Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia DEBER


DEBER
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Vamos a ceñirnos a la acepción moral del término deber que corresponde al inglés ought o al alemán sollen. En este sentido, el deber moral consiste en una autoobligación, una autolimitación, cuyo no cumplimiento tiene una sanción interna: el remordimiento de conciencia. Se trata de una obligación aceptada de modo voluntario y razonado. Intentaremos retomar, desde la filosofía contemporánea, dos hitos históricos de extrema importancia para nuestro tema: 1) la dificultad, apuntada por Hume, de pasar del es al debe, y 2) la distinción kantiana entre actuar conforme al deber o actuar por respeto al deber. Por un lado, vamos a mostrar dos intentos de justificar el paso del ser al deber en el pensamiento contemporáneo, haciendo referencia a Kohlberg y a Jonas. Por otro lado, la inspiración kantiana impregna propuestas actuales, como es la ética discursiva que, no obstante, ya no puede ser considerada, como la kantiana, deontológica en sentido estricto. Seguidamente mostraremos la diferente postura que toman Cortina y Guisán al distinguir entre éticas deontológicas y teleológicas (-> teleología). Por último, haremos referencia a los actos que están más allá del deber exigible moralmente: los actos supererogatorios, según los expone Agnes Heller.

1. DEL «ES» AL «DEBE». La falacia naturalista consiste en la derivación de enunciados en los que aparece el verbo debe, a partir de enunciados en los que aparece el verbo es. El autor clásico que muestra su sorpresa ante este tipo de derivación es Hume1. Del hecho de que las cosas sean de tal o cual modo no parece concluirse lógicamente que alguien deba hacer esto o lo otro.

Kohlberg demuestra, apoyándose en los datos recogidos sobre respuestas a dilemas morales, que los hombres, desde la niñez hasta la madurez, pasan por seis etapas del desarrollo moral. La evolución a través de estas etapas sigue siempre el mismo orden, de menor a mayor, de manera que, una vez alcanzada una etapa más alta, ya no se puede retroceder. Estas etapas son las mismas para todos los hombres, independientemente de la cultura, el país o la época histórica a la que pertenezcan. Partiendo de esta base, Kohlberg afronta el problema de la falacia naturalista2, haciendo una división de tareas entre dos ciencias: 1) El es lo ofrece la psicología, pues es un hecho que las etapas del desarrollo moral existen. 2) El debe es la aportación de la filosofía, justificando por qué es preferible alcanzar etapas superiores en el desarrollo moral. La meta es la etapa 6, en la cual los sujetos se rigen por principios morales universales. Kohlberg justifica que debemos tender hacia la etapa 6, con argumentos propios de la filosofía de Kant y el concepto reversibilidad de Rawls. Hay dos principios básicos en la etapa 6 que expresan obligación moral: 1) Todos los hombres tienen un valor-en-sí, por ello deben ser tratados como fines y no sólo como medios. 2) Las pretensiones de todos los hombres deben ser igualmente consideradas.

Jonas supera la famosa brecha entre ser y deber mediante la fundamentación de lo bueno ->bien- en el ser. El ser de lo bueno tiene en sí la pretensión de venir a la realidad. Esa pretensión se convierte en un deber tan pronto como existe una voluntad que, a través de la acción, puede traer lo bueno a la realidad. Con ello la ->axiología se convierte en una parte de la ontología. La Naturaleza tiene fines, y lo bueno es alcanzar esos fines. Lo malo acontece cuando los fines no son alcanzados. Preguntarse en primer lugar si los fines son buenos o malos no tiene sentido, pues lo importante es que lo bueno-en-sí- poseer fines- debe ser. Jonas maneja un concepto de bueno como independiente de nuestras opiniones o deseos, y por ello lo bueno tiene que ver con el deber. Así escribe: «Lo independientemente bueno exige convertirse en fin. No se puede obligar a la voluntad libre a hacerlo su fin, pero se le puede arrancar el reconocimiento de que esa sería su obligación. Siempre que no se le obedece, se muestra el reconocimiento en el sentimiento de culpa»3. El problema para Jonas es más bien el paso del deber al querer Por ello nos dice que una teoría de la responsabilidad -como la que él defiende- está obligada a distinguir dos partes: 1) el fundamento racional de la obligación de un deber, y 2) el fundamento psicológico de su capacidad para mover a la voluntad. La primera parte es objetiva y tiene que ver con la razón. La segunda parte es subjetiva y tiene que ver con los sentimientos.

II. DEBER, FIN Y CONSECUENCIAS. Apel acepta la noción de moral posconvencional expresada por Kohlberg, y considera que sus dos rasgos son la universalidad y la ->autonomía. Estos dos rasgos también son propios de la ética kantiana, pero Kant se halla aún inmerso en el solipsismo metódico de la filosofía de la conciencia, pues no conoce -hecho que le recrimina Apel- ni un concepto de la intersubjetividad (Tinterpersonalidad) trascendental, ni un concepto de la eticidad realmente existente, dada con anterioridad al individuo. Apel ha criticado a Kohlberg el incurrir en una ética de la intención que -como la kantiana- no atiende a las consecuencias. Esto no ocurre en el caso de Jonas. Para este autor, el imperativo categórico de Kant es abstracto, pues apela a la voluntad de coincidencia de la razón consigo misma, en un reino hipotético de seres racionales que existen al mismo tiempo. Según Jonas, lo más importante es que la sucesión de las generaciones en el tiempo debe continuar Por ello, formula el imperativo categórico así: «Actúa de tal manera que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de verdadera vida humana sobre la tierra»4.

Apel acepta el principio de ->responsabilidad de Jonas, que amplía el imperativo categórico de Kant, atendiendo a las consecuencias y efectos secundarios de las acciones humanas. Pero Apel, además, lo complementa con el télos del ,progreso. Apel, que designa a su propuesta con los términos cognitivista, formalista y universalista, añade: «Sólo vacilando, y no sin reservas, puedo aceptar el predicado deontológica para la ética discursiva»5. Él considera su ética como deontológica, en la medida en que plantea la pregunta por lo obligatoriamente debido para todos los seres racionales, previamente a la pregunta por el télos -el fin- de la vida buena o la felicidad. Pero las reservas que mantiene este autor sobre el deontologismo se deben a que una ética deontológica sugiere una ética formal de la buena voluntad en sentido kantiano; ética que prescinde de la pregunta por los fines y las consecuencias de la acción. En este punto, Apel amplía la postura de Jonas, defendiendo no sólo la conservación del ser-ahí y la dignidad de los hombres, sino también una ética del progreso6 en la realización de la ->'dignidad humana.

La parte B de la ética apeliana del discurso se entiende como una ética de la responsabilidad orientada a la historia, la cual tiene una dimensión teleológica. El télos de Apel -que sirve de medida para el progreso ético de la humanidad- consiste en la realización, a largo plazo, de las condiciones de aplicación de la ética del discurso. Esto se logra, en primer lugar, conservando la comunidad real de comunicación haciendo uso, si es preciso, de la acción estratégica contra la acción estratégica de los demás y, en segundo lugar, tendiendo, en dicha ,comunidad real, a la realización de la comunidad ideal de comunicación, donde los conflictos se resuelven a través del consenso entre los afectados, dialogando en condiciones de simetría. Según Apel, este télos mismo es un principio regulativo válido universalmente para la acción de cada hombre y, por esto, un deber incondicional.

Para Habermas, las normas morales -que expresan el deber moral- valen con independencia de su puesta en vigor, conllevan sanciones internas -como el autorreproche- y definen una situación metainstitucional. Pero las normas morales, por sí solas, son muy limitadas para regir las acciones humanas en la realidad. Por ello, precisan complementarse mediante las otras dos dimensiones en que se estructura la racionalidad práctica: las normas jurídicas y el discurso político. En Habermas, la realización en la praxis de los principios morales supone acudir a otro tipo de conocimientos no estrictamente morales -derecho, política, economía, etc-. Estas dimensiones serán racionales si exigen la participación de todos los afectados por las determinaciones que desde ellas se tomen. El deber moral básico, en Habermas, consiste en establecer las «condiciones necesarias, pero generales, para una praxis comunicativa y para un procedimiento de formación discursiva de la voluntad»7.

III. DEONTOLOGISMO VERSUS TELEOLOGISMO. Se consideran éticas deontológicas (del griego déon, deber) aquellas que encuentran en el deber mismo incondicionado el elemento moral de la acción. Su punto central de interés está constituido por lo moralmente exigible, que consiste en atender a los intereses generalizables. Según explica Cortina, para las éticas deontológicas contemporáneas -como la de Kohlberg, la de Rawls o la ética del discurso-, la tarea moral consiste en «decidir qué reglas mínimas hemos de seguir para que cada uno viva según sus ideales de felicidad»8. Cortina, que se inscribe en esta línea, sitúa la esfera del deber en los mínimos exigibles universalmente, mientras que los máximos sustanciales de felicidad no se pueden exigir, sino únicamente proponer. Mientras que en las éticas deontológicas el concepto central es el deber, lo correcto, lo exigible, en las éticas teleológicas (télos, fin) el concepto estelar lo constituye lo bueno. El deber es el correlato de un supuesto de recho natural, fundamental o consensuado, o de un principio decretado por la razón, la comunidad dialogante, etc.

Las éticas teleológicas, en cambio, proponen un fin que, en todas ellas -asegura Guisán-, es el desarrollo y autodespliegue del ser humano, su emancipación y, por consiguiente, su ->felicidad. Guisán considera superiores las éticas teleológicas o de consecuencias a las deontológicas porque, según esta autora, las éticas teleológicas garantizan la imposibilidad del estancamiento, el inmovilismo y el dogmatismo. Sin embargo, como ha apuntado Cortina, este tipo de críticas ya no son adecuadas para las éticas deontológicas contemporáneas que, como hemos visto en el caso de la ética del discurso, introducen un télos y tienen en cuenta las consecuencias de las acciones. La tendencia actual en torno a esta discusión consiste en evitar los extremos y adoptar una postura conciliadora o híbrida. La propia Guisán nos dice que, en una ética teleológica como es el utilitarismo, se establecen diferencias entre el utilitarismo del acto y el ->utilitarismo de la regla, y este último conserva algo de deontologismo kantiano. Guisán llega a afirmar que «la referencia a principios no ha estado nunca totalmente ausente en las éticas teleológicas»9.

IV. ACTOS SUPEREROGATORIOS. Los actos supererogatorios son aquellos que están situados por encima de los deberes generalizables, porque son excesivos, heroicos, propios del santo. Estos actos están situados más allá del deber merecen nuestra más sincera aprobación por la altura moral que demuestran, pero no pueden ser moralmente exigidos con carácter universal a todos los seres racionales.

Agnes Heller se refiere a estos actos diciendo que están situados más allá de la ,justicia, y nos ofrece algunos ejemplos: «Quien no le vuelve la espalda al injustamente perseguido que busca cobijo, sino arriesga la libertad, arriesga la vida, para ayudar a esa persona, va más allá de la justicia. Quien dice lo que piensa, a sabiendas de que, haciéndolo, pone en peligro su trabajo o su posición social, va más allá de la justicia. Quien da buen consejo en una disputa familiar y se arriesga a ser odiado por todas las partes en conflicto, va más allá de la justicia»10. Según Heller, en nuestro mundo presente no es posible ser honrado sin ir, a veces, más allá de la justicia, más allá de lo exigible moralmente, más allá del deber.

NOTAS: 1 D. HUME, A Treatise of Human Nature, Clarendon Press, Oxford 1975, III, 1, 1. -2 Cf L. KOHLBERG, From Is to Ought: How to Commit the Naturalistic Fallacy and Get Away with It in the Study of Moral Development, en The Philosophy of Moral Development: Moral Stages und the Idea of Justice, 101-189. - 3 H. JONAS, Das Prinzip Verantwortung. Versuch einer Ethikfür die technologische Zivilisation, 157. - 4 ID, 36. -5 K. O. APEL, ¿Límites de la ética discursiva?, 235. -6 Cf ID, Diskurs und Verantwortung. Das Problem des Übergangs zur postkonventionellen Moral, 179-216. -7 J. HABERMAS, Die neue Unübersichtlichkeit, Suhrkamp, Frankfurt am Main 1985, 161. -8 A. CORTINA, Ética sin moral, 95. -9 E. GUISAN, Introducción a la ética, Cátedra, Madrid 1995, 42. -10 A. HELLER, Beyond Justice, c. 7.

VER:  Bien y bien común, Ética (fundamentación de la), Ética (sistemas de), Valor, Virtud, Voluntad.

BIBL.: APEL K. O., ¿Límites de la ética discursiva?, Epílogo al libro de CORTINA A., Razón comunicativa y responsabilidad solidaria. Ética ),política en K. O. Apel, Sígueme, Salamanca 1985; ID, Diskurs und Verantwortung. Das Problem des Übergangs zur postkonventionellen Moral, Suhrkamp, Frankfurt am Main 1988; CORTINA A., Ética sin moral, Tecnos, Madrid 1990; ID, El quehacer ético. Guía para la educación moral, Aula XXUSantillana, Madrid 1996; GARCÍA MARIA D., Ética de la justicia, Tecnos, Madrid 1992; ID, Deber, en CORTINA A. (dir.), Diez palabras claves en Ética, Verbo Divino, Estella 1994, 71-100; GUISAN E., Introducción a la ética, Cátedra,1 Madrid 1995; HABERMAS J., Conciencia moral y acción comunicativa, Península, Barcelona 1985; ID, Faktizität und Geltung. Beiträge zur Diskurstheorie des Rechts und des demokratischen Rechtsstaats, Suhrkamp, Frankfurt am Main 1992; JONAS H., Das Prinzip Verantwortung. Versuch einer Ethik für die technologische Zivilisation, Suhrkamp, Frankfurt am Main 1984; KOHLBERG L., The Philosophy of Moral Development: Moral Stages and the Idea of Justice, Harper and Row, San Francisco 1981; RAWLS J., Teoría de la justicia, FCE, México 1979.

J. C. Siurana Aparisi