Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia OBEDIENCIA


OBEDIENCIA
DicPC
 

Creyéndose muy fuertes por ello, todos los débiles son bastante desobedientes, aunque sólo fuera porque no saben ponerse al servicio de una idea grande superior a ellos mismos; de ahí que sólo sepan desarrollar una determinada forma de fidelidad para con las propias pasiones o ideas; ahora bien, al obedecer sólo a sus yoicos y autocéntricos deseos mutantes, únicamente demuestran capacidad para moverse en el corto radio de lo fragmentario y autorrelativo. Desde luego, no podríamos afirmar que la obediencia fuera precisamente la virtud favorita de Prometeo, el rebelde, pero tampoco la de Narciso, el caprichoso; y desde entonces hasta hoy así de mal afamada sigue; pues, ¿qué entiende normalmente la gente de a pie por obediencia, a estas alturas de la historia? Mayormente, la ablación de la propia libertad, la castración autoritaria por un déspota, la dejación del propio impulso; en suma, la sumisión rebañega. «Fiel será mi perro, mire usted», oíamos decir no ha mucho. Y es que malos tiempos corren para la virtud de la obediencia, sobre todo en un mundo en el cual los militantes se encuentran ausentes o de vacaciones y en donde todo se cuestiona; mundo en el que –en el eslabón penúltimo de su decadente nihilismo– se practica inmisericordemente el magisterio de la sospecha, cual arma letal de aproximación al otro. Pero acerquémonos obedientemente a la virtud de la obediencia y no la demos por perdida antes de tiempo.

I. LA VIRTUD DE LA OBEDIENCIA.

Ciertamente estamos hablando de una virtud difícil; afirmación que resultaría de todo punto superflua, si no fuera porque también dentro de la dificultad existen muy diversos grados. No existe virtud fácil, pero entre las más difíciles, la obediencia madura y adulta parece especialmente difícil. Ciertamente hay una manera de obedecer poco adulta, poco madura, que no es sino mímesis, imitación; y en ese sentido no resulta demasiado digna de encomio, pues –por muy alto y muy digno que sea el imitado– el imitador que se limite a imitar no conoce aún en profundidad la virtud de la obediencia, tal y como el propio Francisco de Asís (paradigma de virtud obediencial) reconocía, según Celano: «Si san Francisco estaba –donde fuera– meditando, Juan el simple repetía e imitaba de inmediato todos los gestos y posturas de aquel. Si el santo escupía, él escupía; si tosía, él tosía; unía suspiros a suspiros y llanto a llanto; cuando el santo levantaba las manos al cielo, levantaba también él las suyas, mirándolo con atención como a modelo y reproduciendo en sí cuanto él hacía. Advirtiéndolo este, le pregunta un día por qué hace esas cosas. "He prometido –le responde– hacer todo cuanto haces tú; para mí es un peligro pasar por alto algo". El santo se complace en la pura simplicidad, pero le prohibe con dulzura que lo siga haciendo»1. Lo cierto es que se trata de una virtud muy hermosa –aunque no demasiado cotizada–, precisamente por muy difícil, pues la tal obediencia no afecta únicamente a la individualidad atómica de cada cual (obedecerse a sí mismo, ser coherente consigo mismo), sino además a la relación misma de los dos o más sujetos en juego (lo mismo para dejarse mandar que para ejercer el mando), y esa es la razón por la cual, cuando tenemos que cargar con lo que no nos gusta de los demás, se hace más difícil actuar que cuando sólo tenemos que superarnos a nosotros mismos. Y en este mismo sentido, nos parece asimismo tan difícil obedecer a los demás como mandarles, pues ambas acciones (mandar y obedecer) conllevan muchas dificultades, por ambos lados: tantas más dificultades para mandar, cuantas más para ser obedecido; tantas más dificultades para obedecer cuantas más para ser mandado.

II. LA OBEDIENCIA COMO ESCUCHA.

Conviene recordar que la palabra obediencia viene del latín oboedientia, término que a su vez procede del verbo oboedire (ob-audiere), oír, audición. Sobre la importancia de la audición en el terreno de la virtud, terreno donde los semitas hicieron muchísimo hincapié, también Plutarco de Queronea, poco después de Cristo, escribió perspicazmente: «El sentido del oído es el más sensible de todos los sentidos, pues ni la vista ni el gusto ni el tacto producen sobresaltos, perturbaciones y emociones tales como las que se apoderan del alma al sobrevenirle al oído golpes, estrépitos y ruidos, por ser mucho más racional que sensible. En efecto, al mal muchos lugares y partes del cuerpo le permiten apoderarse del alma, introduciéndose a través de ellos; en cambio, para la virtud, la única entrada posible son los oídos de los jóvenes, en el caso de que sean puros e inquebrantables a la adulación, y se mantengan desde el principio no tocados por discursos vacíos. Por eso Jenócrates ordenaba poner a los niños, antes que a los atletas, prendas en las orejas, porque les aconsejaba que se protegieran de los malos discursos. La mayoría de la gente, al besar dulcemente a los pequeños, ellos mismos les cogen las orejas y ordenan que aquellos hagan lo mismo, dando a entender, con este juego, que es preciso querer sobre todo a quienes nos resulten beneficiosos por las orejas, ya que es evidente que el joven alejado de toda audición y que no guste de ningún discurso, no sólo permanece inútil y estéril para la virtud, sino que también podría desviarse hacia el vicio, cual tierra inerte y no cultivada, maleza del alma»2. Así las cosas, Plutarco recuerda la importancia histórica de la audición, refiriéndose como sigue a los modelos del pasado: «Espíntaro, elogiando a Epaminondas, decía que no resultaba fácil encontrar a ningún otro hombre que conociera más cosas y que hablara menos. También se dice que la naturaleza nos dio a cada uno de nosotros dos orejas y en cambio una sola lengua, porque debe cada uno hablar menos que escuchar. Ciertamente, en cualquier caso, para el joven un adorno seguro es el silencio. Más necesario es sacar de los jóvenes el aire presuntuoso y la vanidad, que el aire de los odres, si se quiere verter en ellos algo de provechoso; de lo contrario no pueden admitir nada, al estar llenos de orgullo y de arrogancia»3. Finalmente concluye: «No es natural que al salir de la barbería deba uno ponerse ante el espejo y tocarse la cabeza para observar el corte de pelo y la diferencia de su afeitado, pero sí lo es, en cambio, al salir de una audición o de la escuela, volver la vista hacia sí mismo, observando con cuidado el alma, por si, desprendiéndose de algunas de sus molestias y excesos, deviene más ligera y agradable»4.

Consecuentemente, la antítesis de la audición es la sordera, la cual siempre se mueve en el ámbito de lo absurdo, pues lo absurdo resulta lisa y llanamente lo sordo-de (ab-surdus), precisamente lo sordo del no-oído. Así pues, obediencia y audición se encuentran entre sí en la misma relación en que también lo están entre sí sordera y absurdo. Es, desde luego, en la Biblia donde más claramente encontramos expuesta y asumida vitalmente esta idea, pues se afirma allí que la fe procede del oído (fides ex auditu), queriendo significar con ello, que semejante fe auditiva (es decir, que ha venido por medio de la audiencia) solamente adviene cuando el otro se acerca a mí lo suficiente como para que yo pueda hablarle a él en la proximidad del oído; y a la inversa, pues a la hora de la verdad, lo realmente importante en lo relativo a la transmisión de la fe no es únicamente la teoría, la didaskalía, sino, sobre todo, la cercanía magisterial, el ejemplo, el recíproco cuidado. Y si esto es así, entonces queda claro que donde no hay fe sí hay sordera, es decir, distancia y lejanía del oído, y en definitiva, mundo del absurdo. Por ello el sordo para la fe sería también en cierta medida el amigo de la no con-fianza humana, ya, que la con-fianza viene por la cercanía de dos que fían juntos, de dos que confían. Ahora podemos entender que la patología degenerativa de la obediencia no tenga su sede en un oído abierto, sino en unos ojos cerrados, en la obediencia ciega, en el tú come y calla, en la subordinación despóticamente imperada y servilmente aceptada. En definitiva, esta patología degenerativa no proviene de la cercanía, del oído que acoge, sino de la voz en grito que, lejos de acercar, separa y aísla, distancia y enemista. Así las cosas, ¿cómo asumir la obediencia sin esa apertura de oído?; ¿cómo disponerse a obedecer sin la necesariamente previa disposición acogedora del corazón? Mas, ¿cómo disponer acogedoramente el corazón si no es desde esa /fidelidad de la que hablábamos, desde esa explicitación de la /fe, de la /confianza? Así que resumamos: la obediencia exige fidelidad; la fidelidad recíproca se traduce en confianza; la confianza se manifiesta en lealtad.

III. OBEDIENCIA Y CONFIANZA.

Ahora bien, aunque la obediencia perfecta deba ser recíproca, es decir, co-obediencia, con-fianza, también puede asumirse unilateralmente. Y entonces se produce la confianza en el otro jerárquicamente superior, a pesar de que muchas veces el obediente no llegue a comprender el porqué de las decisiones de su mandatario. Es en este preciso y solemne momento en el que comienza a manifestarse la verdadera y dificilísima docilidad, por lo cual afirma san Gregorio en su Moral5 que la obediencia en que interviene la propia afición, por tratarse de algo que nos gusta, resulta siempre menor o nula, mientras que en aquello que se opone a nuestros gustos, o en aquello otro que nos resulta profundamente difícil de asumir, la obediencia exige mayor sacrificio, y por lo mismo deviene más grande. Es precisamente en este momento en el que el obediente suple la adhesión que le falta hacia su superior con la que él tiene hacia la idea superior de bien. Gracias a esa adhesión metapersonal, aguantará el tirón en determinadas ocasiones, cosa que de otro modo podría parecer humanamente imposible en aquellos momentos y circunstancias decisivas, en que, según habíamos insinuado hace un momento, las órdenes proceden de un superior al que juzgamos incomprensible, inepto o incluso indigno. Y, en consecuencia, esta actitud resultaría subjetivamente casi imposible sin el parejo reconocimiento de la propia minoridad ante aquello que es más grande que uno. Pues, ¿qué sería de la obediencia sin la modestia, sin la humildad? Las primeras palabras en el vocabulario básico de la obediencia han de ser modestia, humildad. Quien no sabe de modestia ni de humildad, no sabe absolutamente nada de obediencia.

IV. OBEDIENCIA Y LIBERTAD.

Mas, ¿cómo sería, a su vez, posible la humilde modestia sin el acatamiento emergido de la propia libertad? Nunca se debe obedecer por temor servil; no por temor al castigo, sino por amor, pues la caridad resulta ser una virtud superior a la obediencia, la cual al lado de aquella sólo tendría un valor instrumental. La obediencia por la obediencia resulta tan inmadura y tiene tan poco sentido, como la desobediencia por la desobediencia; en el fondo ambas se parecen mucho, ya que en el fondo no serían más que inercia o egoísmo, razón por la cual nos recuerda E. Mounier: «La obediencia cristiana está situada en un plano superior. Es un homenaje de ser espiritual a ser espiritual, en la libertad y en el amor. Hay que hacer la experiencia de la interioridad para entrever esa mezcla inextricable de renuncia y de iniciativa, de despojamiento y de trasfiguración. No es abyección, sino asunción»6..

Donde hay libertad hay también desapego, presteza a la hora de partir, abandono de sí mismo, apertura de las puertas del propio ego en favor de la acogida con un sí incondicional y franciscano a la entera creación. En definitiva, donde hay libertad no puede faltar la generosidad, la disponibilidad, tal y como se aprecia en el texto siguiente, que el de Asís vivió en la experiencia de sus propias carnes: «Otra vez, el bienaventurado Francisco, sentado entre sus compañeros, dijo exhalando un suspiro: "Apenas hay en todo el mundo un religioso que obedezca perfectamente a su prelado". Conmovidos los compañeros le replicaron: "Padre, dinos cuál es la obediencia más alta y perfecta". Y él, describiendo al verdadero obediente con la imagen de un cadáver, respondió: "Toma un cadáver y colócalo donde quieras. Verás que, movido, no resiste; puesto en un lugar, no murmura; removido, no protesta. Y, si se le hace estar en una cátedra, no mira arriba, sino abajo; si se le viste de púrpura, dobla la palidez. Este es –añadió–el verdadero obediente: no juzga por qué se le cambia, no se ocupa del lugar en que lo ponen, no insiste en que se le traslade. Promovido a un cargo, conserva la humildad de antes; cuanto es más honrado, se tiene por menos digno". Otra vez, hablando sobre el particular, dijo que las obediencias que se conceden por pedidas, son propiamente licencias; llamó, en cambio, santas obediencias a las que se imponen sin haberlas pedido. Afirmaba que ambas son buenas, pero más segura la segunda. Pero consideraba máxima obediencia, y en la que nada tendrían la carne y la sangre, aquella en la que, por divina inspiración, se va entre los infieles, sea para ganar al prójimo, sea por deseo de martirio. Estimaba muy acepto a Dios pedir esta obediencia»7.

Por su parte, el jerárquicamente superior debe entender que su poder de hacerse obedecer sólo puede brotar legítimamente de su decidida capacidad de servicio, conforme a lo que etimológicamente se contiene en el término latino auctoritas (/autoridad): como ya sabemos, la palabra auctoritas procede del supino latino auctum, y este a su vez del verbo augere, de donde surge por su parte el término castellano auge. Así pues, produce auge, aupa, quien actúa como autoridad, quien hace que el otro al que mandamos logre erigirse cual autor de su propia dinámica obediencial, quien sabe aupar al que obedece, quien le auxilia (auxi, pretérito perfecto de augere), quien, en definitiva, toma sobre los propios hombros al otro que obedece y, de este modo, le confiere auge (augeo). Feliz, pues, aquel colectivo en el cual asume el mando en mayor medida quien más capacidad para servir desarrolla; feliz aquel colectivo en donde la autoridad y el servicio coinciden; desgraciado, por el contrario, aquel otro pobre colectivo donde el mando no es, a la postre, sino imperio, voz en grito, exterioridad de la fuerza bruta que, subiéndose a la tarima o al púlpito o al promontorio más cercano, sólo demuestra su propio enanismo y que, buscando obediencia represiva a todo trance, sólo destruye bondades.

Consecuentemente, el superior jerárquico tratará con absoluto respeto y sagrado esmero el poder que se le ha conferido para ser obedecido, pues, por una parte, ese su poder no le viene tampoco de sí mismo, sino de su ajustamiento y de su cumplimiento del fin para el que ha sido designado, y por otra parte, la persona a quien se manda no puede ser tratada nunca como instrumento o herramienta, ya que ella nunca es un medio, sino un fin en sí mismo. Por eso escribe san Gregorio que quien prohíbe a sus súbditos realizar una obra buena cualquiera, debe sentirse forzado a compensar su prohibición con múltiples concesiones, para que quien le obedece, psicológicamente no se hunda por completo al verse, con tal repulsa, ayuno de todo bien8.

V. DESOBEDIENCIA POR OBEDIENCIA A LA CONCIENCIA EN LIBERTAD.

Pero la obediencia perfecta incluye, en momentos determinados y decisivos, la desobediencia perfecta, es decir, la desobediencia total: la desobediencia se hace, pues, de todo punto necesaria cuando se produce en favor de una obediencia más alta; desobediencia que puede llevar incluso al martirio. La verdadera desobediencia civil, la auténtica desobediencia a las leyes injustas, sólo puede ser una obediencia a un impulso superior. Cuando el César pretende mandar en lo que es de Dios, entonces se debe desobediencia al César, como muy bien sabía aquel personaje, el honrado Pedro Crespo de El Alcalde de Zalamea, porque el honor es patrimonio del alma, y el alma sólo es de Dios. Por todo lo cual la obediencia, como escribe san Agustín9, lo ha de ser para poner de manifiesto la medida, la perfección y el orden de la entera creación. En ese sentido expresará el bien, al que el santo de Hipona define como splendor ordinis, es decir, como esplendor del orden cósmico. Obedecer a la naturaleza de cada cosa, que es precisamente lo que Dios obra en ella, eso exige profundísimo discernimiento, estar atentos para ver qué es lo natural y qué, no siéndolo, se nos quiere hacer pasar por tal: la obediencia no puede, en el límite, ir contra el necesario discernimiento, pues ninguna virtud puede anular a ninguna otra, antes al contrario, ha de exigirla y complementarla.

NOTAS: 1 Segunda biografía de Celano, 190. – 2 Obras morales y de costumbres 1, 166-168. – 3 ID, 170-171.– 4 ID, 177.– 5 Moral 1,1.35, c. 14. – 6 El afrontamiento cristiano, 68. – 7 Segunda biografía de Celano, 152. – 8 Moral 1, 1. 35, c. 14. – 9 De natura boni, c. 3.

BIBL.: ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco, Instituto de Estudios Políticos, Madrid 1970; Textos de Francisco de Sales, en TISSOT J. (ed.), El arte de aprovechar nuestras faltas, Palabra, Madrid 1993; MOUNIER E., El afrontamiento cristiano, en Obras completas III, Sígueme, Salamanca 1990; PLUTARCO DE QUERONEA, Obras Morales y de Costumbres 1, Gredos, Madrid 1985; VON BALTHASAR H. U., Si no os hacéis como este niño..., Herder, Barcelona 1989.

C. Díaz