Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia VIRTUD


VIRTUD
DicPC


I. APROXIMACIÓN A LA NOCIÓN DE VIRTUD.

La noción de virtud se ha ido perfilando en un largo proceso histórico, que tiene ya un hito importante en la misma filosofía griega, sobre todo con Aristóteles. En un sentido muy general se ha solido llamar virtud al principio del movimiento o de la acción. Es lo mismo que energía, potencia activa o capacidad de obrar o de hacer algo. Pero en un sentido más restringido, la virtud ha venido a ser entendida como la perfección de la misma potencia activa, tanto si es una perfección que la potencia tiene por sí misma, como si se trata de una perfección sobreañadida, a modo de hábito operativo.

Según esto, hay que reconocer la existencia de dos tipos de potencias activas. Unas rigurosamente determinadas en orden a sus actos, de suerte que obran siempre de la misma manera y producen los mismos efectos, que son las potencias naturales. Otras, no unívocamente determinadas a sus actos y efectos, que son las potencias activas propiamente humanas o racionales, como son el intelecto y la voluntad (racionales por esencia) y los apetitos sensitivos (racionales por participación), y que necesitan una perfección sobreañadida, un hábito operativo que las capacite para obrar rectamente en orden a su fin; perfección y hábito que reciben entonces, con más propiedad, el nombre de virtud. Pero la virtud, entendida de esta segunda manera más restringida, todavía puede encuadrarse en el orden cognoscitivo o en el orden apetitivo. Si se sitúa en el orden cognoscitivo, tenemos las llamadas virtudes intelectuales, que, según Aristóteles, se distribuyen en cinco géneros, a saber: inteligencia, ciencia, /sabiduría, /técnica y /prudencia. Mientras que, si se sitúa en el orden apetitivo, tenemos las llamadas virtudes morales, que son las virtudes en su sentido más propio, como la /justicia, la /fortaleza y la temperancia. Por lo demás, la prudencia, que es virtud intelectual por su sujeto, puesto que arraiga en el intelecto, es también virtud moral por su objeto, dado que su campo propio de aplicación son los asuntos morales.

Centrándonos ahora en la virtud moral, recojamos aquí estas dos definiciones clásicas de la misma, una de ellas propuesta por Aristóteles, y la otra procedente de san Agustín. La definición aristotélica dice así: «Virtud es lo que hace bueno al que la posee y torna buenas las obras del mismo»1, mientras que la agustiniana reza de este modo: «Virtud es una cualidad buena de la mente, por la cual se vive rectamente, y de la que nadie usa mal»2. Ambas definiciones recogen lo esencial del pensamiento clásico acerca de la virtud y, en ese sentido, señalan una cumbre. Después, con la irrupción del actualismo moderno y contemporáneo, se desvirtúa el papel de las potencias activas, y consiguientemente, el de los hábitos y las virtudes. En la actualidad, los moralistas rehúyen hablar de virtudes y, en el examen del enriquecimiento moral de la conducta humana, terminan por asignar a la noción, mucho menos precisa, de valores el cometido reservado anteriormente a las virtudes.

II. RESUMEN DE LA DOCTRINA CLÁSICA SOBRE LA VIRTUD.

Teniendo en cuenta esas dos definiciones, podemos concluir que la virtud, en su sentido más propio, que es la virtud moral, es aquella perfección de las facultades operativas del hombre, especialmente de su voluntad, que asegura un obrar libre, ajustado a las más profundas exigencias de la misma naturaleza humana, haciendo así al hombre bueno sin más o de modo absoluto: «Hace bueno al que la posee y torna buenas las obras del mismo» (Aristóteles). Concretamente, se trata de una cualidad o, mejor, de un hábito operativo bueno, que radica en las potencias racionales del hombre, y que hace que este viva rectamente, sin que pueda usar mal de ella: «Es una cualidad buena de la mente, por la que se vive rectamente y de la que nadie usa mal» (san Agustín).

La perfección que la virtud moral proporciona al hombre no consiste en un perfeccionamiento de su misma naturaleza sustancial, sino en un enriquecimiento de la capacidad operativa que le es más propia, ya en la línea de encarrilar hacia el bien moral a sus potencias racionales, ya en cuanto a la facilidad, seguridad y complacencia en el uso de ellas. En este sentido, las virtudes (hábitos operativos buenos) vienen a constituirse en una segunda naturaleza, que, por supuesto, no contraría a la naturaleza primera o sustancial, sino que la secunda y prolonga, en congruencia con las inclinaciones naturales. De suerte que en su obrar libre, el hombre refrende y corrobore su ser natural.

Las virtudes morales son varias y conexas entre sí. Centrándonos sólo en las fundamentales o cardinales, la primera, guía de todas las otras, es la prudencia, que radica en el intelecto, en cuanto razón práctica. Perfecciona la buena deliberación, por la aplicación de la ley moral general a los casos particulares, y prepara una buena elección y una buena ejecución. La segunda es la justicia, que se inclina eficazmente y de modo estable a buscar el bien de los demás. La tercera es la fortaleza, que refuerza el ánimo para no sucumbir ante los obstáculos que puedan impedir o dificultar la práctica de la justicia. Y la cuarta es la temperancia, que modera los atractivos sensibles, para que no nos aparten del bien de la razón. Y estas cuatro virtudes están de tal manera enlazadas unas con otras, que no es posible llegar a poseer una de ellas, en estado perfecto, sin poseer así mismo las otras, también perfectamente. No se puede ser prudente sin ser justo yfuerte y temperante; y no se puede ser justo sin ser prudente y fuerte..., y así sucesivamente.

Las virtudes en general, los hábitos operativos buenos, son como otras tantas energías supletorias, sobreañadidas a las energías más radicales, que se concretan en las distintas potencias operativas de índole racional. Lo admirable de ello es que esas nuevas energías nacen y crecen por la repetición de actos de las mismas potencias en que se reciben. De suerte que las susodichas potencias, al emitir sus propios actos, reobran sobre sí mismas, acrecentando así su propio poder, sus propias energías nativas. Se trata, por lo demás, de un hecho constatado por la experiencia ordinaria, puesto que, sin los hábitos, cuando comenzamos a usar de nuestras potencias racionales (nuestro intelecto, nuestra voluntad), podemos muy poco, y es su uso continuado y esforzado el que las hace cada vez más hábiles y mejor dispuestas en orden a la realización de empresas mucho mayores, que en un principio de ningún modo podían arrostrar. Esas nuevas energías arraigan en nuestras potencias racionales. Primero en el intelecto, en sus distintos usos: uso intuitivo, tanto especulativo como práctico, con las virtudes de la inteligencia y la sindéresis, y después su uso discursivo, ya en el orden especulativo, con las virtudes de la ciencia y la sabiduría, ya también en su uso práctico, con las virtudes de la prudencia y de la técnica. En segundo lugar, arraigan en la voluntad, concretamente en su uso libre, con la virtud de la fortaleza y sus anejas, en el irascible, y con la virtud de la temperancia y sus anejas, en el concupiscible.

A las virtudes, sobre todo morales, se las llama también hábitos electivos, porque pueden ser usadas por el sujeto que las posee cuando quiera. Es verdad que disponen e inclinan al bien obrar, pero no de manera automática, ni mucho menos irresistible, sino con la suavidad y la complacencia de lo que, sin ser natural en sentido estricto, es, sin embargo, congruente con la naturaleza, adecuado a ella. Es cierto que de la virtud moral «nadie puede usar mal», pero eso no quiere decir que el que posee una virtud moral pierde la libertad para obrar contra ella. Dicha libertad se conserva siempre, tanto si se usa de la virtud, obrando rectamente, como si no se usa de ella, sino que, actuando al margen de la misma, se obra en contra de la rectitud moral. Por consiguiente, una virtud no es un encorsetamiento de la conducta, ni un anquilosamiento de la libertad. Es todo lo contrario: una preciosa ayuda para obrar, libremente, en congruencia o de acuerdo con nuestra propia naturaleza específica.

III. VIRTUDES Y VALORES.

Los /valores, en el terreno moral, se presentan, las más de las veces, como ciertos ideales concretos que, cual otros tantos polos de atracción, imantarían la conducta humana. Se quiere con ello evitar que sea el sentimiento del /deber, que con frecuencia se manifiesta como una exigencia poco atractiva, con una cara adusta y descarnada, el que haya de regir, por sí solo, la conducta moral. Aunque a veces los mismos valores se muestren como metas difíciles, no dejan, por ello, en ningún caso de ser atractivos, y el secundar esos atractivos tiene que resultar por fuerza más estimulante y hacedero, que el estricto cumplimiento de unas normas simplemente impuestas. Esta es, sin duda, la ventaja con que se presentan hoy los valores, sobre todo en el campo de la educación moral de la juventud. Pero esto no hace superflua esa otra categoría moral de las virtudes. Porque las mismas virtudes pueden muy bien ser presentadas como ideales atrayentes. La /solidaridad, por ejemplo, es obra de la justicia y del /amor, y la /paz, por su parte, tampoco es posible sin la justicia, la fortaleza y la renuncia al egoísmo. Pero además, las virtudes tienen una ventaja que los valores, por sí solos, no poseen, y es el acopio de energía moral que las mismas virtudes suponen. Y es que, por muy atractivos que se presenten los valores, su realización, o su incorporación a nuestra vida, exigirá siempre un esfuerzo, esfuerzo que no podrá realizar el que carezca de las fuerzas necesarias para ello. Pues bien, son precisamente las virtudes las que nos proporcionan esas fuerzas, ya que ellas mismas son otras tantas fuerzas o energías supletorias y sobreañadidas, que potencian aquellas energías más radicales, y en principio más débiles, en que consisten las propias potencias operativas de índole racional.

 

NOTAS: 1 ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco, II, 5; Bk 1106 a 15—16. — 2 SAN AGUSTÍN, De libero arbitrio, II, 19; ML 32, 1268.

BIBL.: ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco, 1. II y VI; GARCÍA LÓPEZ J., El sistema de las virtudes humanas, México 1986; LÓPEZ ARANGUREN J. L., Ética, Revista de Occidente, Madrid 1958; MCINTYRE A., Tras la virtud, Crítica, Barcelona 1987; PIEPER J., Las virtudes fundamentales, Rialp, Madrid 1976; RAMÍREZ, S., De habitibus fundamentales, Madrid 1973; TOMÁS DE AQUINO, Suma de Teología, I-II, qq. 49-60 y 63-67; ID, De virtutibus in communi.

J. García López