Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia MASA Y MASIFICACION


MASA Y MASIFICACIÓN
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Inicialmente podemos entender masificación como el proceso en el que un hombre se subsume de modo alienante en una colectividad, dando por resultado una degeneración de su ser personal (libre, creativo, con carácter, reflexivo), en un antípoda llamado por Ortega y Gasset hombre-masa. No obstante, es imprescindible pasar a un estudio profundo y sistemático del concepto en cuestión y de la realidad que significa.

I. TRES ÁMBITOS DE LA MASIFICACIÓN.

La masificación es una problemática contemporánea, que hunde sus raíces genéticas en la contestación que la modernidad hace de las estructuras sociales, económicas, políticas, morales y religiosas de la Antigüedad y la Edad Media, puestas en crisis durante el Renacimiento. El leit motiv de la modernidad es hijo de una tendencia reactiva frente a toda forma aristocrática de autoridad, donde aristocracia significa que la autoridad recae en lo mejor, en lo más excelso o digno. Cabe realizar tres explanaciones del decurso de tal tendencia, según si atendemos al ámbito de lo sociopolítico, de lo moral o de lo religioso.

Socio-políticamente, asistimos en las postrimerías de la Edad Media al surgimiento de una nueva clase de hombre –el burgués–, cuya mayor virtud es el talento práctico (técnico), y su peor defecto el resentimiento ante toda forma de nobleza. El primero es indudable, dada la dedicación comercial de dicha clase, cuyo éxito acrecentó su riqueza por encima del poder económico alcanzado nunca por la nobleza; el segundo tiene una materialización clara en la compra de títulos nobiliarios, como modo de legitimar el control económico que ya se ejercía sobre la autoridad política, como primer paso hacia la conquista de dicho plano de /autoridad.

En el ámbito de la moralidad, observamos el tránsito desde una moral de máximos, donde el hombre ideal era el caballero y sus valores afines (honor, fidelidad, generosidad en el esfuerzo y el sacrificio, etc.), en la que la exigencia del deber se funda en la relación del hombre con un Dios personal, a una moral de mínimos (consumada en la actualidad), en la que la propuesta normativa se debilita, a pesar de los intentos autofundamentadores (Kant es un ejemplo de este tipo de intentos). La debilitación que denunciamos en la moral moderna se puede apreciar, tanto en la intensidad de la exigencia del deber (fácilmente condicionado por falta de un fundamento real y no meramente lógico), como por la materia y jerarquización de la /axiología imperante (preponderancia de los valores utilitarios frente a los de veracidad o bondad, subjetivismo relativista, individualismo-colectivismo despersonalizador). Aquí observamos cómo el hombre rechaza la / autoridad heterónoma que funda la moral religiosa, para pretender una autonomía del ámbito moral, es decir, para hacer asequible la conquista de este segundo plano de autoridad.

En cuanto al plano religioso, se produce en la modernidad una relajación desde la propuesta fuerte de fe que conllevaba el teísmo, hasta la fe mantenida, pero diluida en el deísmo propiamente moderno. Cabe decir que, en esta etapa, el hombre centró su /relación con Dios en el ámbito intelectual, tratando de llegar a él por este medio. Y es que el hombre moderno se halla deslumbrado por la potencia esclarecedora del entendimiento, expuesta, sobre todo, en los logros de la /ciencia física posgalileana. Pero en este fervor despreció otras potencias, sin las cuales el acceso propio a lo divino (al menos entendido de modo personal) está vedado. Las facultades relativas a la afectividad eran calificadas de secundarias, por ser escasamente susceptibles de objetivación, así como por su carácter principalmente pasivo, receptivo de lo que viene de más allá del yo mismo. Pero este énfasis en la esfera intelectual de lo humano y en su carácter autosuficiente, lleva aneja una rebeldía, en primera instancia dirigida contra la autoridad religiosa, pero finalmente proyectada contra la autoridad, respecto al hombre, de Dios mismo. Así los logros de la búsqueda intelectual de Dios y de la rebeldía frente a su autoridad, van desde el Dios de los filósofos hasta las partidas de defunción de la divinidad (F. Nietzsche).

II. REFLEXIÓN SISTEMÁTICA.

En la senda de una definición estricta del concepto de masificación, ya clarificado el contexto histórico que conlleva este fenómeno contemporáneo, podemos avanzar que tal fenómeno resulta de la perversión de los procesos de maduración y personalización del hombre, como individuo realmente inserto en sociedad. Erich Fromm describe esta dinámica como una dialéctica entre la /libertad ganada por el individuo –desde los vínculos primarios que lo aseguran en una relación indistinta con el entorno– y la /angustia ante los peligros a asumir responsablemente, que deben ser resueltos, además, de manera creativa. De este modo, el hombre que no soporta la angustia inherente a toda libertad y a toda creación, se refugia pasivamente en una colectividad en apariencia salvífica. Esto constituye un cierre en falso del proceso de individualización de la /personalidad, que conlleva perjuicios importantes tanto al hombre en cuestión, como a la colectividad que habita. Entre los de rango individual, hallamos como central el fenómeno de la despersonalización, como vaciamiento de lo más propiamente humano (libertad y cocreatividad) en aras de un dogmatismo sustentado fuertemente por el deseo de seguridad más radical e imperioso, a saber, el de seguridad doctrinal o ideológica.

En esta línea, de acuerdo con Fromm en la denuncia del mal de nuestra época, Zubiri se queja de la falta de discursos sobre el problema de /Dios por parecer baladí, Unamuno afirma que una fe que no duda no es /fe, y Ortega clama por que la filosofía vuelva a iluminar Europa. El hombre-masa, sin embargo, es sordo a estos requerimientos. Posmoderno él, ha recibido los frutos, aun trabajosamente logrados por la modernidad, de modo expoliador y desvalorizador. La /autonomía digna y autoexigente de Kant es, para el hombre-masa, un saberse /sujeto de derechos, pero no de responsabilidades, un desprecio del brillo de la verdad (lumen naturale en Descartes) y de lo bueno en sí, que acaba en el propiocentrismo relativista y autoindulgente, donde se hace insalvablemente costosa cualquier petición de esfuerzo más allá (metafísico /transcendente) de la propia satisfacción. Y el esfuerzo más costoso para el hombre masificado es el que conlleva el pensamiento, dado que pensar es ahondar creativamente, desde el suelo de una tradición de pensamiento, en lo que el mismo hombre pensante es y en la realidad que lo rodea, siendo la más cercana de las realidades la sociedad, en la que se encuentra con los otros hombres. Tan radical es la importancia de esta sociedad, que es el origen de la identidad del yo.

Desde el nacimiento observamos conductas que nos afectan y ejercitamos otras que repercuten en los demás, proyectamos nuestros esquemas de comprensión y nos identificamos con los ajenos, aprendemos a confiar y a ser críticos de modo equilibrado, si el sistema de influencias que recibimos es el adecuado para el proceso de individualización. El criticismo moderno ha conllevado el hipercriticismo relativista posmoderno. Ambos son muestras de perturbaciones del equilibrio entre confianza y capacidad crítico-creativa. Sistemas intelectuales como el kantismo o el /marxismo, no cuentan con que la realidad del hombre es menos feliz de lo que ellos pretenden (no existen ni el héroe moral kantiano ni el proletario ideal de Marx). Y este no contar con la cierta realidad del hombre, por un deseo de reacción ante un énfasis tradicional en la miseria de la condición humana, ha conllevado perjuicios mayores que los que intentaba disolver. El hombre real, no el que la modernidad soñaba, ha recogido el legado de modo irrespetuoso –ingrato que diría Ortega–, llevando a extremos los principios propugnados por el moderno.

La /modernidad ha producido así una sociedad tecnificada, impersonal, mundializada, con un sistema de relaciones interpersonales abstracto y fundado exclusivamente en la economía, competitivo y excluyente, etc. Todo ello ha generado un tipo de hombre que vive angustiado ante tamaña macro-estructura sin rostro humano, que teme al otro, porque desde las premisas modernas no se puede demostrar ni siquiera su realidad. La respuesta de la mayoría es la de ejercer lo que Fromm llama una adaptación dinámica, o proceso por el que nos acomodamos a unas circunstancias hostiles, pero de modo que deja en nosotros unas consecuencias traumáticas. La respuesta de una minoría es la asunción responsable de los riesgos de la época, y la ejercitación de la herramienta más poderosa con la que cuenta el hombre: el pensamiento como creación, con suelo en la tradición, con admisión de los otros seres personales y de la realidad a la que copertenecen. Una vía intermedia la constituyen los numerosos intentos que tratan en la actualidad de evitar el solipsismo moderno, si bien, por no afrontar la raíz del problema —las premisas mismas de la modernidad—, fallan el intento a nivel intelectual, aunque generan iniciativas sociales que acercan y unen a los hombres en proyectos de diversa índole (humanitarismo, ecologismo, derechos humanos, pacifismo, etc).

Es triste observar cómo la rebeldía frente a la autoridad tradicional, en sus tres facetas sociopolítica, moral y religiosa, tiene como último fruto la entrega sin condiciones a una autoridad inmanente, constituida en su extremo máximo por el Estado, y en el mínimo por los sectarismos de más bajo corte. En el mismo sentido, el individualismo anejo a la rebeldía moderna contra la autoridad, se torna, paradójicamente, en el caldo de cultivo idóneo de las tendencias colectivistas más atroces: el comunismo estalinista y el nazismo. Y ello acontece porque toda negación de la realidad del hombre como personal-comunitaria, donde el guión significa un nexo real e inevitable, desemboca en la destrucción, en empresas que arrojan a los hombres y las sociedades unos contra otros, ajenos a su hermandad superior. Estas son las repercusiones de rango colectivo de la masificación.

III. CONCLUSIONES.

Ya estamos en condiciones de ofrecer un concepto estricto de masificación. Por tal se entiende el proceso en el que el individuo se suma indiferenciadamente a una colectividad, debido a una debilidad psicológica, frente a la angustia aneja a la libertad, de modo que renuncia en grado máximo a su capacidad de creatividad, de originalidad y de transgresión, recibiendo como recompensa la seguridad del corpus ideológico, sustentado dogmáticamente por el colectivo. Un mecanismo que se retroalimenta destructivamente surge entonces: la sociedad genera individuos cada vez más homogeneizados, más impersonales, más temerosos ante cualquier tipo de dinamismo, más esquivos ante el más ínfimo de los esfuerzos, cada vez más dependientes del Estado como protector y proveedor; y como la garantía de supervivencia de la sociedad misma es la autenticidad personal de cada uno de sus miembros, como medio de generar respuestas nuevas (desde la experiencia pasada de la humanidad, implícita en la tradición) a situaciones nuevas, impuestas por el dinamismo de la realidad, el proyecto común se debilita, crecen los temores, los odios previsores, las inseguridades insalvables, y la disponibilidad para la tiranía ejercida o soportada.

Sólo siendo personas podemos ser completamente fieles a las sociedades que conformamos. En cada instante de nuestra vida nos hallamos insertos en sistemas de costumbres que nos dan confianza, en cuanto nos garantizan la comunicación con los otros, respuestas adecuadas a nuestras acciones, y que nuestras conductas serán acertadas. Pero la energía que hace trascender al hombre, una y otra vez, las barreras que parecían insalvables, es la capacidad de vivencia inmediata —personal y única— de la realidad misma, más allá de los edificios conceptuales que le conducen hacia ella. De regreso, el hombre debe mostrar a otros lo visto, debe verbalizar lo inefable para ponerlo al servicio de su colectividad. Esta especie de vía mística se hace imposible si no superamos obstáculos propiamente modernos (urgencia, superficialidad, utilitarismo, etc.) si no introducimos en nuestra vida un espacio para la intimidad con nosotros mismos. Es el aserto verdadero de García Morente la mejor abreviatura práctica de esta definición: «La fuente creadora de la cultura humana hállase en el individuo viviente, en la soledad personal, en la vida privada».

BIBL.: FROMM E., El miedo a la libertad, Paidós, Barcelona 1981; ID, Tener o ser; FCE, Madrid 1986; GARCÍA MORENTE M., Ensayo sobre la vida privada, Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense, Madrid 1992; GIDDENS A., Modernidad e identidad del yo, Península, Barcelona 1995; MOUNIER E., Tratado del carácter, en Obras completas II, Sígueme, Salamanca 1993; ORTEGA Y GASSET J., La rebelión de las masas, Espasa-Calpe, Madrid 1986; ID, Ideas y creencias, Espasa-Calpe, Madrid 1959; SCHELER M., El resentimiento en la moral, Caparrós, Madrid 1993.

E. Martínez Hermoso