Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia PEDAGOGIA


PEDAGOGÍA
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I. CONSIDERACIONES ETIMOLÓGICAS E HISTÓRICAS.

Etimológicamente, pedagogía proviene del griego pais, que significa niño y ágo, conducir, educar. Paidagogía es, pues, el arte de enseñar a los niños. En la antigua Grecia, el paidagogos no era el maestro, sino el esclavo que conducía a los niños al maestro encargado de su enseñanza. El término pedagogía empieza a ser utilizado a finales del siglo XVI y aparece en la obra de Juan Clarín La institución cristiana (1536). En el 1762 fue aceptado por la Academia Francesa. Juan Luis Vives (1492-1540) no utilizó este término, a pesar de escribir al respecto una obra titulada De ratione studii puerilis, y un tratado de enseñanza, De tradentis disciplinis. En estos ensayos afirma que la educación debería partir de la experiencia de los alumnos y que, para lograr un mejor desarrollo en ellos, el maestro debía conocer el carácter de cada uno para enseñarles según su forma de ser. Igualmente, defendía la educación de las mujeres y que la base de toda buena enseñanza era la formación de los niños pequeños.

Frecuentemente se ha confundido pedagogía con educación. A principios de siglo, E. Durkheim la define como «una teoría práctica» de la educación, y determina que el papel de la pedagogía no es el de sustituir a la práctica, sino de guiarla, esclarecerla, ayudarla en las necesidades de llenar sus lagunas. En el campo de la pedagogía humanista, debemos citar a autores como Laberthonniére y Marrou en Francia, y Gnosengo y Catalfamo en Italia, que derivaron en una Filosofía de la Educación sistematizada. Pero adquieren mayor importancia, por sus estudios en el terreno educativo, y por su vinculación a la pedagogía personalista, J. Maritain y E. Mounier, aunque este nunca tuviera una intención explícita de hacer un discurso pedagógico. Maritain admitió algunos principios de la educación nueva, pero sin abandonar una base tradicional. E. Mounier afirma que el ser humano no está totalmente hecho, sino que está en continua marcha. El fin de la educación no es «condicionar al niño al conformismo de un medio social» (lo que implica una pedagogía crítica). Se trata, por tanto, de una pedagogía en la que interese el hombre en su totalidad y en toda su actitud de vida, por lo que no se puede concebir una educación neutra. Lo que ha de intentar una pedagogía que considere al niño como persona, es la consecución del desarrollo integral del hombre, construyendo un verdadero mundo, por medio de un mayor nivel de personalización. Sin embargo, no se ciñe a una difusión superficial del saber, ni a una consolidación de los valores de una sociedad que define como agonizante. Esta idea, además, ha de llevarse a cabo en un clima de libertad bajo condiciones, porque la persona tiene una serie de limitaciones físicas y sociales que restringen su libertad; por tanto, la pedagogía ha de tenerlas en cuenta.

Igualmente, cabe destacar a L. Milani y P. Freire (con su pedagogía de la /liberación y su crítica de la educación bancaria, que deposita conocimientos en los alumnos, pero sin posibilitar un /talante crítico) como los precursores de una pedagogía alternativa. Lorenzo Milani, fundador y promotor de la escuela de Barbiana (Italia), criticó a la escuela que mantenía las desigualdades sociales y promovía tipos diferenciados de clasismo. Frente a esto, propuso la doposcuola, liberadora, optimizante e igualitaria. Por su parte, Paulo Freire orienta su obra pedagógica hacia una educación liberadora y a la humanización del hombre a través de la concienciación. Freire, el ideólogo de la Pedagogía del oprimido, busca la pedagogía del hombre animada por una auténtica generosidad, humanista y no humanitarista, criticando la pedagogía que, partiendo de los intereses egoístas de los que Freire llama opresores que, con su egoísmo camuflado de falsa generosidad, hace de los oprimidos objeto de su humanitarismo, manteniendo así la propia /opresión. Es el instrumento de la deshumanización. Esta es la razón por la cual esta pedagogía no puede ser elaborada ni practicada por los opresores. Sería una contradicción que los opresores no sólo defendiesen, sino practicasen una educación liberadora. Si la práctica de esta educación implica el poder político y si los oprimidos no lo tienen, entonces esto llevaría a que la persona se liberase de la manipulación y domesticación, desarrollando su capacidad crítico-reflexiva.

II. UNA PEDAGOGÍA AL SERVICIO DE LA PERSONA.

Una pedagogía que quiera encaminarse a ser personalista, debería tener las siguientes características:

1. Considerar al alumno como persona, dotada de un valor que reside en sí mismo y, a su vez, que hace que se potencien sus relaciones, creando un clima de respeto mutuo. En consecuencia, no merecen ser tratadas como simples objetos o números; que por sus características están dotada de un peculiar valor, no meramente vital o funcional, sino que reposa en sí mismo, en cada uno de los hombres.

La idea de /persona incluye no sólo las características singulares de cada uno, sino también las necesidades de apertura a lo que le rodea, especialmente a otras personas.

2. Pedagogía fundamentada en y para la /libertad, basada en la elección. No existe elección si no se realiza libremente. La educación pondrá a disposición del alumno los medios por los cuales ha de ser capaz de superar una comprensión ingenua de su realidad, para llegar a otra predominantemente crítica, facilitándole un método activo que sea capaz de hacerle crítico. Para llegar a este tipo de pedagogía, se impone: un método activo, dialogal, crítico y de espíritu crítico; una modificación del programa educacional oficial. Así mismo, el maestro tendrá que analizar una realidad, descubriendo las situaciones y actitudes que puedan favorecer o dificultar su labor. Dichas actitudes serían: facilitar el descubrimiento y afirmación de la propia identidad; desarrollar la autonomía personal para que la persona pueda dirigirse a sí misma y orientar su propia existencia; educar en el sentido crítico.

3. Una pedagogía dialogante, pero a la vez crítica y alternativa, porque el /diálogo esperanzado es una exigencia existencial. No se puede hablar de diálogo tampoco si no hay esperanza; si existe un diálogo desesperanzado, el /encuentro entre alumno-maestro estaría vacío de contenido. Pero dialogar con esperanza no quiere decir inactividad, sino profunda búsqueda, analizando la realidad, criticándola e intentando transformarla. Además, la comunicación posibilita el encuentro entre las personas y no puede reducirse a un mero intercambio de ideas preestablecidas, ni exclusivizarse en detrimento de la reflexión. Si con la palabra se consigue que los niños empiecen a comprender la realidad y sientan el deseo de cambiarla, el diálogo se impone como camino mediante el cual los educandos ganan significación como personas. Pero la palabra no ha de servir como instrumento de manipulación por parte del educador. Se tendrá presente que la capacidad de hacer, de crear, de transformar de los alumnos no puede ser enajenada ni poco valorada, porque dicha capacidad se verá discriminada e, incluso, podría llegar a desaparecer. La labor pedagógica habría de ser independiente y autónoma, y no se puede dejar en manos de políticos ni de economistas. Para dotar a la escuela de una nueva perspectiva, rigurosa, no corporativista y transformadora de la realidad, hay que construir un pensamiento autónomo, independiente de las imposiciones, explícitas o implícitas, tecnológico-económicas, mercantilistas y pragmáticas; con una idea clara de qué pedagogía y de qué escuela se quiere y para qué personas.

4. Que se apoye en unos valores alternativos a los de una sociedad agonizante, como los denominaba Mounier, donde predomine una ética de amor y gratuidad, en la que la realidad se comprenda críticamente, desde una postura personalizada, autocrítica y abierta a la comprensión, a la misericordia y a la reconciliación. Los valores deben abrir a los niños unas alternativas de felicidad a su existencia, además de favorecer, a través de la reflexión, la crítica razonada y objetiva, utilizando como medio para llegar a ello el diálogo, la interpretación y la libre opción de dichas alternativas, que los alumnos reciben dentro y fuera del ámbito escolar. No se trataría de una pedagogía que acumule valores, sino de hacer de algunos de ellos (pocos, pero concretos) el eje sobre el cual gire el aprendizaje. Los niños se han de integrar en el mundo desde una perspectiva transformadora, y necesitan un apoyo ético. Si estos valores se transmiten de una manera impositiva y manipulativa, puede que se acepten aparentemente por los educandos, pero su asimilación será sólo superficial y, en cuanto exista maduración y descubrimiento propio, estos desaparecerán. Para que los valores arraiguen es necesario que sean presentados y descubiertos a través de un proceso de percepción, interiorización y análisis, y tendrán que integrarse como un elemento más del quehacer educativo. El pedagogo o maestro se va a encontrar con una sociedad que, en la práctica cotidiana, mantiene unos valores opuestos a aquellos en los que pretende educar: intransigencia, insolidaridad, competitividad, consumismo, etc. Pero esto no ha de servir de excusa para impedir una pedagogía de valores. El educador debe promover experiencias y aprendizajes que sensibilicen a sus alumnos frente a graves problemas del mundo actual, más allá de su estricta obligación profesional.

Por esto, los principales valores alternativos que deberían enmarcar la práctica docente serían la crítica de la realidad y la solidaridad, entre otros muchos que cabría añadir. Respecto al primero, no se puede identificar crítica con criticismo, ni es el empeño en resaltar los defectos y las debilidades; tampoco sería la mera demagogia o la polémica como fin. Por el contrario, la actitud crítica es un valor básico que garantiza la libertad de las personas, que supone la posibilidad de decidir por uno mismo, como respuesta ante la alienación y masificación de las personas. Fomentar el espíritu crítico supondría, por tanto: concebir la /educación como interacción e intercambio, y no como simple imposición; comprender que, a veces, nuestro deseo va en contra del deseo de la mayoría y no por ello deja de ser bueno, ya que lo mayoritario no necesariamente es lo correcto; ofrecer al alumno una multiplicidad de puntos de vista para evitar dogmatismos y puntos de vista sesgados; fomentar la autoestima en los alumnos, valorando sus opiniones en su justa valía; ser receptivos a la discusión y valoración de las opiniones ajenas, que en una sociedad multicultural como la nuestra, es algo especialmente valioso. Fomentar la crítica supone, pues, potenciar las metodologías cuestionadoras, que plantean interrogantes a resolver, que ayudan a desarrollar las habilidades comunicativas y, especialmente, que estimulan la imaginación. En lo que se refiere al valor de la solidaridad, se entiende que educar en este valor supone aprender a compartir. Significa que se han de fomentar las fórmulas organizativas que incentiven la /responsabilidad, y que capaciten para poder organizarse cooperativamente. La progresiva autogestión de grupo al que se pretende educar, irá ompañada de la supresión de la suba ernidad que genera la reorganización tradicional del espacio del aula, por una clase dinámica y abierta. Mas todo esto no garantiza un éxito final.

No obstante, la evaluación de las diversas experiencias de una pedagogía de los valores, permite establecer con cierta consistencia que la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, entre el curriculum explícito y el oculto, suele incrementar la presencia de valores perseguidos por el pedagogo. Aunque el objetivo primordial de la pedagogía sea la promoción de la persona, tendrá que promover la construcción de un mundo más justo y facilitará la acción social encaminada a mejorar la realidad. Es aquí donde debe enclavarse una verdadera educación en / valores. Por último, es necesario reivindicar un carácter /utópico, que aunque no carezca de contradicciones, posea grandes o pequeñas esperanzas y satisfacciones. Solamente de esta manera, se construirá una pedagogía diferente y alternativa, cuyo fin sería la transformación de la sociedad para que, al menos, sea más justa, libre y, en definitiva, más humana.

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C. Sureda