Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia 6. JESÚS A LOS DOCE AÑOS EN EL TEMPLO.

 

6. JESÚS A LOS DOCE AÑOS EN EL TEMPLO.

La relación lucana sobre la infancia del Salvador está integrada por un pasaje que introduce al lector en los umbrales de la madurez incipiente de Jesús (Lc 2,41-5 la).

Todos los años, nos cuenta Lucas, María y José solían dirigirse a Jerusalén para la fiesta de la pascua (v. 41). Al cumplir los doce años, también Jesús subió en esa misma ocasión de Nazaret a Jerusalén en compañía de sus padres (v. 42). Y durante su peregrinación inicial al templo dio lugar a su primera manifestación como Hijo de Dios (v. 49).

También se ha escrito mucho sobre esta página. La monografía más completa sigue siendo la de R. Laurentin (1966). Aquí ofreceremos una panorámica sustancial de las diversas cuestiones discutidas, ,para formular finalmente un juicio global.

a) ¿Modelos extrabíblicos? A propósito de los personajes famosos se advierte una tendencia común en muchas literaturas. Se describe la niñez de esos sujetos anticipando a aquella edad las características que tendrán luego de adultos. Se abre de este modo un atisbo hacia su futura grandeza. Fuera del mundo judío se pueden recordar los relatos sobre Buda (India), Osiris (Egipto), Ciro (Persia), Alejandro (Grecia), César Augusto (Roma) 51... En el área de la cultura judía encontramos también ejemplos de madurez precoz, de la que dieron pruebas algunos protagonistas de la historia bíblica. Abrahán, por ejemplo, antes de llegar a los catorce años se había afianzado ya en la convicción de que la idolatría y el culto a las imágenes eran graves errores 52. De Moisés se dijo que su sabiduría no crecía con la edad, sino que la superaba en mucho 53; ya desde su niñez se destacaba por su ciencia, su inteligencia y su sabiduría 54. Samuel empezó a profetizar cuando cumplió los doce años 55. Salomón, a esa misma edad, subió al trono y fue en aquella edad cuando pronunció su famoso juicio sobre las dos meretrices 56. Siguiendo además la versión siro-héxapla, Daniel estuvo dotado desde los doce años de un espíritu de inteligencia que lo hacía más sabio que las personas adultas.

Lucas conocía fácilmente estos modelos, que formaban parte de los cánones historiográficos de la época. Pudo haberse inspirado en ellos, no para crear un relato ficticio (cf Lc 1,1-4), sino más bien para transmitir la memoria de un hecho que inauguraba (por así decirlo) la primera madurez de Jesús y que hacía vislumbrar misteriosamente los desarrollos sucesivos de su misión pública.

También en relación con Lc 2,4151 a -se destaca acertadamente- es obligado tener en cuenta las analogías y los contactos con otras literaturas; pero lo que importa sobre todo son las notables diferencias que hay entre Lucas y los demás autores. Como siempre, la humildad y la veracidad de la encarnación de Dios confieren a este episodio un estilo y una andadura que no encuentra parecidos fuera de esta página bíblica.

b) ¿Un relato prelucano? Algunos exegetas ven con simpatía la hipótesis de que en la base de Lc 2,41-5Ia hubiera un texto original previo, que el evangelista habría elaborado como propio. Van Iersel, por citar un nombre, supone que el relato primitivo estaba compuesto por los vv. 41-43.45-46.48-50, mientras que los añadidos deberían situarse en los vv. 44.47, que él considera de naturaleza novelística 57. Sea de ello lo que fuere, observa Brown, en el episodio hay huellas de estilo lucano por todas partes; por eso "si había un relato prelucano, hay que reconocer que Lucas lo ha reescrito a fondo" (El nacimiento del Mesías...503).

c) Los términos del episodio. Lc 2,41-51a tiene una evidente unidad literaria. Efectivamente, la perícopa está redactada según un esquema de revelación, que se articula en tres momentos: subida a un lugar alto (generalmente un monte), revelación y bajada. Se encuentran referencias copiosas de este mismo cliché en toda la biblia58. En nuestro caso es claramente reconocible:

• José, María y el niño suben (v. 42: anabainóntón; cf el v. 41: eporéuonto: se dirigían) a Jerusalén, al templo, situado precisamente en el "monte santo" del Señor (cf Sal 2,6);

• en el templo Jesús revela su sabiduría dialogando con los doctores de la ley; luego dirige una palabra (envuelta en el misterio) a sus padres sobre su propia filiación divina (vv. 48-50);

• finalmente, Jesús desciende (v. 51 a: katébe) con sus padres a Nazaret.

Así pues, los límites lingüísticos del episodio del templo están marcados por las expresiones anabainónIon autón (v. 42; cf v. 41) y katébe met' autón (v. 5l a). El aoristo katébe (descendió) subraya la acción puntual que pone fin al relato (v: 5la), mientras que los imperfectos estaba sometido (v. 51 b), guardaba (v. 51 b) y crecía (v. 52) describen la duración continuativa de todo lo que acontecía en la casa de Nazaret 59.

d) "A los doce años" (v. 42). ¿Por qué motivo recoge Lucas esta indicación cronológica? La cultura judía fijaba algunos criterios orientativos para establecer los comienzos de la edad madura (de la autodeterminación) y aquellos en los que comenzaba para cada uno de los judíos la obligación de observar la Torá, la ley de Moisés.

1) Los comienzos de la edad madura. Como principio general, Filón admite que una persona está, ya dotada de razón a los siete años, aunque solamente a los catorce se hace plenamente dueña de su mente 60. Sobre los límites de la menor edad, R. Chisda (+ 309) refiere esta sentencia: una niña es menor de edad hasta los once años y un día; un niño, hasta los doce años y un día61. Sobre la tutela de la patria potestas, la academia de la ciudad de Usha, en Galilea -según el testimonio de R. Isaac-, estableció que el padre tenía que tener paciencia en la formación del hijo hasta que éste alcanzase la edad de doce años; después podía recurrir a las medidas fuertes 62. Y R. Eleazar ben R. Simón (h. 180) enseñaba que un padre responde de su hijo hasta la edad de trece años; después podía decir: "¡Bendito aquel que me ha librado de la responsabilidad de este hijo!" (Gen. Rabbah 63,10).

2) ¿A qué edad obligaba la observancia de la ley? En el judaísmo extrabíblico encontramos varios testimonios según los cuales un adolescente se hace maduro y responsable a la edad de doce-trece años. A partir de entonces contrae la obligación de observar la ley mosaica. Según las normas del Talmud, es considerado entonces como "hijo de la ley" (bar mitzwáh).

Para la observancia de la Torá en general es bastante conocida la prescripción codificada en Abot V, 24, y atribuida a R. Judá ben Tema, un tanaíta: "A los cinco años comienza el estudio de la Biblia; a los diez, el de la Mishnáh; a los trece se aceptan los mandamientos; a los quince empieza el estudio de la Guemaráh; a los dieciocho uno se casa..."

También conocemos las obligaciones relativas a los votos, el ayuno y la peregrinación al templo. En cuanto a los votos, la Mishnáh establece que son válidos los emitidos por una muchacha que tenga doce años y un día; para el muchacho se requieren trece años y un día; por el contrario, hay que examinar los votos hechos antes de los once años y un día para las mujeres y de los doce años y un día para los varones 63. La obligación de ayunar durante todo el día del Kippúr, según las normas de la ley bíblica y no rabínica, comienza a los doce años, en opinión de R. Johanan (+ 279) y de R. Huna (+ h. 350), y a los trece según R. Nachman (+ 320) 64. Pero -comenta la Mishná- conviene iniciar a los niños en esta práctica uno o dos años antes de la edad obligatoria para acostumbrarles a cumplir los preceptos religiosos65. En el tratado Soferim (18,5) se cuenta que en Jerusalén, en la época del templo, los doctores bendecían a los adolescentes que habían terminado su primer ayuno a la edad de once o doce años; pero los que habían cumplido los trece años eran presentados a cada uno de los ancianos para que los bendijese y rezase, a fin de que fueran dignos de estudiar la Torá y ponerla en práctica. La obligación de visitar el templo en las tres fiestas principales (Dt 16,16), según la escuela de Shammai, afectaba sólo a los niños capaces de caminar de Jerusalén hasta el monte del templo; para la escuela de Hillel se extendía también a los niños que podían hacer ese mismo recorrido llevados de la mano de su padree.

Por lo que concierne a Lc 2,42, el evangelista no llega a explicar que Jesús, al cumplir los doce años, estuviera obligado a acudir a Jerusalén. Probablemente era así, aunque no tenemos la certeza absoluta de que las normas talmúdicas mencionadas hace poco estuvieran vigentes en tiempos de Cristo. De todas formas se puede mantener una conclusión, a saber: si Lucas hace mención explícita de los doce años de Jesús, seguramente intenta decir que a partir de aquel tiempo surgía algo nuevo en su estatuto civil. Puede ser indicativo el mismo hecho de que hasta aquí el evangelista aplica a Jesús el diminutivo paidíon, o sea, niño (Lc 2,17.27.40), mientras que en el v. 42 lo define simplemente como páis, es decir, muchacho. Por tanto, es de presumir que a los doce años Jesús se adentrase por los senderos de la madurez; así pues, concluyen algunos, él podía definirse también entonces como "hijo de la ley" (bar mitzwáh).

e) Temas sapienciales. En el estado presente de la redacción lucana se da un estrecho vínculo entre el v. 40 y los vv. 41-51a. En efecto, mientras en el v. 40 Lucas advierte que "el niño crecía y se fortalecía lleno de sabiduría y la gracia de Dios estaba con él", en los vv. 415la ofrece una prueba de esta sabiduría, que atrae la gracia, es decir, la complacencia divina.

Los aspectos sapienciales del episodio de Jesús en el templo los abordamos en la palabra / sabia; remitimos a ella al lector para las debidas verificaciones.

1) Motivos pascuales. Ya la tradición patrística (prescindiendo de una larga lista en la exégesis moderna) interpreta el episodio de Jesús a los doce años en el templo -atendiendo especialmente a la respuesta a sus padres- como una profecía velada de lo que habría de ocurrir en el misterio pascual. El apoyo más consistente para esta explicación nos lo ofrecen los diversos contactos temáticos entre Lc 2,41-51 a y otros pasajes, de los escritos lucanos, en donde se habla de la muerte y resurrección de Jesús, especialmente Lc 24. Lo que experimentaron entonces María y José era una lejana parábola de lo que les tocaría en suerte a los discípulos en el momento de realizar Jesús su paso de este mundo al Padre. Veamos, pues, los mencionados paralelismos, recogidos por la tradición lucana y confirmados en parte por los demás evangelistas.

1) Jerusalén, el templo, la pascua. Tanto la peregrinación de la familia de Nazaret como la muerte y resurrección de Jesús tienen a Jerusalén y al templo como lugar de acción, y la pascua como marco litúrgico.

Jerusalén. Obedeciendo a la ley de Moisés (Éx 23,17; 34,23; Dt 16,16), José y María subían todos los años a Jerusalén para la pascua (Lc 2,41). Cuando Jesús cumplió los doce años, se lo llevaron también consigo (v. 42 con las variantes; luego los vv. 43.45). Pero Jerusalén es también la ciudad donde se realizará todo lo que fue escrito por los profetas sobre el Hijo del hombre (Lc 18,31; cf 13,13). Allí se llevará a cabo el éxodo de Jesús de este mundo al Padre (cf Lc 9,31.51; 24,18; He 4,27); allí tendrán lugar las apariciones de Jesús resucitado a Pedro, a los apóstoles y a los que estaban con ellos (Lc 24,33.36-49; cf He 1,2-4).

• El templo. Es el aula donde los maestros de la Torá impartían su enseñanza. Jesús, aunque de doce años, es descrito con rasgos casi magisteriales: está sentado en medio de los doctores; no sólo les escucha, sino que les hace preguntas; su inteligencia y sus respuestas provocan el asombro entre sus oyentes (Lc 2,4647). Esta escena es un presagio de los antecedentes de la pasión. Llegará el día en que Jesús, venido de Galilea a Jerusalén, se sentará en el templo, donde enseñará todos los días (Lc 19,47a; 21,37a; 22,53); todo el pueblo estará pendiente de sus labios (Lc 19,48b) y acudirá a escucharlo desde muy temprano (Lc 21,38). Pero los sumos sacerdotes, los' escribas y los dirigentes del pueblo se basarán precisamente en esto para eliminarlo (Lc 19,47b-48a; 20,19) 67. Después de resucitar, Jesús irá a morar en el templo celestial, que es la casa verdadera de su Padre. Lo veremos muy pronto.

• La pascua. Es la fiesta para la que José, María y el niño emprenden el viaje a Jerusalén (Lc 2,41; ef Sal 86,3). Es también la ocasión en la que Jesús consumará el holocausto de su propia sangre (Lc 22,1.7.8.11. 13.15; 23,54). Y lo mismo que Jesús se quedó en Jerusalén, en el templo, "pasados los días" de la pascua judía (Lc 2,43), así también dará a los discípulos el pan y el vino de la nueva pascua, de la nueva alianza (cf Lc 22,15.20), "después de cenar" (Lc 22,20), o sea, después de haber celebrado la cena pascual judía, la de la antigua alianza (cf Lc 22,7).

2) Buscando a Jesús con dolor y lágrimas. José y María, angustiados (Lc 2,48), se ponen en busca de su hijo, primero entre los parientes y conocidos y luego en Jerusalén (Lc 2,44.45). Igualmente, en los días de la pasión, los discípulos están angustiados y llorando porque han perdido al Maestro (Lc 24,17; cf Mc 16,10; Jn 16,20-22; 20,11.13.15). Lo buscan (Lc 24,5; cf Mc 16,6; Mt 28,5; Jn 20,15), pero entre los muertos (Lc 24,5; cf Mc 16,6; Mt 28,5).

3) "Después de tres días"; "al tercer día". Los padres de Jesús encuentran al niño después de tres días (Lc 2,46a), en el templo (Lc 2,46b), que es la casa de su Padre (Lc 2,49). De manera análoga, después de tres días de la muerte de Jesús (Lc 24,21) -o sea, al tercer día (Lc 24,7.46 [cf 9,22; 18,33]; He 10,40)- se le revela a la comunidad de los discípulos que Jesús no está entre los muertos (Lc 24,5; cf vv. 23.24), sino que ha resucitado (Lc 24,6.46), que ha entrado en su gloria (Lc 24,26), que ha sido llevado al cielo (Lc 9,51; 24,51; He 1,11.22; cf Jn 14,2; 20,17), que ha sido elevado a la derecha de Dios (He 2,33). Con la pascua se ha resuelto el enigma del loguion del templo: "¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debo estar en la casa de mi Padre?" (Lc 2,49). Ese su "tener que estar en la casa de su Padre", según la intención recóndita de Jesús, significaba el éxito escatológico de su misión: volver de este mundo al Padre mediante la muerte-resurrección. De ahora en adelante es allí donde hay que buscarlo. Para Jerusalén es ya como un extraño (Lc 24,18). Jesús ha disuelto el templo (cf He 6,14). La unidad sustancial de Jesús con el Padre -dirá la tradición joanea- es el verdadero templo de la nueva Jerusalén, de la nueva alianza de Dios con los hombres (Jn 14,20; Ap 21,2-3).

4) La "necesidad" del plan divino. Responde Jesús: "¿No sabíais que yo debo estar en la casa de mi Padre?" (Lc 2,49) 68. La presencia del impersonal griego déi (=es necesario) -argumenta un gran número de exegetas- remite a otro tema pascual de la catequesis lucana. Es decir: que Jesús tuviera que padecer y resucitar al tercer día no era una circunstancia casual; al contrario, todo esto debía cumplirse. La necesidad de este cumplimiento es señalada por Lucas mediante el uso del verbo déi, "es necesario" (Lc 9,22; 24,7.26.44.46 en las variantes): Como en otros lugares del NT 69, esta voz parece asumir una densidad teológica; el proyecto de la salvación tenía que realizarse a través del sufrimiento y de la glorificación del mesías (Lc 24,46), puesto que así lo preveía el plan divino expresado en las Escrituras (Lc 18,31; 24,25.27.32.4446). Pues bien, este mismo verbo aparece también en Lc 2,49b. El que Jesús tenga que estar en la casa del Padre (es decir, tenga que volver a él con la muerte-resurrección) es requerido por la misma voluntad del Padre. Por tanto, es necesario que Jesús se adecue a ello, llevándolo a cumplimiento.

5) La "no-comprensión" : María y José no comprenden lo que les dice Jesús (Lc 2,50). Lo mismo ocurre cuando Jesús les comunica a los discípulos la misión dolorosa que le aguarda. La reacción habitual por parte de ellos es la incomprensión total. La pasión-muerte es un tema que no acaban de entender (Lc 9,45; 18,34; 24,25; cf Mc 8,32; 9,32a; Mt 16,22; 17,23). Más aún, esas palabras quedan totalmente cerradas a su inteligencia, tanto que tienen miedo de dirigirle preguntas sobre aquel tema (Lc 9,45; ef Mc 9,32b).

Hay sin embargo una diferencia entre María y los discípulos. Mientras que éstos tienen miedo de volver sobre la cuestión, María -por el contrario- "conservaba en su corazón" también esas palabras (Lc 2,51 b). Si pensamos en esta actitud de la Virgen a la luz de lo que significa la memoria bíblica en el AT, hemos de concluir que María guardaba en su ánimo aquel enigma, con silenció reverente y activo; está atenta a descifrar su sentido; permanece abierta al misterio y se deja afectar por él.

Delante de Jesús se perfila un camino erizado de espinas. La madre acoge en su corazón también ese designio oscuro de muerte y resurrección. No le es dado a la inteligencia saber cómo tiene que estar Jesús en la casa de su Padre. Sin embargo, la promesa de una resurrección de entre los muertos encuentra un aval de certeza en las continuas liberaciones del dolor y de la muerte que Dios concedió a los padres del AT, el tercer día (1 Sabia III). La Virgen conoce esa historia y se sumerge en ella para aguardar, doliente y vigilante, su tercer día, "el día del Señor".

CONCLUSIÓN. El análisis condensado que hemos hecho en los párrafos anteriores nos permite fijar las siguientes líneas de resumen:

a) La peregrinación de Jesús al templo a la edad de doce años encierra la memoria de un hecho realmente sucedido. Los doce años eran la edad aproximada en que un muchacho judío traspasaba el umbral de la madurez incipiente y por eso mismo (a juicio de algunos exegetas) se convertía en súbdito de la ley mosaica (bar mitzwáh).

b) Al quedarse en el templo sin que lo supieran sus padres (v. 43), Jesús en el momento de encontrarse de nuevo con ellos da lugar a un diálogo que pone a punto dos tipos de exigencias. Por un lado está María, que de forma discreta parece insinuar sus derechos y los de José como padres: "Hijo, ¿por qué has hecho esto? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados" (v. 48). Por el otro lado está la respuesta de Jesús, que, vinculándose a la mención de José como padre suyo (v. 48), pone el acento en otro Padre, el celestial (v. 49). Él es consciente de esta filiación divina. Por eso Jesús da a entender que reivindica para sí cierta autonomía respecto a la familia terrena, cuando se trata de "tener que estar en la casa de [su] Padre" (v. 49).

c) Y he aquí el enigma: ¿de qué modo tiene que estar Jesús en la casa de su Padre? Esto es lo que María y José no comprenden (v. 50). Sobre todo si se piensa que Jesús no se quedó luego en el templo, sino que dejó Jerusalén para bajar a Nazaret y seguir estando sometido a ellos (v. 51a). La Virgen se concentra también en la meditación de estas palabras que no comprendió (v. 51 b). Solamente la pascua disipará las sombras que envolvían aquella primera palabra de Jesús: la resurrección revelará que todo lo que sucedió en el templo era una lejana profecía de lo que habría de acontecer cuando se cumplieran los días de Jesús, en Jerusalén (cf Lc 13,32-33).

d) La fuente de información de este episodio es con toda probabilidad María. Ella "conservaba todas estas cosas en su corazón" (v. 51 b), incluso para entregar un día a la iglesia el archivo de sus memorias. Lucas pudo llegar al conocimiento directo de todo ello a través de las confidencias de María o bien (parece ser ésta la hipótesis más verosímil) mediante las tradiciones recogidas dentro de la comunidad judeo-cristiana de Jerusalén. Allí -según la noticia de He 1,14- vivió María en los albores de la iglesia naciente.

A. Serra
DicMa 339-344