Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia TRABAJADOR


TRABAJADOR
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SUMARIO: I. Situación laboral: 1. Desempleo; 2. Distribución de los activos; 3. Emigración; 4. Trabajo femenino; 5. Reivindicación; 6. Cualificación trabajadora - II. Para una teologia del trabajo: 1. La aportación tradicional; 2. Teología del trabajo a la luz del Va[. II: 3. Otro paso hacia adelante - III. Hacia una espiritualidad del trabajo: 1. De la espiritualidad de la intención a la espiritualidad del compromiso; 2. Espiritualidad encarnada en la exigencia de vivir hasta el fondo la profesión; 3. Espiritualidad del compromiso de humanizar el trabajo y las estructuras productivas - IV. Tipología de una espiritualidad de los trabajadores: 1. La espiritualidad en el trabajo industrial: a) Actitudes espirituales del trabajador de fábrica, b) Espiritualidad del trabajador de cadenas de montaje, c) Espiritualidad laica de los trabajadores comprometidos en el movimiento obrero de inspiración marxista. d) Espiritualidad de los trabajadores de inspiración cristiana; 2. Espiritualidad de los trabajadores del campo: a) Los comportamientos dominantes en la civilización campesina, b) Los valores presentes, c) La visión del mundo; 3. Espiritualidad de los trabajadores dedicados a servicios y de los trabajadores autónomos - V. Para una pastoral de la espiritualidad del trabajo: 1. Conflictos, oscuridades y tentaciones en el impacto con el proceso histórico conflictivo: a) Dificultad de los trabajadores cristianos para armonizar su espiritualidad con sus compromisos sociales históricos. b) Tensiones peculiares en los sacerdotes obreros; 2. Compromisos eclesiales de inculturación cristiana y acción pastoral en el mundo de los trabajadores.


Acercarse al mundo del trabajo es tomar contacto con las primeras palabras que Dios confió a los hombres y con una de las separaciones más dolorosas entre esos dos protagonistas del mundo: Dios, el primer alfarero, y el hombre, el primer cacharro. En cinco grandes apartados, lógicamente estructurados, deseamos aportar un análisis y una palabra a este mundo concreto del trabajo, un mundo del que nadie debe escapar y en el que siempre tenemos que aprender a movernos con creciente espontaneidad y sentido, tarea bastante complicada con visos dramáticos para muchas personas. Cada tiempo tiene que afrontar este mundo desde perspectivas y en situaciones nuevas, por más que le sea difícil vencer la resaca de tiempos pasados, resaca que no puede olvidarse, pero que tampoco puede prevalecer sobre visiones más actualizadas.

I. Situación laboral

Cualquier reflexión cristiana, si no quiere ser ilusa y alienante, debe realizarse sobre la base del conocimiento de la problemática real. La sociología debe preceder también a la teología y a la espiritualidad. Por otra parte, sin embargo, quizá no debamos apurar exageradamente los datos sociológicos pormenorizándolos hasta el extremo, ya que éstos son muy cambiantes en escaso margen de tiempo y la puntillosidad tampoco aquí sería buena. Una cosa es el realismo y la concreción, y otra muy distinta es la casuística. Sobre la base de esta última es muy difícil trabajar con perspectivas. La primera es base fundamental.

Aquí, como paso inicial, nos interesa captar las grandes líneas de la actual problemática laboral. Sobre ella se alzará posteriormente la reflexión adecuada.

Creemos que las grandes líneas de esta problemática pueden ser las siguientes:

1. DESEMPLEO - Es, quizá, hoy el problema fundamental y básico. Atañe a su misma raíz. Sin trabajo no hay trabajadores. Por otra parte, incide en la persona, en la familia y en la sociedad humana.

Ciertos niveles de desempleo son "necesarios" en cualquier sistema para que no se produzcan estrangulamientos. Hoy, sin embargo, es un drama en la mayor parte del mundo, drama que es sufrido más conscientemente en lospaíses más desarrollados, dada su formación.

Del 1,5 por 100 de desempleo en tiempos de desarrollo (en la década de los años sesenta) se está pasando al 10 por 100, superado en muchas naciones con un porcentaje bastante superior (sólo por poner dos ejemplos, digamos que España llega ya al 14 por 100 y Chile al 24 por 100). Este problema se presenta con características particulares allí donde —como 'en España— la tasa de actividad es baja, ya que existe una clara tendencia a elevarse. Hasta 1975 España ha tenido sólo un 37,8 por 100 de su población laboralmente activa.

La problemática moral del desempleo es radical. Las encuestas afirman que un 96 por 100 de los parados sufren trastornos biológicos y psíquicos. La persona se destroza. La frustración aumenta, sobre todo entre los jóvenes, y su fuerza, aún bruta y con ganas de salir al exterior, busca otros cauces, incluso violentos y de crimen.

2. DISTRIBUCIÓN DE LOS ACTIVOS - España conoció una fuerte ruralización después de la guerra civil del 36. Comienza a descender sólo en los años cincuenta, pero ya inexorablemente. Los años sesenta resultan casi espectaculares. Afecta a 1.400.000 agricultores activos.

El impacto cultural no es idéntico en unos trabajadores y en otros, como veremos después. Esto es preciso tenerlo en cuenta. Y hay que tener también en cuenta que pueda estarse dando, aunque lentamente y sin grandes perspectivas de futuro, un fenómeno particular: dado que hoy el desempleo es particularmente fuerte en la industria —que tanta mano de obra agrícola había absorbido—, quizá estos obreros industriales tengan que reconvertirse en obreros del campo. Y si el paso del campo a la ciudad no se hizo sin cierto trauma, el paso de la ciudad al campo se hará —si es que se hace— con un trauma mucho mayor, no sólo para el trabajador, sino para todos los que de él dependen.

3. EMIGRACIÓN - El factor laboral es el que más motiva y mejor explica el fenómeno de la emigración. Quienes emigran lo hacen fundamentalmente por cuestiones de trabajo.

La emigración, tanto interior como exterior, plantea un importante problema de arraigo y desarraigo cultural, humano y religioso. No todos, ni siquiera una parte significativa, son capaces de asumir la nueva situación. Con el agravante de que en una familia, o en el círculo más amplio en que se ha desarrollado la propia existencia, en la medida en que unos van asimilando el nuevo ambiente y otros no. se van abriendo grietas de convivencia y mentalidad importantes. Todo ello puede perturbar los sentimientos y las relaciones más profundas del hombre y crear una atmósfera en la que se haga particularmente dificil vivir conforme a una escala de valores determinada, sea antigua o moderna.

4. TRABAJO FEMENINO - Es también un fenómeno que tiene lugar en los últimos cincuenta años (menos en muchos lugares). En España, hasta hace poco, la tasa de actividad femenina era bajísima. Pero se eleva rápidamente. La entrada de la mujer en la vida pública aceptando como normal una actividad extradoméstica y la preparación a tales efectos permite, y casi exige, que las condiciones femeninas de vida apenas si se parecen a las de hace unos años y que las cosas se vayan homogeneizando.

Hoy pocos serán los que quieran reducir a la mujer a su tarea de madre y doméstica. Aquí creemos que este acceso a la vida pública es fundamental. Pero no es ética lo que aquí deseamos hacer, sino sólo sociología, captando aquellas realidades más palpables, que ponen innegables problemas a todo el que reflexiona sobre los trabajadores de nuestros días.

5. REIVINDICACIÓN - El trabajo, y sobre todo la inserción —socialmente necesaria— en la "condición obrera" (sindicatos, etc.), introduce a los trabajadores en una visión del hombre, de la sociedad, de la historia, del mundo mismo del trabajo que no es fácilmente asimilable. Crea también la posibilidad, y hasta la necesidad, de tomar conciencia de su quehacer y su responsabilidad, de las relaciones humanas, de las condiciones de existencia, de los oscuros intereses humanos.

6. CUALIFICACIÓN TRABAJADORA - En España, hasta 1964, el trasvase de la mano de obra agrícola al sector industrial fue muy alto. Fue un tiempo de cambio laboral que asumía a cualquier tipo de trabajador. Posteriormente, la asunción de la mano de obra no fue tan indiscriminada; fue mucho más cualificada. Y lo mismo sucedió en el sector servicio: hubo un tiempo en que la colocación apenas precisaba una especialización. Con el tiempo ésta se fue haciendo más necesaria e imprescindible. Es este un factor cultural no indiferente para la captación de la problemática laboral y la reacción ante la misma. No es un cualquiera el que se encuentra en el mundo del trabajo; es una persona que sabe lo que se trae entre manos. Con la cultura se le han abierto los ojos, sabe el terreno que pisa, las posibilidades que tiene, las distorsiones que le pueden destruir, etc.

Este es. a grandes rasgos, el panorama laboral universal, y concretamente el español. ¿Puede la espiritualidad aportar una palabra que sea válida para configurar a este trabajador?

II. Para una teología del trabajo

La espiritualidad se ha adelantado a la teología en la preocupación moderna por el trabajo, y quizá esto no haya sido conveniente. Porque esa espiritualidad podría haber estado descolgada de una base teológica adecuada y con ello haber sido negativa, incapaz de responder a las preguntas que se hace el trabajador desde lo más profundo de su experiencia.

Afortunadamente, en nuestros días la teología se ha preocupado seriamente de buscar un sentido al trabajo. Por eso vamos a comenzar por las líneas teológicas del trabajo. Al mismo tiempo, a base de un breve recorrido histórico, podremos captar las diferencias entre nuestro tiempo y los que nos han precedido, diferencias que servirán para juzgar nuestro pasado, y sobre todo para no enfrentar al presente con lo que de caduco pueda tener la reflexión teológica de otros momentos.

1. LA APORTACIÓN TRADICIONAL - El análisis atento de las mejores obras existentes sobre la historia de la espiritualidad cristiana revela notables lagunas y estudios insuficientes precisamente en la fundamentación teológica de la espiritualidad del trabajo. En efecto, falta en dichas obras un estudio detenido del paralelo entre la espiritualidad activista y la contemplativa, entre la monástica y la laical, que, sin embargo, recorre toda la historia del mundo cristiano y su confrontación con el trabajo. Igualmente faltan las indicaciones relativas a las diferencias que existen, también en cuestión de espiritualidad del trabajo, en el Occidente y en el Oriente, entre las iglesias reformadas y la iglesia romana. En esta tradición tan compleja y diferenciada pueden, sin embargo, identificarse unos cuantos denominadores comunes, entre los cuales destaca en primer lugar la ambivalencia del trabajo. En efecto, se lo entiende unas veces como servicio hecho a Dios y autopromoción del hombre que lo realiza —no tanto en sí mismo como en su valor ascético y en las posibilidades que abre a la acción caritativa con los indigentes—, y otras veces como arena movediza en la que el hombre se hunde. Esta perspectiva lógica se alimenta de la representación bíblica —hoy bastante estudiada exegéticamente— de Dios que trabaja, tanto en su obra creadora como redentora, y del hombre imago Dei, a quien desde el principio, con anterioridad a toda desviación culpable, se le confía la noble tarea de llevar a término la creación, en sintonía con el plan divino de salvación (incluso cósmico). La tradición ha dado especial relieve al carácter penoso del trabajo, que, como consecuencia del pecado, resulta de una alteración en la relación hombre-naturaleza, alteración debida a su vez a la ruptura más profunda de la relación hombre-Dios y hombre-hombre.

En las inculturaciones cristianas influidas por el platonismo, se ha acentuado intensamente el aspecto penoso del trabajo, expresado etimológicamente en las mismas palabras que lo significan también en las lenguas modernas. Las primeras comunidades cristianas, aunque son instadas a la laboriosidad, no demuestran mucho aprecio por el trabajo fuera de la óptica que ve en él el medio necesario para ganarse la vida, alcanzar la autosuficiencia y, en particular, para poder ayudar al prójimo necesitado.

Demasiado conocidas para que tengamos que recordarlas aquí son las actitudes de los Padres de la Iglesia sobre las relaciones económicas y su firme condena de las actividades que se ejercen sólo por el afán de ventajas individualistas y para una apropiación de los bienes cercados con una "alambrada", ignorando las necesidades ajenas, decididamente contraria a la comunidad de bienes, que corresponde al designio primitivo de Dios, el cual desea que todos losbienes sean comunes, y el ejemplo de la primera comunidad apostólica.

A pesar de los fuertes residuos culturales de carácter dualista de inspiración platónica, también las tradiciones monásticas ven en el trabajo, unido —con una dialéctica del et... et...— a la oración. un medio de perfección y de santificación personal, además del camino real para permanecer en la autosuficiencia del pobre que vive exclusivamente del fruto de su trabajo.

En conclusión, a pesar de algunas importantes reflexiones de carácter teológico elaboradas en el período medieval, la espiritualidad cristiana tradicional, tanto monástica como laical, no logró, especialmente en el momento de crisis (cuando al romperse la unidad del mundo feudal, se pasó de la economía estática y cortesana a la dinámica moderna), comprender adecuadamente el carácter revolucionario de esa transición. percibir la lógica interna del nuevo sistema que se iba fraguando, ni inculturar, modificándolas, las perspectivas del pasado en el nuevo clima, a fin de estimular una crítica positiva de las nuevas relaciones hombre-naturaleza, hombre-estructuras sociales'. No se había dado con las bases fundamentales de la espiritualidad del trabajo, bases que estaban ocultas en una teología aún no descubierta en filones fundamentales.

2. TEOLOGÍA DEL TRABAJO A LA LUZ DEL VAT. II - Las premisas para una reflexión teológica más coherente, articulada y abierta, como base de una espiritualidad del trabajo distinta, sobre todo para el laicado, que está directamente actuando en los más diversos campos de la actividad profesional, deben verse —a partir del siglo pasado— en la vigorosa reacción de la teología bíblica y en la doctrina social de los papas, fruto y estimulo de nuevos fermentos teórico-prácticos presentes en el mundo cristiano.

Sin embargo, el interés teológico por el trabajo, entendido como factor esencial en la formación de nuestra vida y elemento fundamental de la cultura, es relativamente reciente. En efecto, alrededor de los años cincuenta es cuando madura en las obras teológicas de autores prestigiosos, sobre todo de lengua francesa (por ejemplo, Chenu —el más importante, sin duda—, Teilhard de Chardin, Congar), que dejaron sentir su peso y su influencia en los documentos del Vat. II relativos a la espiritualidad laical y a la valoración positiva de la actividad humana y cristiana en el mundo.

La reflexión conciliar sobre el trabajo aparece inserta en una nueva eclesiología, que comprende unas nuevas relaciones entre la Iglesia y el mundo, el hombre y la naturaleza. La tradicional y dominante "espiritualidad de la huida" se ve sustituida por una espiritualidad "encarnada", esto es, basada en el compromiso en el mundo (AA 4 y 7); la ética de carácter fuertemente individualista y privatizada queda reemplazada por una orientación moral que destaca los compromisos sociales del cristiano (GS 30). El valor de la actividad humana y las legítimas autonomías del obrar económico y político encuentran reconocimiento amplio y significativo (GS 34 y 36). El trabajo humano, incluso el más humilde, dentro de una sugestiva perspectiva cósmica —de inspiración teilhardiana y con fuerte colorido optimista— queda relacionado con la obra creadora y redentora, y plenamente reintegrado al horizonte de la salvación individual e histórica (GS 76). De esta forma caen, al menos en la línea conceptual y programática, las antiguas contraposiciones dualistas entre la vida contemplativa y la activa, y se abre la posibilidad de una nueva visión de las relaciones hombre-naturaleza, hombre-técnica y hombre-hombre. En la perspectiva conciliar, la persona que trabaja —y trabaja técnicamente, aprovechando todas las aportaciones de la ciencia aplicada a la industria— tiende a configurarse como demiurgo de la naturaleza, de la que Dios no se muestra celoso. En efecto, entra dentro de la voluntad de Dios que el hombre con sus múltiples actividades lleve a término su plan de salvación, creativo y redentivo al mismo tiempo, autorrealizándose en el trabajo y simultáneamente socializándose, esto es, descubriendo el valor del otro y el compromiso del amor y de la justicia respecto a la comunidad, a cuyo servicio está también orientado el trabajo. En este triple aspecto teológico del trabajo —cumplimiento del plan salvíflco y, consiguientemente, servicio de Dios y de su reino, autor-realización de la persona y servicio de la comunidad en el descubrimiento de la unidad y de la solidaridad a través de la relación del trabajo—, encuentra su fundamento una nueva ética del trabajo que, exaltando la justicia y el amor "político", abre el camino a una nueva espiritualidad profesional.

3. OTRO PASO HACIA ADELANTE - Tras estas profundas sugerencias de los documentos conciliares y el examen atento de las situaciones que caracterizan la condición actual de los trabajadores, se fueron articulando diversas perspectivas teológicas que, moviéndose dentro del ámbito de la teología de las realidades terrenas, han subrayado con viveza la dimensión política de la fe y la necesidad de una teología que parta del compromiso de la liberación y encuentre en él su banco de pruebas; se trata, en particular, de las teologías de la praxis y de la liberación. Realmente, estas teologías, aunque no presenten aportaciones especificas a la teología espiritual del trabajo, permiten, sin embargo, corregir las tonalidades, a veces demasiado optimistas, de las místicas del trabajo elaboradas dentro del ambiente exultante de la GS, y favorecen una espiritualidad de la profesión en sintonía con las inspiraciones conciliares, pero más atenta a las instancias que brotan de los análisis psicosociológicos de la condición actual de los trabajadores. Mientras que en los años sesenta las teologías del progreso afirmaban que, independientemente de las intenciones subjetivas y de las condiciones ambientales, cada uno de los actos dirigidos a la humanización de la naturaleza y a su racionalización entraba por eso mismo en la construcción del reino de Dios y debía, por tanto, considerarse como soteriológico, las teologías de la praxis se muestran mucho más cautas en la exaltación del carácter lineal del progreso y en su asimilación a la dinámica del reino de Dios. Aun sin olvidar los aspectos positivos del trabajo, estas nuevas orientaciones teológicas subrayan las influencias negativas de las condiciones generales dentro de las que se desarrolla la actividad laboral, las cuales no permiten ni la autoperfección del trabajador ni el servicio real a la comunidad; en su crítica al sistema neocapitalista encuentran las teologías de la praxis un denominador común'.

III. Hacia una espiritualidad del trabajo

Según lo que precede, una auténtica espiritualidad del trabajo parece que no puede prescindir de una actitud de fondo que ponga en cuestión aquellos sistemas sociales que determinan o favorecen sumisiones y alienaciones erecientes en el mundo del trabajo dependiente (tanto del obrero como del empleado), desequilibrios y desniveles económico-sociales en las áreas nacionales o internacionales (subdesarrollos funcionales respecto a las zonas privilegiadas), imperialismos de las superpotencias nacionales y económicas (empresas multinacionales), tremendos deterioros ecológicos en todos los niveles. Los "círculos diabólicos de la muerte"' van unidos al mundo del trabajo, no bien comprendido y egoístamente explotado. Creeemos que una espiritualidad del trabajo debe fundamentarse genéricamente sobre las bases siguientes:

1. DE LA ESPIRITUALIDAD DE LA INTENCIÓN A LA ESPIRITUALIDAD DEL COMPROMISO

- Las nuevas perspectivas teológicas a que hemos aludido se muestran muy críticas frente a una espiritualidad que intenta recuperarlo todo en el plano de la pureza intencional, aceptando sin discusión las condiciones de trabajo, las jerarquías de las profesiones y la organización económico-social en cuyo ámbito se articulan. Una espiritualidad de la intención no puede transformar en oro lo que no es más que plomo; la moral de todos los tiempos ha reconocido siempre que ciertos tipos de "trabajo" o "profesiones", objetivamente inmorales, no pueden ser rescatados por ningún proceso o alquimia subjetiva. ya que son incompatibles con la dignidad humana y deben ser rechazados decididamente para la convivencia pacífica y ordenada.

Pero también en otras actividades laborales, que no persiguen fines morales, se plantea el mismo problema cuando presentan graves aspectos alienantes. Tal es el caso de las situaciones de trabajo dependiente, que examinaremos más detenidamente después; de las profesiones que están estrechamente en función de un sistema opresivo que favorece o incrementa esas alienaciones, o sea actividades técnicas de alto nivel (tecnócratas, investigadores científicos, directivos). No parece ya suficiente una espiritualidad de la intención subjetiva pura bajo el aspecto humano y cristiano, cuando queda separada del compromiso efectivo, individual y comunitario, de la humanización del ambiente laboral y de la superación de las matrices de que se alimenta la alienación injusta, la primera de las cuales es, sin duda, el mismo paro. En efecto, más allá de toda buena intención subjetiva, las tareas profesionales se presentan cada vez menos como un momento de autopromoción del trabajador y de servicio a los hermanos. Representan, por el contrario, un tributo necesario que hay que pagar a las centrales del poder, que lo utilizan para conservar sus ventajas y sus privilegios. Por consiguiente, una espiritualidad auténtica parece estar llamada a interiorizar aquellos valores de fondo y aquellas orientaciones morales que, además de corresponder a las exigencias de la propia vocación cristiana y al servicio de Dios en los demás, permiten llevar hasta el fondo, en sintonía con la lógica de la encarnación, todas las posibilidades positivas del trabajo que se desarrolla y liberarlo progresivamente de las alienaciones que lo condicionan negativamente.

2. ESPIRITUALIDAD ENCARNADA EN LA EXIGENCIA DE VIVIR HASTA EL FONDO LA PROFESIÓN - La exigencia más palpable en la actualidad en la deontología profesional y en una espiritualidad no evasiva del trabajo es ante todo la de no salir fuera, la de no escaparse del ambiente del propio compromiso laboral, sino vivirlo hasta el fondo en lo que es. desarrollando hasta el máximo las posibilidades de autoperfeccionamiento y de servicio (a Dios y a los demás) que él contiene. Esto supone, ante todo, una exigencia de empeño, de seriedad, de competencia. En segundo lugar, pide una visión clara de la dimensión social y política de la propia profesión, una profundización de las implicaciones que hay entre las opciones realizadas en el ámbito de la propia profesión y el bien general de la sociedad, una atenta confrontación entre las diversas escalas de valores, a saber, entre la ética profesional y la ética familiar, la aspiración a ganar más y el compromiso de vivir con los demás y para los demás dentro de la óptica de las bienaventuranzas y de la cruz".

3. ESPIRITUALIDAD DEL COMPROMISO DE HUMANIZAR El. TRABAJO Y LAS ESTRUCTURAS PRODUCTIVAS - El que entra en la lógica de vivir hasta el fondo su propio trabajo no puede menos de interiorizar la exigencia de convertirlo en una realidad personal y personalizante, superando las angustias de una actividad muchas veces vulgar y humillante. Pero al buscar este objetivo, el trabajador no tarda en darse cuenta de que su actividad no podrá convertirse en factor de humanización, promoción y liberación del individuo y de la comunidad si no se realizan cambios profundos en la estructura productiva y de sociedad. Cualquier buena intención de descubrir en el propio trabajo una fuente de autorrealización y de servicio a los hermanos está destinada a quedarse en un buen deseo inútil en la mayoría de los casos, si no encuentra su epifanía en una serie de compromisos sindicales y políticos concretos —cosa nada fácil, como recordábamos al principio—, dirigidos a modificar las estructuras productivas en sentido humano y comunitario, dignificando el mundo del trabajo que otros quieren convertir en permanente esclavitud barata: la espiritualidad del trabajo dependiente, para ser auténtica, tiene que desembocar en un esfuerzo común que intente abrir canales de participación al mundo de los obreros y de los empleados, y de los que éstos no deben huir, impregnándolos de una alta inspiración ética'; además, huyendo de la tentación (tan frecuente en la chistoria de la espiritualidad cristiana) de separar la vida espiritual de la vida social real ". estimula a asumir toda la densidad conflictiva del mundo real y a enfrentarse también con los problemas más generales de la convivencia civil, incluidos los de las reformas estructurales e institucionales, sin las cuales las condiciones de trabajo seguirían siendo continuamente graves y precarias. Vivir las dimensiones sociales y políticas del propio trabajo significa participar del compromiso socio-político que busca la realización del derecho-deber del trabajador, de manera que pueda cada uno cumplir con su trabajo como vocación. Además de crear a través del impulso del movimiento obrero y de las organizaciones políticas condiciones sociales más adecuadas a la superación del paro y de la infraocupación, se trata realmente de permitir a todos, mediante la cultura y la orientación profesional, una elección libre de actividades conformes con su vocación y capaces, por tanto, de satisfacer y de promover al trabajador. Una expresión particular de esta espiritualidad del compromiso profesional cristiano consiste en ofrecer su propia aportación para que el momento del trabajo se suavice con el momento del descanso. En esta línea entran los compromisos dirigidos a liberar el llamado tiempo libre de esos pesados condicionamientos que lo asimilan a los ritmos tantas veces obsesivos y esclavizantes del tiempo laboral, para darle una dimensión realmente distinta, y ello al servicio de la cultura, del turismo, de las relaciones interpersonales, del culto y de la oración [ ~ Tiempo libre].

IV. Tipología de una espiritualidad de los trabajadores

Dentro de un mundo del trabajo en el que todos estamos inmersos y de cuyas características generales todos participamos, existen diversos mundos laborales con importantes peculiaridades. Y dentro de esa genérica espiritualidad del trabajo y del trabajador, que hemos expuesto, existe una gama muy rica de espiritualidades, de acuerdo con los distintos tipos de trabajo.

En lo que sigue queremos intentar una tipología de las distintas espiritualidades del trabajo. Sabemos que no es tarea fácil, y que a veces corremos el riesgo de desmembrar excesivamente aspectos que tienen mucho en común. Pero también creemos que pueden aportarse matices interesantes, que afectan a las diversas clases de trabajos y de trabajadores, quedando concretizada y encarnada la espiritualidad genérica del trabajo.

1. LA ESPIRITUALIDAD EN EL TRABAJO INDUSTRIAR. - En el mundo heterogéneo de la actual situación tan industrializada, es necesario afrontar con un examen especial el ambiente y las modalidades de trabajo tal como se desarrolla en los grandes complejos industriales, y las actividades que tienen lugar fuera de ese perímetro (trabajo agrícola, comercios, servicios e informática). Muy interesante, en el aspecto teológico y pastoral, sería el estudio de ese trabajo "negro", al que hemos aludido, en el que una gran parte del subproletariado urbano y rural encuentra su única fuente de ingresos. Pero esto escapa casi por completo a las posibilidades de la investigación científica; fuera de algunas encuestas sobre el trabajo de los menores de edad y de los aprendices, sólo las "historias de vidas" y otras investigaciones de carácter antropológico-cultural relativas al mundo de los pobres abren alguna perspectiva sobre la forma de vida de los marginados de la actividad productiva industrial. La cultura de estos pobres revela actitudes de fatalismo (subproletariado meridional) o de rebeldía (subproletariado rural, parados organizados urbanos), que lógicamente afectan a su horizonte espiritual.

a) Actitudes espirituales del trabajador de fábrica. El trabajo dentro de las grandes estructuras productivas caracterizadas, como hemos visto, por situaciones de conflictividad permanente, división parcelaria del trabajo y organización jerárquico-vertical, presenta en el aspecto espiritual denominadores comunes y notables variantes. Las actitudes espirituales de quien trabaja en cadena, de un técnico intermedio o de un oficinista son bastante distintas. Antes de examinar esas variantes, agravadas por las diferentes posiciones ideológicas y religiosas, será oportuno detenerse brevemente en algunas características comunes de la llamada "cultura obrera". Aun cuando a algunos investigadores la clase obrera les parece un grupo socialmente en declive, que habría perdido en gran medida la capacidad profética de expresar valores-guía y alter-nativas válidas para todo el cuerpo social ", siempre es posible y muy conveniente para nuestro propósito señalar las connotaciones de esa cultura obrera y las constelaciones de valores que en ella brotan.

Según un análisis bastante detallado, aunque no siempre aplicable a todas las situaciones, deben considerarse como características de esa cultura: la voluntad de emancipación material (casa, sanidad, transportes, condiciones de trabajo y su retribución adecuada) y espiritual (el hombre como sujeto y no simplemente como objeto de decisiones que le afectan); la búsqueda de una humanización del trabajo (ritmos de trabajo, interés por la vida de la empresa y la contratación colectiva); la búsqueda de una integración en la sociedad a través del reconocimiento del mundo obrero como tal; la búsqueda de un modelo de convivencia verdaderamente humano.

De estas tensiones operativas brotan algunos valores positivos que, si se buscan realmente, representan la base de una espiritualidad del trabajo auténticamente humana y por eso mismo capaz de animación y de sublimación cristiana. Dichos valores parece que pueden identificarse de este modo: la persona en sí misma —superior al dato material y económico— libre, igual, solidaria: la persona que hay que liberar; el sentido humano que hay que salvaguardar frente a la misma técnica; el trabajo como reivindicación y lugar de creatividad; la salvaguardia de la herencia cultural del pasado, de la que es menester apropiarse. a través de la educación permanente, para hacerse reconocer como igual por los demás grupos sociales; el valor de la política, entendida sobre todo como eficacia en orden al cumplimiento de los compromisos por la justicia y por la solidaridad; la solidaridad con los compañeros de trabajo y con su lucha entendida como hecho liberador; la participación en la gestión y en la promoción de la comunidad entera a través de una "lucha de clase" que vaya más allá del corporativismo cerrado.

En resumen, refiriéndonos a las notas específicas de la cultura burguesa. los caracteres y valores de la cultura obrera pueden sintetizarse en estos términos: respulsa existencial de un orden injusto; empeño por remontarse a las causas de la pobreza y de las alienaciones para superarlas: conciencia de la necesidad y del valor ético de la lucha dirigida a esa finalidad; voluntad de participación, con tal que esto no suponga integración en el sistema, sino impulso renovador en orden a un tipo de convivencia distinto, justo y humano.

Sin embargo, es oportuno resaltar que los valores que brotan en la cultura obrera —y que nos parece que representan, como decíamos, la base naturalmente cristiana de su espiritualidad—no se encuentran en igual medida presentes e interiorizados en todos los niveles del mundo trabajador. Tampoco se traducen inmediatamente en actitudes y opciones coherentes, ya que su realización depende tanto del grado de maduración de la conciencia individual como de la eficiencia del movimiento obrero. Sentado esto, que evidencia los perfiles comunes fundamentales, intentemos ahora señalar algunas tipologías de espiritualidad de los trabajadores de fábricas, partiendo de los niveles más bajos hasta llegar a aquellos trabajadores que, sin detenerse en una espiritualidad implícitamente cristiana, pero ofuscada también por supraestructuras ideológicas que en gran parte contrastan con el mensaje cristiano, consiguen explicitar una espiritualidad auténticamente evangélica y actuarla a través del compromiso tanto individual como comunitario.

b) Espiritualidad del trabajador de cadenas de montaje. Es sobre todo en este nivel de trabajo donde se encuentran los obreros más refractarios a las instancias de concienciación promovidas por el movimiento obrero y los menos capaces de interiorizar los valores de la cultura obrera. En efecto, gran parte de ellos sigue viendo en su actividad repetitiva, carente de toda posibilidad creativa, alejada de toda comprensión del conjunto del que se presenta como un fragmento insignificante, solamente una dura e ineliminable necesidad vital. Realmente para esos trabajadores parece bastante reducido el espacio para una espiritualidad del trabajo. Sin embargo, algunos piensan que precisamente la repetición mecánica y automática de los gestos del trabajo presenta "buenas oportunidades para la síntesis `actividad empapada de la experiencia religiosa', que se realiza más fácilmente en los casos en que el obrar del hombre no requiere una atención multiforme e intensa'. No obstante, los análisis sociológicos de que disponemos,sin excluir que la síntesis entre actividad mecánica y experiencia religiosa puede realizarse en cualquier sujeto, revelan en la masa de los trabajadores de las cadenas de producción una casi total ausencia de impulsos y de aperturas que estimulen a enfrentarse con su fatiga diaria dentro de unas dimensiones distintas a las de la aceptación pasiva, del aguante insatisfecho y de la frustración acuciante'8. En cambio, se van encontrando actitudes más dúctiles y abiertas a medida que se va subiendo en las cualificaciones laborales. La cerrazón y las actitudes rígidas, bajo el aspecto ético y religioso, vuelven a presentarse en los vértices de la empresa, en los directivos, donde la actividad obrera, en líneas generales, se vive sin frustraciones y se presenta como finalidad suprema de la existencia.

c) La espiritualidad laica de los trabajadores comprometidos en el movimiento obrero de inspiración marxista. Es un hecho indiscutible que un gran porcentaje de trabajadores de la industria han adquirido una conciencia de clase en inculturación marxista. No siempre —más aún, no suele suceder en un porcentaje bastante alto de trabajadores en Occidente— esta afiliación ideológica y práctica supone, a su juicio, una renuncia a Dios, a Cristo y, a veces, ni siquiera a la pertenencia eclesial. Como es sabido, tampoco en el mundo obrero —tras la sugerencia de numerosos intelectuales católicos que militan en partidos obreros de la izquierda— faltan trabajadores convencidos de que tienen que asociar, dialécticamente o no, su propia confesión cristiana con la profesión marxista.

Como queda ya indicado, no cabe duda de que la interiorización del valor ético del propio trabajo y de los compromisos profesionales, las tensiones derivadas de la incorporación a los sindicatos o a los partidos (en orden a la humanización del trabajo, a la conquista de un estatuto o condición general de la vida de los trabajadores en sintonía con su dignidad humana, a su participación no instrumentalizada en el poder de la empresa y en la planificación económica general) representan un modo positivo de vivir la espiritualidad del trabajo y una fermentación ética de la profesión que no pueden ni mucho menos pasarse por alto. Pero, generalmente, esos trabajadores, comprometidos en el movimiento obrero de inspiración marxista, no trascienden el horizonte de la historia y de la economía y no viven sus compromisos en el marco de la respuesta a la excelsa vocación cristiana y como traducción concreta del imperativo supremo y decisivo del amor, que impulsa al cristiano a dar frutos para la vida del mundo. En particular, el principio y la metodología de la lucha de clases se mueven dentro de coordenadas ideológicas de carácter materialista-dialéctico, que inducen a justificar el odio y la violencia incluso contra las personas; las reivindicaciones económicas y el esfuerzo colectivo —legítimo de suyo— para la adquisición de un poder real por parte del mundo obrero, además de ser todavía en muchas ocasiones (aunque por incapacidad educativa de las organizaciones sindicales) objetivos que se buscan dentro de unos estrechos limites corporativos, quedan separados del compromiso por un cambio radical de mentalidad. En consecuencia, no pocos trabajadores se muestran prisioneros de la misma mentalidad economicista e individualista de tipo patronal. Pues bien —tal como lo observan expresamente los mismos elementos más maduros del mundo obrero—, sin esta profunda revolución interior y cultural (en términos cristianos: sin esta incesante metanoia) el cambio resulta ilusorio, ya que se limita a ser únicamente un "cambio de amos".

d) La espiritualidad de los trabajadores de inspiración cristiana. También entre los trabajadores que se profesan cristianos y que, por coherencia con su propia fe y su pertenencia eclesial, consideran que no pueden aceptar la ideología ni adherirse a las organizaciones marxistas, es imposible hallar una univocidad de actitudes que permita hablar de un solo tipo de espiritualidad. En efecto, las encuestas de carácter socio-religioso revelan la existencia de grupos de trabajadores cristianos practicantes que se mantienen extraños al sindicato y a las luchas colectivas por la humanización del trabajo. Su dinámica espiritual sigue siendo fiel al tipo de una espiritualidad que se podría definir como de fuga del mundo, bastante común en el pasado. Fuertemente impresionados por el ambiente del propio trabajo, por el materialismo exterior, incapaces quizá de leer más en profundidad los valores de la cultura obrera, consideran que una vida espiritual no puede proponerse ni vivirse dentro de ese perímetro inhumano, ateo, pesadamente anticlerical.

En vez de santificarse a través del trabajo, viviendo hasta el fondo su propia profesión y desarrollando todos los aspectos positivos que lleva consigo la condición cultural del trabajo, a nivel individual y social, prefieren buscar su elevación espiritual fuera del mundo del trabajo, en el ámbito de la familia, de la comunidad parroquial o en las ocasiones que les brinda la creciente dimensión del tiempo libre. Precisamente las modalidades con que vive ese espacio el trabajador constituyen un índice significativo de su mentalidad y espiritualidad. En efecto, con frecuencia cristianos y no cristianos, en el llamado tiempo libre, buscan un escape, casi siempre insatisfactorio debido a las continuas manipulaciones que en él ejerce el aparato tecnocrático; una ocasión de creatividad y libertad que compense las frustraciones del trabajo cotidiano y, en particular, la larga sujeción a las estructuras verticales de la empresa y al ritmo obsesivamente repetitivo de las horas pasadas en la fábrica [>Tiempo libre].

Pero, afortunadamente, la consistencia de este tipo de cristianos tiende a disminuir; el movimiento obrero de inspiración cristiana y sectores especializados de la Acción Católica han dado origen a trabajadores de mentalidad y de espiritualidad muy distinta. Fieles a la ley de la encarnación y a los principios de la espiritualidad laical enunciados en el Vat. II, a la vez que participan apasionadamente en todos los objetivos, buenos o reducibles al bien, de las luchas emprendidas por el mundo obrero, viven su propio trabajo dentro de las coordenadas de una visión cristiana del valor intrínseco y autónomo de la actividad humana: dentro de ella, y no fuera, es donde buscan su encuentro con Dios, su propia elevación integral y el servicio a sus hermanos.

2. ESPIRITUALIDAD DE LOS TRABAJADORES DEL CAMPO - El mundo de los trabajadores del campo, sometido a una profunda crisis en la complejidad de sus miembros, que van desde los braceros, los jornaleros, los aparceros hasta los propietarios, pequeños y grandes, merecen una atenta consideración. En efecto, no cabe duda de la existencia de una sociedad rural y de una correlativa civilización o cultura rural, aunque se muestre en vías de transición bajo el impulso de nuevos factores culturales que la van modificando progresivamente. Los dramáticos problemas de esa sociedad, señalados repetidamente en documentos episcopales, están expresados por las proporciones del éxodo masivo y tumultuoso hacia las conglomeraciones urbanas por parte de las fuerzas de trabajo indispensables para el desarrollo de la civilización rural.

Casi no es necesario indicar que la densidad de los problemas que afectan a la condición rural no puede menos de repercutir en la espiritualidad campesina tradicional. La calidad y la fuerza de los comportamientos de los trabajadores del campo y los valores que surgen de la cultura rural hacen, al menos a primera vista, que parezca sumamente disponible para la fermentación cristiana. Creemos útil en este punto subrayar algunos rasgos de la cultura campesina, poniendo de relieve algunos de sus comportamientos, valores y visión general del mundo.

a) Los comportamientos dominantes en la civilización campesina. Según Demarle, esos comportamientos podrían resumirse de este modo: una honradez fundamental bastante sólida, asociada a cierta tacañería, un sentido acentuado de dependencia, debido a la inseguridad: un fuerte individualismo, dictado por la combinación entre sentimiento de inferioridad y amor propio; cierto espíritu de ayuda mutua, limitado más bien a los vecinos; escaso espíritu de reivindicación, tal como demuestra la carencia de organización sindical; suspicacia arraigada frente a la burocracia y el "papeleo"; afición y gusto por el trabajo autoorganizado; sentido profundo de la familia tradicional; respeto a las personas distinguidas tradicionales (sacerdote, maestro, patrón) o nuevas (técnico agrario); resignación soportada o buscada frente al propio estado de marginación.

b) Los valores presentes. Honradez, unida al deseo de hacer justicia por su mano; sospecha de los demás como competidores; afición al riesgo, apreciado como valor, pero arrostrado con miedo; solidaridad, incluso con los compañeros de trabajo, pero no tan espontánea cuando se construye sobre la convergencia de intereses inmediatos; solidaridad bastante espontánea como obligación de buena vecindad, pero unida a cierto recelo ante el recién llegado; sentido de independencia, individualismo, reticencia ante lo colectivo; pasividad frente al mundo externo y voluntad de triunfar a través del trabajo autoorganizado; apego al grupo familiar y social; visión más bien individual de la sociedad; sentido del orden entendido como algo eminentemente estático, como garantía de estabilidad; sentido de lo religioso con matices mágicos, hoy en declive; tales son algunos de los valores, no exentos de ambigüedades, que en diversa medida parecen caracterizar a la civilización campesina.

c) La visión del mundo. Esta cultura parece estar caracterizada por una conciencia fuertemente dualista de la sociedad: el grande/el pequeño, el rico/el pobre, nosotros/ellos. Existe en el campesino la conciencia de ser el pariente pobre de la sociedad, el marginado. Pero, al mismo tiempo, existe la conciencia de que lo que produce es esencial para la misma sociedad. Además, en la conciencia campesina son muy vivos la atención a las normas y a las jerarquías sociales que respetar, y el sentimiento de dependencia del hombre respecto a la naturaleza, junto con la conciencia del valor de la creatividad humana, que transforma la naturaleza. Por otra parte, parece más bien limitada la conciencia de la importancia de la política, del poder político y de la dimensión política de la vida y de la religión. Frente al poder predomina una actitudde sumisión y de espera. Finalmente, en lo que atañe a la fe, ésta se vive con espontaneidad, pero con un sentido acentuado de pasividad ante Dios creador, y estrechamente ligada a los ritos; las encuestas de sociología religiosa revelan, sin embargo, modificaciones importantes en la fe de los campesinos.

Precisamente esas encuestas reservan grandes sorpresas y desmitifican, al menos en parte, muchos lugares comunes, según los cuales los pueblos son más religiosos que las ciudades, los analfabetos más religiosos que los hombres cultos, etc. Las dificultades con que tropieza el mundo rural, desde los jornaleros —asimilables a los subproletarios urbanos— hasta los cultivadores directos y pequeños propietarios; los contactos más frecuentes con la cultura urbana; la transformación gradual de la sociedad rural en sociedad industrializada; la presencia de grandes complejos industriales incluso en el campo; la difusión de los medios de comunicación social [>'Mass media] y otros fenómenos semejantes llevan consigo fuertes cambios culturales, que repercuten en la religiosidad y espiritualidad de los trabajadores de la tierra. También aquí, junto con otros denominadores comunes, se advierten profundas diferencias de actitud espiritual: las de los jornaleros y asalariados agrícolas son análogas a las de los trabajadores industriales, ya que con frecuencia crecen en una inculturación marxista; más en sintonía con los rasgos de la civilización campesina que hemos señalado, aparecen las de los pequeños propietarios y los de los cultivadores directos, con notables variantes entre los campesinos de las distintas zonas. El campo es, en todas partes, enormemente heterogéneo".

3. ESPIRITUALIDAD DE LOS TRABAJADORES DEDICADOS A SERVICIOS Y DE LOS TRABAJADORES AUTÓNOMOS - Para completar este cuadro tipológico, es necesario en este punto desplazar la atención a las categorías de trabajadores ocupados en sectores más amplios, que emplean a gran parte de las fuerzas de trabajo activas, aunque no siempre directamente productivas (por ejemplo, los transportistas, los comerciantes, los operadores de computadoras), para pasar luego a los oficinistas y a toda la gama de trabajadores autónomos y las llamadas "profesiones liberales". Mientras que en un pasado no lejano la moral se detenta ampliamente en la deontología de esas profesiones liberales con indicaciones interesantes sobre la espiritualidad del médico, del abogado, del banquero, etc., no sucedía lo mismo con otros sectores hoy en fase de expansión. Ya hemos señalado cómo la clase de los empleados —que constituyen las capas medias, hoy llamadas capas en vías de expansión—ha proliferado en nuestro país por encima de toda medida soportable. Hay que señalar, además, el hecho de que, aunque siga habiendo diferencias de mentalidad y de cultura entre los empleados y los obreros, sin embargo, ha caído ya en parte el desnivel tradicional. Las nuevas alienaciones tienden a afectar también al mundo de los empleados, unido con frecuencia al de los trabajadores industriales en las reivindicaciones sindicales y en las opciones políticas.

Esta situación no deja de influir, ciertamente, tanto en la cultura burguesa, de la que las capas medias representan siempre un sector, como en su espiritualidad. Los valores burgueses tradicionales —defensa y desarrollo de la individualidad: los estudios como selección, el apego a la tradición, la búsqueda de una mística sobrenatural (Dios) o civil (patria), de lo bello y de lo gratuito; el esfuerzo dirigido a mantener situaciones de privilegio o de rango social; la voluntad de servir individualmente a la sociedad; la afirmación del espíritu de iniciativa visto como un derecho formal para todos, pero real para unos pocos; el respeto a las jerarquías; la religiosidad por tradición y por costumbre; la reserva y la discreción en los sentimientos; el sentido social dirigido hacia el orden, la unidad, la defensa de las potencialidades innatas en el individuo— están en una fase de transformación rápida. Por lo que se refiere a la espiritualidad y a la religiosidad, las estadísticas demuestran que es precisamente a nivel de estas capas medias de empleados donde reside esa religiosidad "cultural" típica de los indiferentes, que forman la mayor parte de los bautizados.

En lo que atañe a los empleados en servicios, dada la enorme variedad de profesiones existentes: limpieza urbana, transportes, comerciantes, etc., es lógico que no es posible hablar unívocamente sobre la vivencia espiritual de estos trabajadores. De suyo, donde las condiciones de trabajo son más fáciles y agradables que las de la industria, parece que debería existir un humus que facilitase la interiorización de la espiritualidad cristiana de la profesión. Pero, una vez más, las estadísticas de sociología religiosa nos demuestran que las principales carencias religiosas atañen precisamente a la población activa. Esto supone para los agentes pastorales una grave tarea de evangelización y de inculturación de las perspectivas de espiritualidad cristiana del trabajo y de la profesión, que, tras este amplio recorrido sobre la vida de los trabajadores, podemos pasar a ilustrar.

V. Para una pastoral de la espiritualidad del trabajo

La espiritualidad que precede es bastante novedosa, si se la compara con la de siglos pasados. Nos encontramos, en efecto, frente a un tipo de espiritualidad que, aunque permanece fiel a la trascendencia, sigue la ley de la encarnación, asumiendo como piedra de toque la densidad conflictiva del mundo del trabajo y de la sociedad. Esta nueva actitud frente a la historia, mientras que renuncia a las disociaciones del pasado y a las identificaciones incluso larvadas de la Iglesia con los poderosos del mundo, se concreta en la presencia comprometida en el mundo de los pobres y en el esfuerzo dirigido a su liberación integral, liberación que a veces le parece un sueño, pura utopía; pero sabe que incluso la utopía tiene garra suficiente para llamar desde un futuro siempre nuevo, nunca alcanzado, pero siempre lleno de esperanza y de energía.

Esta síntesis entre interioridad —más típica de siglos pasados, pero siempre presente en un cristiano— y compromiso social —más propio de nuestro tiempo y que hemos descubierto como absolutamente necesario— no resulta fácil, ni mucho menos. Pero no se trata de que resulte fácil. Se trata de que resulte necesario. Y realmente así resulta. Las dificultades siempre hay que procurar superarlas, valiéndose de todos los medios lícitos. Por eso la espiritualidad no puede prescindir de la ayuda que le preste la pastoral y la pedagogía. Es lo que intentamos en esta última parte de nuestro apartado: ver cómo podemos navegar entre estas dificultades para alcanzar lo que configura al trabajador que quiere responder a lo que hoy debe ser presencia en el mundo del trabajo.

1. CONFLICTOS. OSCURIDADES Y TENTACIONES EN EL IMPACTO CON EL PROCESO HISTóRICO CONFLICTIVO - El paso del modelo dualista del pasado a la forma unitaria y sintética no se realiza sin dolor y sin "noches oscuras". En efecto, al entrar en ese mundo vivo del proceso histórico conflictivo, la espiritualidad sale de su esfera protegida y aislada, pierde claridad y unidad formal y "empieza entonces a atravesar, en los `dolores de parto' (Rom 8,22), una crisis dolorosa de tensiones, de conflictos internos y oscuridades, con la grave tentación de volver a su refugio espiritualista y de abortar de ese modo la nueva vida según el Espíritu". La historia reciente de los trabajadores cristianos, empeñados en la difícil síntesis entre interioridad cristiana y compromiso social de liberación, está caracterizada por estas profundas crisis y tentaciones. Todo esto se ha comparado muy atinadamente con las "noches del espíritu" de los antiguos místicos, en cuanto que, superadas las formas de espiritualidad y de praxis pastoral, hay que moverse ahora por la tierra desnuda, sin puntos de referencia claros y frecuentemente en medio de la incomprensión de muchos.

a) Dificultad de los trabajadores cristianos para armonizar su espiritualidad con sus compromisos sociales históricos. Las recientes vicisitudes del movimiento obrero resultan ejemplares en este sentido. En la conciencia adquirida de tener que participar plenamente en las tensiones y luchas del movimiento obrero, estos trabajadores cristianos se encuentran frente a múltiples dilemas: ¿Unirse a los compañeros en las opciones socialistas y en la misma lucha de clases, o bien seguir profesando el interclasismo en nombre de la identidad cristiana? ¿Aceptar sin discusión las indicaciones de la doctrina social cristiana, o bien reivindicar espacios autónomos y pluralistas en el campo sindical y político para responder a las esperanzas del mundo obrero? ¿Luchar a fondo por la huelga en los convenios de contrato, o bien seguir considerándola como la extrema ratio a la que apelar sólo después de haber experimentado todas las vías de arreglo? ¿Por qué caminos conciliar la no violencia cristiana con las duras necesidades de una lucha que quiera ser eficiente y realista? ¿Limitarse a las luchas de carácter económico o bajar también a la lid por las reformas estructurales y por el cambio general del sistema en dirección claramente anticapitalista? ¿Mantenerse fijos en una espiritualidad que sigue leyendo los males sociales en términos de pecado individual, o más bien optar por una óptica que, calando más hondo, ayude a señalar y a combatir las cristalizaciones sociales del mal y de la injusticia?

Estos y otros parecidos interrogantes y alternativas —relacionados con el problema de la relación fe y política, Iglesia e historia, movimiento cristiano y movimientos marxistas— constituyen una fuente de graves preocupaciones para cada uno de los militantes cristianos y para los grupos que actúan en el mundo de los trabajadores. A ello hay que añadir las dificultades que el trabajador encuentra para armonizar las exigencias familiares —muchas veces marcadas por la ética burguesa y de consumo— con las de militante obrero, las reivindicaciones económicas de categoría con el interés general de la comunidad, las tensiones por un aumento legítimo de poder y de bienestar con la fidelidad a la lógica de la cruz y de las bienaventuranzas, en cuyo ámbito tiene que moverse el trabajador cristiano.

b) Tensiones peculiares en los sacerdotes obreros. Las dificultades y los conflictos de los sacerdotes obreros con las iglesias locales y con Roma son bastante conocidas. Menos aparentes, pero mucho más profundos, son los conflictos interiores que han padecido al entrar en la clase obrera para compartir con el corazón abierto y la frente alta su lenguaje, sus luchas y sus opciones. Esto les ha costado, según decía uno de sus exponentes, "esfuerzo de años, esfuerzo de sangre, esfuerzo de alma, esfuerzo incluso con el riesgo de la vida eterna"". Prescindiendo de las radicalizaciones polémicas, resultan significativas algunas expresiones de un documento redactado al final de una reciente reunión de sacerdotes obreros, que referimos como ejemplo de espiritualidad del trabajo, encarnada en la conflictividad histórica: "Provocados por el Evangelio, participamos en las luchas de liberación según las formas históricas del movimiento obrero, y sentimos revivir la experiencia de fe y de liberación de un pueblo que pasó a través del éxodo de la esclavitud a la libertad y a la posesión de la tierra en la justicia. No nos es posible marginar la lucha de clase en nombre de la fe; más aún, es la fe la que nos empuja al coraje profético de participar en los proyectos históricos de liberación y nos hace alistarnos contra toda forma de alienación y de poder. Pero tampoco nos sentimos capaces de marginar la fe, conscientes de que las liberaciones históricas, obra de nuestras manos y de nuestra responsabilidad, no agotan la libertad total y global que Cristo nos anunció y nos ha dado... La fe nos hace sentir, en la oscuridad y en el silencio, que la liberación traída por Cristo comprende y comprendía históricamente todas las nuestras, abriéndolas a un futuro liberado de toda contradicción"

Por muy graves y dolorosas que puedan resultar, esas crisis se muestran saludables; constituyen realmente un momento importante de crecimiento y de maduración cristiana, porque llevan al "descubrimiento hermenéutico y dinámico de las raíces de la espiritualidad cristiana, según el espíritu bíblico, creador de la totalidad viva, que es el mismo espíritu profético y escatológico que actúa ya 'en el corazón de las masas', en el centro creador y conflictivo de la historia" 28.

2. COMPROMISOS ECLESIALES DE INCULTURACIóN CRISTIANA Y ACCIÓN PASTORAL EN EL MUNDO DE LOS TRABAJADORES - Para que este esfuerzo de evangelización y de promoción humana que persigue la Iglesia no resulte inútil, sobre todo en los sectores que están más alejados de ella, como es precisamente en el mundo del trabajo dependiente, no basta con que el anuncio y el testimonio de una espiritualidad cristiana, sintética y encarnada en el compromiso, quede en manos de unos pocos individuos y grupos de frontera. Toda la comunidad cristiana debería verse envuelta en esta fuerte tensión. Aunque el tema pastoral no entre de suyo en las finalidades específicas de este diccionario, creemos conveniente una indicación sumaria de las exigencias que se presentan en este nivel:

• La concepción cristiana de la salvación integral, que es don del Espíritu, pero que hay que merecer a través del compromiso terreno de liberación incluso humana (anticipación y signo de la liberación definitiva), para que resulte comprensible en el mundo de los trabajadores tiene que expresarse a través de una religiosidad y una espiritualidad en sintonía con sus instancias más profundas; esto supone un esfuerzo incesante de "inculturación" de la ética y de la espiritualidad cristiana, a fin de quese las vea en realidad —y no sólo a través de proclamaciones teológicas— como expresión y como elementos de un nuevo humanismo, "en el que el hombre se define por su sentido de responsabilidad hacia sus hermanos y hacia la historia" (GS 55)".

• La comunidad cristiana en su conjunto debe asumir una conciencia más clara y unas actitudes.más francas frente a las injusticias estructurales y la lógica inhumana y alienante que están en la base de las alienaciones antiguas y nuevas, cuyas consecuencias han de pagar los trabajadores y las nuevas clases dependientes.

• Puesto que, no obstante ciertas actitudes que se han conservado y una cultura de fondo empapada de valores cristianos o cristianizables, el mundo de los trabajadores se presenta a muchos como verdadera tierra de misión, el método con que habrá que acercarse a él no podrá menos de ser un método misional. De aquí, además de la necesidad de una experta inculturación como la que hemos recordado, la exigencia de que toda la comunidad local se ponga en actitud de "misión obrera", sobre todo en aquellas diócesis en que el mundo obrero constituye la parte preponderante de la población: "El que trabaja en la evangelización del mundo obrero tiene que sentirse por todos los títulos `enviado' de la comunidad, sostenido por la comunidad, avanzadilla de la Iglesia en un mundo que hay que conducir a Cristo, pero anclado siempre en la comunidad cristiana, en la cual se alimenta su fe y se realiza su oración y su encuentro a través del banquete eucarístico".

G. Mattai

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