Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia EXISTENCIA


EXISTENCIA
DicPC


La etimología latina del vocablo existencia —ex-sistere (estar fuera)— dice referencia a algo que está-ahí, manifiesto, constatable y que es efectivamente, frente a otro tipo de realidades no manifiestas, que son meramente pensadas o pensables. Es decir, el término existencia evoca, inevitablemente, el de "esencia". De hecho, ambos conceptos aparecen, y han recorrido la historia del pensamiento filosófico, unidos y contrapuestos. La esencia —ousia, en griego; quidditas, en latín— define el qué de algo, lo que la cosa es en sí misma, expresa la realidad profunda de un ser y constituye su naturaleza estable —en oposición a cualquier forma de accidentalidad— y definible en el concepto. Los escolásticos medievales lo tradujeron en la expresión latina de quid sit res. La existencia, por contra, expresa que la cosa es efectivamente —an sit res, decían los escolásticos—, la realidad actual que contiene en sí la razón por la que una realidad existe.

I. CONSIDERACIONES HISTÓRICAS.

Los primeros filósofos —a cuya pregunta originaria Heidegger pretendía volver— se interesaron, y sorprendieron, de manera preferente, por descubrir qué realidades eran realmente existentes y no meramente aparienciales y fenoménicas. Platón pensó que lo realmente existente era lo inteligible, el mundo de las esencias puras (Ideas) que, a su vez, era la patria del alma. Pero lo inteligible no es una realidad a mano, que esté-ahí, sino en el más allá. Aquí, en el reino de la espacialidad y de las sombras, deambulan las existencias como realidades alienadas. Lo auténticamente real —realismo idealista de Platón— es decir, las grandes ideas: Bien, Bondad, Justicia, Belleza, no pueden habitar en el mundo empobrecido y vulgar de las existencias. Esencialista fue san Agustín —no obstante los tonos existenciales (culpa, caída, pecado, salvación) de sus Confesiones–cuando afirmaba que las esencias están en el Verbo y que lo que existe tiene existencia por participación en las ideas del Verbo. Aristóteles, en cambio, situó el ser de la existencia en relación con el ser de la esencia. Algo existe cuando y si tiene un haber que le es propio. La existencia, en sentido propio, sería sólo la sustancia primera (tó synolón), lo singular concreto, aquello de lo que puede decirse algo y en lo que residen las propiedades. La esencia penetra la existencia al modo como la forma penetra profundamente la materia. El acto propio de la sustancia es existir, de la misma manera que lo propio de la existencia es hacer que un existente subsista en sí y se manifieste. Santo Tomás acentuó el aspecto de actualidad de la existencia, y entendió que el esse (existir) —frente a la concepción de Avicena de que la existencia es mera accidentalidad— es el acto del ente (ens) en cuanto que este es. Y como la existencia es la última actualidad, la presencia actual de la cosa en el orden físico de las cosas creadas, hay que hablar de distinción real entre esencia y existencia. La esencia no implica necesariamente su existencia, aun cuando sea posible su inteligibilidad (podemos definir el Unicornio aunque tal animal no exista). Pero la existencia propia de cada cosa es sólo una existencia particular que no existe en virtud de sí misma. El ex de ex-sistir indica procedencia, el origen a partir del cual las cosas son. Cada existencia particular es una participación de un ser singular, existente por sí mismo (ipsum esse subsistens), la existencia misma, cuya esencia consiste en existir. Dondeyne ha visto bien que la de santo Tomás es una filosofía del acto y de la participación y que el esse divino no anula la presencia en el hombre de su esse propio, de su consistencia (y contingencia) de criatura. Gilson lo ha expresado diciendo que «todo ser existe gracias a la fecundación de una esencia por un acto de existir». La vertiente anti-existencialista se hace conspicua en el cogito cartesiano —sujeto pensante, universal, epistemológico, pero no «de carne y hueso», que decía Unamuno— y, en general, de toda la filosofía moderna, para cuyos autores la existencia es una realidad que nada tiene que ver con el ser, sino que es sólo el modo exterior de la realidad. Con Hegel la vertiente esencialista alcanzó su cenit: «El mundo es razonable tal cual es y la historia es la manifestación del ser esencial bajo las condiciones de.la existencia. Las angustias del sino, la culpa y la duda, son vencidas por medio de una elevación, a través de los diferentes grados de significación, hasta el supremo, la intuición filosófica del proceso universal mismo». Ante un mundo de meras esencias —«todo lo real es racional y todo lo racional es real»—, en el que el hombre se había convertido en un sujeto-objeto de conocimiento, sujeto desencarnado y sin densidad, mera conciencia general, porque, en palabras de G. Marcel, quedó roto el cordón umbilical del sujeto con la existencia de las cosas, surgió primero la protesta del último Schelling —el primero en emplear el término existencia en contraposición al esencialismo del sistema hegeliano—; y después, la rebelión de S. Kierkegaard, el profeta de la singularidad, del vitalismo, del existencialismo, las filosofías de la existencia y del personalismo. Todos ellos lucharon por la autoafirmación del yo en un mundo desencarnado, despersonalizado y anónimo, y por la preservación de la persona.

II. REFLEXIÓN SISTEMÁTICA.

Es preciso que el pensamiento se encarne en cada hombre y se haga carne de su existencia, había dicho Kierkegaard. Porque filosofar no consiste en dirigir discursos fantásticos a seres fantásticos, ya que es a los existentes a quienes se habla. El hombre no es un momento dentro del /Absoluto (idealismo hegeliano), ni un fenómeno más dentro del orden y evolución cósmicos (positivismo naturalista). Es el hombre-persona el que está implantado en la existencia, con todo lo que esta comporta de tensión y duda, de esperanza y temor, de finitud y necesidad, de desesperanza y humildad. Frente al cogito cartesiano y al constante equívoco idealista del yo empírico o trascendental, que dan la primacía a lo objetivo y abstracto, hay que situar al singular existente o existente-tipo que soy yo mismo con mi minuciosa experiencia, plena de nostalgia, estremecimiento e insatisfacción. El ser de la existencia no puede jamás ser expresado en los angostos límites de un concepto. La exigencia personal es lo más íntimo e incomunicable, lo menos universal y definible, es el indubitable existencial (Marcel), la intuición originaria (Bergson), un acontecimiento (Mounier), el punto de partida de toda significación y comprensión, irreductible a un momento dialéctico y, por ello, se volatiza en el corsé de un sistema impersonal (Lacroix). La existencia no es el fin último de la reflexión filosófica, sino el punto central de orientación —o está-ahí desde el principio o no está en modo alguno—, es su medium (Jaspers), cuyo peso ontológico obliga al hombre a trascenderse; no es un objeto, ni un espectáculo, ni un problema, sino un metaproblema; no es una idea abstracta, sino una libertad o el poder de afirmarse o negarse a sí misma. La ciencia objetiva, el espíritu de abstracción y de sistema —los sistemas son palacios maravillosos pero inhabitables, según decía Lacroix—, reducen el universo a una red de leyes o relaciones lógicas, universales y abstractas, lo despojan de su vinculación al hombre como existencia encarnada y comprometida, o, de rechazo, el mundo se convierte en un espectáculo desplegado ante la conciencia, en un sistema lógicamente coherente, pero sin encanto y sin consistencia sensible. Por eso —ha escrito A. Dondeyne—, «a nuestro modo de ver, constituye el gran mérito de pensadores, tales como Newman, Marcel, Jaspers, el haber mostrado que, al eliminar la encarnación y, por el mismo hecho, la intersubjetividad que le es inseparable, el racionalismo acaba vaciando la realidad humana de su sustancia ontológica y de su referencia intrínseca al Trascendente». ¿Qué sería el yo separado de todo nexo con lo real? Quedaría un yo genérico, universalmente válido, un hombre abstracto, pero no este hombre que soy yo o aquel hombre, que es un yo o un tú. La existencia personal que, como tal, es irreductible, desbordante e inefable es, siempre, existencia compartida.

Las filosofías contemporáneas han sido unánimes en la consideración de que la existencia es el distintivo específico del sujeto personal, e insisten en el valor absoluto de la /persona, que no es ni res (cosa), ni objeto, ni parte de la naturaleza, ni un momento en la evolución cósmica, sino algo existente en sí, con valor propio y libertad, pero situada, encarnada en un cuerpo y manifiesta al mundo. «La encarnación es el dato central de lametafísica» y «la desencarnación es impracticable». Mounier transcribió, casi literalmente, la tesis marceliana: «Yo soy persona desde mi existencia más elemental; lejos de despersonalizarme, mi existencia encarnada es un factor esencial de mi ser personal. Mi cuerpo no es un objeto entre los objetos, ni siquiera el más próximo de los objetos. Si fuera objeto, ¿cómo se uniría a mi experiencia de sujeto? De hecho, las dos experiencias no se dan separadas. Yo existo subjetivamente y yo existo corporalmente son una y la misma experiencia. No puedo pensar sin ser, ni ser sin mi cuerpo. Por él estoy expuesto a mí mismo, al mundo y a los demás. Por el cuerpo escapo a la soledad de un pensamiento, que se reduciría a pensamiento de mi pensamiento. El cuerpo me proyecta sin cesar fuera de mí. El cuerpo es el mediador omnipresente de la vida del espíritu». La encarnación permite superar el individualismo y resolver el problema del yo y la existencia de los otros. Porque esse est co-esse, afirma Marcel, y añade: «No sólo tenemos el derecho de afirmar que los otros existen, sino que estaría dispuesto a sostener que la existencia no puede ser atribuida más que a los otros en tanto que otros, y que no puedo pensarme a mí mismo como existente, sino en tanto que me concibo siendo los otros; por consiguiente, como otro que ellos. Llegaré a decir que pertenece a la esencia de los otros existir. No puedo pensarlos en tanto que otros, sin pensarlos como existentes». Y Mounier agrega: «Yo existo en la medida que me relaciono con los otros». Si la existencia es un acontecimiento, no es menos un /encuentro. El otro se me da como un tú, como presencia no objetual. La forma de ser-en-el-mundo viene definida por la corporalidad; pero el cuerpo no es agregado material, sino un fenómeno de revelación, de presencialización. Porque el hombre es cuerpo, no sólo est, sino que a-dest, es decir, vive relacionado con otros, en comunión con ellos. Pero la relación con los-demás puede ser objetivadora, cuando el otro / sujeto, la persona, se convierte en algo poseído o utilizable. Deja de ser un para mí, deja de ser presencia para convertirse en un él, con quien el /diálogo se torna imposible. Esta relación objetivadora —que M. Buber transcribe en el modo de /relación yo/ello— es meramente transitiva: la acción pasa al objeto, pero este no puede responderme, no hay encuentro. El objeto es, precisamente, lo despersonalizado, aquello que está frente a mí, a disposición mía, bajo mi dominio. En una palabra, cuando yo determino al otro como él, lo trato como ausente, es su ausencia lo que me permite objetivarlo, porque hay una presencia que es, también, un modo de ausencia. En cambio, la auténtica relación personal —el tipo de relación /yo-tú, en terminología de Buber— es siempre un acontecimiento. El yo no posee nada, no conoce nada, está en relación, es fundamentalmente encuentro; y este se define, no por lo que aporta cada sujeto, sino por el acto de presencia. Un tú es alguien que me está presente, que responde a mi llamada mediante un diálogo.

En el encuentro, la presencia del otro se me ofrece de forma inmediata. No capto la idea de él, sino la persona misma que se me revela en respuesta personal. «Sólo en el encuentro con otras personas —ha visto bien Paul Tillich— llega la persona a ser persona, y sigue siéndolo». La rebelión de las filosofías de la existencia frente a las expresiones de una racionalidad matemática o moral, de una lógica despersonalizante, de la deshumanización económica, del reino de los objetos muertos y de la absoluta objetivación, ha situado en primer plano no sólo la necesidad de restaurar una filosofía de la persona frente a los excesos de una filosofía de las ideas y de las cosas, sino el descubrimiento del nosotros. Ha constituido una llamada a ser nosotros mismos. Si el / individuo es dispersión y avaricia, la persona es comunión, comunicación, conversión, libertad y compromiso. El individuo es la metafísica de la soledad, la persona es la metafísica de la comunidad. La persona es un dentro que tiene necesidad de un fuera y el fuera de la persona es la / comunidad, que no es un colectivismo, ni una sociedad anónima, sino una persona que une a las personas por el corazón de ellas mismas. Las verdaderas comunidades son realmente, y no por metáfora, personas de personas.

BIBL.: GABRIEL L., Filosofía de la existencia, BAC, Madrid 1974; HEIDEGGER M., El ser y el tiempo, FCE, México 1974; JASPERS K., Filosofía de la existencia, Planeta-Agostini, Barcelona 1985; KIERKEGAARD S., Temor y temblor, Guadarrama, Madrid 1976; LACROIX J., Marxismo, Existencialismo, Personalismo, Fontanella, Barcelona 1971; MARCEL G., Filosofía concreta, Revista de Occidente, Madrid 1947; ID, El misterio del ser, Sudamericana, Buenos Aires, 1953; ID, Diario metafísico, Losada, Buenos Aires 1957; MOUNIER E., Obras completas III, Sígueme, Salamanca 1990; SARTRE J. P., El existencialismo es un humanismo, Huáscar, Argentina 1972; TILLICH P., El coraje de existir, Laia, Barcelona 1973.

E. Blázquez Carmona