MÉTODO
TEOLOGÍA FUNDAMENTAL

SUMARIO:

I. Teología sistemática:
1.
Modelos principales en la historia de la teología;
2.
Reflexión sistemática. (G. Pozzo).

II. Teología fundamental:
1.
Necesidad de un discurso sobre el método;
2.
Para una memoria histórica;
3.
Método de integración
(R. Ffsichella).

 

I. Teología sistemática

PREMISA. Exponer el problema del "método" de una disciplina cultural o científica significa considerarla no directamente en sus contenidos, sino en su aspecto formal y estructural. La doctrina del método teológico se propone, pues, exponer los fundamentos y los presupuestos del conocimiento teológico a fin de destacar el valor de las afirmaciones sobre la reflexión teológica en general y sobre la que atiende a cada uno de los contenidos específicos de la fe. Si la teología se define como reflexión crítica, metódica y sistemática de la fe de la Iglesia, la reflexión sobre el método tiene como objeto el estudio de las normas, criterios y operaciones que realiza el teólogo para desarrollar correctamente su actividad teológica.

Hay que ser consciente de que la teología ha acompañado siempre ala vida de la Iglesia a través de los siglos de su historia, presentándose de varias maneras, sacando su imagen de las exigencias y del bagaje cultural que van surgiendo en la vida concreta de la Iglesia y del ambiente históricocultural de la época. Esta variabilidad de la imagen de la teología dentro de la invariabilidad del mensaje y del dato de la revelación/ fe, está determinada no solamente por las diversas categorías culturales empleadas por la teología para reflexionar sobre el contenido de la predicación de fe, sino también por la multiplicidad de los métodos que utiliza esta teología para establecer el modo de aproximación a la comprensión y al estudio del misterio de la revelación/fe.

En este sentido resulta útil e importante considerar -aunque sólo sea de forma sintética- las figuras y los modelos históricos de la metodología y de la episteme teológica, no sólo para insertar la presente exposición sobre la doctrina del método teológico dentro del contexto histórico-teológico global, sino también porque a través del conocimiento de la génesis histórica de los modelos principales de la episteme teológica se puede comprender mejor el sentido y el valor de la propuesta metodológica actual.

1. MODELOS PRINCIPALES EN LA HISTORIA DE LA TEOLOGÍA, a) El período patrístico y el ideal sapiencia!. Teniendo como objeto los primeros siglos del pensamiento cristiano, la patrística destaca el choque de la revelación cristiana, primero con el judaísmo y luego con la cultura filosófica griega y latina. Se puede considerar la patrística como el momento "fontal" de la teología, que en el encuentro/ choque con la cultura griega y latina exalta la novedad de Jesucristo y la consistencia especulativa vinculada también a la incidencia práctica del mensaje cristiano frente a las diversas corrientes filosóficas y religiosas de la época. Les falta a las obras de los padres el carácter propiamente "sistemático", mientras que aparece constante el planteamiento estructuralmente bíblico históricosalvífico y la atención dirigida a buscar en el significado de los textos bíblicos la diversidad de los niveles de profundidad que reflejari para el creyente, más allá de todo lo que pueda exhibir el dato puramente filológico. Otro elemento característico de la reflexión teológica patrística es la dimensión sapiencia! y la vibración teologal y espiritual del pensamiento de los padres, orientado a incrementar la edificación de la propia vida interior y de la existencia cristiana del prójimo. En Occidente fue determinante el ideal y el ejemplo de / Agustín. Para el obispo de Hlpona, el intellectusfidei en sus dos variantes (credo ut intelligas -teología- e intelligo ut credas -filosofía-) están al servicio del ejercicio mismo de la bienaventuranza y de la contemplación cristiana. El mismo amplio uso de la dialéctica y de la filosofía neoplatónica en función de la ilustración de los misterios de la fe se ponen siempre al servicio de la consideración histórico-salvífica de la religión cristiana en el orden concreto de la salvación.

b) La teología escolástica en la Edad Media. La gran escolástica del siglo xlli, y especialmente santo /Tomás de Aquino, puso de manifiesto los límites de la reflexión patrística y de la teología monástica de la primera Edad Media, sobre todo en el terreno de la elaboración ontológica y metafísica de los datos de la revelación. Para superar la orientación ecléctica de los padres, la teología escolástica buscó un instrumento filosófico que fuese orgánicamente homogéneo con la lógica del pensamiento cristiano. Las Summae medievales son entonces la expresión de un repensamiento sistemático de los datos de la fe orientado alaconstrucción de una síntesis teológica. Sin querer negar la diversidad de planteamientos y de opciones teológicas de las diversas escuelas medievales (baste recordar, p.ej., la escuela dominicano-tomista y la escuela franciscano-bonaventuriana), se pueden recordar los dos rasgos principales que califican a la episteme y a la metodología teológica de los escolásticos: 1) el hecho de que la profundización de los datos de la fe, sacados de la Escritura, de la tradición, de la enseñanza de los concilios y de la vida de la Iglesia, mediante la confrontación con el aparato conceptual del pensamiento filosófico -especialmente el aristotélico- se convierte cada vez más en el lugar prioritario de la teología; 2) el hecho cada vez más decisivo de que el paradigma del trabajo técnico es asumido por el concepto aristotélico de "ciencia", y la aceptación de que la "ciencia" primera es la metafísica.

Este carácter unitario y metafísico de la teología escolástica hizo crisis por la fragmentación del saber gracias al nominalismo filosófico de la escolástica tardía (siglo xiv) y a la aparición de la ciencia moderna y de su relativo método inductivo.

c) La teología postridentina y manualista. Después del concilio de Trento, y para recobrar un terreno común entre todas las escuelas de teología católica en la lucha contra el protestantismo, surge el llamado "método dogmático" en conexión con la disciplina llamada "teología dogmática". El núcleo de la reflexión teológica es precisamente el que ofrecen las definiciones dogmáticas del magisterio. El procedimiento sigue un orden de explicación que implica diversos momentos: enunciación de la tesis dogmática, exposición de las opiniones, pruebas positivas derivadas de la autoridad de la Escritura, de los padres, de los concilios; pruebas sacadas de la argumentación teológica, soluciones de las dificultades y corolarios para el crecimiento de. la vida espiritual. A1 lado de este factor se pueden recordar otras dos características de este planteamiento metodológico: la orientación al sistema y la organicidad dei discurso, y la organización de la teología en enciclopedias.

La teología manualista (l Teología, 11), que en el siglo xtx y en la primera mitad del siglo xx se desarrolla en las escuelas teológicas, tiene como base los factores precedentes, presentando, por tanto, unas características que podemos resumir así: 1) la preocupación dominante se debe a la voluntad de elaborar pruebas racionales apologéticas, en reacción contra las corrientes racionalistas del pensamiento moderno; hay que subrayar el uso apologético de las fuentes de la revelación (la Escritura y la tradición) para sostener las intervenciones doctrinales del magisterio; 2) se tiende a yuxtaponer de forma más bien extrínseca la auctoritas y la ratio, es decir, los datos de la fe y las exigencias de la reflexión racional; 3) finalmente, la teología manualista eleva de hecho la autoridad del magisterio al primer puesto en la escala de las diversas autoridades, precisamente en el sentido de que se refiere directamente a las declaraciones del magisterio y no a la revelación contenida en la Escritura y en la tradición.

La evolución de la situación eclesial y el desarrollo de las investigaciones modernas relativas a la naturaleza y al método de la teología ofrecieron la ocasión para reestructurar las líneas de la metodología teológica y proponer una remodelación de los estudios teológicos.

d) Indicaciones y perspectivas del Vaticano II, El pensamiento del Vaticano II sobre la naturaleza y el método de la teología se señala en el número 16 de la Optatam totius. Partiendo del concepto renovado de "revelación", tal como lo expone la Dei Verbum (l Revelación), se comprende el sentido y el alcance de la renovación del método teológico. El decreto OTenseña que la Escritura es el punto fundamental del procedimiento, bien porque el desarrollo de los temas bíblicos está en la base de las verdades que hay que profundizar, bien porque la Escritura es "el alma de la teología" (DV 24). Las normas conciliares indican que hay que asumir luego la voz de los padres de la Iglesia y el desarrollo histórico del dogma, entendido como recorrido necesario para comprenderla clarificación del dato revelado. Por consiguiente, las definiciones dogmáticas son el punto de llegada de un largo camino de fe dentro de la vida y del pensamiento de la Iglesia y el punto normativo para comprender el mensaje revelado. Viene a continuación el momento "especulativo" de la teología, que consiste en ilustrar lo más posible los misterios salvíficos de la fe, teniendo en especial consideración el ejemplo de santo Tomás de Aquino. Finalmente, es tarea de la teología mostrar la continuidad entre el anuncio bíblico, la historia de fe, la reflexión especulativa y la liturgia, la piedad cristiana y la edificación de la Iglesia. En este contexto el concilio invita a "buscar, a la luz de la revelación, la solución de los problemas humanos, a aplicar sus eternas verdades a la mudable condición de la vida humana y a comunicarlas de un modo apropiado a sus contemporáneos" (OT 16).

En conclusión, la exposición conciliar, sin querer imponer un esquema rígido al método teológico, señala algunas orientaciones metodológicas esenciales, que no pueden soslayarse, e invita a la reflexión teológica a pensar de manera orgánica y unitaria los principios fundamentales de la centralidad de Cristo en el misterio de la salvación, la atención antropológica, la finalidad pastoral y espiritual.

e) La época posconciliar. En. el período posconciliar se dibujan múltiples figuras de teología, que implican igualmente una pluralidad de planteamientos metodológicos que vamos a mencionar sin entrar en la valoración de sus méritos, sino sólo para dar una información -ciertamente. no exhaustiva- que complemente nuestra breve exposición histórica:

1) Figura antropológico-trascendental. El "giro antropológico" en teología lleva a considerar la reflexión sobre el hombre como horizonte, hilo conductor y ángulo visual de todo el saber teológico. En particular, algunos autores (p.ej., Rahner) introducen el método trascendental para fundamentar el saber teológico y precisar las condiciones de posibilidad del sujeto para pensar y tematizar una posible revelación de Dios.

2) Figura -hermenéutica. Este planteamiento teológico se muestra especialmente atento a los problemas del lenguaje, de la interpretación y de la reformulación de las doctrinas de fe que signifiquen y digan al hombre contemporáneo la palabra de salvación.

3) Figura ortopráctica. En este modelo epistemológico, la "praxis" constituye el criterio de interpretación de la revelación y de verificación del sentido de la palabra revelada. La figura ortopráctica de teología conoce varias formas de expresión (teología política, teología de la liberación, teología del desarrollo, etc.).

4) Algunos autores hablan también de un modelo prospectivo de "teología narrativa" y de "teología escatológica", de "teología estética" (cf C. ROCCHETTA, La teologia e la sua storia, en C. ROCCHETTA, R. FISICHELLA y G. POZZO, La teologia tra rivelazione e storia, Bolonia 1.987).

La presente exposición sobre el método teológico intenta' quedarse en la perspectiva del Vaticano lI y articular una .reflexión sistemática sobre la metodología teológica, considerando en primer lugar los fundamentos del método teológico y describiendo sucesivamente su procedimiento, sin la pretensión de entrar en el análisis de problemas específicos, prefiriendo ilustrar las grandes líneas de la estructura orgánica del saber teológico.

2. REFLEXIÓN SISTEMÁTICA. a) Fundamentos de la doctrina del método teológico. En el origen constitutivo de la teología está la revelación, fuente de los contenidos teológicos y fundamento de sus certezas. El concepto de revelación, presente en el lenguaje filosófico y en la experiencia religiosa, se precisa de forma absolutamente única si se refiere a Jesucristo. En efecto, el acontecimiento de Jesucristo se comprende como la definitiva automanifestación de Dios y como la revelación plena e insuperable de la verdad última del hombre y de la historia. El acontecimiento de Jesucristo, entendido en su singularidad única e irrepetible, se sitúa como principio de un saber dentro de la perspectiva de una nueva ciencia distinta de las demás. La revelación de Dios en Jesucristo no es solamente un principio de transformación y de conversión de la existencia, sino también (precisamente por eso) la clave de interpretación para comprender el sentido último del hombre y de la realidad. Sobre este presupuésto se basa la teología. La relación revelación/fe/teología es, por tanto, una relación de implicación mutua, en el sentido de que el acontecimiento de la revelación, en correlación con la respuesta-aceptación de la fe, es el principio constitutivo de la teología. La doctrina sobre el método teológico, aunque debe respetar las reglas de un procedimiento riguroso y disciplinado desde el punto de vista intelectual, no puede olvidarse del principio específicamente teológico, que tiene una función básica y normativa para la misma metodología, es decir, la realidad del hombre, creyente y teólogo, que acepta el don del amor y de la verdad de Dios y se convierte al evangelio de la salvación. Por tanto, de este fundamento resulta que sólo la fe en la autorrevelación de Dios en Jesucristo establece el horizonte de comprensión adecuado a la realidad que tiene que exponer la teología. Así se indica también el punto de intersección entre la vida y la actividad teorética, entre la experiencia y la reflexión, y se identifica al mismo tiempo el presupuesto que hace posible al creyente la traducción de sus exigencias intelectuales en un procedimiento correcto y orgánicamente estructurado.

Las consideraciones expuestas anteriormente manifiestan, por consiguiente, que no es posible hacer una correcta y auténtica teología católica, metodológicamente disciplinada, más que en el presupuesto -que al mismo tiempo es también un principio formal- de que la raíz del saber teológico, precisamente por ser un saber, es el saber de la fe, entendido como conocimiento e inteligencia de la revelación de Dios en Jesucristo (Jn 1,14; 1Cor 1,2; cf también DV 5). Ciertamente, la teología en cuanto logos humano está en sí misma abierta estructuralmente a las adquisiciones de la filosofía, de las ciencias y, en general, de todos los instrumentos lógicos, hermenéuticos, teóricos que el pensamiento humano descubre y utiliza. Desde el punto de vista metodológico, esta apertura significa que la teología tiene que estar siempre atenta a las solicitaciones de las formas de la cultura y del saber de la conciencia histórica, así como a la evolución y el perfeccionamiento de los instrumentos lingüísticos, lógicos, criticos, para realizar el encuentro entre fe, Iglesia, pensar teológico por una parte, y las instancias de la cultura contemporánea por otra. Pero es igualmente necesario que la elaboración del método teológico considere el-hecho de que la teología es "ciencia de la fe", por lo cual parece imposible comprender los modos originales y peculiares de la racionalidad de la teología mientras no se considere y se respete la estructura veritativa de la fe misma, con sus propios criterios de verdad y de autenticidad. En particular, la unidad propia y básica del conocimiento/ saber de la fe es la revelación de Dios realizada en Jesucristo y la Iglesia como el lugar en donde se realiza la memoria actual del acontecimiento de Jesucristo.

La conclusión es que la elaboración del método en teología no puede constituirse sólo o principalmente a partir de los criterios y de las normas operativas comunes a las otras ciencias, sino que tendrá que observar ante todo los principios normativos que se derivan del saber de la fe, asumiendo las aportaciones y los medios críticos propios de las formas del saber metafísico, histórico, hermenéutico, etc. De esta manera la teología estará en disposición de satisfacer tanto las exigencias de organicidad, sistematicidad, logicidad y unitariedad del pensamiento, como igualmente las exigencias del saber de la fe.

b) El punto de partida del procedimiento teológico. La cuestión metodológica preliminar de toda ciencia es la individualización del objeto y la formulación exacta de la pregunta, a la que se intentará responder con medios adecuados. En general, toda pregunta nace de un hecho o de un fenómeno ya conocido en cierto sentido, pero que exige ser conocido de forma más profunda y precisa. De este modo el sujeto constituye el elemento conocido y el predicado constituye el elemento todavía no plenamente sabido, que representa el objeto de la investigación.

El objeto de la teología es la vida y la doctrina de fe de la Iglesia en su referencia a la revelación de Dios uno y trino; y la pregunta es: ¿Qué significa, cómo puede interpretarse y hacerse comprensible la doctrina de la revelación de Dios en Cristo atestiguada por la fe y por la predicación de la Iglesia?

En esta pregunta el sujeto es la misma comunidad eclesial, cuyo contenido doctrinal es conocido, aunque no necesariamente justificado y comprendido, de forma refleja y crítica. El predicado es la necesidad precisa de comprender la vida y el pensamiento de la Iglesia en su apelación a la revelación y al misterio de Dios; se obtiene proyectando en el plano de la reflexión científica, metódica, sistemática, la experiencia y el patrimonio de las doctrinas de fe de la Iglesia. En otras palabras, el punto de partida de la teología sistemática es la toma de contacto con la experiencia concreta de la vida de fe eclesial; es decir, con los motivos a través de los cuales la Iglesia repropone en la historia el acontecimiento cristiano en sus elementos doctrinales cognoscitivos fides quae creditur) y con los modos por los que la comunidad de los creyentes vive interiormente y se apropia existencialmente el acontecimiento cristiano fides qua creditur). Bajo este último aspecto es importante subrayar la dimensión personal del hacer teología, que expresa la apropiación interior y personalizada de la fe, reflejada también en la manera de llevar el trabajo teológico, aun cuando esta dimensión personal no tenga que conducir a una subjetivización y a una concepción de la teología esencialmente, como una autobiografía del teólogo. Además, la realidad de la fe vivida por la Iglesia es siempre:también una realidad provocada. En efecto, tanto por la exigencia psicológica del individuo, que advierte el impulso de satisfacer -también en el aspecto intelectualsu deseo de conocimiento, como por los cambios y fermentos culturales que objetivamente ponen en cuestión las afirmaciones y las éonvicciones de la fe, la tarea de la teología no consiste sólo en constatar la fe de la Iglesia, sino que se define como esfuerzo por justificar el contenido de la fe a partir de las fuentes de la fe misma, por presentarlo en su continuidad histórica y en su desarrollo a lo largo de los siglos, por explicarlo en el contexto de la revelación, por aclararlo ilustrando su alcance y su actualidad existencial e histórica, para que el hombre de todos los tiempos pueda comprender el sentido de su vida y su destino último.

Aclarado el punto de partida del procedimiento sistemático de reflexión, se perfila la doble tarea fundamental de la teología en el aspecto metodológico: 1) la teología debe verificar el vínculo entre la fe actual de la Iglesia y el acontecimiento salvífico definitivo de Jesucristo, como revelación insuperable de la verdad y de la caridad de Dios esta primera tarea fundamental puede designarse como auditus fidei, y expresa la función positiva de la teología; 2) en un segundo momento la teología tiene que saber responder a las exigencias y desafíos del pensamiento y de la cultura actual, haciendo comprensibles a la inteligencia humana los contenidos de la fe, mostrando la eficacia práctica y existencial del mensaje cristiano, llevando a una síntesis orgánica cada vez más profunda de las verdades reveladas; esta segunda tarea fundamental de la teología puede llamarse intellectus fidei y expresa la función reflexiva y actualizante de la teología.

c) Momento positivo de la teología: "auditus fidei': El objeto de la teología positiva es el resultado de la toma de conocimiento de la vida y de la doctrina de la Iglesia. La formulación de la pregunta es: ¿Cómo se puede verificar y probar que la doctrina de la Iglesia proviene: de la revelación de Cristo?

Conviene precisar que no se trata propiamente de poner en duda lo que el conocimiento de fe me da como cierto, sino de elaborar la aproximación crítica al dato de fe. La fundamentación y la clarificación del vínculo entre la conciencia de fe de la Iglesia y el principio de la revelación se obtienen mediante el estudio del testimonio normativo de fe, autorizado para transmitir la enseñanza de Cristo por estar formado de unos testigos oculares y auriculares de la vida histórica de Jesús que culminó con el acontecimiento pascual. Este testimonio quedó fijado por escrito en el NT y tiene, por tanto, un carácter fundacional para la fe de las generaciones sucesivas. .Sin embargo, este testimonio normativo es vivido, transmitido e- interpretado por la Iglesia posapostólica. La tradición eclesial es precisamente la transmisión-interpretación-explicitación-actualización fiel y viva del testimonio de la fe apostólica. Todo el pueblo de Dios está comprometido en esta "tradición" según una variedad de tareas, entre las que destaca de modo singular la función del magisterio de la Iglesia, con su función de autentificar la interpretación y la comprensión del mensaje revelado. Este oficio magisterial adquiere una importancia y un significado irrevocable en las declaraciones y en las definiciones dogmáticas.

Consideremos ahora en particular las fuentes del conocimiento teológico y su uso en la teología positiva.

1) La Escritura. El uso del testimonio de la Escritura en el método teológico supone el conocimiento de loquees la Escritura, de quién es su autor y del sentido en que la Escritura es palabra de Dios. Supone además el conocimiento de la problemática y del empleo.del método histórico-crítico en la hermenéutica de la Biblia.

De todas formas es oportuno recordar el principio de que la Escritura como palabra de Dios (palabra inspirada) no es simplemente un fenómeno histórico-literario más o menos comprensible con los criterios que se utilizan en cualquier escrito del pasado, sino que constituye en sí misma un acontecimiento que se sitúa en el proyecto de la revelación histórica de Dios. Por tanto, la Escritura, aunque se la puede describir en términos de investigación históricocrítica, es esencialmente un hecho que hay que atribuir plenamente a la iniciativa de Dios, que trasciende en sus contenidos religiosos y doctrinales las dimensiones de la naturaleza y de la cultura del hombre. Se comprende entonces que, cuando los textos del magisterio hablan de la Escrituya, unan este tema al de la tradición y al del magisterio; que goza del don de interpretar auténticamente y de exponer fielmente la palabra de Dios que confió Cristo y el Espíritu a los apóstoles. (DV 9).

A la luz de estas premisas se pueden señalar algunos tipos fundamentales de uso de la Escritura en la argumentación de la teología positiva:

- El uso del dato bíblico como argumento escriturístico. Bajo este aspecto la teología sistemática encuentra en la Escritura, con la confirmación de la exégesis crítica, la prueba que justifica la proveniencia de la revelación de la doctrina de fe que se predica actualmente (p.ej., la verdad de que el Espíritu Santo se confiere en el bautismo).

- El uso del dato bíblico como fundamento escriturístico.- En este caso, el dato bíblico, comprendido y aclarado exegéticamente, ofrece solamente una parte o bien una base de partida para justificar que una determinada doctrina proviene de la revelación. Pueden distinguirse dos casos: a) en el primero el lector moderno, gracias a los resultados de la exégesis, puede ver que una parte de la verdad de la fe predicada está contenida formal y explícitamente en la Escritura (p.ej., la verdad de que, según Pablo, nadie puede salvarse del pecado y de la muerte sino por la muerte y resurrección de Cristo; el concilio de Trento, interpretando Rom 5, indica la dirección exacta para comprender plenamente el mensaje paulino y para evitar interpretaciones reductivas sobre la doctrina del pecado original); b) en el segundo caso está el problema de señalar en qué medida está presente una verdad enseñada por la Iglesia en el testimonio bíblico (p.ej:,la noción de sphraghís -sello-, aunque se encuentra en la Escritura, no significa directamente lo que la Iglesia interpretará luego con la doctrina del "carácter" sacramental). En otras palabras, puede haber doctrinas de fe que la Iglesia enseña dogmáticamente y que encuentran en la Escritura tan sólo un fundamento o base de partida que queda explicitado y comprendido plena y correctamente en la tradición.

- Finalmente, se considera el caso en que la Escritura no diga nada formalmente explícito ni técnicamente %formulado sobre una doctrina de fe. -En esta situación la exégesis no está en disposición de evidenciar el sentido de la doctrina ni el punto de partida por donde empezó el camino de explicitación. En consecuencia, el lector creyente y el teólogo tendrán que recurrir a la tradición (p.ej., el dogma de la asunción de María). Pero esto no significa que haya algunas verdades de fe no contenidas en la Escritura entendida como palabra de Dios, sino que significa que la relación entre revelación, Escritura y tradición tiene que tener en cuenta este elemento, es decir, que no es suficiente el conocimiento de la Escritura para comprender la palabra de Dios. Para la determinación última y decisiva de los contenidos revelados hay que recurrir siempre a la tradición (la liturgia, el sentido de fe del pueblo de Dios, la predicación autorizada y auténtica del magisterio).

En conclusión, podemos resumir diciendo que los diversos usos de la Escritura en el método teológico suponen siempre el resultado de la exégesis histórico-crítica, dirigida a averiguar el sentido técnico y directo del texto bíblico; pero superan dicho resultado en cuanto que el empleo del dato bíblico en la argumentación de la teología positiva tiene siempre necesidad de la tradición, según los modos explicados, para comprender el significado y el contenido de la doctrina revelada.

Además, la teología sistemática deberá tener en cuenta otros dos criterios fundamentales en el uso del dato bíblico: a)el criterio de la unidad de la Biblia (cada una de las afirmaciones debe ser leída ulteriormente en el conjunto global del mensaje de la Escritura); b) el criterio cristológico (lo que se lee en la Biblia no es algo completo en sí mismo, sino que ha de leerse junto con aquel en el que se cumplió todo, Cristo Señor. Es Cristo el que nos conduce a la verdad profunda y plena de las imágenes bíblicas).

2) La tradición eclesial. Suponiendo las adquisiciones de la autocomprensión de la Iglesia sobre el concepto de tradición (DS 1501; 3007; 3886), nos limitamos a recordar que, según el Vaticano.II, la tradición transmite la palabra de Dios a través de los apóstoles y de sus sucesores integre (en su totalidad) hasta hoy (DV 9). Recoge no solamente la predicación oral, sino también los ejemplos de la vida de Cristo y el testimonio de la liturgia. Además, la experiencia espiritual, la predicación doctrinal y el estudio de los fieles son los elementos que provocan el progreso de la tradición en la comprensión de la revelación (DV 8). En lo que atañe el uso de los datos de la tradición en el método teológico, habrá que distinguir previamente algunos niveles en la interpretación de los documentos de la tradición.

El nivel de la interpretación filológica consiste en establecer el sentido del texto en su estructura literal y gramatical. El nivel de la interpretación histórica intenta fijar lo que quiso decir el autor en el contexto global de sus escritos y de su pensamiento. El nivel de la interpretación dogmática pretende aferrar el sentido trascendente encerrado en los documentos de la tradición. No se puede olvidar el hecho de que en el testimonio humano e histórico de los documentos de la tradición puede estar encerrado un contenido de verdad procedente de la revelación garantizado por la asistencia del Espíritu. Por estos motivos el uso que hace la teología del dato de la tradición no puede prescindir del magisterio, que en la tradición es el órgano adecuado para señalar y fijar el sentido dogmático del testimonio o afirmación doctrinal.

Precisamente en este nivel se encuentra un problema capital para el método teológico. Se observa efectivamente que la tradición propone ciertos contenidos de verdad en nociones y palabras tan sólo a partir de cierta época. Se constata en este aspecto que la mayor parte de la predicación de fe actual -lingüísticamente hablando-' no proviene directamente de Cristo y de los apóstoles. La cuestión que se plantea es la de cómo explicar este hecho y las consecuencias que esto tiene para el método teológico correcto.

La respuesta a esta pregunta es que el cambio de atención, en relación con los múltiples aspectos del misterio de la fe, es condición necesaria para comprender la introducción de nuevos términos en la predicación doctrinal de la Iglesia (cf, p.ej.=, el concepto de homoousios o el concepto de transubstañtiatio, o el concepto de carácter sacramental, etc.

Se llega entonces a la siguiente clarificación. La Iglesia transmite durante cierto período de tiempo un contenido revelado sin formularlo técnicamente. El resultado de la introducción de nuevas palabras o formulaciones para expresar siempre el mismo contenido revelado es el conocimiento más reflejo, más conscientemente detallado de la misma verdad de fe que estaba presente en la conciencia viva del pueblo cristiano de un modo preconceptual, prerreflejo y quizá también genérico. En el paso de la conciencia vivida al conocimiento y formulación reflejos entra siempre y necesariamente también el magisterio, que es el único capaz de garantizar en última instancia que este paso y esta llegada a la formulación conceptual se lleva a cabo sin manipular ni alterar el mismo contenido revelado.

Así pues, para la argumentación probativa de la teología positiva resulta necesario tener en cuenta los desplazamientos de acento y los cambios de atención sobre los múltiples aspectos de los misterios de la fe. Sólo así es posible dar razón de la explicitación y de los análisis-desarrollos históricos de la tradición eclesial.

Finalmente, es importante para el método teológico subrayar la distinción entre tradición doctrinal de fe y tradición teológico-cultural cristiana. Esta distinción permite no confundir el dato perteneciente a la fe común de la Iglesia, atestiguado por la vida litúrgica, la experiencia espiritual y la predicación dogmática del magisterio con el elemento perteneciente a las convicciones y opiniones teológicas y culturales, que también está presente en la historia del pensamiento cristiano. Es verdad que de hecho se advierte muchas veces una trabazón entre los dos elementos; pero es necesario que la teología llegue a una adecuada distinción entre lo que pertenece a'la tradición de fe, garantizada por el magisterio, y lo que pertenece a modelos y perspectivas intelectuales históricamente condicionados y no ligados esencialmente al l depósito de la fe. Esto, por otra parte, no significa soslayar el valor educativo y metodológico de los pensadores y teólogos (sobre todo de los padres y doctores de la Iglesia) que han recibido un reconocimiento particular por parte de ¡apropia Iglesia. En este contexto se pueden mencionar algunas características fundamentales de los autores cristianos que hay que tomar en especial consideración: la ortodoxia de su enseñanza, la santidad de su vida, el reconocimiento por parte de la Iglesia y la capacidad de abrir la razón humana a la comprensión del advenimiento de la revelación.

3. La mediación del magisterio en el conocimiento teológico. La afirmación de que existe una relación intrínseca entre el ministerio de la predicación de la palabra verdadera (cf Tit 1,9; 1Tim 1,10; 4,6; 2Tim 4,3) y la sucesión apostólica conduce a considerar el tema específico del magisterio y el uso de sus documentos en el método teológico.

Función de los documentos del magisterio; significado y valor. El significado del magisterio en la Iglesia tiene que comprenderse en orden a la verdad de la doctrina cristiana. Los documentos del magisterio, por consiguiente,- no son algo extrínseco o superpuesto a la verdad cristiana, sino que expresan el meollo de la verdad misma. El servicio ala.verdad salvífica que rinde el magisterio va en favor de todo el pueblo cristiano, llamado a ser introducido en la,libertad de la verdad.

El objeto de la enseñanza del magisterio es la palabra de Dios en toda su amplitud; el ámbito de competencia del magisterio es por tanto la verdad revelada .(DS .3018). El modo con que el magisterio ejerce su función es sustancialmente doble:

a) Existe un modo solemne y extraordinario, cuyo resultado son los enunciados dogmáticos irreformables por sí mismos, y no por el consentimiento de los fieles (DS 3074).

b) Existe otro modo ordinario, cuyo resultado no es tanto una formulación definitiva de una doctrina ni la garantía de que -un contenido pertenece a la revelación, sino que se trata más bien de transmitir auténticamente la sustancia,del mensaje cristiano en sus aplicaciones a la vida pastoral de la Iglesia.

Por lo que se refiere a las definiciones dogmáticas, el carisma veritatis del magisterio atañe a la posibilidad de declarar infaliblemente que el contenido de fe es revelado, con el presupuesto de que semejante contenido estuvo siempre presente en el depositum fidei, aunque de forma no refleja ni formulada técnicamente. El concilio Vaticano I, en la fórmula de definición dogmática de la infalibilidad pontificia (DS 3015; 3017), incluyó también deliberadamente la posibilidad de que la Iglesia defina doctrinas sin proponerlas necesariamente como reveladas divinamente. Estas doctrinas, si la Iglesia las propone de modo definitivo, tienen que ser aceptadas y reconocidas firmemente, aunque no se,les deba un asentimiento de fe divina. Por tanto, puede entrar coma .objeto de definiciones irreformables, aunque no reveladas ,divinamente, todo lo que se refiere a ,los misterios de la salvación de una forma tan vinculada a ellos que no sea posible el anuncio eficaz de las verdades reveladas sin unas aclaraciones doctrinale,$ sobre semejante objeto. Por ejemplo, entra en este terreno de competencia lo que se refiere a la ley moral natural, a los praeambula fide¿ a los llamados facta dogmatica, como la legitimidad de un concilio, de un pontífice, la canonización de los santos, etc.

Por lo que se refiere a la predicación del magisterio ordinario en materias de fe y de moral, la enseñanza de la Iglesia (cf LG 25) recuerda que su finalidad es la de conducir a los fieles a la iniciación de los misterios centrales de la salvación a través de los diversos instrumentos de la acción pastoral, litúrgica, catequética. Esta predicación, aun siendo auténtica, no intenta proponer de modo definitivo una enseñanza doctrinal, que por tanto no es de suyo irreformable. Por consiguiente, a las enseñanzas del magisterio ordinario no se les debe un asentimiento de fe ni un asentimiento irrevocable, sino el obsequio religioso del entendimiento y de la voluntad. En cuanto "religioso", no se basa en motivaciones puramente racionales, sino en la singularidad reconocida de la función del papa y de los obispos de exponer y predicar -con la autoridad conferida por Cristo mediante la sucesión apostólica- los contenidos de la doctrina y de la vida cristiana. Hay que señalar igualmente que al ser textos de suyo no irreformables, es legítimo que la competencia teológica profundice y desarrolle críticamente el pensamiento del magisterio; sin embargo, también para los documentos del magisterio ordinario la praesumptio veritatis le compete al magisterio, ya que el carisma veritatis se le ha dado por Cristo al magisterio, mientras que los teólogos reciben de la Iglesia el oficio de enseñar.

En cuanto al valor de las definicio,es doctrinales, y particularmente de os d'ó 'g'mas, se trata de tener presente que' los -enunciados dogmáticos indican lo que la Iglesia advierte como no compatible con la inteligencia correcta de la revelación. Las declaraciones del magisterio no pretenden expresar positivamente la totalidad del misterio de la fe; sin embargo, constituyen una positividad irrenunciablepara la conciencia creyente, ya que por un lado niegan la herejía, que es siempre una ruptura o una reducción de la globalidad del dato de la fe, mientras que por otro impulsan y orientan a la teología para que estudie deforma cada vez más profunda el mensaje de la salvación, salvaguardándolo de comprensiones erróneas o reductivas.

Uso de los documentos del magisterio y criterios de interpretación. Señalaremos a continuación los criterios y los principios generales de la interpretación de los textos doctrinales del magisterio, a fin de establecer su uso correcto en el método teológico.

1. Ante un documento magisterial hay que determinar primeramente la intencionalidad de la enseñanza, distinguiendo entre el contenido doctrinal inteligible y las formas o esquemas argumentativos e ilustrativos que dependen de perspectivas teológicas condicionadas históricamente. Este criterio es una aplicación coherente de la declaración del Vaticano I, que, aun consciente del progreso de la Iglesia en el conocimiento de la verdad revelada (DS 3020), enseña que "hay que mantener para los sagrados dogmas el sentido declarado una vez por todas por la Iglesia" (DS 3020). Esta enseñanza fue confirmada por el papa Juan XXIII en la inauguración del concilio Vaticano II: "Es preciso que esta doctrina cierta e inmutable... sea explorada y expuesta de la forma que requiere nuestra época. En efecto, una cosa es el depósito de la fe, o sea; las verdades contenidas en nuestra venerable doctrina,, y otra distinta el, modo de su enunciación, pero siempre con el mismo sentido y significado" ("AAS" 54 [19623 792; cf también GS 62). La declaración Mysterium Ecclesiae, recogiendo esta enseñanza, precisa que el papa habla aquí del depósito de la fe, que hay que identificar con las verdades contenidas en dicha doctrina, y de las verdades que deben conservarse .en el mismo sentido; y sigue la declaración: "Está claro que el papa admite que el sentido de los dogmas puede ser conocido por nosotros, y que es exacto e inmutable... La novedad que se recomienda, en consideración a las exigencias del tiempo, se refiere sólo a los métodos de investigación, de exposición y de enunciación de la misma doctrina en su sentido permanente" (Mysterium Ecclesiae, 5). El documento declara además que "las fórmulas dogmáticas del magisterio de la Iglesia fueron aptas desde el principio para comunicar la verdad revelada y siguen siendo adecuadas para comunicarla a quien las comprenda rectamente" (ib). Esto no significa que no puedan encontrarse otras fórmulas que integren y expliquen las ya fijadas, pero "tendrán que ser aprobadas por el magisterio e indicar el mismo significado de forma más completa" (ib). Como comentario de esta enseñanza se puede puntualizar que las fórmulas dogmáticas propuestas y definidas por la Iglesia expresan de forma objetiva y determinada (y, por tanto, no aproximativamente) el aspecto o el contenido de las verdades reveladas al que se refieren. Aunque las fórmulas dogmáticas en cuanto tales no son el objeto último de la fe, ya que la fe se dirige a la realidad misteriosa y trascendente de Dios (articulusfidei ron terminatur ad enuntiabile, sedad rem), sin embargo no son el resultado de una representación subjetiva y puramente histórica y mudable. de los misterios de la revelación.

2. Hay que distinguir entre los diversos grados de certeza y de obligatoriedad con que el magisterio intenta comprometer su propia autoridad doctrinal. Una cosa es la definición dogmática y otra la indicación pastoral o la exhortación o la norma disciplinar.

3. Es preciso distinguir en un documento los presupuestos esenciales de una definición dogmática (o sea, los que una vez negados, se niega también el contenido de la definición) y los presupuestos no esenciales, que pertenecen a elementos contingentes derivados de las convicciones culturales de una época.

4. Finalmente, es menester llamar la atención sobre el problema de la distinción entre el contenido o significado de un dogma y su formulación conceptual. En este sentido se constata en el desarrollo doctrinal de los temas de la fe una transición o cambio lingüístico desde las nociones bíblicas a las nociones contenidas en el dogma (cf el homoousios del credo niceno). Esto se explica porque una doctrina bíblica puede expresar un contenido revelado en términos narrativos o mediante una expresión figurada. Semejante doctrina bíblica puede exigir una explicación en un contexto histórico cambiado y puede postular una separación entre el contenido doctrinal y la expresión figurada, a fin de aferrar su significado profundo y auténtico. Esta separación se ha verificado de hecho en la historia de la tradición, y el magisterio ha propuesto algunos contenidos revelados de una forma figurativa, del mismo modo que en la Biblia, y otros contenidos revelados en una forma conceptual propia y técnicamente elaborada.< El paso de la locución figurada a la conceptual propia se puede definir como un proceso de interpretación de la fe. Pero en este caso 81 contenido, que es siempre un elemento intelectual, permanécé inalterado y puede ser reconocido por el entendimiento y ser comunicado a través de la palabra humana.

Primera conclusión. La reflexión sobre el uso de las fuentes de la revelación y de los documentos del magisterio ha-puesto de relieve que la Escritura, la. tradición y, el magisterio exigen siempre una relación y una referencia recíproca. El uso del dato bíblico necesita de la tradición y del magisterio, ya que sólo estos últimos pueden orientar en la comprensión plena y auténtica del mensaje del texto bíblico. Por otra parte, la comprensión de la tradición exige el conocimiento de la Escritura, ya que la tradición supone y depende del testimonio neotestamentario original. El uso de los textos magisteriales tiene que tener siempre en cuenta el contexto más amplio de la tradición, en el que se coloca la declaración magisterial. Y a su vez la doctrina de la Iglesia de hoy ilumina el horizonte interpretativo en el que debe ser comprendido correctamente el sentido del mensaje bíblico y eclesial.

En conclusión, la teología prueba que las doctrinas de fe provienen de la revelación en la totalidad e integridad del uso de las fuentes del conocimiento teológico (Escritura, tradición y magisterio). Sin esta totalidad no se puede elaborar una argumentación válida, ya que sin el cuadro global que ofrece el testimonio de la Escritura, de la tradición y de los documentos del magisterio no es posible ver cómo y en qué nivel se inserta una verdad de fe en el conjunto de la revelación. La historia de fe, entendida como la unitotalidad de Escritura-tradición-magisterio hasta la predicación de fe actual, permite conocer los matices y la acentuación de algunos aspectos de la verdad cristiana que dan razón de las explicitaciones y de las puntualizaciones dogmáticas relativas a la organización de los contenidos revelados que pertenecen al depositum fidei.

d) Momento reflexivo de la teología: "intellectus fidei" : El resultado de la acogida critica de las fuentes de la fe es la verificación de la pretensión de verdad de la doctrina de fe, en cuanto que proviene de la revelación. Por consiguiente, el objeto de la teología reflexiva es la doctrina y la vida de la Iglesia en cuanto que se derivan de la revelación o se refieren a la revelación. Así pues, la teología en el momento reflexivo supone siempre la verdad de la fe y supone su fundamentación crítica en el principio de la revelación. Para formularla pregunta a laque tiene que responder la teología reflexiva, se considera la relación entre los datos teológicos y el pensamiento humano. Son tres principalmente las exigencias que hay que tener en cuenta: a) la exigencia de ilustrar especulativamente el contenido de fe, teniendo presentes las dudas y dificultades que suscita la razón o la experiencia humana; b) la exigencia de mostrar la coherencia intrínseca del discurso de la fe con vistas a una síntesis teológica, que postula la estructura orgánica del pensamiento y de la doctrina cristiana; c) la exigencia de la actualidad de la verdad de fe, a fin de destacar la importancia existencial y práctica de los misterios de la fe y su capacidad de dar respuesta a las esperanzas profundas del hombre y de la cultura en el momento histórico particular en que se vive. A estas tres exigencias se añade la oportunidad de que, en el camino de profundización intelectual de la fe, la teología descubra algún elemento que no haya sido explicitado.o esté aúmsin formular ni aclarar reflexivamente. El trabajo explicitativo de la,refiexión teológica es en este sentido una aportación relevante y creativa para toda la Iglesia, empeñada en profundizar y penetrar cada vez más en la comprensión de los misterios de.la fe.

Sobre la base de estas consideraciones intraductorias se puede sub= dividir el plan metodológico de la teología reflexiva en las siguientes especializaciones funcionales: función especulativa, función explicitativa y función actualizadora del inteIlectus fidei.

Antes de examinar en particular estas funciones, conviene considerar algunas premisas generales de índole epistemológica, que se refieren a la estructura específica del intellectus fidei.

En efecto, la teología sistemática, como intellectus fidei, tiene la tarea de, asumir las categorías y el bagaje cultural de las diversas épocas históricas para proponer una exposición de los contenidos de fe que esté en disposición de sostener las exigencias científicas y teoréticas del pensamiento humano y para satisfacer la exigencia de la síntesis teológica de los misterios de la fe.

La asunción de las categorías conceptuales procedentes del ámbito cultural y teorético del pensamiento plantea objetivamente el .problema de la confrontación entre teología y filosofía. Aunque no entra en la finalidad de este artículo la exposición de las relaciones entre filosofía y teología (/ Teología y filosofía), indicaremos sucintamente los principios orientativos para el uso de la filosofía en el procedimiento especulativo del intellectus fidei y presentaremos a continuación el criterio metodologico básico para la construcción de la síntesis teológica.

1. "Intellectus fidei" y filosofía. Para un uso correcto del saber filosófico en el ámbito de la reflexión especulativa teológica será necesario tener en cuenta los siguientes principios y orientaciones de fondo:

a) El principio-base lo da el hecho de que la revelación manifiesta la verdad de Dios en Jesucristo, y consiguientemente exige y postula que la fe como aceptación/ respuesta a la revelación sea también inteligencia y reconocimiento verdadero deja identidad de Jesucristo revelador del misterio del Padre y Logos de Dios. La fe como fides que implica la adhesión fiducial/ existencial/ personal a la palabra de Dios revelada en Cristo. La fe comofides quae, es decir, como reconocimiento de la revelación, implica la existencia de una doctrina (doctrina revelada) y de un obrar en conformidad y adecuación con la verdad de Cristo:

b) La doctrina revelada exige estructuralmente que la razón humana esté rectamente ordenada a la verdad y sea capaz de conocer a Dios a partir de la realidad creada (DS 3004, 3005; DV6) y de aprender los principios de la vida moral. Por tanto, la recepción/ transmisión de la revelación por parte de la Iglesia exige afirmaciones de alcance metafísico universal, esto es, que el hombre es capaz de verdad, de enunciar afirmaciones verdaderas, de escoger libremente el bien. Tales implicaciones metafísicas de valor universal y objetivo se derivan esencialmente de la doctrina revelada.

c) La fe (fides quae), en cuanto reconocimiento y adhesión a la revelación, posee intrínsecamente la cualidad de ser un modo legítimo de "saber". Por consiguiente, la fe no adquiere de fuera su racionabilidad, ni existe ninguna separación o extrañamiento entre "fe"y "saber", entre "fe" y "razón", aunque la fe y la razón se distinguen sin confundirse. .

d) Dei correcto planteamiento de las relaciones entre la fe y la razón (l Razón/ Fe) se derivan ciertas implicaciones para la relación entre teología y filosofía en el método teológico:

- cuando la fe intenta comprenderse a sí misma de forma crítica y refleja fdes quaerens intellectum), exige la teología. Por tanto, el origen de la teología es el saber de la fe. Pero para desarrollar su tarea crítica y especulativa, la teología necesita también de la filosofía. Cuando la fe/ teología se encuentra con el ambiente cultural humano, es decir, con una "razón culta", necesita categorías filosóficas que sean coherentes con las exigencias de la fe. Puesto que por su naturaleza la filosofía tiene la pretensión de dar una interpretación de la totalidad de lo real, la fe de la Iglesia exige poder disponer de una razón filosófica que capte la verdad de Dios, del hombre y del mundo de forma que la doctrina revelada pueda confirmar esas afirmaciones y. elevarlas al plano de la revelación. Este fue, por lo demás, el esfuerzo que realizaron los grandes maestros del pensamiento teológico (Agustín, Anselmo, Tomás de Aquino, Buenaventura, Escoto...);

- no se trata de imponer a la teología un sistema filosófico particular ni de absolutizar un modelo determinado de pensamiento, sino de afirmaren línea de principio la posibilidad y la necesidad de un pensar filosófico recto y verdadero que corresponda a las exigencias de la fe;

- en este contexto se comprende la oportunidad de la apelación del mismo Vaticano II a santo Tomás de Aquino como valor y ejemplo que imitar y considerar, sin interpretar esta apelación en sentido exclusivo y excluyente.

En esta perspectiva, el intellectus fidei no es la aplicación de una filosofía técnica a la comprensión de la doctrina revelada. El intellectus fidei no depende de una autocomprensión filosófica. Por otra parte, las filosofías no son "indiferentes" para el intellectus fidei. Las categorías filosóficas pueden ser utilizadas según la conveniencia de la fe, con tal que sean coherentes con las exigencias de la misma verdad revelada. En conclusión, será oportuno tener presentes los siguientes elementos:

Primero: La índole científica del intellectus fidei es intrínseca a su misma naturaleza, y la función de la filosofía no consiste en poner orden dentro de un dato (la fe) que en sí mismo fuera desordenado y estuviera privado de unidad intrínseca. La función del intellectus fidei es propiamente la de hacer aparecer un orden, una armonía lógica, que es intrínseca a la misma doctrina revelada.

Segundo: El uso de las categorías y de los modelos filosóficos constituyen un medio a través del cual el intellectus fidei puede mostrar la inteligibilidad de la revelación y profundizar especulativamente en'ei misterio de la fe en orden al diálogo y a la confrontación con la autocomprensión filosófica del hombre y de la cultura del tiempo.

Tercero: En cuanto que la doctrina revelada contiene e implica esencialmente presupuestos metafísicos y principios gnoseológicos universales, que expresan las estructuras permanentes del ser y del pensamiento (creaturalidad del hombre, capacidad de la mente humana de conocer la verdad y de obrar el bien, capacidad del lenguaje humano de expresar contenidos, revelados, etc.), esa doctrina exige un pensamiento filosófico que sea coherente y compatible con las exigencias de verdad de la revelación/fe.

2. "Intellectus fidei" y síntesis teológica. La reflexión sobre el misterio cristiano, dirigida a profundizar y a penetrar progresivamente en la comprensión del depositum fidei, solamente puede realizarse cuando se integra y se coloca constantemente en el conjunto global de la doctrina de la salvación, que es la medida y la regla de toda investigaciówy de todo replanteamiento particular. De este modo, la teología reflexiva sale al encuentro de la exigencia de una síntesis teológica.

A este propósito es conveniente poner de manifiesto el principio epistemológico de la analogía de la fe, que pertenece a la estructura epistemológica de la propia teología. Este principio dice que la investigación especulativa de cada uno de los contenidos de la verdad ha de realizarse en el sentido de señalar las relaciones y las conexiones entre las verdades de la fe, ya que sólo de este modo puede llegarse a la determinación del significado de cada misterio y a una síntesis orgánica de los temas doctrinales que son objeto de reflexión y de sistematización. El fundamento de este principio se indica en la enseñanza del Vaticano II, concretamente en su doctrina de la jerarquía de verdades: "Al comparar las doctrinas, recuerden (los teólogos) que existe un orden o jerarquía en las verdades de la doctrina católica, ya que es diverso el enlace de tales verdades con el fundamento de la fe cristiana" (UR 11).

Así, la misma Mysterium Ecclesfae afirma que "existe ciertamente un orden y una especie de jerarquía de los dogmas de la Iglesia, dado que es distinto su vínculo con el fundamento de la fe. Pero esta jerarquía significa que unos dogmas se basan en otros como principales y son iluminados por ellos. Pero todos los dogmas, al . estar revelados, deben ser creídos con fe divina" (Mysterium Ecclesiae 4).

Esta enseñanza constituye una base epistemológica fundamental para la elaboración de la síntesis teológica, ya que la teología puede penetrar en el significado de cada una de las verdades de fe solamente cuando se establece debidamente la relación de unas con otras, teniendo en cuenta la referencia "jerárquica" al fundamento de la fe, que es la revelación de Dios realizada definitivamente en Jesucristo. Así pues, el principio de la analogía de la fe es una regla fundamental para una correcta metodología teológica en el ámbito del intellectus fidei.

Establecidas estas premisas epistémicas generales, ilustraremos ahora brevemente las funciones específicas en que se articula la teología reflexiva, con sus diversos métodos:

a) La función especulativa. La respuesta a las objeciones de la razón. Hay que distinguir fundamentalmente dos tipos de objeciones. El primero es la insinuación de que existe una contradicción entre la verdad de la fe y la verdad de la razón. En ese caso la teología procederá exponiendo el sentido exacto de la afirmación de fe para evitar malentendidos sobre el significado del enunciado y eliminar así las aparentes contradicciones, que no existen en realidad si se comprende bien el enunciado. Posteriormente, la teología, frente a las dificultades, tendrá que probar con instrumentos lógicos que es falso el razonamiento humano que crea ver una contradicción entre la fe y la razón. El presupuesto epistemológico de la imposibilidad de la contradicción procede del hecho de que existe una homogeneidad sustancial entre el orden de la creación y el orden de la salvación (I Analogía), por lo que el Dios que revela una verdad de fe es el mismo Dios que creó la razón humana. La segunda provocación por parte de la razón humana es el intento de querer racionalizar y demostrar la verdad de fe, reduciéndola a una verdad de pura razón y negando así el carácter revelado y absolutamente gratuito de la verdad de fe en cuestión. En este caso, la razón humana podría ser usada para mostrar con los solos medios de la reflexión la evidencia intrínseca de la verdad de fe. La teología procederá argumentando la imposibilidad de una evidencia intrínseca de la verdad de fe (p.ej., el misterio de la Trinidad de Dios) por la sola razón, en cuanto que el objeto en cuestión trasciende necesariamente la capacidad filosófica del hombre.

La respuesta que sugiere la racionabilidad de la fe. Hay que distinguir dos actitudes posibles para el creyente: la primera es la de querer hacer comprensible la verdad de fe revelada a través de la comparación con la realidad y la experiencia humana; la segunda es la de intentar proponer una argumentación razonada para hacer surgir el sentido positivo del mensaje de fe para la realización de la existencia humana:

- el método de la comparación: sobre la base del presupuesto de que existe una homogeneidad sustancial entre el orden de la creación y el orden de la salvación, aunque haya siempre una diferencia cualitativa intrascendible (analogía), se puede concluir que existen ciertas semejanzas entre las verdades de fe y las verdades naturales en cuanto a la posibilidad de una comprensión de las primeras.

El procedimiento teológico pone en relación una o varias verdades de fe can una o varias verdades de orden natural y racional (p.ej., la analogía o semejanza que ve Agustín entre la vida interna e íntima de la Trinidad y la vida y estructura del alma humana, que se distingue en las facultades de la memoria, el entendimiento y la voluntad). Está claro que el razonamiento teológico confía su apoyo y su plausibilidad a la capacidad de la inteligencia humana de sostener sus tesis, no estando inmunizada en este caso la razón humana de posibles errores y aproximaciones, que acechan continuamente a su investigación. En el terreno especulativo, la teología no posee más fuerza que la que expresan las razones que consigue identificar y las argumentaciones que es capaz de producir;

- el método de la correspondencia: se quiere sugerir el valor de la doctrina presuponiendo su verdad intelectual. El presupuesto de este método es la convicción de que la verdad cristiana es "propter nos homines et propter nostram salutem", es decir, una verdad salvífica. Así pues, la teología especulativa intenta elaborar una propuesta teorética que ofrezca motivos válidos para hacer sensata la experiencia cristiana. En concreto, se trata de mostrar que los problemas fundamentales de la vida del hombre (el sufrimiento, la muerte, la aspiración al autocumplimiento personal...) no son creados por la revelación y que tales problemas no crean la respuesta de la revelación. Pero la razón teológica está en disposición de mostrar que la problemática radical de la existencia histórica del hombre encuentra en la revelación cristiana la respuesta sensata y el cumplimiento definitivo (/Sentido).

b) La función explicitativa. No se trata en esta perspectiva de hacer inteligible el significado teológico de un contenido doctrinal ni de responder a las objeciones de la cultura humana. El objeto específico es la percepción de un argumento o aspecto del misterio que esté aún sin formular en palabras y nociones técnicas precisas. A1 comienzo de este procedimiento no se conoce todavía su naturaleza y su importancia en el plano doctrinal. Sin embargo, hay elementos que sugieren y apelan a la conciencia del teólogo para que identifique con mayor precisión un tema de fe (p.ej., el esfuerzo de la reflexión de Agustín por formular técnicamente la noción de "pecado originaf~.

Sintéticamente es posible indicar el siguiente camino metodológico en la función explicitativa de la teología. A1 principio existe la persuasión en la Iglesia de que en la fe católica no puede haber contradicciones entre las verdades de fe. Así pues, relacionando una o varias verdades de fe con el fundamento y centro de la revelación, a saber: el acontecimiento Cristo, se puede ver el motivo que impulsó al creyente a descubrir el problema no resuelto todavía con fórmulas técnicas precisas. Así pues este método actúa en dos niveles. Ante todo se trata de descubrir la realidad temática que formular, lo cual ocurre de ordinario mediante una intuición. En segundo lugar, se lleva a cabo un proceso de explicitación para llegar a la formulación del contenido cristiano que explicitar. Solamente el magisterio de la Iglesia ofrece la garantía de que la exphcitación teológica corresponde a la verdad de la revelación. Pero la teología constituye un momento necesario para llegar a la organización de la verdad revelada, presente implícitamente en el depositum fidei.

La reflexión explicitativa de la teología consigue aclarar las nociones y los aspectos revelados, no mediante un proceso lógico-deductivo, sino a través de una intuición del misterio en cuestión que se desarrolla mediante la relación establecida entre el problema por aclarar y el conjunto de las verdades de la salvación ya conocidas, especialmente en relación con el misterio de Cristo.

c) La función actualizadora. La teología es consciente de que existe una vinculación intrínseca entre la exigencia de hacer comprensible la verdad de la fe a la inteligencia humana explicitando el patrimonio de la revelación y la exigencia misionera de anunciar el evangelio a los hombres de todos los tiempos y lugares. Esta última exigencia representa la instancia actualizadora de la teología, que tiene que recobrar y renovar su propia conciencia misionera, basada en la persuasión de proponer una verdad y un valor universales y salvíficos. En coherencia con este objetivo, la teología tendrá que estar atenta a las sensibilidades, a los instrumentos más eficaces y al lenguaje en los cuales y a través de los cuales está llamada a expresar sus propias reflexiones. Desde el punto de vista metodológico es esencial recordar dos principios: 1) la teología debe saber distinguir los contenidos doctrinales de carácter definitivo y las ilustraciones o esquemas argumentativos que se utilizan para presentar dichos contenidos; estos últimos son siempre relativos y contingentes, mientras que los primeros son inmutables; 2) hay que distinguir entre la tarea de la actualización "científica" y la tarea de la actualización "práctica". La teología sistemática satisfará a la finalidad pastoral y actuafizante en la medida en que sepa ser científica y eclesial, esto significa que la teología es actual en la medida en que es simplemente ella misma y no en la medida en que se convierte en algo distinto. La teología cumplirá con su función actualizadora en el sentido de hacer comprender objetivamente la realidad de la revelación/ fe, asumiendo todas las adquisiciones teóricas y prácticas de algún modo válidas que le presenta el horizonte del pensamiento humano actual. Por consiguiente, no se trata para la teología de renunciar a las exigencias rigurosas de su método teológico, siguiendo de forma acrítica y apresurada las modulaciones de la cultura contemporánea, sino de asimilar con un discernimiento crítico, a partir del juicio de la fe, las perspectivas de lectura de la realidad que le sugiere y reclama la historia de. los hombres en camino hacia la búsqueda de la verdad.

Reflexión final. Es tarea de la metodología teológica actual intentar llegar a una unidad más profunda entre los diversos aspectos de la investigación teológica, que necesariamente tienen que diferenciarse en el procedimiento del trabajo teológico. El primer aspecto de esta unidad orgánica es la convergencia profunda de la función positiva y reflexiva de la teología. En efecto, estas funciones convergen en la medida en que son expresiones de un único conocimiento superior, es decir, el saber de la fe. Se puede añadir además que, en la doctrina del método teológico, el momento "positivo" y el momento "reflexivo" no se subordinan el uno al otro, sino que se muestran coordinados por caminos distintos hacia un conocimiento más adecuado del objeto en cuestión. Por el contrario, estos dos momentos están subordinados a la fe, que los usa como instrumentos para desarrollar y profundizar la comprensión del mensaje divino revelado. Por otra parte, la teología positiva y la teología reflexiva no son nunca extrañas a la tradición viva de la Iglesia. Por consiguiente, la unidad entre la fe, la Iglesia y la teología le garantiza a esta última su legítima autonomía en su procedimiento científico, coordinando sus resultados hacia un único fin, que es la introducción del hombre en el conocimiento y en la vida íntima del misterio de Dios, que se ha revelado definitivamente en Jesucristo como Padre, Hijo y Espíritu Santo.

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G. Pozzo