Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia CONVERSIÓN

CONVERSIÓN
TEOLOGÍA FUNDAMENTAL

En el lenguaje teológico, conversión significa normalmente un impulso espiritual hacia Dios tal como se comunica a sí mismo en Cristo y en el Espíritu Santo.

1. DATOS BÍBLICOS. El concepto del NT hunde sus raíces principalmente no en la noción filosófica griega de conversión, que es primordialmente intelectual, sino más bien en el concepto súb (volverse hacia, volver la espalda a, regresar) del AT. Los profetas miran a Israel como quien ha vuelto la espalda a Yhwh y necesita convertirse a él para escapar al castigo colectivo (Os 7,10-12; Am 4,6.11). Según Is 6,10, tal como se interpreta en los LXX y en el NT, los israelitas serían sanados si fueran capaces de ver, oír y convertirse; su ceguera y sordera son castigos por el pecado. Jeremías y Ezequiel enfatizan la dimensión interior y personal de la conversión como una aceptación de la alianza de Dios grabada en el corazón (Jer 31,33; 32,37-41; Ez 11,19; 18,19-32).

Juan el Bautista y Jesús hacen de la conversión individual (metánoia) un tema básico de su proclamación. Juan llama al arrepentimiento y a las buenas obras ante la inminencia del juicio de Dios (Mt 3,1-2; Me 1,1-8; Le 3,1-20). Jesús añade al mensaje de Juan la buena noticia de que Dios está ya estableciendo su reino a través del amor y la misericordia. La conversión es para Jesús una condición para la fe, el discipulado y la salvación.

Los términos epistrophé y metánoia son frecuentes en Lucas y Hechos, que unen la conversión con la misericordia (Lc 10,37; 24,47; He 3,19), la fe (He 2,38; 10,43), el bautismo (He 2,38; 10,47), la paz interior y el gozo (Lc 7,50; 15,32; 17,6), el don del Espíritu Santo (He 2,38; 10,45; 11,15-18), la vida (He 11,18) y la salvación (Lc 8,12; 19,9). Pablo y Bernabé exhortan a los paganos a apartarse de los ídolos hacia el Dios vivo (He 14,15). La conversión de Pablo, tres veces descrita en Hechos, implica tanto la iluminación personal como una vocación al apostolado (He 9,1-19; 22,346; 26,9-18).

Pablo utiliza ocasionalmente términos como metánoia (Rom 2,4; 2Cor 7,9-10; cf 12,21) y epistrophé (1Tes 1,9; cf 2Cor 3,16); pero él expresa mucho más a menudo la idea de conversión por medio de metáforas, como la de morir y resucitar de nuevo y la de lograr un cambio de vida (Rom 6,4; 1Cor 6,11). Habla de una progresiva transformación hacia nuevos grados de gloria (2Cor 3,18). Para Juan, al igual que para Pablo, llegar a la fe implica la idea de conversión; es un paso de la muerte a la vida, de la oscuridad a la luz. En el Apocalipsis,-la conversión se considera como una condición para el perdón (Ap 2,16.22; 3,3). Se trata de abrir el propio corazón a Jesús, que llama y desea entrar (3,19). El puesto central de la conversión en la catequesis primitiva está señalado en Heb 6,1 en un contexto que subraya la necesidad de perseverancia (Heb 6,4-6).

2. HISTORIA DE LA IGLESIA. La rápida expansión del cristianismo durante los primeros siglos tuvo lugar principalmente por medio de las conversiones. El éxito del cristianismo para atraer conversos se debió a su sacramentalismo, que rivalizaba con el atractivo de las religiones mistéricas; a su respetabilidad como filosofía, que superaba a las escuelas griegas; a los lazos comunitarios de amor y compañerismo y a la integridad moral de sus partidarios. Las historias de la conversión de Justino, Clemente de Alejandría y Agustín demuestran hasta qué punto estaban interrelacionadas las motivaciones filosóficas, religiosas y morales.

Las modernas concepciones de conversión están profundamente marcadas por los escritos de predicadores evangelistas americanos (J. Edwards), metodistas británicos (J. Wesley), santos católicos (Ignacio de Loyola) y líderes espirituales que entraron en la Iglesia ya adultos (J.H. Newman, T. Merton, D. Day).

3. ENSEÑANZA Y LITURGIA DE LA IGLESIA OFICIAL. Varios concilios de Occidente han configurado de modo decisivo la doctrina católica sobre la conversión. El segundo concilio de Orange (529), confirmando algunas posturas antipelagianas de Agustín, enseñó la absoluta necesidad de la gracia y de la iluminación del Espíritu Santo para efectuar el asentimiento a la predicación del evangelio e incluso para el deseo de la fe y el bautismo (DS 373-377).

El concilio de Trento, en su decreto sobre la justificación (1547), declaró tanto la libertad de la conversión como la primacía de la gracia de Dios (con citas de Zac 1,3 y Lam 5,21; cf DS 1525). En su descripción de los actos mediante los cuales la gente se dispone para la justificación, Trento mencionaba la fe, el temor de la justicia de Dios, la esperanza en la misericordia de Dios, el amor incipiente, la abominación del pecado y el arrepentimiento que conduce al deseo del bautismo y a una determinación de obedecer a los mandamientos de Dios (DS 1526). Trento señalaba también que la conversión continúa a lo largo de la vida a medida que se progresa en la fe, esperanza y caridad por la práctica de buenas obras (DS 1535).

El concilio Vaticano I (18691870) declaró que mientras la Iglesia, "como estandarte levantado entre las naciones", invita hacia sí a todos los que todavía no creen, el Señor incita y ayuda con su gracia a aquellos que andan buscando la luz de la verdad, conduciéndoles hacia la fe católica (DS 3014). La fe cristiana y católica, aunque es siempre un don de Dios, es un asentimiento razonable y no ciego (DS 3009-3110).

Para el concilio Vaticano II (1962-1965), la conversión comienza con ser "arrancado del pecado e introducido en el misterio del amor de Dios, quien lo llama a iniciar una comunicación personal con él en Cristo" (AG 13). La conversión debe ser moral y físicamente libre; han de evitarse tácticas de proselitismo indignas. Las motivaciones de los conversos deben ser examinadas y, si fuera necesario, purificadas (AG 13; cf DH 1l). El concilio utilizó el término "conversión" al hablar de la actividad misionera dirigida a los no cristianos; pero al referirse a los cristianos que vienen a la Iglesia católica habló más bien de "el trabajo de preparación y reconciliación de cuantos desean la plena comunión católica" (UR 4).

En orden a facilitar la plena conversión de las personas que entran en la Iglesia, el Vaticano II decretó que se restaurara el catecumenado de adultos (SC 64-66; AG 14). El nuevo Ritual de iniciación cristiana de adultos, con sus varias etapas sucesivas, está diseñado para garantizar una sincera renuncia al mal y una participación comprometida en la muerte y resurrección de Cristo, así como una integración social dentro de la Iglesia como comunidad de fe y culto.

4. TEOLOGÍA. En la teología clásica (Agustín, Tomás de Aquino), la conversión es el proceso por el que un individuo se vuelve a Dios y llega a unirse más estrechamente a él. Este proceso es una respuesta libre a la autodonación de Dios en Cristo y en el Espíritu Santo. La conversión se realiza normalmente de forma gradual, pero algunas veces se manifiesta en experiencias de máxima intensidad y en un cambio radical de los propios horizontes mentales y emocionales.

Atendiendo a los objetivos previstos, se puede distinguir entre tipos de conversión como los siguientes: teísta (a Dios como realidad trascendente), cristiana (a Jesucristo como la suprema manifestación de Dios), eclesial (a la Iglesia como comunidad de fe) y personal (a un estilo de vida en el que el propio compromiso es vivido hasta el fin). Estos tipos a veces, coinciden en parte o coinciden sencillamente; por ejemplo, cuando alguien encuentra a Dios y a Cristo en la aceptación de un nuevo modo de vida dentro de la Iglesia.

Para B. Lonergan la conversión religiosa es un estado dinámico de enamoramiento espiritual en respuesta al amor de Dios, derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (cf Rom 5,5). La conversión religiosa produce nuevos grados de autotrascendencia cognitiva, moral y afectiva. Algunos teólogos de la escuela de Lonergan, haciendo uso de la psicología evolutiva, han distinguido etapas de conversión que corresponden a grados de apropiación personal de la fe y a grados de liberación del egocentrismo.

En el lenguaje contemporáneo, el término "conversión" se aplica de modo especial a los rápidos e inesperados progresos que implica a veces el paso de la alienación a la reconciliación. Los movimientos hacia Dios leves, graduales y continuos se designan con otros términos. La adopción de una fe cristiana explícita puede con propiedad llamarse conversión, ya que nos capacita para relacionarnos con Dios de una manera radicalmente nueva, agradeciendo y confiando en él a causa de lo que él ha hecho por nosotros en Cristo: El proceso de conversión, por tanto, no debería separarse de la transmisión del evangelio.

5. TEOLOGÍA FUNDAMENTAL. Desde un determinado punto de vista, la teología fundamental puede ser entendida como una reflexión sistemática sobre las estructuras de la conversión y, más específicamente, sobre la conversión a la fe cristiana. La génesis de la fe no puede ser captada adecuadamente si no se toman en cuenta las obras de la gracia tal como son conocidas por la revelación. La teología fundamental debería, así mismo, explicar detalladamente el discernimiento racional por el que el evangelio se distingue de sistemas que son incoherentes, supersticiosos o fraudulentos. Las pretensiones cristianas se sostienen, o caen, vista su capacidad de arrojar luz sobre cuestiones de sentido último y de ofrecer riqueza, significado y dirección a la vida humana. Las palabras, hechos y vidas transformados de creyentes comprometidos son factores cruciales para hacer creíble el evangelio. La teología de la conversión debería tomar en cuenta la conexión orgánica entre la decisión de creer y la inclinación a unirse a una específica comunidad de fe.

BIBL.: CONN W.E. (ed.), Conversión: perspectives on Personal and Social Transformation, Staten Island, N.Y. 1978; CONN W., Christian Conversion: A Developmental Interpretation of Autonomy and Surrender, Nueva York 1986; DUGGAN R. (ed.), Conversion and the Catechumenate, Nueva York 1984; DULLEs A., Fundamental Theology and the Dynamics of Conversion, en "Thomist"45 (1981) 175-193; LONERGAN B., Método en teología, Sígueme, Salamanca 1988.

A. Dulles