Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia ESPIRITUALISMO


ESPIRITUALISMO
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El llamado espíritu positivo, que se inició con A. Comte, al identificar filosofía y ciencia, ha llevado consigo, a partir de la segunda mitad del s. XIX, la cancelación del concepto mismo de filosofía. Este afán reductor de todo lo humano, incluso sus manifestaciones superiores, a hechos naturales, y de estudiarlo con el método de la ciencia positiva trae consigo: la imposibilidad de toda pretensión de una ciencia autónoma, distinta de la natural, con método propio, y la negación de los hechos más propiamente humanos como la /libertad, la interioridad, la trascendencia de la persona, su apertura a Dios. Contra este reduccionismo reaccionan una serie de pensadores que suelen agruparse bajo el nombre común de espiritualistas. Lo que les une a todos ellos es su afán por rescatar la irreductibilidad del hombre a la naturaleza olvidada por los positivistas. Para llevar a cabo este programa, individúan una serie de eventos que revelan la consistencia propia del mundo del espíritu, irreductible a la simple naturaleza y necesitando de un método propio para su esclarecimiento. Sería erróneo mantener que el positivismo hubiera pasado por alto los hechos humanos, sus productos (arte, moral, religión); pero su afán por conocer para controlar llevaba a mantener que, incluso a esta esfera, no distinta de la natural, se podía acceder con el proyecto de la ciencia natural. «Nada existe o puede existir, tanto en el espíritu como en la naturaleza externa, que no sea un hecho o un conjunto de hechos, sometidos a leyes y determinado por estas leyes». Obviamente en este proyecto no tienen cabida aspectos como el finalismo de la naturaleza, la libertad de la voluntad humana en la historia, los fines o valores trascendentes propios de la esfera moral y religiosa. Si se da cuenta de ellos no podemos salirnos de los límites trazados por la ciencia. El espiritualismo, por el contrario, centrará todas sus energías
para dar a estos hechos un estatuto propio. No ausente de interés religioso y moral, iniciará un camino a recorrer con medios olvidados por el positivismo: la auscultación interior o conciencia.

I. HISTORIA.

Parece ser que el término espiritualismo se atribuye a Cousin (+ 1867), aunque el contenido propio de la filosofía espiritualista goza de gran solera. Plotino con el retorno del alma a sí misma y san Agustín con su noli foras ¡re..., son hitos importantes en una tradición que encontraría continuidad en el cogito cartesiano, en el espíritu de finitud de B. Pascal, en la experiencia interna y conciencia de los románticos, en la experiencia interna de los empiristas. Conceptos, todos ellos, que ponen de manifiesto una actitud, por la cual el hombre toma como objeto de investigación su misma interioridad. El espiritualismo propiamente dicho se considera continuador de esta tradición, que coloca en el centro de su reflexión la conciencia, como alternativa frente a la naturaleza o exterioridad. El punto de partida es la especificidad del hombre. Esta especificidad hace que el hombre escape del reduccionismo puramente impositivo, lo que conlleva, a su vez, una crítica al intento positivista de reducir lo real a lo físico y la filosofía a ciencia natural. Esta se distingue de la 'ciencia por los problemas que trata, por los resultados que obtiene, por los procedimientos que adopta. Enfrentados al positivismo por su naturalismo y desprecio de los ideales morales y de los valores trascendentes, igualmente han de hacer cuentas con el Idealismo romántico que ¡dentifica al Infinito con lo finito, defendiendo la trascendencia al /Absoluto. Dios, en cuanto espíritu absoluto, y el hombre, en cuanto espíritu finito, son los polos de atracción de la filosofía espiritualista. «El hombre es espíritu ya que es la única actividad que merece este nombre. Efectivamente, mientras cualquier otra actividad material es causada y sufrida, el hombre es actividad causante y agente» (L. Lavelle). El espíritu es irreductible a cosa, objeto, subsiste en virtud de su mismo ejercicio, es libre iniciativa y comienzo de sí mismo. Él se crea en cada instante y, produciéndose a sí mismo, «produce también las cosas, así como el sentido de las cosas». El mecanismo es sustituido por un finalismo que permite reconocer, en cierta medida, la realidad del mecanismo y, al mismo tiempo, considerarla subordinada a un designio superior que autoriza a concluir con la existencia de un principio ordenador del mundo. La exigencia de establecer este principio es otro de los aspectos fundamentales del espiritualismo.

II. PRINCIPALES REPRESENTANTES DEL ESPIRITUALISMO.

La corriente espiritualista tiene amplia repercusión en toda Europa (Alemania, Inglaterra, Italia), no obstante haya sido en Francia donde ha tenido mayor eco. La filosofía francesa, según L. Lavelle, es por excelencia una filosofía de la conciencia. Montaigne inicia esta forma de filosofar que consiste en una actitud de recogimiento interior, de indagación de la propia espiritualidad. Esta tradición gala sólo se interrumpirá con el Iluminismo; pero pronto, a comienzos del s. XIX, Maine de Biran recuperará esta forma de pensar. Para los espiritualistas, este será un maestro de quien todos ellos se declaran deudores. Figura enigmática es J. Lequier (+ 1862), de vida corta en días, pero larga en desventuras y tormentos, que acabó sus días en un trágico anegamiento. No publicó nada, ya que nunca terminó ninguno de los escritos iniciados. Su amigo C. Renouvier -a quien debemos el término personalismo- le publica en 1865 una serie de fragmentos con el título común: Investigación de una primera verdad. El problema sobre el que versa la filosofía de Lequier es la relación entre la necesidad y la libertad. La libertad es el postulado fundamental de la ciencia, que muestra el orden o la uniformidad de la naturaleza. Ahora bien, un /determinismo absoluto y sin límites es absurdo. Si todo fuera necesario, caería toda pretensión de cualquier moral. Más aún, la ciencia misma no puede tratar de distinguir la /verdad del error. Debemos admitir, pues, otro postulado; la libertad y el postulado de la conciencia. «El hecho: yo busco implica el hecho: yo soy libre. Es mi conciencia libre la que elige buscar y el hombre es libre porque es patrón del posible» (...). «Si yo soy libre, soy un ser responsable (...) ¿ante quién?... Como persona responsable, no puedo ser responsable más que frente a otra persona que debe ser absoluta. Yo puedo atribuir a esta otra persona irresponsable solamente las perfecciones que son finitas en mi persona responsable, y que deben ser infinitas en el ser a quien llamaré Dios, persona irresponsable». Otros clásicos del espiritualismo francófono son E. F. Amiel y C. Secrétan, que centran su reflexión en el tema de la libertad condicionada, que depende de un ser incondicionado y absoluta libertad. Ese ser es Dios, el ser absolutamente libre: «Yo soy lo que quiero», esta es la definición de Dios. También E. Boutroux; el título de su primer escrito es pragmático: La contingencia de las leyes de la naturaleza. La polémica antipositivista llega hasta la misma raíz del positivismo: su concepto de ley natural. La variedad de realidades sobre las que versa la investigación científica no es reductible ni a una uniformidad ni a una necesidad mecánica. La ascensión en la realidad, es ascensión en un grado de originalidad y de novedad respecto del inferior y no puede, por tanto, ser explicado por esta. A esta no necesidad de lo anterior Boutroux lo llama /contingencia. El efecto no es proporcionado a la causa. En el último grado nos encontramos con la vida espiritual, que no puede provenir de la materia; lo mismo dígase del orden moral. En los grados inferiores, la ley oculta al ser. Crecer en el ser es crecer en la libertad. A un ámbito superior pertenece la religión. La ciencia no puede mínimamente oponerse a la fe religiosa, ya que el objeto es diverso. La religión no se propone explicar los fenómenos, y por esto no le afectan los descubrimientos científicos referidos al origen y naturaleza de las cosas, «para la religión los fenómenos valen por su significado moral, por los sentimientos que sugieren, por la vida interior que expresan; ninguna explicación científica puede despojarlos de este carácter». La religión se funda en dos dogmas fundamentales: la existencia de un /Dios viviente, perfecto, omnipotente, y la comunión entre Dios y el hombre. En su intento de criticar al positivismo desde dentro, Boutroux cae presa de sus mismas redes; si la conciencia es pura interioridad espiritual esto le imposibilita una compresión de la existencia misma y de la ciencia, en cuanto dirigida a la exterioridad natural. Tampoco hay conciliación entre espíritu científico y espíritu religioso; este absorbe, sin más, a aquel. Por su parte, O. Hamelin, sistemático y racionalista, se presenta como idealista, pero no tiene ninguno de los rasgos históricos del idealismo positivista. Él representa una dialéctica, pero una dialéctica de lo finito, que considera el desarrollo de las determinaciones finitas hasta la conciencia humana como tal; este desarrollo no se identifica con el del /Infinito, o sea, de la Razón absoluta; termina con el reconocimiento de un Dios trascendente, fuera y más allá del desarrollo mismo, y concebido al modo de Leibniz, como centro de unificación de las conciencias finitas.

1. La filosofía de la acción: M. Blondel. Dentro del espiritualismo, que entiende la filosofía como una auscultación interior o repliegue sobre uno mismo, merece un relieve especial la llamada filosofía de la acción. El objeto de su investigación es la conciencia, ahora caracterizada como voluntad, actividad y acción, más que como facultad contemplativa o teorética. Al igual que el espiritualismo, la filosofía de la acción es eminentemente religiosa. El iniciador de esta forma de hacer filosofía es J. E. Newman, quien mantiene que una idea, cuando es verdaderamente viva y útil, no es una simple posición intelectual, sino que arrastra consigo a la voluntad y, en general, a la actividad práctica del hombre.

También destaca L. Ollé Laprune; su principal obra es La certeza moral (1880). En ella mantiene que el predominio en la vida del espíritu corresponde a la voluntad. En el pensamiento más abstracto, la voluntad está presente como preferencia y elección, porque solamente ella determina la atención y así estimula y sostiene el pensamiento. Discípulo destacado de Ollé Laprune y figura principal de este grupo es M. Blondel. Su obra La acción, ensayo de una crítica de la vida y de una ciencia de la práctica, es un intento de reconstruir la realidad total en todos sus grados, sobre la base de un único motivo dialéctico; pero, a diferencia de Hegel, Blondel cree que la dialéctica real es la de la voluntad, no la de la razón. La obra se abre con aquel famoso interrogante: «Sí o no: ¿tiene la vida humana un sentido? Sí o no: ¿tiene el hombre un destino?». Para responder a este interrogante hemos de ir a la vida misma. Más aún, si nosotros interrogamos a la vida e intentamos describirla, entonces debemos convencernos de que «hay que transportar la acción al centro de la filosofía, ya que allí se encuentra el centro de la vida». La experiencia humana no está tipificada por la razón, sino por la acción. El hombre actúa y no puede no actuar. Es en la acción donde él expresa lo más profundo de sí mismo, su voluntad, y es precisamente desde la acción desde donde la filosofía debe buscar la orientación, el fin inmanente de la misma. El núcleo central en torno al cual se articula la acción es dado por la dialéctica de la voluntad. El resorte del desarrollo no es la contradicción, sino el contraste entre la voluntad que quiere y su resultado efectivo, ante el acto de querer y su realización. Este contraste constituye la insatisfacción perenne de la voluntad y el resorte inmanente de la acción. Los términos del problema son netamente opuestos. De una parte, todo lo que domina y oprime a la voluntad; de otra, la voluntad de dominarlo todo o de poderlo ratificar todo, ya que no hay ser allí donde existe solamente constricción. La filosofía de la acción parte de este conflicto, muestra las soluciones parciales, que alcanza poco a poco su incesante resurgir y su definitivo aplacamiento (descanso) en lo sobrenatural. La vida, pues, se desarrolla en un contraste nunca aplacado entre el poder de la voluntad que la solicita sin descanso hacia nuevas acciones, y los resultados factuales de este esfuerzo. «Las metas alcanzadas son siempre inadecuadas, siempre existe una desproporción entre lo que somos y lo que tendemos a ser. La voluntad querida se pone como un objeto frente a la voluntad que quiere y esta resucita constantemente, ya que, no siendo nosotros aún los que queremos, estamos en relación de dependencia frente a nuestro verdadero fin». Según esto, la acción es una iniciativa a priori, que crea por sí misma las condiciones y los límites por los cuales aparece determinada a posteriori. La acción voluntaria provoca, en cierto modo, la respuesta y las enseñanzas del exterior, y estas enseñanzas, que se imponen a la voluntad, están, con todo, implícitas en la voluntad misma. La acción no puede quedar satisfecha con lo que ha realizado, el hombre no puede querer lo que ya ha querido, si esto se identifica con sus realizaciones en el mundo finito. Es necesario, por tanto, que, de alguna manera, pueda el hombre querer, es decir, alcanzar un término en el cual la voluntad y su realización se adecuen perfectamente. Para que aquel esbozo de ser que está en el fondo de la voluntad humana complete y tome forma, es menester que el hombre renuncie a sí mismo y se trascienda. La acción pasa así del orden natural al sobrenatural y afirma exultante este último. Este reconocer en la naturaleza finita del hombre las exigencias de Dios se denomina método de la inmanencia. Se trata de un método que, desde la inteligencia del orden natural, hace brotar la necesidad del sobrenatural.

2. La evolución creadora. También, dentro de la corriente espiritualista, podemos situar a H. Bergson. En su filosofía se mezclan motivos del espiritualismo antiguo y de la tradición introspectivo-espiritualista francesa, con temas del evolucionismo de Spencer y con una crítica sin paliativos al dogmatismo positivista. En el trasfondo de la filosofía de Bergson está la defensa de la creatividad y de la irreductibilidad de la conciencia o espíritu, contra cualquier tentativo reduccionista de impronta positivista. Su originalidad está en la autoapropiación que hace de los resultados de la ciencia y la no minimización de la presencia del cuerpo y la existencia del universo material. Negar el peso de la materia es condenarse a un espejismo. Por otra parte, la conciencia o vida espiritual es irreductible a la materia; ella es una energía creadora y finita, continuamente amenazada por condiciones y obstáculos que pueden bloquearla y degradarla. En pocas palabras, el pensamiento de Bergson es una filosofía que intenta ser fiel a la realidad, cosa que el Positivismo no logra. Un dato concreto que demuestra que el Positivismo no es fiel a los hechos, está en la mecánica, que escapa al tiempo de la experiencia concreta. El tiempo de la mecánica es un tiempo especializado, reversible; los momentos son externos. El tiempo de la conciencia es duración: El yo vive el presente con la memoria del pasado y la anticipación del futuro. Este tiempo es duración vivida, irreversible y nueva en cada instante. Según esto, pretender, como hacía el positivismo, juzgar todos los hechos con el mismo método es condenarse al fracaso. La duración, propia de la conciencia, está íntimamente unida a la otra realidad: la libertad. De nuevo se ve el no rotundo al determinismo positivista. Igualmente surge el problema de la relación cuerpo espíritu, abordado en su obra Materia y memoria. Bergson rechaza tanto el paralelismo psicofísico (los estados mentales y los estados cerebrales son dos modos diversos de hablar de la misma cosa), como el evolucionismo materialista (los estados mentales son epifenómenos, simple función del cerebro). La memoria asume el cuerpo de cualquier percepción en que él se inserta y la percepción viene reabsorbida por la memoria y se hace pensamiento. El cuerpo tiene la función de limitar, en vistas a la acción, a la vida del espíritu; pero el espíritu que crece continuamente, nos empuja hacia el futuro. La vida es crecimiento del espíritu a través de sus contradicciones materiales, contradicciones que el espíritu reabsorbe en la propia duración. La evolución creadora permite ir más allá de las dificultades del mecanicismo y del finalismo, ya que la vida es una realidad que se separa netamente de la materia bruta. La vida, en suma, es evolución creadora, creación libre e imprevisible, empuje vital que no tiene que distanciarse para extenderse. La materia no es otra cosa que el momento de parada de este empuje vital. La vida es aquel empuje por el cual ella tiende a crecer en número y en riqueza por multiplicación en el espacio de formas y complicación en el tiempo. Se trata de una continua creación de formas, donde lo que viene después no es efectivamente una simple recombinación de los elementos que existían antes; ella es una acción que constantemente se crea y se enriquece. La materia es un reflujo del impulso vital que, a partir de una originaria unidad, se irradia y recae en una multiplicidad de elementos, cuyo impulso y creatividad van apagándose. Vida y materia están en la base de la evolución. La historia de tal evolución es la historia de la vida orgánica en sus esfuerzos continuos y tentativas incesantes para liberarse de la pasividad e inercia de la materia. La vida orgánica intenta ascender aquella pendiente que la materia es proclive a descender. El impulso vital que se frena en el resto de las especies vivientes, concentrándose en la repetición fija de comportamientos siempre idénticos, en el hombre supera los obstáculos, experimentándose en la humana actividad creadora, cuyas principales formas son el arte, la filosofía, la moral y la religión, temas desarrollados en su última obra: Las dos fuentes de la moral y de la religión (1932). La /religión auténtica es la religión de los místicos. Y de místicos, subraya Bergson, tiene hoy necesidad la humanidad. Esta, a través de la técnica, ha aplicado la propia iniciativa sobre la naturaleza, y de tal suerte, que el 'cuerpo del hombre se ha engrandecido sin medida. Bien, este cuerpo engrandecido «espera un suplemento de alma, y la mecánica exige una mística». Este suplemento de 'alma es necesario para curar los males del mundo contemporáneo. Y no es imposible, ya que el misticismo, incluso cuando presuponga un hombre genial y en cualquier modo privilegiado, vive en el ánimo de todo hombre: «Si la palabra de un gran místico (...) encuentra un eco en uno de nosotros, ¿no es porque hay tal vez en nosotros un místico oculto y que espera sólo la ocasión para revelarse?».

BIBL.: BERGSON H., Oeuvres, PUF, París 1970; BLONDEL M., L'Actión. Essai d'une critique de la vie et d'une science de la pratique, PUF, París 1973; HEGEL G. W. F., Fenomenología del Espíritu, FCE, 1991'; GUITTON J.BOGDANOV I., Dios y la ciencia. Hacia el metarrealismo, Debate, Madrid 1994; LAÍN ENTRALGO P, Cuerpo y alma, Espasa-Calpe, Madrid 1992; MONTENAT C.-PLATEAUX L.ROUX P, Para leer la creación en la evolución, Verbo Divino, Estella 1985; RUIZ DE LA PEÑA J. L., Las nuevas antropologías. Un reto a la teología, Sal Terrae, Santander 1983.

J. Yusta Sáinz