Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia HUMILDAD Y HUMILLACION


HUMILDAD Y HUMILLACIÓN
DicPC
 

I. HUMILDAD.

La humildad es una condición y una vinculación; es una situación y es una relación, no con las cosas, sino con las personas: con los hombres y con Dios. El paulino «¿qué tienes que no lo hayas recibido?» nos recuerda la situación existencial del hombre, dependiendo continuamente de los otros, desde que nace hasta que muere; de modo directo y radical, en relación con Dios, y en modo directo o indirecto con los hombres. La vida que vivo, la cultura que tengo, la ropa que llevo, la casa que habito, el agua que bebo, la máquina en que escribo, y tantas cosas más me han venido por medio de otros hombres, aunque yo también haya colaborado desde mi personeidad para asumir esos valores en mi personalidad.

1. Humildad y personalidad. Con acierto, santa Teresa de Jesús decía que «la humildad es la verdad». Es como un balance económico, una radiografía, una analítica que no nos deja engañarnos sobre el estado de nuestra economía o de nuestra salud. Tenemos tal edad, tal estatura, tales posibilidades –pocas– y tales limitaciones –muchas más–. Por eso, aunque es una virtud, porque es un hábito que nos facilita el obrar bien, en realidad casi ni tiene mérito en el hombre, aparte de Jesús de Nazaret, que siendo Hijo de Dios se anonadó a sí mismo, haciéndose Hijo del Hombre. La misma etimología nos indica nuestra condición, ya que humildad viene de humus (barro, tierra), y en la revelación bíblica el nombre de Adán procede de adamah, que igualmente significa tierra o suelo, recordándonos el símbolo de la creación del hombre en el relato yavistá del Génesis: «El Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra» (2,7). Venimos de la tierra, vivimos de la tierra y volvemos a la tierra. Los componentes de nuestro cuerpo podrían analizarse en un laboratorio como otros minerales. Como dice el conocido himno de la Universidad: «Post iucundam iuventutem,/ post molestam senectutem,/ nos habebit humus».

La humanidad es realista; conoce el terreno que pisa, y, por lo mismo, camina sobre seguro. «Mejor es abajarse que descabezarse», dice un refrán. Don Quijote aconseja a Sancho: «Llaneza, muchacho; no te encumbres, que toda afectación es mala». Hasta desde el punto de vista pragmático y operativo, la humildad es indispensable en toda empresa, tanto más necesaria cuanto más grande y complejo sea el proyecto a realizar. Por lo mismo, la humildad verdadera no encoje ni acompleja, convirtiendo al hombre en pusilánime, cobarde o perezoso. Si conoce sus limitaciones, conoce también sus posibilidades, que pueden crecer y multiplicarse con su ejercicio. Tampoco la humildad impide la necesaria autoestima, pero sí evita el autoengaño, el dejarse llevar por fantasías de poder sin fundamento, que pueden llevar al /fracaso más rotundo, como en el mito de Ícaro: engreído por verse volando como un águila, olvidando que sus alas eran prestadas y pegadas a su cuerpo con cera, se elevó tanto hacia el sol, que este derritió la cera, precipitándose hacia el mar, donde murió, sin que su padre Dédalo pudiera hacer nada por él. La soberbia, tan contraria a la humanidad, es un espejismo, una visión deformada e hipertrofiada de la propia realidad, que nos empuja a la apariencia, la presunción y el relumbrón, en un esfuerzo violento, una mentira continua, unas pretensiones por encima de nuestras propias fuerzas, manteniéndonos como en vilo, forzados, inseguros, sin paz y sin sosiego, con el miedo de descubrir alguna vez nuestras muchas carencias, y caer desde lo alto hacia el abismo, como el hijo de Dédalo.

2. Humildad y sociedad. La humildad es una virtud social de gran importancia para facilitar la convivencia humana. Mientras que la soberbia nos impulsa a pretender ser en todo los primeros y los más importantes, provocando la envidia y la discordia, la humildad nos ayuda a conocer nuestros límites, reconociendo los valores ajenos, suprimiendo así los posibles escollos que pudieran impedir nuestra /relación, nuestra /amistad y nuestra colaboración. No hay ningún hombre que en el campo del conocimiento tenga todo el saber, ni en el plano de la voluntad posea todo el bien. Como tampoco hay nadie que no tenga algo de verdad o de bien, ni la persona más inculta ni el criminal más depravado. Todos necesitamos de todos, en diferente proporción y según las variadas circunstancias. Por eso, la humanidad, basada en la / verdad, reconoce nuestra complementariedad, empleando el /diálogo como medio de enriquecimiento mutuo. Cuatro hombres sentados alrededor de una mesa, tienen cuatro visiones de la habitación; las cuatro verdaderas, las cuatro diferentes, pero complementarias entre sí. ¿No sería completamente irracional discutir o pelearse para imponer cada uno su punto de vista como si fuera el único verdadero, en vez de informarse mutuamente para un conocimiento más completo de la realidad?

La soberbia impide o dificulta la colaboración, el intercambio y la amistad, porque utiliza a los demás como escalones para subir y sobresalir, recurriendo a la intriga, la murmuración y la difamación. La soberbia, y sus compañeras inseparables la envidia y la ambición, han sido las causas más frecuentes de discordias, enemistades, divisiones y hasta contiendas y guerras entre familias, pueblos y naciones. La humildad, en cambio, facilita la /paz, el diálogo, la colaboración, la /solidaridad y la amistad entre los hombres, tanto en el hogar como en el trabajo, en la ciudad como en la sociedad, en el ámbito nacional como en el internacional. ¡Bendito el pueblo que humildemente sabe reconocer sus límites, no sólo geográficos, sino económicos, sociales, políticos y culturales, sin afanes imperialistas, aprovechando con diligencia sus propios recursos y riquezas, pero estando además dispuesto a aprender de los pueblos vecinos, en un diálogo respetuoso y solidario! También puede haber una humildad colectiva, nacional e internacional, que ayudaría a promover y conservar la paz mundial. Lo mismo se podría decir de las autonomías, dentro del Estado. Es bueno y necesario que, cuando en ciertos pueblos se haya olvidado o marginado la propia identidad, se redescubran, estimulen y potencien sus valores, su cultura y sus costumbres. Pero al mismo tiempo, habría que procurar no caer en la soberbia colectiva ni en el exclusivismo racista, como si cada autonomía se creyera, como la madrastra de Blancanieves, la más hermosa del Reino. No pasemos del masoquismo al /narcisismo, ni individual ni colectivamente.

3. Humildad y espiritualidad cristiana. La humildad humana, razonable y serena, equilibrada y justa, sufre una profunda transformación en la cosmovisión cristiana. No olvidemos que estamos hablando aquí de espiritualidad cristiana, que tiene por impulso el Espíritu Santo, y por modelo, Jesucristo, «y este, crucificado» (ICor 2,2). Por voluntad del Padre, el Espíritu engendró al Hijo en el seno de una anawim, una pobre de Yavé; que inspiró a Jesús a vivir como un humilde obrero; que rechazara el proyecto triunfalista de Satán; que lavara los pies a los discípulos, y se dejara llevar a la ignominia de la cruz. ¿Puede la espiritualidad —del Espíritu Santo— cristiana —de Cristo— seguir otros caminos?

La palabra de Dios nos descubre que todos los males del hombre le han venido por el alejamiento de /Dios, empezando por el primer pecado. Por soberbia, el hombre se cree autosuficiente, se niega a obedecer, y vuelve la espalda a Dios, siguiendo sus propios caminos, que le alejan progresivamente de la vida, la paz y la /alegría. Pero Dios no se conformó con esperar en casa al hijo pródigo, sino que, de común acuerdo con el hijo mayor, este salió a buscarlo, aun a costa de su vida y de su honra. Si la humildad es la verdad en el hombre, en Jesús no se cumplió, ya que siendo el Hijo de Dios fue considerado como el Hijo del Hombre, y además fue humillado hasta ser tratado como blasfemo, falsario y seductor. De este modo, por la humildad y la humillación de Jesús podemos ser curados de nuestra soberbia, y así emprender el camino de regreso hacia el Padre. Si por la soberbia nos alejamos de Dios, sólo por la humildad podemos encontrar el camino para volver a él. Como hombre, Jesús se siente ante Dios Padre como un niño pequeño, «manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). En el Sermón de la Montaña bendice a los humildes (Mt 5,4). Viendo a los invitados discutiendo por los primeros asientos del banquete, dice a sus discípulos: «Tú ponte en el último puesto...», «porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado» (Lc 14,7-11). Antes de despedirse, en la última cena, lavó los pies a los discípulos, trabajo reservado a los esclavos, para inculcar en ellos el espíritu de servicio y humildad (cf Jn 13,5). Y en el momento de su Encarnación, María proclama que Dios «ha mirado la humildad de su esclava», «ha derribado a los poderosos de sus tronos, y ha encumbrado a los humildes» (Lc 1,46-55).

Tanto la Carta de Santiago (4,6) como la 1ª de Pedro (5,6) se hacen eco del texto del libro de Proverbios (3,34): «Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes». San Pablo insiste frecuentemente en la necesidad de la humildad, en seguimiento de Cristo, que «se humilló a sí mismo» (Flp 2,8): «Revestíos de entrañas de humildad» (Col 3,12); «os exhorto a conduciros con toda humildad» (Flp 2,3); etc. Toda la tradición cristiana es constante en esta convicción. «¿Quieres levantar un edificio que llegue hasta el cielo? Piensa primero en poner el fundamento de la humildad», dice san Agustín. Y san Juan Crisóstomo decía que llegará antes al cielo un carro cargado de pecados, pero con humildad, que un carro cargado de virtudes, pero con soberbia. «El humilde verdadero y perfecto rechaza la gloria que se le ofrece, y no busca lo que no tiene», escribe san Alberto Magno en El Paraíso del alma. Y fray Luis de Granada afirma que «la humildad es fundamento y guarda fiel de todas las virtudes».

Amén de la modestia natural que la verdad de la humildad nos impone, teniendo en cuenta nuestra limitación humana, en la vida cristiana hay que contar también con dos factores fundamentales, que nos exigen la humildad con mayor gravedad. El primero es que todos somos pecadores, bien sea con pecados de comisión, de omisión o de motivación: de hacer el mal, de no hacer el bien o de hacer mal el bien, como los fariseos, que hacían obras buenas como rezar, ayunar, y dar limosna, pero lo hacían para ser vistos de la gente (Mt 6,1-18). Además, en el plano del Reino no podemos hacer nada sin la gracia de Dios, ni siquiera decir «Jesús es Señor», como dice san Pablo (1 Cor 12,3). Esta actitud humilde debe ser propia no sólo de cada uno de los cristianos, sino de la Iglesia como comunidad. No siempre que los hombres nos rechazan es que rechazan a Dios o a Jesucristo, sino muchas veces rechazan nuestros pecados, incoherencias y debilidades. El concilio Vaticano II reconoció humildemente que la Iglesia de la historia no es todavía el Reino en su plenitud, sino su sacramento; nada menos, pero tampoco nada más1. Y aun las muchas y admirables obras que produce la Iglesia vienen todas de Dios, no de nosotros; aunque no sin nosotros. La Iglesia debe cultivar en sus instituciones, comunidades y ministerios un talante humilde y sencillo, sin lujos ni pretensiones, presentándose ante el mundo como Jesús, que no vino a ser servido, sino a servir, y a dar su vida por los hombres. Dentro de la comunidad es preciso estar siempre atentos al peligro de la soberbia y la vanagloria, que pueden provocar la envidia y la discordia entre unas comunidades y otras, entre unas instituciones y otras, entre unos movimientos y otros. A veces es más fácil llorar con los que lloran, con los que fracasan, que reír con los que ríen, con los que aciertan y triunfan. El mundo del clero puede sufrir especialmente esta tentación, al estar casi siempre en el candelero, debido al propio ministerio, olvidando que ministro quiere decir criado, servidor, y que «somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer» (Lc 17,10). En todo y siempre, debemos cultivar en la Iglesia la virtud cristiana de la humildad, que es una fuente de gracia de Dios, y que también encuentra su gracia entre los hombres. La soberbia y la envidia, por el contrario, son un veneno, una carcoma que destruye las obras mejores y hunde a las personas más fuertes y más grandes.

4. Humildad y magnanimidad. Podría parecer, recordando la crítica de Nietzsche, que el cristianismo es una moral de esclavos, que envilece y rebaja al /hombre ante un Dios que se complace sádicamente en su propia perfección, frente a la bajeza y podredumbre de sus criaturas. Nada más lejos de la realidad. El Espíritu Santo viene a salvar al hombre, a curarlo y liberarlo. Jesús se hizo «como un esclavo» (Flp 2,7) para liberarnos de la esclavitud del pecado. Quien comete el pecado se hace esclavo del pecado (Rom 6,6-22). Por la experiencia humana se puede comprobar que, cuando el pecado se repite y se convierte en vicio, se apodera del hombre y le esclaviza con las cadenas insoportables del alcoholismo, la ludopatía, la drogodependencia, la sexomanía desordenada y convulsiva, y tantos otros vicios, que han llevado a muchos a la ruina moral, económica, política y social. El símbolo bien podría ser el hijo pródigo, que se alejó de la casa del Padre, donde tenía amor, /dignidad, riqueza y bienestar, perdiendo todo por su espejismo de falsa /libertad, que lo llevó a la esclavitud, degradándole y haciéndole caer más bajo que los cerdos, animales impuros y repugnantes para los hebreos. En cambio, Cristo sale a buscarnos, a llamarnos y encaminarnos de nuevo hacia la casa del Padre. Aquí sí que se cumple realmente la utopía del super-hombre de Nietzsche –el Supermán, diríamos ahora, siguiendo el mito cinematográfico–. Sin dejar de ser hombres de la tierra, de carne y hueso, el Espíritu Santo nos hace ser, desde ahora, los hijos de Dios, hombres del cielo. Bien podríamos releer en una nueva perspectiva el famoso soneto de Quevedo: «Polvo soy, mas polvo enamorado», transcribiendo: «Polvo soy, mas polvo divinizado». Los grandes cristianos, a los que llamamos santos, vivieron con toda naturalidad esta sobre-naturalidad, valga el juego de palabras. Si María, en el umbral del Nuevo Testamento, reconoce su pequeñez, no deja de reconocer también que Dios ha hecho en ella «obras grandes»: la obra de la encarnación, más grande que la de la misma creación. Y así, todos los santos han destacado por conocer y reconocer su humildad e impotencia, y al mismo .tiempo por lanzarse con magnanimidad a realizar obras grandiosas, titánicos trabajos, impresionantes epopeyas, aun desde el punto de vista humano. San Pablo, que se reconocía impotente en la obra del Reino, decía también: «Pero todo lo puedo en Aquel que me da fuerzas» (Flp 4,13). ¡Y qué gran empresa la de sus viajes apostólicos, según conocemos por el libro de los Hechos y por sus propias cartas! De este modo, el hombre que no se apoya en su pequeña sabiduría ni en su débil fuerza, cuenta con la sabiduría y la fuerza de Dios, como tantas y tantos santos, verdaderos gigantes de la vida cristiana, que con legítimo orgullo pueden decir desde el Reino que Dios ha hecho por ellos y con ellos obras grandes, muy grandes. Los humildes no serán humillados, sino que serán ensalzados, como dijo el Señor (Mt 23,12).

II. HUMILLACIÓN.

1. Humildad y humillación. Conviene destacar ahora la diferencia entre humildad y humillación. Mientras que la primera es siempre positiva en el aspecto antropológico y sociológico, y esencial en la vida cristiana, la humillación en principio es negativa, por lo que implica de injusticia, menosprecio y hasta desprecio de la /persona humana. Si la humildad es la verdad, suponiendo, por ejemplo, que X tiene un valor de cien. la soberbia sería atribuirse a sí mismo valor de mil; la humildad consistiría en reconocerse justamente valor como de cien; mientras que la humillación supondría que los demás le atribuyesen valor como de diez o como cero. Actualmente, la condición de humillados suele asociarse a la de los empobrecidos y oprimidos, los que han sido privados de aquellos bienes necesarios para la dignidad humana, como el alimento, la vivienda, la sanidad, la cultura, la libertad política, cívica, social y religiosa. No reconocer estos /derechos es humillar al hombre. Desde Jesús de Nazaret y todo el Nuevo Testamento, siguiendo un hilo constante de la Tradición, que llega últimamente a las encíclicas sociales de los papas y de la jerarquía católica, el Vaticano II y el Sínodo de los obispos, se tiene la conciencia de que la lucha por la justicia social pertenece íntegramente al anuncio del Evangelio. Aquí está el fundamento de la opción preferente por los /pobres y por los oprimidos, que hemos de recordar y actualizar continuamente en nuestras comunidades. Por lo mismo, los cristianos debemos luchar contra la humillación como contra otros males de los hombres, y nunca podremos ver en ella ningún /bien. Esto por lo que se refiere a los demás.

Respecto a nosotros mismos, según las diferentes circunstancias sociales y eclesiales, según la vocación y la inspiración de Dios, cada uno podremos discernir y elegir, en unos casos, luchar o protestar contra la humillación injusta, como Jesús y como Pablo lo hicieron ante una bofetada; y, en otros casos, aceptar humildemente la humillación, como el Señor se abrazó a su cruz por amor a nosotros y nuestra salvación. A veces, sufrir la humillación por un mayor seguimiento de Jesús, cuya pasión prolongamos en nosotros, puede tener una misteriosa fecundidad eclesial, y suponer un notable crecimiento en nuestra maduración cristiana.

2. Humildad y caridad. Para Aristóteles, el mundo conoce a Dios y se mueve hacia él, pero Dios no conoce el mundo, porque supondría para él una humillación y una degradación; en cambio, para el /cristianismo es Dios mismo el que desciende hacia el hombre para crearlo, y luego para redimirlo. El amor intratrinitario e interpersonal de Dios se desborda libremente hacia fuera de sí mismo en la creación del Universo; pero se derrama de modo especial sobre el hombre, al que, aun después del pecado, sigue amando e invitando a compartir su vida, su amor y su /felicidad. Enviado por el Padre, y por obra del Espíritu, el Verbo divino se hace hombre para cumplir la misión de salvar al hombre; y el móvil de este descenso, de esta humillación del Hijo, es el amor de Dios hacia nosotros. Jesús fue el gran heraldo del amor de Dios con su vida, sus obras y su muerte. En la última cena revela este amor hasta sus últimas profundidades: «Como el Padre me ama a mí, así os he amado yo a vosotros» (Jn 15,9).

Como toda forma de seguimiento de Jesús, la humildad cristiana debe estar siempre motivada e impulsada por el amor. Entre dos que se aman sinceramente, cada uno quisiera honrar al otro aun a costa de la propia honra. Como se tiende a compartir los bienes materiales, así también se querría compartir la propia gloria con la persona amada. Los cristianos, movidos por el amor de Dios «que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5,5), amamos a Dios como Padre y a los hombres como hermanos; y, por lo mismo, quisiéramos honrarlos siempre y en todo, y hasta estaríamos dispuestos a renunciar a nuestra gloria para dársela a Dios y al hombre, como hizo Jesucristo. Si san Agustín decía que «donde está la humildad, allí está la /caridad», también podríamos decir que donde está la caridad está necesariamente la humildad. Por eso, escribía Max Scheler: «La humildad cristiana es la imitación interior, espiritual, de la gran gesta de Cristo Dios, que, renunciando a su grandeza y majestad, vino hacia los hombres para hacerse, libre y alegremente, esclavo de sus criaturas».

En compensación, si por amor aceptamos dar gloria a Dios, cumpliendo en todo su divina voluntad, este camino, que parece llevarnos hacia el fondo de la humildad humana, es, paradójicamente, el que nos levantará hasta la altura de la gloria divina.

NOTAS: 1 Sacrosanctum concilium, 1, 5, 9, 26 y 48; Gaudium et spes, 42 y 45; Ad gentes divinitus, 1 y 5.

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A. Iniesta