Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia DEMOCRACIA


DEMOCRACIA
DicPC

 

1. ESBOZO HISTÓRICO. Si consideráramos la democracia como una invención coyuntural o como un mero contrato sin mayor fundamento que el interés particular de los contratantes, su análisis histórico sólo se remontaría al punto temporal reciente desde el que se cree inventada. Así es frecuente tomarla, partiendo de las revoluciones francesa y norteamericana, con el precedente aislado y lejano de la Grecia clásica. En cambio, al descubrir un valor mayor y una entraña más humana a la democracia, como tendencia, deber y derecho de la naturaleza humana, buscaremos sus orígenes en los de la misma historia humana. Contemplando los remotos orígenes de la democracia, podemos otear su amplio horizonte, siempre perfectible. La historia humana, en cuanto humana, es un camino hacia la democracia, hacia el poder del pueblo. De aquí que el inicial gran paso histórico fue dado por la Revolución Neolítica, con el surgimiento de los primeros pueblos, los constituyentes básicos y protagonistas de la democracia. La Grecia antigua llevó a su mayoría de edad el primer componente del poder de ser pueblo: el ->diálogo, en sus dos aspectos inseparables, tanto de razón, representable por el despegue de la filosofía y el paso del mitos al logos, como la palabra, que hirvió en una pasión popular por la oratoria. Desde entonces fue patente la vinculación entre la vivencia de los valores democráticos, como el diálogo, y el fluido funcionamiento de las instituciones inspiradas y requeridas por tal vivencia democrática: la asamblea general, el consejo de quinientos representantes, los tribunales y las magistraturas de ciudadanos, el consejo del areópago, el generalato por elección, la descentralización por distritos, etc. Todo ello se nutría día a día de la intensa y rica convivencia participativa de la polis, en la que lo público recibía una constante atención de los ciudadanos. Roma transmitió y extendió el legado griego, dotándolo de un aparato jurídico más sólido y de mayor cosmopolitismo. No obstante, en Grecia y Roma también se dio la pena de muerte, la belicosidad, el régimen esclavista, la postergación de la mujer, cierta xenofobia y, de nuevo, un colectivismo. Con el ->cristianismo se caló en que la clave del poder de ser el pueblo estriba en que la persona puede ser persona. Ello requería el diálogo, universalizado y elevado por la cultura emanada del cristianismo. Pero también el ->amor, acrisolado en su sentido natural y sobrenatural por el cristianismo, y que desvela lo más importante de ser ->persona: lo digna que es de ser amada. A continuación del milenio largo de surgimiento maduro de los dos primeros valores centrales de la democracia, el diálogo y el ->amor, la historia pudo centrarse en la síntesis de los mismos, la libertad. Así dio comienzo otro milenio aproximado, llamado Medievo, el de la formación unitaria de la síntesis de la ->libertad. Se caracterizó por una discreta e imponente creatividad del pueblo y un sentido muy popular de los creadores, y por una tendencia interiorizadora. En oriente y en occidente, primero se completó la integración ya iniciada de las culturas grecorromana y judía con las de otros muchos pueblos germanos, eslavos y musulmanes. Después, en la etapa románica, brotaron las lenguas europeas, se descentralizó el poder no supranacional a través del feudalismo, y tuvieron lugar las primeras cortes, de ámbito local y precisamente en España. En la etapa gótica se alumbraron las universidades y se inició la reorganización del poder político en torno a los monarcas y sus naciones. Nuestra época moderna, continuadora de esa búsqueda de la libertad, ha otorgado hasta fechas recientes el protagonismo a los nacionalismos. En torno a los poderes nacionales se han extendido desde Inglaterra (revolución liberal), EE.UU. (independencia) y Francia (revolución francesa) experiencias parlamentarias de representación popular que han avanzado hasta el sufragio universal y la separación de poderes. La expansión mundial de los nacionalismos ha generado un multinacionalismo económico de empresas oligopólicas que condicionan drásticamente la democracia.

La historia del pensamiento acerca de la democracia y sus fundamentos se ha entrelazado con la historia de los hechos en pos de la misma. Y como los hechos históricos, son pocos, y sobre todo recientes, los pensadores que podríamos considerar exentos de aspectos antidemocráticos. No obstante, cabe describir cierta bifurcación, en ningún caso maniquea, entre autores que más bien han abierto camino a la democracia, y los que se lo han cerrado aun pretendiendo lo contrario. En Sócrates ya descubrimos bases de la primera alternativa directriz, la humanista y naturalista, atributos a su vez basados respectivamente en la compresión equilibrada de la bondad del hombre y en el realismo moderado. No cayendo en una ingenua autoidolatría, hemos de reconocer una natural bondad del hombre, o de otro modo, sólo quedaría exigir la dictadura que le controlase, como han hecho los abogados más radicales y consecuentes del totalitarismo, como Hobbes. Tal bondad es muy lábil y desviable, pero, en tanto se saca a flote, el humano desarrolla su propia naturaleza y es señor de sí. Por otro lado, carentes de un realismo epistemológico, nos abocamos al subjetivismo y el puro convencionalismo, de donde resultaría una democracia arbitraria y muy peligrosa, por quedar sin principios objetivos de protección para los débiles. Pues bien, Sócrates da ejemplo de confianza en la capacidad moral e intelectual del hombre. Platón, paralelamente, resalta la importancia que para el autogobierno tienen la virtud y la filosofía, aunque en el plano sociopolítico yerra en reservarla rigurosamente para una elite. Aristóteles también acertó a ver al ciudadano como humano, con su sociabilidad natural y su vocación a la felicidad contemplativa, pero no siempre reconoció al humano como ciudadano, pues de toda su avanzada organización legislativa (separación de poderes y otros equilibrios de poder) excluía a los esclavos. Cicerón defendió el orden republicano, oponiéndose a la autocracia, y en su función de la naturaleza humana argumentó la identidad entre lo útil y lo honesto. San Agustín consagró definitivamente un sentido lineal de la historia, dejando abiertas las puertas a la libertad. Los escolásticos medievales como santo Tomás de Aquino, Juan de París y Marsilio de Padua avanzaron la soberanía y la representatividad popular. Las reafirmaron los escolásticos y humanistas modernos como Vitoria, Suárez y santo Tomás Moro, quienes, además, iniciaron la formulación y sistematización de los derechos humanos e internacionales. Locke valoró el trabajo como fuente de propiedad e influyó en la difusión del parlamentarismo; mas, pese a su intención de mantener el derecho natural, él mismo lo resquebrajó con su contractualismo individualista y mercantil. Célebre por su tripartición de poderes en ejecutivo, legislativo y judicial, Montesquieu confirmó el fundamento jurídico natural, que complementó con el espíritu general o idiosincrasia de cada pueblo, y el valor moral como principio de todas las formas de gobierno, tipificando la república-democrática por la virtud de los ciudadanos, igualitarios, sencillos en costumbres y sacrificados por el bien común; acusó, sin embargo, cierto etnocentrismo. De Tocqueville distinguió las instituciones y costumbres políticas respecto de las ideas, sentimientos y costumbres privadas; subrayó la necesidad de equilibrar los valores claves de la democracia, libertad e ->igualdad, considerando esta como más definitoria.

La alternativa a la corriente humanista y naturalista es la pragmatista y contractualista, asentada en el pesimismo antropológico y en el escepticismo, sobre todo de base nominalista. Sus recurrentes fases de euforia, como en la Ilustración, se impulsan desde ilusorias expectativas de grandiosas y definitivas metas, mecánicamente alcanzables mediante un determinado procedimiento. Estas distan mucho de las genuinas aspiraciones humanas y, al no cumplirse, dan paso a una general desilusión y a un reconocido pesimismo. La lucha y la violencia suelen presentarse como eje de la historia. La ley del más fuerte ya se propuso entre los sofistas, que descollaron por su escepticismo, su pragmatismo y su convencionalismo. Maquiavelo instituyó un divorcio entre ética y política o, mejor dicho, entre el bien común y el interés particular de quien quiere mantenerse en el poder a toda costa. Hobbes apeló a una condición humana individualista, belicosa, egoísta y anárquica, conducente a la ->guerra de todos contra todos. Pero, porque todos tenían derecho a todo, la única vía de sobrevivir a la guerra general por acaparar, era que todos renunciasen a todos sus derechos en favor de un Estado absolutista que mantuviese por cualquier medio el orden. Aquí se aprecia cómo el individualismo conduce al colectivismo. Bodino y Bossuet representan la tergiversación del cristianismo para sacralizar el absolutismo monárquico. Rousseau defendió su ginebrino sufragio universal, aunque sólo masculino. Por desgracia, concibió la soberanía popular como mero fruto de contrato social por intereses y no como la expresión de la inherente soberanía y sociabilidad de cada persona del pueblo. En la sociedad, origen de todo mal, la dignidad de la persona queda sometida a una leviatánica y sacralizada voluntad general. Liberales como Guizot y Constant propugnaron la oligarquía plutocrátiea burguesa, si bien fue meritoria su defensa de algunas instituciones y libertades cívicas. El historicismo colectivista y determinista se extremó en Hegel, quien estipuló una versión metafísica del contractualismo racionalista, a través de una realidad toda Razón autofundante y maquiavélica. La dialéctica de contrarios racionales de Hegel se convierte en la lucha de clases de Marx, la cual debía conducir ineludiblemente a la sociedad sin clases, por medio de la dictadura del proletariado.

II. LA DEFINICIÓN ÉTICA DE LA DEMOCRACIA COMO LA DEFINICIÓN ORIGINARIA. La democracia es una gran solución, pero con muchos problemas. La complejidad de vivir democráticamente se extiende tanto a sus numerosas aplicaciones prácticas como a su definición y fundamentación teóricas. La democracia hace madurar al máximo a un pueblo, pero también requiere de él la máxima madurez posible. A sus teóricos impele a una interdisciplinariedad y una profundización a las que pocas veces están dispuestos, prefiriendo circunscribirse al campo político y, dentro de este, a los procedimientos institucionales. Ahora bien, es posible hallar un punto de partida sólido y universalmente admitido para conceptualizar la democracia: su definición etimológica e histórica. Efectivamente, la democracia consiste, ante todo, en que el pueblo ejerza el poder, en su autogobierno. Podemos definir pueblo como la sociedad secular de familias que, en su convivencia y corresponsabilidad, ha creado y mantiene una cultura distinta. La tarea ardua al desarrollar la definición de democracia estriba en el concepto de poder Algunos han supuesto que un pueblo es poderoso cuando supera a otros, ya en ejercicio, ya en tecnología, ya en dinero y propiedades. Pero tales posesiones pueden simultanearse con todo tipo de esclavitudes populares y, en todo caso, no son lo más propio del pueblo. Igual que las personas que lo constituyen, un pueblo es realmente poderoso en la medida en que es dueño de sí, es él mismo, en su humanidad y en su típica creatividad cultural. Ser poderoso es poder ser uno mismo, desarrollar creativamente la propia naturaleza. De esta manera, la definición de la democracia hace que nos remontemos a la ->antropología. Así recordamos que el ser humano, tomado como individuo o en su dimensión social, se distingue, ante todo, por su inteligencia comunicativa y su voluntad sin límites, conducentes ambas al libre albedrío. Las expresiones máximas de estos rasgos tan humanos son respectivamente el diálogo, el amor y la libertad. De ahí que un pueblo es más dueño de sí mismo cuanto más dialogante, amoroso y libre sea. Aquí advertimos cómo la cuestión se centra en la ética, pues diálogo, amor y libertad son realidades humanamente muy valiosas y, por tanto, constituyen valores morales. Además, en cuanto vivencias principales de la bondad humana, son virtudes (->virtud).

El diálogo constituye la comunicación verbal de racionalidad sopesada y compenetradora. Representa la necesaria orientación del pueblo hacia el conocimiento de sí mismo y de la mejor forma de gobernarse, y hacia la verdad en general. El darse y el acoger con plena gratuidad distintivos del amor se aglutinan en el identificarse como don para el máximo bien de la persona. Un pueblo que se entiende, también ha de saber quererse y querer bien para dirigirse a sí mismo, lo cual sólo es posible si el amor reina en sus relaciones sociales. El amor incluye la fraternidad y las otras formas de amar. Y junto al diálogo, concreta el valor tantas veces manipulado e indefinido de la igualdad: la verdadera igualdad edificante, y armonizada con la justa diferencia, se establece entre quienes de veras dialogan y se aman. La libertad sintetiza el diálogo y el amor, no siendo sino el poder de ser quien se ha de llegar a ser en cuanto persona. Abarca tanto el polo subjetivo de la conciencia como el objetivo del bien personal. El pueblo que conoce y quiere profundamente a su ser y su consiguiente deber ser, vivencia su autorrealización, el cumplimiento fiel y creativo de su libertad. La autorrealización de la persona como miembro de un pueblo es justamente el valor global de la democracia. Los tres valores centrales definidores de la misma son tres poderes principalísimos de la persona como tal, que constituyen un grande y auténtico poder de la persona, el de regirse a sí misma y crecer en lo más propio de sí y de su ->dignidad.

La ética en la democracia, por tanto, no resulta ajena o inconciliable con las exigencias más prácticas de la política, ni siquiera tan sólo un mero presupuesto democrático, sino que viene a definir el núcleo mismo del ser demócrata y la entraña moral que da sentido a la política. ¿Acaso el bien común, tantas veces invocado como fin de la política, se reduce exclusiva o principalmente o un bien material que no afecta a lo espiritual y moral? ¿Pero no se ocupa la política, por ejemplo, de la educación y la cultura? ¿Pueden los diversos tipos de bien tener un sentido humano si se desligan de su referencia moral a la liberad? La definición ética de la democracia no representa un moralismo puritano ni un confesionalismo encubierto, sino una visión más auténticamente humana de ella, que como concreción eminente de nuestra libertad más íntima no puede ser algo externo o superficial, ni un simple mecanismo o procedimiento legal. Por encima de todo se es persona demócrata, se vivencia la democracia, pero no se vivencian unos mecanismos, sino unos valores, los que precisamente hacen poderosa a toda persona como protagonista de su pueblo y, así, lo avaloran. Como profundización o dilucidación de un amplio planteamiento antropológico y humanista, el tronco de la democracia es una moral ciudadana, distinta de las diversas morales dictatoriales, colectivistas, individualistas o supuestamente formales o procedimentales, las cuales terminan convergiendo.

El tronco de vivencia moral de la democracia necesariamente se ramifica en todos los órdenes de la vida social, política, económica y cultural, adaptándose según la relativa autonomía de cada área, sobre todo en sus aspectos más técnicos, pero vivificándolos con su savia única. Son las hplicaciones sociológicas, pedagógicas y económico-politológicas de la democracia. Por su parte, el mismo tronco de la vivencia moral de la democracia se centra y se especifica en la unidad de los valores del diálogo, el amor y la libertad, que constituyen la autorrealización social de la persona, mas no son los únicos valores democráticos, sino que abarcan e implican otros muchos. Los valores previos de la democracia representan el general grado de humanismo imprescindible para acceder a una vivencia auténtica democrática, el bien común mínimo que todos los ciudadanos y medios públicos deben respetar sin excusa alguna. No se trata de rigorismos ni de desatención a las consecuencias, pues las peores consecuencias sobrevienen a raíz de desatender estos principios. Los valores previos son: la ->vida, esfera que envuelve todos los demás valores y cuya intrínseca ->dignidad no es confundible con su depreciación hedonista y utilitarista; la identidad, la autoconciencia y la autoestima personales, familiares y populares; la ->paz, el estado armónico general que condiciona el poder aprovechar la vida y la propia identidad; el ->trabajo, el desarrollo activo de la identidad posibilitado por la paz. Por otro lado, los valores consecuentes son los que brotan de los centrales, explicitando las inmediatas y generales consecuencias axiológicas y vivenciales de aquellos, y orientando las aplicaciones democráticas. a) Los valores (->valor) consecuentes destacados en diálogo son: la asociación militante, comunitaria y autogestionaria, generadora de tejido social, frente ora al estatismo ora a la privatización piramidal de la sociedad; las humanidades, que intentan descubrir o cultivar lo más humano; el cosmopolitismo, el sentirse ciudadano responsable del mundo y de la historia, y de defender la democracia para todos y cada uno de los pueblos de la tierra; la ->humildad, conocer y vivenciar la verdad sobre sí mismo, guiándose por ella; la apertura a la ->trascendencia, la aspiración a vivenciar y seguir la verdad última sobre sí, a una respuesta sin límites a nuestro querer sin límites y a la liberación completa y definitiva. b) Los valores consecuentes destacados en amor son: la opción por los marginados (->marginación), dada por el sentido de la igualdad y de la dignidad de la persona; el juego y la celebración, el puro goce gratuito de estar con otros y de vivir la vida; la ->belleza, por la que un pueblo estéticamente culto vivencia la bondad de su poder de ser y lo manifiesta con su estilo creativo y armonioso. c) Los valores destacados en libertad: la libertad de conciencia y de manifestación, la de poder formar una recta conciencia y la de dar y recibir dignamente toda clase de información; la técnica, que libera tiempo y energías para el cultivo espiritual y ahorra muchos sometimientos; el desprendimiento de todo lo que nos desviaría de nuestro propio crecimiento; la valentía, el necesario salto creativo en el misterio de la libertad.

Así las cosas, definamos el ser y el valor de la democracia como la vivencia popular de las personas, centrada en el diálogo, el altruismo y la libertad, en la que se autorrealiza social y popularmente en su globalidad cualquier persona. La definición ha sido fruto de centrar la democracia en la persona, la persona en la moral, la moral en la vivencia y la vivencia moral democrática de la persona en el diálogo, el amor y la libertad populares. Coincide así con el desarrollo histórico de la democracia, constituyendo un proceso educativo de la humanidad y de sus pueblos. La definición, como proyección social de la naturaleza humana madura, es la mínima y la máxima de la democracia, la de lo que somos y de lo que podemos ser, la de lo que es y debe ser la vida democrática. Se trata de desarrollarnos hacia lo que nuestro ser está llamado.

Esta concepción de la democracia choca hoy especialmente con el procedimiento de autores como Bobbio y Kelsen, pertenecientes a la corriente formalista, de raigambre kantiana, y contractualista. La llamada democracia orgánica no es orgánica ni democrática, pues el tejido social democrático no se amolda a su rígido corporativismo y caudillismo, que desconoce la igualdad y potencia moral de cada persona. Otra clara tergiversación de la democracia es la marxista democracia popular que de popular no tiene nada, ya que es una dictadura de partido único. La democracia orgánica y la democracia popular están suficientemente desenmascaradas, pero la democracia formal de los procedimentalistas no tanto. Pese a las críticas, sabe presentarse como el menos malo de los sistemas. Estos formalistas propugnan una democracia aséptica de valores, como simple conjunto de reglas, procedimientos o instituciones para establecer quién y cómo ha de decidir sobre lo público con el beneplácito de la mayoría. Pero, contradictoriamente, ellos mismos no dejan de invocar valores cuando les interesa. Y su supuesto vacío de neutralidad axiológica es aprovechado para introducir una legislación antidemocrática. Teóricamente, el formalismo es una quimera impensable, pues cualquier estructura o procedimiento comporta en sí un sentido, un significado, y se sostiene en función de algo, porque por algo vale. Lo que sí cabe promover es una serie de valores fundamentales y generales, siendo enjundiosos y humanistas, para que nadie tenga por qué sentirse excluido. En la práctica el formalismo se ha demostrado inviable, empezando por casos tan patentes y significativos como el ascenso democrático de Hitler al poder y la victoria en las urnas de los islamistas argelinos.

Como no hay una democracia orgánica, popular, ni formal, tampoco otras tipologías. La democracia es una, la profunda vivencia popular de soberanía. Se dialoga o no, se ama o no, se es libre o no. A partir de ahí, sí hay grados en esa vivencia, siempre perfectible, como su encauzamiento institucional. Justo en este surge una variedad, según el procedimiento para organizar la toma de decisiones de interés público. Así tenemos las llamadas democracias indirectas y directas. No obstante, resulta una distinción más bien académica. Toda auténtica democracia debe tender a ser lo más directa posible a través de la permanente participación efectiva de todos en la vida pública. Por otro lado, una pura democracia directa no se ha dado, ni siquiera en Atenas o Suiza; ni puede darse, porque siempre es necesario delegar una serie de cargos decisorios o políticos. Además, al acto delegatorio, dentro de unos límites más restringidos de los habituales del cheque en blanco, representa un acto tan humano como el de otorgarse confianza entre las personas.

III. LAS APLICACIONES PARA LA ACCIÓN Y LA MILITANCIA DEMOCRÁTICAS. Las consecuencias operativas y los instrumentos de la democracia, por los que debemos luchar como personas demócratas, son numerosísimos en todas las áreas sociales, educativas, económicas y políticas; por lo que sólo esbozaremos algunas aplicaciones más urgentes. Básico es para frenar la masificación y la atomización, las oligarquías y la reclusión en el egoísmo de lo privado, el regenerar el tejido social, favoreciendo la familia como núcleo de convivencia social, el asociacionismo militante, la urbanización no masificada y la reconciliación campo-ciudad. Frente al estatismo, propongamos un Estado subsidiario, pero no impasible ante las injusticias públicas. En educación es una amplia tarea comunicar ciencia y ciencia humanista, junto a la denuncia argumentada de la falsificación de la democracia en la mayoría de los países que dicen poseerla magistralmente. Niegan la democracia: el hambre al que sometemos a la mayor parte de la humanidad, por medio de un injustísimo comercio internacional sin verdadero libre mercado, y de un capitalismo de multinacionales; el abortismo internacional impuesto por multimillonarias organizaciones neomalthusianas; la manipulación ideológica e informativa de carácter maniqueo y simplista, como la del encasillamiento en derechas e izquierdas; la persistente discriminación racista y sexista. En política, urge destronar la corrupta partitocracia, los caudillos demagógicos y el general analfabetismo político, y reclamar una verdadera separación de poderes, listas abiertas y no bloqueadas, límites a la reelección de un candidato y un efectivo control popular de los excesos de los poderes públicos y privados. Ante la actual omnipotente economía liberémonos en el Norte (->Sur-Norte) del materialismo consumista, de la desmedida especulación financiera y del letal tráfico de armas, dando paso a una economía cooperativista, autogestionaria y de intercambio internacional solidario de bienes, que es la única realista por ser la única que no mata.

VER: Anarquismo, Contractualismo, Derecha e izquierda, Estado, Ética política, Federalismo, Ideología, Marxismo y persona, Nacionalismo, Socialismo.

BIBL.: BERTI E., Valor¡ morali e democrazia, Milán 1986; DAHL R. A., La democrazia economica, Bolonia 1988; DUNN J., Democracia. El viaje inacabado, Tusquets, Barcelona 1995; FISHKIN J., Democracia y deliberación, Ariel, Barcelona 1995; LóPEZ P., La definición ética de la democracia y su fundamentación, Roma 1996; MARITAIN J., Christianity and Democracy, San Francisco 1986; TocQUEVILLE A. DE, La democracia en América, Aguilar, Madrid 1989; TOURAINE A., Qu est-ce que la démocratie?, París 1994; VIDAL M., Ética civil y sociedad democrática, DDB, Bilbao 1984; ZAMBRANO M., Persona y democracia, Anthropos, Barcelona 1988.

P. López López