y que nada podrá impedir; dicen también cómo crece ese reino. El aspecto de inesperado que aparece en él indica la novedad del reino y manifiesta su carácter misterioso, que invita a la acogida. Así pues, todo el discurso evangélico, incluidas las parábolas, ilustra el carácter central y la actualidad del reino de Dios en las palabras de Jesús.

Lo mismo ocurre con sus gestos y sus acciones. Los actos de Jesús son actos proféticos; conviene captar bien su verdadero alcance. Esto es especialmente verdad en los milagros de curación y en los exorcismos. La respuesta de Jesús a los emisarios de Juan Bautista (Mt 11,4-6) indica bien el sentido de sus milagros; muestran que la buena nueva está ya en ejercicio a través de sus actos. Así pues, los milagros son evangelio en acción. No hay que interpretarlos -según se hace muchas veces- como simples pruebas de la credibilidad del mensajero; son en sí mismos parte integrante de la instauración del reino.

Y lo mismo pasa también con los exorcismos. Indican, lo mismo que los milagros de curación, la victoria ya real del reino de Dios sobre las fuerzas del mal. Liberan a los hombres de la sumisión a los espíritus malignos, de la condición alienada a la que estaban reducidos. Acciones simbólicas de Jesús liberador, contienen la buena nueva de que en él han sido ya vencidas las fuerzas del mal, de que el reino de Dios se ha establecido no sólo en las almas, sino también en los cuerpos de los hombres y en su ambiente físico, de que el mundo se ha reconciliado con Dios y consigo mismo. Son el reino en la práctica, como indica muy claramente la respuesta de Jesús en su controversia con los fariseos a propósito de la expulsión de los demonios (Mt 12,26-28).

Más allá de las palabras y de los hechos, es a toda la vida de Jesús a la que hay que referirse para dar cuenta de su misión evangelizadora. Su estilo respira la libertad, siendo al mismo tiempo portador de diferencia. Sus actitudes, sus opciones, sus orientaciones lo distinguen y lo hacen singular. Toma posición comprometiéndose frente al legalismo de los escribas, la autojustificación de los fariseos, el ritualismo de los sacerdotes y de los levitas. No teme la oposición al poder injusto e incluso religioso de su pueblo. Rechaza toda discriminación social y se asocia de forma preferencial con los pobres, los oprimidos y los marginados. Proclama que es a ellos a los que se dirige prioritariamente la buena nueva. Si no es un revolucionario político, su vida y su muerte tienen sin embargo una dimensión política en cuanto que sus actitudes representan un desafío y una amenaza para la autoridad, tanto política como religiosa. Esta amenaza fue la que le condujo al suplicio de la cruz.

Esta dimensión humana y política de la acción de Jesús no le quita nada a su dimensión trascendente, a la relación única que mantiene con su Dios, al que llama l Abba. Atribuye a su enseñanza una autoridad única que le viene de Dios, reivindica para sí mismo unas prerrogativas divinas, afirma que es en él donde el reino de Dios está a punto de establecerse en el mundo. Las dos dimensiones de su persona y de su acción, horizontal y vertical, no pueden separarse ni disociarse. Lo que se inaugura en él es al mismo tiempo divino y humano, trascendente, pero también social y político. Se trata para los hombres de una liberación integral, a la vez del pecado y de las estructuras injustas que de él se derivan. El evangelio social forma parte del reino de Dios.

Esta observación es importante si se quieren sacar de la misión evangelizadora de Jesús algunas conclusiones relativas a la de la Iglesia. Aparecen entonces claramente que la promoción de ¡ajusticia y la liberación humana forman parte de la misión eclesial, que no puede reducirse, por consiguiente, a la proclamación de la salvación en Jesucristo, es decir a la evangelización entendida en sentido estrecho.

Sin embargo, todavía hay que preguntar si la misión de Jesús fundamenta del mismo modo la pertenencia del diálogo interreligioso a la misión evangelizadora. Las apariencias parecerían a primera vista contrarias. Efectivamente, ¿no declaró abiertamente Jesús que "no había sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel" (Mt 15,24)? Más todavía, durante su ministerio les prohibió expresamente a los doce apóstoles enviados a misionar que emprendiesen "el camino de los paganos" o que entrasen en las ciudades de Samaría; también ellos tenían que ir más bien "a las ovejas perdidas de la casa de Israel" (Mt 10,5-6).

Esto no impide que el relato evangélico nos muestre a Jesús manifestando una actitud abierta ante los hombres y mujeres que no pertenecían al pueblo de Israel. Admira la disposición a creer que tenía el centurión, reconociendo que no había encontrado una fe semejante en Israel (Mt 8,5-13); realizó milagros de curación para los "extranjeros" (Mc 7,24-30; Mt 15,21-22); conversó con lasamaritana, anunciándole la hora en que "los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad" (Jn 4,23). Para Jesús, el reino de Dios que está a punto de inaugurarse en el mundo a través de él está presente y actuando más allá de los confines del pueblo elegido. De hecho, anuncia expresamente la entrada de los gentiles en el reino de Dios (Mt 8,10-11; 11,20-24; 25,3132), un reino que es histórico y escatológico a la vez. Sin querer forzar la evidencia, la actitud de Jesús parece ser tal que es posible apoyar sobre ella la disposición de la Iglesia para el diálogo con los miembros de otras tradiciones religiosas, como algo que forma parte integrante de su misión evangelizadora.

5. CONCLUSIONES TEOLÓGICAS. Así pues, esta misión tiene que entenderse en el sentido amplio y -dentro de la perspectiva englobante, según la cual -prescindiendo del lugar insustituible que en ella ocupa la proclamación o el anuncio del evangelio- no se reduce a ello la evangelización. Podemos por tanto formular estas conclusiones teológicas:

a) Es necesario un concepto más amplio y comprensivo de la evangelización. Semejante concepto significa no solamente el hecho de que toda la persona del evangelizador, se ve implicada en su misión -sus palabras y sus obras, el testimonió de su vida-, ni la verdad de que la evangelización se extiende a todo lo que es humano y tiende a la transformación de la cultura y de las culturas por medio de los valores evangélicos, sino que comprende además todas las formas variadas de actividades eclesiales que forman parte de la evangelización. Este concepto tiene que comprender ciertas actividades, como la promoción de la justicia y el diálogo interreligioso, que no se refieren directamente a la proclamación de Jesucristo ni a la sacramentalización que de allí. se sigue. Estas actividades deben considerarse como formas auténticas de pleno derecho de evangelización. Esto presupone que hay que superar la costumbre establecida de reducir la evangelización a la proclamación explícita y a la sacramentalización dentro de la comunidad eclesial, relegando como algo accesorio la promoción de la justicia y la tarea de liberación de los hombres y olvidando el diálogo interreligioso.

b) La promoción de la justicia y el diálogo interreligioso son dimensiones intrínsecas de la evangelización. El sínodo de los obispos de 1971 afirmó con energía que la promoción de la justicia y la participación en la transformación del mundo representan una "dimensión constitutiva" de la misión evangelizadora de la Iglesia. Habría que poder decir lo mismo del diálogo interreligioso. Efectivamente, más que de partes distintas, se trata en esta ocasión de elementos o de dimensiones diferentes o, mejor aún, de formas, de modalidades o de expresiones distintas de la misión, que es una "realidad unitaria, pero compleja y articulada". Las formas concretas que reviste en la práctica la misión evangelizadora dependerán ampliamente de las circunstancias concretas de tiempo y de lugar y del contexto humano-social, económico, político y religioso- en que actúa. En el contexto de una variedad muy rica de tradiciones religiosas que continúan incluso hoy siendo la fuente de inspiración y de innegables valores para millones de fieles, el diálogo interreligioso será naturalmente una forma privilegiada de evangelización. Podrán darse incluso ciertas circunstancias que la convertirán, al menos temporalmente, en el único camino posible de la misión.

c) La evangelización representa la misión global de la Iglesia. Desde el momento en que la evangelización se comprendió como idéntica a la misión, aunque se expresa en una variedad de formas, quedaron aparentemente superadas ciertas distinciones que durante mucho tiempo se consideraron como tradicionales. Así, las distinciones entre pre-cuangelización y evangelización, entre evangelización directa e indirecta, habiéndose basado estas distinciones en la identificación de la evangelización con la proclamación explícita de Jesucristo. El inconveniente de estas distinciones era que todo lo que comprende el concepto de preevangelización o de evangelización indirecta parecía pertenecer al orden de los medios que tendían más o menos o que conducían más o menos directamente a la proclamación explícita de Jesucristo en la evangelización como tal. Pero no es así. La promoción de la justicia y el diálogo mterréligioso -y otras obras por el estilo- no son sólo medios capaces de conducir a la evangelización; sino que son, con todo derecho, formas auténticas de la misma.

d) La evangelización desemboca en la proclamación de Jesucristo. Lo que acabamos de decir no proyecta ninguna sombra sobre el hecho de que la proclamación de Jesucristo representó la cima o el apogeo de la misión evangelizadora de la Iglesia. El proceso de la misión desemboca en la proclamación y en la sacráméntalización. Por lo que sé refiere al diálogo interreligioso, el momento oportuno en el que la realidad desembocará en la proclamación tiene que dejarse, en cada caso en las manos de Dios y á la providencia. Por otra parte, las circunstancias pueden ser tales que la proclamación sea posible ya desde el comienzo del proceso de evangelización.

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J Dupuis