Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia SOCIALISMO


SOCIALISMO
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En la historia del pensamiento social y político, se han rastreado las raíces del socialismo en la teoría política de Platón, expuesta en La República, por su defensa de la comunidad de bienes de todo tipo y la abolición de la propiedad privada a todos los niveles: económico, social y sexual. Aunque posteriormente, en Las Leyes, cambió su pensamiento, Platón mantenía en La República que la propiedad divide a los hombres mediante la barrera de lo mío y lo tuyo, mientras que la comunidad de bienes devuelve la unidad. Donde no existe la propiedad, nada es mío ni tuyo, sino que todo es nuestro. También se daba gran importancia al comunismo de la iglesia cristiana primitiva y a los elementos comunistas existentes en la vida monástica de la Edad Media y se redescubrían estas raíces en la revuelta campesina de 1381 o en la insurrección campesina comunista encabezada por Thomas Münzer en el siglo XVI.

Una referencia importante es la obra Utopía (1516) de Tomás Moro. En ella, Moro realiza una crítica feroz de la sociedad de su tiempo, de sus injusticias, de las luchas religiosas y de la intolerancia, y propone una ciudad ideal que no se halla realizada todavía en ningún lugar concreto. De ahí su nombre: Utopía (no lugar). El punto clave en su planteamiento reside en la ausencia de propiedad privada. Moro, inspirándose en Platón, propone la comunidad de bienes. Una vez que han desaparecido las diferencias de riqueza, desaparecen también las diferencias de status social. Por eso los habitantes de /Utopía llevan a cabo, de forma muy equilibrada, los trabajos propios de la agricultura y de la artesanía, de manera que se eviten las divisiones sociales, que son consecuencia de la división del trabajo. El trabajo no dura más de seis horas, para dejar espacio a las diversiones y a las actividades artísticas. Los habitantes de Utopía son pacíficos, se ajustan al sano placer, admiten diferentes cultos religiosos y saben aceptarse recíprocamente.

La obra de Tomás Campanella La Ciudad del Sol (1602) bosqueja la estructura de una república idealmente perfecta, gobernada por un príncipe sacerdote, Sol o Metafísico y asistido por tres príncipes ayudantes: Pon, Sin y Mor, esto es, Poder, Sabiduría y Amor. Las características de esta ciudad ideal, ordenada minuciosamente por hombres de ciencia, son la comunidad de bienes y de mujeres (siguiendo a Platón) y la religión natural.

Algunos han encontrado elementos de la doctrina socialista en Rousseau, en el Discurso sobre el origen de la desigualdad (1755), por su apasionada denuncia de los peligros de la propiedad privada. Fichte (1762-1814) en su primera época, también desarrolló interesantes ideas de tono socializante. Manteniendo un ideal cosmopolita, defendía que el Estado debe garantizar a todos un trabajo e impedir que haya /pobres y parásitos.

I. SOCIALISMO LIBERTARIO.

Quizás el Manifiesto de los iguales (1796), de Francois Ndel Babeuf, es el primer pronunciamiento político socialista. Defendía la socialización de la tierra y de la industria como algo necesario para completar la revolución iniciada en 1789. Consecuentemente, propugnaba el mismo derecho natural al disfrute de los bienes de la naturaleza, la obligación universal del /trabajo, el derecho universal a la educación y la necesidad de abolir tanto la riqueza como la pobreza, en interés de la felicidad humana. Para realizar esto, veía necesario implantar un liderazgo dictatorial revolucionario.

Saint-Simon (1760-1825) consideraba que la historia está regida por una ley de progreso no lineal, consistente en una alternancia de períodos orgánicos y de períodos críticos. La edad moderna es una época crítica, por lo que hay que avanzar hacia una nueva época orgánica, regida por el principio de la ciencia positiva. En esta nueva época, el poder espiritual corresponderá a los hombres de ciencia, y el poder temporal a los industriales. La ciencia y la tecnología se encuentran en condiciones de solucionar los problemas humanos y sociales. En su obra El Nuevo Cristianismo, Saint-Simon bosquejó el advenimiento de la sociedad futura como un retorno al cristianismo primitivo: una sociedad en la que la ciencia constituirá el medio de alcanzar aquella fraternidad universal que «Dios prescribió a los hombres como su regla de conducta», «mejorando con la mayor plenitud y la mayor rapidez posibles la existencia moral y física de la clase más numerosa». Saint-Simon y sus discípulos insistieron en la idea de eliminar la /propiedad privada, anular el derecho de herencia y planificar la economía, tanto agraria como industrial. La acción del Estado debería estar inspirada en un criterio supremo: a cada uno según su capacidad (regla de la producción), a cada uno según sus obras (regla de la distribución).

Robert Owen (1771-1859) ha sido considerado el fundador del socialismo y del cooperativismo británicos. En un primer momento confió en cambiar a los hombres a través de la transformación de las condiciones de vida y de trabajo, y por la educación. Convirtió su fábrica en un modelo (para la época) de condiciones de trabajo, salud y atención escolar, intentando persuadir a otros empresarios para que hiciesen lo mismo, y al Parlamento para que promulgara medidas en favor de los obreros. Habiendo fracasado en estos intentos, dedicó la segunda parte de su vida a promover el movimiento cooperativo y las uniones de trabajadores, propugnando un socialismo utópico de corte cooperativo, no promovido por el Estado, sino por la acción voluntaria de los adheridos.

Charles Fourier (1772-1837), discípulo de Saint-Simon, considera que en la historia existe un plan providencial que incluye al hombre, su trabajo y la manera de configurar la sociedad. Dios ha colocado unas pasiones humanas que hay que satisfacer. Para respetar el plan armónico de Dios, la organización social debe hacer el trabajo atrayente para el hombre. La civilización, con su régimen de la libre competencia, donde cada uno persigue sus propios intereses, sin atender a los de la comunidad, aumenta la miseria y arruina los valores morales. Por eso Fourier propugna que las pasiones sean liberadas y dirigidas hacia su máximo rendimiento. La organización más adecuada para esto era la falange, conjunto de 1620 personas que residen en un falansterio. Los falansterios son unidades agrario-industriales, donde cada uno encuentra posibilidades de satisfacer sus inclinaciones y producir lo que le guste. Hay igualdad entre el hombre y la mujer. Los niños son educados por la comunidad y hay una completa libertad sexual. Un Unarca dirigirá las actividades del falansterio, pero de manera descentralizada. Con ello se entrará en la edad del Nuevo Mundo Societario.

Louis Blanc (1811-1882) puede ser considerado como un precursor del socialismo democrático moderno. Fue partidario de un socialismo basado en la propiedad pública, combinada con la dirección de la industria por los obreros. Además, abogaba por un sistema parlamentario democrático, basado en el sufragio universal, que defendiera la democracia industrial y la distribución del producto social, con arreglo a las necesidades de los hombres. El inventó, o al menos popularizó, la divisa: «De cada uno con arreglo a su capacidad; a cada uno con arreglo a sus necesidades».

Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865) se muestra absolutamente hostil a la propiedad privada, considerándola un robo, ya que el capitalista no entrega al obrero el valor íntegro de su trabajo y se apropia del valor del trabajo colectivo. Aquí se origina la contradicción fundamental entre capital y trabajo. Consecuentemente hay que cambiar el ordenamiento capitalista. Proudhon rechaza la solución comunista, por constituir una religión intolerante, que se orienta a la dictadura del individuo. Tampoco le parece adecuada la solución individualista, porque es ilusorio un desarrollo sin límites de la libertad de los individuos. El propone un nuevo ordenamiento social, basado en la justicia. La justicia es la ley del progreso y debe ser una fuerza activa del individuo y de la vida en sociedad. El comunismo no elimina los males de la propiedad privada, los lleva hasta su último extremo: el Estado no sólo es propietario de los bienes materiales, sino también de los ciudadanos, en un régimen autoritario y despótico. La reorganización de la economía consiste en que los trabajadores se conviertan en propietarios de los medios de producción y autogestionen el proceso productivo. De este modo, el tejido económico de la sociedad se configura como una pluralidad de centros productores que se equilibran mutuamente. Influyó en gran medida en el planteamiento anarco-sindicalista.

II. SOCIALISMO MARXISTA.

En el desarrollo de los planteamientos socialistas es enormemente decisivo el pensamiento marxista. Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895) preconizaron un socialismo científico, en clara oposición a los socialismos anteriores, calificados de utópicos. Estos poseen méritos indudables, pues han descubierto el antagonismo de clases existente en la sociedad capitalista y sus injusticias flagrantes, pero en sus propósitos se deslizan hacia el moralismo y el utopismo, sin descubrir las leyes del desarrollo de la sociedad capitalista y las posibilidades reales de su superación. El elemento determinante de la historia es la estructura económica de la sociedad; en cambio, la superestructura (derecho y Estado, religión, moral, metafísica, arte...) es una especie de reflejo de la estructura económica. El motor de la historia está constituido por la relación dialéctica entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción. La historia está marcada por un proceso incesante, que tras pasar por los modos de producción asiático, antiguo, feudal y capitalista, se dirige hacia la meta de la disolución del antagonismo de clases. El comunismo es la única solución del antagonismo de clases. La sociedad capitalista, dividida fundamentalmente en capitalistas y trabajadores, es una sociedad alienada y explotadora. A la gran mayoría de los proletarios sólo les queda como propio su fuerza de trabajo. El comunismo, al suprimir la propiedad privada, el capital, elimina la escisión introducida en la estructura social y en la personalidad de los individuos, instituyendo la "solidaridad del trabajo común.

La implantación del comunismo se realizará por etapas. En una primera fase, después de la ruptura de la sociedad capitalista, se construirá el socialismo. En esta fase será inevitable cierta desigualdad entre los hombres, especialmente una desigual retribución del trabajo prestado. La máxima será: «A igualdad de trabajo, igualdad de salario». La siguiente fase consistirá en la instauración del "comunismo, con la desaparición de la división del trabajo y la división entre trabajo intelectual y trabajo manual. Entonces la sociedad podrá escribir sobre su propia bandera: «Cada uno según sus capacidades, a cada uno según sus necesidades». La validez científica del comunismo depende de la demostración de la tesis de que este es el desenlace inevitable del desarrollo de la sociedad capitalista. La obra de Marx, El Capital, está dedicada a demostrarlo. Partiendo del concepto de plusvalía, valor producido por el trabajo asalariado del que se apropia el capitalista, su análisis se orienta a demostrar las dos tesis fundamentales que deben justificar el advenimiento del comunismo: la ley de la acumulación capitalista, por la cual la riqueza tendería a concentrarse en pocas manos, y la ley de la depauperación progresiva del proletariado. La sociedad capitalista será destruida por sus contradicciones internas.

En E Engels, colaborador y soporte financiero de Marx, el /marxismo obra mayores tintes positivistas y cientistas. Su importancia estriba en que se convirtió en la base del marxismo ortodoxo (Diamat), que petrificó el desarrollo del pensamiento marxista. Los procesos económicos y sociales se convierten en procesos casi naturales, determinados por una dialéctica materialista. Se acentúa el carácter determinista de las leyes de la historia y de la sociedad. La actividad humana queda mermada, limitándose a acelerar o corregir la dinámica de las leyes históricas y sociales.

Un movimiento socialista, a escala internacional, aparece nítidamente en 1864 con la creación de la Asociación Internacional de Trabajadores, auspiciada por Marx. La contienda entre marxistas y anarquistas (que en realidad fue un conflicto confuso entre muchas tendencias rivales) ocupó un lugar central en el desarrollo del socialismo.

Para Bakunin (1814-1876) lo importante era agitar a las masas y dejar a su capacidad espontánea la tarea de crear el nuevo orden social. Marx concebía la Internacional como un movimiento que actuaba bajo una dirección central y unificada, aunque con libertad para las secciones nacionales. Bakunin y sus aliados eran enemigos declarados de Dios y del Estado en todas sus formas, por ser los enemigos principales de la libertad humana. Marx también era contrario a Dios y al "Estado, pero el Estado enemigo era el de los feudalistas y capitalistas, al que había que derrocar y reemplazar por un Estado popular, dirigido por la clase trabajadora. Bakunin, por fin, era contrario a colaborar con los políticos radicales y los movimientos burgueses, mientras que Marx reconocía la necesidad de apoyarlos cuando tratasen de implantar reformas favorables a los intereses de la clase trabajadora: ampliación de derechos políticos, reducción de la jornada de trabajo...

Después del fracaso de la Comuna de París (1872), y dividida internamente, la Primera Internacional entró en crisis y desapareció formalmente en 1876. Tomó su relevo la Segunda Internacional, creada en 1889. La función de guía en el movimiento obrero internacional fue asumida por la socialdemocracia alemana, cuyo ideólogo era Karl Kautsky, marxista ortodoxo. En el Congreso de Bruselas (1891) se formularon propuestas para lograr la jornada laboral de ocho horas y una legislación laboral adecuada. En el Congreso de Londres (1896) se decide la expulsión de los anarquistas, y en el Congreso de Amsterdam se condena el revisionismo reformista de Berstein y se mantiene la posición marxista clásica. El Congreso celebrado en Stuttgart, en 1907, después del fracaso de la revolución rusa de 1905, debatió el tema de la huelga general y criticó el colonialismo y el militarismo. En este punto se aprobó una decisión que comprometía a los partidos socialistas a impedir la guerra por todos los medios, o, sí hubiera estallado, a lograr que acabara lo más rápidamente posible y precipitar así la caída de la dominación capitalista. Sin embargo, los partidos socialistas fueron incapaces de colocar la solidaridad de clase entre los trabajadores de los distintos países por encima de los intereses nacionales. La guerra se desencadenó con la aprobación o la neutralidad de numerosos partidos socialistas.

Por esta razón, y por el triunfo revolucionario de los bolcheviques en Rusia, la Segunda Internacional se desmembró en 1917. Nació la Tercera Internacional en 1919, con el partido comunista de la Unión Soviética como guía, con la intención de unir y movilizar a todos los verdaderos revolucionarios, para que lucharan contra sus Gobiernos reaccionarios y contra los falsos socialistas. Su objetivo era el establecimiento inmediato y universal de la dictadura del proletariado, con vistas al derrocamiento del capitalismo en todo el mundo, a fin de suprimir la propiedad privada de los medios de producción y transferir estos medios «al Estado proletario, bajo la administración socialista de la clase trabajadora». Lenin desarrolló planteamientos originales respecto a la concepción marxista clásica. Frente a la idea de que la Revolución socialista debería producirse en un país tras otro, a medida que el /capitalismo se desarrollara y encontrara contradicciones internas insalvables, sostenía la idea de una única e indivisible Revolución mundial, que se produciría cuando el capitalismo mundial, considerado como una estructura única, aunque compleja, llegara al punto en que sus contradicciones internas, previstas por Marx, precipitaran su caída. La razón de que la revolución se hubiera iniciado en Rusia, y no en un país de capitalismo avanzado, obedecía a que la cadena del capitalismo se había roto por el eslabón más débil, con lo que se abría una oportunidad que debía aprovechar el proletariado del mundo entero. Pero el proletariado no se halla por sí solo en condiciones de madurar una conciencia política revolucionaria, y se encuentra con frecuencia desorganizado e ignorante. Se necesita un selecto grupo de revolucionarios, el partido comunista, que constituya la vanguardia del proletariado. Organizado y consciente, organiza y vuelve consciente a la clase obrera en su camino hacía la revolución socialista.

En una etapa posterior, ante las dificultades internas existentes en la URSS, y ante el acoso de los países capitalistas, la política de la Tercera Internacional y de los partidos comunistas se centró, bajo la égida de Stalin, en la defensa del socialismo en un solo país, apelando a los trabajadores del mundo entero a subordinar sus intereses a los de la Unión Soviética, como protagonista del socialismo en un mundo hostil. La victoria del nazismo en Alemania obligó a los comunistas a crear Frentes Antifascistas. Ante el fracaso de esta política, Stalin cambió nuevamente de línea y llegó a un acuerdo con los nazis, variando de nuevo, forzosamente, cuando Hitler lanzó su ataque a la Unión Soviética, en 1941. Como consecuencia de la victoria aliada en la II Guerra Mundial, algunos países de Europa central y muchos de Europa oriental, liberados por las tropas soviéticas, adoptaron regímenes dirigidos por los partidos comunistas.

La Segunda Internacional siguió una vida lánguida, muy circunscrita a la vida de los partidos socialistas europeos, mientras que la Tercera Internacional se extendió más, en América Latina, Asia y parte de Africa. Sin embargo, a partir de la II Guerra Mundial, la Segunda Internacional se revitalizó en Europa, accediendo al poder sola o en coalición, y practicando una política reformista. Mao-Tse-Tung elaboró una perspectiva original dentro de la teoría y la praxis marxistas. Adaptándose a su realidad nacional, Mao elaboró una estrategia revolucionaria y militar, que partía del campo para cercar y englobar alas ciudades, en una lucha antíímperialista (nacionalista) y revolucionaria. Curiosamente, los campesinos constituyeron su fuerza militante central (nueva heterodoxia marxista). Alcanzó el poder en 1949.

Tras esto se produjo la muerte de Stalin (1953), la denuncia de su política autoritaria por Jruschev en el Congreso del partido de 1956, el aplastamiento de la rebelión húngara (1956) y la implantación de regímenes de inspiración marxista en Cuba (1959) y Argelia (1962). También hay que mencionar las graves tensiones ideológicas y militares entre la URSS y la República China en la década de los sesenta, y el aplastamiento soviético de la Primavera de Praga (1968), que buscaba un régimen socialista compatible con el ejercicio de libertades políticas y pluripartidismo. Más tarde, en la década de los setenta, se implantaron gobiernos de inspiración marxista en Vietnam, Camboya, Laos y algunos países africanos: Angola, Mozambique, Etiopía...

III. CONCLUSIÓN.

Finalmente, convendría indicar dos puntos de singular importancia para la comprensión del fenómeno socialista, en sus dimensiones política e ideológica. En primer lugar, la caída del régimen soviético tras el intento de perestroika política y económica de Gorbachov, lo que produjo al final el derrumbamiento del sistema unipartidista soviético, el desplome de la economía estatificada y la desmembración de la Unión Soviética. Como consecuencia de ello, en los países socialistas del Este europeo, dominados por la geopolítica soviética, se producen bruscos cambios hacia el pluripartidismo y la economía capitalista, que culminan con la caída del muro de Berlín. Todo un símbolo de la caída de un modelo de socialismo burocratizado y autoritario, que ha perdido vigencia real. En segundo lugar, hay que destacar la inestimable riqueza de planteamientos neomarxistas que se han dado desde los años cincuenta hasta nuestros días. Estos planteamientos han abierto nuevas perspectivas en el campo filosófico, político y económico, y han influido en las concepciones y en las actuaciones, tanto de los partidos comunistas y socialistas, como de colectivos sociales y religiosos, para redefinir las metas del socialismo, sus estrategias y sus diferentes componentes. El austromarxismo, el marxismo humanista, la Escuela de Frankfurt, el eurocomunismo, el socialismo autogestionario..., han dejado su impronta en el pensamiento socialista. Estamos en tiempos de crisis y de perplejidad para el socialismo (o los socialismos), tras los cambios sociopolíticos e ideológicos acaecidos. Estas transformaciones hacen necesario y urgente repensar el socialismo, sus propuestas ideológicas, sus planteamientos políticos y económicos en la búsqueda de una sociedad y unas personas más emancipadas a nivel planetario. Las viejas divisiones entre socialistas, comunistas y anarquistas se han resquebrajado. Hay que repensar muchas cuestiones: socialismo y democracia, economía de mercado y planificación colectiva, mercado mundial capitalista y alternativas socialistas, socialismo y emancipación nacional, socialismo y culturas diferenciadas, socialismo y religión... El futuro del socialismo depende precisamente de nuevos replanteamientos y de nuevas prácticas adecuadas a las nuevas situaciones sociopolíticas y económicas. Es necesaria la redefinición socialista de los viejos conceptos de 'libertad, 'igualdad y 'fraternidad.

BIBL.: ALBERDI R.-BELDA R., Introducción crítica al estudio del marxismo, DDB, Bilbao 1986; COLE G. D. H., Historia del pensamiento socialista, 7 vols., FCE, México 1957-1963; FETSCHER 1., El marxismo. Su historia en documentos, 3 vols., Zero-Zyx, Bilbao-Madrid 1973-1976; LICHTHEIM G., Breve historia del socialismo, Alianza, Madrid 19903; RODRÍGUEZ DE YURRE G., El marxismo, 2 vols., BAC, Madrid 1976; VRANICKI P., Historia del marxismo, 2 vols., Sígueme, Salamanca 1977; WooDCOCK G., El anarquismo, Ariel, Barcelona 1979.

J. M. Aguirre Oraa