Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia ANGLICANOS

ANGLICANOS

SUMARIO:

I. La Comunión anglicana

II. Importancia del factor histórico

III. Entramado del tema mariano:
  
1. Primer hilo de la trama;
    2. Segundo hilo de la trama;
    3. Tercer hilo de la trama:
       
a) La predicación,
        b) El culto,
        c) Los escritos de los estudiosos y maestros,
        d) La vida de los santos y de los confesores,
        e) Las declaraciones de los concilios.

IV. Situación actual

 V. Aspectos ecuménicos.


 

I. La Comunión anglicana

Es una asociación de iglesias organizadas a nivel local, diocesano y provincial en muchas partes del mundo, aunque casi exclusivamente en los países que formaron parte del imperio británico. Dichas iglesias expresan cada una a su modo, en plena autonomía, la tradición religiosa de la reforma inglesa del S. XVI.

Por tradición, estructura episcopal, fe y costumbres, la Comunión es, en sustancia, una extensión de la iglesia de Inglaterra, que sigue siendo todavía su parte mayor, la más desarrollada e importante. Todas estas iglesias reconocen un primado de honor al arzobispo de Canterbury. La Comunión tiene un encuentro consultivo de obispos -la Lambeth Conference- cada diez años. Actualmente los anglicanos son unos setenta millones.

La imagen de María en la teología y en el culto anglicano tiene algo de la variabilidad de un fuego fatuo. El tema mariológico debería naturalmente entrelazarse en una urdimbre de doctrina y de culto. Pues bien, en la doctrina y en el culto de la iglesia de Inglaterra, y consiguientemente de la Comunión anglicana, el entramado mariano es difícil de tejer. Visiblemente irregular, no llega a formar nunca un tema dominante. Primero aparece con luz viva y creciente (s. xvii), luego se hace invisible a simple vista (s. xviii) y finalmente pasa a ser una especie de hilo luminoso en una madeja de "comprensibilidad" doctrinal (s. xx). La primera tarea del investigador será la de determinar su existencia en cada tiempo y lugar posible, para valorar a continuación su contenido y su importancia.

La historia y la doctrina constituyen nuestros dos puntos de referencia: la historia, porque -a juicio de Newman "el presente es un texto y el pasado su interpretación"'; la doctrina vigente, en cuanto que constituye el eje de esta investigación.

La reforma inglesa tuvo lugar, entre el 1534 y el 1662 2, en un clima de pensamiento y de sentimientos fuertemente antimarianos. Su objetivo -al menos una de sus intenciones principales- fue la de abolir la superstición. El culto externo a la Virgen formaba su objetivo más claro e inmediato. Por tanto, era de esperar que los primeros años de la reforma estuvieran marcados por una eliminación progresiva de las prácticas de piedad tradicionales para con la Virgen. Al final de este proceso se vio abolida toda expresión externa de culto: se prohibió el rosario bajo penas severísimas y se destruyeron todos los santuarios del país. La meta final sólo se alcanzó cuando la conciencia cristiana inglesa pareció haberse impregnado de una hostilidad casi instintiva contra toda expresión externa del culto mariano; considerado como pecado contra Dios y contra el único mediador, Jesucristo.

 

II. Importancia del factor histórico

El rostro auténtico de toda comunidad cristiana se basa en la continuidad. Para la Comunión anglicana se trata de la continuidad con la iglesia de la pre-reforma en Inglaterra. Este es el problema entre anglicanos y católicos: si la ecclesia anglicana -que antes de la reforma era la iglesia en Inglaterra- ha perdido o no su propia identidad al hacerse la iglesia de Inglaterra.

El Vat II habla de una comunión eclesiástica imperfecta (UR 3) en el tema mariano, visto como un punto de discordia entre Roma y algunos hermanos' separados (UR 20). Habla también de una especial afinidad entre Roma y las comunidades de la pre-reforma, tanto por su previa unidad histórica (UR 19) como por el hecho de que han mantenido, en diversos grados, tradiciones y estructuras católicas; entre ellas "ocupa un lugar especial" la Comunión anglicana (UR 13).

Lo primero que hay que constatar, por consiguiente, es la continuidad anglicana con la tradición mariana católica. Pues bien, es innegable que, a pesar de un clima antimariano de pensamiento que prevalece y de unas circunstancias muy adversas al culto mariano, en la iglesia de Inglaterra ha sobrevivido a lo largo de los siglos y sobrevive todavía hoy en toda la Comunión anglicana una corriente mariana, tenue pero inconfundible. Esto debe entenderse como una supervivencia y como parte de todo el patrimonio de fe anglicano.

En 1968, en un Addendum al informe de la Lambeth Conference sobre la renovación de la fe, se intentó hacer el inventario de este patrimonio: "Esta herencia de fe se manifiesta de modo singular en las Escrituras y está proclamada por los símbolos católicos en su contexto de profesión bautismal, enseñanza de los padres y decisiones conciliares. La Comunión anglicana comparte estas cosas con las demás iglesias del mundo.

En el s. xvi la iglesia de Inglaterra fue llamada a dar su propio testimonio de la verdad cristiana, particularmente de sus formulaciones históricas: los 39 artículos de la religión, el Book of Common Prayer (Libro de la oración común), la liturgia de las ordenaciones y las homilías. En su conjunto, estos elementos constituyen un segundo hilo en la trama de la tradición anglicana.

Con el correr de los años, la Comunión anglicana continuó y extendió su testimonio con la predicación y el culto, los escritos de sus estudiosos y maestros, la vida de sus santos y confesores, las declaraciones de sus concilios. En este tercer hilo -así como en la introducción al Prayer Book de 1549- aparece la autoridad que la tradición anglicana concede a la razón, no menos en el terreno de la investigación histórica y filosófica que en el reconocimiento de las exigencias de la cura pastoral. A esta triple herencia de fe pertenece un concepto de autoridad que se niega a aislarse frente a la prueba de los hechos y al libre obrar de la razón. La autoridad quiere ser creíble e intenta por tanto asegurarse un apoyo histórico suficiente, presentando sus credenciales de manera que satisfaga a las exigencias de la razón"3.

Este panorama histórico de todo el patrimonio de fe sigue siendo el mejor trasfondo para un estudio de la devoción y de los escritos marianos en el anglicanismo. En él se interpreta la situación presente con el pasado, recordándonos que la fe anglicana es como una maroma con tres cuerdas. No hay anglicanos que no lo acepten globalmente. El tipo protestante es aún en muchos aspectos católico, mientras que el tipo "católico" tiene sus venas protestantes. Ambos viven en tensión con el tipo liberal: un nombre, éste, que se ha dado no sin razón a los que están especialmente aferrados a los derechos de la razón.

"La cuerda de tres hilos no se rompe fácilmente" (Qo 4,12). Este pasaje bíblico estaba ya claramente presente en el pensamiento de quien redactó el mencionado Addendum. Estudiaremos el tema mariano analizando los tres hilos de la cuerda, dando a cada uno de ellos su propio valor específico y señalando cómo todo el conjunto tiene notas características.

 

III. Entramado del tema mariano

1. PRIMER HILO DE LA TRAMA. "Esta herencia de fe... con las demás iglesias del mundo" (Addendum). Nótese que la decisión conciliar se refiere aquí a los cuatro y quizá a los seis primeros concilios ecuménicos. Descubrimos así, de pronto, una vena muy rica...: símbolos, enseñanzas patrísticas, concilios. Las palabras "nacido de la virgen María", "por obra del Espíritu Santo se encarnó en el seno de la virgen María y se hizo hombre" y el título Theotókos son temas fundamentales, premisas muy densas de contenido en muchas conclusiones mariológicas.

Mientras este hilo siga siendo válido y se le reconozca en la Comunión anglicana, siempre será posible un desarrollo mariológico anglicano. En efecto, el tema mariano es parte integrante del patrimonio de fe anglicana. Cualquier futuro desarrollo mariológico tiene que brotar de este hilo primordial. Los primeros signos de desarrollo se encuentran ya en el período primerísimo de la historia anglicana. Desde Hooker (t 1600), "padre de la teología anglicana", hasta el 1715 (muerte de Hickes) tenemos el siglo de oro de la teología anglicana. Los grandes teólogos anglicanos de este período son llamados carolinos, porque florecen principalmente durante el reinado de Carlos I y Carlos II. Generalmente su pensamiento está dominado por una orientación polémica. Los pasajes marianos de sus escritos se tiñen habitualmente de severas condenaciones de la mariolatría y de la invocación a los santos en general. Sin embargo, su contenido mariano es imponente. Recogiendo los escritos marianos anglicanos de este período se obtiene una lista de nombres que casi podría formar una carena patrum anglicanorum. Citemos aquí algunas de sus enseñanzas, refiriendo primero la doctrina, el título o el privilegio, y luego los nombres y las fechas.

Theotókos y Virgen son títulos que todos reconocen. Algunos autores admiten otras prerrogativas, como la plenitud de gracia (Andrewes [1555-1626], Hall [1574-1656], Frank [1613-1664], Taylor [16131667], Stafford [1587-1645], Pearson [1612-1686], Ken [1637-1711], Hickes [1642-1715]); "el puesto más alto en el cielo" (rey Jacobo I [15661625]); inmaculada concepción y asunción (Stafford); inmunidad de todo pecado actual (Taylor, Clagett [1646-1688], Stafford); modelo de virtudes cristianas (Taylor); digna de todo honor, excepto la adoración (Pearson); madre de todos los hombres (Ken, Henry Vaughan [16221695]); fe tan grande como la de Abrahán (Hickes); santa en el cuerpo y en el alma, más que cualquier otra criatura (Cosin [1594-1672]); puerta del cielo y mujer del Apocalipsis (Frank). Son éstos los, padres fundadores de aquella enseñanza mariana que aparece en el fondo doctrinal de la Comunión anglicana.

2. SEGUNDO HILO DE LA TRAMA. "En el s. xvi..., un segundo hilo en la trama de la tradición anglicana" (Addendum).

Estamos aquí frente al anglicanismo clásico. Los autores que se proponen definir o describir el anglicanismo parten a menudo de esta fuente de informaciones, para llegar a la conclusión de que el anglicanismo no es más que una variante del protestantismo. Doctrinalmente esta observación es bastante justa. En efecto, no puede negarse que hasta tiempos relativamente cercanos los anglicanos se ufanaban del nombre de protestantes. "Católicos y reformados" es otra descripción tradicional, y oficial, que es quizá todavía la más popular. Es un hecho que la fe y la vida anglicana forman una extraña mezcolanza de católicos y de protestantes. No hay un compromiso típicamente inglés (un verdadero anglicano no acepta compromisos), sino más bien una situación típicamente inglesa. La diferencia específica entre católicos y anglicanos está constituida por una mentalidad religiosa. Hay que tomarlos en su conjunto: difieren entre sí como dos personas. Teológica y espiritualmente, los anglicanos están movidos por la convicción de que hay ciertamente una doctrina cristiana y un modo de vivir cristiano, pero que estas dos realidades no son susceptibles de dogmas bajo ningún aspecto. La verdad cristiana podría compararse con un globo de luz: una luz que procede de un centro completamente oscuro (misterios) y que emite algunos rayos más claros (revelación) y una luminosidad capaz de guiar el camino de la vida (principios), pero que no admite una mediación humana infalible de la enseñanza de Cristo. De esta forma, incluso en la iglesia, la única infalibilidad gloriosa del Creador está adecuada a la debilidad de la mente humana.

La figura de María, una doctrina sobre María, la misma devoción a la Virgen, puede coexistir con una perspectiva semejante de las verdades cristianas. Teniendo en cuenta la situación histórica real, es todo lo que podríamos descubrir en este primer hilo de la trama, interpretado a su vez por el segundo y atestiguado por el tercero. Pero esto quedará claro después del análisis de este último.

3. TERCER HILO DE LA TRAMA. "Con el correr de los años... las exigencias de la razón" (Addendum).

Está claro. La referencia sigue siendo histórica. Pero hoy los horizontes anglicanos parecen ofrecer algunas líneas que no se consiguen descubrir en el primer hilo. Así, por ejemplo, la teología anglicana -"los escritos de sus estudiosos y maestros"- parece haberse alejado, con la tolerancia benigna de los obispos, de aquella estructura de ortodoxia que parecía bastante clara en el s. xvt (véase la introducción al Prayer Book de 1549). El impacto sobre la mariología es obvio. Está bastante difundida y se dilata más todavía la negación o la duda sobre la virginidad de María. También se pone en discusión la divinidad de Cristo; y esto hace considerar irrelevante la doctrina de la maternidad divina. No es posible decir hasta qué punto esta corriente liberal ha minado los fundamentos de la mariología anglicana. Siendo anglicano, Newman se opuso decididamente a ella, convencido como estaba de que habría destruido toda la fe anglicana.

Mirando hacia atrás los cien años transcurridos desde entonces y considerando los tres siglos que precedieron a Newman -de manera especial el deísmo inglés-, podemos concluir que durante mucho tiempo estuvo presente en la Comunión anglicana cierto agnosticismo religioso. Oficialmente siempre repudiado, se está convirtiendo en la actualidad en una actitud tolerada oficialmente a propósito de dos doctrinas marianas fundamentales, es decir, la maternidad divina y la virginidad de María. Hay motivos para temer que estas dos verdades fundamentales estén a punto de quedarse limitadas a ser meras opiniones teológicas, dejando de ser doctrinas reconocidas como tales.

Además de las "exigencias de la razón", hay que considerar también en este hilo los demás elementos que con el correr de los años se dice que han ensanchado o profundizado la herencia de la fe desde los tiempos de la reforma.

a) La predicación. Nos preguntamos si la herencia anglicana se amplió o se profundizó en la predicación y si ésta incluye un desarrollo del tema mariano.

La reforma inglesa se llevó a cabo por medio de la liturgia. Toda la atención se trasladó del sacrificio a la palabra, y la palabra era la palabra escrita (la Escritura) y la palabra oral (las homilías). Se recopilaron y se hicieron legalmente obligatorias ciertas formas preestablecidas de homilías. Esas homilías se enumeran todavía como parte de los formularios en el segundo hilo ya mencionado de nuestra trama.

La predicación es parte natural, y hasta principal, en el desarrollo de la doctrina. Leyendo hoy aquellas homilías anglicanas oficiales, se descubre que son una elaboración de los 39 artículos y exhortaciones a la vida cristiana dentro de aquella estructura. El conjunto abarca 642 páginas (33 homilías). En ellas se habla de María en ocho ocasiones: es obediente (Hom. I, 10), solícita en acudir al templo (Hom. II, 1), nuestro modelo en la obediencia al príncipe ("nuestro legítimo y gracioso soberano", el monarca reinante: Hom. II, 21). En lo demás (II, 2 dos veces, 12 y 13) se trata de alusiones fugaces a María, refiriéndose a ella como Virgen o denunciando el culto a las imágenes. De hecho, las preocupaciones de las homilías se refieren tanto al mal de la desobediencia al monarca (se consagran a este tema 56 páginas), como al peligro de la idolatría (105 páginas). El tema mariano es secundario, marginal y, en conjunto, más bien negativo que positivo. Así debió de ser igualmente a través de gran parte de los años sucesivos. Hubo un tiempo en que predicar la invocación a María suponía poner en peligro la propia vida.

Sin embargo -y ésta es una paradoja histórica típicamente anglicana-, en la predicación del s. XVII se tiene el ejemplo mejor, aislado pero real, del desarrollo del pensamiento y de la devoción a María. Así, en sus discursos, Mark Frank (1613-1664) presenta a María como instrumento y canal de nuestra salvación, figura del pueblo creyente de Dios, la que trae al mundo las bendiciones de Dios, santuario de la presencia de Dios. Parece ser que él ve una analogía entre la concepción virginal de Cristo y el nacimiento de Cristo en el alma cristiana por medio de la fe, y que asocia estos pensamientos a la presencia de Cristo en la eucaristía.

Si tomamos la predicación de Frank y los escritos de A. Stafford (t 1635) como auténticamente anglicanos -y Stafford afirma explícitamente que lo es-, siempre se puede esperar un desarrollo de la doctrina y del culto tal como se perciben entre los anglicanos de nuestro tiempo, apreciando igualmente su florecimiento. Hoy es posible, aunque no frecuente, en ciertos lugares más abiertamente que en otros, hablar de María en una reunión de anglicanos abiertos.

Pero el largo silencio o la reticencia de los predicadores no fue total. La liturgia anglicana ofrecía ocasiones para un discurso mariano; y William Clagett, predicador en Gray's Inn, nos asegura en su discurso sobre el culto de la Virgen y de los santos (1686) que los predicadores aprovecharon esta oportunidad. "Por lo que se refiere a la virgen María en particular, reconocemos con los hombres y con los ángeles que ella fue bendita entre las mujeres, ya que engendró al Salvador de la humanidad y al Señor del cielo y de la tierra; porque no sólo fue madre, sino virgen madre de nuestro Señor, al que concibió por obra del Espíritu Santo. Y puesto que esta confesión, tan honrosa para ella, es inseparable de una recta fe respecto a nuestro Señor Jesús, nosotros la repetimos no sólo en el aniversario de la anunciación, sino frecuentemente en nuestros discursos y todos los días en el Credo "4.

Vale la pena indicar que la predicación que mencionamos se detiene imprevistamente frente a la invocación de María. El citado pasaje de Clagett es realmente una denuncia de dicha invocación, en contra de Bossuet. Recomendar la invocación a María en un discurso era cosa muy peligrosa. Se dice que en 1621 lo hizo Richard Montague en un discurso pronunciado en presencia del rey Jacobo I. Fue denunciado por Antonio de Dominis, arzobispo católico apóstata, y le costó mucho trabajo disculparse de esa acusación. Puede pues decirse que la predicación no haya sido una fuente de difusión del tema mariano en el patrimonio de fe anglicano, sino tan sólo un testimonio de su presencia.

b) El culto. El desarrollo del tema mariano en el culto anglicano no fue posible desde 1662 hasta nuestros días. En efecto, desde que el Prayer Book recibió su forma estereotipada, nadie puede cambiar una sola palabra del mismo sin el consentimiento del parlamento. Y éste, hasta 1975, no ha permitido ningún cambio. En los últimos años se ha revisado la liturgia anglicana y ahora es leal, aunque facultativa, su nueva forma -el Alternative Service Book (= ASB [Ritual o libro alternativo de la oración], 1980)-. Es evidente que las doctrinas que allí se expresan de modo explícito o implícito son auténticamente anglicanas y compatibles con el Book of Common Prayer. Pero ha habido un propósito y un intento serio de introducir en él una estructura más católica, con ideas y prácticas católicas, con vistas a una futura liturgia común como consecuencia de la unión con Roma. Es ésta la expresión más auténtica y más clara de las líneas y de los límites que separan al culto anglicano del católico 5.

La fe eucarística del ASB podría definirse como presencialista, en contra de la substancialista de los católicos. En este sentido le hace eco el Agreed Statement (Declaración conjunta) del ARCIC.

Sus oraciones de alabanza, como las del Common Prayer Book (= CPB), son espléndidas. Las invocaciones a los santos han sido excluidas desde el principio hasta el final de las 1.291 páginas. El ASB tiene su propio calendario, que imita abiertamente al católico, con las categorías tradicionales de apóstoles, mártires, confesores pontífices y no pontífices. Pero aquí los doctores se convierten en maestros y se escoge solamente a tres para hacer compañía a Agustín, Basilio, Tomás de Aquino, etc., a saber: Richard Hooker, Juan y Carlos Wesley.

Las solemnidades se convierten en festivals y fiestas mayores. Hay fiestas del Señor, de los apóstoles y evangelistas, de san Juan Bautista, santa María Magdalena, san Esteban y los santos Inocentes. En esta lista encontramos el 8 de septiembre a la b. virgen María. La Anunciación y la Purificación, como en el calendario romano, se convierten en fiestas del Señor. En este esfuerzo de equilibrio o de acentuación obtienen más ventajas los romanos que los anglicanos, ya que aquéllos tienen otras muchas formas para mantener la debida acentuación de la calidad mariana innata de estas dos fiestas. Desde un punto de vista específicamente mariano, son notables las líneas litúrgicas presentes en el ASB.

La doctrina anglicana tradicional sobre la comunión de los santos se mantiene plenamente, en el sentido de que se da gracias a Dios por los santos, se pide al Señor que podamos seguir su ejemplo y participar de su gloria. Pero nunca se dirige a ellos la plegaria. Perfectamente idéntica es la actitud con María. Se la puede llamar bienaventurada y honrarla como a la criatura más privilegiada, debido a su relación con el Señor, pero nunca es posible dirigirse a ella o consentir que nuestro culto mariano se convierta en hiperdulía. Se trata de una actitud que no ha cambiado en nada desde el S. XVI.

Se le ha dado mayor relieve a la fe de María, a su humildad y contemplación. Siempre se reconoce su virginidad y su maternidad divina.

Se advierte un ulterior paso hacia atrás en lo que se refiere a la idea de la concepción inmaculada de María, por el hecho de que se suprime la fiesta de la Concepción (8 de diciembre, en el CPB). Se elimina de este modo uno de los motivos católicos para su definición, es decir, su inclusión en las liturgias precedentes:

"Cum nonnisi de Sanctis Ecclesia dies festos concelebret" (bula Ineffabilis Deus). En este mismo contexto se suprime la fiesta de la Natividad de María, mientras que se conserva la de san Juan Bautista. Se añade también la fiesta de san José. Es interesante observar la atribución o el título que le confiere el calendario: esposo de la b. virgen María; también a Ana se la llama madre de la b. virgen María.

En la colecta del 4.0 domingo de adviento se lee la expresión "llena de gracia", que hasta ahora era considerada como la interpretación católica de kejaritoméne (Lc 1,28), y se sugiere esta misma idea en la colecta de la Visitación. Sin embargo, en el texto evangélico sigue figurando -y se destaca en un prefacio particular (p. 154)- la expresión: "O favored one"(Oh tú, favorita). Se propone a María y a José como modelos de vida familiar (p. 155).

No creemos que sea irracional concluir que el ASB no hace más que canonizar, como alternativa libre, la enseñanza de los teólogos carolinos y del movimiento de Oxford. El problema mariano era crucial para Newman y para Pusey. El anglocatólico moderno se encuentra en la misma encrucijada y prefiere a Pusey. Para ello puede apoyarse plenamente en el culto anglicano autorizado. Pero no es eso todo. Recuérdese la distinción que hemos mencionado antes entre anglicanos teóricos y anglicanos realistas. La extensión del culto (por pequeño que sea en este contexto) se realizó por caminos no oficiales en virtud de una desobediencia profética a la regla litúrgica del parlamento. El mismo ASB, en su introducción al calendario, dice: "Se le permite al Ordinario, que está sometido a todas las normas de la Convocatoria provincial, aprobar las fiestas que puedan celebrarse localmente". Es como abrir un portillo. Y será la gente misma la que tenga que resolver el problema de la invocación. Actualmente no hay ningún motivo para pensar que ésta pueda introducirse en el culto oficial y que la gente lo quiera. Sin embargo, la extensión no oficial y tolerada del culto en sentido mariano es digna de atención. Se trata de un movimiento de minorías, pero algunos líderes y personas influyentes lo están fomentando. El mismo arzobispo de Canterbury tomó parte en una celebración mariana en el santuario de Nuestra Señora de Walsingham (situado junto al católico), que acoge todos los años a millares de personas. En esto van abriendo camino las comunidades religiosas; algunas de ellas llevan títulos marianos (incluido el de Siervas de María). La práctica del rosario no es rara entre ellas. Hay una Sociedad de María con cerca de 5.000 miembros. También hay que señalar una participación anglicana en algunos congresos marianos [I Ecumenismo].

c) Los escritos de los estudiosos y maestros. Con esto se intenta abrazar toda la tradición escrita, toda la teología anglicana como tal, después de cuatro siglos y medio de la reforma. Deberían encontrarse aquí las corrientes teológicas de las fuentes luterana, calvinista y zwingliana del segundo hilo. Tenemos también aquí el gran depósito del que hablaba Newman cuando era anglicano ("... Un vasto patrimonio, pero sin inventario": Prophetical Office, 1837) y los centenares de trabajos teológicos que se han publicado desde entonces 6. Toda esta literatura es un mare magnum, en el cual se da muy poca o ninguna atención al tema mariano y donde no se advierte ninguna señal de evolución en la doctrina sobre María. Es verdad que Mark Frank fue creativo (cf supra), y que sir Edwyn Hoskyns, que tuvo una obra fecunda, fue original con el tema de una nueva familia fundada al pie de la cruz 7; pero fuera de estos dos casos hay muy poco: el tema mariano fue siempre considerado como marginal, aunque digno de cierta atención.

Las fuentes y los recursos son perennes. Siempre cabe la sorpresa de encontrarse con un libro anglicano importante sobre María (Mascall, de Satgé, Lancashire, Carleton), pero son libros solitarios y no sistemáticos, que no añaden nada a la mariología anglicana.

Naturalmente, se pueden considerar los escritos marianos anglicanos para poner de relieve sus características. Es lo que ha hecho el canónigo Allchin de Canterbury. He aquí sus resultados: aunque secundario, el problema de la mariología es un elemento inherente a la estructura entera de la fe cristiana; hay tres temas típicos en los escritos marianos anglicanos posteriores al 1600: se ve siempre a María en relación con la encarnación; se la considera como el tipo de todo cristiano (fe, oración, receptividad y fecundidad de la creación); el hecho de que fuera madre de Cristo es el fundamento de su presencia en la iglesia, especialmente en la eucaristía.

Allchin añade: "A algunos escritores anglicanos de diversos siglos les ha parecido que este tema estaba relacionado tanto con la plena inteligencia de la iglesia y de la naturaleza del hombre como con el modo con que el hombre puede responder a la revelación de Dios"8. Este resumen sincero puede suscitar la esperanza de que la mentalidad de Mark Frank y de Anthony Stafford siga teniendo una influencia significativa en la Comunión anglicana.

La última frase de Allchin trae a la mente una coincidencia en la historia del pensamiento mariano anglicano. Vale la pena recordarla. A saber: cuando se dio un elevado aprecio de la iglesia y de su estructura, también floreció el tema mariano; pero cuando se debilitaron los ideales eclesiales, también disminuyó de tono el pensamiento mariano.

Así, por ejemplo, a lo largo de todo el s. XVIII disminuyó y tendió a desvanecerse el ideal de una iglesia divina e independiente. Al mismo tiempo, el pensamiento mariano quedó como sepultado en el olvido.

Llegó entonces la explosión de catolicidad que se conoce con el nombre de movimiento de Oxford. Resurgen en la mente anglicana la dignidad divina de la iglesia y al mismo tiempo una nueva conciencia de la dignidad de María. Apenas oyen el discurso de John Keble sobre la apostasía nacional (1833), los teólogos carolinos resurgen de sus sepulcros. Y vuelve María, para no dejar ya nunca más a la Comunión anglicana. Este fenómeno extraordinario podría parecer un efecto sin causa. Pero puede compararse con la chispa que se desprende de un pedernal y que aviva el fuego escondido bajo las cenizas. Éste fue el pensamiento de Newman 9. En el apéndice de una de sus cartas se lee una especie de profecía. Aunque no es suya, confirma su pensamiento y sostiene la teoría de que los ideales de la iglesia y los de María estaban sepultados juntamente y juntos iban a resucitar. Hoy este acontecimiento se ha olvidado o al menos se ha silenciado, pero puede tener un gran significado para nuestros días.

"El reverendo W.J. Copeland recoge esta predicción. Recuerdo al buen Mr. Sikes, rector de la parroquia anglicana de Guilsborough y venerado líder del partido de la Old High Church, que murió en 1834. Un día me llevó al refectorio de la casa parroquial, en Hackney, y me confió sus opiniones sobre la situación y las perspectivas de la iglesia. En toda mi vida no recuerdo una conversación que me haya impresionado más que aquélla. Debió de ser por el año 1833 cuando tuvo lugar esta predicción. Hela aquí.

Creo que puedo decirte algo que probablemente podrás ver tú, que eres más joven que yo. Yo no, porque pronto me llamarán fuera del escenario. Por cualquier parte del país que voy, veo entre el clero a no pocos hombres buenos y dignos de estima. Muchos de ellos se muestran solícitos y deseosos de hacer el bien. Pero en su enseñanza encuentro una misma laguna: todos se callan una gran verdad. Nadie, por lo que yo sepa, habla de la santa iglesia católica. Creo que los motivos de este silencio son principalmente dos. La iglesia se ha mantenido fuera de la vista, bien por el establecimiento civil de su rama que existe en este país, bien por una falsa caridad con los disidentes. Pues bien, esta gran verdad es un artículo de fe. Si es así, enseñar el resto del Credo excluyendo este artículo significa destruir la analogía o la armonía de la fe: tén analogían tés písteos. Esto no puede hacerse sin consecuencias muy graves. La doctrina es de la máxima importancia... Judicialmente, un día no lejano tendrá sus compensaciones. Mientras que hoy los demás artículos del Credo parecen haber ensombrecido al de la iglesia, mañana, cuando se le proponga de nuevo, éste absorberá a los demás. Hoy no se oye ni una sola palabra sobre la iglesia; pero pronto los que vivan no oirán hablar de otra cosa y el futuro desarrollo de esta doctrina quizá sea proporcional al silencio que hoy la envuelve. Hoy nuestra confusión se debe probablemente a su ausencia; mañana su despertar suscitará una mayor confusión. Incluso tengo miedo de contemplar las consecuencias de este acontecimiento, especialmente si tuviera que llegar de forma imprevista. ¡Ay de aquellos que, en los designios de la Providencia, estén llamados a explicar esta doctrina! Este punto de fe debería constituir, más que todos los demás, el objeto de la catequesis y de la formación. La doctrina de la iglesia y el privilegio de pertenecer a ella no pueden explicarse desde el púlpito, y los que tengan que explicarlo se sentirán como desorientados, sin saber dónde dirigir la cabeza. Siempre serán mal comprendidos y mal interpretados. Desde todos los puntos del país se levantará un solo grito contra el papismo. La doctrina será impuesta a unas mentes no preparadas y a una iglesia sin catequizar. Algunos la acogerán como una bonita teoría que está por los aires; otros se asustarán y se escandalizarán y la rechazarán. Todos tendrán necesidad de un guía, pero no se sabe dónde podrán encontrarlo. No sabemos cómo podrá proclamarse semejante doctrina la primera vez; pero las potencias del mundo pueden de algún modo volverle las espaldas, y esto conducirá probablemente a los efectos que he descrito" 10

El cumplimiento detallado de esta profecía debió de parecer casi milagroso y el retorno de María sobrepasó todas las esperanzas. No sorprende el hecho de que para Newman y para muchos de los convertidos de Oxford el problema crucial fuera el de María' 11. En su viaje de Canterbury (o de Oxford) a Roma, el influjo de María es claro, inmediato y personal. El último trozo de este viaje es The Development of Doctrine (El desarrollo de la doctrina). Lo había comenzado, si no en el papel en su mente, bajo la guía de María; en un discurso que pronunció en Oxford el día de la Purificación (1843) con el título The Theory of Developments in Religious Doctrine (La teoría de los desarrollos en la doctrina religiosa), partiendo del texto "María conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón", escribe: "La fe de María no se limita a un rendimiento pasivo en manos de la Providencia y de las revelaciones de Dios. Como informa el texto, ella meditaba en esas cosas. Se convierte así en el modelo de nuestra fe, tanto en la aceptación como en el estudio de la verdad divina... No basta con consentir. María profundiza... Simboliza no sólo la fe de los iletrados, sino también la de los doctores de la iglesia, que tienen que investigar, sopesar y definir, y no sólo profesar, el evangelio, trazando los límites entre la verdad y la herejía..." 12.

Newman hablaba como anglicano. Si algún día es declarado doctor de la iglesia, podremos afirmar (por el hecho de que no tuvo nada notable que repudiar al hacerse católico) que, con María, él nos ofreció una aproximación auténticamente católico-anglicana al desarrollo de la doctrina y a la definición de una línea divisoria entre la verdad y la herejía.

d) La vida de los santos y confesores. Es éste un reconocimiento de la fuerza de la santidad personal en el desarrollo del patrimonio de fe. Se trata de una nueva aproximación. El violento ostracismo del culto a los santos y la abolición de la práctica de la canonización habían debilitado la conciencia anglicana del dinamismo de la santidad. Pero la realidad no se había extinguido. En la vida de los santos anglicanos se enriqueció y se dilató verdaderamente la herencia de la fe. En el nuevo calendario (ASB) hay 20 santos anglicanos. En algunos de ellos (Cramer, Bunian, los dos Wesley) difícilmente se podrá descubrir una dimensión que desarrolle el patrimonio mariano. En otros (Hooker, Andrewes, Jeremy Taylor, Thomas Ken, John Keble) se advierte una gran veneración a María, que ciertamente influyó en su crecimiento en la gracia y el amor.

e) Las declaraciones de los concilios. Ésta es hoy una afirmación ininteligible, ya que hasta los últimos años el único cuerpo anglicano que pudiese tratar de temas doctrinales era la Convocación, y el paso a la Asamblea y luego al Sínodo no constituía un concilio. Tampoco la Lambeth Conference fue nunca reconocida como concilio.

Sea cual fuere el significado que se le dé a esta expresión, considerada la negativa de la Convocación a aceptar las instancias del obispo Gore para que fuera declarada artículo de fe la virginidad de María (29 abril 1914; cf From Gore to Temple, de Michael Ramsey, p. 82) y considerando la acogida benévola que se le hizo a la Doctrine in the Church of England (Doctrina en la iglesia de Inglaterra), con sus insinuaciones que manifestaban dudas sobre este mismo tema (6 enero 1938), no es posible pensar que un concilio anglicano haya desarrollado su propia herencia de fe en una dirección mariana.

 

IV. Situación actual

La exposición de todo el patrimonio de fe del anglicanismo implica la posibilidad de no pocos conflictos de fe. Efectivamente, ésta es la situación actual tanto en el terreno del pensamiento mariano como en cualquier otro terreno. El pensamiento mariano católico es solamente uno entre otros muchos. Se da una comprensibilidad a la que resulta bastante difícil en muchas ocasiones asignar algunos límites. Pero en la doctrina mariana los límites están claros. Los dogmas marianos (la inmaculada concepción y la asunción a los cielos) no pueden ser aceptados como dogmas por los anglicanos; como opiniones teológicas, sin embargo, entran perfectamente en el ámbito de la comprensibilidad. La virginidad de María parece también moverse en esta dirección, lo cual sería una verdadera tragedia desde el momento en que representó siempre un rasgo característico de la doctrina anglicana. El contenido de la palabra Theotókos se va ofuscando en la medida en que se va debilitando la doctrina de la divinidad personal de nuestro Señor. Es imposible decir hasta dónde se ha llegado en este campo. Tan sólo cabe esperar que la publicidad que se le ha dado a esta herejía esté en proporción inversa a su valor de supervivencia.

No nos encontramos frente a una situación completamente nueva. "El espectro de la fe anglicana -escribía el profesor anglicano Hodges en 1955- presenta una serie continua e ininterrumpida de matices desde un extremo al otro" 13. Este pluralismo fue siempre inherente al anglicanismo, y ya Newman predijo los tristes efectos que habría de tener en la teología anglicana. Ofrece ventajas y desventajas. Los escritores marianos anglicanos son hoy más numerosos y albergan mayor confianza. La tolerancia es universal, "desde un extremo al otro". Ya no se considera ninguna extravagancia el hecho de tomar en serio el tema mariano. Pero la mariología, como estudio sistemático, no ha adquirido todavía derecho de ciudadanía y podría ser considerada como una acentuación fuera de lugar, que revelase una falta de sentido de proporción. No obstante, hay escritores (por ejemplo, el doctor Eric Mascall) cuyas enseñanzas marianas no se distinguen en nada de la de los escritores católicos romanos, excepto, como es natural, en el campo del valor vinculante de los dogmas marianos.

Finalmente, se puede pensar en la aparición de una mariología anglicana que tenga las características descritas por el canónigo Allchin, la exuberancia de Anthony Stafford, la perspicacia de Mark Frank y la orientación escriturística de sir Edwyn Hoskyns. Y esto es una cosa importante. Pero más importante es la presencia de María en la oración y en la devoción personales anglicanas. La situación presente está llena de posibilidades y la oración es la respuesta a este problema, como a todos los demás.

 

V. Aspectos ecuménicos

El alma del trabajo ecuménico, aquí como en otros terrenos, es la oración y la conversión del corazón. La dimensión mariana del trabajo ecuménico en Inglaterra y en todos los lugares en que existe la Comunión anglicana depende de la oración y de la eclesiología. La oración anglicana oficial, como se ha visto, promete más bien poco. Pero la oración no oficial es otra cosa. Algunos anglicanos -no muchos, pero en número significativo- alcanzan y superan la barrera histórica de la invocación a María. Ha vuelto a aparecer entre ellos el rosario. Hasta ahora se le reza en forma privada, probablemente con mayor frecuencia en las comunidades religiosas creadas como consecuencia del movimiento de Oxford. No hay signos que indiquen que se vaya haciendo popular, pero hay estímulos en ese sentido. Recientemente, un escritor metodista muy conocido, J. Neville Ward, ha publicado un libro en el que no sólo explica y recomienda el rosario, sino que afirma que lo ha conocido en la práctica 14.

La veneración a María es ahora mucho más común y pública que antes, especialmente en Walsingham. En los encuentros de oración ecuménica que se van abriendo camino por todo el país hay un diálogo implícito cuando los católicos introducen o impiden intencionalmente la introducción de oraciones a María. Tenemos además un continuo aprecio espiritual recíproco, más importante que los diálogos oficiales de las comisiones.

En el nivel de la eclesiología se da un fenómeno inesperado en la bienvenida que algunos teólogos anglicanos le han dado al título de madre de la iglesia. Por su misma naturaleza, este título de la Virgen no podría ser aceptado por los anglicanos. Sin embargo, el profesor John Macquarrie -uno de los teólogos anglicanos más eminentes- ha dicho lo siguiente: "Madre de la iglesia es el título que durante el concilio Vat II proclamó el papa Pablo VI como propio de la la Virgen, y yo creo que ese título particular ofrece mejor que cualquier otro una interpretación del papel de María, en el que podrían ponerse de acuerdo los católicos romanos, los ortodoxos, los anglicanos y los protestantes" 15. Otros expresan opiniones afines. Desde los tiempos de Hoskyns (1882-1937) estaba ya presente esta idea, aunque no se le hacía mucho caso. Ahora hemos de añadir al gran nombre de Hoskyns, los de Mascall, de Satgé, Allchin, Lancashire y otros 16.

Siempre a nivel teológico debe señalarse otro fenómeno inesperado en el éxito de la Ecumenical Society of the Blessed Virgin Mary (Sociedad ecuménica de la b. v. María). Fundada por el laico católico Martin Gillet en 1969 a fin de reunir juntos a católicos y a no católicos en un encuentro-diálogo mariano dentro de un marco litúrgico-teológico, atrajo desde el principio a oradores y representantes de alto rango y cualificación: anglicanos, metodistas, ortodoxos, bautistas, judíos y otros.

Muchas de sus conferencias se han publicado ya en opúsculos y forman la fuente mejor y más significativa de informaciones sobre la convergencia del pensamiento mariano católico y no católico.

De todos los obstáculos a la unión entre la Comunión anglicana y la iglesia católica, los más definidos e insuperables son los dogmas marianos de la inmaculada concepción y de la asunción. No es de extrañar que en el diálogo oficial el tema mariano se haya evitado siempre y que la única referencia a María sea la Agreed Statement on Authority (Declaración conjunta sobre la autoridad), en donde se admite que no hay acuerdo sobre los dogmas marianos.

En la vida de oración -en la que los cristianos deberían encontrarse unidos, ya que comulgan juntos con el único Dios- la línea divisoria es la invocación. También este hecho parece inmutable, desde el momento en que implica una doctrina distinta sobre la comunión de los santos. Pero aquí el contraste no es tan fuerte. En ciertos lugares la contradicción se ha eliminado volviendo a introducir el rosario. No por esto hemos de limitarnos a decir que "el corazón tiene sus razones". Sin embargo, nos conforta la esperanza que expresaba el cardenal Künig: "Una verdadera devoción a María será el signo de que los cristianos han vuelto a descubrir la fuerza del corazón y la comunión del pensamiento. Y ésa será la hora de gracia de la reunificación de todos los cristianos separados" 17 [1 Reforma].

NOTAS: 1 Ess. Crit. and His!., v. 11, Longmans Green, Londres 1980 (escrito en 1841), 250 - 2 El año 1534 fue cuando Enrique VIII se autodenominó cabeza de la iglesia en Inglaterra, y el año 1662 fue el de la última edición del Prayer Book - 3 Lambeth Conference 1968, SPCK, Londres 1982 (citado por gentileza de H.G. Robert Runcie, arzobispo de Canterbury) - 4 Cf More-Cross, Anglicanism, SPCK, Londres 1962, 535s - 5 "Cuantos quieran conocer el pensamiento de la iglesia de Inglaterra en el último cuarto del s. xx, lo encontrarán seguramente en este libro como en las primeras formulaciones" (ASB, Prólogo, 10) - 6 Cf M. Ramsey, From Gore to Temple, Longmans, Londres 1960; R.J. Page, New Directions in Anglican Theology, Mowbrays, Londres 1967 - 7 The Fourth Gospel, v. II, Faber and Faber, Londres 1939, 631 - 8 One in Christ 5/3 (1969) 275-290 - 9 Ess. Crit. and Hist., v. l, Longmans Green, Londres 1890, 293 - 10 Letters and Correspondence v. 11, (ed. Anne Mozley), Longmans Green, Londres 1891, 483s -- 11 "Vosotros decís, como yo dije hace años: Este amplio mundo relativo a la b. Virgen... fue para nosotros el punto crucial particular del organismo romano" - 12 University Sermons, Longmans Green, Londres 1892 (new edition), 312-313 - 13 Anglicanism and Ortodoxy, SCM, Londres 1955, 27 - 14 Five for Sorrow, Ten for Joy, Epworth Press, Londres 1971 - 15 Principles of Christian Theology, SCM, Londres 1966 -16 Cí` Mar (1975) 281-290 - 17 Entrevista en Messaggero di S. Antonio (1980) 5,8.

G. Corr
DicMa 115-128

 

BIBLIOGRAFÍA. TRASFONDO HISTÓRICO: Bright-Goldsmith, Liber Precum Publicarum, Rivington, Londres 1876; Moorman J.R.H., A History of the Church in England, Black, Londres 1967; Wand J.W.C., La Comunione anglicana; Chadwick O., 77íe Reformation, Penguin, Harmondsworth 1977; Constant G., La Reforme en Angleterre, 2 vols., Perrin, París 1930; Alsatia, París 1939; Hughes P., The Reformation in England, v. 111, Hollis and Carter, Londres 1954; Gallo I., Maria nella letteratura inglese del 600, Ed. Marianum, Roma 1976; Cwiertnak S., La Vierge Marie dons la tradition anglicane, Fleurus, París 1958; Church R.W., The Oxford Movement, Macmillan, Londres 1932; Newman J.H., Apologia pro vita sua (cc. II-IV), Vallecchi, Florencia 1967; Brendon P., Hurrell Froude and the Oxford Movement, Paul Elek, Londres 1974. SITUACIÓN ACTUAL: Para comprenderla, cf Sykes S.W., The Integrity of Anglicanism, Mowbray, Oxford 1978; para estudiar el aspecto ecuménico/ mariológico, cf Papini G.M., Linee di teologia ecumenicomariana in Oriente e in Occidente, sec. Anglicanesimo, 95-123; AA.VV., ME 16 (1980) 2; Corr G. M., La doctrine mariale et la pensée anglicane contemporaine, en MARIA III, 713-731; Reynolds Smythe H., Maria nella spiritualitá anglicana, en AA.VV., Maria nella comunitñ ecumenica, Ed. Monfortane, Roma 1982, 93101; L. Iglesias A., Significación de María en la Iglesia Anglicana, en Esi Mar 22 (1961) 125156; Cristología y mariología de un anglicano "casi católico" : John de Satgé y su "Mary and the Christian Gospel"; en EstMar 47 (1982) 191-233.