Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia MISMIDAD


MISMIDAD
DicPC
 

El término mismidad no se toma aquí simplemente como sustantivo abstracto de el mismo o lo mismo. Decimos, por ejemplo, «este libro es el mismo que el que utilicé ayer», o «lo mismo da intentarlo que no». Mismidad la referimos a las personas exclusivamente, y la entendemos, por de pronto, en el sentido de que cada una es la misma para sí misma. No es, pues, una especie de identidad abstracta del tipo A = A, puesto que la mismidad asume actividades, pensamientos, recuerdos, etc., que entre sí son o pueden ser muy diferentes. Representa una especie de polo de atracción y de soporte sobre el que gravitan infinidad de cosas que afectan a la persona que somos cada uno de nosotros. Ser el mismo para sí mismo no equivale a tener, en y mediante un acto de reflexión, conciencia de sí mismo. Esta no es necesaria y, sobre todo, no es de suyo suficiente sin más. Puede, en efecto, darse y no representar sino una especie de fijación abstracta en algún punto, con frecuencia irrelevante, del curso de la vida y de su flujo de vivencias. Lo que de entrada caracteriza a la mismidad es el hecho de hacerse y de sentirse presente en lo que se hace o se sufre, tal como especificaremos más adelante. Por el momento nos basta con acentuar lo siguiente: en su múltiple y variada referencia a las cosas, en su habitual y cotidiano trato con ellas, la mismidad implica saber a qué atenerse, y cuando esto no es posible o falla de alguna forma, mantener los puntos de orientación básicos, sean de índole teórica o práctica. En una segunda aproximación puede decirse que mismidad equivale a ser-sujeto de experiencia. Por experiencia entendemos una forma de relacionarse con los objetos en general, en la que estos no sólo aparecen en lo que son en sí mismos, sino que se hacen valer en un sentido determinado para el /sujeto. Este ser-para-el sujeto no implica de suyo subjetivismo, sino únicamente la presencia efectiva del sujeto tanto en el modo como intervenimos en los objetos como en el modo como estos nos afectan. Tal presencia no se limita a tomar conciencia de cada una de esas manifestaciones o de ambas al mismo tiempo. Es presencia efectiva, ante todo, en cuanto que hace que surjan nuevos objetos. Lejos de limitarse a dejar constancia de la existencia y modo de ser de determinados objetos, la experiencia es manantial permanente de nuevos objetos, aunque la conciencia no se aperciba de ello. Esto ocurre también en los casos en que los objetos se imponen simplemente al sujeto hasta el punto de que este parece estar absorbido por ellos, pues tal imposición no impide, sino que más bien exige, que el sujeto como tal se haga presente en ella y ante ella. De lo contrario no se podría hablar de imposición con sentido. Precisamente, en los momentos en que el objeto, la cosa misma, nos viene dada y no es propiamente producida ni construida por el sujeto, al menos no conscientemente, es cuando la actividad de este es tanto más pura y auténtica. Es lo que, según Aristóteles o el Maestro Eckhart, tiene lugar en la contemplación. Por ese hacerse presente, toda experiencia, y por tanto la mismidad en cuanto tal, es en mayor o menor medida acontecimiento, es decir, fuente de transformaciones y no simple elemento en la repetición de un proceso.

I. REFLEXIÓN SISTEMÁTICA.

Antes de aludir a otros aspectos implicados en lo que acabamos de indicar, conviene tener presente que, en cuanto mismidad, el sujeto de experiencia es irreductible: quien ve, oye, entiende, siente, obra, piensa, etc., es siempre este sujeto determinado, esta /persona y no otra. Distintas personas pueden estar viendo o entendiendo la misma cosa, colaborando en un mismo proyecto, compartiendo incluso los mismos sentimientos; pero nadie puede ver, entender, obrar o sentir por otro. Y esto que es válido para el sujeto de experiencia como tal, vale también para cada uno de sus actos, puesto que, en su estricta singularidad, el sujeto es irreductible e insustituible por /otro. Esto nos pone ante ese fondo de abismática soledad que somos cada uno de nosotros mismos, no sólo en relación con los demás, sino también en la relación de cada uno de los actos que nos es presente con el flujo inapresable, inactualizable de lo que hemos sido y con la esencial indeterminación de lo que nos queda aún por ser. Sobre el suelo frágil de lo que estamos siendo nos encontramos abiertos a una doble vertiente, pasada y futura, de nuestra vida y, quiérase o no, debido al carácter irreductible de cada uno de nuestros actos, ante el vacío de nosotros mismos. De ahí que, no sin razón, a la persona se la haya podido caracterizar como ultima solitudo.

Pero más que eso, interesa aludir a que la irreductibilidad del sujeto de experiencia en cuanto mismidad, nos coloca ante tres situaciones paradójicas que no admiten una solución o superación definitiva. a) El sujeto de experiencia se encuentra ante otros sujetos que, de hecho, son tan irreductibles como él y con los que se comunica. La comunicación puede ser todo lo íntima, esencial y necesaria que se quiera, pero esto no altera un ápice la mencionada irreductibilidad. La mismidad hace que el sujeto no sea intercambiable, ni sea reducible a nada ni a nadie, hace también, en consecuencia, que la comunicación no sea ni pueda ser plena y que, en definitiva, como modo de ser del sujeto, quede recortada por el ámbito que este describe de antemano como posible. Pero esta primera paradoja no termina ahí. La mismidad implica que el sujeto, en cuanto sujeto, es irreductible también para sí mismo. El hombre concreto puede sin duda conocer muchas cosas, no sólo sobre el hombre en general, sino también sobre sí mismo; pero el sujeto del conocimiento en cuanto tal conocimiento permanece oculto, ya que no puede ser sujeto y objeto al mismo tiempo. b) La segunda paradoja está provocada por la insuficiencia o, si se prefiere, limitación del sujeto de la experiencia. Es él ciertamente quien ve, siente, entiende o apetece, pero estas acciones, que nadie puede realizar por él, presuponen la existencia o presencia de los objetos, su índole de verdad o falsedad, de belleza o fealdad, de bondad o maldad, y presuponen, sobre todo, los conceptos absolutos inherentes a tal índole, sobre todo el concepto de /verdad. La irreductibilidad del sujeto implica que es en cierto modo incondicionado, pero cuanto más se acentúe este carácter tanto más resaltará la paradoja de que depende de la presencia y de la índole de los objetos, así como de la vigencia de determinados conceptos. c) La tercera paradoja significa que el sujeto, a la vez que, de forma explícita o implícita, reafirma su carácter individual irreductible, tiene la pretensión de que, sobre todo, sus proposiciones sobre la verdad sean universales. Tal universalidad no es tan manifiesta en el caso del sentimiento o del deseo, pero no es menos real. En su singularidad irreductible, el sujeto pretende hacerse valer más allá de aquella, universalmente. Pero prescindiendo de tales paradojas, el hecho es que la mismidad no es, en contra de lo que la palabra parece sugerir, un círculo que se cierra exclusivamente sobre sí mismo, sino, si se prefiere, un círculo de círculos, por cuanto se hace presente, fuera y más allá de sí misma, en actividades de la que es sujeto, en dimensiones de sí misma, en otras mismidades, o en el campo amplísimo de cosas y objetos. El equilibrio entre lo que es diferente de ella misma y lo que representa el núcleo propio, inalienable e irrenunciable, no va a ser fácil de guardar, pero en la medida en que de hecho se pierda, será preciso reconstruirlo mediante la recuperación del sentido de la propia mismidad.

La mismidad se hace presente en las actividades atribuibles a la persona en cuanto sujeto de las mismas. Las que aquí se van a mencionar son las siguientes: en primer lugar, la conciencia misma en su actividad de hacerse consciente de algo, en su dimensión intencional, sea que tal actividad se produzca desde dentro, simplemente como resultado de la espontaneidad del sujeto, sea que la actividad surja de la afección por parte de cosas o acontecimientos. Ejemplo de lo primero puede ser, por ejemplo, dirigir la mirada al parque y ver los árboles; ejemplo de lo segundo, un dolor de cabeza que me sobreviene.

En ambos casos, se tiene conciencia de algo que tiene lugar en uno mismo. Pero otro nivel, si se quiere más profundo, consiste en tomar conciencia de la unidad y continuidad a través de los distintos momentos y fases por los que va pasando la vida. Ese doble nivel de la presencia de la mismidad se da también en el ámbito en el que, sin duda de una forma convencional, tiene lugar la distinción entre imaginación y fantasía. Si por la primera se entiende la representación de objetos no reales, que se produce en nosotros de una forma que tal vez sea rigurosamente lógica, pero que aparece como puramente contingente; y por fantasía se entiende más bien la construcción u ordenación más o menos libre de esos contenidos de la imaginación y la creación de un mundo interior, que incluso se puede traducir a la realidad, es decir, una actividad directa o indirectamente creadora, nos encontramos con que la mismidad se va haciendo presente de una forma cada vez más intensa y explícita, en cuanto que se reafirma en su autonomía. Y esto, que ocurre con la imaginación y la fantasía, ocurre también con las diferentes manifestaciones de la razón, como la que tiene lugar, por una parte, en el campo de la vida ordinaria, donde, entre otras cosas, se establece y ejecuta la relación entre medios y fines, y, por otra parte, en el campo de la ciencia, y muy especialmente de las actividades eminentemente abstractas.

Podría parecer que en ambos casos la mismidad se retrae o incluso desaparece en beneficio de la dedicación a las cosas y asuntos que nos ocupan o agobian. Pero no es así. Más bien puede ocurrir que el sujeto sea tanto más él mismo cuanto con más energía y eficacia se hace presente en cosas que aparecen como diferentes o incluso extrañas. Y más real, si cabe, es esa presencia en el campo de la acción orientada por el simple deseo, o de la acción libre y responsable. La tendencia del deseo, sea en el orden natural o en el orden personal, implica que el sujeto está yendo permanentemente más allá de lo que en principio cabría considerar como su territorio, ni más ni menos que para ser más plenamente él mismo, aunque no siempre el resultado responda a esas expectativas. Por su parte, la acción libre implica que el sí mismo tiene la capacidad de sobreponerse a los estímulos inmediatos y elegir, entre distintas posibilidades, aquella que corresponde al principio del bien o de lo mejor. La libertad, que permite al sujeto ser plenamente él mismo o estar cabe sí mismo, en lugar de verse a merced de lo que es completamente distinto, es de esta forma la culminación de la mismidad. Pero la mismidad no sólo se hace presente en actividades de la que es sujeto. Y además, ese hacerse presente no es un proceso lineal y fácil, sin contratiempos ni cortapisas. Esto se pone de manifiesto, por de pronto, en la forma como se da la mismidad, en lo que son sus propias dimensiones, y no simplemente en las actividades que en ella se sustentan. La piedra de toque de la mismidad es que sea capaz de afirmarse como tal en las distintas fases de su decurso temporal.

Esas fases son tan diferentes entre sí, lo que el sujeto hace y padece puede llegar a parecerle tan extraño, que le resulta difícil reconocerse a sí mismo en aquello que es pura y simple manifestación de ese sí mismo. Es como si un sujeto diferente se hubiera introducido en él y le hubiera usurpado sus funciones. El /lenguaje ordinario está lleno de expresiones que apuntan a este fenómeno. Se presupone que tiene que haber un hilo conductor de la mismidad a lo largo de sus distintas etapas, pero es difícil dar con él y su huella se pierde una y otra vez. Esta misma fragilidad se advierte en lo que se puede considerar como salvaguarda de la actividad mental, tanto teórica como práctica: la no contradicción. Nada más fácil –puede pensarse– que hacer ver la vigencia de ese principio. Y sin embargo, se infringe reiteradamente, en los más diferentes ámbitos de la vida, con graves consecuencias que suponen el fracaso de no pocos empeños teóricos y la desorientación en muchos proyectos vitales. Y por supuesto, la mismidad, que no necesariamente se pierde por ello, se ve, en todo caso, duramente confrontada consigo misma una y otra vez. Lo es más aún en el terreno de la moral, en el que el sujeto, por una parte tiene la sensación firme de encontrarse en un estado de caída permanente, inevitable, y de la que, sin embargo, se considera responsable; por otra parte, el sujeto se tiene que enfrentar, de hecho, a su propia culpa, en acciones muy concretas, respecto no sólo de normas que se consideran como vigentes en general, sino respecto de lo que él mismo considera como bueno y justo. Más difícil y más arduo, también más expuesto a contravenciones y fracasos, es el logro y el mantenimiento de la mismidad, que es siempre la de cada uno, en su relación con otras mismidades.

Una nota esencial de la mismidad, indefectiblemente unida a su constitución, es la aspiración al reconocimiento. Cada uno cree tener derecho a ser reconocido por todos y cada uno de los demás. Si la posibilidad, los límites y los cauces de la realización de tal reconocimiento estuvieran claramente prefijados, la tarea podría verse facilitada. Pero ni esa aspiración fundamental tiene un límite definido, ni los modos de concebirla y ponerla por obra son, debido a su enorme variedad, conciliables sin más. De ahí que esté planteada, en principio, una lucha a vida o muerte, que en muchos casos genera conflictos, enfrentamientos, guerras o la, en muchas ocasiones lenta, pero no por ello menos real, subversión del orden establecido con la instauración de nuevas relaciones de orden y dependencia que van a ser, sin duda, definitivas. El /reconocimiento mutuo es un proceso abierto y accidentado, en el que nunca se va a poder lograr «la coincidencia plena consigo mismo» (Fichte), no deseable por otra parte, porque el logro de la propia mismidad está mediado por la aceptación de las demás, pendiente por ello en buena medida del modo como estas se manifiesten. Mayores dificultades, si cabe, para la realización de la mismidad provienen hoy muy especialmente de algo que, en sus orígenes, se tendió a ver como la solución de los grandes problemas humanos: el desarrollo de la ciencia. La progresiva reducción de la acción de los individuos no ya a unos mismos principios morales, cuya realización puede ser infinitamente variada, sino a patrones de conducta cada vez más homogéneos; la incontenible alteración y destrucción del medio, con el que, en consecuencia, el hombre se siente cada vez menos identificado; los avances de la masificación, que difícilmente se dejan contrarrestar por modos de vida democráticos; la manipulación a que la mente y el organismo pueden verse sometidos, etc., tales efectos del desarrollo de la ciencia y de la técnica contribuyen a crear una situación en la que la mismidad pudiera quedar ahogada y reducida a un nombre o a simple recuerdo.

II. CONSIDERACIONES FINALES.

Estamos, pues, ya en una fase de obligada recuperación de la mismidad, lo que supone que esta terminará encontrándose en un nivel distinto, esperemos que superior. Los puntos que en tal recuperación convendría incorporar son los siguientes: 1) reforzamiento del sentimiento propio, del sentirse a sí mismo en relación no sólo con la propia persona, sino con la naturaleza, con la historia y muy especialmente con el mundo concreto a que uno pertenece; 2) equilibrio entre la consideración de lo interno y de lo externo, lo que implica tanto la incorporación de aspectos fundamentales de la subjetividad y del subconsciente, puestos de manifiesto por el pensamiento en este siglo (filosofía existencial y psicoanálisis) como el análisis y asimilación de los mismos en relación con el nuevo puesto del hombre en la naturaleza y en la historia. El concepto de responsabilidad juega en esto un papel esencial. 3) Apertura al otro en cuanto otro, más allá de su consideración como simple proyección o, en el extremo opuesto, como amenaza de la propia mismidad. La palabra esencial en este punto vuelve a ser reconocimiento, que ante todo implica que el otro pueda expresarse a sí mismo en un juego de reciprocidades, plural y variado, en el que la mismidad de cada uno no aparezca disuelta en una especie de magma indeterminado. 4) Saber asumir de antemano las contradicciones y las alteraciones a que la mismidad pueda verse sometida. Esto no significa algo así como resignación vacía, sino el empeño de captar y apropiarse el sentido que está presente en todo, en lugar de entregarnos ciegamente y sin reflexión a la marcha del mundo. 5) Considerarse a sí mismo, en y desde el fundamento último y próximo a la vez, quien deja ser al ente y hace que, en medio de la diversidad que la acosa, la mismidad persista.

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M. Álvarez Gómez