Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia FRATERNIDAD


FRATERNIDAD
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La fraternidad es una creencia: una sabia mezcla de conocimiento y fe en la que se implica el hombre entero. La conocemos en la medida en que creemos en ella; y puesto que la fe tiene dos movimientos: el del asentimiento y el de la adhesión, sólo es posible saber qué es la fraternidad si vivimos fraternalmente con el otro hombre. La fraternidad es la afirmación y el compromiso decidido de hacer de la historia del hombre una historia de amor. Y puesto que el hombre se descubre como persona, la fraternidad es la historia de amor que el hombre va haciendo al vivir: un proceso de personalización. La fraternidad es la opción y el esfuerzo inacabable por construir entre todos los hombres una relación de profunda amistad, en la alegría de sentirse queridos previamente, sin condiciones, y en la esperanza y en la fe de que el amor tiene la última palabra de la existencia como tuvo la primera.

I. ESBOZO HISTÓRICO.

La idea de un Dios Padre se encuentra en los comienzos de muchas religiones. Parece como si el símbolo de la paternidad, en el que confluyen también caracteres inequívocamente maternos, hubiera acompañado siempre al hombre religioso. Se puede comprobar su existencia en los orígenes más primitivos del pueblo judío, incluso en el tercer milenio antes de Jesucristo. El significado de esta paternidad tenía también indudables rasgos maternos. A lo largo de miles de años, y en íntima relación con los acontecimientos de la historia, el concepto se fue llenando de significado y se fue abriendo a la universalidad. En el Antiguo Testamento, con los /profetas, alcanza expresiones llenas de ternura (Is 64,7-8; Os 11,3.8-9; Jer 31,20). Pero es con Jesús de Nazaret con quien la experiencia de que Dios es Padre llega a una plenitud insuperable: Dios es un padre lleno de ternura, más allá de lo que pueda serlo cualquier padre o madre; perdona siempre a todos, incluso a los pecadores, aquellos que se han alejado de él y no aman a los demás; tiene predilección por los despreciados y /excluidos de la historia; un padre para quien la confianza plena en él y el amor a los demás es la única ley; en su casa no cabe otro comportamiento que no sea el del servicio, no la explotación o el dominio de un hombre sobre otro hombre. Esta experiencia, que él vivió con todas sus consecuencias, ya forma parte, ineludiblemente, de toda experiencia religiosa y su historia es fuente de vida y de inspiración para cualquier 7 humanismo que pretenda elevar verdaderamente al hombre. Desde el Renacimiento, una época humanista, en la que el hombre redescubrió su valor y poder creativo, se fue desarrollando una idea del hombre basada en dos fuerzas: la razón y la libertad. Y en la Ilustración todavía es posible ver la pregnancia de las ideas cristianas en la declaración de 1789: «Libertad, Igualdad, Fraternidad». La Revolución Francesa fue esencialmente un proceso de liberación; pero aquella liberación burguesa se volvió pronto opresiva y represiva. El camino recorrido desde entonces es sobradamente conocido; pero dejemos constancia de dos hechos: a) el humanismo, sin Dios, ha llegado a la negación teórica y práctica del hombre; b) la razón instrumental y matemática, que ha demostrado enormes posibilidades para la producción y la conquista, también ha demostrado su incapacidad, fuera de una orientación humanista, para preservar lo más hondo del hombre. Por tanto, sin un respeto absoluto a la dignidad del hombre, la que se basa en la común paternidad y filiación, las cada vez mayores posibilidades de la humanidad sólo le sirven para deshumanizarse.

II. FUNDAMENTACIÓN DE LA FRATERNIDAD.

La fraternidad es el reconocimiento /absoluto de la dignidad del otro; y este reconocimiento no es simétrico. No depende del comportamiento del otro para conmigo, la exigencia que yo tengo de relacionarme con él como alguien de un valor único e irrepetible. Siento ante él la llamada a no utilizar con él los medios del poder, a no utilizarle como un medio para mis propósitos. Sin embargo, a pesar de ser capaces de reconocer la exigencia absoluta de esta llamada, se desatiende en muchísimas ocasiones. La razón básica es que el hombre sólo vive como persona si vive con libertad. Si de una historia de amor se trata, y así lo creemos, no puede ser de otra forma sino adhiriéndose a vivirla libremente. Mas el amor, o es producto de la libertad, o no es amor. Y es un amor que comprende la fe y la esperanza, ya que sólo podemos acoger y entregarnos –esto fundamentalmente es el amor: acogida y entrega– a aquel en quien confiamos y sólo podemos creer en quien esperamos. La esperanza en uno mismo es el primer punto de apoyo de nuestra vida; la esperanza, esa fe tensada hacia el futuro, es el punto de apoyo básico para amar al otro. Fe, esperanza y amor se necesitan y se dan mutuamente en la fraternidad si esta es lo que dice ser.

1. La filiación divina, fundamento de la fraternidad. Los muchos intentos de fundamentar la absoluta dignidad de la persona y de todos los hombres se ven abocados a un callejón sin salida si no nos abrimos a la existencia de un Dios que valora infinitamente a cada uno de los seres humanos que existen, han existido y existirán en la historia. Ni la absoluta dignidad de todo hombre, ni su ser personal y todo lo que implican, la incondicionalidad del amor y del deber, son algo evidente por sí mismo. Sólo la existencia de un Dios, Padre de todos los hombres, que crea por amor y, por tanto, crea personas libres, da razón suficiente de la exigencia del amor y del deber, de la esperanza y de la fe en que nos movemos, existimos y somos. En efecto, la historia de amor del hombre sólo encuentra su razón de ser total en la historia de amor de Dios, que ha tenido la iniciativa libremente. Desde esta divina historia de amor es posible atisbar el misterio de la creación, de la historia, de la persona, y dar razón de la esperanza que alimenta incansablemente la vida del hombre, a pesar del permanente dolor y del /sufrimiento que acorralan inmisericordemente su frágil existencia. Sólo una historia de amor divina puede acoger en su regazo, y sacar de su cruel anonimato, a tantos hombres y a tantos niños, a tantos miserables sin nombre propio, a tantos seres humanos a los que se ha privado en la historia de la posibilidad de ser plenamente personas. En definitiva, sólo la historia de amor de Dios puede dar razón plena de la historia de amor del hombre. Acoger en la fe, la esperanza y el amor esta historia es comprendernos como hijos de Dios y extraer las conclusiones: el dolor y la muerte no son la última palabra de la historia; la creación y la filiación nos ponen en el mundo como imagen y semejanza de Dios, en un tiempo que es historia (de salvación), en un mundo que es todo él profano o todo él sagrado, pues no hay dos mundos. Somos personas: tú de Dios y del hombre, cocreadores del universo. La iniciativa es de Dios, la gestión es del hombre.

2. La filiación, fraternidad esperanzada. ¿Cómo es posible para un hombre limitado cumplir un imperativo absoluto? Kant no encuentra otra salida más que apelando a Dios para dar razón suficiente del imperativo categórico; y los cristianos contestan a la pregunta diciendo que es posible por la /gracia de Dios. San Agustín observa que la gracia lo es porque no sólo da la posibilidad de cumplir el deber absoluto, sino de disfrutar haciéndolo. La realidad es que, si existe Dios y es Padre bueno, el hombre realmente existente es siempre un agraciado. Lo que ocurre es que la libertad forma parte estructural de su ser y de su poder ser de una determinada manera, y para que la acción de Dios se manifieste en todo su esplendor y fuerza, se requiere el consentimiento expreso del hombre. La gracia actúa cuando el hombre pronuncia el fiat: hágase. Además, muchos no creyentes en Dios también viven el amor a los hombres. Dios llama a la puerta de todos los hombres (Ap 3,20), todos los hombres que se relacionan con el otro como un hermano están en comunión con Dios (Mt 25), realizan la salvación en su posibilidad actual: realizan la liberación del hombre; sin embargo, viven con Dios sin saberlo, quizás también sin quererlo, y en estas condiciones es verdaderamente difícil la experiencia de la gratuidad.

III. REFLEXIÓN SISTEMÁTICA.

1. Desamor, dimisión, traición. Si hoy las tres cuartas partes de los hombres están en la miseria y el abismo entre ricos y 'pobres es cada vez mayor, no es debido a una fatalidad inevitable, sino a que nosotros hemos permitido que suceda. La historia de la libertad es, en gran medida, la que hemos construido. En el hombre no puede darse separado el pensamiento y la acción. Si es cierto que la línea de futuro del ser hombre pasa por la fraternidad, sólo está en línea de humanización lo que construye la fraternidad en el mundo. No construirla es abdicación del ser hombre; dicho de otra manera, matar. Por acción u omisión, la 'relación que no es de amor con el /otro hombre es un homicidio y un suicidio, y la vida se niega de muchas maneras.

Sabemos que la persona sólo tiene vida cuando la entrega. Sin embargo, la situación mundial es un museo de horrores debido a la dimisión de millones de hombres de su valor único como personas, con una especial 'responsabilidad de los cristianos, de los socialistas y los libertarios, ya que son ellos los que proclaman en su razón de ser la fraternidad entre los hombres. Su dimisión tiene el agravante de una traición.

2. El sentido de la vida. Dar /sentido a la vida como personas no es sólo un problema de los pobres: los no-personas, esto es, aquellos a los que se les priva de las mínimas condiciones para serlo de una manera libre, aunque nadie pueda quitarles su /dignidad ontológica, su digneidad (M. Moreno Villa). A la luz de la antropología personalista, no le es posible realizarse como persona humana a quien no reconoce en el otro un tú digno de amor. La /modernidad ha adquirido ya, como parte de su manera de entender la humanidad, la universalidad; y hoy no es posible pensar la projimidad (/prójimo) con categorías sólo locales, pues la mundialización de la economía y de las comunicaciones van borrando las fronteras entre los diversos pueblos de la tierra. La familia humana es ya, verdaderamente, la que forman todos los hombres. En este contexto, es inevitable tener conciencia de la miseria en la que está la mayor parte de la familia. Entonces, la fraternidad, como meta a la que dirigirnos y como inspiración de cualquier proyecto humano, es irrenunciable y abarca a todos los hombres.

3. Fraternidad y política. La creencia en el valor absoluto de la persona no sólo es una creencia religiosa o humanista: es también una creencia política y reclama una organización social acorde con esta convicción. Sabemos que la organización óptima sería aquella que permitiera el mayor juego y desarrollo de las personas concretas, y que, de todas las formas de organización que hemos inventado, la menos mala es la 'democracia; pero no es aceptable el empobrecimiento del hombre en las democracias liberales y su promoción desequilibrada de los valores individualistas. Tampoco es aceptable una organización social que, en nombre de la /igualdad, anule al individuo. Una democracia personalista es también una convicción; no comienza de cero, sino que se edifica sobre los mismos criterios de confianza en el hombre. El hombre que cree en la fraternidad sabe que construir un mundo humano es siempre una lucha permanente contra las injusticias, frecuentemente triunfantes. Pero está esperanzado porque sabe que es posible mejorar, a pesar de todo. Un régimen democrático hoy, si quiere ser humano, y no sólo la institucionalización de un poder al servicio de mayorías comodonas, depredadoras y consumistas, que han olvidado que su bienestar se ha edificado, en gran parte, sobre la sumisión y la miseria de muchos pueblos del mundo, debe poner en el primer lugar de sus programas de acción la defensa de la vida, es decir, al hombre pobre. Los países enriquecidos deben ser conscientes de que, si se construyen al margen o en contra del resto de los pueblos más pobres de la humanidad, se están construyendo, en contra del humanismo y de la esperanza humana, sociedades egoístas, a pesar de que su organización la apoyen la mayoría de sus ciudadanos. Pero la mayoría no es nunca el criterio supremo para fundamentar el valor y la dignidad de los hombres.

IV. CONCLUSIÓN: FRATERNIDAD Y LIBERACIÓN.

Así pues, la fraternidad es una convicción personal; es, por tanto, una creencia que se vive en el tú a tú cotidiano, en el amor interpersonal y concreto; es también una creencia política, que debe organizar la comunidad de manera que todos los hombres, con sus diferentes maneras de ser personas, quepan y puedan desarrollarse, comunicarse, vivir. La /política sería la organización sistemática del amor, un espacio institucionalizado y protegido por el derecho, de los opresores y de los que no han descubierto aún el valor único y no mediatizable del ser humano. La medida de la calidad de una /democracia fraterna la da el trato que reciben los más débiles. Todo esto es una creencia y una utopía, ya lo sabemos; pero el que no sueña con la posibilidad de hacer catedrales no será capaz ni de hacer una choza. Necesitamos abrirnos a la trascendencia y al ideal para poder autorrealizarnos, tirar de nosotros mismos. Necesitamos saber lo que queremos para ir haciéndolo y darnos cuenta de que es posible. La denuncia y el anuncio es la pedagogía del oprimido (P. Freire). La fraternidad, en un mundo que niega a muchos la libertad, se vive como /liberación.

BIBL.: ALAIZ A., El amigo, ese tesoro, San Pablo, Madrid 19826; DÍAZ C., Manifiesto para los humildes, Centro de Estudios Pastorales, Valencia 1993; GANDHI M., Todos los hombres son hermanos, Atenas, Madrid 1984°; LAIN ENTRALGO E, Teoría y realidad del otro, Alianza, Madrid 1983; MORENO VILLA M., El hombre como persona, Caparrós, Madrid 1995; SOBRINO J., El principio misericordia. Bajar de la cruz a los pueblos crucificados, Sal Terrae, Santander 1992; VEGAS J. M., Introducción al concepto de persona, Instituto Emmanuel Mounier, Madrid 1990; SCHILLEBEECKX E., Los hombres, relato de Dios, Sígueme Salamanca 1994; VALLÉS C. G., Viviendo juntos, Sal Terrae, Santander 19854.

A. Calvo Orcal