Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia PABLO


PABLO
DicTB
 

SUMARIO I. Elementos biográficos: 1. Fuentes; 2. Cronología; 3. La conversión; 4. Hombre de tres culturas; 5. El mayor misionero cristiano; 6. Los rivales de Pablo. II. Las cartas. III. El evangelio de Pablo: 1. El proyecto salvífico del Padre; 2. La obra de Cristo redentor; 3. "Salvados en la esperanza"; 4. La salvación mediante la fe; 5. El hombre, nueva criatura; 6. "Caminar según el espíritu"; 7. Los judíos y los no cristianos; 8. El ministerio de los apóstoles. IV. Pablo y Jesús. V. Pablo en la Iglesia.

 

I. ELEMENTOS BIOGRÁFICOS. 1. FUENTES. Para conocer a san Pablo disponemos de dos tipos de fuentes. En primer lugar, las cartas, en las que él mismo da noticias fragmentarias de sí mismo, de su origen, de su conversión, de sus fatigas apostólicas, de sus colaboradores y adversarios, de los itinerarios de su misión. Siete de ellas, es decir, la primera a los Tesalonicenses, la primera y la segunda a los Corintios, las dirigidas a los Gálatas, a los Romanos, a los Filipenses y a Filemón, consideradas unánimemente por los críticos como escritas personalmente por él, recogen el timbre de su voz. De las otras, es decir, de la segunda a los Tesalonicenses, las dirigidas a los Efesios, a los Colosenses, las dos a Timoteo y la de Tito, muchos dudan de si hay que atribuirlas directamente a Pablo o a alguno de sus colaboradores y discípulos.

Junto a las cartas están los Hechos de los Apóstoles, en donde Pablo sucede a Pedro en la función de protagonista a partir del capítulo 13 hasta el fin. Es difícil poner en duda las noticias ofrecidas por los / Hechos sobre los sucesos vividos por Pablo; pero teniendo en cuenta el carácter literario y teológico de la obra, es cierto que han de someterse a un juicio de valoración; en particular, los críticos desconfían del método concordista de combinar materialmente los datos de las dos fuentes. Escribe, por ejemplo, Bornkamm: "No es posible tomar sin reserva los Hechos como hilo conductor en el que insertar en cada ocasión las cartas como complementos o ilustraciones adecuadas, y tampoco es lícito llenar las lagunas que ofrecen las cartas sirviéndose indiscriminadamente de las abundantes noticias que pueden deducirse de los Hechos".

2. CRONOLOGÍA. Es bastante fácil trazar el cuadro general de la vida de Pablo. Nacido al comienzo de la era cristiana, por el año 35 d.C. se convierte y entra a formar parte de los seguidores de Cristo; sube varias veces a Jerusalén, donde se encuentra con Pedro y participa en el concilio de los apóstoles; una intensa actividad misionera lo convierte en peregrino por toda el área del Mediterráneo oriental, con estancias prolongadas en Antioquía de Siria, en Corinto, en Efeso yen Roma, donde muere mártir en tiempos de Nerón.

Resulta difícil, sin embargo, concretar cronológicamente los diversos episodios de su vida, sus viajes y su misma muerte, que algunos colocan a comienzos del imperio de Nerón y otros al final. El punto de referencia más seguro e importante para la biografía de Pablo es la inscripción de Delfos, de la que se deduce que el procónsul romano Galión residía en Corinto en el 50/51 (o todo lo más tarde en el 51/52); pues bien, Pablo se encontró con Galión en Corinto, bien al principio o bien al final del proconsulado. En todo caso, puede decirse que Pablo estaba en Corinto por el año 50. A partir de esta fecha se trabaja para ordenar cronológicamente la biografía de Pablo.

En los últimos años se ha discutido mucho el problema de la cronología paulina, con hipótesis y resultados sorprendentes. Al no poder entrar en detalles, nos limitaremos a aludir aquí a dos esquemas cronológicos de su vida: el tradicional clásico, que se basa sobre todo en los Hechos de los Apóstoles, y el crítico, que destaca los datos ofrecidos por las cartas. El primero sigue el ritmo de la misión de Pablo en tres grandes viajes, pone el concilio de Jerusalén (año 49/ 50) después del primer viaje, la prisión en Cesarea en el "bienio" 58/60 y la de Roma en el bienio 60/ 62; el segundo arresto y la muerte se sitúan en el 64 o en e167. El segundo esquema pone el concilio de Jerusalén por el 50/51, después del segundo viaje misionero que llevó a Pablo a ,.Grecia; en el 52/55 la estancia en Efeso, en el 56 el arresto en Jerusalén, en el invierno 57/58 el viaje a Roma, en el 58/60 la residencia obligada en la capital del imperio y en el 60 el martirio bajo Nerón.

3. LA CONVERSIÓN. Tanto de los Hechos como de las cartas se deduce con claridad que Pablo fue un enemigo encarnizado de la comunidad cristiana. "Conocéis mi conducta anterior dentro del judaísmo: con qué crueldad perseguía y trataba de aniquilar a la Iglesia de Dios", confiesa él mismo en la carta a los Gálatas (1,13). Los Hechos indican: "Saulo asolaba la Iglesia; entraba en las casas, sacaba a rastras a hombres y mujeres y los metía en la cárcel" (8,1). Pero de ambas fuentes se deduce igualmente que en la vida de Pablo hubo un cataclismo repentino que lo transformó de perseguidor en apóstol y misionero. El autor de los Hechos presenta este acontecimiento en tres ocasiones: en el capítulo 9 tenemos el relato en tercera persona; en el capítulo 22 Pablo se refiere a él de forma autobiográfica, hablando a la turba hostil de Jerusalén; en el capítulo 26 el mismo Pablo lo refiere en su deposición ante Festo y Agripa. Las tres narraciones hablan con gran relieve de la cristofanía que tuvo lugar en el camino de Damasco, la conversación de Cristo con Pablo, la nueva percepción que Pablo tiene de Jesús de Nazaret y de sí mismo, la misión extraordinaria que se le confía entre los paganos, misión que marcó el gran giro del cristianismo naciente.

En las cartas Pablo vuelve sobre ello unas veces en tono apologético y otras en tono polémico, para defenderse contra los adversarios y para indicar el nuevo fundamento sobre el que se levanta su vida. Así, en la primera carta a los Corintios: "Después de todo, como a uno que nace antes de tiempo, también se me apareció a mí" (15,8); en la carta a los Gálatas, para reivindicar la investidura divina de su misión y el origen auténtico de su evangelio, dice: "Me llamó por su gracia y me dio a conocer a su Hijo para que yo lo anunciara entre los paganos" (1,15-16); en la carta a los Filipenses, en polémica contra los adversarios judaizantes y combatiendo el ideal de la autojustificación, escribe: "Yo mismo fui alcanzado por Cristo Jesús" (3,12). A pesar del carácter autobiográfico, tanto las tres narraciones de los Hechos como las tres referencias de las cartas aparecen sensiblemente teologizadas y reflejan una lectura retrospectiva del acontecimiento a la luz de toda la vida del apóstol y del camino de la Iglesia. Pero lejos de debilitar su valor histórico, todo ello revela el carácter cierto del suceso.

4. HOMBRE DE TRES CULTURAS. Pablo ha sido definido por A. Deissmann como "un cosmopolita"; en realidad, se entrelazan en su persona y en su obra tres mundos y tres culturas: judío de nacimiento y de religión, se expresa en la lengua y en las formas del helenismo, y es un ciudadano romano que se encuadra lealmente en el marco político-administrativo del imperio.

El judaísmo lo marca indeleblemente desde su nacimiento. "Yo soy judío, ciudadano de Tarso", declara al tribuno romano que le interroga cuando el arresto de Jerusalén (He 21,39), indicando de este modo que pertenece a la diáspora judía dispersa por el mundo helenizado. Frente a los detractores de Corinto que niegan su autoridad apostólica, reivindica polémicamente su ascendencia judía: ¿Son hebreos? También yo. ¿Son israelitas? También yo. ¿Del linaje de Abrahán? También yo"(2Cor 11,22). Y a los Filipenses (3,5-6), insistiendo para resaltar el nuevo estado en que se encuentra después de haber sido aferrado por Cristo, les dice: "Fui circuncidado al octavo día; soy del linaje de Israel; de la tribu de Benjamín; hebreo, hijo de hebreos y, por lo que a la ley se refiere, fariseo". En la carta a los Romanos aparece la lúcida conciencia teológica de pertenecer por su origen al pueblo llamado por Dios para un designio de salvación en favor de toda la humanidad: "Quisiera ser objeto de maldición, separado incluso de Cristo, por el bien de mis hermanos, los de mi propia raza; son los israelitas, a los que Dios adoptó como hijos y a los que se apareció gloriosamente; de ellos es la alianza, la ley, el culto y las promesas; de ellos son también los patriarcas; de ellos procede Cristo en cuanto hombre" (9,3-5). Incluso en un pasaje se observa cierto orgullo separatista: "Nosotros somos judíos de nacimiento y no pecadores paganos" (Gál 2,15).

Aun sintiéndose radicalmente convertido a Cristo, Pablo vive en un clima espiritual judío; cuando fija fechas o plazos de tiempo, lo hace en términos de calendario judío (cf lCor 16,8); en dos ocasiones los Hechos lo presentan comprometido con el voto de nazireato (He 18,18; 21,17-26). La Biblia es su libro, que usa y maneja al estilo de los rabinos, siguiendo sus métodos de lectura y de interpretación (midrasim:cf 1Cor 10,1-10). Los Hechos recogen la noticia de su "crecimiento" en Jerusalén y de su "formación" (pepaideuménos) "a los pies de Gamaliel, instruido en la fiel observancia de la ley de nuestros padres" (22,3). También se debe a la tradición judía el que aprendiera un oficio por motivos éticos y no meramente utilitarios, que en el caso de Pablo era el de "fabricante de tiendas" (skénopoiós), término genérico que se presta a diversas interpretaciones: tejedor de pelos de cabra para diversos usos, como el cilicium, así llamado por la región de Cilicia, de donde procedía, o bien curtidor de pieles para fabricar tiendas, etc.

Pero este judío era de lengua griega y natural de Tarso, "una ciudad no desconocida de Cilicia", como él mismo la denomina con una litote llena de complacencia (He 21,39). Tarso, en el río Cidno, se encontraba por aquella época en el apogeo de su esplendor de ciudad helenista y cosmopolita. Era una de las patrias del estoicismo. Pablo conoció ciertamente este tipo de pensamiento y logró asimilar ciertamente algunos de sus rasgos éticos, como el ideal de la autosuficiencia (cf Flp 4,11) o "autarquía", y filosófico-religiosos, como la transparencia de Dios en el mundo (cf Rom 1,19-20).

Todo el marco de su actividad se coloca en un ambiente cultural helenista; utiliza el griego con desenvoltura y de forma personal; no le resultan extrañas ni las formas de la diatriba ni las figuras de la retórica contemporánea y se manifiesta lingüísticamente creativo: baste pensar en los verbos formados con una o varias preposiciones (cf Rom 5,20; 8,26; 2Cor 7,4), entre los que son típicos los compuestos con syn (= con) para indicar la simbiosis con sus colaboradores y sus amigos en la comunicación vital con Cristo, en la muerte, en la resurrección y en la gloria (cf Rom 6,4; 8,17; Gál 2,19; Flp 3,10; Ef 2,6; Col 2,12; 3,1ss). No son raros los casos en que los vocablos utilizados en la cultura griega contemporánea se ven obligados bajo su pluma a expresar contenidos y significados nuevos, conformes con su pensamiento teológico; baste pensar en el ensanchamiento y en la transformación semántica que imprimió a ciertos términos clave, como carne (sárx) y espíritu (pneúma), pecado (hamartía) y salvación (sótería), amor (agápé) y justicia (dikaiosyné), libertad (eleuthería) y esclavitud (doulótes). En particular, su pensamiento se ve solicitado por la situación existencial y cultural con que se encuentra, hasta el punto de que se puede hablar en él de una auténtica "inculturación" de la fe en contextos distintos del judeo-jerosolimitano en que había nacido. Las dos cartas a los Corintios y las de los Efesios y Colosenses ofrecen a propósito de esto un testimonio claro y bien diferenciado.

Pero este personaje judío y griego se autopresenta en todas sus cartas con el nombre claramente latino de Pablo, que llevaba casi seguramente desde su nacimiento junto con el apelativo Saulo, que le habían impuesto sus padres en recuerdo del primer rey de la tribu de Benjamín. Hay que indicar que en la cristofanía de Damasco la voz misteriosa, según los Hechos, lo llama al estilo hebreo: "Sa'ul, Sa'ul", (9,4). Las autoridades del imperio responden a sus ojos a una disposición divina: "pues la autoridad está al servicio de Dios para ayudarte a portarte bien"; por eso merecen respeto y obediencia "por un deber de conciencia" (Rom 13,4-5). Según el autor de los Hechos, Pablo trató serenamente con procónsules y procuradores romanos en Chipre, en Corinto, en Cesarea, y reivindicó en varias ocasiones las garantías jurídicas que le correspondían en virtud del derecho de ciudadanía romana que poseía por nacimiento (He 22,28). En sus programas misioneros figura Roma en la cumbre, como centro y base de una mayor evangelización, que habría de llevarlo hasta España (Rom 15,22-24), en la parte occidental del Mediterráneo, después de haber recorrido el lado oriental. No se sabe con seguridad si se realizó aquel sueño, pero lo cierto es que escribió a los romanos la carta más densa, síntesis de su evangelio, y que en Roma coronó su actividad con el martirio.

5. EL MAYOR MISIONERO CRISTIANO. El libro de los Hechos ofrece una narración ordenada de la obra misionera de Pablo. Se desarrolla preferentemente en aquella zona costera del Mediterráneo que Deissmann llama "la elipse del olivo", y que toca las ciudades de Damasco, Tarso, Antioquía de Siria, Chipre y Anatolia sudoriental; vienen luego las ciudades de Filipos, Tesalónica, Berea, Atenas, Corinto, en Europa; Efeso, capital de la provincia romana de Asia, y Roma, capital del imperio.

Los datos de las cartas confirman este cuadro, aunque no permiten seguir todas sus líneas y anclarlas dentro del esquema de una triple expedición, tal como se dibuja en los Hechos.

Escogía intencionadamente las grandes aglomeraciones humanas de las ciudades más pobladas, sobre todo las que no habían sido tocadas aún por el evangelio, en donde intentaba hacer surgir al menos una pequeña comunidad cristiana, que estuviera animada y presidida por personas especialmente entregadas y generosas (cf 1Tes 5,12-13; 1Cor 16,15-16). Todo hace pensar que la metodología misionera de Pablo, a diferencia de los predicadores itinerantes de su época, buscaba a los pueblos más que a los individuos concretos; por esto parece realmente singular que Pablo no haya tomado nunca en consideración a una ciudad tan poblada y significativa como Alejandría de Egipto. Desde el principio tiene conciencia de haber sido llamado a evangelizar a los gentiles (Gál 1,16), y esta vocación queda ratificada por Pedro y los apóstoles (Gál 2,9-10).

Su método de comunicar el evangelio se compendia en la palabra, en el ejemplo y en el amor: una palabra que no es simple transmisión verbal, sino que va impregnada del Espíritu y del poder de Dios, que interpela a los hombres por medio de sus enviados, "como si Dios exhortase por nosotros" (2Cor 5,20). A la comunidad de Tesalónica escribe: "Al recibir la palabra de Dios que os predicamos, la abrazasteis no como palabra de hombre, sino como lo que es en verdad, la palabra de Dios, que permanece vitalmente activa en vosotros, los creyentes" (1Tes 2,13); en efecto, el evangelio es "poder de Dios para todo el que cree" (Rom 1,16).

La palabra se ve corroborada por la fuerza del "modelo humano, que tiene su origen en la humanidad de Cristo y por eso mismo es tan importante para Pablo", como escribe Bonhoeffer en su Esquema para un ensayo, escrito en la cárcel. Puesto que el evangelio no es una teoría, sino un modo de existir, Pablo sabe que tiene que transmitirlo con su misma existencia, "en el ejercicio" de lo que lleva consigo. Los dos términos principales que se usan en este contexto son "modelo" e "imitador": "Os suplico que sigáis mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo" (1Cor 4,16; cf lTes 1,6; Flp 4,9; 2Tes 3,7).

Pero la palabra parte del amor y tiende a la "edificación", es decir, a la construcción y al crecimiento espiritual de los individuos y de la comunidad. Pablo se lo recuerda repetidamente a los Tesalonicenses (1Tes 2,7-8.12), a los Corintios (2Cor 4,15; 5,14; 6,21), a los Gálatas (4,15). Esa palabra se pronuncia con fidelidad y lealtad de espíritu ante Dios y los hombres (cf l Tes 2,1-12), con la franqueza (parrésía: 2Cor 3,12; Flp 1,20; Ef 3,12) y la limpieza cristalina (eilikríneia) que corresponde a los ministros de la nueva alianza. Para poder llegar al corazón de sus interlocutores, Pablo sabe hacerse griego con los griegos, judío con los judíos, "débil con los débiles", "todo para todos", servidor de todos "para ganarlos a todos" (1Cor 9,22-23).

El contenido esencial de su mensaje es el de la "tradición" (parádosis) apostólica: Jesús de Nazaret muerto y resucitado por la salvación de todos los hombres (1Cor 15,1-5). Nada se le puede quitar a esta "verdad del evangelio", como tampoco se le puede añadir nada: "Si yo mismo o incluso un ángel del cielo os anuncia un evangelio distinto del que yo os anuncié, sea maldito" (Gál 1,6-8; 2,5.14). Pero este mensaje exigía ser traducido en un estilo de vida que estuviera destinado a producir una "criatura nueva" (2Cor 5,17); por eso Pablo se hace educador y pastor, y multiplica sus recursos.

Se han recogido y analizado las formas verbales que Pablo utiliza para describir su acción misionera: él "dice", "evangeliza", "anuncia", "exhorta", "ruega", "desea", "anima", "conjura", "amonesta", "da instrucciones", "ordena", "dispone", "enseña", "da a conocer", "persuade", "conforta" (cf G. Barbaglio, o.c., 125) y no vacila en inculcar la apertura a todos los valores éticos de la tradición clásica: "Por lo demás, hermanos, considerad lo que hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de buena fama, de virtuoso, de laudable"(Flp 4,8). "Todo es vuestro —escribe a los corintios—; vosotros, de Cristo, y Cristo, de Dios" (lCor 3,22-23).

6. LOS RIVALES DE PABLO. Puede decirse que el campo misionero de Pablo se muestra siempre infestado de presencias molestas, que a menudo revelan el rostro de auténticos adversarios, con los que se ve obligado a medir apasionadamente sus fuerzas. ¿Quiénes son estos enemigos declarados de Pablo y en qué se le contraponen?

La mayor parte de los autores ve en ellos a los judeo-cristianos integristas, que le echaban en cara haber renegado de su herencia hebrea, al no imponer los dictámenes de la ley mosaica; por consiguiente, su pretendida autoridad apostólica carecería de todo valor. Pero se advierte una gran variedad en este frente antipaulino. Las indicaciones que se sacan de la descripción que Pablo hace de ellos, y que para nosotros son la única fuente, autorizan a pensar que los adversarios que actuaban en Corinto no son los mismos que se nos presentan en la carta a los Gálatas, y que los que le contradicen en Galacia no coinciden con los de Filipos. Resulta difícil decir algo más.

La reacción de Pablo se verifica en el terreno de los principios y de la apología personal. El lucha ante todo por "la verdad del evangelio" (Gál 2,5.14), esto es, que la salvación ha sido concedida a todos gratuitamente por Dios simplemente por la fe en Cristo muerto y resucitado, y luego defiende sin ambages su carisma apostólico: enviado directamente por Dios a los gentiles (Gál 1,1.15-16), legitimado lo mismo que los apóstoles por la aparición del resucitado (lCor 15,3ss), comprobado por la eficacia de su acción (lCor 9,1-2), reconocido por las "columnas" de la Iglesia de Jerusalén (Gál 2,9), es decir, por Pedro, Juan y Santiago; como si esto no bastase, se declara "judío" de claro linaje (Flp 3,5-6).

II. LAS CARTAS. Aunque no tuviéramos más que las cartas de Pablo, esto bastaría ya para colocarlo entre los grandes escritores de la antigüedad. Más que la cantidad, impresiona la inteligencia, la agudeza del pensamiento y la inmediatez existencial. Nacieron al servicio de la misión y son parte integrante de la misma. "Un fragmento de misión", las llamó W. Wrede; por eso les viene muy bien aquella definición de la carta que da el escritor griego Demetrio, probablemente contemporáneo de Pablo: "la otra parte del diálogo" que se estableció ya antes con los destinatarios.

Hay 13 cartas que llevan en el encabezamiento el nombre de Pablo; y la catorce, la carta a los Hebreos, se le atribuyó ya en el siglo II, aunque no fue escrita por él, por más que el autor intenta discretamente ponerse en su lugar (cf 13,23-25). De las 13 cartas, hay siete que todos consideran auténticas de Pablo (1Tes, 1 y 2Cor; Gál; Rom; Flp y Flm); escritas entre los años 50 y 60, son los escritos más antiguos del cristianismo. En las otras cartas, la mayor parte de los críticos se inclina a ver la mano de algún discípulo, si es que no se trata de un caso de pseudoepigrafía, según el uso en boga de aquella época.

Se las reúne en grupos determinados: se llama "principales" a las cuatro más amplias (Rom, 1 y 2Cor, Gál); "cartas de la cautividad" son las que —según su propio testimonio— fueron escritas en la cárcel (Flp, Ef, Col, Flm, 2Tim), y porque las cartas a Tito y Timoteo se caracterizan como un grupo autónomo y tratan temas relacionados con la práctica eclesial, suelen llamarse "cartas pastorales" [/ Colosenses; / Corintios I y II; / Efesios; / Filemón; / Filipenses; / Gálatas; / Hebreos; / Romanos; l Tesalonicenses I y II; / Timoteo; / Tito].

Después de A. Deissmann, que las confrontó con la gran cantidad de cartas en papiro descubiertas en Egipto, se plantea la cuestión de si son cartas reales o bien "epístolas", es decir, cartas ficticias, como, por ejemplo, la de Horacio ad Pisones, de arte poetica. La carta sirve para el diálogo entre personas separadas, mientras que la epístola es un ejercicio literario, destinado al gran público.

Pues bien, no cabe duda de que en Pablo se trata de cartas auténticas, dirigidas a un destinatario concreto y no al público en general, motivadas por razones determinadas y que tocan cuestiones relacionadas con situaciones concretas, con comunicaciones y saludos personales. Pero incluso cuando trata temas de actualidad, lo hace con argumentaciones teológicas. Además, sus cartas contienen auténticas secciones doctrinales, que van más allá de las cuestiones contingentes: así 1Tes 4,13ss, donde a partir del caso concreto de los tesalonicenses pasa a tratar de la escatología cristiana; lo mismo ocurre en lCor 10,13.15, en donde la situación de la comunidad da pie a consideraciones teológico-pastorales sobre la situación "exódica" de la vida cristiana, sobre la primacía de la caridad (agápé) y sobre la esperanza en la resurrección.

Las cartas a los Gálatas y a los Romanos son tratados teológicos, pero conservan el carácter de verdaderas cartas dirigidas a las respectivas comunidades. Por tanto, se trata de cartas ocasionales, nacidas de la exigencia de la misión; pero al mismo tiempo de cartas pastorales y apostólicas, destinadas a construir la comunidad. Su módulo expositivo es ampliamente dialógico; a menudo presenta objeciones en boca de un presunto interlocutor o le dirige preguntas retóricas para tener la ocasión de presentar su respuesta (cf Rom 2,1.21; lCor 15,29-35). Es el estilo clásico de la diatriba, que se usaba en la tradición y en la praxis pedagógica cínico-estoica de aquella época. Impresiona a primera vista el uso frecuente de las antítesis y de las contraposiciones (luz-tinieblas, muerte-vida, esclavitud-libertad, pecado-justicia, perdición-salvación, carne-espíritu, debilidad-fuerza, viejo- nuevo, etcétera), señal de una personalidad vivaz, operativa y poco amiga de las medias tintas.

Es seguro que las comunidades leían estas cartas (cf 1Tes 5,27) y se las intercambiaban entre sí (cf Col 4,16). Cabe preguntarse si se ha perdido alguna de ellas; en lCor 5,9 Pablo habla de una misiva anterior, que no ha llegado hasta nosotros. Lo mismo hay que decir de la llamada "carta de las lágrimas", citada en 2Cor 2,4; pero hay motivos para pensar que algunas de las cartas que poseemos contienen y han unido entre sí varias cartas o fragmentos de cartas; en particular, la segunda carta a los Corintios es considerada por algunos, no sin fundamento, como una recopilación de varios escritos más breves enviados a la misma comunidad.

Debió comenzar muy pronto una colección de los escritos de Pablo. La segunda carta de Pedro atestigua la existencia, a finales del siglo I, de un corpus de cartas paulinas, que se compara con las otras Escrituras sagradas (es decir, las Escrituras judías, que habían hecho suyas los cristianos); se dice de ellas que tienen necesidad de una correcta interpretación para no caer en el error: "Tened en cuenta que la paciencia de nuestro Señor es nuestra salvación, como ya os lo escribió nuestro queridísimo hermano Pablo, con la sabiduría que Dios le ha dado; de hecho, así lo expresa en todas las cartas cuando trata de este tema. Es cierto que en éstas se encuentran algunos puntos difíciles, que los ignorantes e inestables tergiversan para su propia perdición, lo mismo que hacen con el resto de la Sagrada Escritura" (3,15-16). No podemos saber quién fue el que promovió esta colección, a qué cartas se extendió y cuáles eran los fines que buscaba. A mitad del siglo II Marción definió por propia iniciativa un catálogo de Escrituras sagradas, con diez cartas de Pablo, excluidas las pastorales a Timoteo y a Tito.

El papiro 46, alrededor del año 200, recoge todavía diez cartas, incluida la de los Hebreos y excluidas Filemón y las pastorales. El llamado fragmento Muratoriano, alrededor del año 180, cataloga trece cartas, excluyendo la de los Hebreos. Los mártires de Scilium (180 d.C.), interrogados por el procónsul Saturnino sobre los libros que tenían, responden: "Los libros y las cartas de Pablo, varón justo". No es posible saber el número de cartas. Pero todas las cartas de Pablo, a excepción de la breve nota a Filemón, se encuentran citadas en Ireneo de Lyon, a finales del siglo II; esto hace suponer que Ireneo tuvo en sus manos una colección de las cartas del apóstol. Pero aquí se entra ya en la historia del "canon" [/ Escritura].

Los autógrafos de las cartas, escritas ciertamente en papiro, se han perdido irremediablemente; sin embargo, se poseen unas 5.000 copias manuscritas, es decir, un patrimonio excepcionalmente rico. Destacan entre ellas 10 papiros del siglo III, fragmentarios, que preceden a los grandes códices unciales completos, el Sinaítico y el Vaticano, del siglo iv. El manuscrito más antiguo y autorizado es el ya citado papiro 46 de la colección Chester Beatty, de alrededor del año 200, que nos ha llegado casi completo.

III. EL EVANGELIO DE PABLO. Hay mucho de verdad en la afirmación de Bultmann, según la cual la importancia histórica de Pablo consiste en el hecho de haber sido teólogo.

Sin embargo, Pablo no fue un pensador sistemático. Y, en todo caso, la forma fragmentaria y ocasional en que nos ha llegado su pensamiento no permite organizarlo por completo.

En cada una de las cartas, el patrimonio conceptual teológico, más que ilustrado, se presume; por ello no es extraño que desde hace más de un siglo los historiadores y los exegetas estén buscando los elementos constitutivos del "paulinismo". A comienzos de este siglo los autores oscilaban entre la escuela de las religiones (Wrede, Bousset, Reitzenstein) y la escuela escatológica (A. Schweitzer), para las cuales Pablo sería el autor de un misterio o de un culto nuevo fuertemente influido por Grecia, o bien un soñador que aguardaba como próxima la llegada del Hijo del hombre.

Pero estas interpretaciones perdieron muy pronto su fascinación. Nacieron sucesivamente por parte católica intentos de exponer de forma sistemática el pensamiento de Pablo sobre la pauta de los manuales de teología (Prat, Bonsirven), mientras que en la otra orilla se situaban otros autores, especialmente R. Bultmann y K. Barth, que situaban el núcleo central del pensamiento de Pablo en la contraposición entre la fe y la ley, refiriéndose a la polémica del apóstol contra sus adversarios judaizantes. Quizá se siga discutiendo todavía sobre la articulación interna del pensamiento de Pablo; pero entre tanto ha quedado claro que él se sitúa rigurosamente en un cuadro doctrinal propio ya del cristianismo primitivo, subrayando y desarrollando alguno de sus aspectos sobre la base de su experiencia personal y de su particular vocación apostólica.

Se ha discutido mucho sobre las relaciones de Pablo con el judaísmo y sobre su distanciamiento del tronco de la tradición hebrea; es verdad que siguen existiendo concordancias fundamentales relativas al designio de Dios, a la alianza, a la fe, al mesianismo; pero se da una diferencia radical en el hecho de la fe en Jesucristo muerto y resucitado, que señala el fin de la "ley" (Rom 10,4) e inaugura una alianza universal, de la que todos pueden participar mediante la fe. Así pues, el marco del pensamiento paulino parece que puede trazarse de este modo: En un gran designio salvífico, Dios ofrece la salvación a todos, judíos y gentiles, en Jesucristo muerto y resucitado (que llamó a Pablo para ser apóstol de los gentiles). Los hombres se hacen partícipes de la salvación uniéndose a Cristo mediante la fe, muriendo con él al pecado y participando de la fuerza de su resurrección. Sin embargo, la salvación no es completa todavía hasta que él venga; entre tanto, el que está en Cristo ha sido liberado del poder del pecado y de la ley, se hace un hombre nuevo por obra del Espíritu y su conducta tiene que inspirarse en la nueva situación en que ha llegado a encontrarse por la llamada de Dios (cf E.P. Sanders, o.c., 549). Este parece ser el centro del pensamiento de Pablo, lo que él llama "su evangelio" (cf Rom 2,16; 16,25; 2Cor 4,3), que habrá que analizar en sus elementos particulares.

1. EL PROYECTO SALVÍFICO DEL PADRE. En el comienzo de todo está el designio de salvación del Padre, inspirado en un amor eterno y comunicativo, el cual llama a todos los hombres a la gracia y a la gloria.

Con frecuencia recuerda Pablo en sus cartas esta iniciativa divina: "Dios os ha escogido desde el principio [o como primicias] para salvaros por la acción santificadora del Espíritu y la fe en la verdad. Precisamente para esto os llamó por nuestra predicación del evangelio, para que alcancéis la gloria de nuestro Señor Jesucristo"(2 Tes 2,13-14). Como consecuencia de esta elección "desde el principio", "ab aeterno", Dios llama ahora en el tiempo. Otro pasaje declara que "Dios no nos ha destinado al castigo, sino a la adquisición de la salvación por nuestro Señor Jesucristo, que murió por nosotros para que, vivos o muertos, vivamos siempre con él" (1Tes 5,9-19). Este "designio" (próthesis) salvífico eterno se menciona con frecuencia en las cartas (Ef 1,9.11; 3,11; Rom 8,28; 9,11). Los grandes textos de Rom 5,8-11, 8,28-30 y Ef 1,3-14 demuestran que todo procede del amor de Dios, el cual, mientras todavía éramos "enemigos" y "pecadores" (Rom 5,8.10), nos amó ya "en Cristo" (Rom 8,38), "en su Hijo querido" (Ef 1,6).

Junto con el amor fontal del Padre, san Pablo habla también de la sabiduría, del poder y de la justicia divina. En las dos doxologías de la carta a los Romanos se apela a la "profundidad de riqueza, de sabiduría y de ciencia de Dios" (11,33), "a Dios, el único sabio"(16,27), que manifestó el "/ misterio escondido durante siglos" relativo a la salvación de todo el género humano. En la tradición del AT la justicia salvífica de Dios representa para la humanidad el bien supremo y la aurora de la salvación. San Pablo se incorpora a esta tradición hasta el punto de que para él el Dios que llama a la gracia y a la gloria es también el Dios que "justifica" (cf Gál 3,8; Rom 3,26.30; 4,5; 8,30.33). En esta obra de justificación salvífica Cristo realiza la función esencial de mediador: "El es justo y es quien justifica al que tiene fe en Jesús" (Rom 3,26). Nosotros ahora "somos justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención de Cristo Jesús" (Rom 3,24).

2. LA OBRA DE CRISTO REDENTOR. Veamos ahora más atentamente en qué consiste la obra mediadora de Cristo en el proyecto de la salvación llevado a cabo por el Padre.

Hay que señalar una vez más la actividad del Padre. Es él el que ha enviado al Hijo a nuestro mundo de pecadores para salvarlo (Gál 4,4; Rom 8,3), el que nos ha reconciliado consigo mediante Cristo (2Cor 5,18), el que lo ha expuesto como un propiciatorio impregnado de su sangre (Rom 3,25) para justificar a los creyentes (Rom 3,26), el que lo ha resucitado de entre los muertos para nuestra justificación (Rom 4,25); todo procede de Dios, que nos ha amado mientras éramos todavía pecadores (Rom 5,8; 8,35.39).

"Pero la insistencia con que Pablo subraya la iniciativa del Padre no debe de ninguna manera ofuscar el papel de Cristo y el puesto absolutamente central que tiene su persona en la mente del apóstol. Si Pablo declara que el Padre ha enviado al Hijo (Gál 4,6; Rom 8,3), que no lo perdonó, sino que lo entregó por todos nosotros (Rom 8,32), afirma igualmente que Cristo se dio a sí mismo (Gál 1,4; ITim 2,6; Tit 2,14), se entregó por amor a nosotros (Gál 2,20; Ef 5,2. 25)" (S. Lyonnet).

Todo lo que se le atribuye al Padre, Pablo no vacila en atribuírselo también al Hijo, que vive y actúa en perfecta sintonía con el Padre. Pues bien, el acto por excelencia a través del cual Cristo llevó a cabo la salvación es para Pablo la muerte en la cruz, seguida de la resurrección. "Nosotros anunciamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos, pero poder y sabiduría de Dios para los llamados, judíos o griegos" (1 Cor 1,22-23); ahora todos "son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención de Cristo Jesús, a quien Dios ha propuesto para que, mediante la fe, se obtenga por su sangre el perdón de los pecados" (Rom 3,24-25). "El nos ha obtenido con su sangre la redención, el perdón de los pecados" (Ef 1,7). Nos encontramos aquí con algunos vocablos y conceptos fundamentales de la soteriología de Pablo; intentemos analizarlos brevemente.

Está en primer lugar el término apolytrosis, con el significado de "redención, rescate, liberación de". Se ha sostenido (Deissmann) que hay que leer en esta palabra una reminiscencia del "precio del rescate" que, según el uso griego, se pagaba por la liberación de un esclavo, precio que el mismo esclavo podía pagar entregándolo a los sacerdotes de un templo. De esta manera el dios mismo adquiría el esclavo de manos de su propietario y le ofrecía en cambio la libertad. "Nada impide que Pablo se haya inspirado en esta práctica", indica Lyonnet; pero la verdadera interpretación parece que hay que buscarla en otra parte, es decir, en el lenguaje y en las categorías de la versión griega de los LXX, en donde la gran redención consiste en la liberación de la esclavitud de Egipto y en la esperanza mesiánica, cuando Dios "redima a Israel de todos sus delitos" (Sal 130,7-8).

Estas categorías del AT se aplicaron a la obra de Cristo realizada en el Calvario. "Se entregó a sí mismo por nosotros para redimirnos (hina lytrósétai) y hacer de nosotros un pueblo escogido, limpio de todo pecado y dispuesto a hacer siempre el bien" (Tit 2,14). En los cristianos se realiza de forma mística, pero realmente, lo mismo que experimentaron los hebreos en la liberación de Egipto.

También remite al contexto veterotestamentario el término "propiciatoria" (hilasterion) con que se presenta el acto redentor de Cristo en Rom 3,24-25, donde se dice literalmente: "Dios lo ha expuesto como propiciatorio en su sangre", evocando el ritual de Lev 16,15-19: el propiciatorio, una cubierta de oro colocada sobre el arca de la alianza en el santo de los santos, adornada por dos querubines, era el signo de la presencia divina, y en particular el lugar del perdón de Dios mediante la aspersión de la sangre del sacrificio que hacía el sumo sacerdote en la fiesta del "gran día de la expiación". El apóstol ve realizarse en la cruz, rociada de la sangre de Cristo en el momento de su muerte, lo que significaba el ritual levítico, es decir, la comunión espiritual entre el pueblo y Dios mediante la ofrenda de su sangre. Según el ritual levítico, la comunión espiritual entre Dios y su pueblo, que había quedado rota por el pecado, quedaba restaurada por la ofrenda de la sangre, que representa la vida del hombre (Lev 17,11). En esta misma perspectiva ve san Pablo la sangre en la cruz de Cristo.

Otra expresión soteriológica común en el vocabulario paulino es la compra y el precio. Esta imagen aparece en ICor 6,20; 7,23, y en Gál 3,13; 4,5: "Habéis sido comprados a gran precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo" (lCor 6,20). Esta "compra" evoca esencialmente la adquisición que Dios había hecho de su pueblo en tiempos de la alianza (Ex 19,6) para llevar a cabo sus designios. Una vez más se trata de remitir al contexto veterotestamentario.

Es típicamente paulina la manera de entender la obra de Cristo como reconciliación. Este tema aparece principalmente en la segunda carta a los Corintios. Como siempre, la iniciativa parte de Dios; Jesús es su agente y su mediador; el hombre es su destinatario, que con ella queda íntimamente renovado y creado de nuevo: "El que está en Cristo es una criatura nueva; lo viejo ya pasó, y ha aparecido lo nuevo. Todo viene de Dios, que nos reconcilió con él por medio de Cristo, y nos confió el ministerio de la reconciliación. Pues Dios, por medio de Cristo, estaba reconciliando el mundo, no teniendo en cuenta sus pecados y haciéndonos a nosotros depositarios de la palabra de la reconciliación. Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios exhortase por nosotros. En nombre de Cristo os rogamos: reconciliaos con Dios" (2Cor 5,17-20).

Un gran texto de la carta a los Efesios presenta la muerte de Cristo como holocausto (thysía), es decir, como sacrificio que al mismo tiempo es la expresión de su amor a los hombres: "(Cristo) nos amó y se entregó por nosotros a Dios como ofrenda y sacrificio de olor agradable" (Ef 5,2). Ya la tradición apostólica había sancionado esta fórmula: "Cristo murió por nuestros pecados" (1Cor 15,3). Pablo concibió esencialmente esta muerte como un acto supremo de obediencia y de amor. "A la desobediencia de Adán, origen de la condenación universal, él opone el acto de obediencia de Jesucristo, por medio del cual todos han sido justificados (Rom 5,19); y una vez más, en Flp 2,5-11, a la pretensión orgullosa y egoísta de Adán, Pablo parece oponer el misterio de la cruz como un misterio de obediencia y de amor, que tiene su cumplimiento más aún que su recompensa en la resurrección gloriosa (vv. 9-11)" (Lyonnet).

Un texto conciso y oscuro de la segunda carta a los Corintios parece ofrecer una nueva categoría, la de la expiación o satisfacción dada por otro en lugar de uno mismo: Dios, se dice, "al que no conoció pecado (o sea, Cristo) le hizo pecado en lugar nuestro, para que nosotros seamos en él justicia de Dios" (2Cor 5,21). Cristo ha sido hecho pecado en cuanto que se hizo portador voluntario del pecado de los hombres para eliminarlo, con una alusión al pasaje de Is 53,10, en donde el siervo del Señor ofrece su vida en expiación ('asam) por los pecados de su pueblo, y en virtud de ello recibirá "en herencia multitudes y gente innumerable recibirá como botín".

Un pasaje de la carta a Tito recoge en una fórmula muy densa los temas principales de la enseñanza paulina sobre la redención: Jesucristo "se entregó a sí mismo por nosotros, para redimirnos y hacer de nosotros un pueblo escogido, limpio de todo pecado y dispuesto a hacer siempre el bien" (Tit 2,13-14).

3. "SALVADOS EN LA ESPERANZA". La redención que se adquiere en Jesucristo es para Pablo una salvación actual y presente, pero su cumplimiento se sigue esperando todavía. Sólo tendrá lugar con la resurrección de los cuerpos, cuando se alcance la manifestación gloriosa de Cristo, que después de haber triunfado sobre todas las manifestaciones hostiles, la última de las cuales será la muerte, entregará el reino en manos del Padre (lCor 15,25). "Porque en la esperanza fuimos salvados" (Rom 8,24). "Ahora vemos como por medio de un espejo, confusamente; entonces veremos cara a cara" (lCor 13,12). Lo mismo que él resucitó, también nosotros resucitaremos; más aún, en virtud de él también nosotros experimentaremos la gloria de la resurrección, ya que Cristo resucitó "como primicias de los que mueren" (lCor 15,12-20; cf Rom 8,11; lTes 4,14). Al hablar de resurrección no se habla de redención lejos del cuerpo, sino de redención del cuerpo, es decir, de la totalidad del sujeto humano.

Por esto "gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo" (Rom 8,23). Sin embargo, es cierto que Dios "nos ha salvado" ya (Tit 3,5), que nos ha resucitado y nos ha hecho revivir con Cristo (Ef 2,5-6) y nos salva del juicio futuro (Rom 5,9), en cuanto que nos ha sustraído de la esclavitud de Satanás y nos reconcilia consigo de manera que formemos un solo ser con Jesucristo (cf Gál 3,28); se trata de un estado ciertamente adquirido, pero cuya plenitud sólo se podrá alcanzar al final de los tiempos, precisamente en la manifestación de Cristo al final de la historia. Se ha hecho ya habitual en el lenguaje cristiano, después de O. Cullmann, expresar esta situación paradójica y estimulante del cristiano con las expresiones "ya", pero "todavía no".

Aquí hay que insertar el dinamismo de la esperanza, fundamental en la existencia cristiana, según san Pablo. "Y la esperanza no nos defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos ha dado" (Rom 5,5; cf 8,16-18.31-39). El capítulo 8 de la carta a los Romanos da a la esperanza una dimensión coral y cósmica: "El que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos vivificará también vuestros cuerpos mortales por obra de su Espíritu, que habita en vosotros" (Rom 8,11). Más aún, "la creación está aguardando en anhelante espera la manifestación de los hijos de Dios, ya que la creación fue sometida al fracaso... con la esperanza de ser librada de la esclavitud de la destrucción para ser admitida a la libertad gloriosa de los hijos de Dios" (8,19-21).

Una célebre página de la constitución pastoral Gaudium et spes, del Vaticano II, ha puesto esta perspectiva escatológica en conexión clara con el progreso humano. Nos complace recoger aquí este texto entretejido todo él de reminiscencias paulinas: "Ignoramos el tiempo en que habrán de acabar la tierra y la humanidad y no sabemos cómo habrá de ser transformado el universo. Pasa ciertamente el aspecto de este mundo deformado por el pecado. Pero sabemos gracias a la revelación que Dios prepara una nueva morada y una tierra nueva en donde habita la justicia y cuya felicidad saciará sobreabundantemente todos los deseos de paz que surgen en el corazón de los hombres. Entonces, una vez vencida la muerte, los hijos de Dios resucitarán en Cristo y lo que se sembró en la debilidad y en la corrupción se revestirá de incorrupción y, permaneciendo la caridad con sus frutos, toda aquella realidad que Dios creó precisamente para el hombre quedará libre de la esclavitud de la vanidad. Es verdad que se nos advierte que de nada le sirve al hombre ganar el mundo entero si se pierde a sí mismo. Sin embargo, la esperanza de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien estimular, la solicitud en el trabajo en relación con la tierra presente, en donde crece aquel cuerpo de la humanidad nueva que consigue ya ofrecer una cierta prefiguración de lo que habrá de ser el mundo nuevo. Por tanto, aunque se debe distinguir con todo esmero entre el progreso terreno y el desarrollo del reino de Dios, sin embargo, en la medida en que puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, ese progreso es de gran importancia para el reino de Dios" (n. 39).

4. LA SALVACIÓN MEDIANTE LA FE. ¿Cómo se aplica y llega hasta el hombre la obra redentora de Cristo? En otras palabras, ¿cómo puede el hombre participar de los frutos de la salvación que ha llevado a cabo Jesucristo?

Tocamos aquí uno de los puntos centrales del pensamiento de san Pablo, por el que sufrió y combatió en contra de los judaizantes, que se empeñaban en imponer la ley mosaica. Mediante la t fe se llega a las fuentes de la salvación y de la redención. Por esto, el vocabulario pístis pisteúein está en la cima de la nomenclatura paulina; y la fe ocupa el puesto central de su evangelio.

Por medio de la fe el hombre consigue vivir a los ojos de Dios (Rom 1,17).

El tema de la fe ocupa toda la carta a los Gálatas, y sobre todo la carta a los Romanos. La fe es la respuesta personal del hombre a la iniciativa de Dios que sale a nuestro encuentro por medio de su palabra y de sus intervenciones salvíficas (Rom 10,14s; Gál 1,11 s). "Creer" (pisteúein) significa aceptar como real y salvífico el hecho de la resurrección de Jesús (Rom 4,24-25; 10,9; 1 Cor 12,3; 15,1-19; 1Tes 4,14; Flp 2,8-11), mientras que el sustantivo "fe" (pístis) se utiliza en algunas ocasiones para indicar el contenido de la predicación apostólica(Rom 10,8; Gál 1,23; Ef4,5; etc.). La salvación viene de la fe, y no de las 1 obras de la ley (Rom 3,20.28); pero la fe es activa en el amor y se difunde en frutos de caridad (Rom 8,14; lCor 6,9-11; Gál 5,25); en el exordio de la carta a los Tesalonicenses Pablo da gracias a Dios por "la actividad de vuestra fe" (lTes 1,3). No es el resultado de una reflexión humana, sino que es don de Dios (Ef 2,8-9) y ha sido producida gratuitamente en el hombre por el Espíritu Santo y por el poder de Dios (Rom 3,27; 4,2-5; 1Cor 12,3; 2Tes 2,13). Existencialmente es una entrega de sí mismo a Cristo, al que Dios ha resucitado (Rom 10,9), poniendo todo su ser en relación con Dios.

La carta a los Hebreos contiene una definición de la fe (10,38) y la ilustra con el ejemplo de los santos del AT (c. 11). Es conocimiento en el sentido bíblico del término, en cuanto que se apodera de todo el ser e influye en su conducta [/ Enseñanza I-II]; supone una confianza absoluta en el Dios vivo y verdadero, un apoyo exclusivo en él y una obediencia total a su voluntad (Rom 1,5; 6,17; 2Cor 10,4; 1Tes 1,6; 2Tes 1,8). La fe hace experimentar en los corazones la obra de Dios (Rom 5,5). Afectando a todo el ser, es fidelidad en la prueba (1 Cor 16,13; F1p 1,29; Ef 6,16; Col 1,23; ITes 3,2s) y progreso continuo en el conocimiento de Dios, que se convierte en sabiduría y "superconocimiento" (epígnósis) (1Cor 1,19s; 2Cor 10,15; Ef 3,16-19; Flp 3,8-10). Unida a la esperanza y a la caridad en la gran tríada cristiana, la fe no cesará más que en el cielo (lCor 13,13). Ofrecida a todos sin distinción alguna de nación, de clase o de sexo, es suscitada por la palabra de los apóstoles y está a disposición de todo el mundo, aun cuando la fe no sea de todos (Rom 10,8.14-18; 2Tes 3,2).

En el itinerario hacia la salvación, la fe se expresa en el / bautismo, el cual se convierte en el acto sensible y significativo de acceso a la Iglesia. Aun cuando personalmente Pablo no parece dedicarse particularmente a administrar el rito bautismal (cf lCor 1,14-17), sin embargo su doctrina bautismal es clara y ofrece diversas explicaciones del acontecimiento. Unido a la fe, el bautismo hace participar de la muerte y de la resurrección de Jesús, sumergiendo, por así decirlo al catecúmeno en la muerte de Cristo para hacerlo partícipe de una vida nueva según el modelo del resucitado (Rom 6,3-5; Col 2,12; cf lPe 3,18-21). Es un baño de purificación (Ef 5,26), un sello (2Cor 1,22; Ef 1,13; 4,30), una iluminación (Ef 5,8-14; Heb 6,4), una circuncisión nueva que sustituye a la antigua (Col 2,11-13), un lavado de regeneración (Tit 3,5). Es signo de unidad de los creyentes, que son llamados a vivir la misma vida de Cristo (Ef 4,5; Gál 3,27).

Entre los medios de apropiación personal de la salvación hay que enumerar además claramente para Pablo la I eucaristía. La primera carta a los Corintios presenta la "cena del Señor" como "comunión" con el cuerpo y con la sangre de Cristo (1 Cor 10,16) y como principio de unidad de la Iglesia: "Puesto que sólo hay un pan, todos formamos un solo cuerpo, pues todos participamos del mismo pan" (1 Cor 10,17). La eucaristía es el "cáliz de la nueva alianza" (1Cor 11,25), que sanciona la convocatoria del nuevo pueblo de Dios en camino hacia la patria celestial (cf lCor 10,3-4. 11-12).

5. EL HOMBRE, NUEVA CRIATURA. Consecuencia de la redención realizada por Cristo es la nueva antropología que propone Pablo.

San Pablo no vacila en declarar que el que entra dentro del radio de acción de la salvación de Cristo mediante la fe se convierte en "una criatura nueva" (2Cor 5,17; Gál 6,15), se reviste de Cristo (Gál 3,27), el hombre nuevo (Ef 4,24; Col 3,10), y adquiere la filiación adoptiva (Gál 4,5; Rom 8,15.23; Ef 1,5), pasando de este modo a ser heredero de las promesas de la gloria mesiánica (Rom 8,17). El que está "en Cristo" —y la fórmula "en Cristo" sigue siendo la definición de todo el existir cristiano, con una fuerte densidad de significado— recibe el Espíritu, que le da la liberación interior del pecado y de las prescripciones obligatorias de la ley (Rom 8,2-3; Gál 5,1).

En virtud del bautismo, el cristiano forma con sus hermanos un solo cuerpo, que es el "cuerpo de Cristo" (1 Cor 12,12ss; 12,27), un cuerpo del que Cristo es "cabeza" (Col 1,18; 2,19; Ef 4,15). "Porque todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús; pues los que habéis sido bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo. No hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay hombre ni mujer, pues todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si vosotros sois de Cristo, sois descendencia de Abrahán, herederos según la promesa" (Gál 3,26-29). Los creyentes han sido trasladados "al reino de su Hijo querido" (Col 1,13; cf lTes 2,12) y tienen en perspectiva la heredad del reino (Ef 5,5). En un pasaje célebre, Pablo compendia al sujeto cristiano en la célebre tríada espíritu-alma-cuerpo: pneüma psyje-sóma (lTes 5,23).

6. "CAMINAR SEGÚN EL ESPÍRITU". Esta nueva forma de ser del hombre se traduce espontáneamente en una nueva forma de obrar, que surge de las raíces del ser renovado.

Toda la ética de san Pablo es una consecuencia de la nueva situación ontológica del cristiano. Por eso mismo, en algunas cartas, como Rom, Ef, Col, las indicaciones morales siguen a la parte doctrinal expositiva. El cristiano tiene que vivir de manera digna, en conformidad con la vocación a la que ha sido llamado (Ef 4,1; Col 1,10; ITes 2,12). "Si vivimos por el Espíritu, dejémonos conducir por el Espíritu" (Gál 5,25). Pues bien, "los frutos del Espíritu son: amor, alegría, paz, generosidad, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, continencia" (Gál 5,22). En la primera carta a los Corintios los desórdenes sexuales se condenan refiriéndose a la incorporación de los cristianos a Cristo y a la inhabitación del Espíritu Santo en ellos (lCor 6,15-20). La catequesis bautismal que se lee en el capítulo 6 de la carta a los Romanos parte de la experiencia de la inserción en Cristo mediante el bautismo (aoristo pasivo), para dar a continuación una exhortación en presente (imperativo, exhortativo), teniendo ante la mente una meta que habrá de alcanzarse tan sólo al final por medio de una donación divina (futuro): "Por el bautismo fuimos sepultados con Cristo y morimos, para que así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en nueva vida... Consideraos muertos al pecado... Entregaos a Dios como muertos que han vuelto a la vida... Si hemos llegado a ser una misma cosa con él por una muerte semejante a la suya, también lo seremos por una resurrección parecida" (Rom 6,4-13).

El Espíritu Santo, que es el Espíritu de Cristo, es la verdadera ley interior del cristiano para san Pablo, que ve cumplirse en la edad mesiánica el gran vaticinio de Jer 31,31-34 y de Ez 36,25-27 sobre la ley nueva escrita en los corazones y sobre el Espíritu como principio de acción interior (cf Rom 8,2; Heb 8,8-12; lTes 4,9; Gál 5,18.22-23). La gran trayectoria ética en la que nos introduce el Espíritu es la caridad, tema éste sobre el cual Pablo logró encontrar acentos e indicaciones nunca superadas; baste citar lCor 13. "Practicando sinceramente el amor, crezcamos en todos los sentidos hacia aquel que es la cabeza, Cristo. Por él, el cuerpo entero, trabado y unido por medio de todos sus ligamentos, según la actividad propia de cada miembro, crece y se desarrolla en el amor" (Ef 4,15-16). Junto con la caridad, la fe y la esperanza forman la gran tríada característica de la vida cristiana, que informa interiormente toda su actividad (cf 1Tes 1,3; 1Cor 13,33; Rom 5,1-5), modificando su estilo de acción y creando nuevas relaciones sociales entre patronos y esclavos (1 Cor 7,21-23; Flm 16), entre marido y mujer, entre padres e hijos (Col 3,18; Ef 5,22ss), entre ciudadanos privados e instituciones públicas (Rom 13,1-7; 12,18), imprimiendo de este modo en las comunidades cristianas una función profética de prefiguración de una nueva humanidad y de un nuevo orden de cosas (cf Flp 2,15; Col 3,14-17).

7. Los JUDÍOS Y LOS NO CRISTIANOS. En este punto cabe preguntarse cuál es, según san Pablo, la posición de los judíos y de los no cristianos en lo que se refiere a la salvación, puesto que no comparten la fe en Jesucristo.

Este problema se ha convertido en un tema muy actual después del Vaticano II, pero puede decirse que estaba ya en el corazón de Pablo, el cual vivía diariamente en contacto no sólo con sus hermanos de Israel, cerrados en su mayor parte a la fe cristiana, sino también con las turbas que encontraba en las ciudades grecorromanas, en donde el porcentaje de convertidos era tan pequeño que parecía inapreciable. Pablo toca expresamente este tema en su carta a los Romanos: "El (Dios) pagará a cada uno según sus obras: la vida eterna a los que, mediante la perseverancia en las buenas obras, buscan la gloria, el honor y la inmortalidad; pero a los egoístas, a los que rechazan la verdad y se entregan a la injusticia, un castigo implacable. Tribulación y angustia para todo el que obra el mal, tanto judío como griego; gloria, en cambio, honor y paz a todo el que obra bien, tanto judío como griego" (Rom 2,6-10). Y más adelante, en el mismo capítulo: "Cuando los paganos, que no tienen ley, practican de una manera natural lo que manda la ley, aunque no tengan ley, ellos mismos son su propia ley. Ellos muestran que llevan la ley escrita en sus corazones, según lo atestiguan su conciencia y sus pensamientos, que unas veces los acusan y otras los defienden, como se verá el día en que juzgue Dios los secretos del hombre" (vv. 14-16). Su enseñanza es clara: todo ser humano, por naturaleza (physei), sea cual sea su origen, tiene la ley de Dios escrita en su corazón y, si la observa, recibe la justificación del Espíritu, puesto que "no es circuncisión lo que aparece exteriormente en la carne..., sino que la verdadera circuncisión es la del corazón, según el espíritu, no según la letra; cuya alabanza no viene de los hombres, sino de Dios" (Rom 2,28-29). Podemos preguntarnos cuál es este "dictamen de la ley" (érgon toú nómou) escrito en los corazones. ¿Cuáles son los actos dictados por el corazón que son útiles para la justificación y la salvación (cf Rom 12,26)? Refiriéndose al contexto del pensamiento de Pablo, que ve la quintaesencia de la ley condensada en el precepto del amor al prójimo (cf Rom 13,8-10; Gál 5,14), hay motivos suficientes para pensar que el "dictamen de la ley", la "obra de la ley", es el amor activo al prójimo, según la regla de oro que se encuentra en el NT (Mt 7,12), en el AT (Lev 19,18; Tob 4,15) y en todas las grandes religiones.

Más articulado y más lacerante es en Pablo el problema de los judíos que no se han adherido a la fe en el Señor Jesús. Habla ampliamente de ellos en los capítulos 9-11 de la carta a los Romanos. "Tengo una tristeza inmensa y un profundo y continuo dolor. Quisiera ser objeto de maldición, separado incluso de Cristo, por el bien de mis hermanos, los de mi propia raza; son los israelitas, a los que Dios adoptó como hijos y a los que se apareció gloriosamente; de ellos es la alianza, la ley, el culto y las promesas; de ellos son también los patriarcas; de ellos procede Cristo en cuanto hombre, el que está por encima de todas las cosas y es Dios bendito por los siglos" (Rom 9,1-5). ¿Qué es lo que dice Pablo en sustancia de los judíos? Ellos son la "primicia santa", la "raíz santa", el "olivo bueno" en el que se han injertado los gentiles (Rom 11,16.24). Pues bien, la palabra de Dios no ha fallado (Rom 9,6), Dios no ha repudiado a su pueblo (Rom 11,1), son irrevocables los dones y la llamada divina (Rom 11,29). Esto significa que la antigua alianza no se ha abolido jamás y que se cumplirá el designio divino sobre su pueblo. Si su caída ha sido ocasión de salvación para los gentiles, "¡cuánto más lo será su conversión en masa!" (Rom 11,11-12).

Y viene aquí la misteriosa afirmación: su obcecación parcial proseguirá hasta que haya entrado la plenitud de las gentes: "entonces todo Israel se salvará... Pues así como vosotros en otro tiempo fuisteis desobedientes a Dios y ahora habéis conseguido misericordia por la desobediencia de ellos, así también ahora ellos han sido desobedientes, para que con ocasión de la misericordia que os ha concedido a vosotros también ellos alcancen misericordia" (Rom 11,26. 30-31).

8. EL MINISTERIO DE LOS APÓSTOLES. La rendención y la salvación se les ofrecen a los hombres en la historia a través del ministerio de los apóstoles, "servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios" (ICor 4,1).

La Iglesia está llamada a comunicar a todos los hombres "la incalculable sabiduría de Dios", y Pablo tiene la conciencia de haber sido llamado también él, "el más insignificante de todos los cristianos", a evangelizar a los paganos..., a declarar el cumplimiento de este plan secreto, escondido desde todos los siglos en Dios, creador de todas las cosas" (Ef 3,9). Son múltiples y muy variadas las funciones confiadas a la Iglesia con esta finalidad. "El (Cristo) a unos constituyó apóstoles; a otros, profetas; a unos evangelistas, y a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los cristianos en la obra de su ministerio yen la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y al conocimiento completo del Hijo de Dios" (Ef 4,11-13). En el plan de Dios la salvación va ligada a la evangelización (cf I Tes 2,16), que se sirve de las Escrituras (Rom 16,25-26) para hacer nacer la fe en todas las gentes; pero la evangelización supone la actividad de los misioneros: "Por tanto, todo el que invoque el nombre del Señor se salvará. Ahora bien, ¿cómo van a invocar a aquel en quien no creen? ¿Cómo van a creer en él sino han oído hablar de él? ¿Y cómo van a oír hablar de él si nadie les predica? Y ¿cómo predicarán si no son enviados?" (Rom 10,13-14).

En cuanto a Pablo, se ve acuciado por la urgencia de anunciar el evangelio: "elegido para predicar el evangelio de Dios" (Rom 1,1), poseído e impulsado por el amor de Cristo (2Cor 5,14), creyó y por eso habla (2Cor 4,13); la "necesidad" lo empuja: "¡ay de mí si no evangelizare!" (ICor 9,16). De aquí se deduce la importancia fundamental de la "palabra" del anuncio en orden a la difusión de la salvación (1Tes 1,5; 2,1-12; ICor 2,1-5).

Depositarios de la "palabra de la reconciliación" (2Cor 5,19), los apóstoles ejercen su ministerio en calidad de "colaboradores" de Dios (2Cor 5,18; 6,1). En las cartas pastorales se imparten disposiciones para que la "palabra" transmita con fidelidad a las generaciones venideras hasta la llegada del Señor. En la segunda carta a Timoteo se lee: "Hijo mío, que la gracia de Cristo Jesús te haga fuerte; y las cosas que me oíste a mí ante muchos testigos, confíalas a hombres leales, capaces de enseñárselas a otros" (2Tim 2,1-2; cf 4,1; Tit 1,9; ITim 3,2).

En subordinación a la "palabra", también el bautismo y la cena del Señor anuncian y actualizan la muerte de Cristo, y los creyentes son llamados a tomar parte en ella para poder participar también de su resurrección (lCor 11,26; Rom 6,5).

Aunque las cartas de Pablo no ofrecen muchas indicaciones en este sentido, no cabe ninguna duda sobre la función soteriológica de estos actos sacramentales de la Iglesia primitiva.

IV. PABLO Y JESUS. La persona y la obra de Jesús dominan la vida y el pensamiento de Pablo, y tienen razón los críticos que ven en la cristología la "estructura fundamental" de su pensamiento. Sin embargo, se imponen aquí dos constataciones que desde hace más de un siglo estimulan el interés de los estudiosos. La primera es que Pablo no muestra gran interés por la biografía histórica de Jesús; su atención se concentra por entero en el doble acontecimiento de la muerte y resurrección. La segunda es que, mientras que Jesús anuncia la inminencia y la llegada del reino de Dios, Pablo predica que la muerte y la resurrección de Jesús son el acontecimiento capital de la historia y que en el Cristo muerto y resucitado Dios salva por su gracia a todos los hombres.

Estas dos constataciones merecen alguna consideración, mientras que tiene menor importancia el interrogante —al que de ordinario se responde negativamente— de si Pablo conoció a Jesús durante su vida terrena. No es posible deducirlo de la afirmación de 2Cor 5,16: "Si un tiempo conocimos a Cristo a lo humano, ahora ya no lo conocemos así". El escaso interés de Pablo por la biografía terrena de Jesús y la concentración de su reflexión en la muerte-resurrección indujeron a algunos críticos como F. C. Baur y W. Wrede a contraponer a Pablo y a Jesús, haciendo de él el "segundo fundador del cristianismo", aquel que habría transformado el puro "mensaje moral" del evangelio en un culto mistérico.

A estas posiciones se adhirieron en el pasado algunos críticos italianos, como Santangelo y Omodeo. De ellas depende F. Nietzsche en su violenta polémica antipaulina. Pero progresivamente la crítica se fue liberando de estas ideologías, ya con A. Schweitzer, W. Heitmüller y luego con R. Bultmann, para quien "lo decisivo que Jesús espera, para Pablo ya se ha cumplido". Pablo ve como presente o como un presente ya incoado en el pasado lo que para Jesús es futuro. Los discípulos de Bultmann, entre ellos E. Kásemann y G. Bornkamm, perfeccionando sus investigaciones, han destacado la continuidad entre el anuncio de Jesús y la predicación de Pablo, subrayando que Jesús se presentó ya claramente a sí mismo como punto de encuentro entre los hombres y Dios (cf Lc 12,8-9; 14,26) y tuvo conciencia de sí como Hijo de Dios (cf Mc 14,36), revelándose como superior a la ley (cf Mt 5,21ss) y con el poder de perdonar los pecados (Lc 11,20).

Si luego se tiene presente que entre la predicación "prepascual" de Jesús y la teología de san Pablo tuvo lugar la muerte y la resurrección de Jesús, el don del Espíritu en pentecostés, la formulación del kerigma primitivo y la experiencia de la efusión del Espíritu también sobre los paganos (cf He 10,47-48), entonces la relación entre la cristología implícita de Jesús y la explícita de Pablo aparece en términos de continuidad histórica sustancial. "El Cristo creído y proclamado por san Pablo no es distinto del Jesús que se manifestó en sus palabras y sus acciones... El acontecimiento nuevo de la resurrección, que separa a Jesús de Pablo y del cristianismo primitivo, no constituye solamente la explosión de las fuerzas del mundo nuevo en el resucitado, que se convirtió por ello en espíritu creador de vida (pneúma zóopoioún) (lCor 15,45), sino también la legitimación del poder divino y escatológico (exousía) de perdonar los pecados que reivindicaba el Jesús histórico (Mc 2,10) y que se encarnaba en el hecho de compartir la mesa con los pecadores (cf Mc 2,15-17; Lc 19,1-10). Por otra parte, se explica el desinterés de Pablo por todo lo que Jesús dijo e hizo. Privado de la experiencia de los discípulos históricos, convertido en cristiano y en apóstol en virtud de la "visión" del resucitado, inserto en el cristianismo de lengua griega de Siria, concentró toda su atención en la muerte y resurrección de Cristo, vértice de la revelación (apokalypsis) del Padre de Jesús. Le bastaba con mantener y con subrayar que el resucitado, visto con los ojos de la fe, es por identidad personal el Jesús de Nazaret que murió en la cruz" (G. Barbaglio, o. c., 250). En otras palabras entre el Jesús terreno y Pablo se colocan la muerte y la resurrección de Jesús, culminación de su vida y principio del mundo nuevo. La comunidad primitiva, al formular el anuncio evangélico, había señalado en este punto el quicio del acontecimiento mesiánico y el cumplimiento del designio de Dios en favor de los hombres: Jesús murió "por nosotros", por los impíos", "por nuestros pecados", "por todos" (fórmulas hypér). Pablo se adueñó de esta fórmula (cf lCor 1,13; 11,24; 2Cor 5,14.15.21; Gál 1,4; 2,20; 3,13; Rom 5,6-8; 8,32; 14,15; Col 1,24; Ef 5,2.25), apuntando según su genio hacia lo esencial y haciendo prácticamente de ella la base de toda su cristología. De esta manera, entre Jesús y Pablo se sitúa como eslabón de enlace la comunidad cristiana primitiva, con la que el apóstol comparte la fe y la predicación, aun cuando su especial carisma y su vocación lo llevaron a desarrollar algunos aspectos propios.

V. PABLO EN LA IGLESIA. La presencia de Pablo en la Iglesia ha sido siempre estimulante, tal como resulta desde los mismos orígenes cristianos. Ya hemos hablado de la segunda carta de Pedro, en donde éste se apoya en Pablo, reconociendo la autoridad (3,15-16) del "queridísimo hermano". Se observa una equiparación análoga con Pedro y la exaltación de la autoridad de ambos en la Primera carta a los Corintios, de Clemente Romano, y en la Carta a los Romanos, de Ignacio de Antioquía. Policarpo se refiere en repetidas ocasiones a Pablo en su Segunda carta a la Iglesia de Filipos, confesando que jamás será capaz de "aproximarse a la sabiduría del bienaventurado y glorioso Pablo". La Epistula apostolorum, apócrifo escrito por los años 160-170, traza su apología subrayando su investidura divina; la Carta a Diogneto muestra un profundo conocimiento y asimilación del pensamiento paulino; la Carta de Bernabé deja ver un conocimiento seguro de su enseñanza, mientras que en la Didajé no se observa ninguna alusión a Pablo. ¿Silencio intencional o casual? Hay razones para plantearse esta pregunta, ya que precisamente en el siglo II Pablo se encuentra en el centro de las grandes controversias cristianas, reivindicado o atacado por las corrientes marginales y heréticas.

Así, a mediados del siglo II, Marción se apropió de él de forma maximalista, convirtiéndose en promotor de un paulinismo exasperado, que radicalizaba la antítesis evangelio-ley, contraponiéndolo a Pedro y a los demás apóstoles judaizantes.

Por este mismo período los gnósticos lo reivindicaban también para sí, explotando algunas de sus expresiones, como "eones", "pleroma", "psíquico-pneumático", "gnosis", "culto espiritual", "bajada" a la tierra, "último Adán", etc. En la orilla de enfrente otros grupos de judeocristianos marginales a la gran Iglesia, que reivindicaban la observancia de las prescripciones de la ley (ebionitas, elcesaítas, etc.) lo rechazan y lo excomulgan sin apelación, calificándolo —como las Pseudoclementinas— de "inimicus homo", "inimicus ille homo".

Contra los dos extremos del antipaulinismo de los judeo-cristianos y del paulinismo maximalista de Marción y de los gnósticos se alzó vigorosamente la voz de Ireneo de Lyon a finales del siglo n, demostrando la sintonía del apóstol con los evangelios, con los Hechos y con las Escrituras hebreas. He aquí cómo se expresa en la conclusión del libro IV del Adversus haereses: "Todavía hemos de añadir a las palabras del Señor las palabras de Pablo, examinar su pensamiento, exponer al apóstol, aclarar todo lo que ha recibido de otras interpretaciones por parte de los herejes, que no comprenden lo más mínimo de lo que dijo Pablo, mostrar la estupidez de su locura y demostrar, precisamente a partir de Pablo —de quien ellos sacan sus objeciones contra nosotros—, que son unos mentirosos, mientras que el apóstol, heraldo de la verdad, enseñó todas las cosas plenamente de acuerdo con la predicación de la verdad" (o.c., IV, 41,4).

Desde entonces Pablo continúa su presencia dinámica en la Iglesia. Sin él no podría concebirse la teología cristiana ni la historia misma del cristianismo. Baste pensar en el influjo que ha ejercido solamente su carta a los Romanos en la historia espiritual de Occidente.

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P. Rossano