Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia JUSTICIA


JUSTICIA
DicTB
 

SUMARIO: I. La justicia en la cultura de hoy. II. Antiguo Testamento: 1. Terminología; 2. La "justicia" de Abrahán (Gén 15); 3. Los justos de Sodoma y Gomorra; 4. Tamar es justa; 5. La justicia en la obra deuteronomista: a) La misión del rey, b) La "tórah"; 6. La predicación de los profetas preexílicos; 7. Profetas del período babilónico; 8. El "justo" en los Salmos; 9. Los libros sapienciales. III. Nuevo Testamento: 1. La predicación de Jesús; 2. San Pablo; 3. Otros escritos del NT; 4. Conclusión.

 

I. LA JUSTICIA EN LA CULTURA DE HOY. "Justitia" es una palabra de abundante consumo en la cultura contemporánea, pero también una noción cambiante, que se especifica de diversas formas según el cuadro ideológico y cultural en que se coloca. Está presente sobre todo en el lenguaje jurídico, político y ético con significados diferentes.

En el plano jurídico, la noción de justicia que nos parece más corriente es la que elaboró el antiguo derecho romano y que formuló así Ulpiano: "Justitia est constans et perpetua voluntas suum unicuique tribuendi" (Dig. I, 1,10). Este "suum" que corresponde a cada uno es un conjunto de derechos humanos. Hacer valer la "justicia" significa entonces reconocer y defender los derechos de cada persona. La determinación de tales derechos depende de opciones ideológicas, políticas y sociales previas. En el plano ético-religioso, la noción corriente de justicia recoge sustancialmente la definición de Ulpiano, como en el caso de santo Tomás de Aquino, para quien la justicia es "habitus secundum quem aliquis constanti et perpetua voluntate jus suum unicuique tribuit" (S. Th., II-II, q. 58, a. 1). La justicia entendida de este modo, en sentido cristiano, es la primera exigencia de la caridad como reconocimiento de la dignidad y de los derechos del prójimo. Observemos la dificultad de compaginar esta definición con la falta en los evangelios de reglas sobre los derechos de justicia; más aún, da la impresión de ser una definición más jurídica que cristológica, ya que falta la referencia a Jesucristo.

La justicia y la injusticia pueden referirse también a estructuras o situaciones socio-políticas opresivas, que niegan los derechos de la persona, o bien a las que son promotoras de la dignidad y de los derechos del hombre.

Esta simple alusión a la acepción tan difundida de justicia tiene solamente la finalidad de preparar el terreno para nuestra encuesta bíblica. Efectivamente, nos preguntamos si el término/concepto hebreo de sedaqah o el griego de dikaiosyne corresponden exactamente a aquellas definiciones de justicia antes recordadas y comúnmente aceptadas. De este modo aparecerá más claramente el carácter específico y la originalidad de la concepción bíblica de la justicia.

II. ANTIGUO TESTAMENTO. 1. TERMINOLOGÍA. El término hebreo que solemos traducir por "justicia" está cargado de dos significados fundamentales, de los que se derivan luego connotaciones diferentes según los contextos en que se le emplea. Por un lado designa una relación no primariamente con la norma ética o jurídica, sino con la comunidad: indica una actitud fiel, leal y constructiva respecto a la comunidad, y no tanto obediencia a unas normas. Por otro lado, la justicia bíblica indica también una condición óptima de la comunidad, un estado de salud comunitario, por el que el individuo se encuentra viviendo dentro de una red de relaciones públicas armoniosas y saludables. Por consiguiente, creemos que el término $edaqah puede traducirse —como ya han propuesto varios exegetas— por "fidelidad / lealtad a la comunidad" o por "solidaridad con la comunidad". Se trata, pues, de un término/concepto vinculado siempre a la idea de relaciones sociales armoniosas que dan origen a un bienestar, a un "orden" comunitario. En relación con la definición de Ulpiano y de Tomás podríamos decir que no interesa tanto el lado subjetivo de la "voluntas" cuanto más bien el lado objetivo del "unicuique", puesto que indica la comunidad. El ser justo no se mide por una norma abstracta y absoluta, sino por las exigencias concretas de relaciones de comunión con Dios y con los hombres. Algunos autores preferirían distinguir, en hebreo, entre sedagah para indicar un "acto" justo, y sedeq, que designaría más bien una cualidad, un orden justo. Pero esta distinción no parece estar justificada.

2. LA "JUSTICIA" DE ABRAHÁN (GÉN 15). Abrahán no tiene hijos. ¿Cuál será su descendencia? ¿Quizá su criado? Dios le promete: "Levanta tus ojos al cielo y cuenta, si puedes, las estrellas. Así será tu descendencia" (Gén 15,5). Resulta ya paradójico prometer un hijo a un anciano de noventa y nueve años (Gén 17,1); pero más increíble todavía es la promesa de una descendencia numerosa como las estrellas del cielo. Evidentemente, se quiere resaltar precisamente el carácter paradójico de la promesa divina y la exigencia de una fe a toda prueba.

Pues bien, Abrahán creyó en su Dios. El verbo "creer" significa literalmente en hebreo "apoyarse fijamente en alguna cosa". Abrahán renuncia a buscar en sí mismo un apoyo, una seguridad, y se fía completamente de Yhwh, por muy paradójica e increíble que le parezca su promesa. Así pues, Abrahán creyó en Dios, "que le consideró como un hombre justo" (Gén 15,6).

El verbo traducido por "considerar" —o "acreditar", según otras versiones— se deriva del lenguaje cultual (cf Lev 7,18; 13,17.23.28.37.44; 17,4; Núm 18,27), para indicar la aceptación de un sacrificio que agrada a Dios; o bien sirve para designar la declaración de la pureza o la impureza de una cosa. Aquí, en Gén 15, el contexto no es cultual, sino que se refiere a la relación entre Abrahán y Dios en un contexto de vida ordinaria familiar.

Dios declara que la fe de Abrahán es "justicia", esto es, una actitud de disponibilidad para la comunión con él. En efecto, creer quiere decir estar pronto y dispuesto lealmente para la comunión con Yhwh; y esto es ser justo. Solamente el justo es realmente creyente. La "justicia", en este trozo, designa, por consiguiente, una conducta que se desarrolla en el interior de una relación de comunión entre dos partes, Dios y Abrahán. La justicia establece, garantiza y mantiene la comunión; Abrahán es justo porque se abre a la comunión con Dios; pero su justicia es reconocida y acogida por el Dios justo. Entre Dios y Abrahán reina la justicia porque han desaparecido todos los obstáculos para la comunión entre los dos.

3. Los JUSTOS DE SODOMA Y GOMORRA. Con Yhwh tuvo Abrahán una disputa sobre la suerte de la ciudad de Sodoma (Gén 18,22-23). La imagen dominante es la de un proceso: Dios es acusador y juez, Sodoma es la acusada, Abrahán es el abogado defensor. El problema consistía en encontrar 50, 45, 40, 30, 20 ó 10 justos entre los sodomitas, o sea, 10 personas que en el proceso intentado contra ellos por Dios resultasen inocentes.

Para comprender este párrafo del Génesis es necesario preguntarse: ¿Quién es "justo" en un proceso? ¿Cómo establecer el criterio de la justicia? ¿Qué es la justicia? Para responder, me permito recoger una larga cita de G. von Rad: "También la convivencia de los hombres se juzgaba por completo desde el punto de vista de la fidelidad comunitaria. Cuando Saúl decía que David era más justo que él, intentaba decir que había tomado en serio la relación comunitaria que existía entre los dos y la había tenido más en cuenta (1 Sam 24,18). El hecho de que David no hubiera tocado a Saúl mientras éste se encontraba indefenso en su poder es designado como justicia suya (1 Sam 26,23). Naturalmente, era también a menudo función de los tribunales locales examinar el comportamiento de un hombre sobre la base de su fidelidad comunitaria y declarar su inocencia o su punibilidad. Sin embargo, no se puede decir ni mucho menos que este concepto veterotestamentario de justicia sea un concepto específicamente forense; abarcaba toda la vida de los israelitas, siempre que se encontrasen en una relación comunitaria. Y sobre todo un comportamiento de fidelidad comunitaria incluye mucho más que una simple corrección o legalidad, más que una justicia en nuestro sentido del término. Aquella relación de interdependencia exigía pruebas de bondad, de fidelidad y —según las circunstancias— de compasión caritativa con el pobre y con el que sufre (Prov 12,10; 21,26; 29,27)".

Así pues, una vez establecido el sentido de "justicia" como fidelidad comunitaria, ¿quiénes son los "justos" del párrafo del Génesis? Desde Sodoma y Gomorra se levanta hasta Dios el "gran grito" de los oprimidos, de los débiles, de los explotados por la violencia ajena; el pecado o el mal por el que llega hasta Dios el grito de lamento y de invocación es un obrar violento y destructor de las relaciones comunitarias. La violencia es el pecado de Sodoma (cf Gén 19,1-29), es decir, una actitud anticomunitaria.

Los justos que Dios busca incluso en Sodoma y Gomorra son hombres solidarios de los demás, capaces de edificar la comunidad renunciando a la violencia; y no sólo a la violencia sexual (Gén 19), sino a toda violencia.

4. TAMAR ES JUSTA. La saga de Tamar (Gén 38) es otro ejemplo para ilustrar el sentido bíblico de justicia. Tamar se casa con Er, pero éste muere sin dejar descendencia. Entonces Judá le da como marido a su otro hijo, Onán, que actúa de forma que evita tener hijos, y el Señor le hace morir. Entonces Tamar se viste de prostituta y seduce a Judá, que no reconoce a su nuera y tiene un hijo de ella.

Acusada de prostitución y llevada ante Judá como juez, Tamar es condenada a muerte. Pero ella demuestra que no es una prostituta, sino que ha querido tener un hijo de la familia de su marido. Y Judá exclama entonces: "Ella es más justa que yo" (Gén 38,26).

Judá no había querido dar a su hijo más joven como esposo a Tamar (Gén 38,26), ya que temía que Selá muriese como los otros (Gén 38,11). No se preocupa de la familia ni, por tanto, de la descendencia. Tamar, por el contrario, aunque recurriendo a medios extremos, ha demostrado fidelidad a la familia de su marido, procurando a toda costa darle una descendencia. Según ciertos criterios morales, se diría que Tamar actuó mal, injustamente. Pero juzgando desde el punto de vista de la fidelidad comunitaria, es preciso reconocer que fue más justa que Judá. La relación comunitaria es el criterio para valorar si una persona es o no justa.

5. LA JUSTICIA EN LA OBRA DEUTERONOMISTA. La obra histórica deuteronomista (Dtr), que comprende los libros desde Dt a 2Re y fue redactada probablemente en dos fases, entre la época del rey Josías (640-609 a.C.) y el destierro [/ Deuteronomio I, 3; / Pentateuco I-VII], nos ofrece la posibilidad de verificar ulteriormente el sentido de "justicia".

a) La misión del rey. En 2Sam 8,15 se lee: "David reinó sobre todo Israel, y administró rectamente (mispat) la justicia (sedagah) a todo su pueblo". Está aquí compendiada la misión propia del rey: hacer valer el derecho (mispat), es decir, un próspero orden social, y la justicia (sedagah), es decir, una ordenada vida comunitaria.

La reina de Sabá, ante el rey Salomón, exclama: "¡Bendito sea el Señor, tu Dios, que se ha complacido en ti, poniéndote sobre el trono de Israel! En su amor eterno a Israel te ha constituido rey para administrar el derecho (mapa') y la justicia (sedaqah)" (1 Re 10,9).

A menudo se habla de la justicia como misión del rey (cf 1Sam 24,18; 26,33; I Re 3,6). La justicia representa la síntesis de las funciones del rey, y no es solamente una cualidad entre las demás. La justicia del rey, que es también la suprema corte de apelación en los procesos, no es tampoco solamente la equidad de los juicios, sino la conducta con que el rey se hace fiador y promotor de la prosperidad, de la paz, del bienestar de la comunidad nacional. Pero también como juez (sófet), el rey interviene para dirimir un conflicto que amenaza a la vida de la comunidad (cf 2Sam 14; l Re 3).

Lo mismo que en el uso jurídico, tampoco para el rey la justicia se refiere únicamente a la conducta del rey, sino también a la restauración de las relaciones comunitarias que habían quedado alteradas por un delito o por algún comportamiento injusto. Por eso el salmista reza: "Oh Dios, haz que el rey ejerza tu justicia (sedagah), que el descendiente real ejerza tu derecho (mispat)" (Sal 72,1). La justicia y el derecho pertenecen a Dios ("tu derecho" - "tu justicia"), que los concede al rey. Tenemos aquí un replanteamiento radical de la figura del rey, puesto que se reconoce que si el rey hace valer el derecho y la justicia, como era su cometido, es solamente porque los ha recibido como don de Dios. Últimamente, por tanto, no es ya el rey, sino el Señor, la fuente de la construcción armónica de la sociedad. "La justicia y el derecho son la base de su trono (del de Dios)" (Sal 89,15; 97,2); "La justicia marchará delante de él (Dios), irá preparándole el camino" (Sal 85,14).

La justicia significa también "paz" (salóm), es decir, integridad y plenitud saludable de la existencia. Tanto la justicia como la paz son don de Dios, inseparables la una de la otra: "La justicia y la paz se abrazarán" (Sal 85,11). Dios es capaz de hacer brotar la paz y la justicia, es decir, de instituir una sociedad nueva: "La tierra producirá lealtad y la justicia mirará desde los cielos" (Sal 85,13).

Así pues, le corresponde al rey la misión de hacer valer y mantener, dentro del pueblo de Israel, una conducta fiel a la comunidad, la lealtad y la solidaridad, la paz y la justicia que ha recibido como don de Dios.

b) La "tórah". El concepto de justicia aparece varias veces en el contexto de los códigos legales. Es justo el que es fiel a la tórah y la observa; culpable el que no la sigue (cf Ex 23,7: "No hagas morir al inocente y al justo, porque yo no absolveré al malvado"). Se ha querido ver una derivación cultual del concepto de justicia, en el sentido de que se referiría siempre a la declaración de los sacerdotes, que reconocían en los que participaban en el culto la observancia de los preceptos de la ley (cf Sal 24). Creo que no siempre es posible derivar exclusivamente del culto el concepto de justicia, el cual está relacionado más bien, a mi juicio, con la vida concreta de la sociedad del pueblo de Dios. Esto significa que justo no es simplemente aquel que actúa en conformidad con la norma o con la ley, e injusto el que vive sin ley (cf los LXX, que traducen rs, malvado, con el término ánomos, "sin ley").

Dios ha dado a su pueblo "leyes y mandamientos justos" (Dt 4,8). Toda la obra histórica del Dtr exhorta con calor e insistencia a la obediencia a la "ley" dada por Dios. ¿Pero qué es la tórah? Se suele traducir este término hebreo por "ley" o "instrucción"; pero, mirándolo bien, no se trata simplemente de una "orden" o mandamiento, ni de una pura instrucción, en el sentido de una enseñanza doctrinal abstracta. La tórah es una instrucción teórico-práctica, dada con vistas a la edificación de la comunidad de Yhwh. Por tanto, podríamos traducirla por "ordenamiento comunitario". Efectivamente, atañe a todos los comportamientos justos, es decir, constructivos, de la comunidad. Por tanto, es justo aquel que observa la tórah, no tanto y no sólo porque obedece a una ley, sino porque realiza su fidelidad a la comunidad, obedeciendo y practicando la tórah. Por otra parte, hay que recordar que Israel no es capaz de observar la tórah si Dios no le circuncida el corazón: "El Señor, tu Dios, circuncidará tu corazón y el de tus descendientes para que le ames con todo tu corazón y toda tu alma, y así vivas" (Dt 30,6).

Por eso la justicia es gracia de Dios y no un mérito de Israel, es un don y no una conquista: "No digas en tu corazón: `Por mi justicia me ha dado el Señor la posesión de esta tierra', siendo así que es por su injusticia por lo que el Señor echa a esas naciones lejos de ti. No por tu justicia ni por la rectitud de tu corazón vas a entrar en posesión de la tierra, sino por la injusticia de esas naciones las echa el Señor lejos de ti, y también para cumplir el juramento hecho a vuestros padres Abrahán, Isaac y Jacob. Reconoce que el Señor, tu Dios, no te da la posesión de esa buena tierra debido a tu justicia, pues no eres más que un pueblo de cabeza dura" (Dt 9,4-6). Tanto Israel, que tiene la "cabeza dura", como los cananeos son "pecadores"; nadie puede reivindicar la posesión de la tierra por su justicia. La posesión de la tierra es concedida gratuitamente por Dios a Israel sólo porque Dios es fiel a las promesas hechas a los padres. Dios se dirige a Israel pecador, que no tiene una "justicia" propia, y lo "hace justo", le da una justicia al darle la tierra. Israel es "justificado" por pura gracia. Si observa la tórah, Israel mostrará que ha sido "justificado" por Dios: "Esta será nuestra justicia (ante Dios): guardar y poner en práctica íntegramente estos mandamientos en presencia del Señor, nuestro Dios, como él nos lo ha ordenado" (Dt 6,25).

La "justicia" se manifiesta de la manera más clara en la conducta social del individuo: "Si haces algún préstamo al prójimo, no entres en su casa para elegir la prenda, cualquiera que sea, sino que esperarás fuera a que el deudor te saque la prenda. Si éste fuera pobre, no retendrás contigo la prenda ni siquiera una noche, sino que se la devolverás a la puesta del sol, para que él, al acostarse, pueda arroparse con su manto y te bendiga. Esta será una buena acción (lit.: una justicia) a los ojos del Señor, tu Dios" (Dt 24,10-13). La comunión con Dios se mantiene a través de la fidelidad a su tórah, que exige fidelidad social a la comunidad.

6. LA PREDICACIÓN DE LOS PROFETAS PREEXILICOS. El profeta / Amós fue definido justamente como "el profeta de la justicia". Efectivamente, denuncia a aquellos que convierten el derecho (mispat) en ajenjo y echan por tierra la justicia (sedaqah) (5,7; cf 6,12). El mispat y la Sedagah son las columnas fundamentales de la convivencia comunitaria, el río de agua viva que parte de Dios y que es capaz, si es acogido, de sanear de nuevo a la sociedad, como sueña Amós: "Quiero que el derecho (mapa') fluya como el agua, y la justicia (Sedagah) como torrente perenne" (5,24). El inocente, que es víctima de la opresión de los poderosos, es llamado "justo" (2,6; 5,12), ya que su pobreza y su miseria son una denuncia silenciosa, pero poderosamente concreta, de la injusticia. El pobre, injustamente pisoteado, es definido justo, ya que solamente de los pobres no culpables de violencia y opresión es de donde puede partir una renovación de la sociedad y la instauración de la justicia. Observemos que para Amós, como para los demás profetas, la "justicia" es un comportamiento que va más allá del puro principio de "darle a cada uno lo suyo" o del puro "dar y recibir", puesto que implica la compasión, la misericordia, la solidaridad, o sea, la fidelidad comunitaria.

Para / Oseas la justicia es el precio nupcial que paga Yhwh para unir consigo como esposa a Israel: "Me casaré contigo para siempre, me casaré contigo en la justicia y el derecho, en la ternura y el amor; me casaré contigo en la fidelidad, y tú conocerás al Señor" (Os 2,21-22). El Dios justo paga, como precio nupcial, una ordenación social saludable y vivificante para Israel, la justicia. La justicia es don de Dios y es la condición para la comunión con Dios y para la prosperidad social y económica pacífica de Israel.

/ Isaías denuncia la corrupción de Jerusalén, en otros tiempos ciudad fiel, pero que se ha convertido ahora en una meretriz (Is 1,21-27): "¡Cómo se ha prostituido la ciudad fiel, Sión, tan llena de justicia! Moraba en ella el derecho: ¡ahora, en cambio, asesinos!" (v. 21). La ciudad está ahora llena de asesinos, de ladrones, de príncipes corrompidos, que "no hacen justicia al huérfano ni atienden la causa de la viuda"(v. 23). Dios intervendrá para hacer de nuevo justa a la ciudad, símbolo de todo el pueblo de Israel: "Haré a tus jueces como eran y a tus consejeros como antes. En adelante se te llamará ciudad de la justicia, ciudad fiel. Sión será redimida con el derecho, y sus convertidos con la justicia" (v. 27). La justicia, o sea, la condición nueva en que Jerusalén podrá vivir próspera y feliz, no puede venir más que de Dios para aquellos que se conviertan, es decir, que se abran a acoger el don de la justicia.

7. PROFETAS DEL PERÍODO BABILÓNico. / Jeremías denuncia la desaparición de la fidelidad comunitaria en el reino de Judá, que se ha hecho todavía más pérfido que el reino tan corrompido del norte; en comparación, éste ahora resulta más justo (3,11). En Jer 9,22-23 leemos: "Esto dice el Señor: No presuma el sabio de su sabiduría, no presuma el fuerte de su fuerza, no presuma el rico de su riqueza; quien quiera presumir, que presuma de esto: de tener inteligencia y conocerme, porque yo soy el Señor, que hago misericordia, derecho y justicia en la tierra. Sí, esto es lo que me agrada —dice el Señor—".

Son tres los posibles ídolos del hombre: la sabiduría, la fuerza y la riqueza; pero el verdadero valor es el conocimiento de Dios como aquel que crea relaciones humanas justas, estableciendo en la tierra la justicia.

La corrupción social y la ausencia de justicia resuenan también en labios de / Ezequiel (16,51-52). Pero Jeremías afirma claramente que Dios es siempre justo (Jer 12,1). Y el profeta Sofonías proclama que Dios es el único sol de justicia para Israel: "El Señor es justo en medio de ella (Jerusalén), no hace nada injusto; cada mañana dicta su sentencia, nunca falta al alba" (Sof 3,5).

El establecimiento de una comunidad próspera y armoniosa es esperado para el futuro mesiánico, ligado a la llegada de un rey justo: "Vienen días —dice el Señor— en que yo suscitaré a David un vástago legítimo, que reinará como verdadero rey, con sabiduría, y ejercerá el derecho y la justicia en la tierra" (Jer 23,5). La convivencia comunitaria debidamente ordenada, la lealtad y la solidaridad aparecen como un don salvífico del Dios justo. El mesías futuro será incluso llamado "Señor-nuestra-justicia" (Jer 23,5).

Así pues, se fue haciendo cada vez más clara en los profetas la convicción de que una sociedad nueva, es decir, la justicia, no puede ser más que fruto de una intervención salvífica de Dios. Esto puede explicar la tendencia a identificar la justicia de Dios con su acción salvífica, como en Is 45,19: "Yo, el Señor, predico la justicia y anuncio el derecho" (cf Is 46,12: "Próxima está mi justicia, no está lejos, mi salvación no tardará"). Cuando en el AT se le atribuye la justicia a Dios, se pone de relieve sobre todo el aspecto positivo de salvación, más bien que el aspecto negativo-penal de castigo. En 2Crón 12,6 la derrota de Roboán bajo el faraón Sesac es atribuida al Señor, que ha abandonado a Israel en manos del enemigo; pero el pueblo reconoce: "Justo es el Señor"; es decir, reconoce que él todavía puede salvar y quiere salvar. La justicia de Dios está hecha de gracia y de fidelidad a las promesas (cf Dt 32,4: "Todos sus caminos son la justicia misma; el Dios fiel, en él no hay maldad; es justo y recto"). Por eso las justicias (sedagót) de Dios para Israel son sus acciones salvíficas (cf Jue 5,11; lSam 12,7). En los profetas solamente hay tres pasajes que parecen considerar la justicia de Dios como castigo por los pecados (Is 5,16: "El Dios santo su santidad mostrará al hacer justicia"; 10,22: "La destrucción está decretada como plenitud de la justicia"; "El Señor es justo en medio de ella, no hace nada injusto; cada mañana dicta su sentencia"). Mirándolo bien, incluso en estos textos el castigo no es la última palabra de Dios, sino que está en función de una voluntad de salvación; el castigo es una corrección disciplinar con vistas a la conversión y a la liberación del pueblo.

En todos los profetas, "justicia" equivale a plan salvífico de Dios o a acción salvífica. Dios no quiere más que la salvación. El es justo porque salva (Is 45,21); si castiga, lo hace pensando siempre en la salvación.

Israel no es justo: más aún, está lejos de la justicia (Is 46,12); todo lo más, lo es alguna vez; pero pronto desaparece su justicia "como las olas del mar" (Is 48,18).

El tema de la justicia es dominante en el Segundo y en el Tercer Isaías. Nos detendremos tan sólo en un pasaje significativo: "El Señor quiere, por amor a su justicia, engrandecer y magnificar la ley (tórah)" (Is 42,21), es decir, instituir un nuevo orden social (tórah). Éste es el sueño de Dios, su voluntad: que su acción salvífica, dirigida a crear una sociedad nueva (justicia), se concrete en la historia visiblemente; por eso ha dado a Israel la tórah, una ordenación comunitaria nueva.

8. EL "JUSTO" EN LOS SALMOS. En  el libro de los Salmos es donde aparece más frecuentemente, y con diversos significados, la raíz hebrea sdq. En la oración sálmica se entrecruzan a menudo la justicia divina y la humana.

Para el orante, Dios mismo es la justicia: "Cuando te invoco, tú me atiendes, oh Dios de mi justicia" (Sal 4,2). Yhwh es el único rey perfectamente justo: "El Señor hace justicia y libera a todos los oprimidos" (Sal 103,6). Incluso "los cielos proclaman su justicia" (Sal 97,6). Y el salmista se hace eco de la voz de los cielos: "Mi lengua anunciará entonces tu justicia y proclamará tu alabanza todo el día" (Sal 35,28). En el canto de acción de gracias exclama el salmista: "Pregoné tu justicia a la gran asamblea, no he cerrado mis labios; tú lo sabes, Señor. No he dejado de hablar de tu justicia, he proclamado tu lealtad y tu salvación, no he ocultado tu amor y tu fidelidad ante la gran asamblea" (Sal 40,10-11). Justicia es sinónimo de lealtad, de fidelidad, de salvación, de misericordia de Dios; es decir, es la salvación comunitaria que viene de Dios.

La justicia divina es la fuente de una vida individual y comunitaria próspera, buena y feliz. Cuando es enviada por Dios a la tierra, produce vida y fecundidad (Sal 66,6-14), da la victoria sobre los enemigos (Sal 48,11), concede al pueblo de Israel la capacidad de hacer reinar el derecho y la justicia (Sal 99,4).

El ámbito de la justicia creada por Dios no es solamente el individuo y su vida interior, sino su existencia en la comunidad y sus relaciones con los demás hombres. Dios actúa con su justicia, que es la voluntad eficaz de crear la comunidad de su pueblo, y le da a Israel la capacidad de ser fiel a la comunidad. El ámbito de la justicia es más amplio que el que circunscriben las leyes. Así pues, el salmista presupone que el hombre no es capaz por sí solo de construir la comunidad y de tener una vida justa sin la intervención de la justicia divina. La justicia divina equivale, por tanto, a la salvación que Dios realiza para el hombre tanto en el ámbito individual como comunitario. Cuando Dios es llamado "justo juez" (Sal 9,9; 96,13; 98,9), se desea expresar no tanto una justicia distributiva cuanto más bien la función regia que Dios ejerce liberando a los débiles, a los oprimidos, a los pobres. Dios es justo porque ayuda, porque es benévolo y misericordioso, porque libera y da la victoria, porque salva y hace a los hombres capaces de ser justos.

Es frecuente en los salmos la protesta del salmista que se declara justo delante de Dios. "La desenvoltura con que los orantes afirman continuamente que han observado todos los mandamientos y con que utilizan el atributo de saddiq refiriéndolo a ellos mismos es realmente asombrosa" (G. von Rad). "Los salmistas no pretenden hacer un examen de conciencia y demostrar que son justos frente a Dios, es decir, moralmente irreprochables. Más bien se sitúan a sí mismos en la imagen del saddfq paradigmático" (G. von Rad); afirman su firme voluntad de ser justos ante Dios o, mejor dicho, de que Dios los haga y los encuentre justos. Por eso "justo" tiende a ser equivalente de "creyente" (Sal 1,5-6; 32,11; 33,1; etc.). Al proclamar que es justo, el salmista expresa la voluntad de acoger la justicia divina.

9. LOS LIBROS SAPIENCIALES. En la literatura sapiencial se tiende a identificar "justicia" con "sabiduría". La sabiduría es la cualidad característica del rey, del juez y del gobernante; por eso mismo el juez tiene que ser justo (Prov 8,15-16; 16,13; 31,9), como el rey; pero "la justicia y el derecho" son "democratizados", es decir, se convierten en una función de cada individuo frente a su prójimo (Prov 1,3; 2,9; 8,20; 21,3). La "justicia" tiende a equivaler a la "religiosidad" (Prov 10,2; 11,4-6.19), a la benevolencia (Si 3,34; 7,10; 12,3), a la piedad para con los padres (Prov 2,20; 3,33; 4,18).

El libro de los / Proverbios identifica al justo con el sabio. El justo es generoso (21,26), no miente (13,5), se preocupa de los pobres (29,7), en el tribunal intenta defender al oprimido (18,5; 24,23-24). También aquí "justo" es el que se muestra fiel a la comunidad con una actitud constructiva. Solamente la sabiduría puede dar la capacidad de ser justos y de practicar la justicia. "Por mí —dice la sabiduría— reinan los reyes y los príncipes decretan la justicia... Yo voy por las sendas de la justicia, por los senderos de la equidad" (Prov 8, 15.20).

El libro de / Job pone en discusión la justicia de Dios, entendida como la conducta con que Dios premia a los buenos y castiga a los malos, según la tesis de los amigos de Job. Elifaz, por ejemplo, dice: "¿Te castiga acaso por tu piedad y entra en juicio contigo?" (22,4). Dios castiga solamente al culpable. Frente a Dios la justicia del hombre es nula, sostiene Elihú: "Si eres justo, ¿qué le das con ello? ¿Qué recibe él de tu mano? A un hombre igual que tú afecta tu maldad, aun hijo de hombre tu justicia" (35,7-8). La justicia de Dios es desinteresada. Dios es "maestro de justicia, a nadie oprime" (37,23).

Job critica la justicia de Dios: "¡Por el Dios vivo, que me ha quitado mi derecho; por el Todopoderoso, que me amarga el alma!" (27,2). Y proclama,en voz alta su propia justicia: "De justicia me había vestido y ella me cubría, la justicia era mi manto y mi turbante" (29,14). Job era la encarnación de la justicia: ayudaba a los pobres, a las viudas, a los huérfanos, y defendía la causa de los débiles (29,11-17). Sin embargo, Job se interroga: "¿Cómo frente a Dios puede tener razón el hombre?" (9,2). Y a su vez Dios le interroga: "¿Es que quieres anular mi derecho (mispat)? Para justificarte, ¿me vas a condenar?" (40,8). Dios rechaza el razonamiento de Job, según el cual hay que acusar a Dios para justificar al hombre o acusar al hombre para justificar a Dios. En realidad, Dios es justo porque quiere salvar al hombre en su sabiduría; pero la justicia del hombre no es una autosalvación independiente de Dios. Al final, Job, que "se tenía por justo" (32,1), se reconoce pecador y se arrepiente (42,6), reconociendo el misterio de la justicia insondable de Dios.

Todos los sabios, que reflexionan a partir de la observación de la vida diaria, advierten la falta de justicia en el mundo. El más desencantado observador de la vida es / Qohélet, que indica: "Y he visto más debajo del sol: en el lugar del derecha está el delito; y en el lugar de la justicia, la injusticia" (3,16). El orden social está alterado y el sabio asiste impotente al imperio de la injusticia. Uno oprime al otro con su injusticia: "Si ves en la región al pobre oprimido, el derecho y la justicia violados, no te sorprendas por eso; es que sobre una autoridad hay vigilando otra autoridad, y sobre ésta hay aún otras autoridades" (5,7). La sociedad es una cadena de injusticias.

Qohélet se pregunta cómo puede la justicia jactarse de un valor salvífico o de una superioridad sobre la injusticia, siendo así que "estas dos cosas he visto en mis días de vanidad: justo que perece a pesar de su justicia, e injusto que prolonga sus días a pesar de su injusticia" (7,15). Y somete a verificación la teoría de la justicia-felicidad, es decir, que el justo es feliz y que el impío acaba mal, confrontándola con la experiencia cotidiana. Pues bien, es evidente que tanto los justos como los malvados-necios mueren, y que incluso estos últimos viven más tiempo: "Justo que perece a pesar de su justicia, e injusto que prolonga sus días a pesar de su injusticia" (7,15). Todos mueren de la misma manera (3,20), tanto los sabios justos como los necios-injustos. ¿Cómo salir de este callejón sin salida? Qohélet ve sólo una solución: lo que importa es temer a Dios y evitar los dos peligros (cf 7,18), es decir, pensar que la felicidad está mecánicamente vinculada a la justicia, y negarse a aceptar que hay un sentido en el mundo. El mundo tiene un sentido, hay una justicia; pero ese sentido y esa justicia se le escapan al hombre, porque sólo los conoce Dios. El hombre tiene que aprender a fiarse de Dios y a recibir de él lo que le concede en el momento presente.

Todo el libro de la / Sabiduría está preocupado por el tema de la justicia (dikaiosyné), que es el tema central del libro. El título de la obra podría tomarse de Sab 1,1: "Amad la justicia los que gobernáis la tierra". Ya en Prov 16,12 se decía: "El rey debe odiar la injusticia, porque el trono está establecido en la justicia".

La justicia va unida al recto pensamiento sobre Dios y a la búsqueda de su voluntad: "Pensad del Señor con rectitud, buscadle con sencillez de corazón"(Sab 1,1). En efecto, "el Señor es justo y ama la justicia" (Sal 11,7). El que tiene de Dios una idea equivocada acaba amando la injusticia, y el que ama la injusticia acaba teniendo una idea equivocada de Dios (cf también Rom 1,18 respecto a los que "detienen la verdad (la revelación de Dios) con la injusticia"). En efecto, "conocerte a ti (Señor) lleva a la justicia perfecta" (15,3), que conduce a la inmortalidad: "Reconocer tu poder es la raíz de la inmortalidad" (15,3). Aquí se encierra el jugo de todo el libro de la Sabiduría: la sabiduría hace conocer a Dios; el poder de Dios es fuente de justicia ("Porque tu fuerza es el principio de tu justicia": 12,16); "la justicia es inmortal" (1,15). He aquí la tríada fundamental y la secuencia sintética que se desarrolla en la Sabiduría: sabiduría-justiciavida inmortal bienaventurada.

El justo es aquel que posee la sabiduría, es decir, el conocimiento de Dios (2,13). Por el contrario, el culto a los ídolos sin nombre es principio, causa y fin de todo mal (14,27). Una comunidad o sociedad que no reconoce a Dios no puede tener otra ley que "la fuerza" (2,11), es decir, la violencia injusta. El justo está iluminado por la luz de la justicia (5,6); se reviste de la coraza de la justicia (5,18).

La injusticia se va acumulando de generación en generación, dando lugar a una estructura injusta en el mundo (12,10-11), a una especie de fuerza insuperable. Pero Dios interviene dando lugar a la conversión, otorgando la sabiduría, que es fuente de justicia. Por eso el Pseudo-Salomón de la oración de Sab 9 reconoce que es "incapaz de conocer el derecho y las leyes" (9,5) y pide el don de la sabiduría divina para gobernar con justicia (9,12).

La injusticia es la fuerza al servicio del egoísmo; la justicia es el amor al servicio de la vida: "Tienes misericordia de todos porque todo lo puedes, y pasas por alto los pecados de los hombres para llevarlos al arrepentimiento. Tú amas todo lo que existe y no aborreces nada de lo que hiciste, pues si algo aborrecieras no lo habrías creado. ¿Y cómo podría conservarse si no hubiese sido llamado por ti? Pero tú perdonas a todos, porque todo es tuyo, Señor, que amas cuanto existe" (Sab 11,23-26). Si en Dios la justicia es su amor poderoso que hace vivir y que perdona, la justicia humana no será más que amor y perdón recíproco.

III. NUEVO TESTAMENTO. Tampoco en el NT es unívoco el concepto de justicia. Sigue estando presente la idea de ser fiel a la comunidad, pero también el sentido de justicia como observancia de la ley (idea desarrollada sobre todo por los fariseos, aunque ya presente en el AT). Sin embargo, es predominante la idea de justicia de Dios como salvación.

1. LA PREDICACIÓN DE JESÚS. "La exhortación a la justicia en el sentido jurídico de la palabra no está en el centro del mensaje de Jesús. No encontramos en el evangelio ni normas sobre los deberes de justicia, ni una evocación insistente de una clase de oprimidos, ni una presentación del mesías como juez íntegro" (A. Descamps). Si embargo, el tema de la justicia es, al menos según Mateo, una palabra-clave de la predicación de Jesús. Ser justo se identifica con hacer la voluntad del Padre (Mt 7,21.24.26), revelada en las palabras de Jesús. Pero remitiéndonos a la parábola de los dos hijos (Mt 21,28-31 a), nos preguntamos: "¿Quién hace la voluntad del Padre?" Jesús responde así: "Os aseguro que los publicanos y las prostitutas entrarán en el reino de Dios antes que vosotros. Porque Juan vino por el camino de la justicia y no creisteis en él, mientras que los publicanos y las prostitutas han creído en él. Pero vosotros, aun viendo esto, no os habéis arrepentido ni creído en él" (Mt 21,31b-32). Hacer la voluntad del Padre es creer en el anuncio del camino de la justicia, del que habla Jesús en el sermón de la montaña, y ponerlo en práctica (Mt 5,6.10.20; 6,1.33). El mismo Jesús cumple toda justicia (Mt 3,15), ya que realiza perfectamente el plan salvífico de su Padre.

Pues bien, para Mt la justicia es querer vivir como Jesús en una sociedad nueva, en la que la regla es Jesús mismo. El "camino de la justicia" es por tanto una nueva ordenación social, que se contrapone a todos los proyectos humanos de sociedad. La nueva sociedad de hermanos y hermanas de Jesús, los que hacen la voluntad del Padre (cf Mc 3,35), realiza la justicia, que Jesús sintetizó en el mandamiento del amor a Dios y al prójimo (Mt 22,37-40).

Así pues, en la perspectiva de Mt la justicia no es una virtud ni una exigencia ético-legal, sino que indica el camino comunitario nuevo de aquellos que siguen a Jesús. Efectivamente, en Mt "la justicia es un concepto resumido de todo lo que constituye precisamente la `religión' de la comunidad que se ha separado ya del judaísmo" (K. Berger). El dualismo justos-injustos equivale a la contraposición Iglesia-mundo. Pero la parábola de la cizaña muestra que el grano (Iglesia) y la cizaña (mundo) crecen juntos, y solamente al final podrá ser clara y definitiva la separación. La Iglesia "convive" con el mundo, "concrece" con el mundo; pero no se identifica con él.

Mientras que en Marcos falta por completo el concepto de justicia, en la obra de Lucas es característico el uso del adjetivo "justo" referido a Jesús, que es por excelencia "el justo" (Lc 23,47; He 3,14; 7,52; 22,14). Jesús es el mártir inocente, que da su vida por amor a Dios y a los hermanos: "justo" aquí significa ser fiel hasta la muerte a la comunión con Dios y con los propios hermanos. Pero también Zacarías e Isabel son justos "ante Dios, pues guardaban irreprochablemente todos los mandamientos y preceptos del Señor" (1,6). También Simeón (2,25) y José de Arimatea (23,50) son justos. Hasta un pagano como el centurión Cornelio es un "varón justo y temeroso de Dios" (He 10,22). En todos estos casos la justicia implica una relación con Dios.

2. SAN PABLO. En el corpus de las cartas paulinas es central el tema de las relaciones entre justicia del hombre y justicia de Dios. La justicia de Dios, para / Pablo, no es el atributo por el que Dios le da a cada uno lo suyo, sino que es —en el sentido anticipado ya por el AT— la actividad salvífica, misericordiosa y fiel de Dios por el hombre [/ Romanos III; / Gálatas III].

La justicia de Dios se revela plenamente en Jesucristo: "Ahora, sin la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, atestiguada por la ley y los profetas; justicia de Dios mediante la fe en Jesucristo, para todos los creyentes, sin distinción alguna" (Rom 3,21-22). En Jesucristo, Dios ofrece al hombre la justicia, o sea, la salvación.

Por consiguiente, la justicia de Dios es la salvación divina ya presente en la existencia del cristianismo, aunque en esperanza todavía, y que se cumplirá solamente al final. Dios da y manifiesta su justicia entre los hombres que creen (Rom 1,17; 3,21-22). El que no cree no se somete a la justicia divina: "Pues no reconociendo la justicia de Dios y buscando establecer la justicia propia, no se sometieron a la justicia de Dios" (Rom 10,3). La búsqueda de la justicia mediante la ley es un callejón sin salida. Cristo ha puesto fin a ese camino humano de justicia, y al mismo tiempo Cristo es el fin al que lleva ese camino, porque él da lo que la ley no podía dar, o sea, la justicia de Dios: "Porque el fin de la ley es Cristo, para justificación de todo el que cree" (Rom 10,4). Cambia también así la visión de Dios: en el AT un Dios que exige, que premia y que castiga; en el NT un Dios que da y que perdona. Y cambia la manera de entender la religión: en vez de las obras del fiel, la fe del creyente. Esta contraposición paulina tiene que entenderse en el contexto polémico de la diatriba de Pablo con los judíos, y no como una representación precisa del AT; él quiere mostrar la novedad dada en Jesucristo.

La justicia pertenece propiamente a Dios, el cual se la da a la humanidad mediante Jesucristo y en él. Al obrar así, Dios demuestra su fidelidad a sus promesas a los padres (Rom 4,9ss) y no hace más que revelar lo que ya estaba "atestiguado por la ley y los profetas" (Rom 3,21), es decir, por el AT. Puesto que justicia es la acción salvífica divina y don de Dios, se contrapone a la justicia que los hombres buscan de forma autónoma.

Así pues, el hombre no puede hacer valer una justicia propia suya, conquistada con sus obras, sino que tiene que recibirla como don de Dios. Según la mentalidad del / judaísmo de los tiempos de Jesús y de Pablo, la justicia del hombre se obtiene mediante la observancia de los mandamientos y de la ley. Esta manera de pensar puede engendrar la convicción de que el hombre es el autor de su propia justicia (cf Rom 10,3). Pablo, por el contrario, liga la justicia a la fe en Jesucristo: "Decimos, pues, con razón, que el hombre es justificado por la fe sin la observancia de la ley" (Rom 3,28; 4,23; Gál 3,6). Creer en Jesucristo significa no jactarse de la "posesión de mi justicia, la que viene de la ley", sino aceptar "la que se obtiene por la fe en Cristo, la justicia de Dios, que se funda en la fe" (Flp 3,9).

Ser justos quiere decir creer en Jesucristo; recibir de él el Espíritu que obra de manera que los cristianos "seamos en él (Cristo) justicia de Dios" (2Cor 5,21), hombres nuevos, "creados según Dios, en justicia y santidad verdadera" (Ef 4,24). Por consiguiente, Dios no sólo declara justos, sino que hace justos, mediante Jesucristo y el don del Espíritu, a los que se adhieren a su Hijo por la fe.

La fe que hace justos es la confianza total puesta solamente en Dios, como hizo Abrahán (Rom 4); y, por tanto, también esperanza, que se apoya únicamente en él. "La esperanza en el amor supremo de Dios en Jesucristo es, por tanto, el verdadero `éxodo' de sí mismo, para vivir de Dios y en Dios: comunión de vida y de amor, en el cual el hombre recibe el don de Dios, que es el mismo Dios como amor, y se abandona a Dios en el mismo acto de recibirlo; se somete en lo más profundo de sí mismo a la gracia de Dios y, en el abandono completo de su existencia al misterio de Dios que nos reconcilia en Cristo, recibe el don de la justificación" (J. Alfaro).

La justicia de Dios se identifica, para Pablo, con la misericordia, como se ve por Rom 3,25: "(Dios) puso de manifiesto su justicia al pasar pacientemente por alto los pecados del pasado, pero al presente la pone más aún demostrando que él es justo y es quien justifica al que tiene fe en Jesús". Dios es justo en cuanto que quiere y puede hacer justos. Y ser justo es fruto de la muerte-resurrección de Jesús, que libera del pecado (Rom 4,24-25): "Con mucha más razón, justificados ahora por su sangre, seremos librados por él del castigo" (Rom 5,9).

La justicia de Dios es la voluntad eficaz divina de una liberación integral del hombre con vistas a una comunión con Dios y con los hermanos. Justificarlos, los cristianos forman una sociedad nueva y visible, el cuerpo de Cristo: "Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno por su parte es miembro de ese cuerpo" (1Cor 12,27); forman la esposa de Cristo (Ef 5,21-33).

Como cuerpo de Cristo y como esposa suya, la comunidad cristiana debe vivir nuevas estructuras de relaciones entre los cristianos y de éstos con el resto de la humanidad. En Rom 12,9-21, Pablo delinea concretamente la fisonomía de la comunidad cristiana, en la que reina la justicia dada por Dios: "Que vuestro amor sea sincero. Odiad el mal y abrazad el bien. Amaos de corazón unos a otros, como buenos hermanos; que cada uno ame a los demás más que a sí mismo. No os echéis atrás en el trabajo, tened buen ánimo, servid al Señor; alegres en la esperanza, pacientes en los sufrimientos, constantes en la oración; socorred las necesidades de los creyentes, practicad la hospitalidad. Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis. Alegraos con los que se alegran, llorad con los que lloran. Vivid en armonía unos con otros. No seáis orgullosos, poneos al nivel de los humildes. No devolváis a nadie mal por bien. Procurad hacer el bien ante todos los hombres. En cuanto de vosotros depende, haced todo lo posible por vivir en paz con todo el mundo. Queridos míos, no os toméis la justicia por vuestra mano; dejad que sea Dios el que castigue, como dice la Escritura: `Yo haré justicia, yo daré a cada cual su merecido'. También dice: `Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber; que si haces esto, harás que se sonroje'. No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien". Esta larga cita nos dispensa de referir otros muchos pasajes paulinos, en los que el apóstol expresa claramente su convicción de que la justicia recibida de Dios tiene que manifestarse en una praxis renovada de la comunidad cristiana, pero también en una relación singular del cristiano con los no creyentes. El compromiso fundamental del cristiano consiste en "no acomodarse a este mundo" (Rom 12,2), es decir, a sus estructuras e ideologías, sino discernir la voluntad de Dios, es decir, qué es lo bueno. Al obrar así, los cristianos viven realmente no ya "en la carne", o sea, de forma egoísta e injusta, sino "en el Espíritu" (Gál 5,13-25). La justicia es fruto del Espíritu presente en el hombre y se expresa en amor, paz, gozo, longanimidad, bondad, benevolencia, confianza, mansedumbre, dominio de sí mismo. Tanto a nivel individual como en cuanto comunidad cristiana en el mundo. Ante todo formando una comunidad que vive la justicia es como los cristianos hacen que reine la justicia de Dios en el mundo.

Sigue todavía en la concepción paulina el sentido hebreo de justicia como fidelidad a la comunidad, solidaridad, lealtad, pero con una fuerte acentuación ontológica y una insoslayable referencia a la acción salvífica de Dios en Jesucristo. La justicia de Dios es su amor liberador, que se nos ha dado mediante Cristo, en el Espíritu, para hacer de nosotros una comunidad nueva de amor a Dios y a los hermanos. "El (Cristo) es nuestra paz" (Ef 2,14); él reconcilia a la humanidad con su muerte y resurrección, introduciendo en este mundo la justicia de Dios, haciéndonos entrar en su cuerpo para formar la familia de los hijos de Dios y estableciendo la posibilidad de unas nuevas relaciones entre nosotros y con el "mundo". Consiguientemente, cada uno de nosotros está involucrado en la justicia de Dios por el mundo.

3. OTROS ESCRITOS DEL NT. Para 2Pe 3,13 nosotros, los cristianos, "según su promesa, esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva, en los que reinará la justicia". El mundo plenamente salvado será un mundo en donde reinará la justicia, o sea, la comunión de los hombres entre ellos y con Dios. La instauración plena del reino de la justicia implica la salvación integral del hombre en su misma dimensión corporal de relación con la comunidad humana y con el mundo.

Según la carta a los Hebreos, los cristianos poseen "la doctrina de la justicia" (5,13), puesto que creen en Jesús, que "amó la justicia y odió la iniquidad" (1,9). La justicia es una realidad escatológica, pero que ha entrado ya en el mundo por medio del justo, que es Jesús.

En las cartas pastorales, la justicia tiende a convertirse en una virtud entre las demás, vinculada al amor fraterno y a la misericordia. Es una concepción que se refiere al sentido de dikaiosyné como "limosna" del judaísmo helenístico tardío.

4. CONCLUSIÓN. En un intento de recoger sintéticamente el mensaje bíblico, ¿podemos encontrar una fórmula breve para describir el contenido y el sentido de justicia? Como ya se ha visto, para la Biblia la justicia es la garantía de un espacio de relaciones que edifican y conservan la comunión-comunidad de los hombres con Dios y entre sí. Por tanto, la justicia de Dios coincide con su acción salvífica, mediante la cual Dios crea su familia y la sociedad nueva de los que creen en él, haciéndolos justos, es decir, capaces de comunión, y liberándolos del pecado, que es egoísmo y violencia, impedimento para la comunión con Dios y con los hermanos. Por tanto, la justicia entre los hombres no es sólo cuestión del homo oeconomicus o politicus, sino un "milagro" de la gracia misericordiosa y liberadora de Dios. Los cristianos se comprometen en la actuación de la justicia, dispuestos a ser para el mundo signo de justicia en la medida en que edifican de verdad la Iglesia como lugar y signo para el mundo de la presencia en la historia del Dios justo, que quiere la liberación integral de los hombres. Todo el hombre, tanto en su interioridad como en su corporeidad (relación con los demás y con el mundo), es decir, el hombre como "espíritu en el mundo", es el destinatario de la justicia divina. La liberación del mundo de las injusticias y la esperanza en un mundo más justo, la solidaridad cristiana con los oprimidos y las víctimas de la injusticia, tienen su raíz en la fe en Cristo como actuación de la justicia de Dios para el hombre y el mundo. Solamente a partir de Cristo le viene al hombre la capacidad y la esperanza de hacer al mundo más justo.

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A. Bonora