Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia PEDRO (Primera carta de)


PEDRO (Primera carta de)
DicTB


SUMARIO: I. Origen histórico. 1. Canonicidad; 2.Autor, lugar y tiempo de composición. II. Origen literario: 1. Situación vital, finalidad y destinatarios; 2. Género literario y fuentes; 3. Estructura literaria y temática. III. Mensaje teológico y espiritual: 1 El fundamento cristológico de la esperanza; 2. La dimensión eclesial y testimonial de la esperanza.


En el grupo de las siete cartas "católicas" o universales figura una de las cartas atribuidas al apóstol Pedro. La autoridad de este patrocinio recomienda por sí misma este escrito a la atención de los lectores cristianos. Pero se impone, además, por el valor intrínseco de algunos temas bien conocidos: el sacerdocio común de los fieles, el seguimiento de Cristo en las pruebas, Cristo razón de la esperanza cristiana, de la cual hay que dar razón con el testimonio de la vida y de la palabra.

I. ORIGEN HISTÓRICO. El texto autorizado de Pedro plantea problemas en torno a su origen, su género literario y su estructura temática. Son éstas otras tantas cuestiones que habrá que afrontar preliminarmente para poder captar luego el mensaje teológico y la actualidad espiritual de este escrito.

1. CANONICIDAD. La primera carta de Pedro es el único escrito del NT que tiene el honor de ser citado dentro del mismo canon. Efectivamente, a él se refiere la segunda carta de Pedro (2Pe 3,1). En la tradición posterior de la Iglesia este escrito petrino es citado varias veces por Policarpo, en la carta a los Filipenses, y por Ireneo de Lyon (comienzos del siglo ni). Esta carta es reconocida y acogida como canónica en las Iglesias de Alejandría (Clemente, Orígenes y Atanasio) y de Africa (Tertuliano), así como en la de Palestina. De este consenso general en favor de la canonicidad de la carta petrina en las Iglesias de Oriente se hace portavoz Eusebio de Cesarea (Hist. Eccl. III, 3,1,4; 25,2; VI, 25,8). Por el contrario, sigue siendo enigmática la ausencia de este escrito en el canon de Muratori, atribuido a Hipólito romano (siglo III), y en el canon de la Iglesia siria, que excluye incluso hasta el siglo v todas las cartas católicas. En los siglos sucesivos, como atestigua Jerónimo, la carta de Pedro fue acogida en las Iglesias de Occidente. Una prueba de la difusión del texto de esta carta se tiene en el P72, del siglo u!, y en los códices mayúsculos más importantes de los siglos iv-v.

2. AUTOR, LUGAR Y TIEMPO DE COMPOSICIÓN. El texto se coloca bajo el nombre y la autoridad de Pedro de manera explícita en el encabezamiento de la carta: "Pedro, apóstol de Jesucristo, a los emigrantes esparcidos por el Ponto..." (lPe 1,1; cf 5,1). Este origen petrino de la carta no fue discutido hasta comienzos del siglo pasado. Las dificultades qúe se aducen para impugnar la atribución a Pedro de la carta se derivan de dos constataciones: el buen nivel de la lengua griega y el contenido de la carta, que sería poco "petrino". Para solucionar la primera dificultad se puede pensar siempre en la utilización de un secretario, a quien habría dictado la carta el autor. En el presente caso se nos presenta este secretario expresamente antes del saludo final: "Por medio de Silvano, a quien tengo por un fiel hermano vuestro, os he escrito estas pocas palabras..." (1Pe 5,12a). Pero siguen en pie las objeciones debidas a la falta de indicios que revelen la personalidad y las características del apóstol Pedro. En efecto, las instrucciones y exhortaciones de la carta están construidas mediante fórmulas tradicionales de la catequesis y de la exhortación cristiana. Además, la fraseología, así como el esquema teológico, se resienten del influjo de la tradición paulina. También esta dificultad podría resolverse remitiendo al papel del secretario-redactor Silvano, que pertenece al círculo de los colaboradores de Pablo.

Pero sigue en pie una dificultad de carácter cronológico, basada en una expresión precisa del texto. Al final, el autor envía los saludos de la comunidad en la que habría sido redactada la carta: "Os saluda la Iglesia de Babilonia, elegida por Dios lo mismo que vosotros, y Marcos, mi hijo" (IPe 5,13). Mientras que la figura de Marcos, colaborador en un primer tiempo de Pablo y Bernabé y conocido luego en la tradición como secretario-intérprete de Pedro, confirmaría la tradición petrina de este escrito, la alusión a la Iglesia "en Babilonia" desplaza la redacción del texto a la época posterior al año 70. Efectivamente, con este apelativo simbólico tras la caída de Jerusalén los escritos apocalípticos judíos y cristianos designan a la ciudad de Roma. Por consiguiente, el escrito habría surgido en un período en que Pedro habría sido ya condenado a muerte en la ciudad de Roma. En conclusión, el autor de la carta de Pedro podría ser un cristiano anónimo de Roma, que se sirve de la tradición y autoridad de Pedro para enviar un escrito circular a los cristianos de Asia, quienes, a su vez, se insertan en la tradición paulina. El origen romano del texto es confirmado por las afinidades notables con la primera carta de Clemente, que conoce y valora la tradición de los dos apóstoles y mártires de Roma (96 d.C.). La carta existía ciertamente a finales del siglo I y era conocida en las Iglesias del Asia Menor, dado que el autor de la segunda carta de Pedro remite expresamente a este texto, puesto bajo la autoridad de Pedro.

II. ORIGEN LITERARIO. La carta de Pedro suscita algunos problemas no sólo por su afinidad con la tradición de Pablo, sino también por la definición de su género literario y de su estructura. Algunos autores han propuesto la hipótesis de que el texto actual conjuga dos cartas distintas: una exhortación a los cristianos en medio de las pruebas (1 Pe 1,1-4,11) y una exhortación ante la inminencia de la "persecución" (1 Pe 4,12-5,14). La afinidad de lenguaje con las homilías pascuales de Melitón de Sardes y las referencias a la liturgia bautismal han sugerido la hipótesis de que se trata de una homilía bautismal para los cristianos del Asia, o incluso de un esquema de la liturgia bautismal romana, enviada a los cristianos bajo la forma de carta a las comunidades de Asia. Esta situación invita a examinar atentamente el contexto vital, el género literario y las posibles fuentes utilizadas, antes de pasar a reconstruir su estructura literario-temática.

1. SITUACIÓN VITAL, FINALIDAD Y DESTINATARIOS. El primer problema que hay que afrontar es el del contexto vital en que surgió nuestro escrito. El punto de partida nos lo ofrece el mismo texto. Los destinatarios se indican como "los emigrantes esparcidos por el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, elegidos por designio de Dios Padre..." (IPe 1,1b-2a). Se trata de grupos de creyentes que viven dispersos por las ciudades de las regiones mencionadas. De algunos indicios de la carta se puede deducir que se trata en su mayoría de paganos convertidos, que pueden contar ya con una cierta tradición y organización eclesial (1 Pe 1,14.18; 4,3-4.10-11; 5,1-4). El objetivo de la carta lo indica también el propio autor en el saludo final: "Por medio de Silvano... os he escrito estas pocas palabras para exhortaron y aseguraros que la gracia de Dios, en la cual vosotros os mantenéis firmes, es la verdadera" (1Pe 5,12). Así pues, el autor envía su escrito a estos cristianos de las Iglesias de Asia con una finalidad exhortativa, para consolidar su adhesión a la fe.

La situación en que se encuentran estos grupos cristianos se deduce del conjunto del texto como una situación "conflictiva", caracterizada por pruebas y sufrimientos. No se puede hablar de una "persecución" oficial, dado que está totalmente ausente la terminología específica. Pero se puede pensar muy bien en los sufrimientos y pruebas provocados por la intolerancia y la hostilidad del ambiente. En diversas ocasiones el autor alude con un lenguaje bastante genérico a esta condición "conflictiva" en que viven los cristianos destinatarios: "Estáis alegres, aunque de momento os veáis obligados a sufrir diversas pruebas..." (1Pe 1,6; cf 2,21; 3,14; 4,12). Por el conjunto de estos indicios sugeridos en el texto se ve que la situación de los destinatarios de la carta es precisamente la de unas minorías acosadas y boicoteadas en medio de un ambiente receloso e intolerante. Esta situación es característica de los grupos cristianos en el siglo 1, hasta el punto de dar origen a un modelo de exhortación parenética que arranca a su vez de la tradición bíblica y judía.

2. GÉNERO LITERARIO Y FUENTES. El autor mismo se encarga de definir el modelo literario en que se inspira: "Os he escrito estas pocas palabras para exhortaros y aseguraros que la gracia de Dios, en la cual vosotros os mantenéis firmes, es la verdadera" (IPe 5,12b). Se trata, por tanto, de un discurso de carácter exhortativo, dirigido a unos cristianos que tienen necesidad de verse estimulados y sostenidos en su camino de fe. Con este objetivo se utiliza el material tradicional en pequeñas unidades literarias, unidas entre sí por motivaciones que remiten a trozos catequéticos, fragmentos de himnos y profesiones de fe cristológica.

Para construir su discurso, el autor acude con mucha libertad, pero con una gran intuición teológica y espiritual, a la tradición bíblica tanto del AT como del NT. En efecto, se observan en el escrito petrino cuatro citas explícitas del AT, sacadas de la versión griega alejandrina (los LXX): iPe 1,24; 2,6; 3,10-12; 5,5; y al menos 11 alusiones, especialmente a los Salmos, a los libros del Éxodo, Levítico y Proverbios. Pero, además de estas citas implícitas o explícitas del AT, hay que señalar el uso de la fraseología y de las imágenes sacadas de la tradición bíblica, aunque releídas en clave cristológica según el método de la exégesis tipológica. Esto aparece de forma especial en la imagen de cordero/ Cristo y del diluvio-arca, como figura (griego, antítypos) del bautismo (iPe 1,19-21; 3,21).

Más impresionante todavía son los vínculos de la carta de Pedro con la tradición neotestamentaria, especialmente la paulina. Se han señalado por los menos nueve puntos de contacto entre el escrito de Pedro y la carta de Pablo a los Romanos en la sección parenética (Rom 12-13). Estos contactos se advierten tembién con los otros escritos de la tradición paulina, sobre todo con la carta a los Efesios y las cartas pastorales. En la primera carta de Pedro aparecen algunas expresiones típicas de Pablo —"en Cristo"—, la terminología de la "gracia", de la elección, de la salvación y de la libertad. Pero faltan los temas centrales de la teología paulina, como el de la justificación y la ley. Puede afirmarse, por tanto, que nuestro texto se coloca en la tradición paulina, pero reelaborada en una nueva perspectiva teológica y espiritual.

Los mismo hay que decir de los vínculos con la tradición evangélica sinóptica (Mateo y Lucas): las sentencias de Jesús son reutilizadas por nuestro autor en clave parenética. Igualmente la figura de Jesús "pastor" y el tema de la "regeneración" por medio de la palabra viva de Dios remiten a la tradición joanea.

De mayor importancia son las relaciones entre la primera carta de Pedro y la de / Santiago. Se han señalado por lo menos siete textos comunes a los dos escritos. Se trata de textos de carácter parenético, dispuestos en un orden progresivo correspondiente. Esta relación no se puede explicar como si se tratase de una mera coincidencia, sino que hay que atribuirla a una tradición parenética que está en la base de los dos escritos. Por el contrario, es difícil imaginarse una dependencia literaria entre la carta de Pedro y la de Santiago, o viceversa, dada la diversa utilización y desarrollo contextual de los temas y de las expresiones paralelas.

Finalmente, hay que señalar la afinidad temática, teológica y espiritual del escrito petrino con la carta a los Hebreos. Resaltan con toda evidencia el tema del pueblo de Dios "itinerante", la referencia a la sangre de la aspersión, a la palabra viva de Dios, a la figura de Jesús pastor y a la eficacia salvífica de su muerte realizada una vez para siempre (griego, eph üpax) (lPe 3,18; Heb 9,28).

Esta red de conexiones entre el escrito de Pedro y la tradición del NT justifica la designación de este texto como "carta de la tradición". Son la tradición litúrgica, la catequística y la parenética las que constituyen el cauce en que se alimentó el autor que elaboró este escrito para los cristianos, sujetos a crisis por las pruebas de un ambiente hostil. De esta tradición se derivan las fórmulas de fe, los fragmentos hímnicos, las listas de deberes y las series de sentencias. No hay que excluir un cierto contacto con las tradiciones bíblicas y judías, en particular con las de carácter sapiencial y apocalíptico. Pero todo este material fue releído y más tarde reinterpretado en la perspectiva cristológica y eclesial propia de nuestro autor.

3. ESTRUCTURA LITERARIA Y TEMÁTICA. El escrito de Pedro, aunque se inserta en la tradición catequística, homilética y litúrgica cristiana, se presenta bajo la forma externa de una carta. En efecto, está encuadrado entre el saludo inicial (lPe 1,1-2) y la conclusión epistolar con el saludo final (lPe 5,12-14). En el encabezamiento se presenta también el anuncio temático, al dirigirse a los destinatarios como "emigrantes esparcidos" (de la diáspora), "elegidos" por Dios Padre y obedientes a su voluntad, "purificados" por la sangre de Cristo. Tras este párrafo de apertura viene la oración de bendición, en la que se enuncian los temas característicos de la carta: la esperanza viva, las pruebas de la fe y la salvación escatológica, que lleva a su cumplimiento la salvación vislumbrada por los profetas de la primera alianza (IPe 1,3-12). A esta introducción sigue el desarrollo del discurso sobre la esperanza en tres momentos:

1.° La esperanza basada en Jesucristo (1 Pe 1,13-2,10). La motivación central de esta serie de exhortaciones es de carácter bautismal. La referencia al acontecimiento fundador de la experiencia cristiana se encuentra en el centro de esta primera unidad literaria y temática (IPe 1,22-2,3). Sirven de marco a esta parte una invitación a vivir el nuevo estilo de vida, inaugurado por el éxodo cristiano (1 Pe 1,13-21) y la sugestiva catequesis sobre el estatuto de los cristianos como "casa espiritual" y pueblo sacerdotal (lPe 2,4-10).

2.° Vivir como cristianos en las diversas situaciones (iPe 2,11-3,12). La motivación de esta segunda unidad es de carácter cristológico. También ella se desarrolla con una progresión de pequeñas secciones, centradas en la exhortación a vivir en los diversos contextos, actuando el estatuto de la fe bautismal: a) testimonio cristiano de la sociedad y frente a las instituciones (lPe 2,11-17); b) en las relaciones sociales, con la motivación cristológica explícita (lPe 2,18-25); c) en la vida matrimonial (lPe 3,1-7); y d) en la vida de comunidad, con una alusión a la tradición bíblica: cf Sal 34,13-17 (lPe 3,8-12).

3.° Perseverancia y testimonio cristiano en las pruebas (1 Pe 3,13-5,11). En esta última parte la motivación es de carácter escatológico. Se pueden señalar además en su interior algunas pequeñas unidades de carácter parenético: a) invitación a la confianza, con una motivación cristológica explícita (1 Pe 3,13-22); b) exhortación a la fidelidad en la experiencia comunitaria (1Pe 4,1-11); c) exhortación a los cristianos perseguidos, indicando la perspectiva escatológica (1 Pe 4,12-19), y d) instrucciones para la vida de comunidad, carismas y ministerios.

Lo que da unidad a este conjunto de instrucciones y exhortaciones, unidas al material tradicional, es el objetivo pastoral, que no olvida, sin embargo, las motivaciones profundas de índole teológica y cristológica, así como la meta última a la que se abre la esperanza cristiana. Esta esperanza es la que debe sostener el camino de los cristianos y su valiente testimonio en el mundo.

III. MENSAJE TEOLÓGICO Y ESPIRITUAL. La primera carta de Pedro se impone a la atención de los lectores cristianos por el puesto central que concede a la esperanza. Se trata de una apertura a la salvación, que tiene su fuente en la iniciativa de Dios, pero que se vive en el contexto comunitario y en el testimonio público incluso en un ambiente hostil.

1. EL FUNDAMENTO CRISTOLÓGICO DE LA ESPERANZA. Ya desde la plegaria o bendición de apertura de esta primera carta se nos da la entonación temática de la misma: "Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que llevado de su gran misericordia nos ha hecho nacer de nuevo mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos a una esperanza viva" (lPe 1,3). Si la iniciativa del proceso salvífico se remonta al amor gratuito de Dios (griego, járis), tiene, sin embargo, su cumplimiento en Jesucristo, el "siervo" fiel, que con su resurrección se ha convertido en el fundamento de la esperanza. Esta consiste en la salvación, inaugurada ya ahora mediante la fe bautismal, pero que espera su plena manifestación en 'el futuro. También la promesa profética de la primera alianza iba orientada hacia la actuación histórica de la salvación en Jesucristo: "En esta salvación centraron sus estudios e investigaciones los profetas que anunciaron la gracia que Dios os tenía destinada. El Espíritu de Cristo, que estaba en ellos, les dio a conocer de antemano lo que Cristo tenía que sufrir y la gloria que iba a alcanzar" (lPe 1,10-11). Esta experiencia de salvación, centrada en Jesucristo, punto focal de la historia, se realiza en el acontecimiento bautismal. Apelando a las imágenes del primer éxodo, el autor invita a los destinatarios cristianos a vivir según el estilo de los peregrinos salidos de la esclavitud del pecado, rescatados y liberados por la muerte salvífica de Jesús, el nuevo y definitivo cordero pascual. Recogiendo un fragmento de profesión de fe cristológica, el autor se dirige a los cristianos en estos términos: "Sabed que habéis sido rescatados de vuestra vida estéril..., no con bienes perecederos, como el oro o la plata, sino con la preciosa sangre de Cristo, el cordero sin tacha ni defecto, predestinado desde toda la eternidad y manifestado en los últimos tiempos por amor hacia vosotros, los que por él creéis en Dios, el cual, habiéndole resucitado de entre los muertos y coronado de gloria, viene a ser por lo mismo el objeto de vuestra fe y de vuestra esperanza" (lPe 1,18.21).

También a la imagen de Cristo, presentado como "siervo" fiel, remite el autor a los lectores cristianos para darles la razón de la confianza y perseverancia que han de tener en medio de las pruebas. Como caso extremo se refiere a la condición de los esclavos cristianos sometidos a dueños perversos. Incluso en esa situación tienen que seguir los pasos de Cristo, que permaneció fiel a Dios, realizando así el proceso salvífico: "Esta es vuestra vocación, pues también Cristo sufrió por vosotros, y os dejó ejemplo para que sigáis sus pasos. El, en quien no hubo pecado y en cuyos labios no se encontró engaño; él, que siendo ultrajado no respondía con ultrajes, siendo maltratado no amenazaba, sino que se ponía en manosdel que juzga con justicia; él, que llevó en su propio cuerpo nuestros pecados sobre la cruz, para que muertos al pecado vivamos para la justicia..." (lPe 2,18-24).

A este himno cristológico, inspirado en la figura del siervo doliente de la tradición isaiana, hace eco otro párrafo en donde se utiliza a su vez un fragmento de catequesis bautismal. Se le propone como motivación de la actitud que se sugiere a los cristianos: tienen que responder con el amor activo, incluso en la situación de injusticia opresiva y violenta: "Mejor es sufrir por hacer el bien que por hacer el mal, si Dios así lo dispone. Pues también Cristo murió una vez por los pecados, el justo por los injustos, con el fin de llevarnos a Dios" (IPe 3,17-18). En esta formulación de fe, centrada en el misterio pascual, se inserta una catequesis de tipo bautismal, en donde se recuerda de forma actualizada la historia de Noé, salvado de las aguas del diluvio por medio del arca. Esta se presenta como la imagen prefigurativa del bautismo cristiano, que salva no en virtud de una purificación externa, sino gracias a "la resurrección de Jesucristo, el cual, una vez sometidos los ángeles, las potestades y las virtudes, subió al cielo y está sentado a la diestra de Dios" (IPe 3,20-22). En este contexto puede interpretarse igualmente la expresión enigmática con la que el autor describe la eficacia universal de la acción salvífica de Jesucristo, que se extiende incluso al mundo de los muertos (cf lPe 3,19; 4,6).

2. LA DIMENSIÓN ECLESIAL Y TESTIMONIAL DE LA ESPERANZA. El proceso salvífico, cuya raíz es la acción gratuita y benigna de Dios y que se lleva a cabo en Cristo, tiene como meta final la "herencia" o la "corona de gloria". Pero se va realizando ya ahora en el camino histórico de la experiencia eclesial, inaugurada por el bautismo. También para trazar la imagen de la Iglesia el autor recurre a algunos motivos tradicionales, fragmentos de himnos y de catequesis. Guarda especial interés la reconstrucción de la experiencia bautismal como "baño de purificación", que debe su eficacia a la acción y a la palabra de Dios, acogidas por la fe: "Purificados por la obediencia a la verdad con el fin de llegar a una fraternidad sincera, amaos entrañablemente unos a otros, como quienes han nacido de nuevo; y no de una semilla corruptible, sino incorruptible, la palabra viva y eterna de Dios" (lPe 1,22-23). La Iglesia se deriva de este renacer espiritual. Como un edificio espiritual, está edificada sobre Cristo, piedra escogida y viva. A él se adhieren los creyentes como piedras vivas, como en una construcción, para formar el nuevo templo, en donde se practica el culto espiritual. En una célebre síntesis de eclesiología el autor refiere a la comunidad cristiana las prerrogativas del pueblo de la primera alianza: "Vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo de su propiedad, para anunciar las grandezas del que os ha llamado de las tinieblas a su luz maravillosa" (lPe 2,9).

Esta experiencia eclesial se vive en relaciones fraternas, caracterizadas por el amor (griego, agápé y philadelphía), en donde se actúan los dones espirituales y las funciones ministeriales (cf lPe 4,8-11; 5,1-5). Pero el estatuto de los cristianos, llamados a ser templo espiritual para anunciar las obras grandes de Dios y capacitados para ello por el don del Espíritu de Dios, los mueve a dirigirse al ambiente exterior con un testimonio valiente y coherente. En medio de un clima de sospechas y de hostilidad, el testimonio cristiano se vive como coherencia ética, "hacer el bien", que desmonta las prevenciones y los recelos del ambiente. Este testimonio tiene una función no sólo apologética, sino también misionera. En efecto, nuestro predicador invita a los destinatarios a vivir su condición de "perseguidos" según la paradoja de la bienaventuranza evangélica: "Alegraos de participar en los sufrimientos de Cristo, para que asimismo os podáis alegrar gozosos el día en que se manifieste su gloria" (lPe 4,13). Pero lo que importa en estas condiciones de hostilidad y de prejuicios es que los cristianos no se retiren a un gueto defensivo. Con lealtad, con coherencia y también con libertad y confianza tienen que proponer abiertamente su propia opción de fe: "Si, a pesar de todo, os veis obligados a padecer por la justicia, ¡dichosos vosotros! No temáis sus amenazas ni os turbéis. Glorificad en vuestros corazones a Cristo, el Señor, dispuestos siempre a contestar a todo el que os pida razón de vuestra esperanza; pero hacedlo con dulzura y con respeto, con la conciencia tranquila, para que todos los que interpretan mal vuestra vida cristiana queden avergonzados de sus mismas palabras" (lPe 3,13-16).

La lectura de este escrito, que figura bajo el nombre y la autoridad de Pedro, acogido en el canon cristiano, es de inmediata actualidad para cada uno de los cristianos y de las comunidades, llamados también hoy a vivir como minoría en un ambiente que es a menudo refractario y hostil. En este contexto es sumamente urgente encontrar las raíces teológicas y cristológicas profundas de la esperanza cristiana, que no es huida de la realidad, sino testimonio valiente y libre de la salvación prometida y acogida en la fe.

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R. Fabris